Parte 4 — Capítulo V: La razón de la sinrazón
Parte 4 — Capítulo V: La razón de la sinrazón
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La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía
y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues
sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de
quicio. Todo aquel invierno continuó el tratamiento de las duchas
circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le
sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de
notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante,
que en el caletre del joven se escondía un pensamiento relativo al
paradero de su consorte, y temían que este pensamiento, aunque contenido
en proporciones menudas por el renacimiento armónico de la vida
cerebral, tuviera el mejor día fuerza expansiva bastante para volver a
trastornar toda la máquina. Pero estos temores no se confirmaron. En
Diciembre y Enero la mejoría fue tan notoria, que doña Lupe estaba
pasmada y contentísima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues
no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la
timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudió
los primeros años de su carrera, y aun parecía que se renovaban en él
las ideas de aquellos lejanos días, y con las ideas el encogimiento en
el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa.
Su vida era muy metódica; no se le permitía leer nada, ni él lo
intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doña Lupe le fijaba la
hora a que había de volver. Ni una sola vez dejó de entrar a la hora que
se le mandaba. Para que tales días se pareciesen más a los de marras, el
único gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la
ventura, observando y pensando. Una diferencia había entre la
deambulación pasada y la presente. Aquella era nocturna y tenía algo de
sonambulismo o de ideación enfermiza; esta era diurna, y a causa de las
buenas condiciones del ambiente solar en que se producía, resultaba más
sana y más conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente
trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan
de sí las ideas bien batidas; en esta trabajaba en la razón,
entreteniéndose en ejercicios de lógica, sentando principios y
obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la
marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el _furor de la
lógica_, y se dice esto así, porque cuando pensaba algo, ponía un
verdadero empeño maniático en que fuera pensado en los términos usuales
de la más rigurosa dialéctica. Rechazaba de su mente con tenaz
repugnancia todo lo que no fuera obra de la razón y del cálculo, no
desmintiendo esto ni en las cosas más insignificantes.
Que al poco tiempo de sentir en sí este tic del razonamiento lo aplicó
al oscuro problema lógico de la ausencia de su mujer, no hay para qué
decirlo. «Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni
siquiera se discute. Ahora dilucidemos si está en Madrid o fuera de
Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibiría mi tía
cartas suyas. Es así que jamás llega a casa el cartero del exterior, y
cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi tío Jáuregui;
luego... Pero propongamos la hipótesis de que dirige las cartas a otra
persona para que yo no me entere. Es inverosímil; pero propongámosla. En
tal caso, ¿qué persona sería esta? En todo rigor de lógica no puede ser
doña Casta, porque la señora de Samaniego no gusta de tales papeles. En
todo rigor de lógica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada,
anteayer, entró en el gabinete de mi tía, y yo, desde el pasillo, le oí
preguntarle claramente si había sabido de la señorita... Luego,
Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de
cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber
correspondencia; luego está en Madrid».
Quedose muy satisfecho, y después de detenerse un rato a ver un
escaparate de estampas, volvió a pegar la hebra: «Podría ponerse en duda
que entre ella y mi tía haya comunicación, y en caso de que no la
hubiera, el problema de su residencia seguiría como boca de lobo; pero
yo sostengo que hay comunicación. Si no, ¿qué significa el papelito de
apuntes que sorprendí el otro día sobre la cómoda de mi tía, y en el
cual, pasando al descuido la vista, distinguí este renglón que decía:
Corresponden a F. 1.252 reales? F. quiere decir ella. Luego hay
comunicación entre mi tía y ella, y como esta comunicación no es postal,
resulta claro, como la luz del día, que reside en Madrid».
Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razón. A veces se decía:
«Rechacemos todo lo fantástico. No admitamos nada que no se apoye en la
lógica. ¿De qué vive? ¿Vivirá honradamente? No aventuremos ningún juicio
temerario. Podrá vivir honradamente y podrá vivir de mala manera. Yo
llegaré a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a
nadie. Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos. Veo, oigo y
pienso. Así sabré todo lo que quiero. ¡Qué hermosa es la verdad, mejor
dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la
tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven
desde estos barrios!... Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy. La
gente me mira con lástima, como a un enfermo; pero yo, en mí, me recreo
en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque él está en
grande».
Entró en el café del Siglo, donde creía encontrar a su hermano; pero
Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Dirección de
Beneficencia y Sanidad, había encargado a Juan Pablo un trabajo
delicadísimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de
lazaretos; y me le tenía en la oficina de sol a sol. Allí le llevaban el
café. No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos
extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza
vendría un ascenso. Hablaron de empleos y de política, diciendo
Maximiliano cosas muy buenas.
Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de
ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía
cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima), y además porque la
sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía
presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza.
Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil
y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de
café. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un
cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese.
Este matrimonio solía ir los domingos acompañado de toda la familia, a
saber: una abuela que había sido víctima del 2 de Mayo, y siete
menores. El café se compone de dos crujías, separadas por gruesa pared y
comunicadas por un arco de fábrica; mas a pesar de esta rareza de
construcción, que le asemeja algo a una logia masónica, el local no
tiene aspecto lúgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio,
había siempre animación campechana y confianzuda, y como el espacio es
allí tan reducido, toda la parroquia venía a formar una sola tertulia.
En ella imperaba Refugio como en un salón elegante en el cual fuera
estrella de la moda, Dábase mucho lustre, tomando aires de señora,
alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los demás
estaban en la obligación de reír. Poníase siempre en un ángulo, que
tenía, por la disposición del local, honores de presidencia. Cuando Maxi
iba, su cuñada le hacía sentar a su lado, y le mimaba y atendía mucho,
con sentimientos compasivos y de protección familiar, permitiéndose
también tutearle y darle consejos higiénicos. Él se dejaba querer, y
apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que
mentalmente hacía sobre todo lo que allí se charlaba. Una noche estaba
el pobre chico tomándose su café, muy callado, en la misma mesa de
Refugio, cuando se fijó en dos hombres que en la próxima estaban, uno de
los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acertó al fin. Era
Pepe Izquierdo, tío de su mujer, a quien sólo había visto una vez, yendo
de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo presentó. Como en
Gallo había tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra
mesa. Primero se hablaba de política, después de que la guerra se
acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a
ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución
francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido
guillotinadas muchas almas. Oír que se hablaba de Historia y no meter
baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a modelo
sabía que Nabucodonosor era un Rey que comía hierba; que D. Jaime entró
en Valencia a caballo, y que Hernán-Cortés era un endivido muy
templado que se entretenía en quemar barcos. Los disparates que aquel
hombre dijo acerca del Pronunciamiento de Francia, hicieron reír mucho
a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que
echaba al concurso miradas desdeñosas, no queriendo aventurar una
opinión, que habría sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas
el compañero de Platón, persona enteramente desconocida para Maxi,
debía de ser uno de los sujetos más eruditos que en aquel local se
habían visto nunca, y cuando rompió a hablar, se ganó la atención del
auditorio. Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con
una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy
distintos del gárrulo lenguaje de su amigo: «Al Rey Luis XVI--dijo--, y
a la Reina Doña María Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente,
porque no querían darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente,
aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los
meses, señores, y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro,
y la religión también fue abolida, celebrándose las misas, naturalmente,
a la diosa Razón».
Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con
Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y
estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93. «Porque
mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven
indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero
primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente,
salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando
empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay
lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a
aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le
aplaudo».
--Y yo también--dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel
hombre razonaba discretamente.
--¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?...--prosiguió
Ido--. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a
Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin
desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen
que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no
trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No
señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida
y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no
se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza
está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas
a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre:
«Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie.
«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con
movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.
Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era
profesor de primeras letras en las escuelas católicas, Maximiliano
discurrió que no estaba en armonía la humildad del empleo con el saber y
la destreza dialéctica que aquel individuo mostraba.
Al siguiente día por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las
personas conocidas, más que el cobrador municipal y José Izquierdo. Este
había dejado en la silla próxima un envoltorio. Mirolo el joven con
disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un
pañuelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se
descubrió una bota elegante con caña color de café. Al verla Rubín,
sintió como si le cayera una gota fría en el corazón. «Esa bota es de
ella... ¡ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mías. No la
lleva a componer porque está casi nueva. La lleva de muestra para que le
hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta
tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. ¿Y por qué no las lleva
ella? Porque no sale. Luego está enferma... Enferma, ¿de qué?».
ii
Platón se despidió de su amigo, y cogió el lío diciendo que
tenía que ir a la calle del Arenal.
«Justo--discurrió Maxi sin decir una palabra--.
Allí está su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podría
averiguarlo siguiendo a ese bárbaro. Pero no... Con la lógica y sólo con
la lógica lo averiguaré. ¿Para qué quiero esta gran cordura que ahora
tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo».
Después, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy
comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trató,
que fue la insurrección de Cuba, el alza de la carne, lo que se debe
hacer para escoger un bonito número en la lotería, la frecuencia con que
se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranvía nuevo
que se iba a poner y otras menudencias.
Un día de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al café, vio a
Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadería, y a punto que le
saludaba, pasó y se detuvo el cobrador municipal. Este y José cambiaron
unas palabras.
«En seguida voy al café--dijo el modelo, mostrando varios paquetes a
su amigo, que los miraba con curiosidad--. Subo a largar esto: Varas de
cinta... jabón... demonios, dátiles. Voy cargado como un santísimo
burro».
Maximiliano siguió hacia el café, y observando que Platón tomaba hacia
la calle de Ciudad Rodrigo, miró su reloj.
--¡Dátiles!... ¡Cuántos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se
despepita por ellas...--pensó el razonador, penetrando en el establecimiento,
sin ver nada de lo que en él había--. Come dátiles... luego no está mala;
los dátiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no
salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa...
Y viendo entrar a Izquierdo, volvió a mirar su reloj. «Ha tardado doce
minutos. Luego la casa está cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para
subir la escalera, dos para bajarla... Y está cansado el hombre; debe de
ser alta la escalera... La casa está cerca. La descubriremos por la
lógica. Nada de preguntas, porque no me lo dirían; ni seguir a este
animal, porque eso no tendría mérito. Cálculo, puro cálculo...».
Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero él no
quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la
conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él,
pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del
ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los
concejales. Después el recaudador sacó a relucir no sé qué asunto de
familia, quejándose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo
que Izquierdo tomó pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las
ventajas de no tener familia que mantener. «Musotros los viudos estamos
como queremos» dijo volviéndose a Maxi y dándole un palmetazo en el
hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y
para sí dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lógica: «Se te ha
encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con
lo que hablas delante de mí, dromedario, y tú, como todos, te empeñas en
meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi
cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes.
Verás cómo destruyo tus sofismas y mentiras. Verás lo que puede el
cálculo de un cerebro lleno de luz... ¡Con que yo viudo! Lo mismo que mi
tía, que me dijo ayer: «desde que enviudaste, pareces otro...». Me
conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lógica me las arreglo
admirablemente y me río del mundo. ¡Qué bonita es la lógica; pero qué
bonita! ¡Y qué hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de
toda apreciación fantasmagórica, atenta a los hechos, nada más que a los
hechos, para fundar en ellos un raciocinio sólido!... Pero vámonos a mi
casa, que mi tía me espera».
Tres días después de esto, al entrar en la botica, notó que Ballester y
Quevedo hablaban, y que al verle llegar a él, se callaron súbitamente.
Como había adquirido facilidad para la apreciación de los hechos, aquel
se le reveló claramente. Segismundo y el comadrón trataban de algo que
no querían oyese Maximiliano.
Para disimular le preguntaron a él por su salud, y a poco dijo Quevedo
al farmacéutico en tono muy misterioso: «¿Ha preparado usted el
cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora».
«Qué tal, ¿paseamos mucho, joven?--agregó en alta voz, volviendo hacia
Maxi su cara de caimán, en la cual la sonrisa venía a ser como una
expresión de ferocidad--. Vamos bien, vamos bien. Al fin podrá usted
volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya decía yo que en cuanto estuviera
usted libre... por aquello de muerto el perro se acabó la rabia».
Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad. Después observó que
Ballester sacaba de un cajón un paquetito de medicamento y se lo daba al
Sr. de Quevedo, diciéndole: «Lléveselo usted; lo he pulverizado yo mismo
con el mayor esmero. La antiespasmódica la llevaré yo». El comadrón tomó
el paquete y se fue.
A poco entró doña Desdémona preguntando por su marido, y pudo observar
el joven que Ballester le hizo señas, llamándole la atención sobre la
presencia de Maxi, pues la señora empezó diciendo: «¿Ha ido otra vez a
la Cava?». Aquello se arregló y doña Desdémona invitole a que la
acompañase a su casa, lo que él hizo de bonísima gana, remolcándola del
brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la
señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría,
un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de
una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la
casa. A la hora de comer entró Quevedo muy fatigado, diciendo: «No hay
nada todavía...». Y como vio allí al sobrino de doña Lupe, no dijo más.
Cuando Maximiliano se retiró, iba desarrollando en su mente la más
prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se había
visto. «¿Ves como salió? Lo que fulminó en mi cabeza como un resplandor
siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas
las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejémonos de
poesías; la inspiración poética es un estado insano. Lógica, lógica, y
nada más que lógica. ¿Cómo es que lo averiguado hoy por procedimientos
lógicos, fundados en datos e indicios reales, existió antes en mi mente
como los rastros que deja el sueño o como las ideas extravagantes de un
delirio alcohólico? Porque esto no es nuevo para mí. Yo lo pensé, yo lo
concebí envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas
enteramente absurdas. ¡Misterios del cerebro, desórdenes de la ideación!
Es que la inspiración poética precede siempre a la verdad, y antes de
que la verdad aparezca, traída por la sana lógica, es revelada por la
poesía, estado morboso... En fin, que yo lo adiviné, y ahora lo sé. El
calor se transforma en fuerza. La poesía se convierte en razón. ¡Qué
claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal
vez donde vivió antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se
aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la
antiespasmódica. ¡Ah!, ¡cómo me río yo de estos imbéciles que creen que
me engañan!... ¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma
cordura! ¡Dios mío, qué talento tengo! ¡Qué manera de discurrir!...
¡Estoy asombrado de mí mismo, y compadezco a mi tía, a Ballester, a
todos los que hacen delante de mí esta comedia! 'Todavía no hay nada',
fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presunción equivocada,
falsos síntomas. Luego la cosa está próxima. Estamos en Marzo. Bien, no
me falta más que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la
inspiración, aseguraría que es la misma casa aquella, la de los
escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lógica, y no
aseguremos nada que no esté fundado en un dato real».
Al día siguiente estuvo con su hermano en el café del Siglo, y después
en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban
José convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar
copas y su amigo Izquierdo, que bebía aguardiente como si fuera agua, se
burlaba de la sobriedad del profesor de instrucción primaria, el cual
aseguró haber comido fuerte y no hallarse muy bien del estómago. Poco
a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba
la tertulia, retirándose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la
mesa más lejana, ensimismado, los codos sobre el mármol y la cabeza en
las palmas de las manos. Fuese hacia él, movido de lástima, y le
preguntó lo que tenía. «Amigo--le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando
su cara descompuesta--, ¿ve usted cómo me tiembla el párpado derecho?
Pues es señal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea
de lo malo que me pongo».
--Vamos, D. José, eso no es más que aprensión (tratando de llevarle al
grupo principal).
--Déjeme usted... Se ríen de mí, porque desbarro mucho... Tiempo hacía
que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra,
y no lo puedo remediar. Tendré que ausentarme, para que no se burlen de
mí. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho
aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, créamelo usted,
caballero. Usted es el único que no se reirá de mí; usted comprende mi
desgracia y me compadece.
--D. José... que se le quiten esas cosas de la cabeza--le dijo el otro,
oficiando de hombre sesudo y razonable.
--¡Ah!... pues quíteme del campo de mi vida los hechos... (tocándole
amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y
las nuestras no son la norma de nuestra vida. Así es el mundo. De nada
le vale a usted ser honrado, si la maldad de los demás le obliga a hacer
una barbaridad.
--Eso está muy bien discurrido.
--¡Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueños
de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos
conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate
de casarse, se engrana, se engrana, ¿me entiende usted?, y ya no es
dueño de su movimiento.
--Entiendo, sí...--Pues no me acuse usted si oye que he cometido un
crimen (hablándole al oído), porque los que tenemos la desgracia de ser
esposos de una adúltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos
responder de aquel mandamiento que dice: no matar. Creo que es el
quinto.
--Sí, el quinto es--dijo Maxi, que sentía una corriente fría pasándole
por el espinazo.
--Y aquí donde usted me ve... (echándose para atrás y expresándose
siempre en voz muy baja), hoy mato yo...
Esto, aunque dicho muy quedamente, fue oído de Izquierdo, que rompiendo
a reír, soltó esta andanada: «¡Pues no dice este judío Dio que hoy
mata él!... ¿En qué plaza, camaraíta?».
Las carcajadas atronaban el café, y Rubín se acercó al grupo principal,
diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y
compasión: «Señores, no burlarse de este pobre señor que no tiene la
cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es
cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con
aguardiente».
Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre
los brazos cruzados sobre el mármol, y el dueño del establecimiento,
mirándole con sorna, le decía: «Aquí no se duermen monas. A dormirlas a
la calle». Maxi trató de hacerle levantar la cabeza. «D. José, a usted
le convendría tomar duchas y también unas pildoritas de bromuro de
sodio. ¿Quiere que se las prepare? Es el tratamiento más eficaz para
combatir eso... Dígamelo usted a mí, que durante una temporada he estado
como usted... muchísimo peor. Yo inventaba religiones; yo quería que
todo el género humano se matara; yo esperaba el Mesías... Pues aquí me
tiene tan sano y tan bueno».
Y volviendo al grupo principal: «Nada, hay que dejarle. Eso le pasará.
¡Pobrecito!, me da mucha lástima».
De repente, D. José se levantó de su asiento y salió de estampía, entre
la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrás; pero
Refugio le tiró de los faldones y le hizo sentar a su lado: «Déjalo tú,
¿qué te importa?». Y apareció el tumulto, por la entrada de otros Pepes;
y el amo del café, que también era algo José, repartió puros y ron con
marrasquino. Algunos se empeñaron en que Maximiliano bebiese; pero ni él
quería, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de
su preciosa salud. Lo que hacía el excelente muchacho era reír con la
mayor buena fe todas las gracias que allí se decían, hasta las más
zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegría
de aquella gente.
iii
Comió Rubín aquella noche sosegadamente con su tía, contándole
algo de lo que había visto y oído en el café, a lo que respondió la gran
señora expresándole su deseo de que no fuese más a aquel
establecimiento, por estar muy lejos, y porque en él siempre encontraría
una sociedad inculta y ordinaria. El joven parecía conformarse con esta
idea, y aseguró que no volvería más. Después fue con su tía a casa de
Samaniego, y mientras duró la tertulia, permaneció apartado de ella,
labrando y puliendo su idea. «Es en la casa de los escalones de
piedra... Después que echó aquel brindis estúpido, Izquierdo habló de
subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los
escalones de piedra... Ya sé, pues, dónde está. Ahora, hay que proceder
con sigilo y decisión. Llegó la hora de castigar. El honor me lo pide.
No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo decía:
'Estamos engranados en la máquina, y la rueda próxima es la que nos hace
mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'».
--¿Por qué suspiras, hijo?--le preguntó su tía, observándole caviloso y
suspirante.
Contestó evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que _doña
Desdémona_ invitase al joven a pasar en su casa la mañana siguiente. Le
enseñaría todos sus pájaros y le daría de almorzar. Aceptada esta
fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que
la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando
jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el
otro volátil pláticas muy cariñosas. Su obesidad no le impedía ser ágil
y diligentísima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre,
y como su figura era casi esférica, no parecía persona que anda, sino un
enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No
tardó en asociar al chico a sus operaciones, enseñándole a distribuir el
alpiste a toda la familia. Con algunos sostenía doña Desdémona
conversaciones maternales.
«¿Qué dices tú, chiquitín de la casa?... gloria mía... A ver, ¿tiene el
niño mucha hambre...? ¡Ay qué pico me abre este hijo!». Y los trinos
ensordecían la casa. Con verdadero ahínco, Maximiliano seguía torneando
en su cabeza las ideas de la noche anterior. «La mataré a ella y me
mataré después, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos
de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar».
--¡Qué mala es esta pájara!--decía doña Desdémona--, no sabe usted lo
mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso.
Si no fuera por el macho, que es, ahí donde usted lo ve, toda una
persona decente, los pobrecitos se morirían de hambre.
--Hay que perdonarla--replicó Maxi con humorismo--, porque no sabe lo
que se hace... Y si la fuéramos a condenar, ¿quién le tiraría la primera
piedra?
--Vamos ahora a los pericos, que ya están alborotados.
«La lógica exige su muerte--pensaba Rubín colgando cuidadosamente una
jaula en que había muchos nidos--. Si siguiera viviendo, no se cumpliría
la ley de la razón».
La renovación del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y
graciosos seres aprisionados una alegría insensata; y poniéndose todos a
piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las
personas que entre ellos estaban. Doña Desdémona hablaba por señas.
Maxi parecía contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones
por puro entretenimiento. Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy
buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él,
diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en
ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se había
redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se curó
el buen señor de sus murrias y no volvió a hacer el Otelo. Sin embargo,
a ninguno que no fuera el pobre Rubín, le habría permitido entrar
libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a éste capaz
de comprometer la honra de ningún hogar donde penetrase.
Doña Lupe entró muy gozosa, diciendo: «¿Qué tal se ha portado el
galán?».
--Admirablemente, señora. Es lo más amable...--replicó doña Desdémona,
y llevándola aparte, añadió--: Si está bueno y sano... ¡Si viera usted
qué contento y qué tranquilo...! Nada, como la persona de más juicio.
--Yo creo--dijo la de Jáuregui--, que si no está curado, le falta poco.
¿Y qué hay de eso?
--Esta mañana volvió Quevedo. Todavía nada... Esperando por momentos...
Ella, con mucho miedo.
Algo más cotorrearon, pero no hace al caso. Doña Lupe se llevó a su
sobrino al Monte de Piedad, y como aquel día las ventas fueron de muy
poco interés, tornaron pronto a casa, después de comprar fresa y
espárragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la señora
encargó a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y él
las despachó con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un céntimo;
y como su tía se maravillase de aquel tino aritmético, el joven se echó
a reír, diciéndole: «¿Pero usted qué se ha figurado? Si tengo yo la
cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra
cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan».
Hacía muchísimo tiempo que doña Lupe no había visto al chico tan
despejado, con tanto reposo en el espíritu y el ánimo tan dispuesto a la
alegría, señales todas de reparación indudable. «Si no dudo que estés
bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte
así, y le pido a Dios que te conserve».
--Crea usted que seguiré lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza
que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a
usted ahora mismo. Se pasmará usted al ver que si buena comedia han
hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engañadores
son los engañados.
Doña Lupe empezó a alarmarse.
--Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas
y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas
las personas a quienes conozco fuera de casa, bordaban admirablemente
su papel; y yo callado... haciéndome el tonto, mientras con la sola
fuerza del cálculo, descubría la verdad.
Y doña Lupe tan parada, que no sabía qué decirle.
«Y vea usted cómo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las
cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a
nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundándome sólo en algún
indicio que pescaba aquí y allí, sentando hechos y deduciendo
consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lógica, tía,
con la lógica seca. Atienda usted y asómbrese».
Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un
buey.
«Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que
Fortunata no se ha muerto, que está en Madrid, que vive cerca de la
Plaza Mayor, que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los
escalones de piedra, que está fuera de cuenta desde hace un mes, y que
D. Francisco de Quevedo la asiste».
Doña Lupe no se atrevió a negar; tan abrumadoras eran las verdades que
su sobrino manifestaba. «Verás... Tú no debes ocuparte de eso... Te
concedo que vive, pero no sé dónde. Y en cuanto al embarazo, es error
tuyo y de tu maldita lógica. ¡Vaya con la salida! El diablo cargue con
tu lógica».
--Si insiste usted, querida tía, en hacer comedias, creeré que quien ha
perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la
evidencia de que es verdad. Mí lógica no me engaña ni puede engañarme.
Con franqueza: ¿nota usted en mí algo que remotamente se parezca a falta
de juicio?
Doña Lupe no supo qué responder.
«¿He dicho algún disparate?... ¿Se atreve usted a sostener que lo he
dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... ¡Ah!, no quiere usted.
Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con
muy buen fin, es mi señora tía. ¿Quién es aquí el cuerdo y quién no lo
es?».
--Pues repito que eso del estado interesante es una papa--dijo la viuda
llena de confusión--. Alguien ha querido darte un bromazo, que por
cierto es de muy mal gusto.
--Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto,
absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del cálculo
puro. Y ahora, por si alguien duda todavía de que yo sea la cordura
andando, voy a dar a todos la última prueba de ella. ¿Cómo? Pues no
volviendo a hablar de semejante asunto. Se acabó. Sigamos la vida
ordinaria... Aquí no ha pasado nada, tía; hágase usted cuenta de que no
hemos hablado nada. ¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que
arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los
números, pues estos son la pura esencia de la lógica.
Y se puso a trabajar en las operaciones aritméticas con tanta serenidad,
y un temple tan equilibrado, que doña Lupe salió de la estancia
haciéndose cruces y diciendo que si lo que acababa de oír se lo hubieran
contado los cuatro Evangelistas, no les habría dado crédito. Pero siendo
lo que refirió el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la
señora no las tenía todas consigo respecto al estado de aquella cabeza.
Entráronle alarmas, como las de los peores días pasados, y se puso de un
humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lógica era una
crisis favorable, o por el contrario, traería nuevas complicaciones.
Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer
a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista
dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que existía,
pues nunca daba en el quid de la buena ocasión; lástima grande, porque
el discurso que llevaba preparado para convencer a la señora era
admirable, y una roca se ablandaría oyéndolo. Su tía no le dejó pasar
del exordio, negándose absolutamente a contratar ninguna clase de
préstamo ni en las condiciones más usurarias. Total: que salió Juan
Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género
humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de
suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio
de las olas, y ya no podía más, ya no podía más. Se ahogaba.
iv
En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la
piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en
el café del Siglo las teorías más disolventes. Con gran estupefacción de
D. Basilio Andrés de la Caña, que volvió a la tertulia, embistió contra
la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales
que se había dado un atracón de lecturas prudhonianas. No había visto un
solo libro, ni por el forro, y toda su argumentación ingeniosa sacábala
de la rabia que contra doña Lupe sentía, rencor satánico que habría
bastado para inspirar epopeyas.
Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella
desigual contienda más defensor que D. Basilio, quedó maltrecho. La mesa
de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los
combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con
las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche, con
la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en
los cuales la mano afanadora de D. Basilio no había dejado más que polvo
de azúcar. Dichos cadáveres, horriblemente destrozados, eran la
propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia
y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio,
Ejército, Crédito público, etc... Con admiración de todos, Juan Pablo se
lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente
espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza
de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa,
con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de
D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de
sí aquel marcador de sus argumentos. También andaba por el suelo la
corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda
autoridad corría la misma suerte. Las conteras de los bastones,
golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban
cayendo de la mesa, expirantes. Creeríase que Juan Pablo las estrujaba
con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica, y cuando
cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para
probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville
firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.
¿Y qué menos podía hacer el desgraciado Rubín que descargar contra el
orden social y los poderes históricos la horrible angustia que llenaba
su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su tía le puso en
el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al café
había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese
con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le
revolvió más la bilis. Sus amigos no podían con él; estaba furioso; poco
faltaba para que insultase a los que le contradecían, y su numen
paradójico se excitaba hasta un grado de inspiración que le hacía
parecer un propagandista de la secta de los tembladores. El que mejor
replicaba ¡parece increíble!, era Maxi, que se quedó en el café más
tiempo del acostumbrado, retenido por el interés de la polémica.
Defendía el joven Rubín los principios fundamentales de toda sociedad
con un ardor y una serena convicción que eran el asombro de cuantos le
oían. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus
nervios, absolutamente pacíficos, dejaban a la razón desenvolverse con
libertad y holgura. La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se
marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en
casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática. Había
vuelto a la docilidad de los tiempos que se podrían llamar
antediluvianos o que precedieron a la catástrofe de su casamiento.
Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los demás
tratadistas de derecho público, abandonó el café con ánimo de irse
derechito a su casa. Atravesó la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe
III a la de la Sal, y en aquel ángulo no pudo menos que pararse un rato,
mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadrilátero. Pero
esta suspensión de su movimiento fue pronto vencida del prurito de
lógica que le dominaba, y se dijo: «No; voy a casa, y han dado ya las
diez... Luego, no debo detenerme». Siguió por la calle de Postas y
Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio
pasar a Aurora, que salía de la tienda de Samaniego para ir a su casa.
«¡Qué tarde va hoy!» pensó, siguiendo tras ella por la calle arriba,
hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba
delante de él, sin verle. Andaba la viuda de Fenelón a buen paso, sin
mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra
tal vez para trabajar en su casa el día siguiente, que era domingo, y
domingo de Ramos por más señas.
Como iba más aprisa que él, pronto se aumentó la distancia que les
separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de
Cañizares, como parecía natural (este era el itinerario que usaba Maxi),
la joven se metió por el oscuro callejón del Salvador. En la sombra del
Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante:
diéronse las manos y siguieron juntos. «Hola, hola--se dijo Maxi
acechando--, ¿belenes tenemos?». Y viéndoles ir por el callejón
adelante, una idea o más bien sospecha encendió en él vivísima
curiosidad. Siguiéndoles a cierta distancia, se cercioró al punto de lo
que antes fuera presunción, y la certidumbre produjo en su alma
violentísima sacudida. «Es él, ese infame... La espera; van juntos... y
toman la vía más solitaria... Luego, son amantes... ¡Engañar a una pobre
mujer... un hombre casado!...». Determinose en él con poderosa fuerza el
rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como
un virus ponzoñoso, tan pronto manifiesto como latente, y que al
derramarse por todo su ser, producía tantos y tan distintos fenómenos
cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado
joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman
las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espíritu,
directamente emanada de la esencia divina. «Esto lo tolera y aun lo
aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergüenza.
¿Y qué defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. ¡Ay, Dios mío, si
tuviera aquí un revólver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un
instante, le pegaba un tiro por la espalda y le partía el corazón! No
merece que se le mate por delante. ¡Traidor, miserable, ladrón de
honras! ¡Y esa tonta que se deja engañar!... Pero ella no merece la
muerte, sino la galera, sí señor, la galera...».
Al día siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos,
no estaba Maxi más excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En
el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no había
visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le
había tenido así, tan a tiro... «¡Ay!, ¿por qué no traigo un
revólver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armería, lo
compraba... Pero si no tengo dinero. La tía no me da más que los dos
reales para el café. Dios, ¡qué desesperación! Si me infundes la idea de
la justicia, idea lógica, perfectamente lógica, ¿por qué no me das los
medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcándose en su
sangre; no tenerle ninguna lástima... ¡Que no vea yo esto, Dios!... ¡Que
no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se había de
regocijar...!».
Después de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la
pareja tomó por la calle de San Pedro Mártir, buscando la vía menos
concurrida. «Van a tomar por la calle de la Cabeza--dijo Maxi--, por
donde no pasa un alma a estas horas. ¡Ah!, trasto, ladrón de honras,
asesino... La justicia caerá sobre ti algún día, si no hoy, mañana. Lo
que siento es que no sea por mi mano». Seguíales sin perderles de vista,
a bastante distancia... «Me duelen las contusiones que recibí aquella
noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te
ensañas con los débiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden
tener... A ti se te contesta con una bala... ¡plaf! Y se te deja seco...
Y yo me quedaría tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan
fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy
grande, pero muy grande...».
Al llegar a la calle del Ave María, Rubín se pasó a la acera de los
impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simón, en
la sombra. Detuviéronse: Aurora parecía decir a su galán que no siguiese
más. Era prudente esta indicación, y el galán se despidió apretándole la
mano. Maxi le miró subir hacia la calle de la Magdalena, y sentía deseos
de gritar e írsele encima: «Ratero de mi honor y de todos los honores...
ahora las vas a pagar todas juntas». Creía que se le afilaban las uñas
haciéndosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el
salto y cayese sobre la presa. La lógica le salvó. «Soy mucho más débil,
y me destrozará... Un revólver, un rifle es lo que yo necesito».
Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubín penetró en su casa.
Lo más particular fue que la idea de su mujer se borró de su mente
durante aquel suceso, o quizás personificaba en Aurora la totalidad de
las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue
acometido de una duda horrible. «Pero esto que me desvela ahora--se
decía revolviéndose en el lecho--, ¿es verdad, o lo he soñado yo? Sé que
entré, sé que caí en la cama, sé que dormí, y ahora me encuentro con
esta impresión espantosa en mi cerebro. ¿Es verdad que les he visto, al
infame y a ella, o lo he soñado? Que yo he tenido un sopor breve y
profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueño... Sí;
sueño ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que sueña uno...
¡Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todavía, y si tengo
estampadas aquí las dos figuras...! Esto es para volverse loco... ¡y
sería lástima, ahora que estoy tan cuerdo...!».
Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente. ¿Lo
había visto, o lo había soñado? El Miércoles Santo enviole su tía con un
recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo
tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con
Aurora.--«Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantón. ¡Tres horas
esperándote!... ¿A qué tienes tú que ir hoy al obrador, si hoy no se
trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el
obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por allí ni
ese es el camino. ¿En dónde estuviste? ¡En casa de las de Reoyos! ¿Y qué
hacías tú tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que
averiguarlo...».
Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de
edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no
llegó el caso de hacerlo así. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos
en la pieza que tocaba Olimpia, no perdía sílaba de aquel doméstico
altercado. Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre
sus dedos el andante cantabile molto expresivo, que si llega a
coincidir con el allegro agitato, ni Dios pesca una letra de lo que
hija y madre hablaron. Durante el presto con fuoco, Maxi se decía:
«Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura
realidad... ¡Y lo creí sueño...!, ¡qué imbécil!... Un dato tomado de la
existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con
la lógica, necesito ver algo más... y veré. ¡Qué lección para mi mujer!
¡Oh! Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay
lección. La enseñanza es más cristiana que la muerte, quizá más cruel, y
de seguro más lógica... Que viva para que padezca y padeciendo
aprenda... Pero a él debo matarle... ¡a él sí!».
Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio
minuto, y volvió de él asaltado por esta idea que le sacudía: «No, matar
no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que
duele y lo que enseña... La muerte para los buenos... para los
perversos, lógica, lógica».
Apenas se había acabado la tocata, entró doña Casta a decirle: «Maxi, la
señora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme
que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a
Lupe». Subió el pobre chico, y doña Desdémona le hizo esperar un
ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de
entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no
había podido volver a casa.
«Querido--dijo a Rubín la dama esférica, tocándole amistosamente en el
hombro--. Hágame el favor de decirle a Lupe que la pájara mala sacó
pollo esta mañana... un polluelo hermosísimo... con toda felicidad...».
Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa
extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, «la
pájara mala--dijo con acento de niño mimoso--, enséñemela usted... y el
pollo... enséñemelo también».
--No, no, ahora no--replicó doña Desdémona empujándole hacia la
puerta--. Mañana los verá... Vaya ahora a decirle esto a su tía.
v
El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y
de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en
cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre
de la insigne señora. Su entendimiento excelso sugeríale determinaciones
para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los
principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir
siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y
lo bueno a lo posible. Esto lo había aprendido en la experiencia de los
negocios, la cual se aplica con éxito a los asuntos morales, del mismo
modo que el ejercicio de las matemáticas y la agilidad gimnástica que
dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofía.
Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discutió
consigo misma, dándolas al fin por indestructibles, a saber: que aquello
no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía
sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni
favoreció jamás los desvaríos de Fortunata. Esto lo sabían hasta los
perros de la calle. Por consiguiente, bien podía la señora estar
tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sería todo lo
mala que se quisiera suponer; pero había pertenecido a la familia, y la
persona más importante de esta no podía menos de echar una mirada a la
descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que
arrojase sobre el claro apellido de Rubín ignominias mayores.
Presentábase un problema grave, cuya solución no estaba al alcance de
los entendimientos vulgares. Aquel pequeñuelo que iba a presentarse en
el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, único
heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley
escrita, el tal nene era un Rubín; pero la fuerza de la sangre y las
circunstancias habían de sobreponerse a las ficciones de la ley, y si el
señorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo,
buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento
de que él disfrutaba, era preciso darle el título de monstruo.
«¡Oh!, si a mí me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona--se
decía--, ¿cómo no me había de señalar el otro una pensión de alimentos?
Bonito genio tengo yo para estas cosas... ¡Ah! ¡Pues si esa hiciera caso
de mí, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos
o tres mil duros de pensión no se los quitaba nadie... Lo primerito que
yo haría era plantarme en casa de doña Bárbara y leerle la cartilla bien
leída... Y lo haré, lo haré, aunque esa simple no me autorice. No lo
puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espíritu, y reviento
si no le doy salida... Y me inspira lástima lo que va a nacer, porque es
un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el día de mañana
(pongo que sea varón), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas,
¿qué va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar así... ¡pobre
criaturita! Hay que hacer algo, y véase aquí cómo es una caritativa
cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver
a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los
puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un
inclusero... porque ¿de qué va a vivir? Las acciones del Banco se las
comerán hijo y madre en un par de años, y con el rédito de los treinta
mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han
de ver, de eso respondo, porque sería el colmo de la afrenta y de la
tontería... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando
el señorito ese no le señale el estipendio en el término de un mes.
Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis
guantes y ¡hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una
embestida a mi amiga Guillermina, que se hará cargo de la justicia del
caso... Sí, ¡magnífica idea! Guillermina hablará con la otra y... Ahora,
ahora comprenderá esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella
por cuenta propia y tenerme a mí por consejera y directora. ¿Apostamos a
que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa
pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y muriéndose de hambre?
Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo
meto en los hocicos a las personas tercas e inútiles que no saben hacer
nada por sí».
Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y
ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que
mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de
asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hábil
profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos. Algo la
desconcertó Maxi el día en que se mostró sabedor del secreto, pues la
señora, para hacer todos aquellos proyectos benéficos en interés del
vástago de Santa Cruz, partía del principio de que su sobrino
desconocía en absoluto la verdad. Muchísimo se alegraba de verle tan
sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvería razonable
hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequeña
renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que
había roto los vidrios, era el que los tenía que pagar.
A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llevó la noticia
que le diera doña Desdémona. Lo primero en que doña Lupe puso su
atención inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se
pasmó de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido
recto de la alegoría empleada por la señora de Quevedo. Después de
repetir textualmente el recado, añadió: «Ha sido esta mañana. D.
Francisco acababa de llegar y se estaba acostando».
Doña Lupe no volvía de su asombro. «Vaya, que lo toma con calma. Más
vale así. ¿Y esto es cordura o qué es? Será lo que llaman filosofía...
Dios nos tenga de su mano, si después le da por la filosofía contraria».
--¿Piensa usted ir a verla?--le preguntó después el chico con la mayor
naturalidad.
--¿Yo?... pero qué cosas tienes... Veo que es inútil hacer comedias
contigo. Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa...
¡Verla yo! Sólo por curiosidad he querido saber lo que sé... De aquí en
adelante, como si no existiera. ¿No piensas tú lo mismo?
--Exactamente lo mismo... ¿Ve usted lo frío y sereno que estoy?
--Así me gusta. Esto se llama ser filósofo en toda la extensión de la
palabra, y elevarse sobre las miserias humanas--dijo la viuda con
emoción verdadera o falsa--. No vuelvas a acordarte más del santo de su
nombre...
--Y aunque me acordara, tía, aunque me acordara...
--¿Para qué?... Tú no has de verla.
--Y aunque la viera, tía, aunque la viera...
Doña Lupe se inquietó un poco oyendo esta frase, dicha con cierto
sentido de tenacidad maniática. Pero Maximiliano se apresuró a
tranquilizarla con otro argumento: «¿Pero no observa usted lo cuerdo que
estoy? Si no me he visto nunca así, ni en mis mejores tiempos... Ya
quisieran todos...».
La señora tomó pie de esto último para variar la conversación: «Dices
bien. ¿Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a mí que no está bueno
de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he
de hacer el préstamo o se pega un tirito. ¡Como no se mate él! Es el
egoísmo andando. Se necesita atrevimiento. ¡Pedirme dinero un hombre
que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una
reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de
provincia y qué sé yo qué... ¿Tú lo crees? Muy rebajada está la talla
de los empleados; pero no tanto...».
En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su tía, salió
de la casa el pobre hombre más muerto que vivo. Su tía no era ya
simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragón
mitológico. Aquel tiro con que él se amenazaba a sí mismo, ¡cuánto mejor
estaría empleado en ella! «Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?...
No tengo más remedio que dármelo--discurría entrando por la calle de la
Magdalena--. Por ninguna parte veo la solución. Sí, lo que es el tiro me
lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revólver... Se me
está figurando que al fin y al cabo no me pegaré tiro ninguno. Es uno
así, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es
decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en
fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendré que pegar, no habrá
más remedio».
vi
Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo.
El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su
despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios!--se
decía--; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto,
qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga del despacho del jefe, me
levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo
revólver... Me tiraré por el balcón... No, eso no; ¡me haría una
tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría... Ánimo,
chico, que hoy te va a sonreír la suerte».
El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo:
«Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted...».
Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores
ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos.
«Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».
--Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes.
--Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y
como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo
que le pienso dar...
--La secretaría de...--No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una
persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo copo, y la
tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, camará.
Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera
clase.
Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del
despacho y todo el Ministerio de la Gobernación.
«Pues sí, gobernador de mi provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello.
Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara
alta».
--Señor director--balbució Rubín--, disponga usted de mí.
--Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma
del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo
que iremos bien.
Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia,
desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se
retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo
que le pasaba; creía soñar... se daba pellizcos a ver si estaba
despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato... se reía
solo... le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar
tiros al aire... ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en
el cuerpo a doña Lupe... sí, por mala, por tacaña... Pero no, no;
perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de
país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de
la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y
por poco les manda prender a su tía y a Torquemada.
En el café, aquella noche, hubo la gran escena.
Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetón; pero
sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de
autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa
que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección.
«Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se
te puede meter en algún hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos
que necesito sobre la recaudación de la provincia de X... Oiga usted,
Relimpio, no se dé prisa a presentar la memoria, porque esta situación
dura. Cánovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de
marear». Y como se suscitara un debate político de los más graves, Rubín
se puso de parte de los que defendían la tesis más razonable,
conciliadora y templada. «Pero ustedes, ¿qué creen, que una sociedad
puede vivir siempre soñando con trastornos? Seamos prácticos, señores,
seamos prácticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el
verdadero país».
En esto llegó La Correspondencia, y a las primeras ojeadas conspicuas
que arrojó sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropezó con la
combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se
restregó los ojos creyendo que leía mal. Mas convencido de que no era
error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron
todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos
sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.
«Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso. Hoy ha
machacado tanto que no he podido decirle que no».
--¡Pero qué callado se lo tenía!
De todos lados de la cámara... digo del café, vino gente a felicitar al
gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo debía el consumo de cinco
meses, y algunos picos, se puso más contento que si le hubiera caído la
lotería; y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretón de
manos a su parroquiano, diciéndole si podía colocar en las oficinas de
la provincia a un sobrinito suyo que tenía muy buena letra.
«No le digo que sí ni que no, D. José. Veremos. Tengo la mar de
compromisos... Pero ya sabe usted que haré los imposibles por
servirle... Usted me manda».
El hombre compensó con los goces de aquella noche los sufrimientos y
tristezas de tantísimos meses. Toda la gente que próxima estaba,
mirábale con cierta expresión de asombro y respeto, como se mira a quien
es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron
aquella noche en el círculo, Rubín hizo gala de las ideas más sensatas.
Era preciso moralizar la administración provincial, desterrar abusos;
sobre todo, en el destierro de los abusos insistió mucho. Su plan de
conducta era muy político... contemporizar, contemporizar mientras se
pudiera, apurar hasta lo último el espíritu conciliador; y cuando se
cargara de razón, levantar el palo y deslomar a todo el que se
desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el
orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso
alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su
provincia, ya se tentarían la ropa los revolucionarios de oficio que
fueran a predicar ciertas ideas. ¡Bonito genio tenía él...! En fin, que
el pueblo español está ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres
engañen a los inocentes... La mayoría es buena; pero hay mucho tonto,
mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean
engañados... En cuanto a moralidad administrativa, no había que hablar.
Él no pasaba ni pasaría por ciertas cosas. Ya le había dicho a
Villalonga que aceptaba con la condición de que no le pondría veto a la
persecución y exterminio de los pillos... «A muchos que mangonean ahora,
les he de llevar codo con codo a la cárcel de partido... Yo soy así;
hay que tomarme o dejarme».
Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del _golpe de
suerte que había tenido Juan Pablo. Aquel destino no era de su ramo_,
y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la dirección
económica de una provincia, D. Basilio habría sentido tristeza del bien
ajeno. Pero no le sacaran a él de sus números... Por cierto que el
Ministro le había encargado un trabajo que le traía marcado... _proyecto
de reglamento para la cobranza del subsidio industrial_... «Siempre me
caen a mí estos turrones. Ocurre en secretaría que no se conocen los
antecedentes de tal o cual cosa... '¡Ah!, la Caña lo sabrá'. Piden en el
Congreso una nota del estado en que se halla la codificación de
Hacienda. ¡Qué lío! Nadie sabe una palabra... '¡Ah!... a ver... la
Caña'. Y la Caña les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de
los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es
el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa
revuelta; busca por aquí, busca por allá. Hasta que a uno se le ocurre
decir... 'Eso la Caña...' y efectivamente; como que la Caña es el que
hizo los primeros estudios del Registro fiscal». Total, que si por
desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este
se venía abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento.
Leopoldo Montes aspiraba a que Rubín le llevase de secretario; pero esto
no era fácil. «Chico, yo se lo diré a Villalonga. Creo que me dan el
secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de policía». Otros
tertuliantes sentían envidia, y aunque felicitaban y adulaban al
favorecido, al propio tiempo hacían pronósticos de las dificultades que
había de tener en el gobierno de su ínsula. Pero ello es que la lisonja
y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelería
aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que
medió entre el nombramiento y la salida de Rubín para su destino. Mucho
ajetreo tuvo aquellos días para arreglar sus asuntos y proveerse de
ropa. Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas
disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de
gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de
protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le
dijo que no la podía llevar... Pucheros, lloros, apóstrofes, quejas,
gritos... «Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas así.
¿No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con
una mujer que no es mi mujer? ¡Qué diría la alta sociedad, y la pequeña
sociedad también, y la burguesía!... Me desprestigiaría, chica, y no
podríamos seguir allí. Esto no puede ser. Pues estaría bueno que un
gobernador, cuya misión es velar por la moral pública, diera tal
ejemplo. ¡El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las
más elementales!... ¡Bonita andaría la sociedad, si el representante del
Estado predicara prácticamente el concubinato! Ni que estuviéramos
entre salvajes... Convéncete de que no puede ser. Tú te quedas aquí y yo
te mandaré lo que vayas necesitando... Pero lo que es allá no me pongas
los pies... porque si lo hicieras, tu chachito se vería en el caso de
cogerte... ya sabes que tengo mucho carácter... de cogerte y mandarte
para acá por tránsitos de la Guardia civil».