Parte 2 — Capítulo VII: La boda y la luna de miel Fortunata y Jacinta · Capítulo 18 de 32
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Parte 2 — Capítulo VII: La boda y la luna de miel

Parte 2 — Capítulo VII: La boda y la luna de miel

i

Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la

segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y

si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una

manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de

que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo

mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la

Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de

la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa,

un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la

entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se

habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola

para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en _La

Correspondencia_, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio

fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan

arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles,

sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y

que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.

Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles,

porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase

Patricia, pero Torquemada la llamaba Patria, pues era hombre tan

económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las

abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.

Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en

el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban

empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar

aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía

anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva

casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la

infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las

alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y

del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza

espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había

cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido

las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto

que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó

que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas

desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que

le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista.

No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de

pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo

tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde

entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con

una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».

Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.

Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del

Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila,

poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y

segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano:

debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima

tienda de ultramarinos.

No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius

vulgaris_. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase

que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera

posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la

botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría,

la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la

farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a

ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba

bien y el porvenir les sonreía.

Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los

sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en

ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la

dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.

Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación

larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La

preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel

caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía

llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de

gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño,

la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos

y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden

humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de

los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y

modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos.

Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía

utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es

siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de

triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de

penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles.

«Hágase usted la cuenta--le dijo también--, de que es otra mujer, de que

se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día

por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la

perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las

mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen,

como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las

buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la

comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.

La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar.

Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y

medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose

envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí

por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno

de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor

Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy

afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían

dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero

dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había

tenido.

En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la

llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla

a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como

ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio

solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el

lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas.

Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a

quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que

sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien

emplearse. De una salvaje en toda la extensión de la palabra, formaría

una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle

todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación

revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e

ilusiones de su plan.

Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con

tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a

aplicar sus enseñanzas. «No se dice armejas sino almejas. Hija, hay

que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que

Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo

moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una

severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al

pelo su obligación.

Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le

servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto

trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de

cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy

cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del

trípode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abría la boca

Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la

pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre

autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos--decía--,

se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales

encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con

serenidad y sin atropellarse».

Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.

Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella

tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le

parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas

cosas muy puestas en razón.

Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por

curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se

plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al

otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y

ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura

resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no

parecerlo.

Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se

les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de

D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de

seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería

intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de

expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.

Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña

Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena

que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia,

Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer

rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien

aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue

breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo

atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un

hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un

fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.

Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le

mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y

que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El

juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución

dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que

decir más que «sí... verdad...».

De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se

ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano

había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo

que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a

hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia,

ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de

Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la

señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal

causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de

la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de

contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda,

aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la

puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba

cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.

ii

El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la

inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel

instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al

propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le

sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su

corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo,

como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí

ahora...».

--¿De veras eres tú...?

Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero

amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.

--¡Y qué bien calzada!...

--¿Qué te creías tú?

Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más

grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo

la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada

y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante

revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo

consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón

nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo,

delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con

un pañuelo por las cuatro puntas.

«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.

--Ya le he dicho que no--replicó Papitos con mal modo.

--No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu

cocina, y déjanos en paz.

Papitos se fue refunfuñando.

--¿Qué traes por aquí?--le preguntó Fortunata, que desde que la vio

entrar, sentía palpitaciones muy fuertes.

--Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos

mantones para que los vea esa tía pastelera...

--¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer... ¿Te has olvidado ya de la

que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti.

Aquel día me puse mala.

--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras. Pero una

tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no

me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de

que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger

al Santísimo Sacramento... soñé que me comía la hostia... Nunca me ha

dado un toque tan fuerte, chica... ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando

se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se

me serenó el sentido, estaba abochornada... El único a quien guardaba

rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las

señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de

la dinidá no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un

ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo

paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle,

se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no

me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía

cuenta hacer algo por mí.

--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio,

vas a parar en mal.

--Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que salí de las

Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No

quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien;

pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo

digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver... Y pasando a

otra cosa, ya sé que te casas mañana.

--¿Por dónde lo has sabido?

--Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--. Vaya, que

te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.

En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto

pequeño. Era un botón.

«Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--. Señal de que vas a

ser dichosa».

--No creas en brujerías.--¿Que no crea?... Paices boba. Cuando una se

encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el

botón es como este, blanco y con cuatro ujeritos, buena señal; pero si

es negro y con tres, mala.

--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de

veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?

Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía

sin saber por qué, vio tras el sabes una cosa una confidencia de

extraordinaria gravedad.

--¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo?

--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las

cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy

enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de

que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió

el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su featón. Los hombres

son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y

candados, eso, eso es lo que se les antoja.

--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me

vengas con cuentos.

--Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas

cosas...

Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía

el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal

risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta:

«¿Te lo digo?... ¿te lo digo?».

--¿Pero qué?

Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los

ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.

«¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya,

que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a

caer... Como que ya has metido la patita dentro».

--¿Yo...?--Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la

casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.

--¡Bah!... no digas desatinos--replicó Fortunata, queriendo echárselas

de valiente.

Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba

arreglando.

«Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le

sentirás la respiración».

--Quita, quita... no quiero oírte.

--Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que

he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa,

creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti.

--El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a

esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...

--Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la

conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de

huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu

señor me le ha colocado en el tren.

Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.

«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?...

¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.

--Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y

arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la

repararía. Créetelo porque yo te lo digo.

En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita,

pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla

Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.

«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».

La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada;

pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a

usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la

cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.

«Pues yo...--prosiguió Fortunata--, si es verdad, le diré a mi marido

que tome otra casa».

--Tendrías que cantarle el motivo.

--Se lo cantaré... vaya.--Bonita escandalera armarías... Nada, hija,

que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de

lienzo.

--Pues ea... no me casaré--dijo la novia en el colmo ya de la confusión.

--¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que

esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza...

Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la

comenencia. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La

que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.

Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en

la mano.

«¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--. ¡Ah!, otro botón... y este es

negro, con tres ujeros... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si

no te casas, mereces que te azoten».

Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba

quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su

amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba

que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.

«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en

su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan

trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente.

Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la

razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.

«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una

puerta aquí, otra allí...».

--Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.

Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata

le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce

perversidad.

«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!--declaró la novia

levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose

quisiera infundirse la energía que le faltaba».

--Como lo vuelvas a decir...--añadió Mauricia haciendo un gesto de

burlesca amenaza--. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás

de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran

verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la

trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo

que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:

Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez

a su lado.

«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de

mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si

quieres ser honrada, serlo, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal

al pecho para que peques».

--Pues sí--dijo Fortunata animándose--, ¿qué me importa a mí la trampa?

Como yo no quiera caer...

--Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú

di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a

tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.

--Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa--observó la novia

tomando en serio los consejos de su amiga.

--Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que

está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le

recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.

--¡Vendida!... ¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--. Mira tú

por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona,

muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré

a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.

--Eso... y viva el caraiter. Tú mira bien lo que te digo: siempre y

cuando quieras ser honrada, serlo; pero dejarte de casar, ¡dejar de

casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.

Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga,

expresada de una manera cariñosa y fraternal.

«Otra cosa se me ocurre--indicó luego con la alegría del náufrago que ve

flotar una tabla cerca de sí--. Le diré a mi marido que estoy mala y que

me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».

--¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?--dijo Mauricia con

expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su

hija--. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser

honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho

personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos

o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por

encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los

pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el

médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte

nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un toque y caes con

el señor cura...

--Quita, quita, ¡qué asco!

--Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agregó la tarasca

cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus

rodillas--. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que

yo te diga es por tu bien.

Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar,

pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy

mismamente como tu madre.

Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se

aproximaba doña Lupe.

Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.

--¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--. ¡Pero qué oscuridad! No

veo gota. Mauricia...

--Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.

Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:

«¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado?

Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».

--No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la

cuenta. Fue un pronto que tuve.

--¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí?

Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar

mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.

«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de

Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un

regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el escomienzo de

todas las felicidades».

--¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los

tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los

tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a

veinticinco.

--Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí

mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he

querido dar... Mire, por estas cruces.

Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.

--«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...».

--Pero no serán como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me

alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo

corras.

Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña

Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en

la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es

Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.

Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la

corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por

temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.

iii

Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y

ella le oía como quien oye llover; mas no reparó el joven en esta

distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista,

quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el

uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con

aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni

a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de

recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias

con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían,

Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo

disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que

le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo:

«No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de

hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no

quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear

una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la

importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.

Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una

Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y

el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin

rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su

verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó

sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su

febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se

pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro

y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y

sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir

el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!,

honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran

armar».

Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no

era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para

que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo

para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y

acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los

madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que

trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el

cesto más grande que en la casa había.

Lo que doña Lupe llamaba el menudo era excelente: riñones salteados,

sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la

inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió

a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía

una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la

Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún

desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la

señora a asistir a la ceremonia.

Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en

plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que

sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la

podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el

día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil

pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante.

«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.

La de Jáuregui se puso su visita adornada con abalorio, y doña Silvia

se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda,

porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo

nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y

en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de

Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones

le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una

baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba

diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad,

motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está

cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.

Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por

primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo

veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de

casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de

chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo

menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo

Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al

sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos

desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León.

Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea, y Pseudo Narcissus odoripherus

presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes

acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le

dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin,

doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.

Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera

mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible

miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si

sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la

sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los

símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio

tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque

de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu,

que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio.

¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas

ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron;

pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el

enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba,

que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si

María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la

podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado?

¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de

destruirlo.

De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se

crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya

recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con

doña Silvia; ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con

Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en

la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la

casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente

se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera

mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza,

comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de

algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y

permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no

había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver

de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando

sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los

comensales, y contó... «Me voy--dijo--, para no hacer trece». Algunos

protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le

parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña

Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que

le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la

tranquilizadora cifra de doce.

Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy

encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando

no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar

demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa

de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser

pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para

auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por

ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía

de decir.

A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía

bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente;

mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la

tengo--replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos--; pero

quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil;

no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación

de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo

que era la hora, y no volví a dormir».

Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso

miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes.

«Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita. Las mías

han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que

compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero

de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».

--¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza?

--No, hija... comiéndolo...--¡Ah!, uso interno...--Vale más que te

retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por

instantes.

Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para

retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El

almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su

marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de

abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de

las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó

bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí

tropezó con doña Lupe, que le dijo:

«Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té

para tu marido. Lo que él necesita más es descanso».

La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el

carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran

tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente

liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada

procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo

con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando,

teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían,

confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le

daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se

vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le

molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa,

y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza.

«Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...».

--No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya.

Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en

el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me

acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta.

Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la

capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.

«Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú,

Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y

si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de

esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber».

Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío,

lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco

lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al

atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría...

Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a

mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que

delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que

le había contado Mauricia.

Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de

menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas.

Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los

vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí...

¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el

resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria

de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como

vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el

gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes,

hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día

siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la

cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y

no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo

compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar

petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el

petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y

jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de

dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un

extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San

Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana

dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su

chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí.

Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón

que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás

temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de

verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó.

Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con

Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso

apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una

voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad

no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el

cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas

no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al

poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que

lo mismo podía ser de dolor que de ironía.

iv

Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba;

encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud

traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y

las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los

tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que

permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas

por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el

oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a

aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero,

veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una

lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras,

borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.

Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la

criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y

tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla

trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin

atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad

empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición.

«Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. ¿Sabe

usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».

--Señorita--replicó la criada sin dejarla concluir--; como estoy aquí

desde el día antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la

vecindad... ¿sabe? En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman

doña Cirila. Su marido es no sé qué del tren. Tiene una gorra con

galones y letras. Esta noche, cuando bajé por las bujías, me encontré a

la vecina en la tienda y me preguntó por el señorito. Dijo que cualquier

cosa que se ofreciera... ¿sabe? Es muy amable. Ayer entró aquí a ver la

casa, y yo pasé a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a

usted la visita.

--¡A mí!--replicó Fortunata sentándose en la silla de la cocina, junto a

la mesa de pino blanco--. ¡Qué confianzudo está el tiempo! Y usted,

¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?... ¿Qué sabía usted si a mí

me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...?

--Yo... señorita... calculé que...

--Nada, estoy vendida...--pensó Fortunata--, y esta mujer es el mismo

demonio.

Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los

garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas

palabras:

«Díjome doña Cirila que es usted muy linda, ¿sabe?... que esta mañana la

vio a usted en la iglesia y que le fue muy simpática. Verá usted, cuando

la trate, que también ella se deja querer. Dice que se alegrará mucho de

que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche

están jugando a la brisca hasta las doce».

--¡Que pase yo allá!... ¡yo!

--Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el señorito duerme

y no son más que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato.

«¿Pero qué está usted diciendo? ¡Distraerme yo!».

Fortunata se habría dejado llevar del primer impulso de cólera, si en su

alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta

relajación de conciencia. Se calló, y en aquel instante llamaron a la

puerta.

«¡Llaman!... No abra usted, no abra usted» dijo con presentimiento de

un cercano peligro.

--¿Por qué, señorita?... ¿A qué esos miedos...? Miraré por el

ventanillo.

Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en

la puerta. Duró poco, y la criada volvió diciendo:

«Los de al lado... la misma señorita Cirila fue la que llamó. Nada; que

si teníamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me

preguntó cómo seguía el señorito. Le contesté que duerme como un lirón».

Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios

temblorosos. Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía

profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas

entremezcladas con términos de farmacia: «Ídolo... De acetato de

morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco,

tres gramos... disuélvase...».

Volviendo a la cocina, mandó a la criada que se acostase; pero la señora

Patria no tenía sueño. «Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me

he de acostar yo? Podría ofrecerse algo». Y la muy picarona quería

entablar conversación con su ama; mas esta no le respondía a nada. De

pronto, el despierto oído de Fortunata, cuyo pensamiento estaba

reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, creyó sentir

ruido en la puerta. Parecía como si cautelosamente probaran llaves

desde fuera para abrirla. Fue allá muerta de miedo, y al acercarse cesó

el ruido; ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria: «Juraría

que alguien anda en la puerta... Pero qué, ¿no ha echado usted el

cerrojo?».

Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho

cuidado para no hacer ruido.

«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver,

atención... ¿No siente usted un ruidito como si alguien estuviera

tentando la cerradura?... ¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?».

--Señorita... ¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea

usted tan medrosica...

Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con

tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su

alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión

suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona

que tras esta, a su parecer, estaba... Le conocía, ¡cosa más rara!, en

la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera

de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no

se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro

del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus

ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto

cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente,

sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada

pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que

arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía:

«¿Le parece a usted bien que abra?... ¿Cree usted que...?».

Pero a Fortunata la ganó de súbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor

y dignidad.

«Si esto sigue--dijo--, despertaré a mi marido. ¡Ah!, ya parece que se

retira el ladrón, pues ladrón debe de ser...».

Tocó el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la

sala. Patricia volvió a la cocina.

«En todo caso, es demasiado pronto» pensó Fortunata sentándose en una

silla y poniéndose a pensar. Fue como una concesión a las ideas malas

que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero

las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes. Después trató de

rehacerse de nuevo: «Resueltamente, mañana le digo a mi marido que la

casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergüenza

la planto en la calle».

¡Qué cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento

irresistible, casi puramente mecánico y fatal, Fortunata se levantó y

saliendo de la sala, se acercó a la puerta. En aquel acto, todo lo que

constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del

alma de la infortunada mujer; no había más que el impulso físico, y lo

poco que de espiritual había en ello, engañábase a sí mismo creyéndose

simple curiosidad. Aplicó el oído a la rejilla... Pues sí, la persona,

el ladrón o lo que fuera, continuaba allí. Instintivamente, como el

suicida pone el dedo en el gatillo, llevó la mano al cerrojo; pero así

como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó

su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un

dedo que señala.

Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron

estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un

tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora sí que no te me escapas».

Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua.

Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando

como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y

aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía:

«Señorita, abra usted y no haga más papeles. Si al fin ha de abrir

mañana, ¿por qué no abre esta noche?».

Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la

señora: «No, no abro».

--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto. Después

sintieron que se abría y se cerraba la puerta del cuarto vecino.

Fortunata respiró. El otro, cansado de esperar, se retiraba.

«Vaya por Dios» repitió Patria, como si dijera: «Tanto repulgo para

caerse luego...».

Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abría otra vez la puerta de

la izquierda. Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y... el

otro salía embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emoción que

sintió al verle fue tan grande, que se quedó como yerta, sin saber dónde

estaba. Hacía tres años que no le había visto... Observó un hecho muy

desagradable: al salir el tal, no había mirado a la puerta de la

derecha, como parecía natural... Estaba enojado sin duda...

Y movida del mismo impulso mecánico, la señora de Rubín corrió al balcón

de la sala, y abrió quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar

la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco había

mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado

expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros.

Patricia se permitió la confianza de poner su mano en el hombro de su

ama, diciéndole:

«Ahora sí que nos podemos acostar. ¡Qué susto hemos pasado!». Fortunata

le respondió: «¿Susto yo?... ¡quia!». Todo esto se decía con un

cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí

un enfermo cuyo sueño había que respetar. La criada se deslizó

blandamente por los oscuros pasillos y el ama entró en la alcoba. Al ver

a su marido, sintió como si lo que está a cien mil leguas de nosotros se

nos pusiera al lado de repente. Maxi había dado vueltas en el lecho y

dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo

se perdía en la anchura de aquella cama tan grande, y allí podía

pasearse en sueños el esposo como en los inconmensurables espacios del

Limbo.

La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en

ella, cerró los ojos. Y allá de madrugada fue vencida del sueño, y se le

armó en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorrían, de

puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que

se colaban en su casa filtrándose por las paredes.

v

A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo. Daba lástima

verle. Su palidez era como la de un muerto; tenía la lengua blanca,

mucha debilidad y ningún apetito.

Diéronle algo de comer, y Fortunata opinó que debía quedarse en la cama

hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque sentía cierto

alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandón y rodar por él. La

mujer le cuidaba como se cuida a un niño, y se había borrado de su mente

la idea de que era un hombre.

Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a

dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se

habían hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la

cocina a la sala, dictando reglas y pragmáticas de buen gobierno. Maxi

se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en

ella, y la llamaba a cada instante.

«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí. Ni siquiera me has dado un

beso. ¡Qué día de boda, hija, y qué noche! Esta maldita jaqueca... pero

ya pasó, y ahora lo menos en quince días no me volverá a dar... ¡Vamos!,

ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina. ¿No está ahí esa

señora Patria?».

--Ha ido a la compra. La que está es tu tía, por cierto dando

tantismas órdenes, que no sabe una a cuál atender primero.

--Pues déjala. Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras,

pichona. Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está. ¡Qué bien sirve!

¿verdad? Es una mujer muy lista.

--Ya lo creo...--¿Te vas de veras?--Sí, porque si no, tu tía me va a

echar los tiempos.

--¡Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy también a la cocina.

Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres mía; soy

tu dueño único, y mando en ti.

--Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo él

nadando en las sábanas como si fueran olas.

Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina.

Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a

nadie. Parecía vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala

echaba la esposa de Rubín miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin

duda la trampa se armaba sólo por las noches.

A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las

palabras en la boca para preguntarle: «¿y los de al lado?». Pero no

desplegó sus labios. Debió de penetrar la maldita gata aquella en el

pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo

de buenas a primeras:

«Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?, encontreme a la

señorita Cirila. Me preguntó por el señorito, y dijo que pasaría a verla

a usted, sin decir cuándo ni cuándo no.

--No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contestó Fortunata,

cuyo ánimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta

actitud--. Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted?

Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que

tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se

oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía

que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los

amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche,

sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que

le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie

de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada.

Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las

agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño

enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca

de las diez, que se acostase, y esta obedeció; mas la repugnancia y

hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo

imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico

no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo

que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y

con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la

máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no

salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión

fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores.

Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte.

Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo

tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no

despertó hasta las siete de la mañana.

Maxi se quedó más tiempo en la cama, hartándose de sueño, aquel reparo

que su desmedrada constitución reclamaba. Púsose Fortunata a arreglar la

casa y mandó a Patricia a la compra, cuando he aquí que entra doña Lupe

toda descompuesta: «¿No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Déjame

sentar que vengo sofocadísima. Vaya que dan que hacer mis dichosos

sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decírmelo

ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la policía en la casa de esa

mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?, y después de registrar

todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me

le tienes... Vamos a ver, ¿y qué hago yo ahora? Francamente, se ha

portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si sólo se

tratara de tenerle unos días en la cárcel, hasta me alegraría, para que

escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho

D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha

gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque

Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi

sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad».

Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llamó;

y doña Lupe lo repitió en su presencia, añadiendo:

«Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las

personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene

el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!... Tú verás a D. León Pintado,

para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a D. Juan

de Lantigua, que aunque es un señor muy neo, tiene influencia por su

respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D.

Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la

chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para

impedir que le plantifiquen en las islas Marianas». Vistiose el joven a

toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en

la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para

estar de este modo reunidos en día de tanto trajín. Maxi salió después

de desayunarse, y su mujer y su tía se fueron a la otra casa. Por el

camino, doña Lupe decía: «Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo

hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y

con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son

los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno... Ellos la

arman, y luego se dan buena maña para atarles las manos a los ministros

cuando tocan a castigar. Así está el país que es un dolor... todo tan

perdido... ¡Hay más miseria...!, y las patatas a seis reales arroba,

cosa que no se ha visto nunca».

Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le

había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos

quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvió doña

Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se

hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada.

Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte. Tocaría,

pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era

amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don

Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación. A poco llegó

don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar. «Ha ido con D. León

Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato».

Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en

ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la

autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió

calle. No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la

hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el

Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira... Iba despacio por la calle

de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar

dátiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino,

saboreaba el placer íntimo de la libertad, de estar sola y suelta

siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba

haciendo circular su sangre con más viveza. Tradújose esta disposición

de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que

tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y

anda que andarás, vino a hacerse la consideración de que no sentía

malditas ganas de meterse en su casa. ¿Qué iba ella a hacer en su casa?

Nada. Conveníale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud había

tenido dentro de las Micaelas. ¡Qué gusto poder coger de punta a punta

una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del

paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doña Lupe ni Patricia ni nadie

podían contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla.

Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde. Miraba todo con la

curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la

persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en

aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas. ¡Qué bonita,

verbi gracia, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la

quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de

las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre

cariñoso interés. Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y

los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus

miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con

estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no podía ser para ella,

porque estaba fuera de su centro natural, Había nacido para menestrala;

no le importaba trabajar como el obispo con tal de poseer lo que por

suyo tenía. Pero alguien la sacó de aquel su primer molde para lanzarla

a vida distinta; después la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y

por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora. La ponían en

un convento para moldearla de nuevo, después la casaban... y tira y

dale. Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad

invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.

Ocurriole si no tendría ella pecho alguna vez, quería decir

iniciativa... si no haría alguna vez lo que le saliera de entre sí.

Embebecida en esta cavilación llegó al Campo de Guardias, junto al

Depósito. Había allí muchos sillares, y sentándose en uno de ellos,

empezó a comer dátiles. Siempre que arrojaba un hueso, parecía que

lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita,

como se arroja la chispa al montón de paja para que arda.

«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone

las cosas mal... El hombre que quise, ¿por qué no era un triste albañil?

Pues no; había de ser señorito rico, para que me engañara y no se

pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera...

pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más... Luego lo

natural era que me dejara en paz, y así se me pasaría esto; pues no

señor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una

trampa... También era natural que ninguna persona decente se quisiera

casar conmigo; pues no señor, sale Maxi y... ¡tras!, me pone en el

disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendición al

canto... ¿Pero es verdad que estoy casada yo?...».

vi

Miraba el hueso del dátil que se acababa de comer, y como si el hueso le

dijera que sí, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado...

«¡Vaya si lo estoy!». Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó

dónde estaba. Pero levantándose de repente, echó a andar hacia abajo,

como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama idea fija.

Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre,

vago el mirar; bajábala como los monomaniacos. Al llegar frente a la

iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sintió tras

sí. «Estos pasos son los suyos--pensó--; pues lo que es yo no miro para

atrás. ¿Qué haré? Aprisita, aprisita».

La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era. Más adelante

sintió otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extendía por

la calle, paralela a su sombra. Aquel sí era... ¿Miraría? No; más valía

no darse por entendida... Por fin, la pícara curiosidad... Miró y

tampoco era. Al llegar a su casa estaba más tranquila. Cuando Patria

abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien? ¿El señorito

está?...».

--El señorito no viene hasta la noche. Mandó un recado para que no le

esperase usted.

Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no

pudo menos de preguntarle: «¿Quién está ahí?».

Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y... «¿Qué... pero

qué...?» balbució la señora acercándose de puntillas a la puerta de la

sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No veía nada. Abrió

más, más... Estaba pálida como si se hubiera quedado sin sangre... Abrió

más... acabáramos. En el sofá de la sala, tranquilamente sentado...

¡Dios!, el otro. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento.

Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja

o un velo que sube. No dijo nada. Él, pálido también, se levantó y dijo

claramente: «Adelante, nena».

Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello),

sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su

alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín,

lanzando este grito salvaje: «¡Nene!... ¡bendito Dios!».

Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La

prójima fue quien primero habló, diciendo: «Nene, me muero por ti...».

«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo. Dejábase llevar

ella, como la cosa más natural del mundo. Franquearon la puerta de la

casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué

casualidad!, abierta también.

Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una

discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a

la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá

y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto

desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda

idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al

despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había

alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el

pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz:

«¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que

difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji... ¡tres años!... no, más años,

más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa... pues

sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji... _Juárez el

Negro_, te vi y no te vi... y siempre él delante, y un día que le dije

que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso

matar... Yo muriéndome por hablarte y él que no... que no... Nuestro

nenín muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti

y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji

ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento,

también... ji ji ji... besos por el aire... y tú sin acordarte de mí,

malo...».

--¡Sin acordarme! Desde que volví de Valencia te estoy dando caza... ¡Lo

que he pasado, hija! Ya te contaré. Y al fin te he cogido... ¡ah, buena

pieza! Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho

sufrir!... ¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero

qué guapa estás, nena.

--Chi.

--Estás hermosísima.--Chi... para ti.

El frío aquel de fiebre se trocó de improviso en calor violentísimo, y

la risa convulsiva en explosión de llanto.

«No es día de llorar, sino de estar alegre».

--¿Sabes de qué me acuerdo? De mi nenín tan gracioso... Si hubiera

vivido, le habrías querido tú, ¿verdad? Me parece que le veo, cuando se

le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Juárez

el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón:

«Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las

nueve te mato». Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz!

--¡Cuánto tenemos que contar!... yo a ti, tú a mí. Ya sé que te has

casado. Has hecho bien.

Este has hecho bien le cayó a la prójima como una gota fría en el

corazón, trayéndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lágrimas,

se acordó de Maxi, de su boda; y su casa, que se había alejado cien

millas de leguas, se puso allí, a cuatro pasos, fúnebre y antipática. El

rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las

lágrimas.

«¿Y por qué hice bien?».

--Porque así eres más libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que

quieras, siempre que lo hagas con discreción. He oído que tu marido es

un buen chico, que ve visiones...

Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o

más bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de

lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el

registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasión daban a su acto

mayor fealdad, y así lo comprendió en un rápido examen de conciencia;

pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que

el espectro huyó sin dejar rastro de sí. Se consideraba Fortunata en

aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano.

Lo que había hecho, hacíalo, a juicio suyo, por disposición de las

misteriosas energías que ordenan las cosas más grandes del universo, la

salida del Sol y la caída de los cuerpos graves. Y ni podía dejar de

hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su

responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese,

era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna

consecuencia, y se conformaba, tal era su idea, con ir al infierno.

«Esto de alquilar la casa próxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una

calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo

estaba, niña mía, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que

habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...! Yo tenía contigo una

deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia.

Me volví loco, te busqué como se busca lo que más queremos en el mundo.

No te encontré; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmonía para

darme el estacazo... caí».

--¡Pobrecito mío!... Lo supe, sí. También supe que me buscaste. ¡Dios te

lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.

Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que

estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de

telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado

contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba

de mirarle.

«¡Qué guapo estás!».

--¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!... Estás ahora mucho mejor que antes.

--¡Ah!, no--repuso ella con cierta coquetería--. ¿Lo dices porque me he

civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy

siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el

lazo y me cogiste.

--¡Pueblo!, eso es--observó Juan con un poquito de pedantería--; en

otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque

cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas

matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.

Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de

aquello.

«Me parece mentira--dijo él--, que te tengo aquí, cogida otra vez con

lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te

he hecho...».

--Quita allá... ¡perdón!--exclamó la joven anegándose en su propia

generosidad--. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?

En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que

tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó

decir estas arrogantes palabras:

«Mi marido eres tú... todo lo demás... ¡papas!».

Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera

cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a

decir mi mujer eres tú; pero envainó su mentira, como el hombre

prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.

vii

Ya de noche pasó Fortunata a su casa. Su marido no había llegado aún.

Mientras le esperaba, la pecadora volvió a ver el espectro aquel de su

perversidad; pero entonces le vio más claro, y no pudo tan fácilmente

hacerle huir de su espíritu. «Me han engañado--pensaba--, me han llevado

al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya

estaba degollada... ¿Qué culpa tengo yo?». La casa estaba a oscuras y

encendió luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y

Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones

que le habían enseñado en su juventud. «Cuando la cerilla cae

prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte».

Maxi entró cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre.

¡Todo un día sin verla! Le había traído un paquete de rosquillas. ¿Y

Juan Pablo? Al fin se arreglaría todo. Seguramente no iba a las islas

Marianas, pero quizás le tendrían en el Saladero quince o veinte días.

«Y merecido, hija. ¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?».

Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, más que en la

realidad, en sí misma, y de este examen surgía un tedio abrumador, y la

antipatía de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no cabía más. Y

la perversa no trató de combatir aquel sentimiento; se recreaba en él

como en una monstruosidad que tiene algo de seductora.

«Alma mía--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto

que no te falta apetito. ¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?».

--No--replicó ella secamente--. Estoy rendidísima. ¿No ves que se me

cierran los párpados? Lo que quiero es dormir.

--Bueno, mejor; yo también lo deseo.

Acostáronse, y el tiempo que aún estuvo despierta empleolo Fortunata en

hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le producía, al tocar

el suyo, crispamientos nerviosos. Y también se dio a pensar en lo

molesto y difícil que era para ella tener que vivir dos vidas

diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que

trabajan en el teatro. A ella le era muy difícil representar y fingir,

por lo que su tormento se crecía considerablemente. «No podré, no

podré--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo». A la

madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y

entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran

poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a

su amante a todas horas.

En los siguientes días, las escapadas al cuarto vecino tenían lugar a

horas varias, cuando Maxi salía. Iba a estudiar con un amigo para tomar

el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba

acordado que tendría plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias

eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido más lejos. En

tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana. Las disposiciones de

Fortunata y aun de la misma doña Lupe eran letra muerta. Robaba

descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla. Santa Cruz, que

era el autor de todo aquel fregado, no sabía cómo arreglarlo, cuando su

amiga le consultaba. El plan más prudente era tomar otro cuarto y

despedir luego a Patricia, dándole una buena propina para que se

callara.

Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante; pero esta

no quería tomar nada. Se le había encajado en la cabeza una manía

estrambótica, de que ambos se reían mucho, cuando ella la contaba. Pues

la manía era que Juanito no debía ser rico. Para que las cosas fueran

en regla, debía ser pobre, y entonces ella trabajaría como una negra

para mantenerle. «Si tú hubieras sido albañil, carpintero o, pongo por

caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara».--«Vaya por dónde te

ha dado ahora».--«Y nada más». No había medio de quitarle de la cabeza

aquella corrección de las obras de la Providencia.

«En resumidas cuentas--le decía él--, eres una inocentona. Pero, di, ¿no

te gusta el lujo?».

--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado

por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda

y percal todo es lo mismo.

--Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada?

--«Nada; me lo puedes creer».--«¿Ese alma de Dios te da todo lo que

necesitas?».--«Todo; me lo puedes creer».--«Quiero regalarte un

vestido».--«No me lo pondré».--«Y un sombrero».--«Lo convertiré en

espuerta».--«¿Has hecho voto de pobreza?».--«Yo no he hecho voto de

nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más».

«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo,

al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja

perder por refinarlos demasiado.

Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!--decía Fortunata--, el

odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue

muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes

tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que manetizan a una

persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se

trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una

muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese

pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de

desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se

me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas

para cantar claro».

--¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues

tenía a Fortunata por heterodoxa.

--¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo

con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti...

La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo

le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe

lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que

deben ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea

mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me

vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al

fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa

mala_.

--Oye una cosa--dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas

nociones de aquel espíritu--. ¿Y si tu marido descubriera esto y me

quisiera matar?

--¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como

una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le

arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que

tiene dentro?, pues así.

--Pero vamos a ver, nena: ¿No me guardas rencor por haberte abandonado,

dejándote en la miseria, con tus vísperas de chiquillo y en poder de

Juárez el Negro?

--Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la

miseria me llevaron con Juárez el Negro. ¿Creerás lo que te voy a

decir? Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía. Cosa rara,

¿verdad?... Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la

boca, y él me lo daba, ahí tienes... Yo dije: «me vengaré yéndome con

este animal». Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él; pero luego se

me murió; y cuando reventó Juárez, como yo me pensé que ya no me

querías, dije: «pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda».

--¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza?

--No me preguntes nada... no sé... Vengarse es hacer lo que no se

debe... lo más feo, lo más...

--¿Y de quién te vengas así, criatura?

--Pues de Dios, de... de qué sé yo... no me preguntes, porque para

explicártelo, tendría que ser sabia como tú, y yo no sé jota, ni aprendo

nada, aunque doña Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado

algún lustre... enseñándome a no decir tanto disparate.

Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.

Un día hablaron también de Jacinta... No gustaba Juan que la

conversación fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que

tenía ocasión, íbase a él derecha. A sus preguntas, contestaba el otro

evasivamente.

«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa».

--Pues asegúrame que no la quieres.

--La quiero, sí... ¿a qué engañarte?... pero de una manera muy distinta

que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece,

porque... no puedes figurarte lo buena que es.

Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería

saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurría

gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel

criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer.

«La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasión que la domina, mejor

dicho, una manía que la trae trastornada».

--¿Qué es?--La manía de los hijos. Dios no quiere y ella se empeña en

que sí. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha

enflaquecido, y hace algún tiempo que se está llenando de canas. Es ya

pasión de ánimo. ¿Te enteraste de lo que pasó? Pues le dieron el gran

timo. Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer

que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín. Mi

mujer perdió la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevárnoslo a

casa. Por pronto que se descubrió el enredo, no se pudo evitar que tu

tío le estafase seis mil reales.

--Tie gracia. Ya sabía yo esa historia. El niño ese debe de ser el de

Nicolasa, la entenada del tío Pepe. Nació seis días después que el

nuestro, y era hijo de uno que encendía los faroles del gas... Pero no

comprendo una cosa. A mí me parece que tu mujer debía de querer a ese

nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por

mí.

--Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los niños del

universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juanín, bastara que le

tuviera por mío, para que le adorara. Ella es así; si no tienes tú idea

de lo buena que es. ¡Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero

pensarlo. De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos.

Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero.

Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa. ¿Qué estaba

tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto:

«Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea;

verás. Le voy a proponer un trato a tu mujer. ¿Dirá que sí?».

--Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qué te parece. Yo le cedo a

ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido. Total, cambiar un nene

chico por el nene grande.

El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto

donaire.

--¿Dirá que sí?... ¿Qué crees tú?--preguntó Fortunata con la mayor buena

fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir:

--Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras; pero esto es una gran

idea.

El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones.

viii

Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero

bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron

otro cuarto. Patricia se había hecho insoportable, y doña Lupe,

descolgándose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afán de

mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto,

Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad

sería capaz de helar el fuego mismo. Habría preferido él mil veces que

su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella

cortesía desdeñosa y glacial. Rarísima vez se daba el caso de que ella

le hiciese una caricia; para obtenerla, tenía Maxi que echarle

memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no

servía para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba

lástima verla fingir.

El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba

mucho. De tal estado pasó a la observación, desarrollándosele esta

facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los

ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y

hasta el respirar. Cuando comían, le examinaba la manera de comer;

cuando estaban en el lecho, la manera de dormir.

Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado,

produjo en el infeliz muchacho indecible melancolía. ¡Haber comprado

aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en

mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero

tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano; mas no quiso

manifestarlo, y lo desahogó a solas mordiéndose los puños.

«¿Por qué no me miras?» le preguntó una noche, con semblante ceñudo.

--Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase. Dios sabe lo que

iba a decir.

Bebía los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando

cuantas sutilezas da de sí la manía o enfermedad de amor. Indagaba con

febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir

cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para

pedirle su remedio. Imaginó enamorar a su esposa por medios

espirituales. Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y

hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del

sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a

cuantos pobres encontrase; pues él daría más, mucho más. Ella solía

admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de

ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a

trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo

bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un

jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

«Ya no me quieres--le dijo un día con inmensa tristeza--, ya tu corazón

voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me

quieres».

Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera! Más valía que dijese

terminantemente que no. «¿Por qué te vas tan lejos de mí? Parece que te

causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo

en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con

alguien».

Otra cosa le mortificaba. Cuando salían juntos a paseo, todo el mundo se

fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a él.

Suponía Maxi que todos hacían la observación de que no era él hombre

para tal hembra. Algunos se permitían examinarle de una manera

insolente. Si iban al café, estaban poco tiempo, porque los amigos se

enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido,

y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba más a Maxi era que ella

no tomaba varas con nadie, y siempre que él decía vámonos, estaba

dispuesta a retirarse.

Buscaba el farmacéutico algo en qué fundar las conjeturas que empezaban

a devorarle, y no lo encontraba. Ideó consultar el caso con su tía; pero

no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doña Lupe le dijese:

«¿Ves?, ¡por no hacer caso de mí!». ¡Celos! ¿Y de quién? Fortunata

mostrábase con todos tan fría como con él. Solía esparcir

melancólicamente sus miradas por la calle, entre el gentío, sin fijarse

en nadie, cual si buscaran a alguien que no quería dejarse ver. Y

después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.

También atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacían de

ella. «¡Qué mujer te tienes!» le decía Pseudo-Narcissus odoripherus.

Y Quercus gigantea le silbaba en el oído estas fúnebres palabras: «Es

mucha hembra para ti, barbián. Ándate con mucho ojo».

Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas. ¡Parecía mentira! La

perspicaz, la sabia y experimentada señora de Jáuregui dijo más de una

vez a su sobrino: «¡Qué trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aquí

me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no creí... Te

ayudará, te ayudará. Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el

metal de voz».

Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con

mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su

colocación se había resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a

fines de Octubre, su viuda organizó el personal de la botica, dando una

plaza a Maximiliano. Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que

cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un

año de práctica, tendría participación en las ganancias. Por el lado

económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de

ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la

herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, seríale

preciso ausentarse de su casa días enteros, y esto le ponía en ascuas.

Ocurriósele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un

día, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hízolo una

vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina. Repitió la

treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata había

salido. Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano. «¿Que

de dónde vengo? Pues de comprar unas cosillas. ¿No me dijiste que

querías una corbata? Mírala».

Una noche entró Maximiliano bastante excitado. Le tomó la mano a su

mujer, y haciéndola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: «Hoy he

conocido a ese pillo que te deshonró».

Fortunata se quedó como muerta.

«Pues qué... ¿no está enfermo?».

Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde.

Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado,

por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa

de Campo, estropeándose ligeramente un brazo.

«¿Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En

efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?».

--No, no, yo no sabía nada--replicó Fortunata enteramente aturdida.

--¡Tú lo has dicho!--exclamó Rubín con la mirada terrorífica--. ¿Por

dónde lo sabes?

La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba

una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!».

--¿Qué?--¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo

traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se

cayó del caballo paseando por la Casa de Campo.

Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió El Imparcial

que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete».

Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí

debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le

enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo

que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más

cargante...!».

Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi

le arrebató el papel de un manotazo.

«Te has quedado así como... estupefacta».

--Déjame en paz--replicó ella con un despego que a su marido le llegó al

alma.

--¡Qué modales, hija! Ya ni consideración.

Fortunata parecía que tenía sellada la boca. Comieron sin chistar; él se

puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fúnebre silencio se

rompiera. Acostáronse, y lo mismo. Ella volvió la espalda a su marido,

insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo

rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero

en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas.

Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir

a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz

guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el

brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el

coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle

de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel

momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso

todo lo que pudo, y al llegar a su calle... ¡Dios!... lo que se temía...

Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo

de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el

joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no

podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones.

Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia

acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y

se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con

él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor

cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en

su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le

doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten

piedad de mí--le dijo con aflicción más de niño que de hombre--. Por tu

vida... la verdad, la verdad. Ese señor... tú esperándole... él pasaba

por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando... le quieres otra

vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Más quiero morirme de

pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la

calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo

devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El

último favor te pido... la verdad, dime la verdad».

ix

Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella

tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para

adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y

decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a

él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata

volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de

Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela... mentiras de

esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que

las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil

medicina al agonizante.

«Dímelo de otra manera y te creeré--manifestó Rubín--. Dilo con un

poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño

que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien

y portarse mal todo es lo mismo».

La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella

tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito

estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu

recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y

Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el

infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o

paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su

mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades... Nos

iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y

me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con

tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que

Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada

iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que

decir sí a todo.

En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento

aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo

fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido

mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado

terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando

Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró

esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse

para siempre en sus estados de Molina.

La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien

dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella

te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy

caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas

levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran

pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al

subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata

resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo

penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban

presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la

prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se

le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una

quincena. «Esta alegría--pensaba Maxi--, ¿por qué será?». Y

comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría

sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos

al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».

No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar

a su proposición autoridad indiscutible.

«Te irás tú...» dijo ella sonriendo.

--No--agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--,

los dos.

--Tú te has vuelto loco--observó Fortunata riendo con cierto descaro--.

Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad?

--¡Toma!... ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser

paleta?

--Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en

un pueblo! ¡Qué talento tienes!

De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya

empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí.

Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró

con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños.

Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer

apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa

Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle,

pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos.

Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba

lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la

señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato

recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a

buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo

fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de

que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró,

el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de

la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.--«Me parece--replicó ella--,

haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio,

después un paquetito, y otro. «¿Ves?... la sopa Juliana que tanto te

gusta...».

--Yo también--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado

a ti esta tarde un regalito... Mira.

Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al

entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente,

cuando ella se inclinaba risueña para verlo.

«¿A ver... qué es?... ¡Ay!, un revólver...».

--Sí, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser

tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a

causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal

clase...

--¡Qué cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. Tú no sabes lo que te

pescas... Pareces tonto... Matarme a mí, ¿y por qué?...

Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había

hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete

en el alma.

«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de

sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te

quiera, sí señor, bonita manera».

Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está

descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a

la piedad.

--Eres un niño--declaró ella, cogiendo el arma--, y como niño hay que

tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren

ladrones en casa.

Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con

llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que

se había quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la

enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad

y la ineficacia de su desmayada acción.

Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente,

Pseudo-Narcissus odoripherus, fue a buscarle a la botica de

Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa

del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de

la Villa.

x

Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en

ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia

la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que

hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse

traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su

mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo!

Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio

indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos

como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor

de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo

reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía.

Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas

de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que

servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se

venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el

disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el

sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó

de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario

donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros

términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una

rueda de molino... y lo peor era que se la había tragado.

Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el

lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no

quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos,

donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los

Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista.

El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las

vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada

dirigida a una de las casas. «Aquí es... aquí está». Fijose cerca de

allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.

Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante

distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el

mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con

la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose

hacia Cuatro Caminos... Detrás, avivando el paso, el odio personificado

en Maximiliano.

La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío.

El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa

aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a

punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en

firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin

dudar un momento.

«¿Qué se le ofrece a usted?».

--¡Canalla!... ¡indecente!--exclamó Rubín con más fiereza en el tono que

en la actitud.

No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar

explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó

a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble

esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al

retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar... y a ella

también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a

gatas, diciendo entre mugidos... «¡ladrón, ratero... verás!...». Santa

Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado

asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y

le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera

ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido...

escuerzo... ¿quieres que te patee...?».

De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor

de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un

centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única

defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el

pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del

vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de

hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás

más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde

está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte.

El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar

a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre,

aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima,

hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una

especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de

miedo. «Si le habré matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en

defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como

los epilépticos, repitió: «Ladrón... asesino». El Delfín se acercó y

poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no

te callas, cucaracha, te aplasto».

Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las

armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca

la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo...

si vuelves...». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde

antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la

última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel

momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose

en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape.

Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante

de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba

mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le

oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?... ¡Pobre chico! Si

no parece chico, sino un viejo... ¡Vaya, que pegar así a un pobre

anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de

obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió

un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!... ¡a ese!...

¡al asesino!...». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia.

Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de

ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la

razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad

escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y

su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza.

Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la

laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de

falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un

impúber. «¿En dónde se ha metido?... ¿en dónde?... ¿No es verdad,

señores, que es un miserable?... ¿un secuestrador?... Me ha quitado lo

mío, me ha robado... Él la arrojó a la basura... yo la recogí y la

limpié... él me la quitó y la... volvió a arrojar... la volvió a

arrojar. ¡Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al

patíbulo... no me importa ir al patíbulo, señores... digo que quiero ir

al palo... pero ellos por delante, ellos por delante...».

Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la

zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «Sobre vino una

pendencia».--«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».--«¡Quita allá!, ¿pero

no ves que es marica?».

Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la

frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado

cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó

que el brazo derecho le dolía horriblemente.

«Vamos, vamos--le dijo uno--, véngase usted a la Casa de Socorro».

--Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acabó... ¿En dónde tiene

usted el sombrero?

Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en

aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar

a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos:

«Partirle el corazón es poco; es menester... machacárselo».

Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo,

y él, mirando con estupidez a sus conductores,

repetía:--¡machacárselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de

demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden

Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal.

Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le

estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana

con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le

preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa

insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como

expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los

criminales.

«¿Y el agresor?».

--¡Machacárselo!... Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de

gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de

curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a

su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.

xi

Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había

aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado,

que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse

alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter,

fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre

y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano,

traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y

llamar un médico.

«¿Pero y Fortunata?».

--Salió a hacer unas compras--dijo Patricia.

--¡Es particular! Las ocho y media de la noche.

En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios

labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz

de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco

trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y

ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero

probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el

bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el

herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en

claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer!

Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió

doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había

entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la

cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí

los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo

aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel

secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados;

mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete,

que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que

desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró?

¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas

llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe

llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por

de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con

los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva.

Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de

persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya

estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había

quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la

mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El

silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual

palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la

sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única

persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo

permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el

estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser.

¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la

discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y

el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y

decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto».

--¿Esto?...--murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta.

--Esto, sí... Maximiliano maltratado... tú entrando en casa tan tarde y

con esos modos de traidora de melodrama.

Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio

como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una

palabra.

«Pues me he enterado... Me gusta...».

Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después

se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba;

pero sin abandonar su postura de esfinge.

Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.

«¡Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habría hecho

estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas

volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me

preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle

que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de

entrar te declaras culpable... Él dijo: 'Más vale que no venga...'. ¿Y

tú no conoces que así no se puede seguir?... ¿que es preciso que me

expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».

Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría

definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro,

se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma

paciencia.

«¡Esto es para volverse loca!...--expresó doña Lupe con un gesto

iracundo--. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías?

Sepa usted que...».

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente

acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije,

si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo!

A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas

ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'.

Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran

preocupaciones mías...».

Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado,

pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata

radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la

sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...».

Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí.

Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la

mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin

mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.

«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de

alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse,

creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que

usted».

Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

«Vamos a ver--añadió la de Jáuregui manoteando--. Si mi sobrino me

vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».

--Dígale usted--replicó la esposa en voz más baja y expresándose con

mucha dificultad--; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en

cuanto sea de día.

--Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién

maltrató a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la

justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es

culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».

--Porque me debo ir--replicó la otra mirando al suelo.

No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y

sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación:

«¡Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una

bribona en toda la extensión de la palabra... que lo ha sido siempre y

lo será mientras viva... A todos engañó usted menos a mí... a mí no...

Yo la vi venir».

Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña

Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado

castigar.

«Hace usted bien en largarse--añadió la otra ya en la puerta--. No seré

yo quien la detenga... Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio!

Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos engañó usted menos a

mí».

Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco

habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso

encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.

Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de

las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche.

Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás,

que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino

inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le

despierte».

Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el

arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada

sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy

larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a

faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El

espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en

broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo

mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba;

cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los

ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una

misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su

conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida

dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había

ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular

dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas

se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a

considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya,

sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la

empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y

anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz

doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años

de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía

remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia!

Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para

siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un

matrimonio imposible.

De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche

volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le

daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo.

«Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme

si ha venido usted... Francamente, no sé qué responderle».

--Dígale usted que me he muerto--replicó Fortunata.

--Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?

--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.

--¿Y sus alhajas?--preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de

más valor.

--¿Mis alhajas?--observó la otra vacilando primero y asegurándose al

fin--. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo

todas.

--¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?

--Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo

dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.

Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y

se lo guardó.

xii

Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el

cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente: «Señor,

señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un

bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es

probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se

desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido,

agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar

hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que

Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete

dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el

grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos

tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los

tres juntos van a acabar conmigo... ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si

me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya

que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más

gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te

descuelgas por aquí... ¿Tú sabes lo que pasa?».

Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún

señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio,

salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala

trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y

nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió

al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para

esperarle allí.

El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras

horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La

vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde

dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la

puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela

penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la

puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras:

«Mujer, ¿está usted aquí?... No veo nada».

--Aquí estoy, sí señor--murmuró ella.

--Mi tía--añadió el clérigo--, me ha contado los horrores de esta

noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a

deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la

armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá

usted explicar a mí este turris-burris?

--Sí señor--replicó la voz con miedo y turbación indecibles.

--¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?

--Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apuntó con rápida frase

la voz.

--Vamos a cuentas--dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus

manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos días... lo he

sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era

fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha?

La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.

«¿Pero no contesta usted?--interrogó Nicolás con acento airado--. ¿Por

quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No

hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como

sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».

Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero,

la voz respondió tenuemente:

«Sí señor».

--Ya veo--afirmó Rubín con ira--, que nos ha engañado usted a todos, a

mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi

familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué

bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado

otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que

es usted lo que se llama un monstruo.

Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared

por si hallaba silla o banco en qué sentarse.

«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete,

conciencia».

--No señor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.

--No le ha querido nunca... esta es la cosa.

--No señor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le

fuera tratando.

--Sí lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como

este...! Se dan casos... De modo que nada.

--Nada.--¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le

manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de

pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!... En mi vida me ha

pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha

prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le

envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto

esto, Señor, no haberlo visto!

Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella

compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo

menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase

usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada».

No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque

Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del

tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.

«Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubín, que

deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que

sentarse--. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha

faltado usted a su marido?».

La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces

suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas».

Cuenta el padre Rubín que aquel

muchas le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen

las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.

--¿Con cuántos hombres?

--Con uno solo...--¡Con uno sólo!... ¿De veras? ¿Le conoció usted

después de casada?

--No señor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.

--¡Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor

propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me

lo temía yo. ¡El amorcito primero...! ¿No lo dije, no se lo dije a

usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese

pelafustán es el de marras?

Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras.

«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre

Maxi, débil y enfermizo... ¡Ay, mundo amargo!».

--Él fue... pero Maxi le provocó...--dijo la voz--. Esas cosas vienen

sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana.

--¿Desde qué ventana?

--De la casa aquella.--¿Casita tenemos?... Sí... sí, lo de siempre. Lo

había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y

todo!... ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier

persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación...

pero usted tan fresca.

--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.

--Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la

calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la

sé de memoria.

Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la

oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás

empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un

pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus

lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa

de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la

joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las

ropas negras y muy usadas del clérigo despedían.

«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A

saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con

contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso

que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa.

¿Volvería usted a las Micaelas?».

--¡Oh!, no señor--replicó la pecadora con prontitud.

--Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--gritó el clérigo

con gesto de menosprecio.

--Le diré a usted... yo me arrepiento; pero...

--Qué peros ni qué manzanas...--manifestó Rubín, manoteando con groseros

modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del

hombre malo que la tiene endemoniada.

--Eso...--¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese

cinismo.

Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.

«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay

quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».

El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las

palabras.

«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable,

todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».

--No lo puedo remediar. Ello está entre mí y no puedo vencerlo.

--Ya... la historia de siempre. Si me la sé de memoria... Que quieren

sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y

que patatán... En fin, todo ello no es más que falta de conciencia,

podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres!

Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor,

siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En

resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino

de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos

de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted

con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque

ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre.

Divertirse... ¡ea!... Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le

dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir... Y ahora que me

acuerdo, ¿ese hombre es casado?

--Sí señor--dijo Fortunata con pena.

--¡Ave María Purísima!--exclamó el cura llevándose ambas manos a la

cabeza--. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese

señor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde

quiera que va...

Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata.

«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre... ¡Qué

mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a

su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido.

No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la

prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con

su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él

va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonará a usted... Son

habas contadas».

Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un

ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma.

«¡Ah, mujer infeliz!--añadió el clérigo con solemnidad, levantándose--;

no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo

son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del

deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En

el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá

con sofismas y con zalamerías de amor... Esto se acabó. Ni yo tengo que

hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa.

Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y

cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos... Perfec... tamente».

Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más.

Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más

afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se

estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la

voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás

cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego

a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y

doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para

siempre.

Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y

sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le

vendría mal... esto sin ofender a nadie.

Madrid.--Mayo de 1886.

FIN DE LA PARTE SEGUNDA

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