Parte 1 — Capítulo VI: Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia
Parte 1 — Capítulo VI: Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia
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Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y
armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de
Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una
compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y
Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por
Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura
maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que
tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado
conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la
hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y
benévolo con que iluminaba su rostro.
De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro
personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les
debe nada; y sin embargo, piden y piden.
Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene
duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos,
estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía
falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que
cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del
hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de
nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro
barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no
se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no
satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos
años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía
todo, menos chiquillos.
Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan
sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano,
al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que
les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio
que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su
omnipotencia dando que quitando.
De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en
sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que
perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente
deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo
lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba
un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen
palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les
hacen decir y hacer muchas tonterías.
«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven.
No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de
familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que
no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo
revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el
garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué
calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se
indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las
inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian...
¡qué sé yo!...».
Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque
salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y
calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas
mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni
esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con
un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no
tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.
Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima
y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las
esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo
nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa
confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y
reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros,
donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la
igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente,
gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia
de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la
empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas
han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de
ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por
un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes.
Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de
la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un
socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la
burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los
españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus
miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que
amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada
entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación.
No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena
o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del
espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra
determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios
económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla
viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.
Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz
pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas,
¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de
tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos
vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un
follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de
Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias
comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio
siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por
buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas
orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos
matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del
terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una
conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias:
ii
Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y
Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y
albardero. La actual casa de banca Trujillo y Fernández, de una
respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco.
Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su
parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado
con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo
colosal fortuna vendiendo fardos de Coruñas y Viveros para vestir a
la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de
Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente
enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.
Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió
como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso
Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de
vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la
generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la
otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios
y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de
donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una
Trujillo.
Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las
familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en
sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin
llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una
droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se
disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son
capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número
de eses que hizo cuando cogió la primera pítima de que la historia
tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una
Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro
que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y
después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un
Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro
en la Iglesia. La Casa de banca no era ya Moreno en 1870, sino
Ruiz-Ochoa y Compañía, aunque uno de sus principales socios era don
Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo
de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los
Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan
distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines.
Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la
calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los
vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico
de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su
puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un
Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de
esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora
cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los
Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el
cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de
Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la
vista.
Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo
establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de
inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y
política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada
con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués
de Casa-Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las
contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija
también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D.
Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio.
Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.
Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son
ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz,
hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista
arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el
comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de
tiendas, se encuentra la Farmacia de Samaniego en la calle del Ave
María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicería de
Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego
prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene
tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son
horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de
estos.
La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya
viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de
Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó
con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue
dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas,
progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su
gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la
de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.
Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están.
¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y
cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si
Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería _Al ramo de
azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes
mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si
el dueño de El Buen gusto, un tenducho de mantas de la calle de la
Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien
dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es
primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan
perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo,
es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las
inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de
Casa-Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso
hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en
nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de
Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol
el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de
Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la
distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno.
Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta
complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado
altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus
amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran
número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se
entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo
o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz
Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas
rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego,
con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un
Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi
canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra
persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.
La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las
direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes
matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se
piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se
juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces,
madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje
es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el
nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido
Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de
señoritos necesitados_.
iii
Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos,
dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto
Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los
dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y
mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los
modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos
a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas
en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su
barrio, aquel riñón de Madrid en que había nacido, por ninguno de los
caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más
que dijeran, el barrio de Salamanca es campo... Tan apegada era la
buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en
Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de
los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y
tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a
todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por
Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz;
quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras
como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los
cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en
procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad,
cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.
La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella
holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con
tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego
otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el
despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que
despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas
librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de
Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante
de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con
colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola
con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas
por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares
firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los
muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda,
siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni
tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la
cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había
lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de
palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los
padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas
como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba de los pollos se
comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas
que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera.
Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se
ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo
definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la
imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos
detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.
El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y
aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida
sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble,
listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la
invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que
de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el
despacho de D. Baldomero.
Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los
paseos; pero su tren era de los que no llaman la atención. Juan solía
tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y
también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la
variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle
defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se
daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de
que los periódicos les llamaran anfitriones. Comían bien; en su casa
había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se
sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que
habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino
una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con
cualquier jefe; y la ayudaban dos pinchas, que más bien eran
alumnas.
Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D.
Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de
alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo
demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba
además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos
particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital
para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su
dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su
renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada
año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros
que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que
con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez
y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para
los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la
distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por
un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero
más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al
despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar
esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la
autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de
puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le
entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no
fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el
alquiler del coche a la peseta de El Imparcial, sin que necesitara
llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra
alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó
más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos;
llegaba el fin de mes y siempre había un superávit con el cual
ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante.
Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para
menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a
las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan
arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera
para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras
menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que
calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues
allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de
familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes
dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el fichú o la manteleta, y
hasta vestidos completos acabados de venir de París.
El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea
de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería
que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después
de acostados, todo lo que había visto en el Regio coliseo. Resultó que
a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que
fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de
teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas
solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca.
Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con
seis amigos, a un palco alto de proscenio.
Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna
mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer
término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera
fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo
más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos
hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi
siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que
la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso
y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso
que no tenía gusto para nada. La envidiada de todos, envidiaba a
cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en
brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en
cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos,
vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los
mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la
cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener
uno solo, sino que quería verse rodeada de una serie, desde el pillín
de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace
más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su
desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una
bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de
libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo
cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin
abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los
alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan
limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía
con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda
en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles;
las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los
que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a
la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del
ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en
las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa
para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de
chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden
para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios
en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde
sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los
actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le
interesaban igualmente.
iv
Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad,
que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las
ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como
lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la
atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los
chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba
pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué
vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el
Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos
viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y
tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de
su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían
cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y
después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda,
como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando
menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle
o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito
en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho
y un sobresalto inexplicable.
Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales
quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos
una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había tenido
ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los
verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que
encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías
verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria
para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su
hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta
mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de
Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las
rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil
golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». --«Pues
si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». --«A mí nada. Dispensa,
hija, ¡qué genio!». --«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás
mimadita!».
Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se
echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la
Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo
tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su
hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué
era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a
nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las
Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie.
Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de
los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba
pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a
la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle
para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que
la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada,
el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las
mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza
animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el
lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un
ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida
tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera:
miiii... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel
venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo
sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón.
Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte
de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se
llaman absorbederos en el lenguaje municipal, y que sirven para dar
entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí
venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina,
produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden
compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la
ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su
alma se hicieron fuerza activa para responder al miiiii subterráneo
con otro miiii dicho a su manera.
¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero.
Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz
hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su
señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.
«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita
temblando y pálida.
El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su
ama con semblante de marrullería y jovialidad.
«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la
alcantarilla».
--¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?
--Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente,
que parió anoche y no los puede criar todos...
Jacinta se inclinó para oír mejor. El miiii sonaba ya tan profundo que
apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad
indiscutible.
Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo
metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la
expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el
absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de
freidera que apenas permitía ya oír el ahilado miiii. No obstante, la
Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como
quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:
«Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos».
--¿Y no se puede levantar esta baldosa?--indicó ella, pisando fuerte en
ella.
--¿Esta baldosa?--repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su
ama como se mira a la persona de cuya razón se duda--. Por poderse...
avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino
de casa... Pero...
Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada --observó Deogracias,
poniéndose más estúpido--. Se han ahogado...».
No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras.
Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello
no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había
entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la
consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda
gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel
gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se
le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y
su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia
indecible de oír constantemente el miiii del absorbedero. En verdad
que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía
remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle
¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano,
poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita
diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que
mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos
niños abandonados...?».
Sólo a su marido, bajo palabra de secreto, contó el lance de los
gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en
hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza
pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía
talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la
maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y
muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la
intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque
allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en
fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la
renovación de las probabilidades de ella.
v
Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija.
¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que
llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a
su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados,
mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que
anhelaba. La satisfacción del deseo chiflaba a la una tanto como a la
otra la privación del mismo.
Barbarita tenía la chifladura de las compras. Cultivaba el arte por el
arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer
de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de
tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no
estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca
del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente
estaba su magistral arte de marchante rica.
El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz
no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de
punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de
la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de
Santiago. Era tan conocida doña Barbarita en aquella zona, que las
placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la
preferencia de una tan ilustre parroquiana.
Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar
inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le
fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en
la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día,
echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando
todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés
ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del
mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se
iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán
abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido
la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y
hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se
metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una
función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la
cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se
corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una
sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los
labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo
para irlas desembuchando.
«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben
congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de
Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay,
porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los
caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu
vientre, Jesús...».
Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un
extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora
sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase,
y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por
la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la
manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que
consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en
seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería
era ver si saltaba conversación.
Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones,
Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel
santo lugar:
«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».
--¿Por qué, señora?
--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me
mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de
espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse
con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes
tú... Ahí tienes lo que son tus protegidos...
Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes
mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía;
era que le había recomendado. Pero ya se las cantaría él muy claras al
tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que
les había dado tapa del cencerro, es decir, pescuezo, que es la carne
peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no
se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo
está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades,
verdaderas divinidades».
--No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos.
También quisiera una buena lengua de vaca, cargada, y ver si hay
ternera fina.
--La hay tan fina, señora, que parece talmente merluza.
--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya
sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
Conmigo no se juega.
--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?
--Sí; y de pescados ¿qué hay?
--He apalabrado el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es
peste de langosta.
Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de
emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y
el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer.
Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este:
«Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los
chicos de Sobrino... ¡Qué divinidad!».
Barbarita interrumpía un Padrenuestro para decir, todavía con la
expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con
golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora».
Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a
casa de los chicos de Sobrino».
Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de
algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le
faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo
a alguna de sus hermanas.
Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a
salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo
pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no
recuerdo cómo se llaman».
--Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las
rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a
viejo...! Parecían de la boda de San Isidro.
A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no
comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel
inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la
tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá
admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo
universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando
ya una galleta de almendra y coco, que parecía talmente mazapán de
Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las
especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que
era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita
que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las _perlas
del Nizán, el gluten de la estrella, las salsas inglesas, el caldo
de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion,
que tanto le gustaba a Juanito, el bote de champignons extra, que
agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras
menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía
el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de
suprimirlo por pronto pago.
--Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento a casa--decía con
despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.
--Vaya, quedaos con Dios--decía doña Barbarita, levantándose de la silla
a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y
saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.
--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que ladronicio el de esta casa!... No
vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.
--Hasta mañana, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D.
Baldomero... Plácido, Dios le guarde.
--Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al
por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la
médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el
género arreglado. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado
estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el
Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos
en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en
palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos
formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se
discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo
al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable
antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía
encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole
con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la
horca.
Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que
van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de
acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o
cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya
conocido. Ello había de ser género de confianza, talmente moro. El
chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba
Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el
hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de
Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a
la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con
los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a
brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en
mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la
tarea para ver si se hacía a toda conciencia, porque en estas cosas
hay que andar con mucho ojo.
Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin
comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba
nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para
limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los
bazares de todo a real. A su hijo le llevaba regalitos sin fin,
corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta
recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba
trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo
traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía
la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano
traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D.
Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.
A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero
fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos
peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de
ocultis, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo
de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la
trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos
tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra
cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario
contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para
probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la Renta si se
lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba,
olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.
Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el
buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo
hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.