Parte 3 — Capítulo VII: La idea... la pícara idea Fortunata y Jacinta · Capítulo 25 de 32
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Parte 3 — Capítulo VII: La idea... la pícara idea

Parte 3 — Capítulo VII: La idea... la pícara idea

i

Guillermina vivía, como antes se ha dicho, en la calle de Pontejos,

pared por medio con los de Santa Cruz. Era aquella la antigua casa de

los Morenos; allí estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos,

y allí está todavía con la razón social de Ruiz Ochoa y Compañía. El

edificio, por lo angosto y alto, parecía una torre. El jefe actual de la

banca no vivía allí; pero tenía su escritorio en el entresuelo; en el

principal moraba D. Manuel Moreno-Isla, cuando venía a Madrid, su

hermana doña Patrocinio, viuda, y su tía Guillermina Pacheco; en el

segundo vivía Zalamero, casado con la hija de Ruiz Ochoa, y en el

tercero, dos señoras ancianas, también de la familia, hermanas del

obispo de Plasencia, Fray Luis Moreno-Isla y Bonilla.

Entró Guillermina en su casa a las nueve y media de aquel día que debía

de ser memorable. Tan temprano, y ya había andado aquella mujer medio

mundo, oído tres misas y visitado el asilo viejo y el que estaba en

construcción, despachando de paso algunas diligencias. Llegose un

instante a su gabinete, pensando en la visita que aquel día esperaba,

pero el interés de este asunto no le hizo olvidar los suyos propios, y

sin quitarse el manto, volvió a salir y fue al despacho de su sobrino.

«¿Se puede?» preguntó abriendo suavemente la puerta.

«Pasa, rata» replicó Moreno, que se acababa de dar un baño y estaba

sentado, escribiendo en su pupitre, con bata y gorro, clavados los

lentes de oro en el caballete de la nariz.

--Buenos días--dijo la santa entrando; él la miraba por encima de los

quevedos--. No vengo a molestarte... Pero ante todo. ¿Cómo estás hoy?

¿No se ha repetido el ahoguillo?

--Estoy bien. Anoche he dormido. Me parece mentira que haya descansado

una noche. Todo lo llevo con paciencia; pero esos desvelos horribles me

matan. Hoy, ya lo ves, hablo un rato seguido y no me canso.

--Vaya... cosas de los nervios... y resultado también de la vida ociosa

que llevas... Pero vamos a mi pleito. Sólo te quería decir que ya que no

me acabes el piso, me des siquiera unas vigas viejas que tienes en tu

solar de la calle de Relatores... Ayer fui a verlas. Si me las das, yo

las mandaré aserrar...

--Vaya por las vigas, que no son viejas.

--¡Si están medio podridas!

--¡Qué han de estar! Pero en fin, tarasca, tuyas son--replicó Moreno

volviendo a escribir--. ¡Cuándo querrá Dios que acabes tu dichoso asilo,

a ver si descansa el género humano! Mira, no sabes lo antipática que te

haces con tus petitorios. Eres la pesadilla de todas las familias y

cuando te ven entrar, no lo dudes, aunque te pongan buena cara, ¡te

echan de dientes adentro cada maldición...!

A estas palabras, dichas con seriedad que más bien parecía broma,

contestole Guillermina sentándose junto al pupitre, apoyando un codo en

él, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarició con sus

dedos, entre los cuales tenía enredado aún el rosario.

«Todo eso lo dices por buscarme la lengua. Eres muy pillincito. Por de

pronto vengan esos maderos que no te sirven para nada».

--Carga con ellos y así te perniquiebres--repuso D. Manuel sonriendo.

--Pero no basta eso. Es preciso que pongas una orden a tu administrador

para que me los entregue. Aquí, en este papelito... Ya que tienes la

pluma en la mano no me voy sin la orden. Luego acabarás tu carta.

Diciendo esto, cogía de la papelera un pliego timbrado y se lo ponía

delante, apartando con su propia mano la carta que estaba a medio

escribir.

--¡Dios tenga compasión de mí! Y el diablo cargue con estas santas

cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para

nada.

--Escribe, tontito. Si todo eso que hablas es bulla. ¡Si eres lo más

bueno... y lo más cristiano...!

--¡Cristiano yo!--exclamó el caballero enmascarando su benevolencia con

una fiereza histriónica--. ¡Cristiano yo! ¡Mal pecado! Para que no te

vuelvas a acercar más a mí, me voy a hacer protestante, judío, mormón...

Quiero que huyas de mí como de la peste.

--Vamos, no tontees. Te advierto que de ninguna manera te has de librar

de mí, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y

te lo he de sacar. Vamos; ponme eso.

--No me da la gana. Y diciéndolo empezaba a redactar la orden.

--Así, así...--decía Guillermina dictando--. «Sr. D... haga usted el

favor de dar los palos...».

--Por ahí... los palos... Leña, que te den leña es lo que a ti te viene

bien.

Durante el silencio de la escritura, oyose en el pasillo próximo rumor

de faldas, voces de mujeres y estallido de besos. Moreno levantó la

pluma diciendo: «¿Quién es?».

--No te interrumpas... ¿Qué te importa a ti? Debe de ser Jacinta. Sigue.

--Pues que pase aquí. ¿Por qué no pasa?

--Está hablando con tu hermana. ¡Jacinta, Jacintilla!, entra: el

monstruo quiere verte.

Abriose la puerta y aparecieron Jacinta y Patrocinio, la hermana de

Moreno. Esta se reía de ver a su hermano enzarzado con la santa, y

riéndose se retiró.

--Venga usted... Jacinta por Dios--dijo Moreno echando la firma al

documento--, y sáqueme de este Calvario. Crea usted que su amiguita me

está crucificando.

«Calle usted, cicatero--le contestó la joven avanzando hacia la mesa--.

Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que

le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da: y hace muy mal en

atormentarla si piensa dárselo al fin».

--Vamos, usted se me ha pasado al enemigo. Ya no hay salvación--afirmó

él quitándose los lentes y frotándose los ojos, cansados de tanto

escribir--. Estamos perdidos.

--¿Eh?, ¿qué tal? ¿Tengo buenos abogados?--dijo Guillermina recogiendo

su papel.

--¡Cicatero!--repitió Jacinta--. ¡Negarle tres o cuatro mil tristes

duros para acabar el piso...!, ¡un hombre que no tiene hijos, que está

nadando en dinero! ¡Usted que antes era tan bueno, tan caritativo...!

--Es que me he vuelto protestante, hereje, y me voy a volver judío, a

ver si esta calamidad me deja en paz.

--No, no le dejaremos, ¿verdad?--insistió la santa--. Mira, Manolo:

Jacinta y yo pedimos ahora juntas. Aunque te vuelvas turco, ya te cayó

que hacer.

--No, Jacinta no se mete en esos enredos--dijo Moreno mirándola

fijamente en los ojos.

--Vaya que sí me meto. El asilo es mío; lo he comprado.

--¿Sí?, pues si ha dado usted dos pesetas por él ha hecho un mal

negocio. Todavía está a la mitad y ya se está cayendo.

--Primero te caerás tú.

--Es mío--afirmó la señora de Santa Cruz avanzando más y poniendo la

palma de la mano sobre el pupitre--. A ver, rico avariento, dé usted

para la obra de Dios.

--¡Otra! Ya he dado unas vigas que valen cualquier cosa--replicó Manolo,

mirando embelesado, tan pronto la cara de la mendicante como su mano de

ángel, sonrosada y gordita.

--Eso no basta. Necesitamos acabar el piso principal, y...

--Eso... eso...--interrumpió Guillermina--. Pero no te dará ni una mota.

¿Sabes? Se va a hacer mormón, y necesita el dinero para tantísimas

mujeres como tendrá que mantener.

--Poco a poco, señoras mías--observó el rico avariento, echándose sobre

el respaldo del sillón--. La cosa varía de aspecto. ¡Jacinta metida a

santa fundadora! ¡Qué compromiso! Ahora sí que no sé cómo salir del

paso, porque ahora sí que me condeno de veras, si me obstino en la

negativa. Porque no hay duda de que esta mano que pide, mano del Cielo

es...

--Y tan del Cielo--indicó la propia Delfina sacudiendo la mano--.

Decidirse pronto, caballero. Es la primera vez que ejerzo de santa. Si

me echa la limosnita, usted me estrena.

--¿Sí?...--dijo él moviéndose en el sillón con gran desasosiego--. Pues

doy, pues doy.

Guillermina empezó a dar palmadas, gritando: «Hosanna... ya le tenemos

cogido». Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, echó mano a

la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa.

--Eh... ¿qué libertades son estas?--gritó su sobrino sujetándole la

mano.

--El talonario del Banco...--decía la rata eclesiástica, luchando por

desasirse y por sofocar la risa--. Aquí, aquí lo tienes, perro hereje...

sácalo pronto y pon cuatro números, cuatro letras y el garabato de tu

firma. Jacinta, abre... sácalo... no tengas miedo.

--Orden, orden, señoras--arguyó Moreno a quien la risa cortaba la

respiración--. Esto ya es un allanamiento, un escalo. Tengan calma,

porque si no me veré en el caso de llamar a una pareja.

--¡El talonario, el talonario!--chillaba Jacinta, dando también

palmadas.

--Paciencia, paciencia. No tengo aquí el talonario. Está abajo, en el

escritorio. Luego...

--¡Bah!... ¡se está burlando de nosotras!...

--No, no--dijo Guillermina con ardor--, ya no puede volverse atrás.

--Yo no me voy ya sin la firma.--Más que la firma--manifestó Moreno muy

serio, poniéndose la mano sobre aquel corazón que no valía ya dos

cuartos--, vale mi palabra.

Estaba pálido, casi blanco, del color del papel en que escribía.

«¿De veras?».--No hay más que hablar.--Eso sí--dijo la santa--, él es un

pillo, un hereje; pero lo que es palabra, la tiene...

Dichas otras cuantas bromas, retiráronse las dos santas fundadoras,

dejando al hereje con su médico. Iban tan contentas, que cuando entraron

en el cuarto de Guillermina, a esta le faltaba poco para ponerse a

bailar.

«¿Pero de veras nos mandará el talón?» preguntó Jacinta, incrédula.

--Como tenerlo en la mano... Has estado muy hábil... Como tiene conmigo

tanta confianza, se pone muy pesado. Pero a ti no te había de negar...

¡Qué alegría!... ¡Ya tenemos piso principal! ¡Viva San José bendito!

¡Vivaaaa!... ¡Viva la Virgen del Carmen!... ¡Vivaaaa! Porque a ellos se

le debe todo. Tarde o temprano, Manolo me habría dado esos cuartos.

¡Ah!, yo le conozco bien. ¡Si es un angelote, un bendito, un alma de

Dios...!

ii

No les duró mucho el regocijo, porque oyeron el reloj de la Puerta

del Sol dando las diez, y ambas mudaron súbitamente la expresión de su

rostro. «Las diez, ya veremos si viene--dijo Guillermina, que aún

conservaba resplandores de alegría en su cara--. Prometió venir; pero

esa palabra no debe de ser tan de fiar como la de Manolo».

Y permaneciendo ambas en pie, la fundadora dijo a su amiguita:

«Esto no lo hago yo más que por ti... ¡meterme en vidas ajenas! La

impresión que saqué el otro día es que por el momento no es ella quien

te le distrae. Sería una actriz consumada si así no fuese. Como venga

hoy, le echaremos la sonda más abajo a ver si sale algo. De todas

suertes, ya la sermonearé bien para que le reciba a cajas destempladas,

si él intentara... ¿Creerás una cosa? ¿Que esa mujer no me parece

enteramente mala?».

--Podrá ser... Pero si usted hubiera visto la cara que me puso el otro

día, una cara de rencor como usted no puede figurarse...

--Dice que después le pesó...

--¡Bribona!--exclamó Jacinta, frunciendo los labios y apretando los

puños.

--Pero, en fin, hoy la tantearemos otra vez.

Como quiera que sea, su sermoncito no hay quien se lo quite. Y por si

viene pronto... quedamos en que de diez a once... debes marcharte ya, no

sea que te pille aquí.

Después de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolución: «Yo no

me voy».

--¡Hija, qué me dices!... ¿Estás loca?

--Yo no me voy. Me esconderé en la alcoba. Quiero oír lo que diga...

--Eso sí que no te lo consiento. ¿En mi casa escenas de comedia? No, no

lo esperes.

--¡Pero qué tonta, y qué exagerada, y qué puntillosa es usted, hija!

¿Qué mal hay en eso?, a ver... Le digo a usted que no me voy.

--Pues te quedas aquí... ¡Ah!, no, eso tampoco. Márchate, niña de mi

alma, y no me pongas en tan mal paso. No es de mi carácter eso.

--Déjeme... ¡por Dios! ¿Pero qué le importa a usted?... vaya... Yo me

meto en la alcoba y me estoy allí como en misa.

--Hija, ni en los teatros resulta eso con sentido común... Para salir

diciendo luego con voz hueca: «¡lo he oído todo!».

--Yo no chistaré. No haré más que oír... Vamos, remilgada, déjeme usted.

--Ya me figuraba yo que habías de salir con alguna tontería. Eres una

voluntariosa. De esa manera me agradeces lo que hago por ti...

--¿Pero qué mal hay?... Vaya, que es usted terca. Pues que no me voy,

que no me voy.

Sonó la campanilla. «¿Apostamos a que es ella?... Lo siento» dijo

Guillermina, asomándose a la puerta.

Jacinta no creyó prudente discutir más, y sin decir nada metiose en la

alcoba, cerrando cuidadosamente las vidrieras. Guillermina, no

conformándose con el escondite, quiso salir con ánimo de recibir la

visita en otra habitación; mas dispuso la fatalidad que su prima

Patrocinio, al ver entrar a Fortunata, la tomara por una de las muchas

personas que iban allí a pedir socorros, y la introdujese, como si

dijéramos, a boca de jarro, en el gabinete de la santa. Esta se vio algo

confusa, sin saber cómo salir de aquel atolladero. «¡Ah!, ¿era usted?...

No la esperaba... Pase y tome asiento».

Fortunata, que iba vestida con mucha sencillez, entró como entraría una

planchadora que va a entregar la ropa. Avanzaba tímidamente,

deteniéndose a cada palabra del saludo, y fue preciso que Guillermina la

mandase dos o tres veces sentarse para que lo hiciera. Su aire de

modestia, su encogimiento, que era el mejor signo de la conciencia de su

inferioridad, hacíanla en aquel instante verdadero tipo de mujer del

pueblo, que por incidencia se encuentra mano a mano con las personas de

clase superior. Mucho la cohibía el temor de no saber usar términos en

consonancia con los que emplearía la confesora, pues en todas las

ocasiones difíciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la

memoria las pocas enseñanzas de lenguaje y modales que había recibido en

su corta y accidentada vida de señora.

Pero lo verdaderamente singular era que Guillermina, tan dueña de su

palabra normalmente, estaba también azorada aquel día, y no sabía cómo

desenvolverse. El escondite de su amiga la llenaba de confusión, porque

era un engaño, un fraude, una superchería indigna de personas formales.

Lo primero que a la santa se le ocurrió, para empezar, fue una

ampliación de lo que había dicho en la casa de Severiana. «Si quiere

usted que seamos amigas y que le dé buenos consejos, es preciso que

tenga conmigo mucha confianza y no me oculte nada, por feo y malo que

sea. Hay en su vida de usted un punto muy oscuro. Usted está casada y no

quiere a su marido; así me lo confesó el otro día. Crea que esto me ha

dado qué pensar. Dice usted que se casó sin saber lo que hacía...

Explicación escurridiza. Tengamos sinceridad, y hablemos claro. La

sinceridad es difícil; pero así como los niños, que confiesan por

primera vez, no confesarían si el cura no les sacara los pecadillos con

cuchara, así yo voy a ayudarle a usted preguntando y echándole el

anzuelo de la respuesta. Veremos si pica... Cuando usted se determinó a

casarse, ¿no hizo allá en el fondo de su pensamiento, la reserva de que

el matrimonio le permitiera pecar libremente, no digo que con este y con

el otro, sino con el que usted quería?».

Fortunata miraba al techo, recordando.

«¿No había esa reserva? A ver... busque usted bien; busque más adentro,

más abajo».

--Puede que sí la hubiera--dijo la otra al fin, con voz muy apagada y

trémula--. Puede que sí...

--¿Ve usted cómo salen las heces cuando se las quiere sacar?

--Pero también le diré a usted que yo no contaba con volverle a ver...

Pensé que no se acordaba de mí. Yo me llegué a creer que podría ser

buena y honrada... me lo tragué. ¿Pero cómo fue ello?, que él me

buscó... sí señora, me buscó y me encontró. Sin saber cómo, de repente,

el casamiento y mi marido se me pusieron a cien mil leguas de distancia.

Yo no sé explicarlo, no sé explicarlo.

En cuanto la conversación se corría del lado de Juanito Santa Cruz,

Guillermina se aterraba. Quería apartarla de aquel extremo peligroso, y

no sabía cómo llevar a su penitente a un terreno puramente ideal.

«Pero su conciencia... eso es lo que quiero saber».

--¡Mi conciencia!... esto sí que es raro... se lo cuento a usted como

pasó... no se me alborotaba cuando cometía yo aquellos pecados tan

refeos... Le diré a usted más, aunque se horrorice... mi conciencia me

aprobaba... vamos al caso, me decía una cosa muy atroz, me decía que mi

verdadero marido...

--No siga usted--interrumpió la santa alarmadísima, creyendo sentir

ruido en la alcoba. Es horrible. No siga usted. ¡Virgen del Carmen! Está

usted muy dañada.

--Parecíame a mí--prosiguió la penitente sin poder contener la efusión

de su sinceridad--, que aquel hombre me pertenecía a mí y que yo no

pertenecía al otro... que mi boda era un engaño, una ilusión, como lo

que sacan en los teatros.

--Calle, cállese por Dios...

--Pero aguárdese usted... A mí me había dado palabra de casamiento...

como esta es luz... Y me la había dado antes de casarse... Y yo había

tenido un niño... Y a mí me parecía que estábamos los dos atados para

siempre, y que lo demás que vino después no vale... eso es.

Guillermina se llevó las manos a la cabeza... Discurrió que lo mejor era

diferir la conferencia para otro día, pretextando que tenía que salir.

«Eso es muy grave. Hay que tratarlo despacio. Cierto que una promesa

liga algo... No sostendré yo que ese joven se portó bien con usted. Pero

el tiempo, la sociedad... Y sobre todo, los derechos que usted podría

tener, los ha perdido con su mala conducta».--Yo no habría sido

mala--dijo la de Rubín envalentonándose, al ver en su confesora un

inexplicable aturdimiento--, si él no me hubiera plantado en medio del

arroyo con un hijo dentro de mí--la santa vacilaba; no sabía por dónde

romper. ¡Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habría

explicado ella bien, enseñando a la atrevida cuántas son cinco.

--Usted, hija mía, está como trastornada--le dijo, buscando modos de

hacer insignificante la conversación--. El otro día me pareció usted más

razonable... ¿qué mosca la ha picado...?

--¿Qué mosca?--dijo Fortunata con cierto extravío en la mirada--. ¿Qué

mosca?, pues una.

--Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese

hombre está casado con una mujer angelical, y que...

En la fisonomía de la prójima se encendió de improviso una luz vivísima.

Fue como una aureola de inspiración que le envolvía toda la cara. Más

hermosa que nunca, sacó de su cabeza un gallardísimo argumento, y se lo

soltó a la otra como se suelta una bomba explosiva.

¡Pruuun! Guillermina se quedó atontada cuando oyó esta atrocidad:

«¡Angelical!... sí, todo lo angelical que usted quiera; pero _no tiene

hijos_. Esposa que no tiene hijos, no es tal esposa».

Guillermina se quedó tan pasmada, que no pudo responder.

«Es idea mía--prosiguió la otra con la inspiración de un apóstol y la

audacia criminal de un anarquista--. Dirá usted lo que guste; pero es

idea mía, y no hay quien me la quite de la cabeza... Virtuosa, sí;

estamos en ello; pero no le puede dar un heredero... Yo, yo, yo se lo he

dado, y se lo puedo volver a dar...».

--Por Dios... cállese usted... no he visto otro caso... ¡Qué idea!...

¡qué atrevimiento! Está usted condenada.

Y la virgen y confesora llegó a tal grado de confusión, que no daba ya

pie con bola.

«Yo estaré todo lo condenada que usted quiera... pero es mi idea; con

esta idea me iré al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me

vaya... Porque eso de que yo sea mala, muy mala, todavía está por ver».

La santa la miraba con verdadero espanto. Fortunata parecía estar fuera

de sí y como el exaltado artista que no tiene conciencia de lo que dice

o canta.

«¿Por qué he de ser yo tan mala como parece?... ¿porque tengo una idea?

¿No puede una tener una idea?... ¿Dice usted que la otra es un ángel? Yo

no lo niego, yo no pretendo quitarle su mérito... Si a mí me gusta, si

quisiera parecerme a ella en algunas cosas, en otras no, porque ella

será para usted todo lo santa que se quiera, pero está por debajo de mí

en una cosa: no tiene hijos, y cuando tocan a tener hijos, no me

rebajo a ella, y levanto mi cabeza, sí señora... Y no los tendrá ya,

porque está probado, y por lo que hace a que yo los puedo tener, también

muy probado está. Es mi idea, es una idea mía. Y otra vez lo digo: la

esposa que no da hijos, no vale... Sin nosotras las que los damos, se

acabaría el mundo... Luego nosotras...».

«Nada, nada, esta mujer está loca y no tendré más remedio que ponerla en

la calle--pensó Guillermina--. ¡Y qué trago estará pasando la otra

pobre, oyendo tales lindezas!».

Notaba en ella cierta exaltación insana. No era la misma mujer con quien

había hablado dos días antes. Ya tenía la palabra en la boca para

despedirla con buen modo, cuando se sintió ruido como de mano golpeando

en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a

Guillermina. Asomose esta. Fortunata oyó claramente la voz de doña

Bárbara preguntando: «¿Está ahí Jacinta?».

iii

La santa vaciló antes de dar respuesta. Por fin la dio:

«¿Jacinta?... No, aquí no está». Poco más hablaron las dos damas, y

Guillermina volvió al lado de la visita; pero la falsedad que se había

visto obligada a decir trastornaba de tal modo su espíritu, que no

parecía la misma mujer de siempre, segura, impávida y tan dueña de su

palabra como de sus actos. La mentira y el escondite escénico de su

amiga pusiéronla en la situación más crítica del mundo, porque se había

hecho a la verdad, y vivía en ella como los peces en el agua. Estaba la

pobre señora, con aquellos escrúpulos, como pez a quien sacan de su

elemento, y aún le pasó por el magín la pavorosa idea: ¡pecado mortal!

En fin que aquello se tenía que concluir.

«Hija mía, usted está hoy un poco alucinada. Bien quisiera poderla oír,

consolarla... pero tiene que dispensarme por hoy... Otro día...».

--¿Tiene usted que salir?--dijo la anarquista con pena--. Bueno,

volveré; yo tengo que contarle a usted una cosa... Si no se la cuento a

usted, lo sentiré... ¡Ay!, una cosa que me ha pasado ayer... ¡tremenda,

muy tremenda!

Guillermina permaneció en pie, diciendo para sí: «¿qué será?».

«Si persiste usted--agregó en voz alta--, en tener esas ideas

estrambóticas, es difícil que yo la consuele. No nos entenderemos

nunca».

En aquel momento la pecadora clavaba sus ojos en la santa. Se le estaba

pareciendo a Mauricia. La cara no era la misma; pero la expresión sí...

y la voz, se le había enronquecido como la de las personas que beben

aguardiente.

«¿En qué piensa usted? ¿Por qué me mira tanto?» le preguntó Guillermina,

que ya estaba impaciente por terminar.--La miro a usted porque me gusta

mirarla... Anoche y anteanoche, y todos los días desde aquel en que

hablamos, la tengo a usted metidita dentro de mis ojos, la veo cuando

duermo y cuando no duermo. Ayer, cuando me pasó lo que me pasó, dije:

«No tengo sosiego hasta que no se lo cuente a la señora».

Guillermina, movida de gran curiosidad, se sentó, y tomándole una mano,

le dijo en voz queda: «Cuente usted... Ya oigo».

«Pues ayer--refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de

cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el

acento--, pues ayer... iba yo tan tranquila por la calle de la

Magdalena, pensando en usted... porque siempre estoy pensando en usted

y... me paré a ver el escaparate de una tienda donde hay tubos y llaves

de agua... Ni sé por qué me paré allí, pues ¿qué me importan a mí los

tubos?... cuando sentí a mi espalda... mejor dicho aquí en el cuello,

una voz... ¡Ay, señora!, la voz me sonó aquí detrás junto a estos

pelitos que tenemos donde nace la cabellera, y fue como si me entraran

una aguja muy fina y muy fría... Me quedé helada... volvime... le vi...

se sonreía».

Guillermina extendió la mano para taparle la boca; pero sin resultado.

«Yo no podía hablar... Me quedé como una estatua; me dieron ganas de

llorar, de echar a correr o de no sé qué».

--No le diría a usted nada de particular--indicó la santa muy asustada,

quitando gravedad al asunto--. Nada más que un saludo...

--¿Qué saludo?... Verá usted. Me dijo: «¿Chiquilla, qué es de tu

vida?...». Yo no le pude contestar... Di media vuelta, y él me cogió una

mano.

--Vamos, vamos, esto ya es demasiado--declaró Guillermina, levantándose

turbadísima--. Otro día me contará usted eso...

--No, si no hay más... Yo retiré mi mano, y me fui sin decirle nada...

No tuve alma para seguir adelante sin mirar para atrás, y miré y le

vi... Me seguía, distante. Apresuré el paso y me metí en mi casa...

--Muy bien hecho, muy bien hecho...

--Pero aguárdese usted--dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino

en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes

muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas--. Aún falta lo

mejor. Después que le vi, se me ha clavado de tal manera en el

pensamiento la idea de... Es una idea mía, idea mala, señora... pero

usted es una santa, y me la quitará de la cabeza... Por eso no tengo

sosiego hasta no decírsela...

--Basta, basta; no quiero, no quiero.

--Que sí quiere--insistió la joven reteniéndola por ambas manos, pues la

confesora hizo ademán de apartarse de ella.

--Una idea infame... la idea de pecar otra vez...--dijo Guillermina,

balbuciente--. ¿Es eso?...

--Eso es... pero verá la señora. Yo quiero echarla de mí; pero a veces

se me ocurre que no debo echarla, que no peco...

--¡Jesús!--Que así debe ser, que así está dispuesto--añadió la señora de

Rubín, volviendo a exaltarse y a tomar la expresión del anarquista que

arroja la bomba explosiva para hacer saltar a los poderes de la tierra.

Es una idea mía, una idea muy perra, una idea negra como las niñas de

los ojos de Satanás... y no me la puedo arrancar.

--Cállese usted... Guillermina puso cara de consternación y dio algunos

pasos, vacilando como una persona que se va a caer. Tiempo hacía, mucho

tiempo, que la insigne fundadora no se había encontrado en compromiso

semejante. Sentíase atada y sin libertad, y esto la ponía fuera de sí,

destruyendo aquella serenidad soberana que normalmente tenía. Aún

intentó un esfuerzo para dominar situación tan penosa, y echando miradas

de alarma a la vidriera de su alcoba, dijo: «Pero usted... no

reflexiona... que...».

No pudo concluir esta frase trivial. La otra, que siendo cifra de todas

las debilidades humanas, parecía más fuerte que la gran doctora y santa,

se permitió sonreír oyéndola. «¿Y qué saco de reflexionar? Mientras más

reflexiono peor».

--Veo que usted no tiene atadero... Con esas ideas, pronto volveríamos

al estado salvaje.

Con sonrisa sarcástica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender

Fortunata que por ella no había inconveniente en que la sociedad

volviera al estado salvaje...

«Usted no tiene sentido moral; usted no puede tener nunca principios,

porque es anterior a la civilización; usted es una salvaje y pertenece

de lleno a los pueblos primitivos». Esto o cosa parecida le habría dicho

Guillermina si su espíritu hubiera estado en otra disposición.

Únicamente expresó algo que se relacionaba vagamente con aquellas ideas:

«Tiene usted las pasiones del pueblo, brutales y como un canto sin

labrar».

Así era la verdad, porque el pueblo, en nuestras sociedades, conserva

las ideas y los sentimientos elementales en su tosca plenitud, como la

cantera contiene el mármol, materia de la forma. El pueblo posee las

verdades grandes y en bloque, y a él acude la civilización conforme se

le van gastando las menudas, de que vive.

De repente Fortunata vaciló en su ánimo. Parecía una fuerza nerviosa que

caía en brusca sedación. La otra, en cambio, se creció de repente por

una sacudida de su conciencia. «Ya no más, no más mentira. No puedo, no

puedo...».

Alzó los ojos al techo, cruzó las manos, su cara se puso muy encendida y

sus ojos iluminados. Quedose atónita la anarquista oyéndole decir estas

palabras con un acento que parecía ser de otro mundo:

«Salva, Jesús mío, esta alma que se quiere perder, y apártame a mí de la

mentira». Después se llegó a ella y le cogió una mano, diciéndole con

profunda lástima: «¡Pobre mujer!, yo tengo la culpa de las atrocidades

que ha dicho usted, yo, yo, Dios me lo perdone, y la causa ha sido una

farsa, una mentira... La verdad ante todo. La verdad me ha salvado

siempre y me salvará ahora. Usted ha dicho cosas infernales que

desgarran el corazón de mi amiga, y las ha dicho porque creía que

hablaba sólo conmigo. Pues la he engañado a usted, porque Jacinta está

escondida en aquella alcoba».

Diciéndolo, corrió hacia la puerta vidriera y la empujó. Fortunata, que

estaba sentada frente a la puerta aquella, levantose de golpe,

quedándose yerta y muda. Jacinta no aparecía. Se oyeron tan sólo sus

sollozos. Estaba sentada en una silla, apoyando la cabeza en la cama de

la santa. Esta se fue a ella y le dijo: «Perdónala, querida mía, que no

sabe lo que se dice».

--Y usted...--añadió, saliendo a la puerta--, bien comprenderá que debe

retirarse. Hágame el favor... Quizás todo habría concluido de un modo

pacífico; pero la Delfina se levantó de repente, poseída de la rabia de

paloma que en ocasiones le entraba. ¡Ánimas benditas! De un salto salió

al gabinete. Estaba amoratada de tanto llorar y de tantísima cólera como

sentía... No podía hablar... se ahogaba. Tuvo que hacer como que escupía

las palabras para poder decir con gritos intermitentes: «¡Bribona...

infame, tiene el valor de creerse!... no comprende que no se la ha

mandado... a la galera, porque la justicia... porque no hay justicia...

Y usted... (por Guillermina) no sé cómo consiente, no sé cómo ha podido

creer... ¡Qué ignominia!... Esta mujerzuela aquí, en esta casa... ¡qué

afrenta!... ¡Ladrona...!».

Fortunata, en el primer movimiento de sorpresa y temor, había dado una

vuelta y puéstose tras el sillón en que poco antes estaba sentada.

Apoyando las manos en el respaldo, agachó el cuerpo y meneó las caderas

como los tigres que van a dar el salto. Mirola Guillermina, sintiendo el

espanto más grande que en su vida había sentido... Fortunata agachó más

la cabeza... Sus ojos negros, situados contra la claridad del balcón,

parecía que se le volvían verdes, arrojando un resplandor de luz

eléctrica. Al propio tiempo dejó oír una voz ronca y terrible que decía:

«¡La ladrona eres tú... tú! Y ahora mismo...».

La ira, la pasión y la grosería del pueblo se manifestaron en ella de

golpe, con explosión formidable. Volvió a la niñez, a aquella época en

que trabándose de palabras con alguna otra zagalona de la plazuela, se

agarraban por el moño y se sacudían de firme, hasta que los mayores las

separaban. No parecía ser quien era, ni debía de tener conciencia de lo

que hacía. Jacinta y Guillermina se acobardaron un momento; pero luego

la primera lanzó un grito de angustia, y la santa salió a pedir socorro.

No tuvo tiempo Fortunata de prolongar su altercado ni de volver en sí,

porque apareció en la puerta el criado de Moreno, que era un inglesote

como un castillo, y a poco vino también doña Patrocinio, y después el

mismo Moreno.

La señora de Rubín no se dio cuenta de lo demás... Tenía después una

idea incierta de que la mano dura del inglés la había cogido por un

brazo, apretándoselo tanto que aún le dolía al día siguiente; de que la

sacaron del gabinete, de que le abrieron la puerta y de que se vio

bajando la escalera.

Todos acudieron a la señora de Santa Cruz que había perdido el

conocimiento, y Moreno, poniendo una cara entre burlesca y consternada,

se dejó decir: «Estas cosas le pasan a mi querida tía por meterse a

redentora».

iv

Bajó Fortunata los peldaños riendo... Era una risa estúpida

salpicada de interjecciones. «¡A mí, decirme...! Si no me echan, la

cojo... le levanto... pero no sé, no recuerdo bien si le arañé la cara.

¡A mí decirme! Si le pego un bocado no la suelto... Ja, ja, ja...». Le

temblaban tanto las piernas, que al llegar a la calle apenas podía

andar. La luz y el aire parecía que le despejaban algo la cabeza, y

empezó a darse cuenta de la situación. ¿Pero era verdad lo que había

dicho y hecho? No estaba segura de haberle pegado; pero sí de que le

dijo algo. ¿Y para qué la otra la había llamado a ella ladrona?...

Subió por la calle de la Paz, pasando a cada instante de una acera a

otra sin saber lo que hacía.

«¿Pero yo qué he hecho?... ¡Oh!, bien hecho está... ¡Llamarme a mí

ladrona, ella que me ha robado lo mío!». Se volvió para atrás, y como

quien echa una maldición, dijo entre dientes: «Tú me llamarás lo que

quieras... Llámame tal o cual y tendrás razón... Tú serás un ángel...

pero tú no has tenido hijos. Los ángeles no los tienen. Y yo sí... Es mi

idea, una idea mía. Rabia, rabia, rabia... Y no los tendrás, no los

tendrás nunca, y yo sí... Rabia, rabia, rabia...».

Más allá del Banco volvió a reírse. Su monólogo era así: «¡Lo mismo que

la otra, la señora del Espíritu Santo...! Doña Mauricia, digo,

Guillermina la Dura... Quiere hacernos creer que es santa... ¡buen peine

está! Harta de retozar con los curas, se quiere hacer la obispa

catoliquísima y meterse en el confesonario... ¡Perdida, borrachona,

hipocritona!... púa de sacristía, amancebada con todos los clérigos...

con el Nuncio y con San José...».

De pronto sus ideas variaron, y sintiendo dolorosa angustia en su alma,

como impresión de horrible vacío, pensaba así: «¿Pero a quién me volveré

ahora? ¡Dios mío, qué sola estoy! ¡Por qué te me has muerto, amiga de mi

alma, Mauricia!... Por más que digan, tú eras un ángel en la tierra, y

ahora estás divirtiéndote con los del Cielo; ¡y yo aquí tan solita! ¿Por

qué te has muerto? Vuélvete acá... ¿Qué es de mí? ¿Qué me aconsejas?

¿Qué me dices?... ¡Qué ganas siento de llorar! Sola, sin nadie que me

diga una palabra de consuelo... ¡Oh!, ¡qué amiga me he perdido!...

Mauricia, no estés más entre las ánimas benditas, y vuelve a vivir...

Mira que estoy huérfana, y yo y los huerfanitos de tu asilo estamos

llorando por ti... Los pobres que tú socorrías te llaman. Ven, ven...

Señor Pepe te ha hecho los gatillos... le vi esta mañana en la fragua,

machacando, tin, tan... Mauricia, amiga de mi alma, ven y las dos juntas

nos contaremos nuestras penas, hablaremos de cuando nos querían nuestros

hombres, y de lo que nos decían cuando nos arrullaban, y luego beberemos

aguardiente las dos, porque yo también quiero el aguardientito, como tú,

que estás en la gloria, y lo beberé contigo para que se me duerman mis

penas, sí, para que se me emborrachen mis penas».

Entró por fin en casa. Enteramente trastornada, andaba como una máquina.

No había nadie más que Papitos, a quien vio, mas no le dijo nada.

Encerrose en su alcoba, tiró el manto y se echó en el sofá, dando un

rugido. Después de revolcarse como las fieras heridas, se puso boca

abajo, oprimiendo el vientre contra los muelles del sofá, y clavando los

dedos en un cojín. No tardó en caer en penoso letargo, lleno de visiones

disparatadas y horribles, sin darse cuenta del tiempo que estuvo en tal

disposición. Cuando volvió en sí, había poca luz en el cuarto. Fijándose

bien, pudo distinguir la cara escrutadora de doña Lupe que la

observaba... «¿Qué tienes?... Me has asustado. ¡Dabas unos mugidos...!,

y de pronto te echabas a reír, ¡y se te escapaban unas palabritas...!».

A las reiteradas y capciosas preguntas de su tía, contestaba

evasivamente y con mucha torpeza. «¿En dónde has estado hoy? Tú has

salido».--«Fui a comprar aquella tela...».--«¿Y dónde está?».--«¿Que

dónde está la tela?... Pues no sé...».--«Parece que estás en Babia. A ti

te pasa algo. Levántate de ese sofá».

Pero no se levantaba. Empezó a sospechar la viuda que aquel espíritu

estaba perturbado, y tembló. Vinieron a su pensamiento pasadas

vergüenzas y desdichas, y se prometió vigilar mucho. Estuvo la señora de

morros toda la noche, y Fortunata de más morros todavía, sintiendo que

se apoderaba de su alma la aversión a toda aquella familia. No les podía

ver. Eran sus carceleros, sus enemigos, sus espías. A cualquier parte de

la casa que fuese, seguíala doña Lupe. Se sentía vigilada, y el rechinar

de las zapatillas de su tía le causaba violentísima ira. Al día

siguiente, después de almorzar, y cuando Maxi se había marchado a la

botica, tuvo tanto miedo Fortunata a que la ira estallase, que para

evitarlo se ató una venda a la cabeza, fingiendo jaqueca, y encerrándose

en su alcoba, acostose en su cama. A la media hora le entró, como el día

anterior, la embriaguez aquella, el desvanecimiento de las ideas, que se

emborrachaban con tragos de dolor y se dormían.

En tal situación siente vivos impulsos de salir a la calle; se levanta,

se viste, pero no está segura de haberse quitado la venda. Sale, se

dirige a la calle de la Magdalena, y se para ante el escaparate de la

tienda de tubos, obedeciendo a esa rutina del instinto por la cual,

cuando tenemos un encuentro feliz en determinado sitio, volvemos al

propio sitio creyendo que lo tendremos por segunda vez. ¡Cuánto tubo!,

llaves de bronce, grifos, y multitud de cosas para llevar y traer el

agua... Detiénese allí mediano rato viendo y esperando. Después sigue

hacia la plaza del Progreso. En la calle de Barrionuevo, se detiene en

la puerta de una tienda donde hay piezas de tela desenvueltas y colgadas

haciendo ondas. Fortunata las examina, y coge algunas telas entre los

dedos para apreciarlas por el tacto. «¡Qué bonita es esta cretona!».

Dentro hay un enano, un monstruo, vestido con balandrán rojo y turbante,

alimaña de transición que se ha quedado a la mitad del camino darwinista

por donde los orangutanes vinieron a ser hombres. Aquel adefesio hace

allí mil extravagancias para atraer a la gente, y en la calle se

apelmazaban los chiquillos para verle y reírse de él. Fortunata sigue y

pasa junto a la taberna en cuya puerta está la gran parrilla de asar

chuletas, y debajo el enorme hogar lleno de fuego. La tal taberna tiene

para ella recuerdos que le sacan tiras del corazón... Entra por la

Concepción Jerónima; sube después por el callejón del Verdugo a la plaza

de Provincia; ve los puestos de flores, y allí duda si tirar hacia

Pontejos, a donde la empuja su pícara idea, o correrse hacia la calle de

Toledo. Opta por esta última dirección, sin saber por qué. Déjase ir por

la calle Imperial, y se detiene frente al portal del Fiel Contraste a

oír un pianito que está tocando una música muy preciosa. Éntranle ganas

de bailar, y quizás baila algo: no está segura de ello. Ocurre entonces

una de estas obstrucciones que tan frecuentes son en las calles de

Madrid. Sube un carromato de siete mulas ensartadas formando rosario. La

delantera se insubordina metiéndose en la acera, y las otras toman

aquello por pretexto para no tirar más. El vehículo, cargado de pellejos

de aceite, con un perro atado al eje, la sartén de las migas colgando

por detrás, se planta, a punto que llega por detrás el carro de la carne

con los cuartos de vaca chorreando sangre, y ambos carreteros empiezan a

echar por aquellas bocas las finuras de costumbre. No hay medio de abrir

paso, porque el rosario de mulas hace una curva, y dentro de ella es

cogido un simón que baja con dos señoras. Éramos pocos... A poco llega

un coche de lujo con un caballero muy gordo. Que si pasas tú, que si te

apartas, que sí y que no. El carretero de la carne pone a Dios de vuelta

y media. Palo a las mulas, que empiezan a respingar, y una de estas

coces coge la portezuela del simón y la deshace... Gritos, leña, y el

carromatero empeñado en que la cosa se arregla poniendo a Dios, a la

Virgen, a la hostia y al Espíritu Santo que no hay por dónde cogerlos.

Y el pianito sigue tocando aires populares, que parecen encender con sus

acentos de pelea la sangre de toda aquella chusma. Varias mujeres que

tienen en la cuneta puestos ambulantes de pañuelos, recogen a escape su

comercio, y lo mismo hacen los de la _gran liquidación por saldo, a real

y medio la pieza_. Un individuo que sobre una mesilla de tijera exhibe

el gran invento para cortar cristal, tiene que salir a espeta perros;

otro que vende los lápices más fuertes del mundo (como que da con ellos

tremendos picotazos en la madera sin que se les rompa la punta), también

recoge los bártulos, porque la mula delantera se le va encima. Fortunata

mira todo esto y se ríe. El piso está húmedo y los pies se resbalan. De

repente, ¡ay!, cree que le clavan un dardo. Bajando por la calle

Imperial, en dirección al gran pelmazo de gente que se ha formado, viene

Juanito Santa Cruz. Ella se empina sobre las puntas de los pies para

verle y ser vista. Milagro fuera que no la viese. La ve al instante y se

va derecho a ella. Tiembla Fortunata, y él le coge una mano

preguntándole por su salud. Como el pianito sigue blasfemando y los

carreteros tocando, ambos tienen que alzar la voz para hacerse oír. Al

mismo tiempo Juan pone una cara muy afligida, y llevándola dentro del

portal del Fiel Contraste, le dice: «Me he arruinado, chica, y para

mantener a mis padres y a mi mujer, estoy trabajando de escribiente en

una oficina... Pretendo una plaza de cobrador del tranvía. ¿No ves lo

mal trajeado que estoy?» Fortunata le mira, y siente un dolor tan vivo

como si le dieran una puñalada. En efecto; la capa del señorito de Santa

Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con

los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa

de dos semanas... Entonces ella se deja caer sobre él, y le dice con

efusión cariñosa: «Alma mía, yo trabajaré para ti; yo tengo costumbre,

tú no; sé planchar, sé repasar, sé servir... tú no tienes que

trabajar... yo para ti... Con que me sirvas para ir a entregar, basta...

no más. Viviremos en un sotabanco, solos y tan contentos».

Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no

está ya de capa sino con un gabán muy majo. Edificios y carros se van, y

en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi,

colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal

por encima; luego ve la cama, va reconociendo pedazo a pedazo su alcoba;

y la voz de doña Lupe ensordece la casa riñendo a Papitos porque, al

aviar las lámparas, ha vertido casi todo el mineral... y gracias que es

de día, que si es de noche y hay luz, incendio seguro.

v

Lo que había soñado se le quedó a la señora de Rubín tan impreso en

la mente cual si hubiera sido realidad. Le había visto, le había

hablado. Completó su pensamiento, amenazando con el puño cerrado a un

ser invisible: «Tiene que volver... ¿Pues tú qué creías? Y si él no me

busca, le buscaré yo... Yo tengo mi idea, y no hay quien me la quite».

Incorporose después, quedándose apoyada en un codo y mirando a los

ladrillos. Sus ojos se fijaron en un punto del suelo. Con rápido impulso

saltó hacia aquel punto y recogió un objeto. Era un botón... Mirolo

tristemente, y después lo arrojó con fuerza lejos de sí, diciendo: «es

negro y de tres aujeritos. Mala sombra». Vuelta otra vez a la

cavilación: «Porque si le encuentro y no quiere venir, me mato, juro que

me mato. No vivo más así, Señor; te digo que no me da la gana de vivir

más así. Yo veré el modo de buscar en la botica un veneno cualquiera que

acabe pronto... Me lo trago, y me voy con Mauricia». Esta idea parecía

darle cierto aplomo, y salió del cuarto. En pocas palabras la puso doña

Lupe al tanto de la gran burrada que había hecho Papitos. «Nada, hija,

que si es de noche y se vierte el mineral con la luz encendida, aquí

perecemos todos achicharrados... Es muy perra esta chica, y me va a

consumir la vida».

Pasado el berrinche, se fijó en la cara de su sobrina, encontrando en

ella un oscurísimo jeroglífico que no podía descifrar: «Pero estate sin

cuidado que ya te lo acertaré yo... Conmigo no juegas tú».

Aquella noche hizo Maxi mil extravagancias, y a la mañana siguiente se

puso tan encalabrinado y vidrioso, que no se le podía aguantar. «Hay que

tener mucha paciencia--dijo doña Lupe a Fortunata--. ¿Sabes lo que te

aconsejo? Que no le lleves la contraria en nada. Hay que decirle a todo

que sí, sin perjuicio de hacer lo que se deba. El pobrecito está mal. Me

ha dicho esta mañana Ballester que tiene algo de reblandecimiento

cerebral. Dios nos tenga de su mano». Sentía Fortunata vivos deseos de

salir a la calle, y no sabía qué pretexto inventar para procurarse

escapatorias. Ofrecíase a hacer compras de que doña Lupe tenía

necesidad, e inventaba menesteres que motivaran una salidita. La taimada

viuda de Jáuregui comprendió que una sujeción absoluta sería

perjudicial, y empezó a darle libertad. Un día le leyó la cartilla en

estos términos: «Puedes salir; no eres una chiquilla y ya sabes lo que

haces. Yo creo que no nos darás ningún disgusto, y que has de mirar por

el decoro de la familia lo mismo que miro yo. La dignidad, hija, la

dignidad es lo primero». Pero doña Lupe empezaba a hacérsele

horriblemente antipática, y por nada del mundo le habría hecho una

confidencia. Hablando con verdad, lo que más disgustada tenía a doña

Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo

que pensaba o sentía. El pensar que tal vez estaría a la sazón la señora

de Rubín jugando una gran trastada al decoro de la familia, la

mortificaba, sí, pero no tanto como el ver que no la consultaba ni le

pedía consejo sobre aquello desconocido y oscuro que sin duda le

ocurría. «El tapujito es lo que me revienta. Como yo lo descubra va a

ser sonada. En hora maldita entró aquí esta loquinaria. No, yo nunca la

tragué, el Señor es testigo... siempre me dio la cara. El ganso de

Nicolás fue quien lo echó a perder tomándolo por lo religioso... Si al

menos se llegara a mí y me dijera: «tía, yo me veo en este conflicto, yo

he faltado o voy a faltar, o puede que falte si no me atajan...».

Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que

discurro, gracias a Dios, le abriría camino para poner a salvo el honor

de la familia. Pero no... la muy bestia se empeña en gobernarse sola, ¿y

qué hará?... Alguna barbaridad, pero gorda. Si no, allá lo veremos».

Fortunata se echó a la calle, y en la Plaza del Progreso vio muchos

coches; pero muchos. Era un entierro, que iba por la calle del Duque de

Alba hacia la de Toledo. Por las caras conocidas que fue viendo mientras

el fúnebre séquito pasaba, vino a comprender que el entierro era el de

Arnaiz el Gordo, que se había muerto el día antes. Pasaron los

Villuendas, los Trujillos, los Samaniegos, Moreno-Isla... Pues irían

también D. Baldomero y su hijo... quizás en los coches de delante,

haciendo cabecera... «Toma; también Estupiñá». Desde el simón en que iba

con uno de los chicos, el gran Plácido le echó una mirada de

indignación y desdén. Siguió ella tras el entierro, y al llegar a la

parte baja de la calle de Toledo, tomó a la derecha por la calle de la

Ventosa y se fue a la explanada del Portillo de Gilimón, desde donde se

descubre toda la vega del Manzanares. Harto conocía aquel sitio, porque

cuando vivía en la calle de Tabernillas, íbase muchas tardes de paseo a

Gilimón, y sentándose en un sillar de los que allí hay, y que no se sabe

si son restos o preparativos de obras municipales, estábase largo rato

contemplando las bonitas vistas del río. Pues lo mismo hizo aquel día.

El cielo, el horizonte, las fantásticas formas de la sierra azul,

revueltas con las masas de nubes, le sugerían vagas ideas de un mundo

desconocido, quizás mejor que este en que estamos; pero seguramente

distinto. El paisaje es ancho y hermoso, limitado al Sur por la fila de

cementerios, cuyos mausoleos blanquean entre el verde oscuro de los

cipreses. Fortunata vio largo rosario de coches como culebra que

avanzaba ondeando; y al mismo tiempo otro entierro subía por la rampa de

San Isidro, y otro por la de San Justo. Como el viento venía de aquella

parte, oyó claramente la campana de San Justo que anunciaba cadáver.

«Estará con su papá--pensó ella--, y aunque al volver me vea, no ha de

decirme nada».

Después de permanecer allí largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a

quien dijo cuatro cosas, y estaba rezándole, cuando sus ojos, al

resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de

los baldosines de mármol. Púsose un momento a gatas para cogerlo. Era un

botón. «¡Es blanco y de cuatro aujeritos! Buena sombra» dijo

guardándolo.

Se fue a su casa, y al día siguiente salió a comprar tela para un

vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tomó después por la

calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la

calle de la Colegiata para tomar la dirección de su casa, recibió como

un pistoletazo esta voz que sonó a su lado: «¡Negra!».

¡Ay Dios mío!, encontrársele así tan de sopetón, ¡precisamente en uno de

los pocos instantes en que no estaba pensando en él! Como que iba

discurriendo la combinación que le pondría al vestido. ¿Azul o plata

vieja? Le miró y se puso del color de la cera blanca. Él entonces detuvo

un simón que pasaba. Abrió la portezuela, y miró a su antigua amiga,

sonriendo; sonrisa que quería decir: ¿Vienes o no? Si estás rabiando por

venir... ¿a qué esa vacilación?

La vacilación duraría como un par de segundos. Y después Fortunata se

metió en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. Él entró

detrás, diciendo al cochero: «Mira, te vas hacia las Rondas... paseo de

los Olmos... el Canal».

Durante un rato se miraban, sonreían y no decían nada. A ratos Fortunata

se inclinaba hacia atrás, como deseando no ser vista de los transeúntes;

a ratos parecía tan tranquila, como si fuera en compañía de su marido.

«Ayer te vi... digo, no te vi... Vi el entierro y me figuré que irías en

los coches de delante».

Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa.

«¡Ah!, sí, el entierro del pobre Arnaiz... Dime una cosa, ¿me guardas

rencor?».

La mirada se volvió húmeda.

--¿Yo?... ninguno.--¿A pesar de lo mal que me porté contigo?...

--Ya te lo perdoné.--¿Cuándo?--¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día.

--Hace tiempo, nena negra, que me estoy acordando mucho de ti--dijo

Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un

muslo.

--¡Y yo!... Te vi en la calle Imperial... no, digo, soñé que te vi.

--Yo te vi en la calle de la Magdalena.

--¡Ah!, sí... la tienda de tubos; muchos tubos.

Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no

salieron a la Ronda. Allí el aislamiento les invadía. El coche penetraba

en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar.

--¡Tanto tiempo sin vernos!--exclamó Juan pasándole el brazo por la

espalda.

--¡Tenía que ser, tenía que ser!--dijo ella inclinando su cabeza sobre

el hombre de él--. Es mi destino.

--¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa!

--Para ti toda--afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase.

--Para mí toda--dijo él, y las dos caras se estrujaron una contra

otra--. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no sé

cómo me miras.

--Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo acá mi

idea, ¿sabes?

Santa Cruz no pensó en rogarle que explicara su idea. La suya era esta:

«¡Pero qué hermosa estás! ¿Has hecho alguna picardía en el tiempo que ha

pasado sin que nos veamos?».

--¿Picardías yo?... (extrañando mucho la pregunta).

--Quiero decir: después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por

ahí algún devaneo...?

--¡Yo!--exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida--; ¡pero

estás loco! Yo no tengo devaneos más que contigo...

--¿De cuánto tiempo puedes disponer?

--De todo el que tú quieras.

--Podrías tener un disgusto en tu casa.

--Es verdad... pero ¿y qué?

Y en el acto se acordó de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no había

necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religión de las

apariencias.

--Pues dispongo de una hora.--¿Y mañana?--¿Nos veremos mañana? No me

engañes, pero no me engañes--dijo ella suplicante--. Estoy acostumbrada

a tus papas...

--No, ahora no... ¿Me quieres?

--¡Qué pregunta!... Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tonta

contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querría

siempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo?

Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas

que más le encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba cierta

sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto

primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo.

--¿Me engañarás otra vez, farsantuelo? (clavándole a su vez los dedos en

la rodilla).

--No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momento

presente, sin pensar en lo que se hará o no se hará después. Eso depende

de las circunstancias.

--¡Ah!, esas señoras circunstancias son las que me cargan a mí. Y yo

digo: «¿Pero, Señor, para qué hay en el mundo circunstancias?». No debe

haber más que quererse y a vivir.

--Tienes razón (abrazándola con nervioso frenesí y dándole la mar de

besos). Quererse y a vivir. Eres el corazón más grande que existe.

Fortunata se acordó otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazón

grande era un mal y había que recortarlo.

--Reconozco--prosiguió el Delfín--, que vales mucho más que yo, como

corazón; pero mucho más. Soy al lado tuyo muy poca cosa, nena negra.

No sé qué tienes en esos condenados ojos. Te andan dentro de ellos todas

las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno...

Quiéreme, aunque no me lo merezco.

--¡Me muero por ti! (tirándole suavemente de las barbas). Si no me

quieres, te irás al Infierno... para que lo sepas; te irás conmigo... te

llevaré yo, arrastrándote por estas barbas.

Risas. «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!--exclamó la

joven, con semblante y ojos iluminados--. No me cambiaría por todos los

ángeles y serafines que están brincando delante de su Divina Majestad en

el Cielo; no me cambiaría, no me cambiaría».

--Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegría. Estaba triste, y

decía: «A mí me falta algo; ¿pero qué es lo que me falta a mí?».

--Yo también estaba triste. Pero el corazón me está diciendo hace

tiempo: «Tú volverás, tú volverás...». Y si una no volviera, ¿para qué

es vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo

siempre.

--Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaución, chica. No

hagamos tonterías.

Volviendo a acordarse de Feijoo, repitió ella: «Lo principal es no hacer

tonterías».

--Quedamos en que...--Mañana, a la hora que te venga mejor.

--Cochero, vuelva usted.--Déjame a la entrada de la calle de Valencia.

--Donde tú quieras.--Y pasado mañana también--dijo tras una pausa y con

ansiedad la insensata mujer.

--Y al otro, y al otro... Pero no muerdas...

Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea

de que los días venideros desmintieran aquel en que estaba.

--Porque ahora no serás tan malito como antes. ¿Verdad, pillín mío?...

¿No serás, no, verdad, rico mío?

--Que no, que no... Vas a ver... Tú te convencerás...

--Júramelo... ¡Ah!, ¡qué tonta!, ¡como si los juramentos valieran! En

fin, que ahora tomaré mis precauciones... Si mi idea se cumple...

--¿Y cuál es tu idea?, ¿qué idea es esa?

--No te lo quiero decir... Es una idea mía: si te la dijera, te

parecería una barbaridad. No lo entenderías... ¿Pero qué te crees tú,

que yo no tengo también mi talento?

--Lo que tú tienes, nena negra, es toda la sal de Dios (besándola con

romanticismo).

--Pues eso... junto con la sal está la idea... Si mi idea se cumple...

No te quiero decir más.

--Mañana me lo dirás.

--No, mañana tampoco... El año que viene.

--Ya llegó el instante fiero...

--Silvia de la despedida. Déjame aquí. Adiós, hijo de mi vida.

Acuérdate de mí. ¡Que no fueran los minutos horas! Adiós... me muero por

ti.

--Que no faltes. Y no te olvides del número.

--¿Qué me he de olvidar, hombre? Primero me olvidaré de mi nombre.

--A la una en punto. Adiós, negra salada.

--Hasta mañana.--Hasta mañana.

Madrid.--Diciembre de 1886.

FIN DE LA PARTE TERCERA

* * * * *

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