Parte 3 — Capítulo III: La revolución vencida Fortunata y Jacinta · Capítulo 21 de 32
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Parte 3 — Capítulo III: La revolución vencida

Parte 3 — Capítulo III: La revolución vencida

i

Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o

menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa

Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la

seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra

cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de

vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo

que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de

honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas

de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al

Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así con

éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la

obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado

cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era

él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar.

Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba

en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de su

casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando

más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había

implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios.

«¿Quién duda--seguía pensando--, que es prudente evitar el escándalo? Yo

no puedo parecerme a este y el otro y el de más allá, que viven en la

anarquía, señalados de todo el mundo. Hay otra razón, y es que se me

está volviendo antipática, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no

aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene

instintos de seducción, desconoce las gaterías que embelesan. Nació para

hacer la felicidad de un apreciable albañil, y no ve nada más allá de su

nariz bonita. ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? ¡Buenas

estarían!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni esprit. ¡Qué

diferente de Sofía la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo

del primer viaje a París, era una verdadera Dubarry españolizada! Para

todas las artes se necesitan facultades de asimilación, y esta marmotona

que me ha caído a mí es siempre igual a sí misma. Con decir que hace

días le dio por estar rezando toda la tarde... ¿y para qué?... para

pedirle a Dios chiquillos...

¡Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo se

acaba esta irregularidad. ¡Abajo la república!».

Pensando de este modo, había llegado a la casa de su querida, y en el

momento de poner la mano en el llamador, un hecho extraño cortó

bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abrió la

puerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cual

salió, saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza. La

misma Fortunata le había abierto la puerta y le despedía.

Juan entró. La salida de aquel señor le produjo en un instante dos

sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue

algo de enojo, el segundo satisfacción de que el acaso le proporcionase

un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... «Me parece que yo

conozco a este señor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna

parte--pensaba entrando hacia la sala--. ¡Si tendremos gatuperio...!

Estaría bueno. Pero más vale así».

Y en alta voz y de mal modo, preguntó a Fortunata: «¿Quién es ese

viejo?».

--Yo creí que le conocías. D. Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué de

milicia... Es grande amigo de Juan Pablo.

--¿Y quién es Juan Pablo? ¡Vaya unos conocimientos que me quieres

colgar...!

--Mi cuñado.

--¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?... Estamos

bien. ¿Y a qué venía aquí ese señor... Feijoo, dices? Me parece que es

amigo de Villalonga.

--Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un señor muy

bueno y muy fino. ¿Qué te crees, que viene a hacerme el amor? ¡Qué

tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle,

no lo haré más. Y aquí paz...

--No, no; recíbele todo lo que quieras--dijo él variando de táctica con

la rapidez del genio--. Si, como dices, es una persona formal, podría

ser que te conviniera cultivar su amistad.

Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de

ella.

«Porque, hija mía, yo debo decirte que no podemos seguir así».

Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la

cuestión desde el primer momento con limpieza y claridad.

La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al

verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de

timidez y más bien como ensayo. Había muebles forrados de seda y

cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con

verde-limón; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal

colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con

begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no había sabido

nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores,

haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Había

laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil

porquerías con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la

transformación del gusto que se ha verificado de diez años a esta parte.

Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un

testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo solía ridiculizar a

Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tenía

instintos de elegancia; pero en muebles y decoración de casa desbarraba.

En suma, que ella tendría todas las cualidades que quisiera; pero lo que

es chic no tenía.

Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día

todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última

vez. Fortunata estaba en pie, delante de él, y luego se sentó en una

banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy

grave que de él esperaba oír.

«Si esta pavisosa--pensó Santa Cruz mirándola también--, viera con qué

donaire se sienta en un puff Sofía la Ferrolana, tendría mucho que

aprender. Lo que es esta, ni a palos aprenderá nunca esas blanduras de

la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el

asiento ¡Ah!, ¡qué bestias nos hizo Dios!...».

Y en alta voz: «Dime, ¿por qué no te has puesto la bata de seda, como te

he mandado?».

--¡Qué cosas tienes!... No la quiero estropear.

--Eso es...--dijo el otro riendo sin delicadeza--, guárdala para los

días de fiesta. Así me gusta a mí la gente, arregladita... Y cuando yo

vengo aquí te pones la batita de lana, que unos días apesta a canela y

otros a petróleo...

--Mentira--replicó Fortunata, oliendo su propio vestido--. Está bien

limpia. ¿Para qué dices lo que no es?

--No, lo que es dentro de casa, tú estás por aquello de ya engañé.

Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.

--¡Ay qué gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he

estado toda la mañana en la cocina.

--¿Haciendo qué?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta. Jormiguita

para cuando vengan los malos tiempos--dijo el Delfín con benévola

ironía--. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero

demasiado para andar en misterios contigo. Tú eres razonable, te haces

cargo de las cosas y comprenderás que tengo razón en lo que te voy a

decir.

Este lenguaje desconcertó a Fortunata, porque le recordaba el otra vez

usado para licenciarla. Pero él creyó oportuno mostrarse cariñoso, y la

hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas

zalamerías de las que se emplean con los niños cuando se les quiere

hacer tomar una medicina.

«Ven acá, y no te asustes. Yo no quiero más que tu bien. No dirás que no

he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes

tú, seguiríamos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos

tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte

cómo se puso. Se desmayó; tuvimos que llamar al médico. La más negra fue

que mis papás se enteraron también del motivo, y... una chilla por aquí,

otra por allá; mi padre furioso... entre todos me querían comer».

Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no podía pronunciar palabra

alguna.

«Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres.

Así es que anoche me planté conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de

pena, esto se tiene que acabar'. Sé que me costará una enfermedad. El

golpe será rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho.

Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres...».

Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se decía: «Ahora viene la

lagrimita. Es infalible. Preparémonos».

«Tonta, no llores, no te aflijas--añadió besándola--. Mira que yo estoy

con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido».

Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y ponía una cara

muy triste.

«No creas--balbució la prójima entre sollozos--. Te veía venir. Hace

días que la estás tú tramando... Bueno, hemos concluido».

--No, si yo te querré siempre, nena negra. Sólo que no puedo visitarte

más. Alguna vez... no digo que no... Pero así, con esta manera de

vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una

aldea. Aquí todo se hace público, y al fin no hay más remedio que bajar

la cabeza. Yo soy casado, tú también; estamos pateando todas las leyes

divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad

sería peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. ¿No has

pensado tú alguna vez en esto?

Lo que Fortunata había pensado era que el amor salva todas las

irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que

rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo había dicho

varias veces a su amante, expresándose de una manera ruda; pero en aquel

lance, parecíale ridículo volver sobre aquella idea verdadera o falsa

del amor, porque en su buen instinto comprendía que toda aquella

hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y demás, servía para

ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguiría

jamás al terreno de la controversia, porque no sabía desenvolverse con

tanta palabra fina.

«Ya me lo decía el corazón» exclamaba, apretando el pañuelo contra sus

ojos.

--No se puede uno sustraer a los principios--prosiguió él--. Las

conveniencias sociales, nena mía, son más fuertes que nosotros, y no

puede uno estar riéndose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene

el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que tú te

penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aquí

mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que...

Fortunata le miró de un modo que le hizo callar... «¡A buenas horas y

con sol!--quería decir aquella mirada--. Después que hemos cometido

todos los crímenes, ahora salimos con escrúpulos... Y yo pago la falta

de los dos...».

«Bien merecido me lo tengo--declaró en un arranque de dolor combinado

con la rabia--, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido más

mala que tú... yo dejo tamañitas a todas... ¡Dios, con la que yo hice!,

¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era

nada, cuando yo me ponía triste... pensando en lo que había hecho, sí, y

te reías... te reías».

--Sí... pero...--Repito que te reías... ¡pero cómo!, a carcajadas,

llamándome simple y qué sé yo qué... Bien, bien; bastante hemos

hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentiré; calcula si lo

sentiré... pero ya me iré consolando. No hay mal que cien años dure.

¡Aire, aire!

Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no

tenía.

«Nos separaremos como amigos--dijo Santa Cruz tomándole una mano, que

ella separó prontamente--, y me retiro dándote un buen consejo».

--¿Cuál?--preguntó ella más airada que dolorida.

--Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.

--¡Yo...!--exclamó la señora de Rubín con indecible terror--. ¡Después

de...!

--Ya te serenarás, hija. ¡El tiempo! ¿Sabes tú los milagros que ese

señor hace? Tú lo has dicho: no hay mal que cien años dure, y cuando se

tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no

hay más remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero

volverás. Si es lo natural, es lo fácil, lo fácil... Solemos decir: «tal

cosa no llega nunca». Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la

suavidad con que ha venido.

Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete. Estaba como una

loca. Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de

desesperación. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. Él

entraba, ella salía.

«¿Sabes lo que te digo?...--gritó Fortunata con la voz ronca de despecho

y dolor--. Que ya estás demás aquí».

--Pero no te irrites...--¡Fuera, fuera!--gritaba ella empujándole con

ruda energía.

Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía

gran empeño en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos

intentaban someter a los de su querida. Esta pudo más y cerró

violentamente la puerta de la alcoba. El Delfín tocó en los cristales,

diciendo: «Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra,

abre... Ten calma y no te sofoques... ¡Bah!, siempre eres así...».

Pero de dentro de la alcoba no venía ninguna respuesta, ni una voz

siquiera. Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos... gemidos

sofocados. Pronto comprendió que no podía apetecer mejor coyuntura para

plantarse rápidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trámite

de la ruptura.

«Pero aún me falta la última parte--pensó echando mano a su cartera--.

No puedo abandonarla así...». Después de meditar un rato, volvió a

guardar la cartera y se dijo: «Mejor será que me vaya... Se lo mandaré

en una carta... Adiós. No dirá Jacinta que...».

Salió de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave.

ii

En el resto de aquel aciago día, dicho se está que la pobre señora

de Rubín se entregó a las mayores extravagancias, pues tal nombre

merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y

baba tres horas seguidas, encender la luz cuando aún era día claro,

apagarla después que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil

disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intentó

tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban más. A eso de

las nueve, la dolorida se levantó con resolución del sofá en que se

había echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscurísimo, buscó

su mantón. «Ya verán, ya verán» murmuraba en su agitación epiléptica; y

a tientas buscó también las botas y se las puso. Pañuelo a la cabeza,

mantón bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Salió con

rapidez y determinación, como quien sabe a dónde va y obedece a uno de

esos formidables impulsos en línea recta que conducen a toda acción

terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando

esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y salía como una saeta.

Eran las nueve de la noche. Fortunata atravesó con paso ligero la calle

de Hortaleza, la Red de San Luis. No debía de estar muy trastornada

cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gentío

estorbaba el tránsito, fue a buscar la de la Salud y bajó por ella,

considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del

Carmen pasó a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de

la viabilidad. Atravesó la Puerta del Sol por frente a la casa de

Cordero, y ya la tenéis subiendo por la calle de Correos hacia la

plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que veía más cerca el

objeto de su viaje, parecía como que se le iba acabando la cuerda

epiléptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa

de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella

cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas.

Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo

el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo

uno.

Ver el portal fue para la prójima, como para el pájaro, que ciego y

disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo

la acción de impulsos cerebrales, irresistibles y mecánicos, como los

instintos que atañen a la conservación, van muy bien en su carrera

mientras no ven el fin más que en la representación falsa que de él les

da su deseo; pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante,

ofreciéndoseles como acción sometida a las leyes generales, no hay

velocidad que no tenga su rechazo. ¿Cuál era el intento de Fortunata y

qué iba a hacer allí? ¡Friolera!... Pues nada más que entrar en la casa

sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondón, dando gritos y

atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por

el moño y... Esto de cogerla por el moño no se determinó bien en su

voluntad; pero sí que le diría mil cosas amargas y violentas. Tal

pensaba cuando le entró aquel desatino de salir de su casa y correr

hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud,

iba pensando así: «No se me quedará en el cuerpo nada, nada. Ella es la

que me hace desgraciada, robándome a mi marido... Porque es mi marido:

yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, ¿quién tiene más

derecho? Entrañas por entrañas, ¿cuáles valen más?». Estos enormes

disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara,

persistieron cuando estaba parada y atónita delante del portal de los de

Santa Cruz.

«Pues no sé por qué no entro y armo la escandalera que debo armar...».

Pero la contenía un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se

alejó, y desde la acera de enfrente miró hacia la casa, diciendo para

sí: «Habrá luz en el gabinete de Jacinta, donde estarán de tertulia».

Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... «¡Si habrán salido...!

No, estarán ahí burlándose de mí, riéndose de la trastada que me han

hecho... Buenos son todos: ¡tales hijos, tales padres!». Volvió a sentir

el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos

hacia ella; pero retrocedió por segunda vez. «¿A ver quién sale?». Era

un viejo que se detenía en el portal y echaba un párrafo con Deogracias.

La joven reconoció a Estupiñá, que había sido vecino suyo cuando ella

vivía en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias.

Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo.

Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco después

volvió a su acecho. ¿Quién salía? Un caballero con botines blancos que

parecía extranjero. El tal pasó junto a ella, la miró, casi casi se

detuvo un instante para verla mejor; después siguió su camino. Otras

personas salían o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba

condensándose la imposibilidad de entrar, continuaba allí clavada sin

saber por qué. No se podía marchar, aunque iba comprendiendo que la idea

que a tal sitio la llevó era una locura, como las que se hacen en

sueños. Uno de los muchos desvaríos que se sucedieron en su mente fue

imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de

Jacinta. «Porque a mí no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes

que corre la gente. No se puede creer nada. ¿Virtuosa?, tie gracia...

Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del

pueblo somos las únicas que tenemos virtud, cuando no nos engañan. Yo,

por ejemplo... verbigracia, yo». Entrole una risa convulsiva. «¿Y de qué

te ríes, pánfila?--se dijo a sí misma--. Más honrada eres tú que el sol,

porque no has querido ni quieres más que a uno. ¿Pero estas... estas?...

Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. ¿Por qué? Pues

porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras. ¡Ah!,

señora doña Jacinta, guárdese el mérito para quien lo crea; usted

caerá... tiene usted que caer, si no ha caído ya».

De pronto vio que al portal se acercaba un coche. ¿Traería gente o venía

a tomarla? A tomarla porque no salió nadie; el lacayo entró en la casa,

y Deogracias se puso a hablar con el cochero. «Van a salirse dijo la

infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su

casa--. Ahora sí que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las

afrento... tal suegra para tal nuera... ¡buen par de cuñas están!...

¡Cuánto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda

uñas...».

Salieron las señoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco,

después a Jacinta, después a una pollita que debía de ser su hermana...;

vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rápidamente y como

por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerró la

portezuela. ¡Pero qué cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a

Fortunata le entró un fuerte miedo. ¡Y ella que pensaba clavarles las

puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sintió era más bien

terror, como el que infunde un súbito y horrendo peligro, y tan

impotente se vio su voluntad ante aquel pánico, que echó a correr y

alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrás. Oyó el

ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y aún lo vio pasar por

delante con tan rápida vuelta que por poco la arrolla. «¡Eh!...» gritó

el cochero, y la señora de Rubín dio un grito, saltando hacia atrás...

¡Qué susto, pero qué susto, Señor!... Siguió hacia la Puerta del Sol,

dándose cuenta de aquel miedo intensísimo que había sentido y

preguntándose si en él había también algo de vergüenza. Pero no le era

difícil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que

ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz.

Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el

centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de

la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de

Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y

continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor

suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión

de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su

mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como

estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso

para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros

tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo

dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían

metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando

su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en

aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró

a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre.

«¡Pero qué tapadita va usted!... Fortunata».

Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser,

estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo

quiero conocer esta cara--se dijo--. ¡Ah!, es D. Evaristo».

--Hija, muy distraidita va usted...

--Voy a mi casa.

--¡Por aquí!--exclamó Feijoo con asombro--. Pues el camino que lleva

usted es el del Teatro Real.

--Es que...--replicó ella mirando las casas--me había equivocado... No

sé lo que me pasa...

--Vamos por aquí; la acompañaré a usted--dijo D. Evaristo con bondad--.

Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.

--Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo...

--¿Qué?, hija mía.

--Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.

Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían

hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación

que en ellos notaba aquella noche.

La abandonada se volvió a tapar la boca con el mantón, y su acompañante

no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel

concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo

menos de decirle:

«Amiguita, usted no está buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo

muy gordo. Confiese usted a mí, que soy un amigo leal, y le daré buenos

consejos».

--¿Pero duda usted--dijo Fortunata, apoyándose en la pared--, que yo

haya sido siempre...?

--¿Honrada? ¿Cómo he de dudar eso, hija mía?, pues no faltaba más. Lo

que dudo es que usted tenga buena salud. Está usted fatigada, y me

parece que debemos tomar un coche... ¡Eh!, cochero...

La de Rubín se dejó llevar, y maquinalmente entró en el simón. Alguna

vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle.

Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño; pero ella no

contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le miró en la

oscuridad del vehículo, diciéndole: «¿Y tú, quién eres?... ¿A dónde me

llevas? ¿Por quién me has tomado? ¿No sabes que soy honrada?».

--¡Ay, Dios mío!--murmuró el buen D. Evaristo con hondísimo disgusto--.

Esa cabeza no está buena, ni medio buena...

Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abrió. «Ahora--dijo

el simpático coronel retirado--, a acostarse. ¿Quiere usted que le

traiga un médico?».

Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la siguió, afligidísimo

de verla en tan lastimoso estado. Después, él y la criada, cuchichearon.

--Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--decía D.

Evaristo--. Si no es más que eso, la trinquetada pasará.

Despidiose hasta el día siguiente, y la dolorida se acostó diciendo a la

criada mientras la ayudaba a desnudarse: «Honrada soy, y lo he sido

siempre. ¿Qué?... ¿lo dudas tú?».

--Yo... no señorita; ¿qué he de dudarlo?--replicó la criada, volviendo

la cara para disimular una sonrisa.

Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín; pero a la media hora ya

estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se quedó junto a ella, la

oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas

de las Micaelas.

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