Parte 2 — Capítulo I: Maximiliano Rubín Fortunata y Jacinta · Capítulo 12 de 32
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Parte 2 — Capítulo I: Maximiliano Rubín

Parte 2 — Capítulo I: Maximiliano Rubín

i

La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo

en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe

Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la

revolución del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas

seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua

como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su

fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la

anaquelería. Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de

ella este breve rótulo: Rubín.

Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los

_Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna

España_ (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores

de la Revista que los publicó gratis), sostenía que el apellido de Rubín

era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí

después de la expulsión. «En la calle de Milaneses, en la de Mesón de

Paños y en Platerías se albergaban diferentes familias de ex-deicidas,

cuyos últimos vástagos han llegado hasta nosotros, ya sin carácter

fisonómico ni etnográfico». Así lo decía el fecundo publicista, y

dedicaba medio artículo a demostrar que el verdadero apellido de los

Rubín era Rubén. Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto

le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen

algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público

no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No

quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judaísmo de mi amigo

era pura fluxión de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas

enfadosas materias como otras muchas, según el tiempo y las

circunstancias. Y me consta que D. Nicolás Rubín, último poseedor de la

mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por

la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones

narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.

La muerte de este D. Nicolás Rubín y el acabamiento de la tienda fueron

simultáneos.

Tiempo hacía que las deudas socavaban la casa, y se sostenía apuntalada

por las consideraciones personales que los acreedores tenían a su dueño.

El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia,

fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y

escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que

hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables

alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como

disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias más bárbaras a

las tolerancias más vergonzosas. Cinco veces la echó de su casa y otras

tantas volvió a admitirla, después de pagarle todas sus trampas. Cuentan

que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de

esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llevó Dios

en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de

una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la

detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que

difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los

acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelería, que sólo

sirvió para leña. Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares.

Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en

sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.

Juan Pablo, de veintiocho años.

Nicolás, de veinticinco.

Maximiliano, de diecinueve.

Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en

la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire

de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la

maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres.

Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector

vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era

que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era

guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil

en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era

desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a

causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y

por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y

linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había

nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra.

Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo

(para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su

tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de Doncellas Nobles, el cual

le metió en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano

se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de

Jáuregui, conocida vulgarmente por Doña Lupe la de los pavos, la cual

vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de

tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a

consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos

Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba

vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza

remota.

No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la

vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando

pasaba por alguna, parecía que le entraba la jaqueca. Metiose en un

negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en

comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de

escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada; pero en los

primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan

Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio. Durante un

par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de

muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almería no le

quedó rincón que no visitase, deteniéndose en Madrid todo el tiempo que

podía. Trabajó en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y

derramó por toda la Península, como se esparce sobre el papel la

arenilla de una salvadera, diferentes artículos de comercio. En otra

temporada corrió chocolates, pañuelos y chales galería, conservas,

devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su

honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus

comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cómo se las componía,

que siempre estaba más pobre que las ratas, y se lamentaba con

amanerado pesimismo de su pícara suerte. Todas sus ganancias se le iban

por entre los dedos, frecuentando mucho los cafés en sus ratos de

descanso, convidando sin tasa a los amigos y dándose la mejor vida

posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de

este sistema llamaba él haber nacido con mala sombra. La misma

heterogeneidad y muchedumbre de artículos que corría mermó pronto los

resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su

confianza, y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando

maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de

vida y a ocupación más lucrativa y noble.

Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto

amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era

diputado de los que llamaban cimbros, y Juan Pablo, que era hombre de

mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y

lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo

creyó, y hágote empleado. Rubín fue al mes siguiente inspector de

policía en no sé qué provincia. Pero su infame estrella se la había

jurado: a los tres meses cambió la situación política, y mi Rubín

cesante. Había tomado el gusto a la carne de nómina, y ya no podía ser

más que empleado o pretendiente. No sé qué hay en ello, pero es lo

cierto que hasta la cesantía parece que es un goce amargo para ciertas

naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan,

y por eso hay muchos que el día que les colocan se mueren. La

irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata. Juan Pablo

sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno,

anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar

al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso,

dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir. Por fin

salió la credencial. Pero, ¡qué demonio!, siempre la condenada suerte

persiguiéndole, porque todos los empleos que le daban eran de lo más

antipático que imaginarse puede. Cuando no era algo de la policía

secreta, era cosa de cárceles o presidios.

Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que

se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que

el pobre chico padecía. Pasados los veinte años, se vigorizó un poco,

aunque siempre tenía sus arrechuchos; y viéndole más entonado, Juan

Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se

malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea

el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubín su desgracia

a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de

exteriorizarse. «¡Oh, si mi padre me hubiera dado una

carrera!---pensaba---, yo sería hoy algo en el mundo...».

No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le

limpiaron otra vez el comedero. Y he aquí a mi hombre paseándose por

Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las

horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la

situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que

son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los

espíritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no había

esperanzas para Juan Pablo, porque los suyos, los que él llamaba con

tanto énfasis los míos, estaban por los suelos, y había lo que llaman

racha en las regiones burocráticas. A veces exploraba el mísero

cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en

qué fundar terminantemente su filiación política. Porque ideas fijas...

Dios las diera; había leído muy poco y nutría su entendimiento de lo que

en los cafés escuchaba y de lo que los periódicos le decían. No sabía

fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo

llamaba doctrinario a cualquiera sin saber lo que la palabra

significaba. Tan pronto sentía en su espíritu, sin saber por qué ni por

qué no, frenético entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se

le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho

estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices.

En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el

curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si

en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos

coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de

esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho

desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más

altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante. A los

que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo

de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de

secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. «El amigo

Rubín--dijo, en ausencia de él D. Basilio Andrés de la Caña, que era

uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a mí que no juega

limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. ¿Qué

tenemos, viene la federal o qué? ¡Misterios! ¡Meditemos!... ¿O es

que le lleva cuentos a don Práxedes? Bueno, señores, que se los lleve.

No me importa el espionaje».

Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubín dijo que iba al extranjero

a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareció de Madrid,

y al cabo de meses se susurró en la tertulia del café que estaba en la

facción, y que D. Carlos le había nombrado algo como contador o

intendente en su Cuartel Real. Súpose más tarde que había ido a

Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que

vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del

73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una

inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno

soplaba.

ii

Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y

andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño

siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen más que

disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los

demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los

del prójimo. En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo

del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico

Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María),

prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de

mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase

al frente del establecimiento.

Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le

ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se

ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras

materias: agua del pozo, ceniza del fogón, tierra de los tiestos,

etcétera... El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba

conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta

carrera ni por otra alguna; no se había despertado en él ningún afán

grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabiduría. Era tan

endeble que la mayor parte del año estaba enfermo, y su entendimiento no

veía nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea

sino después de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su

escasa memoria como de un ave de cetrería para cazar las ideas; pero el

halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y

mirando al cielo.

Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la

debilidad le retenían en el lecho por las mañanas más tiempo del

regular, y la pobre doña Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las

sábanas. Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el

almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces

no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le hacía cosquillas,

acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida

precaución para que no se enfriase. El sueño se cebaba de tal modo en

aquel cuerpo, por las exigencias de la reparación orgánica, que el

despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que

más energía y constancia desplegaba doña Lupe.

El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber; pero no podía ir

más allá de sus alcances. Doña Lupe le ayudaba a estudiar las

lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado

y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se

iba a hablar con los profesores. Tales cosas les decía, que el chico

pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asistía

puntualmente a clase, y era de los que traían mayor trajín de notas,

apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no

perdía sílaba de lo que el profesor decía.

Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que

se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo.

Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les

viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los

pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la

familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano

anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era

lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y

clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera

de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no

sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda

la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había

salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos,

donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le

molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que

le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y

las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la

pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo

el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas

posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea,

demonios o no sé qué.

Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia.

Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan

desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de

sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir

vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las

fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en

aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban Pajaritos.

Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de

Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de

Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos

jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el

pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el

cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas

noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y

hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido

una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para

adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el

pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué

suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran

puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado!

Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento,

como se saca lumbre a la madera frotándola mucho.

Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su

fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y

la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes. En la clase

misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección

convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a

provocar y encender la ilusión. El resultado era un completo éxtasis, y

al través de la explicación sobre las propiedades terapéuticas de las

tinturas madres, veía a los alumnos militares en su estudio táctico de

campo, como se puede ver un paisaje al través de una vidriera de

colores.

Los chicos de la clase de Botánica se entretenían en ponerse motes

semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las

tiraba de muy fino y muy señorito, le llamaban _Anacletus

obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban

Quercus gigantea. Olmedo era muy abandonado y le caía admirablemente

el Ulmus sylvestris. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente.

Pusiéronle Pseudo-Narcissus odoripherus. A otro que era muy pobre y

gozaba de un empleíto, le pusieron Christophorus oficinalis y por

último, a Maximiliano Rubín, que era feísimo, desmañado y de muy cortos

alcances, se le llamó durante toda la carrera Rubinius vulgaris.

Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no

representaba aún más de veinte. Carecía de bigote, pero no de granos que

le salían en diferentes puntos de la cara. A los veintitrés años tuvo

una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando salió de

ella parecía un poco más fuerte; ya no era su respiración tan fatigosa

ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus

muelas parecían más civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el

canuto de brea, y sólo las jaquecas persistían, como esos amigos

machacones cuya visita periódica causa espanto. Juan Pablo estaba

entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en

libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su

pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el

resultado de aquellas desventajas. Y además de libertad, dábale su tía

algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de

gastarlo sino con mucho pulso. Inclinábase el chico a economizar, y

tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y

algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid. En

la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda,

que cuidaba como a las niñas de sus ojos. De esto le sobrevino alguna

presunción, y gracias a ella su figura no parecía tan mala como era

realmente. Tenía su buena capa de embozos colorados; por la noche se

liaba en ella, metíase en el tranvía y se iba a dar una vuelta hasta las

once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mudó doña Lupe a

Chamberí, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo

poco a poco la ilusión de los alumnos de Estado Mayor.

Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba.

Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para

poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir

del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en

que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando

vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía

encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de

decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas

personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas

venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le

habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de

doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy

bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la

lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se

reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión

sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían

quedar con él o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi

hombre como la grana y tartamudeando.

Por esto le gustaba más, cuando el tiempo no era muy frío, vagar por las

calles, embozadito en su pañosa, viendo escaparates y la gente que iba y

venía, parándose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por

las ventanas de los cafés. En estas excursiones podía muy bien emplear

dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el

cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión

altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo

aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la

diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella

imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de

que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la

atención las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empezó a

distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de

alguna, por puro éxtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y

la seguía también. Pronto supo distinguir de clases, es decir, llegó a

tener tan buen ojo, que conocía al instante las que eran honradas y las

que no. Su amigo Ulmus sylvestris, que a veces le acompañaba, indújole

a romper la reserva que su encogimiento le imponía, y Maximiliano

conoció a algunas que había visto más de una vez y que le habían

parecido muy guapetonas. Pero su alma permanecía serena en medio de sus

tentativas viciosas: las mismas con quienes pasó ratos agradables le

repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el

bulto.

Agradábale más vagar solo que en compañía de Olmedo, porque este le

distraía, y el goce de Maximiliano consistía en pensar e imaginar

libremente y a sus anchas, figurándose realidades y volando sin tropiezo

por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y

soñar al compás de las piernas, como si su alma repitiera una música

cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a él le deleitaba. Y como

encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con

toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo

que aquellas eran honradas, y en seguirlas hasta ver a dónde iban.

«¡Una honrada! ¡Que me quiera una honrada!». Tal era su ilusión... Pero

no había que pensar en tal cosa. Sólo de pensar que le dirigía la

palabra a una honrada, le temblaban las carnes. ¡Si cuando iba a su casa

y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su

hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a

saludarlas...!

iii

De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna

que con la externa. El que antes era como una ostra había venido a ser

algo como un poeta. Vivía dos existencias, la del pan y la de las

quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando

caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tenía

Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto

siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era

oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña,

mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dolía nunca;

o bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin

turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que

estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se

iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si

aquello le durara, sería tan loco como cualquiera de los que están en

Leganés. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasaría una

jaqueca; pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y

allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente

muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y

otros fenómenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que

los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del

sueño y hay en el cerebro un crepúsculo, una discusión vaga entre lo que

es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano

hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las

imágenes que se dispersaban. «Verdaderamente--decía él--, ¿por qué ha de

ser una cosa más real que la otra? ¿Por qué no ha de ser sueño lo del

día y vida efectiva lo de la noche? Es cuestión de nombres y de que

diéramos en llamar dormir a lo que llamamos despertar, y acostarse

al levantarse... ¿Qué razón hay para que no diga yo ahora mientras me

visto: 'Maximiliano, ahora te estás echando a dormir. Vas a pasar mala

noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacéutica

animal_...?'».

El tal Ulmus sylvestris era un chico simpático, buen mozo, alegre y de

cabeza un tanto ligera. De todos los compañeros de Rubinius vulgaris,

aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño

que tenía algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar,

mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares

pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si

fueran un programa que había que cumplir sin remedio. Últimamente vivía

con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con

ello, como si el entretener mujeres fuese una carrera en que había que

matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho. Dábale él lo

poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con

estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación.

Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba

a sus amigos a tomar un bacalao en su hotel, dándose unos aires de

hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire

parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era

de Valencia, y ponía muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y

la mesa misma tenían que ver. Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan

con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino,

cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía

todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido;

pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros

cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una

significación. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera

puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo

cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo

tácitamente: «Vean ustedes lo perdulario que soy». Y en el fondo era un

infeliz. Aquello no era más que una prolongación viciosa de la _edad del

pavo_.

Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le

convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si

fuera una señora, y Olmedo también tomaba esto en serio, diciendo: «La

tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por

casa». Este Orfila era un estudiantillo de último año de Medicina, que

se llamaba lo mismo que el célebre doctor, y curaba, es decir, recetaba

a los amigos y a las amigas de los amigos.

Un día, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubín: «Vete por casa si

quieres ver una mujer... hasta allí. Es una amiga de Feliciana, que se

ha ido a nuestro hotel unos días mientras encuentra colocación».

--¿Es honrada?--preguntó Rubín, mostrando en su tono la importancia que

daba a la honradez.

--¡Honrada!, ¡qué narices!--exclamó el perdis riendo--. ¿Pero tú crees

que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada?

Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien

derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana. Ya

no había mujeres honradas: lo decía un conocedor profundo de la sociedad

y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un

desorden de transición fisiológica, algo como una segunda dentición.

Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con

otras ideas y otra manera de ser.

«¡Con que no es honrada!...» apuntó Maximiliano, que habría deseado que

todas las hembras lo fueran.

--¿Qué ha de ser, hombre?... ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace

mucho tiempo con un barbián... creo que tratante en fusiles. ¡Traían un

tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio.

Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices!

Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy

grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y

picos... Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se

quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto

se entiende. Feliciana se la encontró no sé dónde hecha un mar de

lágrimas, y le dijo: «vente a mi casa». ¡Allí está! Hace sus saliditas,

ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es

una chica muy buena. ¡Tiene un ángel...!

Por la noche fue Maximiliano al hotel de Feliciana, tercer piso en la

calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la

puerta de entrada había un cuartito pequeño, que era donde moraba la

huéspeda, y esta salía de su escondrijo cuando Rubín entraba. Feliciana

había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para

la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró

Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces

habían visto sus ojos. Ella le miró a él como a una cosa rara, y él a

ella como a sobrenatural aparición.

Pasó Rubín a la salita, y dejando su capa, se sentó en un sillón de hule

cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caía.

Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media; pero como

Maximiliano se negase a ello, empezó a hacer solitarios. Puso Feliciana

sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y

después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón

alfombrado.

«Fortunata--gritó llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa

como si buscara alguna cosa--. ¿Qué se te ha perdido?».

--Chica, mi toquilla azul.--¿Vas a salir ya?--Sí: ¿qué hora es?

Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un

servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad,

dijo: «Las nueve menos siete minutos... y medio». No podía decirse la

hora con exactitud más escrupulosa.

«Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que

salgas de aquí a las diez menos cuarto... ¿Pero esa toquilla?... Mírala,

mírala en esa silla junto a la cómoda».

--¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.

Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de

marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla

a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de

mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole

la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre

joven se sentía delante de aquella hermosura más cortado que en la

visita de más campanillas.

«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el

cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica:

--Sí, está la noche fresquecita.

--Llévate el llavín...--añadió Feliciana--. Ya sabes que el sereno se

llama Paco. Suele estar en la taberna.

La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor.

Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo

incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho

precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se

mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada!--pensaba--. Y

quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en

medio de...».

Estaba muy fija en él la idea aquella de las dos honradeces, en algunos

casos armonizadas, en otros no. Habló Fortunata poco y vulgar; todo lo

que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia: que hacía mucho

frío, que se le había descosido un mitón, que aquel llavín parecía la

maza de Fraga, que al volver a casa entraría en la botica a comprar

unas pastillas para la tos.

Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios,

daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de

aquel semblante que le parecía angelical. Y cuanto ella dijo lo oyó como

si fuera una sarta de conceptos ingeniosísimos. «¡Si es un ángel!... No

ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz! No he oído en

mi vida música tan grata... ¿Cómo será el decir esta mujer un _te

quiero_, diciéndolo con verdad y con alma?». Esta idea produjo en la

mente de Rubín sacudidas que le duraron mediano rato. Le corrió un frío

por el espinazo y vínole cierto picor a la nariz como cuando se ha

bebido gaseosa.

Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes,

lo que a Maximiliano le pareció muy mal. Otras noches había oído

anécdotas parecidas y se había reído; pero aquella noche se ponía de

todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca.

«¡Qué desvergüenza contar aquellas marranadas delante de personas... de

personas decentes, sí señor!». Estaba Rubín tan desconcertado como si

las dos mujeres allí presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un

colegio monjil; pero su timidez le impedía mandar callar a Olmedo.

Fortunata no se reía tampoco de aquellos estúpidos chistes; pero más

bien parecía indiferente que indignada de oírlos. Estaba distraída

pensando en sus cosas. ¿Qué cosas serían aquellas? Diera Maximiliano

por saberlas... su hucha con todo lo que contenía. Al acordarse de su

tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho

con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.

«Pero el cuento más salado ¡narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero.

¿Lo sabes tú? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acostó

en la cama del cura... Veréis...».

Fortunata se levantó para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir

detrás de ella para ver dónde iba. Era la manera especial suya de hacer

la corte. En su espíritu soñador existía la vaga creencia de que

aquellos seguimientos entrañaban una comunicación misteriosa, quizás

magnética. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafía _sui

generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrás, debía

de conocer en sí los efectos del fluido de atracción. Salió Fortunata

despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también

Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal. Pero aquel

condenado Ulmus sylvestris le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una

mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse

con los chillidos de dolor que daba el pobre Rubinius vulgaris. «¡Qué

asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los

dedos pegados unos a otros--. ¡Vaya unas gracias!..

Esto y contar porquerías es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar».

--Niño del mérito, papos-castos, ¿quieres hacer el favor de tocarme

las narices?

--No te hagas ordinario--dijo Rubín con bondad--. Si no lo eres, si

aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.

Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera

llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se

le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado. Le

supo tan mal la indulgencia de Rubín, que salió tras él hasta la puerta,

diciéndole entre otras tonterías: «¡Valiente hipócrita estás tú...

narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan».

iv

Maximiliano bajó la escalera como la baja uno cuando tiene ocho años y

se le ha caído el juguete de la ventana al patio. Llegó sin aliento al

portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la

calle. El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apretó

el paso pensando que Fortunata no debía de andar muy a prisa y que la

alcanzaría pronto. «¿Será aquella?». Creyó ver la toquilla azul; pero al

acercarse notó que no era la nube de su cielo. Cuando veía una mujer

que pudiera ser ella, acortaba el paso por no aproximarse

demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos

del seguimiento. Anduvo calles y más calles, retrocedió, dio vueltas a

esta y la otra manzana, y la dama nocturna no parecía. Mayor

desconsuelo no sintió en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de

hablarle y decirle algún amoroso atrevimiento. Se agitó tanto en aquel

paseo vagabundo, que a las once ya no se podía tener en pie, y se

arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin

encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta

pasos, dábale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan

fatigado, que no tuvo más remedio que coger el tranvía de Chamberí y

retirarse. Llegó y se acostó, deseando apagar la luz para pensar sobre

la almohada. Su espíritu estaba abatidísimo. Asaltáronle pensamientos

tristes, y sintió ganas de llorar. Apenas durmió aquella noche, y por la

mañana hizo propósito de ir al hotel de Feliciana en cuanto saliera de

clase.

Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez.

Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a

la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que

fueran maliciosas. «Tardecillo vino usted anoche. A las once no había

vuelto usted todavía». Y por este estilo otras frases vulgares que

Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso.

Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna,

y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos,

como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato. Dejoles

solos la tunanta de Feliciana, y Rubín se acobardó al principio; pero de

repente se rehízo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma,

aquella pasión nacida en la inocencia y que se desarrolló en una noche

como árbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le removía

y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un

fenómeno puramente externo. Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole

una mano, le dijo con voz temblorosa: «Si usted me quiere querer, yo...

la querré más que a mi vida».

Fortunata le miró también a él, sorprendida. Le parecía imposible que el

bicho raro se expresase así... Vio en sus ojos una lealtad y una

honradez que la dejaron pasmada. Después reflexionó un instante,

tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se habían burlado tanto de

ella, que lo que estaba viendo no podía ser sino una nueva burla. Aquel

era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás. Consecuencia de

tales ideas fue la sonora carcajada que soltó la mujer aquella ante la

faz compungida de un hombre que era todo espíritu. Pero él no se

desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale

un valor desconocido. ¡Ánimo! «Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la

idolatraré a usted...».

Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que hacía la muy pícara

era tomar a risa la pasión del joven.

«¿Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece

mentira!, un tornasol de hermosura--; ¿si le probara a usted de un modo

que no dejase lugar a dudas...?».

--¿Qué?--¡Que la idolatraré!... no, que ya la estoy idolatrando.

--¡Tie gracia!... ¡idolatrando!, ¡ja, ja!--repitió la otra, y devolvía

la palabra como se devuelve una pelota en el juego.

Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos. Comprendió

que lo ridículo se le venía encima. No dijo más que: «Bueno, seremos

amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir,

soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer».

Fortunata le miraba y, francamente, no podía acostumbrarse a aquella

nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que

parecía se iba a deshacer de un soplo. ¡Que siempre se enamoraran de

ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque

en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel

terreno.

«Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubín categóricarnente--.

Vendré a las ocho y media. ¿Me da usted palabra de no salir... o de

esperarme para salir conmigo?».

Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así

concluyó la entrevista. Rubín se fue corriendo a su casa.

¡Qué chico! Si parecía otro. Él mismo notaba que algo se había abierto

dentro de sí, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de

cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es

larga o poco acentuada, y allí fue violenta y explosiva. ¡Si hasta le

parecía que tenía talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron

pensamientos magníficos y juicios de una originalidad sorprendente.

Había formado de sí mismo un concepto poco favorable como hombre de

inteligencia; pero ya, por efecto del súbito amor, creíase capaz de dar

quince y raya a más de cuatro. La modestia cedió el puesto a un cierto

orgullo que tomaba posesión de su alma... «Pero ¿y si no me

quiere?--pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas--.

Es que me tendrá que querer... No es el primer caso... Cuando me

conozca...».

Al mismo tiempo la apatía y la pereza quedaban vencidas... Andábanle por

dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar

su voluntad en actos grandes y difíciles... Iba por la calle sin ver a

nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un

árbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio

a su tía en el balcón tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy

grande, pero muy grande, fue todo uno. «¡Si mi tía lo sabe...!». Pero

del miedo salió al instante la reacción de valor, y apretó los puños

debajo de la capa, los apretó tanto que le dolieron los dedos. «Si mi

tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios». Nunca, ni aun

con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco

respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la

existencia anteriores a aquel estado novísimo se hundían o se disipaban

como las tinieblas al salir el sol. Ya no había tía, ni hermanos, ni

familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era

declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se

ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su

segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que

su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!... «¡Qué

carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto.

Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha. Su primer impulso fue

estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la

tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le

asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un

cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doña Lupe de la hucha de su

sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseñaba como una cosa rara,

sonándola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo

arregladito y previsor que era el niño. «Esto se llama formalidad. Hay

pocos chicos que sean así...».

Maximiliano discurrió que para realizar su deseo, necesitaba comprar

otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos

para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando

en el chasco que le iba a dar a su tía... ¡él, que no había cometido

nunca una travesura...!, lo único que había hecho, años atrás, era

robarle a su tía botones para coleccionarlos. ¡Instintos de

coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez llegó hasta

cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron

no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre había

sido la misma mansedumbre, y tan económico que su tía le amaba más quizá

por la virtud del ahorro que por las otras.

«Pues señor; manos a la obra. En la cacharrería del paseo de Santa

Engracia hay huchas exactamente iguales. Compraré una; miraré bien esta

para tomarle bien las medidas».

Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por

abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró

una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos

arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal

que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó

cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.

«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».

Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua,

plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más

estrafalario y grotesco que se puede imaginar.

--Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás...

Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre

tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y

costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la

pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos

días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua

fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho

partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un

juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo

para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales

superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba

de morros cerraba completamente la boca.

Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más.

Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía.

Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a

decir en voz baja: «Feo, feo...» hasta treinta o cuarenta veces. Esta

apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca

había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le

indignó tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos

toda aquella lenguaza que sacaba.

«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!».

Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde

el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas,

haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy

incomodado y a poco entró ella otra vez.

«¿Qué buscas aquí?».

--Vengo a por la lámpara para aviarla...

El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y

serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa:

«Mira, Papitos, que voy allá...».

--Tía, venga usted... Está de jarana...

--¡Acusón!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara--, feón.

--La culpa la tienes tú--añadió severamente doña Lupe, en la puerta--,

porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando

quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.

La tía y el sobrino hablaron un instante.

«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías.

Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías».

--No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubín, sintiendo

que la timidez le ganaba otra vez.

--No hagamos simplezas... Hace un frío horrible. ¡Qué año tan malo!

¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso

que me eché encima cuatro mantas. ¡Qué atrocidad! Como que estamos entre

las Cátedras de Roma y Antioquía, que es, según decía mi Jáuregui, el

peor tiempo de Madrid.

v

¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?--preguntole Rubín.

--Eso pienso. Si tú sales me dejarás allá, y luego irás a buscarme a las

once en punto.

Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo

nada.

--Y esta tarde, ¿sale usted?--preguntó luego deseando que su tía saliese

antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la

sustitución de las huchas.

--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón.

«Yo la acompañaré a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me

preste unos apuntes. La dejaré a usted en la calle de la Habana».

Doña Lupe fue a la cocina y le armó una gran chillería a Papitos porque

había dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada

a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de oírse llamar con

las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le

atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar

la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.

«Si creerás tú que no te estoy viendo, bribona» decía doña Lupe sin

volverse, entre risueña y enojada. Y no se podía pasar sin ella.

Necesitaba tener una criatura a quien reprender y enseñar por los

procedimientos suyos.

Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron. La primera se

quedó en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y

tornó a su casa. Había llegado la ocasión de consumar el atentado, y el

que durante la premeditación se mostraba tan valeroso, cuando se

aproximaba el instante crítico sentía vivísima inquietud. Empezó por

asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta

después de encender la luz; pero ¿cómo asegurarse de su propia

conciencia que se le alborotaba, pintándole la falta proyectada como

nefando delito? Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que

eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era

posible que nadie adviniese la sustitución. Manos a la obra. Lo primero

era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva

la calderilla, con más de dos pesetas en perros que al objeto había

cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era

cosa imposible. Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama,

con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser

víctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz

iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los

libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña

Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios

números de La Correspondencia. La mirada del joven revoloteó por la

estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de

una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendían aquellos moldes

de sí mismo, su ropa, el chaqué que reproducía su cuerpo y los

pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se

estiraran. Miró después la cómoda, el baúl y las botas que sobre él

estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un

movimiento de alegría y la animación de la cara indicaron que

Maximiliano había atrapado la idea. Bien lo decía él: con aquellas cosas

se había vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una

bota salió y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando.

«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo

tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo».

Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al

señorito la cabeza.

«Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me

encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te

diera dos coscorrones».

Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.

«Y yo le diré--replicó--, yo le diré lo que hace... el muy

trapisondista...».

Maximiliano se estremeció. «Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo

sorteando su turbación.

--Encerrarse en su cuarto, ¡ay olé! ¡ay olé!... para que nadie le

vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _¡ay olé! ¡ay

olé!_...

--¿Qué?--Escribiéndole cartas a la novia.

--Mentira... ¿yo...? Quita allá, enredadora...

Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la

llave, tapó el agujero con un pañuelo.

«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...».

El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha

llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale

compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría

frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a

dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia,

impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó

un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no

estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le

pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre

la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la

hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo:

«¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello

cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel

antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los

fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama

se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era

lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas

de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo

recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del

pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el

polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole

al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del

estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación

verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la

boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más

estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas

que había cambiado.

No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no

era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos,

¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta

al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un

pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre?

Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su

mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se

ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó

de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a

cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en

igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se

les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato

acusador que ilumina a la justicia.

Lo que desconcertó a Rubín cuando creyó concluida su faena, fue la

aprensión de advertir que la hucha nueva no se parecía nada a la

sacrificada. ¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una

misma? Error de los sentidos. También podía ser error la diferencia que

después del crimen notaba. ¿Se equivocó antes o se equivocaba después?

En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada. «Pero si,

basta tener ojos--decía--, para conocer que esta hucha no es aquella...

En esta el barro es más recocho, de color más oscuro, y tiene por aquí

una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios

nos asista. ¿A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en

esta... No, más bien mayor, mucho mayor... ¡Fatalidad!».

Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña

Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha... no

sé... me parece... no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió

rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los

guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el

sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta,

quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de

llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea

de contar el dinero... Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra?

Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los

ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no

andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara

su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y

adelante.

No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entró doña Lupe,

dirigiéndose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su

cuarto esperando que le llamasen a comer, y hacía cálculos mentales

sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. «Mucho debe de ser,

pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo eché un dobloncito de

cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tomé la medicina aquella que

sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar

purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede

que pasen de quince».

Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue

al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la

cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en

que le robara los botones arrancándolos de la ropa... Y al sobrinito se

le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había.

«Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado

muy limpia... Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy

importante... ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte.

Ahora recuerdo que oí el tin, como si un casquillo saltara en el

momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En

el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!... ¡Cómo me mira! Si

sospechará algo... Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado

por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el

tendero: «Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla».

El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular.

Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y

el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más

Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.

«Me parece que tú no andas bien...--le dijo--. Cuando entré te sentí

toser... Estas heladas...

Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aquí otra como la del año

pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No

olvides de liarte un pañuelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te

acuestes; y yo que tú empezaría a tomar el agua de brea... No hagas

ascos. Es bueno curarse en salud. Por sí o por no, mañana te traigo las

pastillas de Tolú».

Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran

más que la inspección médica de todos los días. Comieron y se prepararon

para salir. El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su

cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente. Como

las monedas que en el bolsillo del pantalón llevaba no eran paja, se

denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno,

Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien

para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto,

pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el

oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el

oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba

las orejas, no percibió nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando

creía que las monedas se movían, atarugaba el bolsillo como quien ataca

un arma. ¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!...

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