Parte 1 — Capítulo IX: Una visita al Cuarto Estado Fortunata y Jacinta · Capítulo 9 de 32
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Parte 1 — Capítulo IX: Una visita al Cuarto Estado

Parte 1 — Capítulo IX: Una visita al Cuarto Estado

i

Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo. Por la

mañana, mientras Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tienda

en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad,

Jacinta salió acompañada de Guillermina. Había dejado a su esposo con

Villalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen

de la Paloma a oír una misa que había prometido. El atavío de las dos

damas era tan distinto, que parecían ama y criada. Jacinta se puso su

abrigo, sayo o pardessus color de pasa, y Guillermina llevaba el traje

modestísimo de costumbre.

Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la

distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a

medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las

baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de

Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos

nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante

su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía

tan sólo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y

lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca

vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había

racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían

de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazos

de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como sillares que

parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles

rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula,

mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas

en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía

obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del

gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros

parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de

pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si

fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones

enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar

o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo

largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de

puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas

rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas

de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En

algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa;

el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene

la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento;

el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire

de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta. Las bocas de

las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de

ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el

mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si

nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos

tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten

de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen

graciosas combinaciones decorativas.

Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran

maniquís vestidos de señora con tremendos polisones, o de caballero

con terno completo de lanilla. Después gorras muchas gorras, posadas y

alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas

con un palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de seres

humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada;

únicamente se fijó en unos hombres amarillos, completamente amarillos,

que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran

juegos de calzón y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que

así, al pronto, parecían personajes de azufre. Los había también

encarnados. ¡Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello parecía un pueblo

que tiene la religión de la sangre. Telas rojas, arneses rojos,

collarines y frontiles rojos con madroñaje arabesco. Las puertas de las

tabernas también de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos.

Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de

exclamar: «¡Cuánta perdición!, una puerta sí y otra no, taberna. De aquí

salen todos los crímenes».

Cuando se halló cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba

exclusivamente su atención en los chicos que iba encontrando. Pasmábase

la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos

barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy

bien agasajado bajo el ala del mantón. A todos estos ciudadanos del

porvenir no se les veía más que la cabeza por encima del hombro de su

madre. Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda

dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los

transeúntes. Otros tenían el semblante mal humorado, como personas que

se llaman a engaño en los comienzos de la vida humana. También vio

Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponíales

muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un

tío cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta.

«Aquí es» dijo Guillermina, después de andar un trecho por la calle del

Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un

patio cuadrilongo. Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de

corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de

ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a

secar, y oyó un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo

de tierra, empedrado sólo a trechos, había chiquillos de ambos sexos y

de diferentes edades. Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con

agujeros, o con orificios, como diría Aparisi; otra, toquilla blanca,

y otra estaba con las greñas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo,

y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón

torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la

escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más

que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el

lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.

«Chicooo... mia éste... Que te rompo la cara... ¿sabeees...?».

--¿Ves esa farolona?--dijo Guillermina a su amiga--, es una de las hijas

de Ido... Esa, esa que está dando brincos como un saltamontes... ¡Eh!,

chiquilla... No oyen... venid acá.

Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos

señoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a

acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas

pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindísimas, gordas. Venían

muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo

lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta

muy cerca de las señoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron

en el tejado. En algunas puertas había mujeres que sacaban esteras a que

se orearan, y sillas y mesas. Por otras salía como una humareda: era el

polvo del barrido. Había vecinas que se estaban peinando las trenzas

negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenían todo aquel matorral

echado sobre la cara como un velo. Otras salían arrastrando zapatos en

chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras

corrían a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cundía, y

aparecían por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar.

«¡Eh!, chiquillos, venid acá» repitió Guillermina; y se fueron

acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque.

Algunos, más resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas

del modo más insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos

de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de

gorra y les preguntó que a quién buscaban. «¿Eres tú del señor de Ido?».

El rapaz respondió que no, y al punto destacose del grupo la niña de las

zancas largas, de las greñas sueltas y de los zapatos de orillo,

apartando a manotadas a todos los demás muchachos que se enracimaban ya

en derredor de las señoras.

«¿Está tu padre arriba?». La chica respondió que sí, y desde entonces

convirtiose en individuo de Orden Público. No dejaba acercar a nadie;

quería que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase

a las dos damas hasta arriba. «¡Qué pesados, qué sobones!... En todo

quieren meter las narices... Atrás, gateras, atrás... Quitarvos de en

medio; dejar paso».

Su anhelo era marchar delante. Habría deseado tener una campanilla para

ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qué gran

visita venía a la casa.

«Niña, no es preciso que nos acompañes--dijo Guillermina que no gustaba

de que nadie se sofocase tanto por ella--. Nos basta con saber que están

en casa».

Pero la zancuda no hacía caso. En el primer peldaño de la escalera

estaba sentada una mujer que vendía higos pasados en una sereta, y por

poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque

no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... «¡Vaya dónde se

va usted a poner, tía bruja!... Afuera o la reviento de una patada...».

Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda

la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos

niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban

jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce.

Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de perros grandes. La niña,

que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de

ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y

tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de

Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El

corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda.

En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos

muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el

paso. Estaban jugando con arena fina de fregar. El mamón estaba fajado

y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que

nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el

piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con

cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente

imitado.

«¡Qué tropa, Dios! --exclamó la zancuda con indignación de celador de

ornato público, que no causó efecto--. Cuidado donde se van a poner...

¡Fuera, fuera!... y tú, pitoja, recoge a tu hermanillo, que le vamos a

espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron

oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su

panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados

de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la

arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio--les dijo

Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero,

gritando--: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya

con la canalla esta...!». y echó adelante resuelta a destruir cualquier

obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los

mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril,

volaron por aquellos corredores.

«Vamos--dijo Guillermina a su guía--, no las riñas tanto, que también tú

eres buena...».

ii

Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero

que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para

hacer tiro; bien el montón de zaleas o de ruedos, ya una banasta de

ropa; ya un cántaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las

ventanillas salían voces o de disputa, o de algazara festiva. Veían las

cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar

junto a la puerta, y allá en el testero de las breves estancias la

indispensable cómoda con su hule, el velón con pantalla verde y en la

pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna

lámina al cromo de prospectos o periódicos satíricos, y muchas

fotografías. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatería, y los

golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios,

hacían una algazara de mil demonios. Más allá sonaba el convulsivo

tiquitique de una máquina de coser, y acudían a las ventanas bustos y

caras de mujeres curiosas. Por aquí se veía un enfermo tendido en un

camastro, más allá un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas

conocieron a doña Guillermina y la saludaban con respeto. En otros

círculos causaba admiración el empaque elegante de Jacinta. Poco más

allá cruzáronse de una puerta a otra observaciones picantes e

irrespetuosas. «Señá Mariana, ¿ha visto que nos hemos traído el sofá en

la rabadilla? ¡Ja, ja, ja!».

Guillermina se paró, mirando a su amiga: «Esas chafalditas no van

conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los

polisones, en lo cual demuestran un sentido... ¿cómo se dice?, un

sentido estético superior al de esos haraganes franceses que inventan

tanto pegote estúpido».

Jacinta estaba algo corrida; pero también se reía, Guillermina dio dos

pasos atrás, diciendo: «Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en

paz a quien no se mete con ustedes».

Luego se detuvo junto a una de las puertas y tocó en ella con los

nudillos.

«La señá Severiana no está--dijo una de las vecinas--. ¿Quiere la señora

dejar recado?...».

--No; la veré otro día.

Después de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una

especie de túnel en que también había puertas numeradas; subieron como

unos seis peldaños, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron

en el corredor de otro patio, mucho más feo, sucio y triste que el

anterior. Comparado con el segundo, el primero tenía algo de

aristocrático y podría pasar por albergue de familias distinguidas.

Entre uno y otro patio, que pertenecían a un mismo dueño y por eso

estaban unidos, había un escalón social, la distancia entre eso que se

llama capas. Las viviendas, en aquella segunda capa, eran más

estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caía a pedazos, y

los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con

más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y

groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el

vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante. Jacinta,

que había visitado algunas casas de corredor, no había visto ninguna tan

tétrica y mal oliente. «¿Qué, te asustas, niña bonita?--le dijo

Guillermina--. ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la

casa de Fernán-Núñez? Ánimo. Para venir aquí se necesitan dos cosas:

caridad y estómago».

Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima

de este asomaba un tenderete en que había muchos cueros, tripas u otros

despojos, puestos a secar. De aquella región venía, arrastrado por las

ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados

paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas,

los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y

se tendían al sol; pero los propiamente salvajes, vivían y aun se

criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratón de los secaderos.

Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando

palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantalón de soldado,

horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso

franco. Encontraban mujeres con pañuelo a la cabeza y mantón pardo,

tapándose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantón.

Parecían moras; no se les veía más que un ojo y parte de la nariz.

Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, pálidas,

tripudas y envejecidas antes de tiempo.

Por los ventanuchos abiertos salía, con el olor a fritangas y el

ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando

toscamente las sílabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha

nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda

por los soldados, y el dejo aragonés, que se asimilan todos los que

quieren darse aires varoniles.

Nueva barricada de chiquillos les cortó el paso. Al verles, Jacinta y

aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedáronse

pasmadas, y hubiérales dado espanto lo que miraban, si las risas de

ellos no disiparan toda impresión terrorífica. Era una manada de

salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce años, una niña

más chica, y otros dos chavales, cuya edad y sexo no se podía saber.

Tenían todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros,

hechos con algo que debía de ser betún o barniz japonés del más fuerte.

Uno se había pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aquél bigotes,

cejas y patillas con tan mala maña, que toda la cara parecía revuelta en

heces de tintero. Los pequeñuelos no parecían pertenecer a la raza

humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las

manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales.

«Malditos seáis... --gritó la zancuda, cuando vio aquellas fachas

horrorosas--. ¡Pero cómo os habéis puesto así, sinvergüenzones,

indecentes, puercos, marranos...!».

--En el nombre del Padre... --exclamó Guillermina persignándose--. ¿Pero

has visto...?

Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandísima emoción, gozando

íntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras

producían en aquellas señoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeños

intentó echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empezó a

dar chillidos: «Quitarvos allá, desapartaísos, gorrinos asquerosos...

que mancháis a estas señoras con esas manazas».

«¡Bendito Dios!... Si parecen caníbales... No nos toquéis... La culpa

no tenéis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten...

Y si no me engaño, estos dos gandulones son tus hermanos, niña».

Los dos aludidos, mostrando al sonreír sus dientes blancos como la leche

y sus labios más rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba,

contestaron que sí con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse

avergonzados y no sabían por dónde tirar. En el mismo instante salió una

mujeraza de la puerta más próxima, y agarrando a una de las niñas

embadurnadas, le levantó las enaguas y empezó a darle tal solfa en salva

la parte, que los castañetazos se oían desde el primer patio. No tardó

en aparecer otra madre furiosa, que más que mujer parecía una loba, y la

emprendió con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a

mancharse ella también. «Canallas, cafres, ¡cómo se han puesto!». Y al

punto fueron saliendo más madres irritadas. ¡La que se armó! Pronto se

vieron lágrimas resbalando sobre el betún, llanto que al punto se volvía

negro. «Te voy a matar, grandísimo pillo, ladrón...». Estos son los

condenados charoles que usa la señá Nicanora. Pero, ¡re--Dios!, señá

Nicanora, ¿para qué deja usté que las criaturas...?».

Una de las mujeres que más alborotaban se aplacó al ver a las dos damas.

Era la señora de Ido del Sagrario, que tenía en la cara sombrajos y

manchurrones de aquel mismo betún de los caribes, y las manos

enteramente negras.

Turbose un poco ante la visita: «Pasen las señoras... Me encuentran

hecha una compasión».

Guillermina y Jacinta entraron en la mansión de Ido, que se componía de

una salita angosta y de dos alcobas interiores más oprimidas y lóbregas

aún, las cuales daban el quién vive al que a ellas se asomaba. No

faltaban allí la cómoda y la lámina del Cristo del Gran Poder, ni las

fotografías descoloridas de individuos de la familia y de niños muertos.

La cocina era un cubil frío donde había mucha ceniza, pucheros volcados,

tinajas rotas y el artesón de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En

la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como

de carbonería, y en ciertos puntos habían recibido bofetadas de cal, por

lo que resultaba un claro-oscuro muy fantástico. Creeríase que andaban

espectros por allí, o al menos sombras de linterna mágica. El sofá de

Vitoria era uno de los muebles más alarmantes que se pueden imaginar. No

había más que verle para comprender que no respondía de la seguridad de

quien en él se sentase. Las dos o tres sillas eran también muy

sospechosas. La que parecía mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta,

salteados por aquellos fantásticos muros, carteles de publicaciones

ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques

americanos que ya no tenían hojas. Eran años muertos.

Pero lo que mayormente excitó la curiosidad de ambas señoras fue un gran

tablero que en el centro de la estancia había, cogiéndola casi toda; una

mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de

ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un

extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a

otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de

luto.

Ido extendía sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una

muchacha, que debía de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y

formaba los cuadernillos. Nicanora pidió permiso a las señoras para

seguir trabajando. Era una mujer más envejecida que vieja, y bien se

conocía que nunca había sido hermosa. Debió de tener en otro tiempo

buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras

como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era

pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si

algo expresaba era un genio muy malo y un carácter de vinagre; pero en

esto engañaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no

es. Era Nicanora una infeliz mujer, de más bondad que entendimiento,

probada en las luchas de la vida, que había sido para ella una batalla

sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defendía más que con la

paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad debía de

provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba

considerablemente. La Venus de Médicis tenía los párpados enfermos,

rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de

ella que con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre.

Jacinta no sabía a quién compadecer más, si a Nicanora por ser como era,

o a su marido por creerla Venus cuando se electrizaba. Ido estaba muy

cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doña Guillermina

se sentó empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos,

anunciando quizás que se iba a deshacer, D. José salió corriendo a traer

una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clorótica, de

color de marfil. Llamaba la atención su peinado en sortijillas, batido,

engomado y puesto con muchísimo aquel.

«¿Pero qué hace usted, mujer, con esa pintura?» preguntó Guillermina a

Nicanora.

--Soy lutera.

--Somos luteranos--dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener

ocasión de soltar aquel chiste que era viejo y había sido soltado sin

número de veces.

--¡Qué dice este hombre! --exclamó la fundadora horrorizada.

--Cállate tú y no disparates--replicó Nicanora--. Yo soy lutera, vamos

al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a

casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las señoras ven.

El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando

todo el día, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos están

malos, y hay poco papel que teñir. Todas las luteras están paradas,

señora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan

papeletas... Hombre--dijo a su marido, haciéndole estremecer--, ¿qué

haces ahí con la boca abierta? Desmiente.

Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante,

despertó de su éxtasis y se puso a desmentir. Llaman así al acto de

colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando

descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tiñe. Como

Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. José, este se esmeró en

hacerlo con desusada perfección y ligereza. Daba gusto ver aquellos

bordes, que por lo iguales parecían hechos a compás. Rosita apilaba

pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando

a su marido, una seña que quería decir: «Hoy está bueno». Después empezó

a pasar rápidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los

estarcidos.

--Y las suscriciones de entregas --preguntó Guillermina--, ¿dan algo que

comer?

Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta

pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un

buen rato con la boca abierta.

--Las suscripciones--declaró la Venus de Médicis--, son una calamidad.

Aquí José tiene poca suerte... es muy honrado y le engaña

cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no

paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió aquí

(este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado

de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le

tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se

apaña se lo birla el casero.

Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar

los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si

hubiera sido un delito.

«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer--indicó la Pacheco--, es

poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña

pequeña».

--No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con

tanto pingajo.

--No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa

para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo?

--Me gana cinco reales en una imprenta.

Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a

las becerradas de Getafe o de Leganés, y no parece en tres días. Quiere

ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes,

cuando degüellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las

banderillas a porta-gayola...

--Y usted--preguntó Jacinta a Rosita--, ¿en qué se ocupa?

Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que

llevaba la palabra por toda la familia, respondió:

«Es peinadora... Está aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene

algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y

como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qué. Yo le digo que

no sea panoli y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su

padre, que el día que no le engaña uno le engañan dos».

Guillermina, después de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y

dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos,

pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se

conformó con salir tan pronto. Había ido allí con determinado fin, y por

nada del mundo se retiraría sin intentar al menos realizarlo. Varias

veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. José, y

este la miraba como diciendo: «estoy rabiando porque me pregunte usted

por el Pituso». Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre

punto tan capital, y levantándose dio algunos pasos hacia donde Ido

estaba. Este no necesitó más que verla venir; y saliendo rápidamente del

cuarto, volvió al poco con una criatura de la mano.

iii

«¡El Dulce Nombre!...» exclamó la Pacheco viendo entrar aquel adefesio,

y todos los demás lanzaron una exclamación parecida al mirar al niño,

con la cara tan completamente pintada de negro que no se veía el color

de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betún, y en el traje

se habían limpiado las suyas asquerosísimas los otros muchachos. El

Pitusín tenía el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote

superaban al coral más puro. Los dientecillos le brillaban cual si

fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que

todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo más

posible, parecía una hoja de rosa.

«¡Qué horror!... ¡Ah!, tunantes... ¡Bendito Dios!, ¡cómo le han

puesto!... Anda, ¡que apañado estás!...». Las vecinas se enracimaban en

las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atónita y apenada.

Pasáronle por la mente ideas extrañas; la mancha del pecado era tal, que

aun a la misma inocencia extendía su sombra; y el maldito se reía detrás

de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de él, aunque

fuera para escarnecerle. Nicarona dejó sus pinturas para correr detrás

de los bergantes y de la zancuda, que también debía de tener alguna

parte en aquel desaguisado. La osadía del negrito no conocía límites, y

extendió sus manos pringadas hacia aquella señora tan maja que le miraba

tanto. «Quita allá, demonio... quita allá esas manos» le gritaron.

Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el

chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando

sus diez dedos como garras. De este modo tenía, a su parecer, el aspecto

de un bicho muy malo que se comía a la gente, o por lo menos que se la

quería comer.

Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a

sus hijos, y el gemir de ellos. El Pituso empezó a cansarse pronto de

su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tenía poca

gracia. Lo mejor que podía hacer en su situación desairada, era meterse

los dedos en la boca; pero sabía tan mal aquel endiablo potaje negro,

que pronto los hubo de retirar.

«¿Será veneno eso? --observó Jacinta, alarmada--. Que lo laven, ¿por qué

no lo lavan?».

--Pues estás bonito, Juanín--díjole Ido--. ¡Y esta señora que te quería

dar un beso!

Ávida de tocarle, la Delfina le agarró un mechón de cabello, lo único en

que no había pintura. «¡Pobrecito, cómo está!...». De repente le

entraron a Juanín ganas de llorar. Ya no enseñaba la lengua; lo que

hacía era dar suspiros.

«¿Pero ese Sr. Izquierdo, no está?--preguntó a Ido Jacinta llevándole

aparte--. Yo tengo que hablar con él. ¿Dónde vive?».

--Señora--replicó D. José con finura--, la puerta de su domicilio está

cerrada... herméticamente, muy herméticamente.

--Pues quiero verle, quiero hablar con él.

--Yo lo pondré en su conocimiento--repuso el corredor de obras, que

gustaba de emplear formas burocráticas cuando la ocasión lo pedía.

--Ea, vámonos, que es tarde --dijo impaciente Guillermina--. Otro día

volveremos.

--Sí, volveremos... Pero que lo laven... ¡pobre niño! Debe de estar en

un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontín, ¿quieres

que te laven?

El Pituso dijo que sí con la cabeza. Su aflicción crecía, y poco le

faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la

necesidad de lavarle; pero unas no tenían agua y otras no querían

gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de

percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el

pelo lacio y la tez crasa y de color de terra-cotta, se pareció por

allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las

señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para despercudir y

chovelar a aquel ángel. Se le llevaron en burlesca procesión, él

delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los

suelos, que empezaba a dar jipíos; los chicos detrás haciendo una

bulla infernal, y la tarasca aquella del moño lacio amenazándolos con

endiñarles si no se quitaban de en medio. Desapareció la comparsa por

una puerquísima y angosta escalera que del ángulo del corredor partía.

Jacinta hubiera querido subir también; pero Guillermina la sofocaba con

sus prisas. «¿Hija, sabes tú la hora que es?».

«Sí, nos iremos... Lo que es por mí, ya estamos andando» decía la otra

sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no veía

otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a

secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba

una rápida conversación con D. José.

«¿No tiene usted ya nada que hacer en casa?».

--Absolutamente nada, señora. Ya están desmentidas las últimas resmas.

Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire.

--Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al

mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio.

--Estoy a disposición de la señora.

--Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la

izquierda la fábrica del gas. ¿Entiende usted?... ¿Sabe usted la

estación de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa

en construcción... Está concluida la obra de fábrica y ahora están

armando una chimenea muy larga, porque va a ser sierra mecánica... ¿Se

va usted enterando? No tiene pérdida. Pues entra usted y pregunta por el

guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le

dice: «Vengo por los ladrillos de doña Guillermina». Ido repitió, como

los chicos que aprenden una lección:

«Vengo por los ladrillos, etc...».

--El dueño de esa fábrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo único

que le sobra... poca cosa, pero a mí todo me sirve... Bueno; coge usted

los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra.

--¿A la obra?... ¿Qué obra?

--Hombre, en Chamberí... mi asilo... ¿Está usted lelo?

--¡Ah! perdone la señora... cuando oí la obra, creí al pronto que era

una obra literaria.

--Si no puede usted de un viaje, emplee dos.

--O tres, o cuatro... tantísimo gusto en ello... Si necesario fuese,

naturalmente, tantos viajes como ladrillos...

--Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo

han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan...

¿Con que lo hará usted? Hoy por ti y mañana por mí. Vaya, abur, abur.

Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las

señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas

un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo

que la fundadora le había hecho. No era una misión delicada

ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba

aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo

mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la

satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el

camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y

provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en

que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el

bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la

cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para

abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas...

aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la

familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la

señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora

interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría

de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de

las uñas de Nicanora... porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de

los Guardias...!

Pasó la noche en grandísima intranquilidad. Temía que su mujer

descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura.

La maldita parecía que olía la plata. Por eso estaba tan azorado y no se

daba por seguro en ninguna posición, creyendo que al través de la ropa

se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres;

tiempo hacía que no habían cenado tan bien. Pero al acostarse volvió Ido

a ser atormentado por sus temores, y no tuvo más remedio que estar toda

la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque

si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados

jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan

fijo como tres y dos son cinco. Durmió, pues, tan mal que en realidad

dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su

contrabando. Lo peor fue que viéndole su mujer tan retortijado y hecho

todo una ese, creyó que tenía el dolor espasmódico que le solía dar; y

como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso

dárselas, y al oír tal proposición, tembláronle a Ido las carnes,

viéndose descubierto y perdido. «Ahora sí que la hemos hecho buena»

pensó. Pero su talento le sugirió la respuesta, y dijo que no tenía ni

pizca de dolor, sino frío, y sin más explicaciones se volvió contra la

pared, pegándose a ella como un engrudo, y haciéndose el dormido. Llegó

por fin el día y con él la calma al corazón de Ido, quien se acicaló y

se lavó casi toda la cara, poniéndose la corbata encarnada con cierta

presunción.

Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse bien se

había ido bastante tiempo. Rosita tardó mucho en traer el agua, y

Nicanora se había dado la inmensa satisfacción de ir a la compra. Todos

los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro,

se echaban a reír, y el más risueño era D. José, porque... ¡si

supieran!...

iv

Echose mi hombre a la calle, y tiró por la de Mira el Río baja, cuya

cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no

ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la bajó, casi como la

bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que

llaman el Mundo Nuevo, su espíritu se espació, como pájaro lanzado a

los aires. Empezó a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus

pulmones más aire del que cabía, y sacudió el cuerpo como las gallinas.

El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplación de aquel cielo

azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma

voladora. Candoroso e impresionable, D. José era como los niños o los

poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en él vivísimas, las

imágenes de un relieve extraordinario. Todo lo veía agrandado

hiperbólicamente o empequeñecido, según los casos. Cuando estaba alegre,

los objetos se revestían a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le

sonreía, según la expresión común que le gustaba mucho usar. En cambio

cuando estaba afligido, que era lo más frecuente, las cosas más bellas

se afeaban volviéndose negras, y se cubrían de un velo... parecíale más

propio decir de un sudario. Aquel día estaba el hombre de buenas, y la

excitación de la dicha hacíale más niño y más poeta que otras veces. Por

eso el campo del Mundo Nuevo, que es el sitio más desamparado y más

feo del globo terráqueo, le pareció una bonita plaza. Salió a la Ronda y

echó miradas de artista a una parte y otra. Allí la puerta de Toledo

¡qué soberbia arquitectura! A la otra parte la fábrica del gas... ¡oh

prodigios de la industria!... Luego el cielo espléndido y aquellos lejos

de Carabanchel, perdiéndose en la inmensidad, con remedos y aun con

murmullos de Océano... ¡sublimidades de la Naturaleza!... Andando,

andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción

pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos

letreros que veía por todas partes.

No se premite tender rropa, y ni clabar clabos, decía en una pared, y

D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!... ¡Ignorantes!... ¡emplear dos

conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la

primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto

afirmativo y la segunda en concepto negativo?... ¡Y que no tenga qué

comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir

estos delitos del lenguaje!... ¿Por qué no me había de dar el Gobierno,

vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante

proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?... ¡Zoquetes, qué

multas os pondría!... Pues también tú estás bueno: _Se alquilan

qartos... muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las úes_ que

se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara _ortógrafo de la

vía pública, ya veríais... Vamos, otro que tal: se proive_... Se

prohíbe rebuznar, digo yo».

Hallábase en lo más entretenido de aquella crítica literaria, tan propia

de su oficio, cuando vio que hacia él iban tres individuos de calzón

ajustado, botas de caña, chaqueta corta, gorra, el pelo echadito

palante, caras de poca vergüenza.

Eran los tales tipos muy madrileños y pertenecían al gremio de los

randas. El uno era descuidero, el otro tomador, y el tercero hacía

a pelo y a pluma. Ido les conocía, porque vivían en su patio, siempre

que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con

semejante gentuza. De buena gana les habría dado una puntera en salva la

parte; pero no se atrevía. Una cosa es reformar la ortografía pública, y

otra aplicar ciertos correctivos a la especie humana. «Allá van los

buenos días» le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la

carne como la de las gallinas, porque se acordó del duro y temió que se

lo garfiñaran si entraba en parola con ellos. Pasando de largo, les

dijo con mucha cortesía: «Dios les guarde, caballeros... Conservarse» y

apretó a correr. No le volvió el alma al cuerpo hasta que les hubo

perdido de vista.

«Es preciso que me convide a algo» pensaba el pendolista; y hacía la

crítica mental de los manjares que más le gustaban. Cerca de la puerta

de Toledo se encontró con un mielero alcarreño que paraba en su misma

casa. Estaban hablando, cuando pasó un pintor de panderetas, también

vecino, y ambos le convidaron a unas copas. «Váyanse al rábano,

ordinariotes...» pensó Ido, y les dio las gracias, separándose al punto

de ellos. Andando más vio un ventorro en la acera derecha de la

Ronda...

«¡Comer de fonda!». Esta idea se le clavó en el cerebro. Un rato estuvo

Ido del Sagrario ante el establecimiento de El Tartera, que así se

llamaba, mirando los dos tiestos de bónibus llenos de polvo, las

insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso

señalando la puerta, y no se decidía a obedecer la indicación de aquel

dedo. ¡Le sentaba tan mal la carne...! Desde que la comía le entraba

aquel mal tan extraño y daba en la gracia estúpida de creer que Nicanora

era la Venus de Médicis. Acordose, no obstante, de que el médico le

recetaba siempre comer carne, y cuanto más cruda mejor. De lo más hondo

de su naturaleza salía un bramido que le pedía ¡carne, carne, carne! Era

una voz, un prurito irresistible, una imperiosa necesidad orgánica, como

la que sienten los borrachos cuando están privados del fuego y de la

picazón del alcohol.

Por fin no pudo resistir; colose dentro del ventorrillo, y tomando

asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empezó a palmotear

para que viniera el mozo, que era el mismo Tartera, un hombre

gordísimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de

negro. No lejos de donde estaba Ido había un rescoldo dentro de enorme

braserón, y encima una parrilla casi tan grande como la reja de una

ventana. Allí se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina

en tan viva lumbre, despedían un olor apetitoso. «Chuletas» dijo D.

José, y a punto vio entrar a un amigo, el cual le había visto a él y

por eso sin duda entraba.

«Hola, amigo Izquierdo... Dios le guarde».

--Le vi pasar, maestro y dije, digo: A cuenta que voy a echar un

espotrique con mi tocayo...

Sentose sin ceremonia el tal, y poniendo los codos sobre la mesa, miró

fijamente a su tocayo. O las miradas no expresaban nada, o la de aquel

sujeto era un memorial pidiendo que se le convidara. Ido era tan

caballero que le faltó tiempo para hacer la invitación, añadiendo una

frase muy prudente. «Pero, tocayo, sepa que no tengo más que un duro...

Con que no se corra mucho...». Hizo el otro un gesto tranquilizador y

cuando el Tartera puso el servicio, si servicio puede llamarse un par

de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidió

órdenes acerca del vino, le dijo, dice: «¿Pardillo yo?... pa chasco...

Tráete de la tierra».

A todo esto asintió Ido del Sagrario, y siguió contemplando a su amigo,

el cual parecía un grande hombre aburrido, carácter agriado por la

continuidad de las luchas humanas. José Izquierdo representaba cincuenta

años, y era de arrogante estatura. Pocas veces se ve una cabeza tan

hermosa como la suya y una mirada tan noble y varonil. Parecía más bien

italiano que español, y no es maravilla que haya sido, en época

posterior al 73, en plena Restauración, el modelo predilecto de nuestros

pintores más afanados.

«Me alegro de verle a usted tocayo--le dijo Ido, a punto que las

chuletas eran puestas sobre la mesa--, porque tenía que comunicarle

cosas de importancia. Es que ayer estuvo en casa doña Jacinta, la esposa

del Sr. D. Juanito Santa Cruz, y preguntó por el chico y le vio...

quiero decir, no le vio porque estaba todito dado de negro... y luego

dijo que dónde estaba usted, y como usted no estaba, quedó en

volver...».

Izquierdo debía de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas,

les echó una mirada guerrera que quería decir: «¡Santiago y a ellas!» y

sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia. Ido

empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un

rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe

en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo:

«¡Re-hostia con la Repóblica!... ¡Vaya una porquería!».

Ido asintió con una cabezada.

«¡Repoblicanos de chanfaina... pillos, buleros, piores que serviles,

moderaos, piores que moderaos!--prosiguió Izquierdo con fiera

exaltación--.

No colocarme a mí, a mí, que soy el endivido que más bregó por la

Repóblica en esta judía tierra... Es la que se dice: cría cuervos...

¡Ah! Señor de Martos, señor de Figueras, señor de Pi... a cuenta que

ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven

maltrajeao... pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias

de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a

la calle, entonces... ¡Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es

caso golviésemos a más, yo les juro a esos figurones que tendremos una

yeción.

v

Ido seguía corroborando, aunque no había entendido aquello de la

yeción, ni lo entendiera nadie. Con tal palabra Izquierdo expresaba

una colisión sangrienta, una marimorena o cosa así. Bebía vaso tras vaso

sin que su cabeza se afectase, por ser muy resistente.

«Porque mirosté, maestro, lo que les atufa es el aquel de haber estado

mi endivido en Cartagena... Y yo digo que a mucha honra, ¡re-hostia!

Allí estábamos los verídicos liberales. Y a cuenta que yo, tocayo, toda

mi vida no he hecho más que derramar mi sangre por la judía libertad. El

54, ¿qué hice?, batirme en las barricadas como una presona decente. Que

se lo pregunten al difunto D. Pascual Muñoz el de la tienda de jierros,

padre del marqués de Casa-Muñoz, que era el hombre de más afloencias en

estos arrabales, y me dijo mismamente aquel día: 'Amigo Platón, vengan

esos cinco'. Y aluego jui con el propio D. Pascual a Palacio, y D.

Pascual subió a pleticar con la Reina, y pronto bajó con aquel papé

firmado por la Reina en que les daba la gran patá a los moderaos. D.

Pascual me dijo que pusiera un pañuelo branco en la punta de un palo y

que malchara delante diciendo: 'cese er fuego, cese er fuego...'. El 56,

era yo teniente de melicianos, y O'Donnell me cogió miedo, y cuando

pleticó a la tropa dijo: 'si no hay quien me coja a Izquierdo, no hamos

hecho na'. El 66, cuando la de los artilleros, mi compare Socorro y yo

estuvimos pegando tiros en la esquina de la calle de Laganitos... El 68,

cuando la santísima, estuve haciendo la guardia en el Banco, pa que no

robaran, y le digo asté que si por un es caso llega a paicerse por allí

algún randa, lo suicido... Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta

me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo... y a mí

una patá. A cuenta que yo no pido más que un triste destino pa portear

el correo a cualsiquiera parte, y na... Voy a ver a Bicerra, ¿y

piensasté que me conoce?, ¡pa chasco!... Le digo que soy Izquierdo, por

mote Platón, y menea la cabeza.

Es la que se dice: 'no se acuerdan del judío escalón dimpués que están

parriba...'. Dimpués me casé y juimos viviendo tal cual. Pero cuando

vino la judía Repóblica, se me había muerto mi Dimetria, y yo no tenía

que comer; me jui a ver al señor de Pi, y le dije, digo: 'Señor de Pi,

aquí vengo sobre una colocación...'. ¡Pa chasco! A cuenta de que el

hombre me debía de tener tirria, porque se remontó y dijo que él no

tenía colocaciones. ¡Y un judío portero me puso en la calle!

¡Re-contra-hostia!, ¡si viviera Calvo Asensio!, aquel sí era un endivido

que sabía las comenencias, y el tratamiento de las personas verídicas.

¡Vaya un amigo que me perdí! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo

leitoral, ni Dios nos tosía, ni Dios, ¡hostia!... ¡Aquél sí, aquél

sí!... A cuenta que me cogía del brazo y nos entrábamos en un café, o en

la taberna a tomar una angelita... porque era muy llano y más liberal

que la Virgen Santísima. ¿Pero estos de ahora?... es la que dice; ni

liberales ni repoblicanos, ni na. Mirosté a ese Pi... un mequetrefe. ¿Y

Castelar?, otro mequetrefe. ¿Y Salmerón?, otro mequetrefe. ¿Roque

Barcia?, mismamente. Luego, si es caso, vendrán a pedir que les

ayudemos, ¿pero yo...? No me pienso menear; basta de yeciones. Si se

junde la Repóblica que se junda, y si se junde el judío pueblo, que se

junda también».

Apuró de nuevo el vaso, y el otro José admiraba igualmente su facundia y

su receptividad de bebedor. Izquierdo soltó luego una risa sarcástica,

prosiguiendo así:

«Dicen que les van a traer a Alifonso... ¡Pa chasco! Por mí que lo

traigan. A cuenta que es como si verídicamente trajeran al Terso. Es la

que se dice: pa mí lo mismo es blanco que negro. Óigame lo bueno: El año

pasado, estando en Alcoy, los carcas me jonjabaron. Me corrí a la

partida de Callosa de Ensarriá y tiré montón de tiros a la Guardia

Cevil. ¡Qué yeción! Salta por aquí, salta por allá. Pero pronto me

llamé andana porque me habían hecho contrata de medio duro diario, y los

rumbeles solutamente no paicían. Yo dije: 'José mío, güélvete liberal,

que lo de carca no tercia'. Una nochecita me escurrí, y del tirón me jui

a Barcelona, donde la carpanta fue tan grande, maestro, que por poco doy

las boqueás. ¡Ay!, tocayo, si no es porque se me terció encontrarme allí

con mi sobrina Fortunata, no la cuento. Socorriome... es buena chica, y

con los cuartos que me dio, trinqué el judío tren, y a Madriz...».

--Entonces--dijo Ido, fatigado de aquel relato incoherente, y de aquel

vocabulario grotesco--, recogió usted a ese precioso niño...

Buscaba Ido la novela dentro de aquella gárrula página contemporánea;

pero Izquierdo, como hombre de más seso, despreciaba la novela para

volver a la grave historia.

«Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: '¿Pero señores,

nos acantonamos o no nos acantonamos?... porque si no va a haber aquí

una yeción. ¡Se reían de mí!... ¡pillos! ¡Como que estaban vendidos al

moderaísmo!... Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos

mequetrefes? Pues na; con que yo no sé leer ni escribir: No es todo lo

verídico, ¡hostia!, porque leer ya sé, aunque no del todo lo seguío que

se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el

dedo... ¡Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y

los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía

tierra, maestro».

Ido tardó mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo

le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que

asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la

violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.

«Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el

estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a

Cartagena. ¡Ay, qué vida aquella! ¡Re-hostia! A mí me querían hacer

menistro de la Gubernación; pero dije que nones. No me gustan suponeres.

A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y

entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navío, y

estaba mismamente a las órdenes del general Contreras, que me trataba

de tú. ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el

gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. ¡Alicante,

Águilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan,

tocayo, nos comemos el santísimo mundo y lo acantonamos toíto... ¡Orán!

¡Ay qué mala sombra tiene Orán y aquel judío vu de los franceses que

no hay cristiano que lo pase!... Me najo de allí, güelvo a mi Españita,

entro en Madriz mu callaíto, tan fresco... ¿a mí qué?... y me presento a

estos tiólogos, mequetrefes y les digo: 'Aquí me tenéis, aquí tenéis a

la personalidá del endivido verídico que se pasó la santísima vida

peleando como un gato tripa arriba por las judías libertades... Matarme,

hostia, matarme; a cuenta que no me queréis colocar...'. ¿Usté me hizo

caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricarás en las Cortes, y

el santísimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a

Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos

ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al

Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar,

Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por

moderaos...».

vi

Dijo el por moderaos hasta seis veces, subiendo gradualmente de tono,

y la última repetición debió de oírse en el puente de Toledo. El otro

José estaba muy aturdido con la bárbara charla del grande hombre, el más

desgraciado de los héroes y el más desconocido de los mártires. Su

máscara de misantropía y aquella displicencia de genio perseguido eran

natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su

asiento, pues treinta años de tentativas y de fracasos son para abatir

el ánimo más entero. Izquierdo había sido chalán, tratante en trigos,

revolucionario, jefe de partidas, industrial, fabricante de velas, punto

figurado en una casa de juego y dueño de una chirlata; había casado

dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y

ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte. De una manera y otra,

casado y soltero, trabajando por su cuenta y por la ajena, siempre mal,

siempre mal, ¡hostia!

La vida inquieta, las súbitas apariciones y desapariciones que hacía, y

el haber estado en gurapas algunas temporadillas rodearon de misterio

su vida, dándole una reputación deplorable. Se contaban de él horrores.

Decían que había matado a Demetria, su segunda mujer, y cometido otros

nefandos crímenes, violencias y atropellos. Todo era falso. Hay que

declarar que parte de su mala reputación la debía a sus fanfarronadas y

a toda aquella humareda revolucionaria que tenía en la cabeza. La mayor

parte de sus empresas políticas eran soñadas, y sólo las creían ya

poquísimos oyentes, entre los cuales Ido del Sagrario era el de mayores

tragaderas. Para completar su retrato, sépase que no había estado en

Cartagena. De tanto pensar en el dichoso cantón, llegó sin duda a

figurarse que había estado en él, hablando por los codos de aquellas

tremendas yeciones y dando detalles que engañaban a muchos bobos. Lo

de la partida de Callosa sí parece cierto.

También se puede asegurar, sin temor de que ningún dato histórico pruebe

lo contrario, que Platón no era valiente, y que, a pesar de tanta

baladronada, su reputación de braveza empezaba a decaer como todas las

glorias de fundamento inseguro. En los tiempos a que me refiero, el

descrédito era tal que la propia vanidad platónica estaba ya por los

suelos. Principiaba a creerse una nulidad, y allá en sus soliloquios

desesperados, cuando le salía mal alguna de las bajezas con que se

procuraba dinero, se escarnecía sinceramente, diciéndose: «soy pior que

una caballería; soy más tonto que un cerrojo; no sirvo absolutamente

para nada». El considerar que había llegado a los cincuenta años sin

saber plumear y leyendo sólo a trangullones, le hacía formar de su

endivido la idea más desventajosa. No ocultaba su dolor por esto, y

aquel día se lo expresó a su tocayo con sentida ingenuidad:

«Es una gaita esto de no saber escribir... ¡Hostia!, si yo supiera...

Créalo: ese es el por qué de la tirria que me tiene Pi».

Don José no le contestó. Estaba doblado por la cintura, porque el

digerir las dos enormes chuletas que se había atizado, no se presentaba

como un problema de fácil solución. Izquierdo no reparó que a su amigo

le temblaba horriblemente el párpado, y que las carúnculas del cuello y

los berrugones de la cara, inyectados y turgentes, parecían próximos a

reventar. Tampoco se fijó en la inquietud de D. José, que se movía en el

asiento como si este tuviese espinas; y volviendo a lamentarse de su

destino, se dejó decir: «Porque no hacen solutamente estimación de los

verídicos hombres del mérito. Tanto mequetrefe colocao, y a nosotros,

tocayo, a estos dos hombres de calidá nadie les ensalza. A cuenta de

ellos se lo pierden; porque usted, ¡hostia!, sería un lince para la

Destrución pública, y yo... yo».

La vanidad de Platón cayó de golpe cuando más se remontaba, y no

encontrando aplicación adecuada a su personalidad, se estrelló en la

conciencia de su estolidez. «Yo... para tirar de un carromato--pensó--.

Después dejó caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo

meditando un rato sobre el por qué de su perra suerte. Ido permaneció

completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tenía

la imaginación sumergida en sombrío lago de tristezas, dudas, temores y

desconfianzas. A Izquierdo le roía el pesimismo. La carga de la bebida

en su estómago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante

el cual vio desfilar ante su mente los treinta años de fracasos que

formaban su historia activa... Lo más singular fue que en su tristeza

sentía una dulce voz silbándole en el oído: «Tú sirves para algo... no

te amontones...». Mas no se convencía, no. «Al que me dijera

--pensaba--, cuál es la judía cosa pa que sirve este piazo de hombre, le

querría, si es caso, más que a mi padre». Aquel desventurado era como

otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su

sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su

destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo

debía llegar, a los cincuenta y un años, al puesto que la Providencia le

asignara en el mundo, y que bien podríamos llamar glorioso. Un año

después de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo

dar fe de ello, en su sitio cósmico. Platón descubrió al fin la ley de

su sino, aquello para que exclusiva y solutamente servía. Y tuvo

sosiego y pan, fue útil y desempeñó un gran papel, y hasta se hizo

célebre y se lo disputaban y le traían en palmitas. No hay ser humano,

por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y

aquel buscón sin suerte, después de medio siglo de equivocaciones, ha

venido a ser, por su hermosísimo talante, el gran modelo de la pintura

histórica contemporánea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su

figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y

balandranes de raso, y me lo ponen haciendo el duque de Gandía, al

sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqués de Bedmar ante el

Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patíbulo, o el gran Alba

poniéndoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo más peregrino es que

aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto

de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía

traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro.

Pero en aquella sazón, todo esto era futuro y sólo se presentaba a la

mente embrutecida de Platón como presentimiento indeciso de glorias y

bienandanza. El héroe dio un suspiro, a que contestó el poeta con otro

suspiro más tempestuoso. Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosió dos o

tres veces, y con una vocecilla que sonaba metálicamente, le dijo,

poniéndole la mano en el hombro:

«Usted es desgraciado porque no le hacen justicia; pero yo lo soy más,

tocayo, porque no hay mayor desdicha que el deshonor».

--¡Repóblica puerca, repóblica cochina!--rebuznó Platón, dando en la

mesa un porrazo tan recio, que todo el ventorro tembló.

--Porque todo se puede conllevar--dijo Ido bajando la voz

lúgubremente--, menos la infidelidad conyugal. Terrible cosa es hablar

de esto, querido tocayo, y que esta deshonrada boca pregone mi propia

ignominia... pero hay momentos, francamente, naturalmente, en que no

puede uno callar. El silencio es delito, sí señor... ¿Por qué ha de

echar sobre mí la sociedad esta befa, no siendo yo culpable? ¿No soy

modelo de esposos y padres de familia? ¿Pues cuándo he sido yo

adúltero?, ¿cuándo?... que me lo digan.

De repente, y saltando cual si fuera de goma, el hombre eléctrico se

levantó... Sentía una ansiedad que le ahogaba, un furor que le ponía los

pelos de punta. En este excepcional desconcierto no se olvidó de pagar,

y dando su duro al Tartera, recogió la vuelta.

«Noble amigo--díjole a Izquierdo al oído--, no me acompañe usted...

Estimo en lo que valen sus ofrecimientos de ayuda. Pero debo ir solo,

enteramente solo, sí señor; les cogeré in fraganti...

¡Silencio...!, ¡chis!... La ley me autoriza a hacer un escarmiento...

pero horrible, tremendo... ¡Silencio digo!».

Y salió de estampía, como una saeta. Viéndole correr, se reían Izquierdo

y el Tartera. El infeliz Ido iba derecho a su camino sin reparar en

ningún tropiezo. Por poco tumba a un ciego, y le volcó a una mujer la

cesta de los cacahuetes y piñones. Atravesó la Ronda, el Mundo Nuevo y

entró en la calle de Mira el Río baja, cuya cuesta se echó a pechos sin

tomar aliento. Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el

labio inferior muy echado para fuera. Sin reparar en nadie ni en nada,

entró en la casa, subió las escaleras, y pasando de un corredor a otro,

llegó pronto a su puerta. Estaba cerrada sin llave. Púsose en acecho, el

oído en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abrió con

estrépito, y echó un vocerrón muy tremendo: ¡Adúuultera!

«¡Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso dengue...--chilló

Nicanora, reponiéndose al instante de aquel gran susto--. Pobrecito mío,

hoy viene perdido...».

Don José entró a pasos largos y marcados, con desplantes de cómico de la

legua; los ojos saltándosele del casco; y repetía con un tono cavernoso

la terrorífica palabra: ¡adúuultera!

--Hombre de Dios--dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo,

que aquel día no era pintura, sino costura--, tú has comido, ¿verdad?...

Buena la hemos hecho...

Le miraba con más lástima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa,

como se miran los males ya muy añejos y conocidos.

«--Fuertecillo es el ataque... Corazón, ¡cómo estás hoy! Algún indino te

ha convidado... Si le cojo... Mira, José, debes acostarte...».

--Por Dios, papá--dijo Rosita, que había entrado detrás de su padre--,

no nos asustes... Quítate de la cabeza esas andróminas.

Apartola él lejos de sí con enérgico ademán, y siguió dando aquellos

pasos tragicómicos sin orden ni concierto. Parecía registrar la casa; se

asomaba a las fétidas alcobas, daba vueltas sobre un tacón, palpaba las

paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y

haciendo unos aspavientos que harían reír grandemente si la compasión no

lo impidiera. La vecindad, que se divertía mucho con el dengue del

buen ido, empezó a congregarse en el corredor. Nicanora salió a la

puerta: «Hoy está atroz... Si yo cogiera al lipendi que le convidó a

magras...».

--¡Venga usted acá, dama infiel!--le dijo el frenético esposo,

cogiéndola por un brazo.

Hay que advertir que ni en lo más fuerte del acceso era brutal. O

porque tuviera muy poca fuerza o porque su natural blando no fuese nunca

vencido de la fiebre de aquella increíble desazón, ello es que sus manos

apenas causaban ofensa. Nicanora le sujetó por ambos brazos, y él,

sacudiéndose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas:

«No me lo negarás ahora... Le he visto, le he visto yo».

--¿A quién has visto, corazón?... ¡Ah!, sí, al duque. Sí, aquí le

tengo... No me acordaba... ¡Pícaro duque, que te quiere quitar esa

recondenada prenda tuya!

Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido

volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de

aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque

pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí

habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda... «Ya puedes

escabecharnos--le dijo--, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan

agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo...».

Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la

rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el

palillo, pronunciando torpemente estas palabras: «Adúlteros, expiad

vuestro crimen». Los que desde el corredor le oían, reíanse a todo

trapo, y Nicanora arengaba al público diciendo: «pronto se le pasará;

cuanto más fuerte, menos le dura».

«Así, así... muertos los dos... charco de sangre... yo vengado, mi honra

la... la... vadita» murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al

fin se desplomó sobre el jergón boca abajo. Las piernas colgaban fuera,

la cara se oprimía contra la almohada, y en tal postura rumiaba

expresiones oscuras que se apagaban resolviéndose en ronquidos. Nicanora

le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas

dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano

el palo. Arreglole las almohadas y le aflojó la ropa. Había entrado en

el segundo periodo, que era el comático, y aunque seguía delirando, no

movía ni un dedo, y apretaba fuertemente los párpados, temeroso de la

luz. Dormía la mona de carne.

Cuando la Venus de Médicis salió del cubil, vio que entre las personas

que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompañada de su doncella.

vii

Había presenciado parte de la escena y estaba aterrada. «Ya le pasó lo

peor--dijo Nicanora saliendo a recibirla--. Ataque muy fuerte... Pero no

hace daño. ¡Pobre ángel! Se pone de esta conformidad cuando come».

--¡Cosa más rara! --expresó Jacinta entrando.

--Cuando come carne... Sí señora. Dice el médico que tiene el cerebro

como pasmado, porque durante mucho tiempo estuvo escribiendo cosas de

mujeres malas, sin comer nada más que las condenadas judías... La

miseria, señora, esta vida de perros. ¡Y si supiera usted qué buen

hombre es!... Cuando está tranquilo no hace cosa mala ni dice una

mentira... Incapaz de matar una pulga. Se estará dos años sin probar el

pan, con tal que sus hijos lo coman. Ya ve la señora si soy desgraciada.

Dos años hace que José empezó con estas incumbencias. ¡Se pasaba las

noches en vela, sacando de su cabeza unas fábulas...!, todo tocante a

damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques

muy adúlteros... y los maridos trinando... ¡Qué cosas inventaba! Y por

la mañana las ponía en limpio en papel de marquilla con una letra que

daba gusto verla. Luego le dio el tifus, y se puso tan malo que estuvo

suministrado y creíamos que se iba. Sanó y le quedaron estas

calenturas de la sesera, este dengue que le da siempre que toma

sustancia. Tiene temporadas, señora; a veces el ataque es muy ligero, y

otras se pone tan encalabrinado que sólo de pasar por delante del

Matadero le baila el párpado y empieza a decir disparates. Bien dicen,

señora, que la carne es uno de los enemigos del alma... Cuidado con lo

que saca... ¡Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!... Miren

que yo con esta facha...

No interesaba a Jacinta aquel triste relato tanto como creía Nicanora, y

viendo que esta no ponía punto, tuvo la dama que ponerlo.

«Perdone usted--dijo dulcificando su acento todo lo posible--, pero

dispongo de poco tiempo. Quisiera hablar con ese señor que llaman

Don... José Izquierdo».

--Para servir a vuecencia--dijo una voz en la puerta, y al mirar, encaró

Jacinta con la arrogantísima figura de Platón, quien no le pareció tan

fiero como se lo habían pintado.

Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la

cortesía de que era capaz a pasar a su habitación. Ama y criada se

pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo.

«¿En dónde está el Pituso?» preguntó Jacinta a mitad del camino.

Izquierdo miró al patio donde jugaban varios chicos, y no viéndole por

ninguna parte, soltó un gruñido. Cerca del 17, en uno de los ángulos del

corredor había un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos,

en el centro del cual estaba un niño como de diez años, ciego, sentado

en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeño para

alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revés, pisando las cuerdas con

la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las

rodillas, boca y cuerdas hacia arriba.

La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas,

sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan

bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del músico

oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de

acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos

cuajados, sin descansar un punto. Después de mucho y mucho puntear y

rasguear, rompió con chillona voz el canto:

A Pepa la gitani... i... i...

Aquel iiii no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo

como una rúbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los

oyentes cuando el ciego se determinó a posarse en el final de la frase:

lla-cuando la parió su madre...

Expectación, mientras el músico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y

gruñidos como de un perrillo al que le están pellizcando el rabo. _¡Ay,

ay, ay!_... Por fin concluyó:

sólo para las narices

le dieron siete calambres.

Risas, algazara, pataleos... Junto al niño cantor había otro ciego,

viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y

el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela. Su risilla

de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era

también maestro, padre quizás, del ciego chico y le estaba enseñando el

oficio. Jacinta echó un vistazo a todo aquel conjunto, y entre las

respetables personas que formaban el corro, distinguió una cuya

presencia la hizo estremecer. Era el Pituso, que asomando por entre el

ciego grande y el chico, atendía con toda su alma a la música, puesta

una mano en la cintura y la otra en la boca. «Ahí está» dijo al Sr.

Izquierdo, que al punto le sacó del grupo para llevarle consigo. Lo más

particular fue que si cuando la fisonomía del Pituso estaba

embadurnada creyó Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito

Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente

limpia, el parecido se había desvanecido.

«No se parece» pensaba entre alegre y desalentada, cuando Izquierdo le

señaló la puerta para que entrase.

Cuentan Jacinta y su criada que al verse dentro de la reducida, inmunda

y desamparada celda, y al observar que el llamado Platón cerraba la

puerta, les entró un miedo tan grande que a entrambas se les ocurrió

salir a la ventanilla a pedir socorro. Miró la señora de soslayo a la

criada, por ver si esta mostraba entereza de ánimo; pero Rafaela estaba

más muerta que viva. «Este bandido--pensó Jacinta--, nos va a retorcer

el pescuezo sin dejarnos chistar». Algo se tranquilizaba oyendo muy

cerca el guitarreo y el rum rum de la multitud que rodeaba a los dos

ciegos. Izquierdo les ofreció las dos sillas que en la estancia había, y

él se sentó sobre un baúl, poniendo al Pituso sobre sus rodillas.

Rafaela cuenta que en aquel momento se le ocurrió un plan infalible para

defenderse del monstruo, si por acaso las atacaba. Desde el punto en que

le viera hacer un ademán hostil, ella se le colgaría de las barbas. Si

en el mismo instante y muy de sopetón su señorita tenía la destreza

suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y

metérselo por los ojos, la cosa era hecha.

No había allí más muebles que las dos sillas y el baúl. Ni cómoda, ni

cama, ni nada. En la oscura alcoba debía de haber algún camastro. De la

pared colgaba una grande y hermosa lámina detrás de cuyo cristal se

veían dos trenzas negras de pelo, hermosísimas, enroscadas al modo de

culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: ¡Hija mía!

«¿De quién es ese pelo?» preguntó Jacinta vivamente, y la curiosidad le

alivió por un instante el miedo.

--De la hija de mi mujer --replicó Platón con gravedad, echando una

mirada de desdén al cuadro de las trenzas.

--Yo creí que eran de... --balbució la dama sin atreverse a acabar la

frase--. Y la joven a quien pertenecía ese pelo, ¿dónde está?

--En el cementerio--gruñó Izquierdo con acento más propio de bestia que

de hombre.

Jacinta examinó al Pituso chico y... cosa rara, volvió a advertir

parecido con el gran Pituso. Le miró más, y mientras más le miraba más

semejanza. ¡Santo Dios! Llamole, y el señor Izquierdo dijo al niño con

cierta aspereza atenuada que en él podía pasar por dulzura: «Anda,

piojín, y da un beso a esta señora». El nene, en pie, se resistía a dar

un paso hacia adelante. Estaba como asustado y clavaba en la señora las

estrellas de sus ojos. Jacinta había visto ojos lindos, pero como

aquellos no los había visto nunca. Eran como los del Niño Dios pintado

por Murillo. «Ven, ven» le dijo llamándole con ese movimiento de las dos

manos que había aprendido de las madres. Y él tan serio, con las

mejillas encendidas por la vergüenza infantil, que tan fácilmente se

resuelve en descaro.

«A cuenta que no es corto de genio; pero se espanta de las personas

finas» dijo Izquierdo empujándole hasta que Jacinta pudo cogerle.

--Si es todo un caballero formal --declaró la señorita dándole un beso

en su cara sucia que aún olía a la endiablada pintura--. ¿Cómo estás

hoy tan serio y ayer te reías tanto y me enseñabas tu lengüecita?

Estas palabras rompieron el sello a la seriedad de Juanín, porque lo

mismo fue oírlas que desplegar su boca en una sonrisa angelical. Riose

también Jacinta; pero su corazón sintió como un repentino golpe, y se le

nublaron los ojos. Con la risa del gracioso chiquillo resurgía de un

modo extraordinario el parecido que la dama creía encontrar en él.

Figurose que la raza de Santa Cruz le salía a la cara como poco antes le

había salido el carmín del rubor infantil. «Es, es...» pensó con

profunda convicción, comiéndose a miradas la cara del rapazuelo. Vela en

ella las facciones que amaba; pero allí había además otras desconocidas.

Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde

turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel

rencorcillo, querían interpretar en el rostro inocente del niño las

aborrecidas y culpables bellezas de la madre. Habló, y su metal de voz

había cambiado completamente. Sonaba de un modo semejante a los bajos de

la guitarra: «Señor Izquierdo, ¿tiene usted ahí por casualidad el

retrato de su sobrina?».

Si Izquierdo hubiera respondido que sí, ¡cómo se habría lanzado Jacinta

sobre él! Pero no había tal retrato, y más valía así. Durante un rato

estuvo la dama silenciosa, sintiendo que se le hacía en la garganta el

nudo aquel, síntoma infalible de las grandes penas. En tanto, el Pituso

adelantaba rápidamente en el camino de la confianza. Empezó por tocar

con los dedos tímidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta

llevaba, y viendo que no le reñían por este desacato, sino que la

señora aquella tan guapa le apretaba contra sí, se decidió a examinar el

imperdible, los flecos del mantón y principalmente el manguito, aquella

cosa de pelos suaves con un agujero, donde se metía la mano y estaba tan

calentito.

Jacinta le sentó sobre sus rodillas y trató de ahogar su desconsuelo,

estimulando en su alma la piedad y el cariño que el desvalido niño le

inspiraba. Un examen rápido sobre el vestido de él le reprodujo la pena.

¡Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies

casi desnudos...! Le pasó la mano por la cabeza rizosa, haciendo voto en

su noble conciencia de querer al hijo de otra como si fuera suyo. El

rapaz fijaba su atención de salvaje en los guantes de la señora. No

tenía él ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira,

dentro de las cuales estaban las manos verdaderas.

«¡Pobrecito! --exclamó con vivo dolor Jacinta, observando que el mísero

traje del Pituso era todo agujeros. Tenía un hombro al aire, y una de

las nalgas estaba también a la intemperie. ¡Con cuánto amor pasó la mano

por aquellas finísimas carnes, de las cuales pensó que nunca habían

conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de

noche como de día!

«Toca, toca--dijo a la criada--; muertecito de frío».

Y al Sr. Izquierdo: «Pero ¿por qué tiene usted a este pobre niño tan

desabrigado?».

--Soy pobre, señora --refunfuñó Izquierdo con la sequedad de siempre--.

No me quieren colocar... por decente...

Iba a seguir espetando el relato de sus cuitas políticas; pero Jacinta

no le hizo caso. Juanín, cuya audacia crecía por momentos, atrevíase ya

nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchísimo respeto, eso

sí.

«Te voy a traer unas botas muy bonitas» le dijo la que quería ser madre

adoptiva, echándole las palabras con un beso en su oído sucio.

El muchacho levantó un pie. ¡Y qué pie! Más valía que ningún cristiano

lo viera. Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de

lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos

rosados.

«¡Bendito Dios! --exclamó Rafaela rompiendo a reír--. ¿Pero Sr.

Izquierdo, tan pobre es usted que no tiene para...?».

--Solutamente... --¡Te voy a poner más majo...!, verás. Te voy a poner

un vestido muy precioso, tu sombrero, tus botas de charol.

Comprendiendo aquello, el muy tuno ¡abría cada ojo...! De todas las

flaquezas humanas, la primera que apunta en el niño, anunciando el

hombre, es la presunción. Juanín entendió que le iban a poner guapo y

soltó una carcajada. Pero las ideas y las sensaciones cambian

rápidamente en esta edad, y de improviso el Pituso dio una palmada y

echó un gran suspiro. Es una manera especial que tienen los chicos de

decir: «Esto me aburre; de buena gana me marcharía». Jacinta le retuvo a

la fuerza.

--Vamos a ver, Sr. de Izquierdo--dijo la dama, planteando decididamente

la cuestión--. Ya sé por su vecino de usted quién es la mamá de este

niño. Está visto que usted no lo puede criar ni educar. Yo me lo llevo.

Izquierdo se preparó a la respuesta.

--Diré a la señora... yo... verídicamente, le tengo ley. Le quiero, si a

mano viene, como hijo... Socórrale la señora, por ser de la casta que

es; colóqueme a mí, y yo lo criaré.

--No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la

condición de que me llevo este pobre ángel a mi casa. ¿Para qué le

quiere usted? ¿Para que se críe en esos patios malsanos entre

pilletes?... Yo le protegeré a usted, ¿qué quiere?, ¿un destino?, ¿una

cantidad?

--Si la señora--insinuó Izquierdo torvamente, soltando las palabras

después de rumiarlas mucho--, me logra una cosa...

--A ver qué cosa... --La señora se aboca con Castelar... que me tiene

tanta tirria... o con el Sr. de Pi.

--Déjeme usted a mí de pi y de pa... Yo no le puedo dar a usted

ningún destino.

--Pues si no me dan la ministración del Pardo, el hijo se queda aquí...

¡hostia! --declaró Izquierdo con la mayor aspereza, levantándose.

Parecía responder con la exhibición de su gallarda estatura más que con

las palabras.

--La administración del Pardo nada menos. Sí, para usted estaba. Hablaré

a mi esposo, el cual reconocerá a Juanín y le reclamará por la justicia,

puesto que su madre le ha abandonado.

Rafaela cuenta que al oír esto, se desconcertó un tanto Platón. Pero

no se dio a partido, y cogiendo en brazos al niño le hizo caricias a su

modo: «¿Quién te quiere a ti, churumbé?... ¿A quién quieres tú, piojín

mío?».

El chico le echó los brazos al cuello.

«Yo no le impido ni le impediré a usted que le siga queriendo, ni aun

que le vea alguna vez --dijo la señora, contemplando a Juanín como una

tonta--. Volveré mañana y espero convencerle... y en cuanto a la

administración del Pardo, no crea usted que digo que no. Podría ser...

no sé...».

Izquierdo se dulcificó un poco.

«Nada, nada--pensó Jacinta--, este hombre es un chalán. No sé tratar con

esta clase de gente. Mañana vuelvo con Guillermina y entonces... aquí te

quiero ver. Para usted--dijo luego en voz alta--, lo mejor sería una

cantidad. Me parece que está la patria oprimida».

Izquierdo dio un suspiro y puso al chico en el suelo. «Un endivido, que

se pasó su santísima vida bregando porque los españoles sean libres...».

--Pero, hombre de Dios, ¿todavía les quiere usted más libres?

--No... es la que se dice... cría cuervos... Sepa usté que Bicerra,

Castelar y otros mequetrefes, todo lo que son me lo deben a mí.

--Cosa más particular. El ruido de la guitarra y de los cantos de los

ciegos arreció considerablemente, uniéndose al estrépito de tambores de

Navidad.

«¿Y tú no tienes tambor?» preguntó Jacinta al pequeñuelo, que apenas

oída la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza.

--¡Que barbaridad! ¡Miren que no tener tú un tambor...! Te lo voy a

comprar hoy mismo, ahora mismo. ¿Me das un beso?

No se hacía de rogar el Pituso. Empezaba a ser descarado. Jacinta sacó

un paquetito de caramelos, y él, con ese instinto de los golosos, se

abalanzó a ver lo que la señora sacaba de aquellos papeles. Cuando

Jacinta le puso un caramelo dentro de la boca, Juanín se reía de gusto.

«¿Cómo se dice?» le preguntó Izquierdo.

Inútil pregunta, porque él no sabía que cuando se recibe algo se dan las

gracias.

Jacinta le volvió a coger en brazos y a mirarle. Otra vez le pareció que

el parecido se borraba. ¡Si no sería...! Era conveniente averiguarlo y

no proceder con precipitación. Guillermina se encargaría de esto. De

repente el muy pillo la miró, y sacándose el caramelo de la boca, se lo

ofreció para que chupase ella.

«No, tonto, si tengo más».

Después, viendo que su galantería no era estimada, le enseñó la lengua.

«¡Grandísimo tuno, me haces burla, a mí!...».

Y él, entusiasmándose, volvió a sacar la lengua, y habló por primera vez

en aquella conferencia, diciendo muy claro: «Putona».

Ama y criada rompieron a reír, y Juanín lanzó una carcajada

graciosísima, repitiendo la expresión, y dando palmadas como para

aplaudirse.

--¡Qué cosas le enseña usted!...

--Vaya, hijo, no digas exprisiones...

--¿Me quieres?--le dijo la Delfina apretándole contra sí.

El chico clavó sus ojos en Izquierdo.

«Dile que sí pero a cuenta que no te vas con ella... ¿sabes?... que no

te vas con ella, porque quieres más a tu papá Pepe, piojín..., y que a

tu papá le tien que dar la ministración».

Volvió el bárbaro a cogerle, y Jacinta se despidió, haciendo propósito

firme de volver con el refuerzo de su amiga.

«Adiós, adiós, Juanín. Hasta mañana»; y le besó la mano, pues la cara

era imposible por tenerla toda untada de caramelo.

--Adiós, rico--dijo Rafaela pellizcándole los dedos de un pie que

asomaban por las claraboyas del calzado.

Y salieron. Izquierdo, que aunque se tenía por caballería, preciábase de

ser caballero, salió a despedirlas a la puerta de la calle, con el

pequeño en brazos. Y le movía la manecita para hacerle saludar a las dos

mujeres hasta que doblaron la esquina de la calle del Bastero.

viii

A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella,

esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto

despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas.

Había recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la

Compañía del Norte que le hicieran la descarga gratis con las grúas de

la empresa... ¡los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se

salió con la suya, y además quería que del transporte se encargara la

misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien podía dar a los

huérfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones.

En cuanto entraron Jacinta y Rafaela vieron a Juanín jugando en el

patio. Llamáronle y no quiso venir. Las miraba desde lejos, riendo, con

media mano metida dentro de la boca; pero en cuanto le enseñaron el

tambor que le traían, como se enseñan al toro, azuzándole, las

banderillas que se le han de clavar, vino corriendo como exhalación. Su

contento era tal que parecía que le iba a dar una pataleta, y estaba tan

inquieto, que a Jacinta le costó trabajo colgarle el tambor. Cogidos los

palillos uno en cada mano, empezó a dar porrazos sobre el parche,

corriendo por aquellos muladares, envidiado de los demás, y sin ocuparse

de otra cosa que de meter toda la bulla posible.

Jacinta y Rafaela subieron. La criada llevaba un lío de cosas, dádivas

que la señora traía a los menesterosos de aquella pobrísima vecindad.

Las mujeres salían a sus puertas movidas de la curiosidad; empezaba el

chismorreo, y poco después, en los murmurantes corros que se formaron,

circulaban noticias y comentos: «A la señá Nicanora le ha traído un

mantón borrego, al tío Dido un sombrero y un chaleco de Bayona, y a

Rosa le ha puesto en la mano cinco duros como cinco soles...». --«A la

baldada del número 9 le ha traído una manta de cama, y a la señá

Encarnación un aquel de franela para la reuma, y al tío Manjavacas un

ungüento en un tarro largo que lo llaman pitofufito... sabe, lo que le

di yo a mi niña el año pasado, lo cual no le quitó de

morírseme...».--«Ya estoy viendo a Manjavacas empeñando el tarro o

cambiándolo por gotas de aguardiente...».--«Oí que le quiere comprar el

niño a señó Pepe, y que le da treinta mil duros... y le hace

gobernaor...».--«¿Gobernaor de qué?...». --«Paicen bobas... pues tiene

que ser de las caballerizas repoblicanas...».

Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto

tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponían sus necesidades

con hiperbólico estilo. Esta tenía a sus dos niños descalcitos; la otra

no los tenía descalzos ni calzados, porque se le morían todos, y a ella

le había quedado una angustia en el pecho que decían era una eroísma.

La de más allá tenía cinco hijos y vísperas, de lo que daba fe el

promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo. No podía ir

en tal estado a la Fábrica de Tabacos, por lo cual estaba pasando la

familia una crujida buena. El pariente de estotra no trabajaba, porque

se había caído de un andamio y hacía tres meses que estaba en el catre

con un tolondrón en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la

boca. Tantas y tantas lástimas oprimían el corazón de Jacinta, llevando

a su mente ideas muy latas sobre la extensión de la miseria humana. En

el seno de la prosperidad en que ella vivía, no pudo darse nunca cuenta

de lo grande que es el imperio de la pobreza, y ahora veía que, por

mucho que se explore, no se llega nunca a los confines de este dilatado

continente. A todos les daba alientos y prometía ampararles en la

medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizás

insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad. El círculo que la

rodeaba se iba estrechando, y la dama empezaba a sofocarse. Dio algunos

pasos; pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasión nueva;

delante de su caridad luminosa íbanse levantando las desdichas humanas,

y reclamando el derecho a la misericordia. Después de visitar varias

casas, saliendo de ellas con el corazón desgarrado, hallábase otra vez

en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando

sintió que le tiraban suavemente de la cachemira. Volviose y vio una

niña como de cinco o seis años, lindísima, muy limpia, con una hoja de

bónibus en el pelo.

«Señora--le dijo la niña con voz dulce y tímida, pronunciando con la más

pura corrección--, ¿ha visto usted mi delantal?».

Cogiendo por los bordes el delantal, que era de cretona azul, recién

planchado y sin una mota, lo mostraba a la señorita.

«Sí... ya lo veo--dijo ésta admirada de tanta gracia y coquetería--.

Estás muy guapa y el delantal es... magnífico».

--Lo he estrenado hoy... no lo ensuciaré, porque no bajo al

patio--añadió la pequeña, hinchando de gozo y vanidad sus naricillas.

--¿De quién eres? ¿Cómo te llamas?

--Adoración. --¡Qué mona eres... y qué simpática!

--Esta niña--dijo una de las vecinas--, es hija de una mujer muy mala

que la llaman Mauricia la Dura. Ha vivido aquí dos veces, porque la

pusieron en las Arrecogidas, y se escapó, y ahora no se sabe dónde

anda.

--¡Pobre niña!... su mamá no la quiere.

--Pero tiene por mamá a su tía Severiana, que la ampara como si fuera

hija y la va criando. ¿No conoce la señorita a Severiana?

--He oído hablar de ella a mi amiga.

--Sí, la señorita Guillermina la quiere mucho... Como que ella y

Mauricia son hijas de la planchadora de la casa... ¡Severiana!... ¿Dónde

está esa mujer?

--En la compra--replicó Adoración.

--Vaya, que eres muy señorita.

La otra, que se oyó llamar señorita, no cabía en sí de satisfacción.

«Señora--dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su

pronunciación celestial--. Yo no me pinté la cara el otro día...».

--¡Tú no...!, ya lo sabía. Eres muy aseada.

--No, no me pinté --repitió acentuando tan fuertemente el no con la

cabeza, que parecía que se le rompía el pescuezo--. Esos puercachones me

querían pintar, pero no me dejé.

Jacinta y Rafaela estaban embelesadas. No habían visto una niña tan

bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella. Daba

gusto ver la limpieza de su ropa. La falda la tenía remendada, pero

aseadísima; los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal

una obra maestra de pulcritud.

En esto llegó la tía y madre adoptiva de Adoración. Era guapetona, alta

y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina más ordenada, o si se

quiere, más pudiente de aquella colmena. Vivía en una de las

habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón

más para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se

comprendieron. Severiana estimó en lo que valían las bondades de la dama

para con la pequeña; hízola entrar en su casa, y le ofreció una silla de

las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a

Jacinta el colmo de la opulencia.

«¿Y mi ama doña Guillermina?--preguntó Severiana--. Ya sé que viene

ahora todos los días. ¿Usted no me conoce? Mi madre fue planchadora en

casa de los señores de Pacheco... allí nos criamos mi hermana Mauricia y

yo».

--He oído hablar de ustedes a Guillermina...

Severiana dejó el cesto de la compra, que bien repleto traía, arrojó

mantón y pañuelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad. Entre las

habitantes de las casas domingueras es muy común que la que viene de la

plaza con abundante compra la exponga a la admiración y a la envidia de

las vecinas. Severiana empezó a sacar su repuesto, y alargando la mano

lo mostraba de la puerta afuera... «Vean ustedes... una brecolera... un

cuarterón de carne de falda... un pico de carnero con carrilladas...

escarola...» y por último salió la gran sensación. Severiana la enseñó

como un trofeo, reventando de orgullo. «¡Un conejo!» clamaron media

docena de voces... «¡Hija, cómo te has corrido!».--«Hija, porque se

puede, y lo he sacado por siete riales». Jacinta creyó que la cortesía

la obligaba a lisonjear a la dueña de la casa, mirando con muchísimo

interés las provisiones y elogiando su bondad y baratura.

Hablose luego de Adoración, que se había cosido a las faldas de Jacinta,

y Severiana empezó a referir:

«Esta niña es de mi hermana Mauricia... La señora metió en las Micaelas

a mi hermana, pero esta se fugó, encaramándose por una tapia; y ahora la

estamos buscando para volverla a encerrar allá».

--Conozco mucho esa Orden--dijo la de Santa Cruz--, y soy muy amiga de

las madres Micaelas.

Allí la enderezarán... Crea usted que hacen milagros...

--Pero si es muy mala... señora, muy mala--replicó Severiana dando un

suspiro--. Aquí me dejó esta criatura, y no nos pesa, porque me tira el

alma como si la hubiera parido... lo cual que todos los míos me han

nacido muertos; y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que

no se puede pasar sin ella. Es una pinturera, eso sí, y me enreda mucho.

Como que nació y se crió entre mujeres malas, que la enseñaron a

fantasiar y a ponerse polvos en la cara. Cuando va por la calle, hace

unos meneos con el cuerpo que... ya le digo que la deslomo, si no se le

quita esa maña... ¡Ah!, ¡verás tú, verás, bribonaza! Lo bueno que tiene

es que no me empuerca la ropa y le gusta lavarse manos, brazos, hocico,

y hasta el cuerpo, señora, hasta el cuerpo. Como coja un pedazo de jabón

de olor, pronto da cuenta de él. ¿Pues el peinarse? Ya me ha roto tres

espejos, y un día... ¿que creerá la señora que estaba haciendo?... pues

pintándose las cejas con un corcho quemado.

Adoración púsose como la grana, avergonzada de las perrerías que se

contaban de ella.

«No lo hará más --dijo la dama sin hartarse de acariciar aquella cara

tan tersa y tan bonita; y variando la conversación, lo que agradeció

mucho la pequeña, se puso a mirar y alabar el buen arreglo de la

salita».

«Tiene usted una casa muy mona».

--Para menestrales, talcualita. Ya sabe la señorita que está a su

disposición. Es muy grande para nosotros; pero tengo aquí una amiga que

vive en compañía, doña Fuensanta, viuda de un señor comandante. Mi

marido es bueno como los panes de Dios. Me gana catorce riales y no

tiene ningún vicio. Vivimos tan ricamente.

Jacinta admiró la cómoda, bruñida de tanto fregoteo, y el altar que

sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografías de gente de tropa,

con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo. El Cristo

del Gran Poder y la Virgen de la Paloma, eran allí dos hermosos cuadros;

había un gran cromo con la Numancia, navegando en un mar de musgo, y

otro cuadrito bordado con dos corazones amantes, hechos a estilo de

dechado, unidos con una cinta.

Se hacía tarde, y Jacinta no tenía sosiego. Por fin, saliendo al

corredor, vio venir a su amiga presurosa, acalorada... «No me riñas,

hija; no sabes cómo me han marcado esos badulaques en la estación de las

Pulgas. Que no pueden hacer nada sin orden expresa del Consejo. No han

hecho caso de la tarjeta que llevé, y tengo que volver esta tarde, y los

sillares allí muertos de risa y la obra parada... Pero en fin, vamos a

nuestro asunto. ¿En dónde está ese que se come la gente? Adiós,

Severiana... Ahora no me puedo entretener contigo. Luego hablaremos».

Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de

vecinas. Adoración iba detrás, cogida a la falda de Jacinta, como los

pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un

batidor, la zancuda, que aquel día parecía tener las canillas más

desarrolladas y las greñas más sueltas. Jacinta le había llevado unas

botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba

poner hasta el domingo.

Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empujó. Grande fue

su sorpresa al encarar, no con el señor Platón a quien esperaba

encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de

colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo

engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a reír aquel vestiglo,

enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y

dijo a las señoras que Don Pepe no estaba, pero que al momentico

vendría. Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la

gallinejera, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de

la Arganzuela. Solía prestar servicios domésticos al decadente señor de

aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergón,

y darle una mano de refregones al Pituso, cuando la porquería le ponía

una costra demasiado espesa en su angelical rostro. También solía

preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos

cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada

de escarola, bien cargada de ajo y comino.

No tardó en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella

gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando

mentalmente un Padre-nuestro porque se marchara pronto. Venía el bárbaro

dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como

entre manos traía, y arrojando su pavero en el rincón y limpiándose con

un pañuelo en forma de pelota el sudor de la nobilísima frente, soltó

este gruñido: «Vengo de en ca Bicerra... ¿Ustés me recibieron? Pues él

tampoco... ¡el muy soplao, el muy...! La culpa tengo yo que me rebajo a

endividos tan... disinificantes».

--Cálmese usted, Sr. Pepe --indicó Jacinta, sintiéndose fuerte en

compañía de su amiga.

Como no había más que dos sillas, Rafaela tuvo que sentarse en el baúl y

el grande hombre no comprendido quedose en pie; mas luego tomó una cesta

vacía que allí estaba, la puso boca abajo y acomodó su respetable

persona en ella.

ix

Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que

no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía

que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él. La tal doña

Guillermina, con toda su opinión de santa y su carita de Pascua, se le

atravesaba. Ya estaba seguro de que le volvería tarumba con sus

tiologías porque aquella señora debía de ser muy nea, y él, la verdad,

no sabía tratar con neos.

«Con que Sr. Izquierdo--propuso la fundadora sonriendo--, ya sabe

usted... esta amiga mía quiere recoger a ese pobre niño, que tan mal se

cría al lado de usted... Son dos obras de caridad, porque a usted le

socorreremos también, siempre que no sea muy exigente...».

--¡Hostia, con la tía bruja esta!--dijo para sí Platón, revolviendo

las palabras con mugidos; y luego en voz alta--: Pues como dije a la

señora, si la señora quiere al Pituso, que se aboque con Castelar...

--Eso sí; para que le hagan a usted ministro... Sr. Izquierdo, no nos

venga usted con sandeces. ¿Cree que somos tontas? A buena parte viene...

Usted no puede desempeñar ningún destino, porque no sabe leer.

Recibió Izquierdo tan tremendo golpe en su vanidad, que no supo qué

contestar. Tomando una actitud noble, puesta la mano en el pecho,

repuso:

«Señora, eso de no saber no es todo lo verídico... digo que no es todo

lo verídico... verbi gracia: que es mentira. A cuenta que nos moteja

porque semos probes. La probeza no es deshonra».

--No lo es, cierto, pero sí; pero tampoco es honra, ¿estamos? Conozco

pobres muy honrados; pero también los hay que son buenos pájaros.

--Yo soy todo lo decente... ¿estamos?

--¡Ah!, sí... Todos nos llamamos personas decentes; pero facilillo es

probarlo. Vamos a ver. ¿Cómo se ha pasado usted la vida? Vendiendo

burros y caballos, después conspirando y armando barricadas...

--¡Y a mucha honra, y a mucha honra!... ¡re-hostia!--gritó fuera de sí

el chalán, levantándose encolerizado--. ¡Vaya con las tías estas...!

Jacinta daba diente con diente. Rafaela quiso salir a llamar; pero su

propio temor le había paralizado las piernas.

«Ja, ja, ja... nos llama tías...--exclamó Guillermina echándose a reír

cual si hubiera oído un inocente chiste--. Vaya con el excelentísimo

señor... ¿Y piensa que nos vamos a enfadar por la flor que nos echa?

Quia; yo estoy muy acostumbrada a estas finuras. Peores cosas le dijeron

a Cristo.

--Señora... señora... no me saque la dinidá; mire que me estoy

aguantando... aguantando...

--Más aguantamos nosotras. --Yo soy un endivido... tal y como...

--Lo que es usted, bien lo sabemos: un holgazanote y un bruto... Sí

hombre, no me desdigo... ¿Piensa usted que le tengo miedo? A ver; saque

pronto esa navaja...

--No la gasto pa mujeres... --Ni para hombres... Si creerá este

fantasmón que nos va a acoquinar porque tiene esa fachada... Siéntese

usted y no haga visajes, que eso servirá para asustar a chicos, pero no

a mí. Además de bruto es usted un embustero, porque ni ha estado en

Cartagena ni ese es el camino, y todo lo que cuenta de las revoluciones

es gana de hablar. A mí me ha enterado quien le conoce a usted bien...

¡Ah!, pobre hombre, ¿sabe usted lo que nos inspira? Pues lástima, una

lástima que no puede ponderarle, por lo grande que es...

Completamente aturdido, cual si le hubieran descargado una maza sobre el

cuello, Izquierdo se sentó sobre la cesta, y esparció sus miradas por el

suelo. Rafaela y Jacinta respiraron, pasmadas del valor de su amiga, a

quien veían como una criatura sobrenatural.

--Con que vamos a ver--prosiguió esta guiñando los ojos, como siempre

que exponía un asunto importante--. Nosotras nos llevamos al niñito, y

le damos a usted una cantidad para que se remedie...

--¿Y qué hago yo con un triste estipendio? ¿Cree que yo me vendo?

--¡Ay, qué delicados están los tiempos!... Usted, ¿qué se ha de vender?

Falta que haya quien le compre. Y esto no es compra, sino socorro. No me

dirá usted que no lo necesita...

--En fin, pa no cansar... --replicó bruscamente José--, si me dan la

ministración...

--Una cantidad y punto concluido...

--¡Que no me da la gana, que no me da la santísima gana!

--Bueno, bueno, no grite usted tanto, que no somos sordas. Y no sea

usted tan fino, que tales finuras son impropias de un señor

revolucionario tan... feroz.

--Usted me quema la sangre... --¿Con que destino, y si no no? Tijeretas

han de ser. A fe que está el hombre cortadito para administrador. Sr.

Izquierdo, dejemos las bromas a un lado; me da mucha lástima de usted;

porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree

la gente. ¿Quiere usted que le diga la verdad? Pues usted es un

infelizote que no ha tenido parte en ningún crimen ni en la invención de

la pólvora.

Izquierdo alzó la vista del suelo y miró a Guillermina sin ningún

rencor. Parecía confirmar con una mirada de sinceridad lo que la

fundadora declaraba.

«Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo. Dicen por ahí

que usted asesinó a su segunda mujer... ¡Patraña! Dicen que usted ha

robado en los caminos... ¡Mentira! Dicen por ahí que usted ha dado

muchos trabucazos en las barricadas... ¡Paparrucha!».

--Parola, parola, parola --murmuró Izquierdo con amargura.

--Usted se ha pasado la vida luchando por el pienso y no sabiendo nunca

vencer. No ha tenido arreglo... La verdad, este vendehumos es hombre de

poca disposición: no sabe nada, no trabaja, no tiene pesquis más que

para echar fanfarronadas y decir que se come los niños crudos. Mucho

hablar de la República y de los cantones, y el hombre no sirve ni para

los oficios más toscos... ¿Qué tal?, ¿me equivoco? ¿Es este el retrato

de usted, sí o no?...

Platón no decía nada, y pasó y repasó su hermosa mirada por los

ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella. Las palabras

de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades

eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas.

«Después --añadió la santa--, el pobre hombre ha tenido que valerse de

mil arbitrios no muy limpios para poder vivir, porque es preciso

vivir... Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitín

de licencia para el mal».

Durante la breve pausa que siguió a los últimos conceptos de

Guillermina, el infeliz hombre cayó en su conciencia como en un pozo, y

allí se vio tal cual era realmente, despojado de los trapos de oropel en

que su amor propio le envolvía; pensó lo que otras veces había pensado,

y se dijo en sustancia: «Si soy un verídico mulo, un buen Juan que no

sabe matar un mosquito; y esta diabla de santa tiene dentro el cuerpo al

Pae Eterno».

Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían

picarescos. Era una maravilla cómo le adivinaba los pensamientos. Parece

mentira, pero no lo es, que después de otra pausa solemne, dijo la

Pacheco estas palabras:

«Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted

mismo no lo cree ni en sueños. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos

como él... Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una

cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos

ha traído la dichosa República, y de que ha fundado el cantón de

Cartagena... ¡así ha salido él!... usted que se las echa de hombre

perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a

hacer archipámpano, se contentará... dígalo con franqueza, se contentará

con que le den una portería...».

A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan

claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la

rodilla con la mano, repitió:

«¿No es verdad que se contentará?... Vamos, hijo mío, confiéselo por la

pasión y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos».

Los ojos del chalán se iluminaron. Se le escapó una sonrisilla y dijo

con viveza:

«¿Portería de ministerio?».

--No, hijo, no tanto... Español había de ser. Siempre picando alto y

queriendo servir al Estado... Hablo de portería de casa particular.

Izquierdo frunció el ceño. Lo que él quería era ponerse uniforme con

galones. Volvió a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y allí

dio volteretas alrededor de la portería de casa particular. Él, lo dicho

dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. ¿Qué

mejor descanso podía apetecer que lo que le ofrecía aquella tía, que

debía de ser sobrina de la Virgen Santísima?... Porque ya empezaba a ser

viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza

segura, poco trabajo; y si la portería era de casa grande, el uniforme

no se lo quitaba nadie... Ya tenía la boca abierta para soltar un

conforme más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el

amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería

cultivada en su mente armole una gritería espantosa. Hombre perdido.

Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén

a una parte y otra, dijo: «¡Una portería!... es poco».

--Ya se ve... no puede olvidar que ha sido ministro de la Gobernación,

es decir, que lo quisieron nombrar... aunque me parece que se convino en

que todo ello fue invención de esa gran cabeza. Veo que entre usted y D.

José Ido, otro que tal, podrían inventar lindas novelas. ¡Ah!, la

miseria, el mal comer, ¡cómo hacen desvariar estos pobres cerebros!...

En resumidas cuentas, Sr. Izquierdo...

Este se había levantado, y poniéndose a dar paseos por la habitación con

las manos en los bolsillos, expresó sus magnánimos pensamientos de esta

manera:

«Mi dinidá y sinificancia no me premiten... Es la que se dice: quisiera,

pero no pué ser, no pué ser. Si quieren solutamente socorrerme por que

me quitan a mi piojín de mi arma, me atengo al honorario».

--¡Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad...

Jacinta veía el cielo abierto... pero este cielo se nubló cuando el

bárbaro desde un rincón, donde su voz hacía ecos siniestros, soltó estas

fatídicas palabras:

«Ea... pues... mil duros, y trato hecho».

--¡Mil duros!--dijo Guillermina--. ¡La Virgen nos acompañe!, ya los

quisiéramos para nosotros. Siempre será un poquito menos.

--No bajo ni un chavo. --¿A que sí? Porque si usted es chalán también yo

soy chalana.

Jacinta discurría ya cómo se las compondría para juntar los mil duros,

que al principio le parecieron suma muy grande, después pequeña, y así

estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra.

«Que no rebajo ni tanto así. Lo mismo me da monea metálica que pápiros

del Banco. Pero ojo al guarismo, que no rebajo na».

--Eso, eso, tengamos carácter... ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni

usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros... Vaya,

¿quiere dos mil reales?

Izquierdo hizo un gesto de desprecio.

«¿Qué, se nos enfada?... Pues nada, quédese usted con su angelito. ¿Pues

qué se ha creído el muy majadero, que nos tragábamos la bola de que el

Pituso es hijo del esposo de esta señora? ¿Cómo se prueba eso?...».

--Yo na tengo que ver... pues bien claro está que es pae

natural--replicó Izquierdo de mal talante--, pae natural del hijo de mi

sobrina, verbo y gracia, Juanín.

--¿Tiene usted la partida de bautismo?

--La tengo--dijo el salvaje mirando al cofre sobre el que se sentaba

Rafaela.

--No, no saque usted papeles, que tampoco prueban nada. En cuanto a la

paternidad natural, como usted dice, será o no será. Pediremos

informes a quien pueda darlos.

Izquierdo se rascaba la frente, como escarbando para extraer de ella una

idea. La alusión a Juanito hízole recordar sin duda cuando rodó

ignominiosamente por la escalera de la casa de Santa Cruz. Jacinta, en

tanto, quería llegar a un arreglo ofreciendo la mitad; mas Guillermina,

que le adivinó en el semblante sus deseos de conciliación, le impuso

silencio, y levantándose, dijo:

«Señor Izquierdo; guárdese usted su churumbé, que lo que es este timo

no le ha salido».

--Señora... ¡Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda

ninguna nea, ¿estamos? --replicó él con aquella rabia superficial que no

pasaba de las palabras.

--Es usted muy amable... Con las finuras que usted gasta no es posible

que nos entendamos. ¡Si habrá usted creído que esta señora tenía un gran

interés en apropiarse del niño! Es un capricho, nada más que un

capricho. Esta simple se ha empeñado en tener chiquillos... manía tonta,

porque cuando Dios no quiere darlos, Él se sabrá por qué... Vio al

Pituso, le dio lástima, le gustó... pero es muy caro el animalito. En

estos dos patios los dan por nada, a escoger... por nada, sí, alma de

Dios, y con agradecimiento encima... ¿Qué te creías, que no hay más que

tu piojín?... Ahí está esa niña preciosísima que llaman Adoración...

Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana

es la mía... Con que abur... ¿Qué tienes que contestar?

Ya te veo venir: que el Pituso es de la propia sangre de los señores

de Santa Cruz. Podrá ser, y podrá no ser... Ahora mismo nos vamos a

contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha

influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de

leche de Salmerón... Él verá lo que hace. Si el niño es suyo, te lo

quitará; y si no lo es, ayúdame a sentir. En este caso, pedazo de

bárbaro, ni dinero, ni portería, ni nada.

Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y

contundentes. Guillermina, en aquellas grandes crisis oratorias, tuteaba

a todo el mundo... Después de empujar hacia la puerta a Jacinta y a

Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y

echándose a reír con angélica bondad, le habló en estos términos:

«Perdóname que te haya tratado duramente como mereces... Yo soy así. Y

no te vayas a creer que me he enfadado. Pero no quiero irme sin darte

una limosna y un consejo. La limosna en esta. Toma, para ayuda de un

panecillo».

Alargó la mano ofreciéndole dos duros, y viendo que el otro no los

tomaba, púsolos sobre una de las sillas.

«El consejo allá va. Tú no vales absolutamente para nada. No sabes

ningún oficio, ni siquiera el de peón, porque eres haragán y no te

gusta cargar pesos. No sirves ni para barrendero de las calles, ni

siquiera para llevar un cartel con anuncios... Y sin embargo,

desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su para qué en este

taller admirable del trabajo universal; tú has nacido para un gran

oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada día.

Bobalicón, ¿no has caído en ello?... ¡Eres tan bruto!... ¿Pero di, no te

has mirado al espejo alguna vez? ¿No se te ha ocurrido?... Pareces

lelo... Pues te lo diré: para lo que tú sirves es para modelo de

pintores... ¿no entiendes? Pues ellos te ponen vestido de santo, o de

caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato... porque tienes la

gran figura. Cara, cuerpo, expresión, todo lo que no es del alma es en

ti noble y hermoso; llevas en tu persona un tesoro, un verdadero tesoro

de líneas... Vamos, apuesto a que no lo entiendes».

La vanidad aumentó la turbación en que el bueno de Izquierdo estaba.

Presunciones de gloria le pasaron con ráfagas de hoguera por la

frente... Entrevió un porvenir brillante... ¡Él, retratado por los

pintores!... ¡Y eso se pagaba! Y se ganaban cuartos por vestirse,

ponerse y ¡ah!... Platón se miró en el vidrio del cuadro de las

trenzas; pero no se veía bien...

«Con que no lo olvides... Preséntate en cualquier estudio, y eres un

hombre. Con tu piojín a cuestas, serías el San Cristóbal más hermoso que

se podría ver. Adiós, adiós...».

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