Parte 2 — Capítulo V: Las Micaelas por fuera Fortunata y Jacinta · Capítulo 16 de 32
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Parte 2 — Capítulo V: Las Micaelas por fuera

Parte 2 — Capítulo V: Las Micaelas por fuera

i

Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres. Dos

de ellos están en la población antigua, uno en la ampliación del Norte,

que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las

comunidades expulsadas del centro por la incautación revolucionaria de

sus históricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios

religiosos que casi es difícil contarlos. Los hay para monjas reclusas,

y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en

batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas

de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger

ancianos, asistir enfermos o educar niños. Como por encanto hemos visto

levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer

arquitectónico, que manifiestan cuán positiva es aún la propaganda

religiosa, y qué resultados tan prácticos se obtienen del ahorro

espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas

de los Pobres, las Siervas de María_ y otras, tan apreciadas en

Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado

en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De

institutos para clérigos sólo hay uno, grandón, vulgar y triste como un

falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo

doña Bárbara, tienen también domicilio nuevo, y otras monjas históricas,

las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan

allá sobre las alturas del barrio de Salamanca.

La planicie de Chamberí, desde los Pozos y Santa Bárbara hasta más allá

de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las órdenes nuevas. Allí

hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer

constante y extraordinaria, y allí también la casa de las Micaelas.

Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos,

combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al

descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la

francesa. Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las

decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de

la basílica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y

arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica. La

importación de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado

Corazón, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos

han traído una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y

una cosa mala, la perversión del gusto en la decoración religiosa.

Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta

invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son

verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el

gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles

llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas

empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de

los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las

cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos

deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al

menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda

mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.

El caserón que llamamos Las Micaelas estaba situado más arriba del de

Guillermina, allá donde las rarificaciones de la población aumentan en

términos de que es mucho más extenso el suelo baldío que el edificado.

Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y luminosos,

tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de

fábricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal

sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas

son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con

habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. El

edificio de las Micaelas había sido una casa particular, a la que se

agregó un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de

medio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuesto

la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco

modelado a lo mudéjar y cabos de cantería de Novelda labrada en ojival

constructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto se

celebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a la

izquierda de la puerta.

En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino,

manifestábase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artística de

las excelentes señoras que componían la comunidad. Las paredes estaban

estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género de

decoración barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el

fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo

tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A

derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos

Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas,

terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y

azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas

modernas.

Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público de

las monjas los días en que el público entraba, que eran los jueves y

domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a

los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de

sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy

grandes: la una conducía a la sacristía, la otra a la habitación que

hacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium tañido

candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las

modulaciones más elementales; de allí venían también los exaltados

acentos de las dos o tres monjas cantoras. La música era digna de la

arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que se

reparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. En

esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono

de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen

permitiendo novedades en el severo culto católico.

La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascua

de Resurrección. Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi la

obstrucción en la boca del estómago, pero tan fuerte como si tuviera

entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía en

los días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecía

contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la

expectación y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qué

decirse. A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque

a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión

innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones.

Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un

sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima. Y él

procuraba dar a la conversación tono familiar, hablando del tiempo o

recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna

importante prenda de ropa. Nicolás, que estaba presente, no habría

permitido tampoco zalamerías de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y

agrupar todas las cosas que habían de llevarse, añadiendo observaciones

tan prácticas como esta: «Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni

ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje

mundano se arroja a la puerta».

Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya

dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano miró diferentes

veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicolás, que estaba más sereno,

miró el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron

pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche

simón. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las

faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que

no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera más largo,

el martirio de aquellas seis piernas que no sabían cómo colocarse habría

sido muy grande. La neófita miraba por la ventanilla, atraída vagamente

y sin interés su atención por la gente que pasaba. Creeríase que miraba

hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la comía con los

ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación

con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.

Llegaron por fin al convento. En la puerta había dos o tres mendigas

viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le faltó tiempo para

dársela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía

de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático. Su

turbación le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... «¡Vaya que

son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la

campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, sí señor, alegre».

Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la

capilla. En dicha sala recibían visitas las monjas, y las recogidas a

quienes se permitía ver a su familia los jueves por la tarde, durante

hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana

en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un

cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que

pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe. El piso era de baldosín, bien

lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de

junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales.

Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas

diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de

donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron

que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban

avisadas, y casi pisándoles los talones entró el señor capellán, un

hombrón muy campechano y que de todo se reía. Llamábase D. León Pintado,

y en nada correspondía la persona al nombre. Nicolás Rubín y aquel

pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron

tuteándose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca

agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de

estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien

claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su

compañera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesía

dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del

día, iba la neófita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se

cortó y de sus labios no pudo salir más que un ju ju, que las otras no

entendieron. La sesión fue breve. Sin duda las madres Micaelas no

gustaban de perder el tiempo. «Despídase usted» le dijo la seca,

tomándola por un brazo. Fortunata estrechó la mano de Maxi y de Nicolás,

sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. Rubinius vulgaris dio

un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose

recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada,

a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que

comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta

como otra cualquiera; pero cuando se cerró otra vez, pareciole al

enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el

vastísimo reino de las puertas.

ii

Echó a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de

Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal,

tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de

que su hermano y D. León Pintado, entretenidos en una conversación

interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás.

Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigüenza y de las peloteras

que ocurrieron en ella. El capellán, como candidato reventado, ponía de

oro y azul al obispo de la diócesis y a todo el cabildo. Maximiliano,

sin advertir las paradas, siguió andando hasta que se encontró en su

casa. Abriole doña Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: «Y qué

tal, ¿iba contenta?». Revelaban estas interrogaciones tanto interés como

curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía

observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las

afiladas púas que le rasguñaban el corazón. Tenía un presentimiento vago

de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del

convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse

demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta

el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que

es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín. Esto

lo expresó irreverentemente con medias palabras; pero doña Lupe sacó

toda la sustancia a los conceptos. «Bien podría suceder eso--le dijo con

acento de convicción, que turbó más a Maximiliano--, y no sería el

primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han

convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que

luego no ha habido más remedio que canonizarlas».

El redentor sintió frío en el corazón. ¡Fortunata canonizada! Esta idea,

por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana. «Francamente

--dijo al fin, después de muchas meditaciones--, tanto como canonizar,

no; pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y

quedarme yo in albis». Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal

caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a

la Iglesia y hacerse cura... ¡Jesús qué disparate! ¡Cura!, ¿y para qué?

De vuelta en vuelta, su mente llegó a un torbellino doloroso en el cual

no tuvo ya más remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento

que le ocasionaban. Intentó estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a

Fortunata, encargándole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen

las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor místico...

Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razón se clareaba un poco

tras aquellas nieblas.

Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado

entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue

que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar

a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino

que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan

alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin

ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios

para dos bocas de tal naturaleza.

Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro

clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le

permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para

que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su

sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé

lo que se figura este heliogábalo... cree que mi casa es la posada del

Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me

coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago

como las galerías del Depósito de aguas... ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas

son estos curas...! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y

entonces... ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con

invitados, porque es Alejandro en puño y no le gusta ser rumboso sino

con dinero ajeno».

El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía

arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba.

Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la

riñó su ama tan sin razón, que... ¡diablo de chica!, concluyó por

hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba

más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda

por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia;

rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le

aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo,

grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas

personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro

Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que

te cuadra...». Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos!

Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya

a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.

Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las

canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos

sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las

oposiciones de Sigüenza. La culpa de todo la tenía el deán, que era un

trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito. ¡Valientes

perros estaban tío y sobrino! Este había hecho discursos racionalistas,

y cuando la Gloriosa dio vivas a Topete y a Prim en una reunión de

demócratas. Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones

con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el

momento de decir que ya podían pasar... que tendrían que dispensar

muchas faltas, y que iban a hacer penitencia.

Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era

lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito

correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para

llenar aquel inmenso estómago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que

apenas probó bocado; doña Lupe se declaró también inapetente, y de este

modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El

padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho

comer y amenizó la reunión contando otra vez... las oposiciones de

Sigüenza. Doña Lupe, por cortesía, afirmaba que era una barbaridad que

no le hubieran dado a él la lectoral.

La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del

almuerzo... y siguió machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que

también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de

revancha. «¡Miren la tía bruja--decía para sí, bebiéndose las

lágrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergüenza de ponerse la

teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como

las tienen todas y como las tendré yo el día de mañana...». Por la

tarde, cuando la señora salió, encargando que le limpiara la ropa,

ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de

esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurrió poner, colgado en

el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la cosa falsa con que

doña Lupe engañaba al público. La malicia de Papitos imaginaba que

puesto en el balcón el testimonio de la falta de su señora, la gente que

pasase lo había de ver y se había de reír mucho. Pero no ocurrieron de

este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho

postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la

chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si

doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su

defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a

su criada las dos cosas de verdad que pensaba tener.

iii

A la mañana siguiente, Maximiliano encaminó sus pasos al convento, no

por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras

de las cuales respiraba la persona querida. La mañana estaba deliciosa,

el cielo despejadísimo, los árboles del paseo de Santa Engracia

empezaban a echar la hoja. Detúvose el joven frente a las Micaelas,

mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las

ojivas de la nave principal. Alejándose hasta más allá de la acera de

enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se veía, por

encima de la iglesia en construcción, un largo corredor del convento, y

aun se podían distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por

él andaban. Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía

menos. Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos

iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad

monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas.

Llegó un día en que sólo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos

que sostenían el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo

tapó todo, no quedando fuera más que las chimeneas, y aun para columbrar

estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.

Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en

el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían

las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de

ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castaño de

Indias. Pero lo más visible y lo que más cautivaba la atención del

desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para

noria, que se destacaba sobre altísimo aparato a mayor altura que los

tejados del convento y de las casas próximas. El inmenso disco,

semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la

convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rápidamente, según la

fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco

con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de

tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él

los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba

con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este

con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se

trabajaba mucho. Así como los ojos de Maximiliano miraban con

inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por

decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros,

tallando con sus escoplos la dura berroqueña. Creeríase que grababan en

lápidas inmortales la leyenda que el corazón de un inconsolable poeta

les iba dictando letra por letra. Detrás de esta tocata reinaba el

augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrás de un

grupo de estrellas.

También se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el

convento; iba y venía por las veredas que el paso traza en los terrenos,

matando la yerba, y a ratos sentábase al sol, cuando este no picaba

mucho. Montones de estiércol y paja rompían a lo lejos la uniformidad

del suelo; aquí y allí tapias de ladrillo de color de polvo, letreros

industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un

jardinillo sin poderlo conseguir; más allá tejares y las casetas

plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca

un sentimiento profundísimo de soledad expectante. Turbábala sólo algún

perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean

por allí sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volvía al

camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tenía

ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo

hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la

sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con

aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve; pero muy

luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las

Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.

Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al

campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o

como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida.

Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y

ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor

daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y

obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía

explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la

máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego

llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba

el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor

blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase

el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago

de la bomba... Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire.

Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando

despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus

pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía

remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura.

Pero lo que más tormento daba a Maximiliano era la distinta impresión

que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hacía. Iba

siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la

recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza. El

primer jueves encontró a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba

pálida y algo triste. Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo

hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante.

La conversación fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogió

mucho, encomiando los progresos que hacía en la lectura y escritura, y

jactándose del cariño que le habían tomado las señoras. Como en uno de

los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la

fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después

recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose

la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado

por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a

enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le

ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de

distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no

creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más,

porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo

fundó; añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril

que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque

las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que

más purifica y ennoblece las almas. Ocioso es añadir que se guardó para

sí estas doctrinas escandalosas porque era difícil expresarlas delante

de las madres.

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