Parte 1 — Capítulo II: Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense Fortunata y Jacinta · Capítulo 2 de 32
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Parte 1 — Capítulo II: Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense

Parte 1 — Capítulo II: Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense

i

Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en

el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal,

en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el

padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo,

constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15,

uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería

nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle

para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso

almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I,

y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más,

retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones

de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en

ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó

desde entonces Sobrinos de Santa Cruz, y a estos sobrinos, D.

Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente los Chicos.

En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la

casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y

Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de

pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la

casa empezó a trabajar en géneros de fuera, y la reforma arancelaria

de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó

contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los

productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para

levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos

patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa

historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la

casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia

Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del

artículo para capas, el abrigo propiamente español que resiste a todas

las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de

comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la

pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la

Cruz y Toledo.

En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni

Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como

contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por

introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre

muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no

estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus

valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco

de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas

riquezas. Los fardos de Coruñas y Viveros dieron a Casarredonda y al

tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y

levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes

no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran

fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la

inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.

En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos

comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo

nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para

extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de _el buen

paño en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel sólido y

bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les

llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes

charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las

metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los

descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y

todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y

parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones

venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron

nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a

la caligrafía. La correspondencia se copiaba a pulso por un empleado

que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo

atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de

su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no

se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de

Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó

Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.

No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el

contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su

conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre

pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe

exclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrir

profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los

nuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiaba

retirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los Chicos que

habían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos eran

trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero

para buscar y traer las novedades, alma del tráfico de telas. La

concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y

expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas

largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los

Chicos habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telas

ligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otros

artículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al

vareo, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e

insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para

ellos, la casa tenía un crédito inmenso.

La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hecho

pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para

indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba

exclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su

traspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo,

porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quería

trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos

Compañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Era

hombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio donde

estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón.

Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes

bien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronse

siempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimos

en la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temas

arancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat y

concurría a los meetings de la Bolsa, no precisamente para oír y

callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante

tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso

fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendía

que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria

española. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios --decía

Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a

los accionistas...».

--¡Dale!, ya pareció aquello--respondía don Baldomero--Pues yo te

probaré...

Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su

opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También

había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque

doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de

Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando

los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los

Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común,

la savia de los Trujillos. «Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo

en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades

democráticas--, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos

netos, de patente; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo

albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas

y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo

en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón

Trujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho que

adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga:

Pertenecí a Babieca...».

ii

Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San

Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o

casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había

que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían

destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a

las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive,

y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se

veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las

escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban

el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los

baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las

vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones

de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas

subsiste.

Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las

fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería

chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se

recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven

siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de

tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los

cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la

atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera,

fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus

magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la

niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de

candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño

natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal

conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus

obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son

familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los

pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y

elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos

con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las

españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su

belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo

han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él

es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada

que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores,

flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos

del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres

en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va

desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo

saca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en

las bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay una

estrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera la

ciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artes

primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la

infancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible y

refractario a los cambios de la moda.

Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las

panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; se

la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún,

que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido

era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su

retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como

las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo

chicos y las uñas increíbles también por lo largas.

Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la

contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus

sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores

bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en

ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la

tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de

pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se

podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar

canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y

también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo

de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que

nos trae a la mente los misterios budistas.

Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicos

que había en la casa, y que eran una de las principales riquezas de

ella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de

las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian

en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y

que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de

las varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su

mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos

tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le

parecían personas, sino chinos, con las caras redondas y tersas como

hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo

mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que

parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té

nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor

de barriga...!

Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija

de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades

que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no

tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes

con que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres de

muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por

una y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas,

botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamá

los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el

Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia

cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le

habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías.

Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con

aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero ni

aun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero de

ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no

había escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, a

un lado las blancas, a otro las encarnadas.

Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos

de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad

para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle

Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con

quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y

vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño

de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el

comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy

vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla

toda llena de unos pedazos de hierro mu grandes, _del tamaño de la

caña de doña Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos

hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos,

garfios, peroles mu grandes, mu grandes... «más anchos que este

cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y

las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras

cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le

comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una

toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a

contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se

carteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, y

las cartas olían a hierro... como que venían de Inglaterra, donde todo

es de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha

dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van

los coches echando demonios».

Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba para

dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes,

argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de

muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en más

estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección

de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes

inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el

leopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis...

este señor Bermingán es el que se cartea con mi papá todos los días,

en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá;

y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que

olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del

brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y

picaba como la guindilla; pero mu rico, hijas, mu rico».

La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con

figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de

barnices o de ingredientes para teñirse el pelo. Los mostraba uno por

uno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar de

súbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles:

goled. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el

fuerte olor de agua de Colonia o de los siete ladrones, que el pañuelo

tenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco a

poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por

vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con

el cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grata

impresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía que

guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente

injustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómo

apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!».

Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer,

llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos

chinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba

y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba

al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las

narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». Quedábanse

Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la

admiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillar

su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían

por Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar su

tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las

otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia,

temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus

amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro de

aquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otras

que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña

Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas,

reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña

tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.

iii

Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás,

peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre

los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en

un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de

Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una

mesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada _del

portal de la Virgen_, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían

allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía

existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de

nacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también

con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se

ponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayores

se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida

competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a

otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener

el ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no

había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros

de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no

desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los

faldones.

Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto

sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir

sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con

punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones serias

vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Su

madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario

de la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias de

pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al

contarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertos

de risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Además

de esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos

remesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio que

cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una

contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la

generalización de los abrigos confeccionados, notándose además en la

clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia

del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos

llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid

(mayormente el día de San Lorenzo, para la

parroquia de la chinche) y tenían regular salida para Valencia y

Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y

cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna

parroquiana se atreviera con ellos.

Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo

en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se

aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar,

ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la

correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o

remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no

había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por

cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado _el amor al

artículo_ y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y

socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por

sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie.

En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad

de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad

del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil

colores. «Mientras más chillones--decía--, más venta».

En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que

acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual

puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte

budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a

Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud,

variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas,

poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida,

combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las

primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue

todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina--decía--; es mucho

chino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el

grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel

excelente hombre, porque le cogió la muerte.

El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de

Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo

minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las

preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían

producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no

vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que

cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de

marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.

Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima,

torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto

burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía.

Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La

mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para

realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad

casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos.

La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas

segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de

la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las

dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra,

asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa...

«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente,

resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del

extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su

costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el

hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.

Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero

nunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, no

sólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que ni

siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero

era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de

genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían

contar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia.

Tenía un mirar leal y cariñoso, como el de un gran perro de aguas.

Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba

la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas

diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el

dinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita,

si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la

casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés

con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así es

que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de

precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron

y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó para

esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto

con estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...!

Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y

sabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó

algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería maldita

cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre

pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas,

la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué

miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si

ella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues,

como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes

sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de

humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual

encontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólo

lo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería a

otro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel.

Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, y

cuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni una

miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solía

dejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán. Pero

nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su

conversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tan

ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que

parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa.

Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, del

cólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas

casas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribados

conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una

tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no

estando enamorada, tenía ganas de estarlo.

También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por

dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía

alma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Pronto

hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor

explícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse;

pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo

con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda

el amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentes

aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la

joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban

vivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!,

no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no

le quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algo

íbamos ganando.

Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los

cuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellando

poquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura y

se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue

soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con

religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación.

Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de

1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casa

del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la

Leña.

iv

A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que

Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar,

alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en

tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro.

En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la

casa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos o

donde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, y

cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional

rúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa,

terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratitud

dirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no

se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había

felicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozo

discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los dos

caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el

mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde

y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos

en la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se ponía

desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, que

está mi marido solo».

El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de

Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vais

a dejar tamañitos a los Amantes de Teruel». Los esposos salían a paseo

juntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en un

teatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eran

más tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después de

casados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado

siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto

siempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que en

el mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formó

la conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar.

El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran mil

años, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo.

Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos

salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones

futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de

San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente

a estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841

en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León,

salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la

bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de

aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana

Trujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior,

porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que a

ella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima.

Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el

profundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas las

cabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírle

que amaba a su mujer como el primer día. Juntos siempre en el paseo,

juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el

otro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso

para la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo de

felicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final del

señor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a la

misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.

Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita

cincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el pelo

entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres

de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien

dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella

de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez,

una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía la

frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más

afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo

que, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas

que andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo

cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía pelo

empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien

partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni

Cristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy

bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que

nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de

juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel...

Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser lo

que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su

corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de

esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les

chorrea por la corteza todo el azúcar.

¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel

matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el que

viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos

al Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe que

tenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... era

cuestión de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres,

porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejaba

ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles,

ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos

encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en

los ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos

empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado.

Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su

puesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino

del crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú.

Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa para

engarnos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistas

disfrazados».

Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero

no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal,

ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le

formaron a él. Si su mujer lo permitiera, habría llevado Santa Cruz su

indulgencia hasta consentir que el niño hiciera en todo su real gana.

¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por D.

Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? ¡Efectos de la evolución

educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy

presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que

le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las

noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la

casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en

corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino

el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se

ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio o en el

almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de

servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir

cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el

velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente

dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el

mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho

después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo,

sordidez. Pero lo más particular era que creyendo D. Baldomero que tal

sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por

deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino

la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el

progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al

pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios

instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de

tertulia a casa de Cantero, la célebre frase _laissez aller, laissez

passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían

que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro

Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el

sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay

más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del

aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes

que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social.

D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se

condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».

Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban

maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las

disciplinas cuando era menester, y sabía ser indulgente a tiempo. Si no

le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que

iba a la Universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no

le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales.

Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos,

no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en

Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el

campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con

red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su

aplicación.

Mientras estudió la segunda enseñanza en el colegio de Masarnau, donde

estaba a media pensión, su mamá le repasaba las lecciones todas las

noches, se las metía en el cerebro a puñados y a empujones, como se mete

la lana en un cojín. Ved por dónde aquella señora se convirtió en

sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al

niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus

dudas, allá como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dónde

llegaba la sabiduría enciclopédica de doña Bárbara, estimulada por el

amor materno, baste decir que también le traducía los temas de latín,

aunque en su vida había ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que

era traducción libre, mejor dicho, liberal, casi demagógica. Pero Fedro

y Cicerón no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del

hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el

discípulo sabía. También le cultivaba la memoria, descargándosela de

fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética

elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba

ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural,

solía la maestra llamar en su auxilio al león del Retiro, y únicamente

en la Química se quedaban los dos parados, mirándose el uno al otro,

concluyendo ella por meterle en la memoria las fórmulas, después de

observar que estas cosas no las entienden más que los boticarios, y que

todo se reduce a si se pone más o menos cantidad de agua del pozo.

Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba

riendo que con estos teje-manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña

Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.

v

En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para

acá, sufrió la casa de Santa Cruz la transformación impuesta por los

tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo

esencial. En el escritorio y en el almacén aparecieron los primeros

mecheros de gas hacia el año 49, y el famoso velón de cuatro luces

recibió tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le

volvió a ver más por ninguna parte. En la caja habían entrado ya los

primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el

pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos. Se

hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era

obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con

los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles,

los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las

monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.

Aún no se conocían el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas

del citado progreso. Pero ya los dependientes habían empezado a

sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D.

Baldomero I, a quienes no se permitía salir sino los domingos y en

comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrón único, para que

resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba

concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones

de cada uno. Pero en lo que no hubo variación fue en aquel piadoso

atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pasó a

la historia hasta la época reciente del traspaso a los Chicos.

Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo

esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a

quien se podría llamar D. Baldomero el Grande. Para que el progreso

pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato,

debido al pincel de D. Vicente López, hemos contemplado con satisfacción

en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se

transformase; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre

los escombros de los conventos; que el Marqués de Pontejos adecentase

este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran

patas arriba todo el comercio madrileño; que el grande ingenio de

Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se colocase,

por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y por fin, que hubiera

muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza

individual.

También la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado

por grandes crisis y mudanzas desde que murió D. Bonifacio. Dos años

después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con

Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposición,

que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de

aquel acreditado establecimiento. Comprometido éste del 40 al 45, por

los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los mahones,

aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El

género de China decaía visiblemente. Las galeras aceleradas iban

trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y

se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que

pretenden ser signo de cultura. La sociedad española empezaba a presumir

de seria; es decir, a vestirse lúgubremente, y el alegre imperio de

los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se habían ido las

capas rojas, se fueron los pañuelos de Manila. La aristocracia los cedía

con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata,

entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos. Aquel

encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza

sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno,

aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda

española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de

Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres

hermosas, porque la sociedad se empeñaba en parecer grave, y para ser

grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la

influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los

grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha

respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree

importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea. Las

señoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de hollín,

ceniza, rapé, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las

encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermellón, el amarillo tila, el

cadmio y el verde forraje; y está tan arraigado en la plebe el

sentimiento del color, que la seriedad no ha podido establecer su

imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas,

imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas,

conservando las mantillas y los pañuelos chillones para la cabeza; ha

transigido con los gabanes y aun con el polisón, a cambio de las

toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo

de Nápoles. El crespón es el que ha ido decayendo desde 1840, no sólo

por la citada evolución de la seriedad europea, que nos ha cogido de

medio a medio, sino por causas económicas a las que no podíamos

sustraernos.

Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente

industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía

no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí,

cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas,

cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros

mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose

los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los

terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de

la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos

pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas.

También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro

fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes

acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa

marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes

rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de

la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los

ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el

tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de

Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y

Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de

los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado

King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus

precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la

geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en

aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de

Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la

historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de

Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados

con el ferrocarril de Suez.

Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no

podían competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier

mercachifle de la calle de Postas se proveía de este artículo sin ir a

tomarlo en los dos o tres depósitos que en Madrid había. Después las

corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos años ha vuelto a

traer España directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha

sido preciso que viniera la gran vigorización del comercio después del

68 y la robustez de los capitales de nuestros días.

El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina,

porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o

traspaso de la Compañía de Filipinas, no podían seguir monopolizando la

pañolería y demás artes chinescas. Madrid se inundaba de género a precio

más bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso

realizar de cualquier modo. Para compensar las pérdidas de la

quemazón, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí

fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo,

que tenía más pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografía,

comprendía que había un Singapore y un istmo de Suez.

Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de

echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a

discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada

era la de las novedades, la de la influencia de la fabricación

francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte,

invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco.

El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido

desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda.

«Pues apechuguemos con las novedades» dijo Isabel a su marido,

observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán

que todos los madrileños sentían de ser elegantes con seriedad. Era,

por añadidura, la época en que la clase media entraba de lleno en el

ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el

nuevo sistema político y administrativo, comprando a plazos todas las

fincas que habían sido de la Iglesia, constituyéndose en propietaria del

suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los

despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la

levita. Claro es que la levita es el símbolo; pero lo más interesante de

tal imperio está en el vestir de las señoras, origen de energías

poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan hechos

grandes. ¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales

energías de la época presente, tal vez una causa generadora de

movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que

valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad

más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará

entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo

mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda

la máquina política y administrativa, la deuda pública y los

ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el

parlamentarismo socialista.

Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las

novedades estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el

camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y

trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin

embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver

claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente,

que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de

aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de

metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con

casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el

paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se

anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en

aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y

alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada

de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en

que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano,

pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.

La perspicaz mujer vio el porvenir, oyó hablar del gran proyecto de

Bravo Murillo, como de una cosa que ella había sentido en su alma. Por

fin Madrid, dentro de algunos años, iba a tener raudales de agua

distribuidos en las calles y plazas, y adquiriría la costumbre de

lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se

lavaría después otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le

representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de

mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran

la misma pulcritud. De aquí nació la idea de dedicar la casa al género

blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo

realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empezó a traer

batistas finísimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y

madapolanes, nansouk y cretonas de Alsacia, y la casa se fue

levantando no sin trabajo de su postración hasta llegar a adquirir una

prosperidad relativa. Complemento de este negocio en blanco, fueron la

damasquería gruesa, los cutíes para colchones y la mantelería de

Courtray que vino a ser especialidad de la casa, como lo decía un

rótulo añadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y

encajería mecánica vinieron más tarde, siendo tan grandes los pedidos de

Arnaiz, que una fábrica de Suiza trabajaba sólo para él. Y por fin, las

crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero,

que había presentido el Canal del Lozoya, presintió también el

miriñaque; que los franceses llamaban Malakoff, invención absurda que

parecía salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la dirección de

los globos.

De la pañolería y artículos asiáticos, sólo quedaban en la casa por los

años del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. Aún había

alguna torrecilla de marfil, y buena porción de mantones ricos de alto

precio en cajas primorosas. Era quizás Gumersindo la persona que en

Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un

crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro. No sabían hacerlo

sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo,

por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el

chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de

Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es

decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y

visible en el cuartel superior el dibujo central. También se conservaban

en la tienda los dos maniquís vestidos de mandarines. Se pensó en

retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero

Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la

fisonomía lela y honrada del Sr. de Ayún, era como si enterrasen a

alguno de la familia; y aseguró que si su hermano se obstinaba en

quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor,

haciendo juego con los aparadores.

vi

Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las

agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama

de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad

prodigiosa. En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y

siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada

año. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce más en la cuenta; total,

diez y siete partos, que recordaba asociándolos a fechas célebres del

reinado de Isabel II. «Mi primer hijo--decía--nació cuando vino la tropa

carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la

Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día

mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a

Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la

traída de aguas».

Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de

impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tomó la muerte para

mermar aquel bíblico rebaño. Si los diez y siete chiquillos hubieran

vivido, habría sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o

colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina

fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya más

que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en

tiempo se moría uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no sé

qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que

rebasaron de los diez años, se iban criando regularmente.

He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras,

siete correspondían al sexo femenino. ¡Vaya una plaga que le había caído

al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas? Para guardarlas

cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejército. ¿Y cómo

casarlas bien a todas? ¿De dónde iban a salir siete maridos buenos?

Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma,

confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo.

«Verán--decía--, cómo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de

primera». Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo. Siempre que

pensaba en el porvenir de sus hijas se ponía triste; y sentía como

remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema

económico. Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase

de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaña

prolífica, desde el 38 al 60, acontecía que a los cuatro o cinco meses

de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se

tomaba el trabajo de preguntárselo, y lo daba por hecho. «Ahora--le

decía--, vas a tener un muchacho». Y la otra, enojada, echando pestes

contra su fecundidad, respondía: «Varón o hembra, estos regalos debieran

ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los

años».

Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos

Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte

de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como

debiera. Aunque Isabel hacía milagros de arreglo y economía, el

considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia.

Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si

su capital no era grande, tampoco tenía deudas. El quid estaba en

colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña

matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no

podía haber grandes ahorros.

Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida,

deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y

que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se

conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían

imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el

barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la

forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía

libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en

la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado

gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el

escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena

o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase

de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras.

Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más

pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en

el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o

en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre.

Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el

gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que

mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios

perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga

procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa,

desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar

que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la

última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que

llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas.

Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con

el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún

adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que

no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por

delante como los paveros en Navidad.

¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel

inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira,

hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me

protege, que si no... Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los

varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van

tirando. ¡Pero las niñas!... ¡Y con estas modas de ahora y este

suponer!... ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve

que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos!

Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea

las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles

la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este año he

suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me

importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un

quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas

de aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado las

lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y

como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera

comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y

algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca

de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes

menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la

tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o

diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a

cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las

niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo

material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia

para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a

infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y

ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa

o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal. Empezaban a

entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentes

que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estaba

siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento.

A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de exhibir y

airear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otro

nombre, marido. Era forzoso hacer el artículo, y aquella gran mujer,

negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con

su género a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía,

ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era también

de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien

arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy

estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con

manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena

cachemira. Sin ser vieja lo parecía.

Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto

se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de

benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo. La primera chica

que se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad,

no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho,

dependiente en la camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase Pepe

Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su

honradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del comercio

menudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía un

primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro

prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos

horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión; mas

pronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muy

delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente,

porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y

trabajador».

Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el

héroe de Boteros. Esta sí que fue buena boda. El novio era Ramón

Villuendas, hijo mayor del célebre cambiante de la calle de Toledo; gran

casa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela

ofrecía variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. Cayetano

Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa-Muñoz,

y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas tabernero y

otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen

Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía

muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se

tuteaban.

La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pescó marido al año

siguiente. ¡Y qué marido!... Pero al llegar aquí, me veo precisado a

cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a

la boda de Jacinta.

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