Parte 1 — Capítulo VII: Guillermina, virgen y fundadora Fortunata y Jacinta · Capítulo 7 de 32
Obra Menu

Parte 1 — Capítulo VII: Guillermina, virgen y fundadora

Parte 1 — Capítulo VII: Guillermina, virgen y fundadora

i

De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda

la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la

inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios

principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos

casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con

su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer

la correspondencia.

Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni

cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita,

una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a

coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase

los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.

Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se

movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa,

como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya

como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en

otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con

veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de

nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque

no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca

risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.

Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un

poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía

enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia

no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No

me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas

veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las

tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre

hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos

las amistades...».

Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero,

dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en

la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género

sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no

comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San

Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas

despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas

las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los

comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a

formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su

sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado

y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su

corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus

ciento y pico de hijos de ambos sexos.

Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que

está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido

escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y

entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en

rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha

hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace

veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que

amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad

propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión

es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo

presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente

nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su

corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la

impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no

servir a más señores que se le pudieran morir_. No nació aquella sin

igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador,

activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas

varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno

espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en

afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que

hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para

encerrarse y estar todo el santo día bostezando el gori gori, ni para

ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La

llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva,

sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad.

Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de

facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los

hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se

proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia

grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y

serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y

adelante, con los pies ensangrentados.

Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían

establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo

Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a

veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se

le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio

renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se

atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto,

pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y

feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.

La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo

emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando

cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de

fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no

sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que

estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo

para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero

la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo fue hecho,

sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con

parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de

sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se

hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en

proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima;

después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el

trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que

pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo

repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los

distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los

viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos.

Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era

forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y

parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la

cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner

mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían

que no estaban en casa.

«Llegó un día --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el

caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy

feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo

había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de

Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y

de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni

dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce

docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que

empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de

tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de

volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas,

estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis

veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me

arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y

buscar cuartos de otra manera y por otros medios.

»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y

las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban

como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más

que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que

aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el

de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué

la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre

como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta entonces

yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a todo bicho

viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del primer tirón

me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no había visto en

mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una trapisondista;

pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para

alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días sin parar

subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me

recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los

portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo a

gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo

que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte

se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no

darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra...

el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les

tranquilizaba. 'Un perro chico, un perro chico es lo que me hace

falta'. Y aquí me daban el perro, allá el duro, en otra parte el

billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!,

señores, este oficio tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto

segundo, que me había recomendado no sé quién. La tal recomendación fue

una broma estúpida. Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro

tarascas... ¡Ay, Dios mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo

aquello... lo primero que me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no--me

dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de

injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvió con una escoba

para pegarme. ¿Qué creen ustedes que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí

más adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... ¡bonito

genio tengo yo...! ¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero! Pásmense,

pásmense... la más desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a

los dos días a mi casa a llevarme un napoleón.

»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta

bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé

ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo

que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o

menos fina. Ya me pueden llamar perra judía; lo mismo que si me

llamaran la perla de Oriente; todo me suena igual... No veo más que mi

objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da

tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al

último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a

ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.

Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún

auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?'--me preguntó.

'No señor, de niños'. --'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con

afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil

guealés... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora!

Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil

noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los

pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas...

Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me

mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una

cantidad mensual.

»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre

mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año

pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio

y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos

grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado

eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos

viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo

la despensa vacía, me echo a la calle, como dicen los revolucionarios,

y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días

en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he

dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos

si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que

levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la

holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con

departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan

allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse

y ser buenos cristianos».

--ii-

«Un edificio ad hoc» dijo con incredulidad el marqués de Casa-Muñoz,

que era uno de los presentes.

--Ad... hoc, sí señor--replicó Guillermina, acentuando las dos

palabras latinas--. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que

tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado?

¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las Micaelas, esas que

recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes

me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y

pintón. Con que a ver...

--¿Tiene usted ya la memoria de cantería?

--preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de

berroqueña.

--Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo?

--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto

imperial--, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que

tengo en la Guindalera.

--¿A cómo? --preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y

apuntándole con la aguja de media.

--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el

marqués, ¿qué me da?

--Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me

sobraron de la casa de la Carrera?

--¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja,

para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a

casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.

Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los

acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus

nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una

pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un

clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos

de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen

ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues

juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron

una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos

señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes

que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de

Casa-Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T?

Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes

que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver

estos apuros míos y no acudir a ellos?

--Guillermina--dijo Casa-Muñoz algo conmovido--, cuente usted con

doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.

--¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?

--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro

a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo

una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de

tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos

sobre la Unión ibérica y sobre la _Organización de los bomberos en

Suiza, mi obra de los Castillos_, todo está a su disposición. Diez

ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una tómbola.

--¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que

ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo.

--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el

pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo

Aparisi lo quiere empezar.

--La primera piedra no hay quien me la quite--expresó Aparisi con toda

la hinchazón de su amor propio.

--Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?--apuntó Barbarita--, por ejemplo,

toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes...

--Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las Micaelas nos han llevado

un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca

a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos.

El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos,

creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra

cosa, se fueron al salón a hablar seriamente de política y negocios.

D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el

juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que

entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la

partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que _envido a

la chica... envido a los pares... órdago_.

Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto

de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía

algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las

empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía,

se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que

sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que

aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos

visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a

Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los

pobres de la Inclusa y Hospital.

Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios

del Sur. «¡Qué desigualdades!--decía, desflorando sin saberlo el

problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el

mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho

dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa

sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita

mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria

ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí--decía--; pero también

mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja

mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a

muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados

de estiércol y tronchos de berza; me han llamado tía bruja...».

A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía

ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones

de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».

Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una

excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de

aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año;

alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.

«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?».

--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una

pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote,

sí o no?

--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro,

todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí!

Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las

fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con

los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a

San Bernardino.

--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada,

roñoso, cicatero.

Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el

día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas

aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado

de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote

que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle

carga, que es muy malo».

--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has

sacado, me salvo--díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.

--No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran

miserable, usurero, recocho en dinero--repitió Guillermina con tono y

sonrisa de chanza benévola--. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y

estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas

domingueras y sacarles las entrañas a los pobres.

--No hagan ustedes caso de esta rata eclesiástica--indicó Moreno,

sentándose entre Barbarita y Jacinta--. Me está arruinando. Voy a tener

que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo

descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como

paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata

que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por

pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en

el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del

chaleco.

La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su

alma.

--Pero ven acá, pillo--dijo secándose las lágrimas que la risa había

hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda,

hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti

se va al Cielo derecho.

--A donde vas tú a ir es al Modelo...

--Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor

cuenta...

No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón

llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete

rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre

las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero,

que acababan de entrar.

Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía

a sus amigas.

«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está

formado el corazón de este hombre».

Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel

tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:

«Hijas, que el rey se marcha».

--¡Qué dices, mujer!

--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la

ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».

--¡Todo sea por Dios! --exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo

imperturbable a su trabajo.

Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a

su marido que aquel día no había comido en casa.

«Oye--le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban

con picardía;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante».

iii

«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo

Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín,

se estaba haciendo el consolidado a 20.

--Lo hemos de ver a 10, señores --dijo el marqués de Casa-Muñoz en tono

de Hamlet.

--¡El Banco a 175...! --exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la

cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre.

--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--. Está a 172, y si usted

quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más

papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres.

--Sí--dijo Aparisi poniendo semblante profético--; porque la que se va a

armar ahora aquí, será de órdago.

--Señores, no seamos impresionables--indicó el marqués de Casa-Muñoz,

que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen señor

se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su

caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de

República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren...

--El golpe viene de fuera --manifestó Aparisi--. Esto lo veía yo venir.

Francia...

--No involucremos las cuestiones, señores --dijo Casa-Muñoz poniendo

una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, diré a

ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el

republicanismo.

Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse

de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.

«Señor Marqués --declaró Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo

español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe

ponerse...».

--¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...--saltó el marqués incómodo,

anonadando a su contrario con una mirada--. No involucre usted las

cuestiones.

Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba

de poner los puntos sobre las íes; pero con el marqués de Casa-Muñoz

no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era

capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una

rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar

observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda

antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato

espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era

observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y

Casa-Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras

escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués

daba muchas vueltas al involucrar, al ad hoc, al sui generis y

otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el

cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenación de las

ideas_. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa

era el bello ideal de los pueblos; pero Casa-Muñoz tomaba arranque y

diciendo el desiderátum, hacía polvo a su contrario.

Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa-Muñoz disparatadamente, y

sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las

puertas estaban herméticamente abiertas; pero esto no ha llegado a

comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el

marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato,

excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D.

Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial

y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la

cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de

pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño

cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas

que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico

en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de

una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de

cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo

demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de

maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las

íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que

pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el

tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el e pur si muove

de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y

creía que aquel célebre dicho significaba por si acaso.

Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré

el paraguas e pur si muove».

Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte:

«Y qué, nene, ¿hay barricadas?».

--No, hija, no hay nada. Tranquilízate.

--¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si

sales.

--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?

Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando

el bolsillo del pecho.

--¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses...

--Vaya con la descuidera... --¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace

bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del

bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver...

Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió.

--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace

falta?

--No por cierto. Toma lo que quieras.

--Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder

pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo.

Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y

arrugando el billete que estaba en ellas.

En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su

cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente

de las dos señoras, atravesó el salón a prisa.

«¡A esa, a esa! --gritó Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros,

vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla

de la rata eclesiástica veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de

plata?».

En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió

Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía

una bendición.

En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida

del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como

si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.

Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués

de Casa-Muñoz hablaba de

las exageraciones liberticidas de la demagogia roja y de la demagogia

blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente;

el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el

porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que _el

alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo

Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué

demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no

iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier

contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro

a ustedes --decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no

pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo

español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza,

vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen

mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba

de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan

extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos

lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias

menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que

aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier

cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro,

el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino.

No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».

Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D.

Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y

charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No

habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah!

Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no

había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.

Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se

fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una

nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan

excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor

aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a

Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía

cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja».

--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se está volviendo muy

anticonstitucional.

Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron

a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su

marido.

1/1
Menu

Fazer anotação