Parte 4 — Capítulo I: En la calle del Ave-María Fortunata y Jacinta · Capítulo 26 de 32
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Parte 4 — Capítulo I: En la calle del Ave-María

Parte 4 — Capítulo I: En la calle del Ave-María

i

Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al

frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi

por los garrafales errores en que este incurría. Llegó el caso de

prohibirle que hiciese por sí solo ningún medicamento de cuidado.

«¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los alcoholatos con las

tinturas alcohólicas, apaga y vámonos. Este frasco es el _alcohol de

coclearia, y este otro la tintura de acónito_... Vea usted la receta y

fíjese bien... Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el

establecimiento».

Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le

quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía. «Pero ¿qué

demonios ha echado usted aquí?--dijo luego con enojo, llevándose el

potingue a la nariz--. O esto es valeriana o no sé lo que me pesco.

¡Cuando digo...! Hoy está usted muy malo. Más vale que se retire a su

casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llévese usted un

derivativo... Mire, mire, llévese también un preparado de hierro. El

derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una

píldora de hierro reducido por el hidrógeno, con _extracto de

ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos

calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?, y sobre todo,

paséese usted y no lea tanto».

Relevado por su regente de la obligación de trabajar, Rubín se fue al

laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer.

Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caía

en la lectura como en una cisterna; tan abstraído estaba y tan apartado

de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos

y con sus ojos su espíritu. Tomaba extrañas e increíbles posturas. A

veces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta mucho más

arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentro

de la estantería baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces

del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las

manos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el

codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la

silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se

extendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en

las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de

deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos

extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto aparecía por

arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo

de donde estaban las rodillas; ya se le veía abierto con las hojas al

viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de

desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminuía era la atención del

lector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos de

la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.

Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes

estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simpático, no muy

limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente,

terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener

muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas

pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica

y laboratorio.

«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache

menudencias--dijo, parándose ante Rubín--. Mire, allí está esa mujer

esperando hace un cuarto de hora... Diez céntimos de diaquilón. En

aquella gaveta está. Vamos, menéese».

Rubín salía a la tienda y despachaba.

«¿En dónde están los frascos de Emulsión Scott?».

--Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es preciso

cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí...

leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tararí,

tararí...

Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.

«¿Y qué lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La

pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yo

a ocupar de si había personas en Júpiter! Cuando digo que usted, amigo

Rubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va ni

qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van a

dar a usted algo por el descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy de

barato--añadió luego, poniéndose a machacar en el mortero--, yo doy de

barato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay.

Bueno, ¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados como

nosotros».

Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en un

rincón de la anaquelería, que apestaba a fénico, entre dos potes de

este líquido; después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el

cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que

activaba la circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de una

percha colgaba, y a la calle. Poco tenía que andar por ella para ir a su

casa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía le

dijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer.

Maxi ocupó su sitio en la mesa, doña Lupe le recogió el sombreo, y

volviendo al poco rato, sentose en el sofá de paja; ambos esperaron un

rato en silencio.

«Cuidado que hoy tarda más que nunca» observó doña Lupe; y como notase

en el rostro de su sobrino señales de desasosiego, se apresuró a

entablar conversación más amena.

«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche. ¡Ah!, si

tú fueras otro, si tú tuvieras ambición, pronto seríamos todos ricos. El

farmacéutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene

vocación de pobre. Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro

poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Créeme, yo

te ayudaría».

--No crea usted, tía, yo también he pensado en eso. Ayer se me ocurría

una aplicación del hierro dializado a sin fin de medicamentos... Creo

que encontraría una fórmula nueva.

--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas

algo, que sea panacea, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo,

y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsulas,

jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantísima

droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para

todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano,

no se la coja. Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares. Ha

hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es

algo así como latro-faccioso...

--El lacto-fosfato de cal perfeccionado--dijo Maxi--. En cuanto a las

panaceas, la moral farmacéutica no las admite.

--¡Qué tonto!... ¿Y qué tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no

saldrás de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de

Ballester: también me salió el otro día con esa música. ¿Nada os dice la

experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dejó capital a su familia,

porque también tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se

vendían en su farmacia sino muy contados específicos. Casta bufaba con

esto. También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y

deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero... Pero buen

par de sosos tiene en su establecimiento...

Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no

expresaba su impaciencia con palabras. Por fin sonó la campanilla

débilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y

cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos

posible su tardío regreso al hogar doméstico. Papitos corrió a abrir, y

doña Lupe fue a la cocina. Maxi habló con su mujer en un tono que

indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no

hubiese entrado antes. Tenía ella los ojos encendidos como de haber

llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena. Pero

Rubín no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer

aquella noche. Hacía algún tiempo que la facultad de observación se

eclipsaba en él; vivía de sí mismo, y todas sus ideas y sentimientos

procedían de la elaboración interior. La impulsión objetiva era casi

nula, resultando de esto una existencia enteramente soñadora.

A doña Lupe sí que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas.

Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido,

impropio de la estación, porque todavía no había entrado Julio, aunque

faltaban pocos días; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente

que salía para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventuró

Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse

a ir a San Sebastián a tomar baños de mar. Mostrándose muy apático, dijo

el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas

marinas del Cantábrico_, a lo que respondió su mujer con energía: «Eso

de las algas es conversación, y aunque no lo fuera, lo que más importa

es tomar las brisas».

Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno,

la señora de Jáuregui se decía lo siguiente: «Te veo venir... buena

pieza. Ya sé yo las brisas que tú quieres. Después de zarandearte

aquí, quieres zarandearte allá, porque se te va el amigo... Sí, lo sé

por Casta. Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana.

Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... ¡A San

Sebastián nada menos! Estás fresca... Ya te daré yo brisas...».

Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.

Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir. Fuese doña

Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media

noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del

calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la

realidad. Él proponía los temas más extravagantes, por ejemplo: «¿Cuál

de nosotros dos se morirá primero? Porque yo estoy muy delicado; pero

con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años. Los

temperamentos delicados son los que más viven, y los robustos están más

expuestos a dar un estallido». Hacía ella esfuerzos por sostener plática

tan soporífera y desagradable. Otra proposición de Maxi: «Mira una cosa;

si yo no estuviera casado contigo, me consagraría por entero a la vida

religiosa. No sabes tú cómo me seduce, cómo me llama... Abstraerse,

renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir sólo

para adentro... este es el único bien positivo; lo demás es darle

vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua».

Fortunata decía a todo que sí, y aparentando ocuparse de aquello,

pensaba en lo suyo, meciéndose en la dulce oscuridad y la tibia

atmósfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de

los faroles de la calle. Dicha luz reproducía en el techo de la

habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y

esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo

raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una

butaca con la cabeza echada hacia atrás. Maxi volvió a machacar: «Si no

fuera por ti, no se me importaría nada morirme, Es más, la idea de la

muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en

otra parte lo que aquí no ha sido más que una tentativa. Si nos

aseguraran que no nos moriríamos nunca, pronto se convertiría uno en

bestia, ¿no te parece a ti?».

--¿Pues qué duda tiene?--respondía la otra maquinalmente, dejando a su

idea revolotear por el techo.

--Yo pienso mucho en esto, y me entregaría desde luego a la vida

interior, si no fuera porque está uno atado a un carro de afectos, del

cual hay que tirar.

--¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!--pensó la esposa. Era probado:

Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia

espiritual, al día siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la

manía de que todos se conjuraban contra él.

Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar. Fortunata

encendió luz, y él fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un

viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con

estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un

cerebro dado a los demonios: «Veremos si esta noche sueño lo mismo que

soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el

laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en

papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti.

Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara,

sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el

frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en

aquel sopor... Tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció

un ángel y me dijo, dice: 'José, no tengas celos, que si tu mujer está

encinta, es por obra del Pensamiento puro...'. ¿Ves qué disparates? Es

que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...».

Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en

profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la

farmacia.

ii

Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor.

Echose medio vestida en el sofá, y a la madrugada, después de haber

dormido algunos ratos, sintió que su marido estaba despierto. Oíale dar

suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera. Sintiole

palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cayó al

suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lívida que los fósforos

despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendió buscando la caja, y

al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado

resplandor, como difusa humareda. Este fenómeno desapareció con el

restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando

la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y

viendo a su mujer acostada, dijo: «¡Ah!... estás ahí... ¡qué bien haces

el papel!».

Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía. Pero

entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Púsose Maxi la ropa

necesaria para no levantarse desnudo, y se bajó de la cama

cautelosamente. Cogiendo la vela, salió al pasillo. Fortunata le sintió

reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella

tenía su ropa, y después el comedor y la cocina. Tantas veces había

hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se había acostumbrado a tal

extravagancia. Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba

o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.

Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día. «Si no

te cojo hoy, te cojo mañana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sentí

pasos, yo sentí cuchicheos; tú saliste de aquí... Has vuelto a entrar y

estás ahí haciéndote la dormida para engañarme... Déjate estar... Yo

estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A

buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene

duda. No vale el jurarme que no había nadie. Pues qué, ¿no tengo yo

oídos?... ¿Estoy yo tonto?».

Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su

mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se

aplacara. Pero esto no era fácil, y una vez desatada la insana manía, ya

había jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empezó a dar trancos

por la habitación, manoteando y hablando solo.

«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo más horrible es

que mi tía es encubridora... Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si

ella no lo consintiera? Y Papitos también es encubridora. Buenas

propinas se calzará. Pero ya te arreglaré yo, celestina menuda. Que no

me vengan con tonterías. Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la

entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el

aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!... Y anteayer había en esa

misma alcoba la impresión, sí, la impresión de una persona que aquí

estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como

un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aquí

entró alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. ¡Dios mío! ¿De qué

le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un

cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno

vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es

preciso vigilar más todavía y no perder de vista ni un momento a mi

mujer, a mi tía, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la

puerta, y yo la voy a reventar».

Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba. Lo particular

era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las

extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas

acerbísimas, afán angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer

y acontecer.

«¿Qué disparates estás hablando ahí?--le dijo su mujer--. ¿Por qué no te

acuestas? Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí».

--¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir? ¡Qué

conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!... Tú lo negarás

ahora... ¿Quién andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino

paga todas las culpas. ¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato,

¿verdad?, justo. ¡Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que

mi tía consienta esto, mi tía que me quiere tanto. ¡Tú, ya sé que no me

quieres; pero mi tía...! Vamos que... Pues esa víbora de Papitos, con su

cara de mona... ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene

defensa contra tanto enemigo; la traición le rodea; la deslealtad le

acecha. Aquellos en quienes más confía le venden. Donde menos lo piensa,

en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede

haber honor. En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos

engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.

Fortunata se vistió a toda prisa. Sabía por experiencia que mientras más

le contradecía era peor. Un rato estuvo sentada en el sofá, oyéndole

disparatar y aguardando a que avanzara un poco la mañana par avisar a

doña Lupe. Antes de ir a lavarse, pasó por la alcoba de su tía, que ya

estaba vistiendo, y le dijo: «Hoy está atroz... ¡pobrecito!... A ver si

usted le puede calmar».

--Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar. Si yo

faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que

encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad

es lo que le pone así, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo.

Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester,

chocolate con hierro dializado... ¡Qué chico, vaya por dónde le da...!

Salgo al momento.

Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como

antes. «Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme--dijo

clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta

esto y lo encubra y me quiera matar, porque sépalo usted, para mí el

honor es primero que la vida».

--Hijo de mi alma--le contestó doña Lupe poniendo el chocolate sobre la

mesa--, después hablaremos de eso... Yo te explicaré lo que hay, y te

convencerás de que todo es una figuración tuya. Toma primero el

chocolate, que estás muy débil...

El joven se dejó caer en el sofá, inclinándose hacia la mesa próxima, en

que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo mojó en el líquido

espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo

mismo, si bien en tono más tranquilo. «No sé cómo me va usted a

convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no

valen...».

Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.

«Tía... ¡Fortunata!... ¿qué es esto?, ¿qué me dan?... Este chocolate

tiene arsénico».

--¡Hijo, por María Santísima!--exclamó doña Lupe consternada, a punto

que entraba su sobrina.

--¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del

arsénico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y

no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando

lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el

ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es

este, Dios mío?...

--Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el

chocolate...!

--¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...!

Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante

de sus paseos...

«Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de

enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi

muerte».

--¡Conque arsénico...!--dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza

de obtener así mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un

majadero, voy a tomarme yo el chocolate.

Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito.

«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico

está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me

vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo,

que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho

que nos haces sufrir».

Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en

presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una

lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que

también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en

que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo

creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo

mala que es y la inquina que me tiene».

--Vamos, que es para pegarte--le contestó doña Lupe--. ¡Tomarla así con

la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la

culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no

os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace

calor; la mañana está deliciosa.

Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir.

Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la

mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita

que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con

los ojos malas impresiones.

«Eso--murmuró él de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la

calle, para...».

--Pero alma de Dios, si va ella contigo...

--¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren

armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al

sagrado de mi honor...!

--Todo sea por Dios.--¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la

Correspondencia lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y

cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice,

que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron

al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al

estanque...

--¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos?

--La Correspondencia no ha traído tal cosa--dijo Fortunata.

--Vamos, lo habrás soñado tú.

--Yo no lo he soñado--gritó él levantándose con golpe de resorte--. Es

verdad; lo he leído en la Correspondencia... y... ¡También me llaman

embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes...

ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes...

Doña Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia

divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia

tocase ya al punto en que agotarse debía.

«Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la

distracción se te despejará la cabeza».

Sabía por experiencia la señora de Jáuregui que en los ataques fuertes

de su sobrino, Ballester era la única persona que le hacía entrar en

razón, desplegando ante él, ya la burla descarada, ya la autoridad seca

y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las

más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su

recelo furibundo. «Bueno, bajaré--dijo Maxi tomando su sombrero--.

Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester. De mí no se ríe

más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara. ¿A que no se

atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la

espalda».

Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él. Cogiendo de la percha

del recibimiento la caña que usaba, salió dando un fuerte portazo. Bajó

rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcón le

vieron las dos señoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente,

mirar hacia la casa... Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con

cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo

molinete con el bastón. A cada instante se paraba y volvía hacia atrás.

Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas

vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto

imperativo: «Aquí pronto... ¡Me gusta...! Venga usted aquí».

En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha

las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entró Rubín en la botica

diciendo a su regente: «Buenos días, amigo Ballester. No le había visto.

Iba a tomar un poco el aire. Y usted, ¿qué tal?».

iii

«Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contestó Segismundo con

cara de muy mal genio--.

El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos

frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son

las del jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico; las

verdes el mismo con hierro dializado. Como usted me trueque las

papeletas, le trituro».

Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de

su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron

seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de

diferentes colores. Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita

de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba

disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las

vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se

fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia

del joven, el regente se quedó muy tranquilo y no dijo más que: «Ya

voló... buena va». Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y

su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. «Pero

no tendré yo esa suerte--decía--, y ya me lo volverán a traer para que

le amanse».

Maxi subió a su casa. Al abrirle la puerta, no se admiró Fortunata de lo

descompuesto que venía, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas

apariciones. «Supongo--dijo él con trémulo labio--, que no me lo

negarás ahora... Puede que mi tía lo niegue... ¡es tan hipócrita...!

Pero tú no, tú eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices,

¿verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, ¿qué tenéis que

decir?».

«Otra vez... pero hijo...» chilló doña Lupe, saliendo al recibimiento.

--Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega.

Cierto que no le cogeré; porque habrá saltado por el balcón; pero no me

negarán que entró... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la

botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y

huella, señores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada.

--¡Pues estamos divertidas!--dijo doña Lupe a Fortunata, que daba

suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.

--La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de

Papitos--gritó él, dando algunos pasos hacia la cocina.

--¡Papitos!, está en la compra. ¡Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas.

A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre...

Niño, niño, se acabaron las tonterías.

Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y

correccional. «Mira que no te podemos sufrir... Lo que tú tienes es

mucho mimo».

El desgraciado joven se dejó caer en un banco que en el recibimiento

había, el cual semejaba banco de iglesia, y allí se transformó la

máscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternación.

«Garantíceme usted... pues... que mi honor está... lo que llaman

intacto... y yo me tranquilizaré».

«¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él? Si todo es humo,

humo que hay dentro de esta cabeza».

--¡Humo!... ¡ah!...--Sí, todo humo--dijo Fortunata, poniéndole

cariñosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temerás nada. Es

la imaginación, nada más que la imaginación... la loca de la casa, como

decía tu hermano Nicolás.

--¿Sabes lo que vamos a hacer?--indicó doña Lupe, algún tiempo después,

aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos

a darle de almorzar.

Su mujer le agarró por un brazo para llevarle a la mesa, y él no hizo

ninguna resistencia. Temían una y otra que no quisiese tomar nada,

fundándose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de

ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular. Tenía poco

apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia

considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariñosas se mostraron, que

Maxi comió más que otros días, sin hacer observación alguna ni quejarse

de lo mal condimentado que estaba todo. Hiciéronle café y esto fue lo

único que tomó con gana. De sobremesa, trató doña Lupe de alegrarse los

espíritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga

del honor; mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta

de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque

había pasado, y pronto vendría la completa serenidad. Al despedirse para

volver a la botica, llevó a su mujer aparte y le dijo: «Prométeme no

salir esta tarde... prométeme no salir nunca sino conmigo».

--¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren! No pienso en tal

cosa--replicó ella sonriendo--. Aquí me estaré esperándote. A la noche

iremos a casa de doña Casta. ¿Quieres? O a paseo.

Mientras esto decía, doña Lupe, acechándola desde un rincón del pasillo,

fijaba en ella una mirada astuta.

Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado. En un rato

que tuvo libre, se fue al rincón del laboratorio en que guardaba sus

libros, y cogió uno disponiéndose a sumergirse en la lectura. Pero

Ballester tomó una vara; se fue derecho a él, y arrebatándole el libro,

le amenazó con castigarle. «Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo

que nos trastorna. ¿A ver qué es esto?... ¡Hombre, qué bonito!

Errores de la teogonía egipcia y persa... Esto reza el epígrafe del

capítulo... Pero, criatura, ¿que siempre ha de estar usted metiéndose en

lo que no le importa? ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que

aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran

muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. ¡Que tenían los

dioses por gruesas! Bueno, ¿y qué? ¿Acaso los tiene usted que mantener?

Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontería

(exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera); no puedo ver

que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha

de sacar lo que el negro del sermón... Que le escondo los libros, que se

los quemo... Voy al momento».

Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta.

«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted. Alcánceme el alcanfor, el

nitro dulce, el polvo de regaliz...».

Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvió Ballester a coger

la vara, y continuó la filípica de este modo:

«Lo mismo que la tontería en que ahora ha dado... que le van a quitar su

honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le

tienden asechanzas a su honor... ¡Qué melodramáticos estamos y qué

simples semos! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a

quien está casado con una mujer, que es la casta Susana, sí señor, me

ratifico, la casta Susana, mujer que antes se dejaría descuartizar que

mirarle a la cara a un hombre. ¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas

tragedias? ¡Ah!, si yo tuviera una hembra así, tan hermosa, tan

virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adoraría de

rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. ¡Su honor! Si

tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo. Tiene

usted un honor más limpio que el sol... ¿qué digo sol, si el sol tiene

manchas? Más limpio que la limpieza. Y todavía se queja... Nada, yo le

voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, ¡zas!...

No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy

mimadito que está. Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y

que se mira en las niñas de sus ojos... Como que es la verdad...

Carambita, pues si yo tuviera una mujer así...».

Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más

en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi

estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y

concluyó por sonreír, y al cabo de un gran rato le dijo:

«Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. ¿Quiere?».

--¿Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los

días, ilustre amigo mío. Iremos... en el bien entendido de que venga

Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridísimo

colega, a hacer estas píldoras de protoioduro de mercurio. Prepare

usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga. Receta de cuidado. Mucho

ojo... Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia.

¡Cuánto más bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuántas docenas

de dioses! Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado

estará el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a

fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y

si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado.

¡Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que

va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aquí...

¡Qué hermosa es la Farmacia! Para mí hay dos artes, la Farmacia y la

Música. Ambas curan a la humanidad. La Música es la Farmacia del alma, y

la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, ¿qué somos si no los

compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un

Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llámanse notas

allá, aquí las llamamos drogas, sustancias; allá sonatas, oratorios y

cuartetos... aquí vomitivos, diuréticos, tónicos, etc... El quid está

en saber herir con la composición la parte sensible... ¿Qué le parecen

a usted estas teorías?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere.

A poco llegó el practicante que sólo hacía servicio en la botica por las

noches, y llevándole aparte, le dijo Segismundo: «Amigo Padilla, hoy

mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta

calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se

queda solo envenene a toda la parroquia».

iv

Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña

Casta, donde debían reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar allí,

entró Ballester diciendo que se había levantado un airote muy fuerte y

amenazaba tormenta, por lo que unánimemente se acordó no salir; se

encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza

para que la oyeran Maximiliano y Ballester.

Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran

admiración en la época en que era de moda ser tísico, o al menos

parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de

expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad

cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de

sílfide. Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la

vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y

Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete años

estuvo tecleando, y después tecleaba en casa bajo la dirección de un

reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratábase de que ganara

premio en los exámenes, y para esto la niña estuvo por espacio de tres

años estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca.

Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche. Ballester se la sabía ya

de memoria sin perder nota. No había logrado Olimpia decir toda, toda

la pieza, desde el adagio patético hasta el presto con fuoco, sin

equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se

embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía. Por eso

doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que

fuese perdiendo el miedo al público.

La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante,

porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado

en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la

familia para incorporarse. Era un chico de mérito, que estudiaba el

último año de no sé qué carrera, y escribía artículos de crítica

(gratis) en diferentes periódicos. A pesar de sus notables prendas,

doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente,

como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más

lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; leía todos los artículos

de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados

en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.

Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y

los mechones de pelo. Doña Casta no permitía aún al apreciable joven

entrar en la casa.

Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas

como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a

ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal,

arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida

o de mal genio, según el pasaje. Parecía que los dedos eran bocas, y que

estas bocas tenían hambre atrasada por las muchas notas que se comían.

En ciertas escalas difíciles algunas notas se anticipaban a sus

predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un

efecto fácil, la pianista decía «aquí que no peco», y se indemnizaba de

las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas,

las exclamaciones de admiración no cesaban. «¡Qué dedos los de esta

chica!... Me río yo de Guelbenzu... ¡Y qué talento artístico, qué

expresión!» decía el gran tuno de Ballester.

Y doña Casta: «Ahora viene el paso difícil, ahora... En este trozo no

tiene pero... ¡Qué limpieza... qué manera de frasear!...». Doña Lupe

también hacía aspavientos, y Fortunata se veía obligada a expresar su

entusiasmo, aunque no entendía una palabra de tal cencerrada, y en su

interior se pasmaba de que aquello se llamase arte sublime, y de que

las personas formales aplaudiesen música semejante a la de un taller de

calderería. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la

calle le gustaba y la conmovía más.

Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los

críticos la oía desde la calle. Cuando concluyó, estaba rendida,

sudorosa, le dolían todos los huesos y apenas podía respirar. Ni

siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le

echaban. La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis.

«Hija mía--le dijo su mamá, viéndola ir hacia el balcón--, no te asomes,

que estás sudando. Toma, ponte esta toquilla».

Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón,

salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que

se paseaba en la acera de enfrente.

Al poco rato entró Aurora, la mayor de las Samaniegas, que era muy

distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura,

de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de

carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello

corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las

mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de

los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.

Tenía más entendimiento que su hermana; vestía con esa sencillez airosa

de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de

tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje

era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y

como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja

honradamente.

Expliquemos esto. Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un

francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería.

A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a

Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca,

que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna.

Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por

causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas

esperanzas había de segar en flor. Fenelón, que era hombre bonísimo y de

inteligencia mercantil, tenía el defecto del chauvinisme. Empuñó las

armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los

prusianos le dejaron seco.

Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a

Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido

no pudieron tener empleo por no existir aquí grandes almacenes, y los

que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a

las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida. Había

aprendido la viuda de Fenelón cuanto hay que saber en lo concerniente al

ramo de ropa blanca; estaba fuerte en contabilidad; tenía nociones

claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio

bien montado, y hablaba el francés a la perfección. Pero todos estos

méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le

ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con

arreglo a los últimos adelantos del extranjero_, y llevar a él a persona

tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastísimo.

Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y

canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora. El capital para la

instalación de esta importante industria habíalo facilitado D. Manuel

Moreno-Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe

Samaniego. La tienda estaría en una casa nueva de la subida a Santa

Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates serían

de seguro los más vistosos y elegantes de Madrid. Inauguración, el 1º de

Setiembre. Samaniego estaba en París haciendo compras, y en la fecha a

que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda

provisional, que estaba próxima a la definitiva, había ya mucho trabajo.

Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas,

estaba disponiendo las piezas-modelo que se habían de presentar en los

primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De

sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes

riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá,

gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.

Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de

que estuvieran presentes doña Lupe, Fortunata o las demás amigas, para

dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la veía entrar, se le

iluminaba el rostro, y ya no se hablaba más que del establecimiento

nuevo, y de las cosas no vistas que en él admiraría el Madrid elegante.

Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso

Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa

blanca, cogió por un brazo a Maxi y le dijo: «Nosotros nos vamos a ver

una piececita en Variedades». Dicho se está que Olimpia, no participando

de la presunción ni del entusiasmo mercantil de su mamá, seguía posada

en el antepecho del balcón del gabinete, viendo pasar la sombra

melancólica del aburrido Aristarco, y arrojándole desde arriba alguna

palabrilla, para que endulzara el plantón.

«Estarás muy cansada, siéntate--decía doña Casta a su hija, armando el

corrillo--. ¿Cómo va eso?».

--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Será una cosa

espléndida. Ya están llegando cajas de novedades, cosas, ¡ay!, _por

ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aquí no

saben poner escaparates. Verán, verán el nuestro, con _todo lo que hay

de más lindo_, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y

entre a comprar algo. Después que entran, se les enseña más, se les

hace ver esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin

caen. Los tenderos de aquí apenas tienen el arte del etalaje, y en

cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen

todavía a la escuela de Estupiñá, que reñía a los que iban a comprar.

--Yo creo--dijo doña Lupe con expresión avariciosa--, que Pepe Samaniego

va a hacer un gran negocio. Madrid está por explotar. Todo consiste en

tener pesquis. ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una

verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que

salga por ahí con su poco de panacea. Pero nos hemos vuelto todos muy

morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta, y los

extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero.

Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual

se había desviado un poco con aquello de la panacea.

«Por eso--dijo doña Casta--, un establecimiento montado como los mejores

del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí,

las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a

comprar la última novedad».

Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y

en este una gran hebilla. Su atavío era todo frescura, sencillez de

obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colación o

golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en

una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que

tomaba, con un pedazo de rosca.

«¿Ustedes gustan?... Pues decía que en las cajas que están ahora en la

Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de

hacer sensación. El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino

un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con

puntilla ordinaria. Verán, verán ustedes... Pues el faldón de bautizo,

por ejemplo, que estamos arreglando con encaje valenciennes, no se

podrá poner menos de quinientos francos. (Aurora tenía la costumbre de

contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traeré

aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes».

--Mejor será que vayamos nosotras allá--dijo doña Lupe--, y así veremos

y hociquearemos todo antes de que se abra al público.

Fortunata decía también algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no

despertaba en ella gran interés. Después que apuró el platillo de la

compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel.

¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se

dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Ponía esta señora

sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala

el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa.

Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso

contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la

temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la

traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la

cintura y ambas salieron al balcón de la sala.

Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de

coco.

Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se

secreteó con Fortunata: «Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo

va también con ellos».

v

Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se

habían hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía,

y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin,

con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas

hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado,

estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos

de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se

trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.

Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos

mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle. De

pronto se echó a reír Aurora.

«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi

hermana es la única mujer que en el mundo existe capaz de querer a un

crítico. Merecería en castigo casarse con él. Solamente, que como es

mi hermana, no le deseo esta catástrofe».

«Vaya, que está apurado el hombre--decía Fortunata, riendo también--. Le

hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar. Estás tú fresco...

Será que quiere darle uno de esos artículos que escribe y en los cuales

cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre,

no te apures, que ya le hablarás otra noche. Ahora no puede ser... ¡Qué

pesados son estos novios!, ¿verdad?».

Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas

estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió

a decir: «Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con

ellos. Creo que van a San Juan de Luz».

Fortunata volvió la cara para el balcón del gabinete, donde estaba

Olimpia. Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco: «Van a

San Sebastián y a Biarritz, y a principios de Setiembre irán todos a

París».

--Niñas--dijo doña Casta, tocándoles en los hombros--. ¿De qué agua

quieren ustedes?... ¿Progreso o Lozoya?

--Lo mismo me da--replicó Fortunata.

--Toma Lozoya, y créeme--insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano--.

Por más que diga esta, Progreso es un poquito salobre.

--Eso va en gustos... Y también influye el hábito--arguyó Casta con la

suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado

bebiendo el agua de Pontejos, que es la misma que la de la Merced, que

hoy llaman Progreso, toda otra agua me parece que sabe a fango.

No insistiré en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de

Madrid. Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y

Aurora lo hacían en el balcón. Las once y media serían cuando sintieron

la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente.

«Si bajan ustedes--dijo Rubín--, las espero aquí».

--Olimpia--gritó Ballester--. Venimos de ver la obra que se estrenó

anteanoche. ¡Qué mala es! ¿Tiene usted ya noticias de ella?

--¿Yo?... ¿Qué está usted diciendo?

--Como usted se trata con autoridades...

Al decir esto pasaba el crítico junto a él.

«Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del

autor la pondrán en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a

mí por qué engañan de este modo al público».

--Déjeme usted en paz... ¡Qué tonto es usted!--replicó Olimpia, y se

metió para adentro.

--¿Bajáis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contestó que esperase en la

botica, que ellas bajarían. Aurora y Fortunata se reían mirando a

Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el

diablo.

Retiráronse las de Rubín a su domicilio, teniendo ambas señoras la

satisfacción de ver a Maxi tan mejorado de los desórdenes cerebrales de

aquella mañana, que no parecía el mismo hombre. Síntomas favorables eran

la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus

respuestas. Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que

saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y

mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a

la hora concertada, y no le encontró. «Ha ido a cortarse el pelo--le

dijo Ballester, ofreciéndole una silla--. Con las murrias de estos

últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba

pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase

esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponérsele,

combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme.

Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto.

Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que

hace falta».

--¡Pobrecito!...--exclamó Fortunata--. ¿Pero ve usted por dónde le ha

dado?... Yo no he visto un desatinar semejante.

Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por

atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de

él dependiera. Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser

galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.

Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma; aquel día se

corrió más. Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con

ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia

la señora para decirle con retintín:

«Muy triste está usted desde ayer... No, no me lo niegue... ¿Pues yo no

veo lo que pasa? Leo en las caras».

--Pues en la mía poco habrá leído usted.

--Más de lo que se piensa... Leo pasajes tiernísimos... estrofas de

despedida... ayes de soledad...

--¡Ay, qué majadero!--¡Oh!, a mí no se me escapa nada. Convengo en que

no hay motivos para que usted esté tan patética... Pero hay otra cosa...

a mí me gusta remontarme a los orígenes, me gusta buscar el por qué, y

francamente, cuando miro ese por qué, no puedo menos que lamentar la

equivocación de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos.

Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.

«Sí, no puedo menos de deplorar--prosiguió el regente inflándose--, que

usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en

el mundo tanto corazón leal, ir a buscar precisamente el más inconstante

y...».

--¿Qué disparates está usted diciendo?

--¡Oh!, no son disparates--replicó el farmacéutico, dando algunos pasos

delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos

posible--. Perdóneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto así; siempre he

sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la

puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues

decía... ¿Se va usted a enfadar?

--No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo? Suéltela, suéltela.

--Pues decía... (Ballester tomaba una actitud que a él le parecía

aristocrática), decía que a quien debiera usted querer es a mí... Ya ve

usted que no me muerdo la lengua.

--¡Ay, qué gracia! Me gusta usted por lo corto de genio.

--Al pan pan y al vino vino. Queriéndome a mí, verá lo que es corazón

amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa...

--¿Qué?--Que si se decide a quererme... usted no se decidirá, pero si se

decide, tenga cuidado de no decírmelo de sopetón... porque me moriré de

gusto... Sería como una descarga eléctrica.

--Estese tranquilo... Sí, se lo iré diciendo poco a poco...

preparándole, como cuando se dan malas noticias...

--No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aquí, entre tanta

medicina, ¿no hay nada que le cure la cabeza?

--¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...! Y creen muchos que

la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la mía es una

pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me sé me harían la persona

más cuerda y más feliz de la tierra...

Viendo en esto que entraba Rubín, dio otro giro a su charla. «Aquí le

estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas píldoras...

¡Dios, qué píldoras!».

--¿Para ella?--No hombre, para usted.--¿Y de qué son?--Bueno va; ya

quiere saber de qué son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe

reservarse el secreto. Es un específico.

--Este Segismundo está ido--dijo Fortunata--. Vámonos.

--Yo no tomo píldoras sin saber la composición--indicó Maxi con la mayor

buena fe.

--Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren

averiguar... ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos...

semos! ¡Luego se queja el nene!... (tirándole de una oreja), se queja

de vicio... el niño mimado de la Providencia... Abur, divertirse.

Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y

estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió

con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.

vi

Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la

estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la

sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de

la emigración. En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues

Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación

correspondiente, más o menos aparatosa; pero mientras no llegase a un

grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos

mujeres podían llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se

manifestaban levemente, y a veces no se conocían. Ballester había

conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en

absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo.

Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber

comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había

comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos

pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la

historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en

ella el señorito de Santa Cruz. Algunas, quizás, tenían conocimiento de

aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión;

pero nadie se atrevió a llevar el cuento a la de los Pavos. Esta, no

obstante, lo sabía por obra del puro cálculo y de sus facultades

olfatorias. Arrancose una vez a armar la gorda «para que no

crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aquí haciendo el

papamoscas». Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su

amigo Feijoo, trazó la raya divisoria que este le recomendara, y vino a

decir en sustancia: «de aquí para allá, señora, gobierna usted; de aquí

para acá, están mis cosas y en ellas no tiene usted que meterse».

No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvió a la

carga dos o tres veces en esta forma: «Si el pobre Maxi estuviera bueno,

él te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo

está, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he

dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'. En la

situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte. Por eso me

contengo y me trago todo el veneno. ¿Ves?, mi cabeza se está llenando

de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar...».

Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Esta escena

ocurría en el gabinete, hallándose las dos cosiendo sus trajes de

verano.

«Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado--prosiguió la viuda

con serenidad que espantaba--, después de tu enmienda verdadera o falsa;

después que se te perdonó (y por mi voto no se te habría perdonado);

después que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas

obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que

han de parecer de hipocresía. Porque yo digo una cosa. Óyeme

atentamente».

Doña Lupe dejó la costura y se preparó a hablar, como los oradores de

profesión. «Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión

antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos,

y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si tú hubieras

venido a mí y me hubieras dicho: 'Tía, esto me pasa. Me persiguen; yo no

sé si podré defenderme; soy débil; ayúdeme usted...'. ¡Oh!, la cosa

variaba mucho. Porque yo te habría dirigido, yo te habría dado

fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y

hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate:

ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar

para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas

pidiendo socorro ya será tarde, y esas personas te dirán: 'Entiéndete

ahora, húndete, y cúbrete de vergüenza y date a los demonios'».

Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio

de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su

costura. Discurría sobre la extrañeza de aquellos conceptos de la viuda,

que parecía dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que

se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de

protección y por sancionadora de las acciones. «Esta mujer quiere ser el

Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo

que es por mí...». A Fortunata le repugnaba la moral despótica de doña

Lupe, en la cual entrevía más soberbia que rectitud, o una rectitud

adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las

ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la

absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada

más. Tenía su idea y para nada necesitaba de consejos ni de la

protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que

fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas,

rectilíneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del cañón.

Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía,

de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta

circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono

menos catilinario que los anteriores.

Era aquella señora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre

la base sólida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios.

«Mira tú por dónde podríamos llegar a entendernos--le dijo una tarde que

la volvió a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te

trae dislocada no está ya en Madrid. ¿Qué mejor ocasión quieres para

emprender la reforma de tu estado interior, que está como una casa en

ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera

hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas.

Otra tomaría por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan

delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habrías de empezar

por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles,

entiéndelo bien, hasta los menores detalles; por ponerme al tanto de lo

que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la

mañana, por la tarde y por la noche; en fin, habías de declarar todos,

toditos los síntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer

cuanto yo te mandare». Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el

bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma.

Por cumplir, más que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de

decir algo, reservando, como es natural lo más delicado. Doña Lupe se

entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus

facultades profesionales, y terminó así: «Te aseguro que si me obedeces,

te quitaré eso de la cabeza y serás lo que no eres, un modelo de mujeres

casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el

caso de que se te tendiera el lazo otra vez. ¡Vaya, con el caballerito!

Es cosa de dar parte a la policía. Tú déjate llevar; pon el pleito en

mis manos, déjame a mí... y verás. ¿Apuestas a que me planto un día en

casa de doña Bárbara y le canto clarito? Tú no sabes quién soy, tú no me

conoces. ¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...! Bien

merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que

no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se

adora a una madre».

Y al finalizar estaba doña Lupe radiante. Casi casi se aventuró a hacer

a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfacción. Un

pensamiento se le salía del magín a cada instante; pero lo reservaba en

la hoja más escondida de su gramática parda. Ni la sombra de este

pensamiento dejaba entrever a Fortunata.

Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas. «¿Le habrá dado

dinero?». Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba

afirmativamente. «Tiene que haberle dado algo, quizás grandes

cantidades. ¿Pero dónde demonios las tiene? ¿Qué hace que no me las da

para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergüenza de

poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la

honra... Y no es otra cosa; le da vergüenza de decírmelo. Pero al fin

ello saldrá».

Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no

pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un

recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un

registro en la cómoda y baúl de Fortunata. Valiéndose del sin fin de

llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos

cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien

examinadas, en la misma disposición que antes tenían. Este proceder

jesuítico lo practicaba siempre que metía sus manos escudriñadoras en

donde no debían estar. Busca por allí, busca por allá, y nada. Los

billetes se esconden tan fácilmente, que no hay manera de encontrarlos.

Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba

segura de dar con los billetes si los había. «¿Tendralos cosidos en la

ropa?--pensó--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y

sabe más...!». En la cómoda no había nada que a dinero se pareciese, ni

tampoco cartas. Algunas joyas y chucherías vio, que le parecieron

recuerdo o prenda de amores; pero lo que es guano, ni el olor.

«Es muy particular--gruñía la viuda, registrando el baúl, después del

reconocimiento minucioso que en la cómoda hizo--. ¡Y no se comprende que

siendo él tan rico y ella una pobre...!». El baúl, que sólo contenía

ropas viejas, no dio tampoco nada de sí. «Pues tiene que haber

algo...--rezongó la señora--, tiene que haber algo. En alguna parte está

el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo».

Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban

apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña

Lupe se sentó a meditar, y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón

y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí

donde principia el cabello, como quien estimula la generación de una

idea, y dijo: «Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que

reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes».

vii

Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían,

reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en

ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la

forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del barrio; las

excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego

o de Rubín; las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura

de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera:

«aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos

de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de

programa.

En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo

siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de

negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto

semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del

trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.

Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos;

y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y

una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una

parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse

se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el _difunto era más

chico_. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por

embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero

de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas

circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda

tropical tan bien manejada.

Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla,

y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco

estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido,

fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal

hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico.

Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la

obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía

se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los

ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco

advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo

bien, ¿y usted?... Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños

del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al

temperamento y a la timidez de Maxi.

«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su

sorpresa.

Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal,

en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se

sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero,

se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a

todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada--dijo--, que

estoy de enhorabuena».

--Qué, ¿te ha caído la lotería?

--No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta... Es mucho más

que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que

estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar...

--¡La combinación!... Pues qué, ¿has encontrado la panacea?--expresó

la tía con incredulidad.

--No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico,

exaltándose más a cada palabra--. De pan, que significa todo... y

akos que es lo mismo que decir remedio. Que lo sana y purifica todo,

vamos...

--¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declaró doña Lupe,

recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era

enteramente febril.

--Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos

como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más

que una fórmula para estar completo... ¡La maldita fórmula...! Por fin,

ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría.

Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó

conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y

dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la

cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros... pif...

Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno--dijo la tía,

viendo que le venía encima una nube--. Tranquilízate, escribirás la

fórmula, harás tu panacea, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho

dinero».

--¡Ah!...--exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un

trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo

con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse

las cejas... ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No

importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una

reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que...

--Adiós mi dinero--murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo

parecido.

--El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercándose a su tía y

dando castañetazos con los dedos--, era el de la emanación de las almas.

¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se

encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su

origen?... ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo

siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis.

Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los

ojos de una manera entre burlesca y compasiva.

«¡Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercándose--, no discurras esas cosas

que dan dolor de cabeza... Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que

averiguar sobre esto, está ya averiguado... No te calientes la cabeza».

--Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático),

si en este via crucis de trabajos y persecuciones que me espera; si

en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres

acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás.

¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y

para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo

que propongo?

Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe,

después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad

cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó

oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas

razones enderezaran el torcido intellectus del desdichado joven. «Mire

usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre

eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos...

porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es

más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y

por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná... «Ganarás el

pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca

usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin

nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas

malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que

al fin polvo somos, y...».

--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso--. Si

usted es materialista, nunca nos entenderemos.

--No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como

el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se

pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.

--Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la

contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano

Juan Pablo: fuerza y materia. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi

doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras

sí a la señora humanidad.

Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su

cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla

en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el

hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano

sobre un papel.

«Ved aquí fijados los puntos capitales--balbucía él, escribiendo--.

Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado

penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea

la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto...».

--Chico, descansa ahora un ratito--díjole su esposa, tratando de

quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos

cálculos tan difíciles... Mañana seguirás... No, no creas que me parece

mal; yo te ayudaré a pensar... hablaremos de esto. Yo también discurro.

Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión

seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo,

cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de

estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la

sociedad presente.

«Tú también discurres--le dijo con dulzura--. Lo sé, tú piensas, porque

sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar

y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes

el sentimiento de la liberación... Usando una parábola, te escuece en

las muñecas el grillete de la vida».

Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no

contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar,

porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes

más de eso».

Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.

«Tú me ayudarás--prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en

sus ojos encandilados--, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina,

resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser

completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la

revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho

quien todo se lo sabe».

Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para

llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted... Aquí no hablamos en secreto.

También usted será conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa

propaganda... Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan

entrar aquí a ese materialista...».

--¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?

--Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden

ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta

confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes

mi honor.

Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o

apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía... ese

materialista que no entre más aquí».

--Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya. Yo le diré que se largue

con su materialismo a los infiernos.

--¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cariño.

--Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en

su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan

rebuscada fórmula, paréceme que soy otro... Antes mi vida era un

martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento

bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir...

--Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... créanmelo. Verán

cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la

quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el

alma.

A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un

instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido--le dijo la

señora de Jáuregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene

soldadura».

viii

Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos.

Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en

éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada

de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó

al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y

salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de

comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas

no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese,

empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe

obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa

vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no

que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su

institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando...».

Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero

de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole

las manos a su mujer, le dijo:

«Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de

ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo

sabe me lo ha dicho a mí».

Fortunata no entendía palotada.

Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de

anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni

mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le

tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más

contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca

ahora... Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga

de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto?

¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted

la gran jaqueca con aquello de la cosa en sí... Pues pongamos que sea

la cosa en no. Yo digo que esto es música pura; la cosa en sí bemol.

¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter

las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar

mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que

hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos

que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga

volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira

que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta

perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane

los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de

agradecer!... En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a

usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo,

por la mañana y por la tarde».

Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no

hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos.

Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le

voy a dar la hatchisschina, o extracto de cáñamo indiano, que es

maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las

ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán

ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar».

Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa

estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien

es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los

chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía

tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo

algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba

deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y

reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de

sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la

alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los

primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron

por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y

otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo

distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina

que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a

poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas

completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta

naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a

devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía

encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y

nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A

principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar

para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres

confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de

noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la

botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.

Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. Aquél no le

había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa.

¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy

bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba

estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de

charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de

la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a

la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en

un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que

había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de

exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha

gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel.

Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida

de trabajo, porque los encargos de trousseaux y ajuares se sucedían

sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a

meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a

doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para

la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata

iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues

no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho

el taller y tienda.

Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de

una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas,

sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle

de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo

que es piernas...

Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una

noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando

toda la casa».

Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la

dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía

presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito

ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convenía en que era una gran

bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso,

la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con

extraordinaria curiosidad y atención: «¿Creerás que se me ha metido una

cosa en la cabeza?... Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo

doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para

su obra, si salía bien la inauguración, y nada... que se plantó allí a

cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene

también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que

han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París...

¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, _por

ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a

la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no

será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son!

Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí,

que al buen hombre le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo...! ¿A

ti qué te parece?».

Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su

amiga contaba.

«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos... un hombre

que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no sé, no sé. ¿Habrá

algo?... ¿Qué te parece a ti?».

--Pues...--dijo la de Rubín pensándolo mucho--, a mí me parece que no.

--Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como

quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi

entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno.

Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el juego... A ti qué te

parece... ¿Habrá...?

--Me parece que no--volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.

ix

La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada

por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su

campaña reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel día

y le endilgó otra perorata: «Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy

a tus órdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda

regla». Dicho esto, trató de meterle los dedos en la boca para salir de

dudas respecto a si había recibido o no alguna cantidad gruesa de manos

de su amante.

Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.

«Comprendo--expuso la señora con acento parlamentario--, que tengas

cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca:

no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podrían creerlo

otras personas, que tu debilidad es interesada, y que quieres a ese

hombre porque es rico, y que no lo querrías si fuese pobre. No, yo no te

hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada

y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor

y no del interés; y los mismos disparates que haces por un hombre

poderoso, que te da grandes cantidades, lo harías si fuera un pobre

pelagatos y tuvieras que comprarle tú a él una cajetilla».

--¿Qué está usted ahí hablando de grandes cantidades?--preguntó

Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír.

--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cállatela... haz

el favor... que ciertas cosas vale más que se queden dentro. No vayas a

creerte que pretendo me entregues a mí esos capitales para

colocártelos... No, ya sabrás tú manejarte bien...

--¿Pero qué está usted diciendo... señora?...

--No, yo no digo nada. Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos

fondos.

--¿Pero qué fondos, ni qué...? Usted está soñando.

--Vaya... si pretenderás que me trague yo esa rueda de molino más grande

que esta casa. ¡Si me querrás hacer creer que no te da...!

--¡A mí!--No me hagas tan tonta...--No sé de dónde ha sacado usted...

Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me daría si me viera en una

necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.

Iba doña Lupe a soltarle otra andanada. «Valiente turrón te ha caído,

grandísima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte». Pero se

contuvo y se tragó su ira, desahogándola después en agitado soliloquio:

«No he visto otra. No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común. ¡Qué

canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los

tontos, ahí debieras ir tú de cabeza».

Maximiliano volvía lentamente a la vida regular, sin que esto quiera

decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habíase

transformado, y así como en las crisis hepáticas hay derrames de bilis,

en aquella crisis mental parecía haberse verificado un derrame de

sentimientos. No sólo era ya pacífico, sino tiernísimo, y sus afectos se

habían sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las fórmulas

de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente

suaves y hasta empalagosas; se afligía cuando causaba alguna molestia, y

agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehuía como

pudiera. Iniciábase en él cierta tendencia a imponerse privaciones y

sufrimientos, y la mortificación, que antes le sublevaba, por liviana

que fuese, ya le complacía. Si en la conversación, o en aquellas

polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba

una palabra más alta que otra, luego sentía remordimientos de haberla

pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la

timidez le ponía un freno.

Un día hubo de decirle a Papitos, porque no le había limpiado las botas:

«Vaya con la chiquilla esta... ¡Verás tú!». Y al salir de la casa

sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le

faltaba poco para derramar una lágrima. «¡Cuándo se me quitará esta

costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... ¿Qué más da que estén

las botas con o sin betún? La que debe tener lustre es el alma, no el

calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas

niñerías. ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical

criatura! Soy un animal... ¿Pero quién es el guapo que de estrellas

abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta

y dos barbaridades cada día. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta

sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que

llega la hora de la liberación».

«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja? ¿Saco la vara?--le dijo

Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz

tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy evangelísticos.

Cuidadito. Ya sabe usted cómo las gasto».

--Pégueme usted. No me importa--le contestó Maxi, dejando el sombrero en

la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada

porque no le han limpiado las botas. ¡Qué humanidad tan imbécil! Amigo

Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte!

--Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replicó el otro

cogiendo la vara y esgrimiéndola cómicamente--, le lleno el cuerpo de

chichones. ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el

no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco...

mírela, y como diga que es guapa, le pulverizo.

Señalaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual

estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj

de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipócrates y

una calavera.

«Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, míreme a mí--dijo

Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogiéndose los faldones

de la levita--. Estoy guapo, ¿sí o no?».

Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de

lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde

después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas.

«Vaya, que está usted elegante» dijo Maxi, poniéndose a pesar unas dosis

para píldoras.

--Pues más he de estarlo mañana. Mañana se casa mi hermanita con

Federico Ruiz, un chico de mucho talento. ¿Le conoce usted? Los

periódicos, que hablan constantemente de él, anteponen siempre a su

nombre algún mote muy salado. Ahora le llaman el distinguido pensador.

¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa? Porque

usted no piensa con juicio y él sí.

Por la noche estaban en la botica, además de Ballester, los dos

practicantes Padilla y Rubín. Como apareciese en la acera de enfrente el

célebre crítico, Segismundo se vio acometido a la ira cómica que le

producía la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en

la república de las letras. «Tengo a ese caballerito--decía--, sentado

en la boca del estómago... sobre todo, desde que elogió aquella obra tan

mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el

problema_, y qué sé yo qué. Veréis: Es aquel dramita moral en que se

recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que allí resulta

que todos los solteros somos unos pillos; y porque un joven se retira

tarde y se gasta algún durete en picos pardos, me le llaman monstruo y

el papá le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque

sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el

cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le

fusilen. Total, que cuando la vi representar, pensé que me tragaba todos

los eméticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin

religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de

Dios, que es el alcaloide de la cursilería».

Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada. Del

balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel.

«Le manda su último artículo--dijo el regente a sus amigos, acechando en

la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como

anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo

preparada».

Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del

tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se

desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática.

«Pero es preciso que me ayudéis. Tú, Padilla, que le conoces, sales, te

haces el encontradizo, le hablas de literatura dramática, le entretienes

un rato volviéndole la cara para allá; y entretanto, yo, con muchísimo

disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el

bramante con el dulce. Quito la yema, ¿sabes?... y pongo esta. La hice

anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien

neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar. Se la come y

revienta como un triquitraque».

Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma.

«Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa,

escamonea o cosa así...».

--No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Iré a presidio... me

pierdo. ¿Y qué? No se la perdono... ¡Ultrajar a los hombres de ciencia

y a los solteros!

Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era

venenosa; mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio,

diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de

azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por

excelencia. Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía. Como en

estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso

poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de

coco, y el crítico se la estaba comiendo. El otro se consoló pensando

que otra noche consumaría su trágica venganza. «Él se la tiene que

comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la

tiene que tragar, y entonces diré como mi tocayo: '¡Vive Dios que pudo

ser!'».

x

Aquella noche, cuando Maxi subió a comer, encontró a su mujer un

poco enferma. Le dolía la cabeza y tenía náuseas. Doña Lupe, que la

estaba observando siempre, veía en su mal un pretexto para esconder de

la familia los pesares que la consumían. «Lo que tú tienes--pensaba--,

es el afán de volver al reclamo. Estás luchando contigo misma. Quieres

ir y no te determinas». Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se

metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento. Maximiliano no le

instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por

querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito

de muerte y liberación. Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta

insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo:

«Haced lo que queráis. Allá os arregléis a vuestro gusto. Yo estoy

rendida». Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que

volvía casi intacto. Después entró un instante en la alcoba para

preguntarles qué tal estaban, y se fue a descansar. «No puedo resistir

más esta vida de perros--decía--. Dios tenga compasión de mí».

Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz.

Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentábase

aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas

veces se había sentido con menos ganas de conversación. A poco de

acostarse, observó que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba

la luz, sacaba del bolsillo un paquete, después otro, objetos envueltos

en papeles, y los ponía frente a sí, como un hombre que se prepara a

trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser

desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba

a Fortunata atrayendo su atención. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de

un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien

doblados, como los que en Farmacia se llaman papeletas, forma en que

se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero después

vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... ¡Ay, Dios

mío, era un cuchillo!... Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y

por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era

bien aguda. La esposa sintió sudor frío en todo su cuerpo... No pudo

contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los

fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... «Maxi, hijo, ¿qué

haces?». Él la miró con gran tranquilidad.

«Yo creí que dormías. ¿No tienes sueño? Pues charlaremos de cosas

agradables».

--Como quieras. Pero más vale que te acuestes, y dejes las cosas

agradables para mañana.

--No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte. Espera un poco.

Recogió todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladándose a la silla que

estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche.

«Ajajá... Ahora verás--dijo sonriendo cariñosamente, como el que se

dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya

lo ves: es un puñal».

Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se

puso a dar diente con diente.

«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares. Aquí

dice: Toledo, 1873. Es bonito, ¿verdad? Hace días que vengo pensando

en cuál es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla

para el otro barrio. ¿A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo;

y lo que tú prefieras, eso preferiré yo».

La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar.

«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo».

--¡Miedo!--exclamó él con asombro y desconsuelo--. Pues yo creí que

habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar.

¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo!

¿Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es

mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la

playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.

--No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque

observó que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas

para de día. Ahora, a dormir.

--¡Dormir!... Ahí tienes otra tontería. Dormir, ¿y qué saca uno de

dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el

desprendimiento y la evasión. Querida mía, o estás conmigo o estás

contra mí; decídete pronto. ¿Estás dispuesta a tomar la llave de la

puerta y escaparte conmigo? ¿Sí? Pues lo primero es no tener horror a la

muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para

salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación.

Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío. ¡Ay qué

miedo tan grande!

«El momento de la liberación es aquel en que uno se considera

suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a

otro, y dar ese paso por sí mismo. Las religiones dominantes prohíben el

suicidio. ¡Qué tontas son! La mía lo ordena. Es el sacramento, es la

suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por

medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a

purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de

tomar el portante. La liberación no debiera llamarse suicidio. La

expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento

en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso

soltarse. ¿Cómo? Mira».

Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantaría para llamar a doña

Lupe.

«Esto es un puñal... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la

bestia se defiende, por muy decaída que esté. La carne es carne, y

mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la

liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con

toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e

intercede por ella. Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me

lo dices con franqueza. ¿Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los

tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no

toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio

cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aquí los medios

tóxicos, que son callados y seguros».

Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas,

sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada

droga. Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y

la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera

envenenarse.

«Vete enterando. Esta sustancia que ves aquí, blanca y en cristalitos,

es la estricnina... Muerte segura y tetánica, y que produce muchas

angustias, por lo cual no te la recomiendo. La atropina es esta, y

esta la cicutina. ¿Ves?, polvos blancos. La citutina tiene una

ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la

hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno

dormido y en sueños se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del

sueño, ¿no producirán los pataleos de la bestia horribles martirios?

¿Qué te parece a ti? ¿Preferiremos la digitalina, que mata por

asfixia? ¿O nos fijaremos en los mercuriales? Míralos aquí: El _ioduro

de Mercurio, rojo; el cianuro de Mercurio_, blanco. También tengo un

preparado de fósforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo

bueno está aquí, míralo; el verdadero ojo de boticario, la bendición

de Dios. Esto sí que mata, y pronto. ¿Ves este polvo gris? Es la

gelsemina, la maravilla de la toxicación. La bestia se estremece sólo

de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantánea».

--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no podía resistir más--. Si no

guardas todo eso, me levanto y me voy.

Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y

un asombro compasivo. Esta mirada le aumentó a ella el miedo, y

comprendiendo que era forzoso disimularlo, acariciándole la manía para

evitar cualquier barbaridad, le dijo:

«Todo está muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla.

Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me

traigas acá venenos...».

--¡Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este

caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero tú, después

yo... ¿Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me

sujetan...?

--No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro

como en los desafíos... Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan

las dos bestias.

Maximiliano meditaba. «No me parece muy practicable tu solución».

--Sí, chico, sí, te digo que sí. Hazme el favor de coger todos esos

polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor será que los

envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardaré. Te prometo

guardarlos. Pero qué, ¿desconfías de mí?... Gracias, hombre.

De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendió sus manos para

coger las papeletas, acudió él a defenderlas como se defiende una

propiedad sagrada. «Tate, tate; déjame esto aquí. Yo lo guardaré...».

--Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el

cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.

--¿Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado

alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar...

--Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy

hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que

le da la gana... ¡Infame carcelero!

Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los

casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza,

mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le

hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle

en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se

adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la

liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza

de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía,

con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no

las hicieran lúgubres.

Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo,

levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido

el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico,

metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester.

Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la

noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal

o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en

la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le

habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su

mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo

perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate

tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga

ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas

estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada

día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada».

--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido--. Así

te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.

Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue

hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole:

--También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía.

--¡Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal

que te tomes ahora este chocolatito.

--Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de

cumplir.

--Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir

nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doña Lupe con

naturalidad--. De mí te sé decir que estoy harta de la vida, pero harta,

y si no he tomado ya una determinación es porque como tiene una tanto

que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero

ya lo arreglaremos, hijo, y a mí me tienes dispuesta a darle la morrada

a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir.

Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el

chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas teníalas la

bestia, él no.

xi

A eso de las diez salió Fortunata para llevar a Ballester el

paquete de sustancias venenosas. «Ahí tiene usted la que nos preparaba

su amigo--le dijo con desabrimiento--. ¡Vaya un cuidado que tiene usted!

Vea lo que llevó a casa...».

Ballester examinaba las terribles drogas... Después se puso muy serio:

«Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No sé cómo le permitió andar en

esto. Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca. Lo mejor será

que no trabaje más aquí; cualquier día nos mete en un conflicto... Pero

siéntese usted...».

Al ofrecerle una silla, Ballester parecía poner especial cuidado en dar

a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase

su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despedía fuerte olor a

heliotropo. En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa

picaresca.

«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad? Acostumbrada

a verme hecho un cavador... Pues le diré: hoy se casa mi hermana con ese

a quien llaman el distinguido pensador, Federico Ruiz. Voy a la boda,

y esta noche le traeré a usted los dulces».

Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación. Las

medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado

mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algún

otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me

acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...».

--¡Ah!, el hatchiss... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es

usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con

picadillo de mi corazón, al momento se la hago.

--¿Ya está usted con sus guasas?

--Y ahora me toca a mí pedirle un favor...

--Usted dirá.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo

una parte, otra la dejo aquí para los amigos que vengan. ¿Irá usted

arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?

--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí. Según esté ese.

--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico. Padilla le invitará

a entrar y le ofrecerá dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aquí

preparado para él... No sabe usted cuánto le odio.

Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se

asustó.

«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen

chico».

--Nada, no se asuste usted... No es más que un derivativo... La fiesta

consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba...

--No sea usted bruto. ¡Si es un chico muy bueno! Me han dicho que

mantiene a su madre...

--¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida. ¿Y con qué la mantiene?

¿Con los artículos?

--Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las

semanas.

--Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su

abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar

esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido?

--¿Cuál?--No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese

pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante

me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis

aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí

cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo

dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña

Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza...

--Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre

muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted!

--Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena

noticia.

--¿A mí noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que

los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa,

amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con

otros. ¡Mal de muchos...!

--¿Qué está diciendo?

--Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por

ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y

usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde

calle arriba calle abajo...

Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir:

«¿Quién... y cuándo?...».

--No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba

con una cara de mal humor...! Plantón como aquel no se ha llevado nunca.

Yo le miraba y me decía: «bien merecido te está... Aguántate, cachete...

Todos somos iguales». ¿Quiere usted que le dé un consejo? Pues trátele a

la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle.

Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo?

Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí

guardadito, virgen, créalo usted, virgen. Acéptelo, y déjese de querer a

ingratos...

Fortunata se había puesto tan desasosegada, que no oía las amorosas

confianzas del farmacéutico. «Abur, abur--dijo levantándose--. Tengo que

volverme a mi casa».

--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo?

--Quítese usted allá...--indicó ella corriendo hacia la puerta, y el

otro detrás.

--¿Qué le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si

usted me lo manda. ¿Dígole que no parezca más por aquí?... ¡Ay, qué

mujer! Allá va como una exhalación. Está tocada, tan tocada como su

marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo...

un servidor. ¡Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caña;

espera, espera, que al fin ella picará.

Doña Lupe, cuando entró su sobrina bastante sofocada por haber subido

muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. «Sabe Dios--dijo

para sí--; sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos...

Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los

polvos, sería para verle... Él le diría que pasaba a tal hora... ¡Y qué

colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal».

Maxi continuaba tranquilo. Más bien parecía un convaleciente que un

enfermo. Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los

cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a

los transeúntes. Esto no le hacía maldita gracia a Fortunata, porque...

«si al otro le da la gana de pasar también esta tarde y Maxi le ve, se

va a excitar mucho». Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada

instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se

pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella

tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacándola del

purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Servía de

Celestina para estas comunicaciones la tía de Fortunata, Segunda

Izquierdo, que en Mayo último se le había presentado, miserable y

llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las

semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con

comida sobrante o alguna prenda de vestir.

Santa Cruz la amparaba también, y ella se servía de su mendicidad para

introducir en la morada de Rubín los mensajes de amor; y tan ladinamente

lo hacía, que la sagaz doña Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde,

después de mucho tiempo de entrar allí con las manos vacías, puso en

las de Fortunata una esquelita. Al fin, ¡oh, dicha increíble!... Cuando

pudo, leyó la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal

hora y a tal sitio para el día siguiente.

Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta

a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas, y tratando de

refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de

Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la

Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.

La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo

de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron

en presentarse el señor y la señora del tercero de la derecha. Él, por

una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave,

seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba _D.

Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien

conocimos en la tertulia del café, junto con el Pater y Pedernero). Su

mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en

el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y

pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin

ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro,

porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo

brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doña

Desdémona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la

designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra. No tenía niños

este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz

los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual

tenía muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se

reproducían diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo

de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que

contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no

tenía más chiste que el que podría tener un caimán.

xii

Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita,

riéndole las gracias a doña Desdémona, se fueron al balcón. La viuda

tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante

empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes

que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y

no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen.

El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un

hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre

enfermo... porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día

hace el crac... ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar

aquí?... ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco

está. Ya ves; un hombre, por ejemplo, que podría haber hecho la

felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin

familia propia, solo, triste... ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto,

un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha

dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho».

--¿Pero tú...?--Espera, te contaré--dijo Aurora con cautela,

asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para

acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más

lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... hará

de esto trece o catorce años. Mamá le consideraba mucho, y cuando venía

a casa le recibía poco menos que en palio. Tuvo mamá en un tiempo la

ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él. Yo tenía dieciocho años, él

treinta y pico. ¿Te vas enterando?

Fortunata atendía con toda su alma.

«¿Quieres que te hable con franqueza? Pues a mí no me disgustaba; pero

nunca me dijo nada... Tenía buena figura y unos aires de caballero como

los tienen pocos... Mamá y papá hechos unos tontos con aquella

esperanza... ¡qué inocentes! Es muy lagarto ese hombre. ¡Casarse

conmigo! Sí, para mí estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por

aquí. Yo me acordaba de él y de cuando venía a casa; como que al verle

entrar nos quedábamos todos turulatos y nos parecía que entraba por esa

puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dejó de venir. En aquel

tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió. Mamá tenía todavía

ilusiones; papá se había curado de ellas. Nos casamos... ¿Pues creerás

que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la

corte por lo fino?».

Fortunata parecía que estaba oyendo leer el relato más novelesco, según

el interés y asombro que mostraba.

«Pues verás. Fenelón era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo

por sí mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No

se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra. ¡Ay hija, qué

peligro tan grande! Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba. Yo no

sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza. Una tarde que

llovía, me cogió y casi a la fuerza me metió en su coche. Estuve a dos

dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí. ¡Dios mío, qué

hombre!, es absurdo».

--¿Pero tú le querías?--preguntó la de Rubín, que con la idea del querer

resolvía todos los problemas.

--Yo... te diré... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que

nos encontrábamos... le tenía miedo, y... de ti para mí, me gustaba.

Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo?

--Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habría faltado por nada

de este mundo. Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues

verás. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el

verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de

baños de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo

desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos,

cuando me veo al primo Moreno. Me quedé... ¡ay!, no te quiero decir

nada.

--¿Y tu marido estaba contigo?

--No; ese es el caso. Fenelón había ido a París a hacer compras. En

París estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan,

sabiendo que me cogía sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez,

hija, no pude zafarme como cuando la del coche... ¡Ay!, estas cosas te

las cuento a ti, porque sé que eres callada y no me has de hacer

traición. ¡Si mamá lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirtió

todo lo que quiso, y después la del humo. Llegó el 70, y al pobrecito

Fenelón le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ¡ah! por ser

valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta! Era un hombre tan

patriota, que por salvar a su querida Francia, habría dado él cien vidas

que tuviera... Pero vamos al otro, a ese solterón estragado... Cuando

enviudé, dije: «Pues ahora, si de veras le gusto...». ¡Quia! Me le

encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa. ¿Creerás que me

dijo algo de amor? ¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que

me había hecho? Buen cumplimiento nos dé Dios. Hija, frialdad igual no

he visto. Te aseguro, que me dan ganas, por ejemplo, de clavarle un

puñal... Cierto que me ofreció lo que yo quisiera para establecerme...

pero no quise tomar nada de aquellas manos. ¡Monstruo! Cuando le dio al

primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condición que me

había de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco,

palabra de honor, no se lo agradezco...

--A tu primo no le gustan más que las casadas.

¡Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende

tarde lo que debió de comprender antes.

--Estos solterones vagabundos y ricos son así... Están viciosos,

estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden

mediodía a catorce horas. Ahí le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe

qué hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte.

Bien merecido le está; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia,

se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a él le enciende el amor es la

resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las

que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber

sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero al fin, ella se ha

rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y

ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también... ¡Ah!, las

señas son mortales. El primo va a la casa todos los días, y la acecha

cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece

por la tienda. ¿Tendrán citas? He aquí mi idea. Te juro que lo he de

averiguar. Imposible que yo no lo averigüe. Aunque tuviera que perder mi

colocación, aunque me quedara sin camisa que ponerme... ¡Qué infamia! Y

miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama

de virtud. Sí; santidades a cuarto; véase la clase. Te aseguro que el

día en que esto estalle y haya la gran tragedia, será el día más feliz

de mi vida. ¿Pues qué cree ese? ¿Que se puede engañar, y engañar, y

engañar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cayó otro;

solamente que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no

sospechaba de nadie más que de los prusianos. Ahora da con un hombre

templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad? Te

aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de

corazón y su extranjerismo.

Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada,

cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.

Jacinta... ¡Jesús!.. el modelito, el ángel, la mona de Dios... ¿Qué

diría Guillermina, la obispa, empeñada en convertir a la gente y en

ver la que peca y la que no peca?... ¿Qué diría?... ja, ja, ja... ¡Ya no

había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!... ¡Ya podía ella alzar

su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y

abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales... para poderlas

perdonar a todas.

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