Parte 2 — Capítulo IV: Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de redención Fortunata y Jacinta · Capítulo 15 de 32
Obra Menu

Parte 2 — Capítulo IV: Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de redención

Parte 2 — Capítulo IV: Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de redención

i

Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción

lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a

torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que

viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que

había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la

cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los

pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles,

después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que

sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.

No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los

mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan

Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando

aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba

de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que

su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró

para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que

probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo.

Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático

de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las

cosas.

Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y

se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la

puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y

daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el

tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble

historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella

hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no

tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y

haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo

era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara

ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que

lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo

salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba

Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía

en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la

inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada.

Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya

estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una

bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la

señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento

de trabajo. «Es tan novelera esta mona--decía--, que cuando tenemos

mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse,

y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que

hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco

a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la

tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos

crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta,

cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos

hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo

va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la

extensión de la palabra».

--Está tan malo el servicio en Madrid--observó Juan Pablo--, que no debe

usted mirarle mucho los defectos.

Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían

miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó

que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que

le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un

niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una

reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje

indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose

amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la

tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más

molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de

Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en

la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos

le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto

lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde,

y al fin descansó con sosegado sueño.

En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén

con que Juan Pablo recibiera la noticia de aquello. Había fruncido el

ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando

los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las

haya».

Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba

triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que

después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No

sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la

herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos.

«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi

una noche.

--¿Qué?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace?

Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y

decir que ahí se las den todas.

El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran

consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de

respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los

suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras

con cuchara. «O está también haciendo el trovador--decía doña Lupe--, o

le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con

murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».

Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la

causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no

quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo,

que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa

extraña, liberal en toda la extensión de la palabra. Después de servir

a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido

expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de

calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente.

Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza

y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por

meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D.

Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas

paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en

los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando

con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas

morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte,

diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la

muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo

Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona.

Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que

llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por

Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa,

donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión

del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre

inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas

y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil

duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid,

escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar

reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.

He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En

realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por

sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al

uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en

su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos

esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para

responder. No sabía más sino que aquellos malditos carcas eran unos

indecentes que nos querían traer la Inquisición y las caenas. Había

respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en

los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír

hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan

listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón

de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota _en toda la extensión

de la palabra_.

En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al

criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y

sabía dar a Dios lo que es de Dios y al César, etc... Este estribillo

lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una

oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda

creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su

misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso

regular no la sacaba nadie.

Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se

amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no

quiso doña Lupe volver a mentar a los carcundas delante de Juan Pablo.

Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la

señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba

de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía

sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que

acostarse con niños. «Y no aprenderá--pensaba doña Lupe--; todavía es

capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano

de Carlos Siete.

ii

Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de

conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía

tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta

parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como

mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás,

doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le

ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba

para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba

satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se

reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal

batalla que estaba dando a su familia.

En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no

tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de

almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se

estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La

idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque

«ahora se verá--decía--, quién es más juicioso, quién cumple mejor las

leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con

su neísmo».

En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se

las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no

participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día

le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en

polvo--decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía

inverosímil--. Valiente mico está vusté... Verá cómo no le dejan

casar... Sí, para vusté estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la

despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito

todas las muelas de una bofetada». «¿Vusté, vusté?, ja, ja. Si le

cojo, del primer borleo va a parar al tejado».

Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se

decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de sito Maxi, donde se puso

la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana.

No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que

su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba

el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de

Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso,

que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le

incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había

dormido nada.

Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en

otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La

señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura

roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también

ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás

quedar».

Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como

un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de

su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran

contra el neísmo, un cura siempre es una autoridad en cualquier

familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda

por haber vivido ausente de él durante su niñez.

Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada

de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien

metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y

castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del

Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona.

Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía

sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui,

presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el

feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal

que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor

del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen

almuerzo.

De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos,

tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no

quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su

parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para

Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano

proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto;

pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No

tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a

Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en

metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va

ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero

contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien

segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a

gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que

dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía

que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará

los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos

sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender

que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres

echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino

tomas».

Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron

gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos

los ingleses cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de

uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días

buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle

del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por

ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo

como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre,

y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este

acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto

de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz

hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta

delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas

familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y

aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor

de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento

y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.

Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del

crédito de Samaniego.

Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había

tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la

personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y

se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran

en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones.

Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más

plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su

hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que

cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas mistiquerías

propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y

alborotando la casa.

La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo

que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer

arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda,

haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades

y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás

y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los

sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque

tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta

coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad

entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás;

primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo,

porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones

personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no

era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien

decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los

talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de

ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién

afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en

las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y

narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que

cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la

nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.

Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería

entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro

eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que

hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se

los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas

una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad.

Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y

antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio.

Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro

tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero

ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de

despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin

sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo

colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera

sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del

mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la

sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más

antipático de sus sobrinos que con el más simpático.

iii

Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la

hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la

ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a

punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo,

bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la

ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien

el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria

de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su

estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado,

había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad--decía

poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los

esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco

y a menudo».

Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella

como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.

«Le diré a usted, tía--murmuraba con el gruñido que la masticación le

permitía--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».

--Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.

--Le diré a usted, tía...

No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos

tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le

relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la

boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la

garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía

puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al

inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña

Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino,

considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un

poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale

bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a

variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi.

«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».

--Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.

--Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que

levantar en vilo...--dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en

la cual no quedaba ni una hebra--. Verá usted... verá usted si le vuelvo

yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto...

No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la

boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que

echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación,

que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma

de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era

una de las pocas cosas relativamente finas que sabía.

«...me pinto solo--terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido

por el comedor--. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!,

es mi fuerte. Me parece que ya está ahí».

Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo

fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su

hermano que ya sabía aquello... No le dio Nicolás tiempo a prepararse,

porque de buenas a primeras le embocó de este modo:

«Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me

ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...».

La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se

atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación.

«Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta

las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la

religión, de la dignidad de la familia...».

Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo

de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con

varonil arranque. Tal era el síntoma característico del hombre nuevo

que en él había surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento

en que la tremenda cuestión salía a vista pública, le brotaban del

fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso

no; pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y

enfáticas su firme propósito de independencia...

«¡Bah!--exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento

desdeñoso de la cabeza--. No quiero oír sermones. Yo sé bien lo que debo

hacer».

Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto.

--Bien, muy bien--murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña

Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una

consulta--. Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy

bien; pero muy...

Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que

Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo

furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su

obligación. Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera

ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que

en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un

sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su

sobrino. ¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...!

Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco. ¿Por qué

no se había de alegrar de ver en él un rasgo siquiera de personalidad

árbitra de sí misma? «Hay que ver por dónde sale este demonches de

chico--pensaba con cierta travesura--. ¡Y qué geniazo va sacando!».

«Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en

los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo--. Verás ahora,

grandísimo piruétano, cómo te pongo yo las peras a cuarto. Tía, buenas

noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos».

Encerrose Nicolás en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se

metieron en la cama. Doña Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no

oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy

mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella

volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del

colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese

Nicolás Rubín. Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera

y firme. Nicolás no le dejaba meter baza; pero el otro se las tenía

tiesas... ¡Terrible duelo entre el sermón y el lenguaje sincero de los

afectos! Ponía singular atención doña Lupe a la voz del sietemesino, y

se hubiera alegrado de oír algo estupendo, categórico y que se saliera

de lo común; pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz

de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella. En

cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo. «Miren

por dónde sale ahora este...--pensó doña Lupe volviendo la cara con

desdén--. ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!».

Al fin dejó de oírse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se

percibió un silbido rítmico, al que siguieron pronto mugidos como los

del aire filtrándose por los huecos de un torreón en ruinas.

«Ya está roncando ese...--dijo doña Lupe retirándose a su alcoba--. ¡Qué

noche va a pasar el otro pobre!».

Serían las nueve de la mañana siguiente, cuando Nicolás pidió a Papitos

su chocolate. Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas

partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo.

«¿Ese chocolate?» preguntó en el comedor, resobándose las manos una con

otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.

--Ahora mismo. El chocolate había de ser con canela, hecho con leche,

por supuesto, y en ración de dos onzas. Le habían de acompañar un bollo

de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y aún decía Nicolás

que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada más que por fumarse un

cigarrillo encima.

--¿Y qué resultó anoche?--preguntó doña Lupe al ponerle delante todo

aquel cargamento.

--Pues nada, que no hay quien le apee--respondió el clérigo, sumergiendo

el primer bizcochito en el espeso líquido--. Lo que usted decía: no es

posible quitárselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como

no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vería hoy a esa...

cabra loca.

--No me parece mal.--Y según la impresión que me haga, determinaremos.

--¿Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Además él está hoy con

jaqueca.

--¿Con jaqueca? ¡Pobrecito!

Doña Lupe corrió a ver a Maximiliano, que después de empezar a vestirse,

había tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las

emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás,

y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el

temido acceso. Desde media noche sintió Maxi un entorpecimiento

particular dentro de la cabeza, acompañado del presagio del mal. La

atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada

detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la

ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin

encontrar la del alivio. Resolvíase luego la punzada en dolor

gravitativo, extendiéndose como un cerco de hierro por todo el cráneo.

El trastorno general no se hacía esperar, ansiedad, náuseas, ganas de

moverse, a las que seguían inmediatamente ganas más vivas todavía de

estarse quieto. Esto no podía ser, y por fin le entraba aquella desazón

epiléptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trató de

levantarse parecíale que la cabeza se le abría en dos o tres cascos,

como se había abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez.

Sintió entrar a su tía. Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no

tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.

«¿Tienes ya el clavo?--le preguntó en voz muy baja--. Te pondré

láudano».

Había aparecido el clavo, que era la sensación de una baguetilla de

hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla.

Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doña

Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y

cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té,

porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su tía que si iba

Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un

encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rogó corriese a avisar a Fortunata

la visita del clérigo, para que estuviese prevenida. «Oye, adviértele

que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con

sinceridad; basta con esto. Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta

mañana».

iv

El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura

puso a Fortunata en gran confusión. Pareciole al pronto un honor harto

grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable

indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, además, con

bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. «¡Un señor

eclesiástico!... ¡qué vergüenza voy a pasar! Porque de seguro me

preguntará cosas como cuando una se va a confesar... ¿Y cómo me pondré?

¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?...

Quizás sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea...

No, no es propio. Me vestiré decente y modestita». Despachados los más

urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su

vestido negro, las botas nuevas; púsose también su pañuelo de lana

oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una

golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer

honesta. Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca

gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas

había de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder

derechamente a lo que se le preguntara, le quitó el apetito... Y bien

mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas? Pero no tuvo

tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tilín. Era

próximamente la una y media.

Corrió a abrir la puerta. El corazón le saltaba en el pecho. La figura

negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba

tan turbada que no acertó a decirle que se sentase y dejara la canaleja.

Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar más por el amor propio

que por la sinceridad, le había hecho mil cuentos hiperbólicos de

Nicolás, pintándole como persona de mucha virtud y talento, y ella se

los había creído. Por esto se desilusionó algo al ver aquella figura

tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de

vello negro que parecía cultivado para formar cosecha. La cara era

desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica;

la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos

largas, negras y poco familiarizadas con el jabón; la tez morena,

áspera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este

detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la

santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida

con la virtud. Poco después, notando que su futuro hermano político

olía, y no a ámbar, se confirmó en aquella idea.

«Parece que está usted como asustada--dijo Nicolás con fría sonrisa

clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. ¿Se figura

usted a lo que vengo?».

--Sí señor... no... digo, me figuro. Maximiliano...

--Maximiliano es un tarambana--afirmó el clérigo con la seguridad

burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil--, y

usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza

de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a

reñir. Yo soy moro de paz, amiga mía, y vengo aquí a tratar la cosa por

las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si

como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada;

ni más ni menos... Y si lo reconoce así, pretendo, esta, esta es la

cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni

más.

Fortunata conocía La Dama de las Camelias, por haberla oído leer.

Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la dama que le

quite de la cabeza al chico la tontería de amor que le degrada, y sintió

cierto orgullo de encontrarse en situación semejante. Más por coquetería

de virtud que por abnegación, aceptó aquel bonito papel que se le

ofrecía, ¡y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempeñarlo

por no estar enamorada ni mucho menos, respondió en tono dulce y grave:

«Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande».

--Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicolás, orgulloso de lo que

creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con

mostrarse--. Así me gusta a mí la gente. ¿Y si le mando que no vuelva a

ver más a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando él vuelva

mañana no la encuentre?

Al oír esto, Fortunata vaciló.

«Lo haré, sí, señor--contestó al fin, cuidando luego de buscar

inconvenientes al plan del sacerdote--. ¿Pero a dónde iré yo que él no

venga tras de mí? Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme.

Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora».

--¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene. ¿De modo que usted cree que

no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa.

--Nada, señor, pero nada--declaró ella, disgustada ya del papel de _Dama

de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solución

poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que

todo le parecía bien antes que volver a ella.

--Bien, perfectamente bien--afirmó Nicolás dándose aires de persona que

medita mucho las cosas, y razona a lo matemático--. Ya tenemos un punto

de partida, que es la buena disposición de usted... esta es la cosa.

Respóndame ahora. ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi

hermano?

--No señor.--¿No tiene usted familia?--No señor.--Pues está usted

aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el

cuerpo atrás--, que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse

a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende.

--Sí, señor, entiendo... no tengo más camino--manifestó la joven con

humildad.

--¡Tremenda responsabilidad para mí!--exclamó el curita moviendo la

cabeza y mirando al suelo, y lo repitió hasta unas cinco veces en tono

de púlpito.

En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que

había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia

clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la

novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la

vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de

componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una

ocasión de lucirme--pensó--. Si consigo este triunfo, será el más grande

y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense

ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan

católica como la primera... figúrenselo ustedes...». Al pensar esto,

Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio

de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez

como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria,

señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta

importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides

apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de

envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado

dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución

a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las

respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica...

«Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de

vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran

batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando:

«Bien, bien; esta es la cosa». Era el movimiento inicial del obrero que

se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que

se las escupe antes de coger la azada. Después dijo bruscamente y

sonriendo:

«¿Me permite usted echar un cigarrillo?».

--Sí, señor, pues no faltaba más...--replicó Fortunata, que esperaba el

resultado de aquel meditar y del frote de las manos.

--Pues sí--declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo--, me

falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad

y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un náufrago quiere

salvarse, ¿es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es

alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la

cosa.

--Sí, señor--indicó Fortunata agradecida--, porque yo soy náu...

Iba a decir náufraga; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan

difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí: «No metamos la

pata sin necesidad».

«Pues lo que yo necesito ahora--agregó Rubín terciándose el manteo sobre

las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos

libres para una gran faena--, es ver en usted señales claras de

arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo

necesito ahora es leer en su interior, en su corazón de usted. Vamos

allá. ¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?».

La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergüenza de decir que

hacía lo menos diez o doce años que no se había confesado. Por fin lo

declaró.

«Perfectamente--dijo Nicolás, acercando su sillón al sofá en que la

joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto.

Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo.

Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe».

Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón. Aunque estaban

solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja.

«Vamos a ver, ¿quién fue el primero?» preguntó el presbítero llevándose

la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también

ciertos gases.

Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando

a conocer la triste historia incoherente.

«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el

Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue

tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah,

bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos

hombres, ¿a cuántos próximamente?».

Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.

«Es difícil decir... Lo que es conocer...».

El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con

quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la

cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá

después».

«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.

--Vamos, no se asuste usted del número.

--Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien...

--Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le

repugna a usted la memoria de esos escándalos?

--¡Oh!, sí, señor... Crea usted que...

--Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... ¡Valientes pillos! Sin

embargo, dígame usted: ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos,

si la solicitara?

Con ninguno...--dijo Fortunata.--¿De veras? Piénselo usted bien.

Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con

que se confesaba mostráronse en esta declaración:

«Con uno... qué sé yo... Pero no puede ser».

--Déjese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepción de su

hastío es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted

confirmarlo. Me sé estas historias al dedillo. ¿No ve usted, hija mía,

que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco años

largos de talle?

--Pero no puede ser. Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí.

--A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el único sujeto

a quien de veras quiere, el único por quien de veras siente apetito de

amores y esa cosa, esa tontería que ustedes las mujeres...

--El único.--Y a los demás que los parta un rayo.

--A los demás, nada.--¿Y a mi hermano?... esta es la cosa.

Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente. No la esperaba, ni se

acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera

no pensó ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras.

Además, el clérigo aquel parecíale muy listo, y si le decía una cosa por

otra conocería el embuste.

«Pues a su hermano de usted, tampoco».

--Perfectamente--dijo el curita, acercando su sillón todo lo más que

acercarse podía.

v

Para que ningún malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del

sillón de Nicolás Rubín al asiento de su interlocutora, conviene hacer

constar de una vez que era hombre de temple fortísimo, o más propiamente

hablando, frigidísimo. La belleza femenina no le conmovía o le conmovía

muy poco, razón por la cual su castidad carecía de mérito. La carne que

a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más,

en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con

guisantes. Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una

cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor falda para él era la

que da nombre al guisado. Jactábase de su inapetencia mujeril haciendo

de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el

demonio para triunfar. Las embestidas del sillón eran simplemente un

hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.

«Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para

expresarse claramente--, querer, ¿entiende usted?, no; pero aprecio,

estimación sí».

--¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?...

--No señor.--Pero hay esa afición tranquila, que puede ser principio de

una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace

la felicidad de los matrimonios.

Fortunata no se atrevió a responder claro.

Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía. Recortándolo algo se

podía aceptar.

«Puedo llegar a quererle con el trato...».

--Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa:

eso de la ilusión es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con

un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el

bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio

de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversión, es

vicio, hija mía. El verdadero amor es el espiritual, y la única manera

de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las

mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las

ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. ¡Patraña y

propaganda indecente que hace Satanás por mediación de los poetas,

novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la

hermosura física son hermanos, y le hablarán a usted de Grecia y del

naturalismo pagano. No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en

otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con

alma...

La prójima adivinaba más que entendía esto, que era contrario a sus

sentimientos; pero como lo decía un sabio, no había más remedio que

contestar a todo que sí. Viendo que hacía indicaciones afirmativas con

la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis:

«Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la

mitología... esta es la cosa».

--Claro--apuntó la joven; pero en su interior se preguntaba qué quería

decir aquello de la mitología... porque de seguro no sería cosa de

mitones.

Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de

corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el

oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y

glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus

ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por

fórmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a

la manera de él, y había hecho inmensos daños a la humanidad arrastrando

a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos

entre personas que no se querían, y desgobernando, en fin, la máquina

admirable de las pasiones. Era como los médicos que han estudiado el

cuerpo humano en un atlas de Anatomía. Tenía recetas charlatánicas para

todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera

que pasaba.

«De esta manera, hija mía--añadió lleno de fatuidad--, puede darse el

caso de que una mujer hermosa llegue a amar entrañablemente a un hombre

feo. El verdadero amor, fíjese usted en esto y estámpelo en su memoria,

es el de alma por alma. Todo lo demás es obra de la imaginación, la

loca de la casa.

A Fortunata le hizo gracia esta figura.

«¿Quién hace caso de la imaginación?--prosiguió él, oyéndose, y muy

satisfecho del efecto que creía causar--. Cuando la loca le alborote a

usted, no se dé por entendida, hija. ¿Haría usted caso de una persona

que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es,

exactamente lo mismo. A la imaginación se la mira con desprecio, y se

hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la

vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos

ejemplos, no podrá durante algún tiempo meter en cintura a la loca de la

casa; pero aquí estamos para enseñarla. Aquí me tiene a mí, y me parece

que sé lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna

de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos

a la religión, empezando por edificarse interiormente.

--Sí señor--respondió humildemente la prójima, que entendía lo de la

religión; pero no lo de la edificación. Para ella edificar era lo mismo

que hacer casas,

--Bien. ¿Está usted dispuesta a ponerse bajo mi dirección y a hacer todo

lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le

daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas.

--Sí señor.--¿Y cómo estamos de doctrina cristiana?

Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que

dicen algunos médicos: «a ver la lengua».

--Yo... la dotrina--replicó la penitente temblando...--muy mal. No sé

nada.

El capellán no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus

catecúmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder él

enseñárselo todo. Después meditó un rato, las manos cruzadas y dando

vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio.

No podía dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las

flaquezas humanas, y pensó que le convenía ponerse bajo su dirección. En

aquel momento hallábase bajo la influencia de ideas supersticiosas

adquiridas en su infancia respecto a la religión y al clero. Su

catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones

incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo

contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada

que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Formó del

hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no

reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles

el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy

bonitas.

«Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continuó

Nicolás saliendo de su abstracción--. Ya sabe usted lo que Jesús le dijo

a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación

parecida a la que ahora tenemos usted y yo...».

Fortunata se sonrió, afectando entender la cita; pero se había quedado a

oscuras.

«Si usted quiere mejorar de vida y edificársenos interiormente para

adquirir la fuerza necesaria, aquí me tiene. ¿Pues para qué estamos?

Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos

peros al casorio con mi hermano. El pobre está loco por usted; me dijo

anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi tía quiere quitárselo de

la cabeza; mas yo le dije: «Calma, calma, las cosas hay que verlas

despacio. No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí. Me

comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginación que

consiste en tener cariño al hombre indigno que la perdió. Conseguido

esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión

espiritual, no de los sentidos... ni más ni menos. ¡Oh, he alcanzado yo

tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se creía dañada

para siempre! Convénzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es

ponerse a ello, todo es empezar... Imagínese usted lo bien que estará

cuando se nos reforme; vivirá feliz y considerada, tendrá un nombre

respetable, y habrá quien la adore, no por sus gracias personales, que

maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que

importa. Al principio tendrá usted que hacer algunos esfuerzos; será

preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizás lo más difícil,

pero hagámonos la cuenta de que la única hermosura verdad es la del

alma, hija mía, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos...».

Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.

«Pues vamos a cuentas. ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad,

esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?».

--Sí señor--respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por

aquello de los gusanos.

--Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el

cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido

inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institución

religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las

muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la

oración, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca

sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras

salen ya edificadas, bien para casarse, bien para servir en casas de

personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la

perdición. También entran allí señoras decentes a expiar sus pecados,

esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y

otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio

del mundo.

Fortunata seguía dando cabezadas. Había oído hablar de aquella casa, que

era el convento de las Micaelas.

«Perfectamente; así se llama. Bueno, usted va allá y la tenemos

encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es

tan amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él la dirigirá a usted

espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que

volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle

el pulso y a ver cómo anda esa educación, sin perjuicio de que antes de

entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de

doctrina cristiana para que no se nos vaya allá enteramente cerril. Si

pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de

espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizás

llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno

capellán dé el pase, toda la familia dirá amén».

Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus

mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de

convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes

se dirigían.

En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las

lágrimas. Indudablemente era muy de agradecer el interés que aquel

bondadoso apóstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaños, sin

manotadas, tratándola como un buen pastor trataría a la más querida de

sus ovejas. A pesar de esta excelente disposición de su ánimo, la

infeliz vacilaba un poco. De una parte le seducía la vida retirada,

silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que allí se

cerrase por completo la herida de su corazón. Había que probarlo al

menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... ¿cómo

serían las monjas?, ¿cómo la tratarían? Pero Nicolás se adelantó a sus

temores, diciéndole que eran las señoras más indulgentes y cariñosas que

se podían ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que

sería ella convertida de chica en señora, la imaginación limpia de

aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el

entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería. La misma

imaginación, a quien el maestro había puesto que no había por donde

cogerla, fue la que le encendió fuegos de entusiasmo en su alma,

infundiéndole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era.

«Pues sí, pues sí... quiero entrar en las Micaelas» afirmó con arranque.

--Pues nada, a purificarse tocan. ¿Ve usted cómo nos hemos

entendido?--dijo el clérigo con alegría, levantándose--. Cansado ya de

tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasión es tan fuerte que

no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo

arreglaré. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no sé hacer otra

cosa... ¿Para qué serviría yo si no sirviera para enderezar torceduras

de estas?

El orgullo se le rezumía por todos los poros como si fuera sudor; los

ojos le brillaban. Cogió la canaleja, diciendo:

«Volveré por aquí. Hablaré a mi hermano y a mi tía. Tenemos ya una gran

base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande

este pobre sacerdote».

Fortunata al darle la mano se la besó.

Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que

él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que

tenía Maximiliano aquel día.

«Es mal de familia. Yo también las padezco. Pero lo que principalmente

me trae descompuesto ahora es un pícaro mal de estómago... debilidad,

dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca

cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... ¡qué le

vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aquí un perrito... lo

mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo

al condenado, me da muy mal rato».

--Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando

revista mental a su pobre despensa.

--Quite usted allá, criatura... No faltaba más... ¿Piensa que no me

puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero

me sienta bien, conozco que me sienta bien.

--Si quiere usted, traeré... No tengo en casa; pero bajaré a la

tienda...

--Quite usted allá... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y

cuidarse, cuidarse mucho, ¿eh?, que andan pulmonías.

El clérigo salió y fue a casa de un amigo donde le solían dar, en

aquella crítica hora, el remedio de su debilidad de estómago.

vi

En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó,

pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y

de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del

propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le

caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual,

exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria.

El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás

sino medias palabras. «Allá veremos... estas no son cosas de juego... Ya

tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a

pulso... esta es la cosa. He de volver allá... Es preciso que tengas

paciencia... ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas

horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la

conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la

cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y

fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del

cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a

medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole

precipitadamente todo.

Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificación,

pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su

hermano. A él le había pasado vagamente por la cabeza algo semejante;

mas no supo formularlo. ¡Qué insigne hombre era Nicolás! ¡Ocurrirle

aquello!... Tamizada por la religión, Fortunata volvería a la sociedad

limpia de polvo y paja, y entonces ¿quién osaría dudar de su

honorabilidad? El espíritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la

superficie por la pasión, como un mar sacudido por furioso huracán, se

corría, digámoslo así, de una parte a otra, explayándose en toda idea

que se le pusiese delante. Así, lo mismo fue presentársele la idea

religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y

fresca onda. ¡La religión, qué cosa tan buena!... ¡Y él, tan torpe, que

no había caído en ello! No era torpeza sino distracción. Es que andaba

muy distraído. Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció

entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos.

Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más,

haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o

el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino.

Nunca había sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel

instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad

tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la

Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le

pasaba. El amor le conducía a la devoción, como le habría conducido a la

impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareció el

plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque

levemente. Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda,

habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres

Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y

utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la

cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que

habría otras lo mismo, pero más no... más no.

A Fortunata se le comunicó el entusiasmo. ¡La religión! Tampoco ella

había caído en esto. ¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan

sencilla...! Lo particular era que veía su purificación como se ve un

milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer

de cuatro peces cuarenta.

«Dime una cosa--preguntó a Maxi, acordándose de que era bella--. ¿Y me

pondrán tocas blancas?».

--Puede que sí--replicó él con seriedad--. No puedo asegurártelo; pero

es fácil que sí te las pongan.

Fortunata cogió una toalla y echándosela por la cabeza, se fue a mirar

al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la

nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que

importaba y tenía valor era la del alma. Observando la cara que tenía

Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales

del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos

desagradable... Entrevió una mudanza radical en su manera de ver las

cosas.

«¡Quién sabe--se dijo--, lo que pasará después de estar allí tratando

con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me

volveré otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede

sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como

cuando una teme llegar a la cosa más mala del mundo y dice una: 'jamás

llegaré a eso'. Y ¿qué pasa?, que luego llega una y se asombra de verse

allí, y dice: 'parecía mentira'. Pues lo mismo será con lo bueno. Dice

una: 'jamás llegaré tan arriba', y sin saber cómo, arriba se encuentra».

Maximiliano se quedó a almorzar; pero la irritación de su estómago y la

desgana hubieron de contenerle en la más prudente frugalidad. Ella en

cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y

quizás porque estaba contenta y excitada. De aquí tomó pie el redentor

para hablar de lo mucho que comía su hermano Nicolás. Esto desilusionó

un poco a Fortunata, que se quedó como lela, mirando a su amante, y

deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Creía ella que los

curas de mucho saber y virtud debían de conocerse en el poco uso que

hacían del agua y jabón, y también en que su alimento no podía ser sino

yerbas cocidas y sin sal.

Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y

también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia

futura. «En la partición--dijo con cierto énfasis Maximiliano--, me

tocan fincas rústicas. Mi tía se enfadó porque deseaba para mí el dinero

contante; pero yo no soy de su opinión; prefiero los inmuebles».

Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura

de lo que significaba la palabra inmueble, ni quería tampoco

preguntarlo. Ello debía de ser lo contrario de muebles. Maxi la sacó de

dudas más tarde, hablando de sus olivares y viñas y de la buena cosecha

que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo

que decir árboles. También ella prefería las propiedades de campo a

todas las demás clases de riqueza. Después que se retiró su amante, se

quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y

carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy

tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez.

«A ver, ¿qué tal?... ¿cómo es?... ¿es guapa?» había preguntado doña Lupe

a Nicolás con vivísima curiosidad.

Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía

apreciar el género a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un

manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo:

«Es una mujer... hasta allí».

Doña Lupe se quedó desconcertada. A los peligros ya conocidos debían

unirse los que ofrece por sí misma toda belleza superior dentro de la

máquina del matrimonio. «Las mujeres casadas no deben ser muy

hermosas» dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción

profunda.

Hízole otras mil preguntas para aplacar su ardentísima curiosidad; cómo

estaba vestida y peinada; qué tal se expresaba; cómo tenía arreglada la

casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador. Sus impresiones no

habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio

del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su

experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones

favorables. Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya

no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado.

Visitar a la tal no le parecía digno, habiendo hecho tantos aspavientos

en contra suya; pero estar muchos días sin verla y averiguarle las

faltas, si las tenía, era imposible. Hubiera deseado verla _por un

agujerito_. Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer,

y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole

buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo

dijo, para sí consideraba aquel camino como el único que podía conducir

a una solución. Rabiaba por echarle la vista encima al basilisco, y

como su sobrino no le decía que fuera a verla, este silencio hacíala

rabiar más. Un día ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi

en su cuarto, le embocó esto de buenas a primeras: «No creas que voy yo

a rebajarme a eso...».

--¿A qué, señora?

--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece

indecoroso que yo vaya allá, a pesar de todos esos proyectos de legía

eclesiástica que le vais a dar.

--Señora, si yo no he dicho a usted nada...

--Te digo que no iré... no iré.

--Pero tía...--No hay tía que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas.

¿Crees que no te leo yo los pensamientos? ¡Qué podrás tú disimular

delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy allá sino en

el caso de que me llevéis atada de pies y manos.

--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo.

Lo deseaba, sí; pero como tenía su criterio formado y su invariable

línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la

visita pudiera resultar. Véase por dónde la fuerza de las circunstancias

había puesto a doña Lupe en una situación subalterna, y el pobre chico,

que meses antes no se atrevía a chistar delante de ella, miraba a su tía

de igual a igual. La dignidad de su pasión había hecho del niño un

hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo

autócrata con respeto, pero sin miedo.

Como Nicolás visitaba algunos días a Fortunata para enseñarle la

doctrina cristiana, doña Lupe se ponía furiosa. Tantas idas y venidas

decía ella que le tenían revuelto el estómago. Pero el sentimiento que

verdaderamente la hacía chillar era como envidia de que fuese Nicolás y

no pudiera ir ella. Por este motivo andaban tía y sobrino algo

desavenidos. Corría Marzo, y el día de San José dijo Nicolás en la mesa:

«Tía, ya hay fresa». Pero la indirecta no hizo efecto en la económica

viuda. Volvió a la carga el clérigo en diferentes ocasiones: «¡Qué fresa

más rica he visto hoy! Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?».

--No lo sé, ni me importa--replicó ella--, porque como no la pienso

traer hasta que no se ponga a tres reales...

Nicolás dio un suspiro, mientras doña Lupe decía para sí: «Como no comas

más fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado estás».

Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa,

bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida

la comida, y mientras Nicolás leía La Correspondencia o _ El

Papelito_ en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para

comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar. En cuanto el cura se

echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a

Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con

el platito y la cucharilla. Agradecía mucho estas finezas el chico, y se

comía la golosina. Mirábale comer su tía con expectante atención, y

cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo

quitaba de las manos diciendo: «Esto para Papitos que está con cada ojo

como los de un besugo».

La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le

daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.

vii

Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a

todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia.

Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy

tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe,

pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto

de la casa. La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado

regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a

la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doña Lupe le nombraba el casorio

de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se

duerma, alzaba los hombros, decía palabras de desdén hacia su hermano y

nada más. «Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?».

De carlismo no se hablaba en la casa, porque doña Lupe no lo consentía.

Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en

la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la

señora. Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a

decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco,

se fueron enzarzando, enzarzando hasta que...

«¿Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primogénito,

descomponiéndose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra

culpa, por culpa de los curas. Hay que ir allá, como he ido yo, para

hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo

quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a

los que verdaderamente trabajan. Yo no podía estar allí; me ahogaba. Le

dije a Dorregaray: 'mi general, no sé cómo usted aguanta esto', y él se

alzaba de hombros, ¡poniéndome una cara...! No pasaba día sin que los

lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en

tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez

millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando llegó a mi noticia

que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar

recados de mi jefe, me volé, y aquella misma tarde, habiéndome

encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me

lié la manta a la cabeza, y por poco se arma allí un Dos de Mayo. «Aquí

no hay más traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor,

si le hubiera, por el provecho que saque de su traición. No digo yo por

diez millones; pero por diez mil ochavos venderían ustedes al Rey, y

toda su descendencia; ladrones infames, tíos de Judas». En fin, que si

no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quería mucho, y me coge a la

fuerza y me arranca de allí y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el

redaño de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres días en cama con

un amago de ataque cerebral. Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su

Majestad. Su contestación fue ponerme en la mano el canuto y el

pasaporte para la frontera. En fin, que los engarza-rosarios dieron

conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus

maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdió

don Carlos V, y al VII no le aprovechó la lección. Allá se las haya. ¿No

querías religión?, pues ahí la tienes; atrácate de curas, indigéstate y

revienta.

--Es una apreciación tuya--dijo Nicolás moderando su ira--, que no me

parece muy fundada... esta es la cosa.

--¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad? Estás en babia.

--Y tú, me parece que estás algo ido, porque cuidado que has dicho

disparates.

--Cállate la boca, estúpido...--dijo Nicolás, sulfurándose.

--¿Sabes lo que te digo?--gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz--,

que a mí no se me manda callar, ¿estamos? He tenido el honor de decirle

cuatro frescas al obispo de Persépolis, y quien no teme a las sotanas

moradas, ¿qué miedo ha de tener a las negras?...

--Pues yo te digo...--agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo

si amenazar con los puños o simplemente con las palabras--, yo te digo

que eres un chisgarabís.

--¿Qué alboroto es este?--clamó doña Lupe entrando a poner paz--. ¡Vaya

con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros,

que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle.

En mi casa no quiero escándalos.

--Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicolás, que casi

no podía respirar de tan sofocado como estaba.

Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a

su hermano.

«¡Vaya un genio que has echado!--le dijo doña Lupe, sin que él la

mirara--. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo,

no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a _la

infame facción_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza,

¿qué culpa tenemos los demás?».

Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y

se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el

comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la

reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás

no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo,

por grande que fuera, le podía privar de su más característica

manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe

puso atención, creyendo que era un extraordinario de periódico

anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En

aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico,

manteniendo al vecindario en continua ansiedad.

«Papitos--dijo la señora--, toma dos cuartos y bájate a comprar el

extraordinario de la Gaceta. Veréis cómo habla de alguna buena tollina

que les han dado a los tersos».

Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer

callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal

pregón de extraordinario. Lo que dice la voz, claramente se oye... El

freeeesero... fresa».

--Puede que así sea--replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más

pronto que la vista--. Pero está tan verde, que es un puro vinagre...

--Todo sea por Dios--se dejó decir Nicolás suspirando--. Peor lo pasó

Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.

Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando

la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo.

Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña

Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único

que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía

era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que

le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña

Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle,

sin más compañía que la del gato.

«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y

sacando la aguja--, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el

tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver,

hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no

fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y

qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano».

Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de

casa del basilisco. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a

asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que

en lo moral parecía ser de buena madera, con lo que llegó a su colmo

la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo

el papel desdeñoso que representaba.

«Tanto te empeñarás--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo

vas a conseguir».

--¿Qué, tía?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si

voy es contra mi voluntad.

Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso

manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo

agradeceremos toda nuestra vida».

--Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a

ir, que todavía no lo sé...

--Sí, tía.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino

por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te

quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.

--Mañana mismo, tía; yo la acompaño a usted--dijo entusiasmado el

chico--. Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará.

Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de

cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña

Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha.

Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba

con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.

Así fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de

Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues

siendo el basilisco tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan

cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto

y se empingorotó hasta un extremo increíble. Trataba doña Lupe a su

presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Había de

conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de

cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la

visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de

Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había

existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su

condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo

posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad

de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del

lado de la indulgencia. El verdadero señorío jamás se complace en

humillar a los inferiores. Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas

de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de

los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle. Es

que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre

quien ejercer dominio...

Una de las cosas que más gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez

para expresarse. Se le conocía en seguida que no hablaba como las

personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates. Esto

la favoreció en opinión de doña Lupe, porque el desenfado en el lenguaje

habría sido señal de anarquía en la voluntad. «No se apure usted--le

decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico--; que

no es posible aprender en un día a expresarse como nosotras. Eso vendrá

con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es

vergüenza para nadie, y la que no ha recibido una educación esmerada no

tiene la culpa de ello».

Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo

cumplido_, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo

contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria. Lo

que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento,

resolución que la tía de Maxi alabó mucho, esforzándose en sacar de su

cabeza los conceptos más alambicados y los vocablos más requetefinos. A

tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de

muchas cosas que le oyó. Por fin llegó el instante de la despedida, que

Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con

claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de

la casa. La de Jáuregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata

tartamudeó, y todo lo dijo al revés.

Maximiliano habló poco durante la visita. No hacía más que estar _al

quite_, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro

por torpeza de lenguaje. Cuando salió doña Lupe, creyó que debía

acompañarla hasta la calle, y así lo hizo.

«Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual...

Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente,

esta mujer podría enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero

yo dudo que tú...».

viii

Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura

del basilisco sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios

de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se

resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras--decía para sí la

viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje

que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata

manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con

pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de

protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad

educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre

quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y

alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres

inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al

decir de la gente, tan discípulo como marido.

Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente

planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante

de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo

desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y

sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la

casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien

había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando

por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un

afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten

los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que

poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que

podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en

señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano

pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el

animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las

dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la

señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es

mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito

desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé,

domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay

duda de que se nos tuerce».

Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de

maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinándose a no

intervenir para nada... Pero con las amigas tenía que representar otros

papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer

en situación desairada o ridícula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy

alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba.

Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas

propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la

calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa.

Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a

donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridículo le ocurría, lo

guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos

que con repiques. Por esto cuando se corrió entre las familias amigas

que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía _la de los

Pavos_ cómo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era

aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro,

como otras veces había hecho.

Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caña completamente

achantada y sin saber por dónde tirar. Pero desde el día en que vio a

Fortunata, se sacudió la morriña, creyendo haber encontrado un punto de

apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. ¿En qué

creeréis que se fundó para volver a tomar aquellos aires de persona

superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por

mucho que se figuraran de su belleza, no tendrían idea de la realidad.

En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era

una divinidad en toda la extensión de la palabra.

Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro

para acudir con el siguiente ardid estratégico: «Y en cuanto a lo de su

mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me

atrevo a asegurar que es muchísimo menos».

Interrogada sobre la condición moral y de carácter de la divinidad, hizo

muchas salvedades y distingos: «Eso no lo puedo decir... No he hablado

con ella más que una vez. Me ha parecido humilde, de un carácter

apocado, de esas que son fáciles de dominar por quien pueda y sepa

hacerlo». Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las

presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su

vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para

transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser

admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de

lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto

se dice; pero hacerlo ya es otra cosa.

Entre tanto, acercábase el día designado para llevar el basilisco a

las Micaelas. Nicolás Rubín había hablado al capellán, su compañero de

Seminario, el cual habló a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga

íntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisión en

los términos que marca el reglamento de la casa, sólo se esperaba para

realizarla a que pasasen los días de Semana Santa. El Jueves salieron

Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito

fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San

Bernardino. Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con

zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el

Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos. Maxi

salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier

modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su

inventiva. La religión que él sentía en aquella crisis de su alma era

demasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún culto;

pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía

remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las

iglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos, llevado del

sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios

en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e

imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular

y matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa--decía--, y todo lo que debe

ser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de la

Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La

Providencia dictaba no sólo la historia pública sino también la privada.

Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos? Nada. Pero no quería

quitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del gori gori y de

las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve...

la pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas

cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo

sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que

viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.

El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda que

empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos

altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en

un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A

Rubín se le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a

molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho

es gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la mente.

Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto

en los depósitos de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitó

la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el

apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte

inmenso que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Oriente

una mole de ladrillo rojo, parte en construcción, y le dijo que aquel

era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Pareciéronle a

Fortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo de

entrar pronto, aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces el

pensamiento de Rubín una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo

demasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque

si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de

veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí

encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días...

¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien

podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se

corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no

querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del

demonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz de

volverse santa en toda la extensión de la palabra, como diría doña

Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces

protestante, masón, judío, ateo.

No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y

otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión

de hormigas. Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar. No conviene

tampoco que te dé muy fuerte».

Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lo

malo fue que aquel día, Viernes Santo, no había coches, y no era posible

volver a casa de otra manera que a pie.

«Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo--.

Apóyate y así no cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada a

remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un

paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo menos

de hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior,

Maximiliano, en las efusiones epilépticas de su cariño, había hablado

algo de sucesión, dijo para su sayo: «De eso sí que estás tú libre».

El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.

1/1
Menu

Fazer anotação