Parte 4 — Capítulo III: Disolución
Parte 4 — Capítulo III: Disolución
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A mediados de Noviembre, Fortunata estaba algo desmejorada.
Observándola, Ballester se decía: «¡Cuando yo digo que me debía querer a
mí en vez de consumir su vida por ese botarate! ¡Qué mujeres estas! Son
como los burros, que cuando se empeñan en andar por el borde del
precipicio, primero lo matan a palos que tomar otro camino».
Desde la rebotica, donde estaba trabajando, la vio pasar por la calle:
«Allá va la nave. Siempre tan puntual a la citita. Doña Lupe furiosa, el
pobre Rubín ido, y esta paloma volando al tejado del vecino. ¡Qué lejos
está ella de que le he descubierto el escondrijo! Trabajillo me costó;
pero me salí con la mía. Y no es que me proponga delatarla... cosa
impropia de un caballero como yo. Hágolo para mi gobierno. Yo soy así;
me gusta seguir los pasos de la persona que me interesa... De seguro que
al volver del tortoleo entra por aquí... ¡Ah!, qué memoria la tuya,
Segismundo; ya no te acordabas de que para hoy le prometiste tener
hechas las píldoras de hatchisschina, que le quieren dar al pobre
Maxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espíritus tan
entenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegría más expansiva y la más
placentera ilusión de vida _(sacando de un armario el frasco del
extracto indiano)_, iluminen el cacumen de mi infeliz amigo, a la acción
de este precioso excitante».
Dos o tres horas después de esto, Fortunata entraba en la botica. El
farmacéutico observó pintada en su semblante la consternación. Sin duda
tenía una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden
expresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando el
pecho. «Amiga mía--le dijo Ballester--, no tema usted que la mortifique
con consuelos vulgares. Usted padece hoy, y no es cosa de poco más o
menos, sino alguna tribulación muy gorda lo que usted tiene dentro. No,
ni me lo niegue. Su cara de usted es para mí un libro, el más hermoso de
los libros. Leo en él todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Ni
pretendo que me confíe sus penitas, hasta que no se convenza de que el
médico llamado a curárselas soy yo».
--Vaya Ballester--dijo Fortunata con malísimo humor--. No estoy ahora
para bromas.
--Lo creo... Tiene usted el corazón como si se lo estuvieran apretando
con una soga...
--¡Ay!, sí...--exclamó con arranque la joven a quien faltaba poco para
echarse a llorar.
--Y usted ha llorado, porque los ojos también lo están diciendo.
--Sí, sí... pero déjese de tonterías y no se meta en lo que no le
importa. Está usted hoy muy agudo.
--Siempre lo fue don García. Para otras personas tendrá usted
secretos, para mí no. Sé de dónde viene usted. Sé la calle, número de la
casa y piso... Y si me apura, sé lo que ha ocurrido. Desazón; que si tú,
que si yo; que no me quieres, que sí, que tira, que afloja, que vira,
que vuelta; que me engañas, que no, que tú más, y hemos concluido, y
adiós, y allá va la lagrimita.
La señora de Rubín dejó caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzón
en el lago negro de su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirle
nada, respetando aquel dolor que por lo muy verdadero no podía
disimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en sí, se levantó de
la silla, y le dijo:
--Esas píldoras, ¿las ha hecho usted?
--Aquí están (entregándole la cajita). Y a propósito, a usted no le
vendrá mal tomarse una.
--¿Yo?... Lo mío no va con píldoras... Quédese con Dios; me voy a mi
casa.
--Consolarse--le dijo Segismundo en la puerta--. La vida es así; hoy
pena, mañana una alegría. Hay que tener calma, y tomar las cosas como
vienen, y no ligar todo nuestro ser a una sola persona. Cuando una vela
se acaba, debe encenderse otra... Conque tengamos valor, y aprendamos a
despreciar... Quien no sabe despreciar, no es digno de los goces del
amor... Y por último, simpática amiga mía, ya sabe que estoy a sus
órdenes, que tiene en mí el más rendido de los servidores para cuanto se
le ocurra, amigo diligente, reservadísimo, buena persona... Abur.
Subió la joven a su casa. Doña Lupe no estaba, porque en aquellos días
iba infaliblemente a las subastas del Monte de Piedad. Maximiliano
permanecía largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni
siquiera a los pasillos, sumergido en una meditación que más bien
parecía somnolencia, por lo común echado en el sofá, la vista fija en un
punto del techo, al modo de penitente visionario. No molestaba a nadie;
no se resistía a tomar el alimento ni las medicinas, sometiéndose
silenciosamente a cuanto se le mandaba, como si lo dominante, en aquella
fase del proceso encefálico, fuera la anulación de la voluntad, el no
ser nada para llegar a serlo todo. Considerándose sola en la casa,
Fortunata anduvo de una parte a otra, buscando una ocupación que la
distrajera y consolara. Imposible. Mientras más trabajaba, con más
energía y claridad repetía su mente lo que le había pasado aquella
mañana. «Yo me voy a volver loca--se dijo poniéndose a mojar la ropa--.
Más loca estoy que el pobre Maxi, y esto me acaba de rematar».
Sin que se interrumpiera la acción mecánica, el espíritu de la pobre
mujer reproducía fielmente la escena aquella, con las palabras, los
gestos y las inflexiones más insignificantes del diálogo. En medio de la
reproducción iban colocándose, como anotaciones puestas al acaso, los
comentarios que se le ocurrían. El trabajo de su cerebro era una
calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la
memoria, revolviéndose con desorden y alumbrándose unas a otras con
aquella claridad de relámpago que a cada instante despedían.
«Tontería grande fue decírselo... Él está hace tiempo muy frío, y como
con ganas de romper. ¡Cansado otra vez!, cansado; y allá por Junio, sí,
bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos
para el toldo de la procesión del Corpus, me dijo que nunca más me
dejaría, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, ¡y qué sé
yo cuántas mentiras más!... Lo que hace ahora es buscar un pretexto para
llamarse andana... ¡Cristo!, ¡qué cara me puso cuando le dije
aquello...! 'No seas bobito, ni fíes tanto en la virtud de tu mujer.
¿Pues qué te crees? ¿Que no es ella como las demás? Para que lo sepas;
tu mujer te ha faltado con aquel señor de Moreno, que se murió de
repente, una noche. La suerte tuya fue que dio el estallido; y es que
los corazones revientan, de la fuerza del querer... Créete, como Dios es
mi padre, que la mona del Cielo le quería también, y tenían sus
citas... no sé dónde... pero las tenían. Tan listo como eres, y a ti
también te la dan...'. ¡Bendito Dios, qué cara me puso! ¡Ah!, el amor
propio y la soberbia le salían a borbotones por la boca...».
Después sentía claramente en su oído la vibración de aquella réplica que
la había hecho estremecer, que aún la alumbraba, porque las palabras se
repetían sin cesar como la pieza de una caja de música, cuyo cilindro,
sonada la última nota, da la primera. «¿Pero qué te has figurado, que mi
mujer es como tú? ¿De dónde has sacado esa historia infame? ¿Quién te ha
metido en la cabeza esas ideas? Mi mujer es sagrada. Mi mujer no tiene
mancilla. Yo no la merezco a ella, y por lo mismo la respeto y la admiro
más. Mi mujer, entiéndelo bien, está muy por encima de todas las
calumnias. Tengo en ella una fe absoluta, ciega, y ni la más ligera duda
puede molestarme. Es tan buena, que sobre serme fiel, tiene la costumbre
de entregarme todos sus pensamientos para que yo los examine. ¡Ojalá
pudiera yo entregarle los míos! Y ahora, cuando tú me traes esos
absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser más. Tú
misma me estás castigando con eso de decirme que mi mujer es como tú, o
que en algo puede parecerse a ti. Me castigas porque me demuestras la
diferencia; te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate
a ti la culpa... Para concluir, si vuelves a pronunciar delante de mí
una palabra sola referente a mi mujer, cojo mi sombrero... y no vuelves
a verme más en todos los días de tu vida».
Comentario: «¡Y yo que me había hecho la ilusión de que no era honrada,
para salir ahora con que no tengo más remedio que confesar que lo es!
¿Habrá visto visiones Aurora? Lo asegura de un modo, que no sé... Puede
que se equivoque... Puede que el caballero ese estuviera prendado de
ella; eso no quiere decir que ella pecase ni mucho menos...».
Otra vez sentía retumbar en su oído las tremendas palabras de aquel:
«Si vuelves a pronunciar delante de mí, etc...». Y el comentario
parecía producirse en el cerebro paralelamente a la repetición de la
filípica: «¡Ah!, tuno, no hablabas antes de ese modo. En Junio, sí, bien
me acuerdo, todo era te quiero y te adoro, y bastante que nos reíamos
de la mona del Cielo, aunque siempre la teníamos por virtuosa. ¿Que es
sagrada, dices?... ¿Entonces, para qué la engañas? ¡Sagrada! Ahora sales
con eso. Cojo mi sombrero y no me vuelves a ver... Eso es que tú lo
quieres hace tiempo. Estás buscando un motivo, y te agarras a lo que
dije. _Te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti
misma la culpa_. Eso es decirme que soy un trasto, que yo no puedo ser
honrada aunque quiera... ¡Cómo me requemaba oyendo esto y cómo me
requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan
de lágrimas. ¡Decirme a mí esto, a mí, que me estoy condenando por
él...! Pero, Señor, ¡qué culpa tendré yo de que esa niña bonita sea
ángel! Hasta la virtud sirve para darme a mí en la cabeza. ¡Ingrato!».
Reproducción de algo que ella le había contestado: «Mira; no lo tomes
tan a pechos. Podrá ser mentira. ¿Yo qué sé? No creerás que lo he
inventado yo. Para que veas que no me gustan farsas contigo; eso que te
incomoda tanto, es cosa de Aurora...».
Y él: «Como la coja, le arranco la lengua. Es una víbora esa mujer, una
envidiosa, una intrigante. Ándate con cuidado con ella».
Comentario: «De veras que estuve muy prudente. No se debe hablar mal de
nadie sin tener seguridad de lo que se dice. Desde aquel momento no me
volvió a mirar como me mira siempre. Le chafé su amor propio. Es como
cuando se sienta una, sin pensarlo, sobre un sombrero de copa, que no
hay manera, por más que se le planche después, de volverlo a poner como
estaba. Esta sí que no me la perdona.
Perdona él todo; pero que le toquen a su soberbia no lo perdona. «¿Estás
enfadado?».--«¡Si te parece que no debo estarlo...!».--«Hazte el cargo
de que no he dicho nada».--«No puedo; me has ofendido; te has rebajado a
mis ojos. Como tú no tienes sentido moral, no comprendes esto. No
calculas el valor que se quitan a sí mismas las personas cuando hablan
más de la cuenta».--«No me digas esas cosas».--«Se me salen de la boca.
Desde que calumniaste a mi mujer, la veneración y el cariño que le tengo
se aumentan, y veo otra cosa; veo lo miserable que soy al lado suyo; tú
eres el espejo en que miro mi conciencia y te aseguro que me veo
horrible».
Comentario: «Cuando toma este tonito, le pegaría... Eso es decirme que
soy una indecente. Y siempre que saca estas tiologías, es porque me
quiere dejar. Y yo no puedo vivir así, Dios mío; esto es peor que la
muerte».
Reproducción: «¿Te vas ya?».--«¿Te parece que es temprano
todavía?».--«¿Vienes el lunes?».--«No puedo asegurártelo».--«Ya empiezas
con tus mañas».--«Tú sí que te pones pesada».--«No quiero disputar. Dime
lo que quieras».--«Si rompemos, no me eches a mí la culpa, porque eres
tú quien la tiene».--«¿Yo?».--«Sí, tú, por salir con alguna patochada
ordinaria».--«Bueno, lo que quieras... Tú siempre has de tener razón...
Adiós».--«Hasta la vista».
Y al cabo de un rato, su mente saltó de improviso con una idea nueva,
expresada en medio de los ahogos de la desesperación, como un rayo que
atraviesa las nubes y momentáneamente las horada, las ilumina con sus
refulgentes dobleces. «¿Pero qué demonios es esto de la virtud, que por
más vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en mí?».
Entonces advirtió que no había mojado la ropa. Su tarea estaba por
empezar, y los rollos de camisas, chambras y demás prendas continuaban
delante de ella, muertos de risa, lo mismo que el barreño de agua.
Papitos, que entró en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el
choque que la hizo salir de su abstracción.
ii
El día de San Eugenio propuso doña Casta ir de merienda al Pardo;
pero las de Rubín no querían ni oír hablar de nada que a diversión se
pareciese. Bueno tenían ellas el espíritu para meriendas. Fueron _las
Samaniegas con doña Desdémona_, Quevedo y otros amigos. Por la noche,
doña Casta se empeñaba en que todas habían de comer bellota, de la
provisión que trajo. Estaban de tertulia en casa de Rubín. Sólo faltaba
Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que sentía pasos
en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase. Por
fin llegó la viuda de Fenelón, fatigadísima. Los encargos en aquel mes
eran considerables; las bodas aristocráticas menudeaban, y la pobre
Aurora no podía desenvolverse. Como que por cumplir y hacer las entregas
a tiempo se había traído alguna labor para trabajar en su casa. Velaría
hasta las doce o la una. Brindose la de Rubín a ayudarla, y con la venia
de las dos señoras mayores se fueron a la casa próxima. Fortunata
deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre
diferentes cosas.
Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que allí había,
por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avíos, se
puso a cortar y a preparar. Fortunata la ayudaba a desenvolver los
patrones y a hilvanarlos sobre la tela. A cada momento se arrancaba
Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el
pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres.
Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atención de artista,
cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya
derecha y mirando desde lejos el efecto del corte; moviendo la cabeza
para obtener la oblicuidad de la mirada en ciertas ocasiones, empezó a
charlar, arrojando las palabras como un sobrante de la potencia
espiritual que aplicaba a su obra mecánica.
«Hoy ha sido el funeral. ¡Cosa estupenda, según me ha dicho Candelaria!
El catafalco llegaba hasta el techo, y la orquesta era magnífica; muchas
luces... Ahí tienes para qué les sirve el dinero a esos celibatarios
egoístas. Estaban las de Santa Cruz y Ruiz Ochoa, las Trujillas, y qué
sé yo quién más... Como no nos vemos desde hace muchos días, no te he
podido contar la impresión que recibí aquella mañana. Verás: pasaba yo a
eso de las ocho y media por la plaza de Pontejos para ir a mi obrador,
cuando vi que del portal salía despavorido el criado inglés... Según
después supe, iba en busca de mi primo Moreno Rubio, que vive en la
calle de Bordadores. Yo dije: '¿qué pasará?' y Samaniego salió de la
tienda preguntando: '¿qué hay?'--'¿Cómo que qué hay?'. El inglés
entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo: 'Señor muerto;
señor como muerto'. Corrió allá Pepe y yo detrás. En el portal había un
corrillo de gente; unos salían, otros entraban, y todos se lamentaban
del suceso. Subí con Pepe... la puerta estaba abierta. Los gritos de
Patrocinio Moreno se oían desde la escalera. ¡Ay, qué paso, hija! Yo
tenía un miedo que no te puedo ponderar. Acerqueme poco a poco a la
habitación. Allí estaba la santa, todavía con el manto puesto y el libro
de misa en la mano... Parecía una imagen. Y Moreno... no me quiero
acordar, sentado en una silla junto a la mesa...
Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco,
rígido y sin sangre. No puedo pintarte el horror que me causó lo que vi.
Le habían incorporado en el asiento. Toda la pechera de la camisa estaba
manchada de sangre, la barba llena de cuajarones... los ojos abiertos.
(Aquí suspendió Aurora su trabajo, poniendo todo su espíritu en lo que
relataba...) No quise entrar. De la puerta me volví, y no sé cómo llegué
al taller, porque me iba cayendo por el camino; tal impresión me hizo.
Hay que reconocer que ese hombre tenía que concluir de mala manera; pero
eso no quita que una le tenga lástima. (Volvió a poner toda la atención
en su trabajo). Estuve muy mala aquel día, y a ratos me entraban ganas
de llorar. Mal se portó conmigo, muy mal... ¡Ah!, ya veo yo que todo se
paga en este mundo».
--¡Pobre señor!--exclamó Fortunata--. A mí también me dio lástima cuando
lo supe. Pero, ¿no sabes una cosa?, que hoy hemos tenido la gran bronca
ese y yo, porque le dije aquello...
--¿Lo de...?--apuntó Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando
a su amiga con intención picaresca.
--Sí... Se enfadó tanto, que concluimos mal. ¡Ay, qué pena tengo! Porque
si es calumnia, figúrate, ¡qué barbaridad ir con esa historia!
--Calumnia no--dijo la de Fenelón, atendiendo más a su corte--. Podrá
ser equivocación.
¿Quién demonios sabe lo que pasa en el interior de la mona? Que el
difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, _por
ejemplo_, si ella le correspondía o no.
--Tú me dijiste que sí, y que tenían citas...
--Sí; pero te lo dije como una suposición nada más--replicó la astuta
mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversación--. Tú te
precipitaste al llevarle ese cuento. Se habrá volado. Hay que tener
tacto, amiga mía, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debías
suponer que le sabría mal.
--¿Y tú qué crees?, hablando ahora como si estuviéramos delante de un
confesor. ¿Tú qué crees?, ¿es, como quien dice, ángel o qué?
Aurora dejó las tijeras, y se clavó en el pecho la aguja enhebrada.
Después de calcular su respuesta, la soltó en esta forma:
«Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré
que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no sé a dónde
habrían llegado las cosas. Él hacía el trovador de la manera más
infantil del mundo. ¡Quién lo diría...!, ¡un hombre tan corrido!...
Ella... no sé... creo que se reía de él... Y bien merecido le estaba,
por pillo. Quizás le miraba con alguna simpatía... pero lo que es citas,
amiga mía, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto
dije, fue como un tal vez, y me vuelvo atrás».
Tornó a su faena dejando a la otra en la mayor confusión.
«Y en último resultado--le dijo después--, ¿a ti qué más te da que sea
honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que él te quiera a ti más
que a ella».
--¡Oh!, no...--exclamó Fortunata con toda su alma--, es que si no fuera
honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y
que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Paréceme que se rompe
todo lo que la ata a una; no sé si me explico; y que ya lo mismo da
blanco que negro. Créetelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna
hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que
sea mala como de que no lo sea. ¡Ah!, no sabes tú lo que yo cavilo al
cabo del día. Las cosas que me pasan a mí no tienen nombre.
--Pues para que te tranquilices de una vez--dijo la otra sin mirarla--.
Tenla por honrada, y cuando hables de esto con él, hazle entender que
lo crees así, y no aspires a que él te dé su respeto; conténtate con
el amor.
--Quítate de ahí, mujer--saltó Fortunata muy nerviosa--. Si esto se
acaba... ¡Si me está faltando ese perro! Si en quince días no le he
visto más que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. ¡Oh!,
yo le conozco bien las mañas: me le sé de memoria. Nada, que quiere
echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije
claro, y no me contestó nada.
--Entonces tenemos a la mona del Cielo de enhorabuena.
--¡Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me
está faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Más claro, a
las dos nos está dando el plantón hache, y yo estoy que no sé lo que
me pasa, más muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de
parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la
otra, me pierdo. Yo vengaré a la mona del Cielo, y me vengaré a mí. No
quisiera morirme sin este gusto.
--Dime una cosa... ¿Te has fijado en determinada mujer?--le preguntó su
amiga mirándola de hito en hito.
--No sé; esta noche se me ocurrió si será Sofía la Ferrolana, o la Peri,
o Antonia, esa que estaba con Villalonga.
--Es natural, piensas en las que conoces. ¿Qué me das, querida mía, si
te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandonó todo trabajo y se puso
delante de su amiga en la actitud más complaciente.
«¿Que qué te doy? Lo que tú quieras. Todo lo que tengo... Te lo
agradeceré eternamente».
--Bueno; pues déjame a mí, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de
llegar a la otra punta. Verás por qué lo digo; en mi taller hay una
chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece...
--¡En tu taller...!--Sí; pero no te precipites... No es ella tal vez...
Quiero decir, que por ella he de coger el cabo del hilo, y verás... iré
tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber. Tú confíate en mí,
y no hagas nada por tu parte. Prométeme que no te has de meter en nada.
Sin esa condición, no cuentes conmigo.
--Pues bien, yo te lo prometo. Pero me has de decir todo lo que vayas
averiguando. Te digo que si la cojo... No me importa ir al Modelo; te
juro que no me importa. Si ya me parece que la tengo entre mis uñas...
Doña Casta entró, abriendo la puerta con su llavín. Era tarde, y
Fortunata tuvo que retirarse. Aurora se quedó trabajando un momento más,
y decía para sí: «Estas tontas son terribles, cuando les entra la rabia.
Pero ya se aplacará. Pues no faltaría más... Estaría bueno...».
iii
Una tarde, doña Lupe vio entrar a su sobrina tan desolada, que no
pudo menos de írsele encima, llena de irascibilidad, no pudiendo sufrir
ya que no le confiase sus penas, cualquiera que fuese la causa de ellas.
«¿Te parece que estas son horas de venir? Y haz el favor, para otra
vez, de dejarte en la calle tus agonías y no ponérteme delante con esa
cara de viernes, pues bastantes espectáculos tristes tenemos en casa».
Fortunata tenía su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y
estalló con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las
casas de vecindad. «Señora, déjeme usted en paz, que yo no me meto con
usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener. Pues
estamos bien... Que no pueda una ni siquiera estar triste, porque a la
señora esta le incomodan las caras afligidas... Me pondré a bailar, si
le parece».
No estaba acostumbrada doña Lupe a contestaciones de este temple, y al
pronto se desconcertó. Por fin hubo de salir por este registro: «Eso de
que me ocupe o no me ocupe, no eres tú quien lo ha de decidir. ¿Pues
qué? ¿Han tocado ya a emanciparse? Estás fresca. ¿Crees que se te va a
tolerar ese cantonalismo en que vives? ¡Me gustan los humos de la loca
esta!... Ya te arreglaré, ya te arreglaré yo».
Estaba la otra tan violenta y tenía los nervios tan tirantes, que al
apartar una silla la tiró al suelo, y al poner su manguito sobre la
cómoda, dio contra un vaso de agua que en ella había.
«Eso es, rómpeme la sillita... Mira cómo has derramado el agua».
--Mejor.--¿Sí?... Ya te mejoraré yo, ya te arreglaré.
--Usted, señora, se arreglará sus narices, que a mí no me arregla
nadie...
«No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz--dijo doña Lupe
levantándose de su asiento--, porque no se entere ese desventurado».
Salió un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la
gresca, y a poco volvió al gabinete, diciendo: «Se ha quedado dormido.
Si te parece, haz bulla para que no descanse el pobrecito. Te estás
portando... ¡Silencio!».
--Si es usted la que chilla... Yo bien callada entré. Pero se empeña en
buscarme el genio.
--Mete ruido, mete ruido. Ni siquiera has de dejar dormir al pobre
chico.
--Por mi parte, que duerma todo lo que quiera.
--Y lo que más me subleva es tu terquedad--dijo doña Lupe bajando la
voz--, y ese empeño de gobernarte sola, sí, esa independencia
estúpida... Tú te lo guisas y tú te lo comes. Así te sabe a demonios.
Bien empleado te está todo lo que te pasa, muy bien empleado.
Tanta turbación había en el alma de la esposa de Rubín, que la ira
estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una
nada, determinaba la transición de la rabia al dolor, y de la energía
convulsiva a la pasividad más desconsoladora. Algo se derrumbaba dentro
de ella, y perdiendo toda entereza, rompió a llorar como un niño a quien
le descubren una travesura gorda. Doña Lupe se vanaglorió mucho de aquel
cambio de tono, que consideraba obra de sus facultades persuasivas.
Fortunata se dejó caer en una silla, y más de un cuarto de hora estuvo
sin articular palabra, oprimiendo el pañuelo contra su cara.
«Pues sí, tía... es verdad que debiera yo... contarle a usted... No lo
hice porque me parecía impropio. ¡Qué barbaridad! Traer a esta casa
cuentos de... Soy una miserable; yo no debo estar aquí... Hasta llorar
aquí por lo que lloro es una canallada. Pero no lo puedo remediar. El
alma se me deshace. Yo tengo que decirle a alguien que me muero de pena,
que no puedo vivir. Si no lo digo, reviento... Usted crea lo que
quiera... pero soy muy desgraciada. Yo sé que me lo merezco, que soy
mala, mala de encargo... pero soy muy desgraciada».
--Ahí tienes--le dijo doña Lupe moviendo la mano derecha, con dos dedos
de ella muy tiesos, en ademán enteramente episcopal--; ahí tienes lo que
pasa por no hacer lo que yo te digo... Si hubieras seguido los consejos
que te di este verano, no te verías como te ves.
La otra estaba tan sofocada, que su tía tuvo que traerle un vaso de
agua.
--Serénate--le decía--, que ahora no te he de reñir, aunque bien lo
mereces. No, no necesitas explicarme lo que te pasa; justo castigo de
Dios. ¿Crees que no tengo yo pesquis? Me basta verte la cara. Ello tenía
que suceder, porque los malos pasos conducen siempre a malos fines... El
resultado es que sale todo lo que yo digo. El pecado trae la penitencia.
Otra vez te da carpetazo ese hombre, ¿acerté?
--Sí, sí... ¡Pero qué infame!...
--Anda, que los dos estáis buenos. Tal para cual. Las relaciones
criminales siempre acaban así. Uno se encarga de castigar al otro, y el
que castiga ya encontrará también su trancazo en alguna parte. Pues
estás lucida... Tras de cornuda, aporreada, y después sacada a bailar.
--¡Pero qué infame!--volvió a decir Fortunata, mirando a su tía con los
ojos llenos de lágrimas--. ¿Pues no ha tenido el atrevimiento de
decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester?
Pretextos, tiologías y nada más. De seguro que no lo cree.
--Aguanta, que todo te lo tienes bien merecido. Ni vengas a que yo te
consuele... Acudiendo con tiempo, no digo que no. Abres ahora los ojos y
te encuentras horriblemente sola, sin familia, sin marido, sin mí.
Fortunata, con un pánico semejante al de quien se está ahogando,
agarrose a la falda de doña Lupe, y vuelta a soltar un raudal de
lágrimas.
«No, no, no... yo no quiero estar sola, triste de mí. Dígame usted algo,
siquiera que tenga paciencia, siquiera que me porte ahora bien... Sí, me
portaré bien; ahora sí, ahora sí».
--Ahora sí. Vaya, hija, no madrugues tanto. Tú no te acuerdas de Santa
Bárbara sino cuando truena. ¿Qué sacaría yo de consolarte ahora y
corregirte, si el mejor día volvías a las andadas?
--Ahora no... ahora no...--Quien no te conoce que te compre... Al
extremo a que han llegado las cosas, me parece que no debo intervenir
ya, ni tomar vela en ese entierro. Sería hasta indecoroso para mí.
Resultaría... así como cierta complicidad en tus crímenes. No, hija, has
acudido tarde... ¡Te he estado metiendo la indulgencia por los ojos, sin
que tú la quisieras ver, y ahora que te ahogas, vienes a mí...! ¡Ay!, no
puedo, no puedo.
Y sin decir más, se fue a la cocina, pensando que toda severidad era
poco contra aquella mujer, y que convenía aterrorizarla, a ver si se
sometía al fin de una manera absoluta.
Pronto se hizo de noche. Los días menguaban, entristeciendo el ánimo de
los que ya, por otros motivos, estaban tristes. A las seis y media la
casa estaba a oscuras, y doña Lupe retardaba el encender luces todo lo
posible. Fortunata, en el cuarto de su marido, y casi a tientas, llegó
al sofá donde él estaba echado, y le preguntó si tenía ganas de comer,
sin obtener respuesta. Oía los suspiros que daba el infeliz, y en una de
aquellas aproximaciones, Maxi cogiéndole las manos, se las apretó con
afecto. Algo había en el alma de Fortunata que respondía a tal
demostración de ternura. Sentía hacia él cariño semejante al que inspira
un niño enfermo, efusión de lástima que protege y que no pide nada.
Doña Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados
por el vivo resplandor de la llama de petróleo, dijo, sin duda por
animar a Maxi con una broma: «¿Ya estáis haciendo los tortolitos?... Más
cuenta te tiene comer. ¿Quieres que esta coma aquí contigo?».
--Sí, sí, yo comeré aquí--dijo la esposa prontamente--. Y él comerá
también, ¿verdad, hijo? ¿Verdad que comerás con tu mujer? Ella te
cortará los pedacitos de carne y te los irá dando.
--Pues yo os mandaré la comida--indicó doña Lupe, poniendo la pantalla
al quinqué y acortando la llama--. Tengo hoy un arroz con menudillos que
es lo que hay que comer.
En el rato que estuvieron solos, antes de que entrara Papitos con el
servicio y la sopa, Maxi endilgó a su mujer algunas frases enteramente
ceñidas al endiablado asunto que constituía su demencia. Fortunata le
apoyó en todo, mostrándose muy penetrada de la urgencia de establecer,
como realidad social, el principio de solidaridad de la sustancia
divina. A todo decía que sí, y mientras comían, notó que el enfermo se
animaba extraordinariamente, llegando hasta mostrarse alegre, locuaz y
poniendo un singular calor en sus proyectos de apostolado. En un momento
que salió afuera, preguntole Fortunata a su tía: «¿Y le dio usted al fin
esas píldoras?».
«Sí por cierto. Esta mañana en ayunas se tomó una, y a las cuatro le di
otra. ¿No lo dispuso así Ballester...?».
--Sí... Vea usted por qué está tan avispado. ¡Vaya con el cáñamo ese!
Pero los disparates son los mismos; sólo que ahora no ve las cosas de un
modo tan negro sino que las toma por lo risueño.
Volvió al lado de él, y le fue dando los menudillos con el tenedor, y él
se los comía con gana, sin cesar de hablar y aun de reír. Su risa
plácida no parecía la de un demente.
Fortunata sentía leve consuelo en su alma, y se decía: «¡Si Dios
quisiera que se pusiera bueno...! Pero cómo va Dios a hacer nada que yo
le pida... ¡Si soy lo más malo que Él ha echado al mundo! Para mí esta
casa se tiene que acabar. ¿A dónde me retiraré? ¿Qué será de mí? Pero a
donde quiera que vaya, me gustará saber de este pobrecito, el único que
me ha querido de verdad, el que me ha perdonado dos veces y me
perdonaría la tercera... y la cuarta... Yo creo que me perdonaría
también la quinta, si no tuviera esa cabeza como un campanario. Y esto
es por culpa mía. ¡Ay, Cristo, qué remordimiento tan grande! Iré con
este peso a todas partes, y no podré ni respirar».
Después de comer, estaba él animadísimo, cual no lo había estado en
mucho tiempo, pero sus conceptos eran de lo más estrafalario que
imaginarse puede. Como entraran doña Silvia y Rufinita, de visita, doña
Lupe se fue con ellas a la sala, y los esposos se quedaron solos. Maxi
se levantó, y estiró todo el cuerpo, elevando los brazos. Los huesos
crujieron, hizo diferentes contorsiones que parecían un trabajo de
gimnasia, y luego volvió a sentarse, abrazando a su mujer y quedándose
ante ella (pues estaba sentado en una banqueta junto al sofá) en actitud
semejante a la que toman los amantes de teatro cuando van a decirse algo
muy bonito en décimas o quintillas.
iv
«Vida mía--le dijo en el tono más dulce del mundo--, gracias mil
por el consuelo que me has dado con tus palabras».
Fortunata no sabía qué palabras eran aquellas que le habían consolado;
pero lo mismo daba. Hizo un signo afirmativo, y adelante.
«Porque estando tú conforme conmigo, no deseo más. Mis aspiraciones
están cumplidas. ¡Viva el gran principio de la liberación por el
desprendimiento, por la anulación!...».
--¡Vivaaa...!--Así lo dirán las multitudes, cuando esta doctrina se
propague; pero esto no nos toca a nosotros, sino al que vendrá después.
Cumplamos tú y yo la ley de morir cuando nos creamos llegados al punto
de caramelo de la pureza. Matemos a la bestia cuando de ella esté
completamente desligada su prisionera, la sustancia espiritual, como del
erizo se desprende la castaña bien madura.
--Nada, hijo, que la mataremos.--Me gusta verte así. ¿Hay nada más
hermoso que la muerte? ¡Morir, acabar de penar, desprenderse de todas
estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! ¿Hay
nada que pueda compararse a este bien supremo?... ¿Concibe el alma nada
más sublime?
--¿Y después?--dijo Fortunata, que aun sabiendo con quién hablaba, oía
con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte.
--¡Oh!, después, sentirse uno absolutamente puro, perteneciente a la
sustancia divina; reconocerse uno parte de ella, y todito con aquel gran
todo... ¡Qué dicha tan grande!
--¡No padecer...!--murmuró la prójima inclinando su cabeza sobre el
pecho de él--. ¡No temer si le hacen a uno esta o la otra perrería...!,
no verse en agonías nunca y gozar, gozar, gozar...
Su mente se dejó ir en alas de aquella sublime idea, perdiéndose en los
espacios invisibles y sin confines.
«¡Sentir luego la irradiación del bien en sí, y contemplarse uno en
aquel todo etéreo y sustancial, infinitamente perfecto y sano, hermoso,
transparente y placentero...!».
Esto era ya un poco metafísico, y Fortunata no lo comprendía bien. Lo
accesible para ella era la idea primera: morirse, desprenderse de las
lacerias de este mundo, y sentirse luego persona idéntica a la persona
viva, gozando todo lo que hay que gozar y amando y siendo amada con
arrobamientos que no se acaban nunca.
«Querida mía--le dijo Maxi moviendo mucho la cabeza y los músculos de la
cara, señal de una fuerte excitación nerviosa--; los dos moriremos
después que hayamos cumplido nuestra misión. Y para que te penetres bien
de la tuya, te voy a decir lo que he sabido por revelación celestial».
Fortunata se preparó a oír el gran disparate que su marido anunciaba, y
puso una carita muy gravemente atenta.
«Pues yo sé una cosa que tú no sabes, aunque quizás lo presientes, y que
seguramente sabrás muy pronto. Quizás hayas empezado a notar algún
síntoma; pero aún tu espíritu no tendrá más presentimientos de este
gran suceso».
La miraba de tal modo, que ella empezó a asustarse. ¿Qué sería, Dios,
qué sería? Maxi estuvo un rato en silencio, clavados en ella sus ojos
como saetas, y por fin le dijo estas palabras que la hicieron
estremecer: «Tú estás en cinta».
Quedose un rato la infeliz mujer como petrificada. Trataba de tomarlo a
broma, trataba de negarlo; pero para ninguna de estas determinaciones
tenía valor. Terror inmenso llenaba su alma al ver que Maxi decía lo que
decía con expresión de la más grande seguridad. Pero lo último que a
Fortunata le quedaba que oír fue esto, dicho con exaltación de
iluminado, y con atroz recrudecimiento de las sacudidas nerviosas de la
cabeza: «Ha sido una revelación. El espíritu que me instruye me ha
traído anoche esta idea... Misterio bonitísimo, ¿verdad? Tú estás
embarazada... Y tú lo presumes; mejor dicho, lo sabes, te lo estoy
conociendo en la cara; lo ocultas porque ignoras que esto no ha de
arrojar ninguna deshonra sobre ti. El hijo que llevas en tus entrañas es
el hijo del Pensamiento Puro, que ha querido encarnarse para traer al
mundo su salvación. Fuiste escogida para este prodigio, porque has
padecido mucho, porque has amado mucho, porque has pecado mucho.
Padecer, amar y pecar... ve ahí los tres infinitivos del verbo de la
existencia. Nacerá de ti el verdadero Mesías. Nosotros somos nada más
que precursores, ¿te vas enterando?, nada más que precursores, y cuanto
des a luz, tú y yo habremos cumplido nuestra misión, y nos liberaremos
matando nuestras bestias».
Del salto se puso Fortunata al otro extremo de la habitación. Habíale
entrado tal pánico, que por poco sale al pasillo pidiendo socorro. Maxi
tenía la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecían carbones
encendidos. Ni siquiera reparó que su mujer se había alejado de él, y
continuó hablando como si aún la tuviera al lado. La infeliz, turbada y
muerta de miedo, se acurrucó en el rincón opuesto, y cruzadas las manos,
miraba al desgraciado demente, diciendo para sí: «¿En qué lo habrá
conocido?... Dios, ¡qué hombre! ¿Será farsa todo esto de la locura?
¿Será que se finge así para poder matarme, sin que la justicia le
persiga...? ¡Pero cómo habrá descubierto...! ¡Si no lo he dicho a nadie!
¡Si no se me conoce nada todavía...! ¡Ah!, lo que este hombre tiene es
mucha picardía. Eso de la revelación lo dice para engañar a la gente...
Sin duda se lo figura, se lo teme, o me lo ha conocido no sé en qué...
¿Lo habré dicho yo en sueños?... Aunque no; podrá haberlo adivinado por
su propia locura. ¿No dicen que las grandes verdades las saben los niños
y los locos...? ¡Ay, qué miedo me ha entrado! Dios mío, líbrame de esta
tribulación. Este hombre me quiere matar y hace todas estas comedias
para vengarse en mí y asesinarme a lo bóbilis bóbilis...».
El iluminado fue hacia su mujer, cogiéndola por un brazo. Tal temor
sentía ella, que hasta se encontró con fuerzas inferiores a las de su
marido, que era tan débil. «Moñuca mía--le dijo apretándole el brazo con
nerviosa energía, y mirándola con una expresión en que la desdichada
veía confundidos al amante y al asesino--. Nos liberaremos, por medio de
una sangría suelta, desde que hayas cumplido tu misión. ¿Cuándo será?
Allá por Febrero o Marzo».
--Debe ser por Marzo--pensó Fortunata--; pero para ti estaba... Ya me
pondré yo en salvo. Mátate tú, si quieres, que yo tengo que vivir para
criarlo, ¡y voy a ser tan feliz con él...! Va a ser el consuelo de mi
vida. Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios... ¿Ves cómo me
salí con mi idea?... Mi hijo es una nueva vida para mí. Y entonces no
habrá quien me tosa... ¡Oh!, si no lo sintiera aquí dentro, yo y tú
seríamos iguales, tan loco el uno como el otro, y entonces sí que
debíamos matarnos.
Oíase el run run de las despedidas de doña Silvia y Rufinita en el
pasillo. A poco entró la de Jáuregui, y viéndola su sobrino, se volvió
al sofá, dejando a su mujer en pie en medio del cuarto.
«¿Qué tal?--dijo doña Lupe--. ¿Hay sueño? Son las once».
--Ha venido usted a turbar nuestra felicidad--replicó Maxi sentado, y
moviendo las piernas en el aire--. Mi elegida y yo deseamos estar solos,
enteramente solos. Los misterios inefables que a ella y a mí...
--¿Pero qué volteretas son esas que das? (no sabiendo si reír o ponerse
seria). Pareces un saltimbanquis.
--Que a ella y a mí se nos han revelado... los misterios inefables,
digo... nos llevan a un éxtasis delicioso, de que no pueden participar
las personas vulgares.
--¡Llamarme a mí persona vulgar!...
--La vulgaridad consiste en estar muy apegada a los bienes terrenos...
es decir, en hacerle mimos a la bestia.
--¿Pero qué?, ¿también vas a dar vueltas de carnero?--dijo asustada doña
Lupe, viéndole apoyar las manos en el sofá y doblar luego la cabeza
hasta tocar con ella la gutapercha.
--Lo que yo dé, a usted no le importa, mujer de poca fe... La noche está
fría y necesito que las extremidades entren en calor. Dentro del cráneo
me han encendido un hornillo.
--¿Ve usted... ve usted...?--indicó Fortunata, no recatándose de decirlo
en alta voz--. El efecto de esas condenadas píldoras. Creo que no deben
dársele más. Ya ve usted cómo se pone: se le trastorna más el cerebro y
adivina los secretos.
--¿Cómo que adivina los secretos...? Pero, niño, ¿qué haces?
Rubín se sentaba y se levantaba, dando botes en el asiento, como un
jinete que monta a la inglesa.
«Allá por Marzo será el gran suceso, la admiración del mundo--gruñía el
infeliz, dando vueltas sobre sí mismo--. Lo anunciará una estrella que
ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarán con
himnos de alegría».
--¿Pero qué estás diciendo? Vamos, hijo de mi alma, estate tranquilo.
--Lo que yo quisiera saber ahora es dónde está mi sombrero--dijo él,
mirando debajo de la mesa y del sofá.
--¿Y para qué quieres el sombrero?
--Quiero salir, tengo que ir a la calle. Pero lo mismo da salir con la
cabeza descubierta. Hace un calor horrible.
--Sí, vámonos al Retiro. Fortunata, coge la vela; y tú por delante.
Y agarrándose al brazo del joven sin ventura, le llevaron a la alcoba.
Del salto se plantó Maxi en la cama, quedándose un instante con los
brazos y las piernas en alto. Después dejaba caer pesadamente las
extremidades para volver a levantarlas.
«¡Bonita noche nos va a hacer pasar!» exclamó doña Lupe cruzando las
manos. Fortunata, desalentada y meditabunda, se dejó caer en el sofá.
«¿A que no me aciertan ustedes en dónde estoy?--dijo el pobre demente--.
Me he caído del Cielo sobre un tejado. ¿Qué hace mi mujer ahí que no
viene en mi socorro?».
--Pues sí señor, ¡bonita noche!--repetía doña Lupe, echando un suspiro
por cada palabra.
Intentaron acostarle. Pero no fue posible. Se les escapaba de las manos,
con viveza de niño, que a veces parecía agilidad de mono. Su risa
causaba espanto a las dos señoras, y últimamente no se le entendía una
palabra de las muchas que de su boca soltaba atropelladamente,
pronunciándolas de un modo primitivo, como los chiquillos que empiezan a
hablar. Por fin el desgaste nervioso hubo de rendirle, y se quedó quieto
en el sofá, con una pierna sobre la mesa, la otra en una silla, la
cabeza debajo de un cojín, y los brazos extendidos en cruz. Una mano
daba contra el suelo, y tenía la otra metida debajo del cuerpo, dando al
brazo una vuelta que parecía inverosímil. No quisieron ellas variarle la
difícil postura, temiendo que si le tocaban, se alborotaría de nuevo y
les daría otra jaqueca. Doña Lupe dormitaba, sentada en una silla junto
a la cama del matrimonio; pero Fortunata no pegó los ojos en toda la
noche.
Ya amanecía cuando le acostaron. Apenas daba acuerdo de sí, y gemía, al
moverse, como si tuviera molido a palos su ruin y desdichado cuerpo.
v
Creo que fue el día de la Concepción cuando Rubín salió de su
cuarto con un cuchillo en la mano detrás de Papitos, diciendo que la
había de matar. El susto de la tía y de Fortunata fue muy grande, y les
costó trabajo quitarle el arma homicida, que era un cuchillo de la mesa,
con el cual no era fácil quitar la vida a nadie. Pero el paso fue
terrible, y los chillidos de Papitos se oyeron en toda la vecindad.
Salió despavorida del cuarto del señorito, y él detrás, frío y resuelto,
como si fuera a hacer la cosa más natural del mundo. La mona se refugió
entre las faldas de su ama, gritando: «¡Que me mata, que me quiere
matar!» y Fortunata corrió a sujetarle, lo que no hubiera conseguido a
pesar de su superioridad muscular, sin la ayuda de doña Lupe. La
resistencia de él era puramente espasmódica, y mientras se defendía de
los cuatro brazos que querían contenerle y arrancarle el cuchillo, decía
con voz ronca: «Le siego el pescuezo y la...». Después se supo que
Papitos tenía la culpa, porque le había irritado, contradiciéndole
estúpidamente. Doña Lupe lo sospechó así, y mientras Fortunata se le
llevaba otra vez a su cuarto, procurando calmarle, la señora cogió a la
chiquilla por su cuenta, y con la persuasión de tres o cuatro pellizcos,
hízole confesar que ella era culpable de lo ocurrido. «Mire,
señora--replicaba ella bebiéndose las lágrimas--; él fue quien empezó,
porque yo no chisté. Estaba recogiendo el servicio, y él saltó contra
mí, diciéndome que para arriba y que para abajo... Yo no lo entendía y
me eché a reír... Pero dimpués salió con unos disparates muy gordos.
¿Sabe, señora, lo que dijo? Que la señorita Fortunata iba a tener un
niño, y qué sé yo qué más. No pude por menos de soltar la carcajada, y
entonces fue cuando garró el cuchillo y salió tras de mí. Si no doy un
blinco, me divide».
--Bueno; vete a la cocina, y aprende para otra vez. A todo lo que él
diga, por disparatado que sea, dices tú amén, y siempre amén.
Aquel hecho era quizás síntoma de un nuevo aspecto de locura, y las dos
señoras no cabían ya en su pellejo, de temor y zozobra. No pasaron ocho
días sin que el caso se repitiera. Maxi pudo apoderarse de un cuchillo,
y fue hacia su tía, diciendo que la quería liberar. Gracias a que
estaba allí el Sr. Torquemada, no fue difícil desarmarle; pero el susto
no había quien se lo quitara a doña Lupe, que tuvo que tomarse una taza
de tila. Por cierto que la señora se conceptuaba infeliz entre todas
las señoras y damas de la tierra, por las muchas pesadumbres que sobre
su alma tenía. No era sólo el estado lastimosísimo del más querido de
sus sobrinos; otras cosas la mortificaban atrozmente, abatiendo su
grande espíritu. Entre Fortunata y ella mediaron ciertas palabras que
imposibilitaban absolutamente toda concordia.
«¡Vaya--le dijo doña Lupe una noche--, que te estás luciendo! ¿A qué
esas reservas, cuando más indicada estaba la confianza? ¿Cómo es que lo
ha sabido Maximiliano, que está demente, antes que yo, que estoy en mi
sano juicio? ¿A qué esos escondites conmigo?».
Después de una larga pausa, Fortunata, con muchísimo trabajo, se
determinó a responder esto: «Yo no se lo he dicho. Él lo adivinó. Esto
no podía yo decirlo a nadie de esta casa, y a él menos...».
--¡Y a él menos!--repitió doña Lupe, clavando en la delincuente sus
miradas como flechas.
--Sí, porque él no debía saberlo nunca--prosiguió la otra haciendo el
último esfuerzo--. A usted pensaba yo decírselo, pero no me determiné
por la vergüenza que me daba. Ahora que lo sabe, lo que tengo que hacer
es pedirle que tenga compasión de mí, recoger mi ropa y marcharme de
esta casa. Ahora sí que será para siempre.
La viuda de Jáuregui se tomó tiempo para dar contestación a estas
gravísimas palabras. Un sin fin de ideas se le metió en la cabeza, y
estuvo aturdida largo rato, sin saber con cuál de ellas quedarse. El
rompimiento definitivo le arrancaba una tira de su corazón, con dolor
agudísimo, por no serle posible retener las cantidades que Fortunata
había puesto en sus manos. La elasticidad de su conciencia no llegaba
nunca a sus estirones a la apropiación de lo ajeno, ni directa ni
indirectamente. Lo ajeno era sagrado para ella, y aunque aumentase lo
suyo cuanto pudiera a costa del prójimo, jamás llegaba a la absorción de
lo que se le confiaba. Devolvería, pues, lo que se le había entregado,
con los aumentos que a su buena administración se debían. Cierto que
esta devolución era para ella un trance doloroso, algo como la
separación de un hijo que se va a la guerra a que le maten, pues aquel
guano, entregado a su dueño, pronto se perdería en el desorden y los
vicios.
Pero si esta pena la estimulaba a transigir una vez más, su decoro y más
aún su amor propio se sublevaban airados contra aquella infame, que
traía al hogar doméstico hijos que no eran de su marido. Esto no se
podía sufrir sin cubrirse de baldón; esto no lo toleraría doña Lupe,
aunque tuviera que dar, no sólo el dinero ajeno, sino el propio... Tanto
como el propio, no, vamos; pero en fin, así lo pensaba para poder
expresar de una manera enfática su grandísimo enojo.
¡Qué diría la gente!... ¡qué las amigas, ante quienes doña Lupe oficiaba
como guardadora de la moralidad y de los buenos principios! Cierto que
para el mundo la situación que crearía la maternidad de la de Rubín
sería una situación legal, toda vez que Maxi, enfermo y encerrado quizá
para entonces en un manicomio, no había de llamarse a engaño; pero en
este caso, la afrenta sería mayor por añadirse a ella la mentira. Y
todos tendrían a doña Lupe por encubridora, y le cortarían lindos sayos.
Si ya le parecía a ella oírlo: «Miren esa, tan orgullosa y rígida,
tapando el matute que la otra bribona ha introducido en su casa. Lo hará
por la cuenta que le tiene. El padre de la criatura es hombre rico y
habrá pagado bien el alijo». La idea de que pudieran decir esto hacía
brotar de la frente augusta de la viuda gotas de sudor del tamaño de
garbanzos.
«Ella misma--pensó--, no se ha recatado para decirme que el pobre Maxi
está tan inocente de esto como yo. Lo cantará lo mismo a todo el mundo,
porque ella es así, muy bocona... Pero entre dos afrentas, prefiero que
le haya dado por pregonar la verdad, pues así no hará catálogos la
gente, ni tendrá nadie que decir si el chico es o no es...».
De todo esto se deducía que aquella pícara había traído una maldición a
la casa; ella tenía la culpa de la demencia de Maxi. Bien lo vaticinó
doña Lupe: mucha mujer para tan poco hombre. Naturalmente, el pobre
chico tenía que morirse o perder la cabeza. Lo que había que desear ya
era que la prójima se perdiese completamente de vista; que entre la
familia y ella mediasen abismos infranqueables; que pudiera decir doña
Lupe a los amigos: «esa mujer se ha muerto para mí». La sombra de
Jáuregui parecía venir en ayuda de las determinaciones de su ilustre
viuda, porque a esta le faltaba poco para ver a su marido salirse de
aquel cuadro en que retratado estaba, tomar vida y voz para decirle: «Si
no arrojas de tu casa a esa pájara, me voy yo, me borro de este lienzo
en que estoy, y no me vuelves a ver más. O ella o yo». Y cuando la
pájara repitió que se marchaba, doña Lupe no pudo menos de decirle con
acritud: «¿Pero qué haces que no has echado ya a correr?... Francamente,
me pasma que tengas pachorra para estar aquí todavía. Otra de más
frescura no habrá». Llevándola a su gabinete le habló de la entrega de
las cantidades que en su poder tenía. Fortunata dijo con mucha calma y
frialdad que no se llevaba el dinero y que sólo tomaría los réditos.
«¿Cómo voy a colocarlo yo? Téngalo usted; yo guardo el recibo y vendré
todos los trimestres a recoger el premio».
Doña Lupe abrió tanta boca, que por poco se le entra una mosca en ella.
Su primer impulso fue negarse a ser administradora y apoderada de
semejante persona; pero tal prueba de confianza la anonadaba. Insistió
en dar el dinero; insistió más la otra en dejarlo en manos que tan bien
lo sabían aumentar, y así quedó el asunto. La de los Pavos temía que
entre ella y su sobrina quedase aquella relación, aquel cable
telegráfico, por donde vinieran a comunicarse la honradez más pura y la
inmoralidad. Conservar el dinero era sostener una especie de
parentesco... ¡Oh!, no, esto parecía como transacción con la afrenta.
Pero al propio tiempo, entregar los santos cuartos a su dueña era lo
mismo que tirarlos a la calle. Sus amantes se los gastarían en un decir
Jesús... y era lástima que tan bonito capital se destruyese.
Mucho se disputó sobre esto, haciendo ambas alardes de delicadeza; pero,
al fin, el dinero quedó en poder de doña Lupe. Ascendía la suma a
treinta mil reales, los veinte mil dados por Feijoo, y diez mil y pico
que habían producido desde aquella fecha, colocados por Torquemada en
préstamos a militares. Precisamente en los días últimos del año, cuando
ocurrió lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y
la tenía la señora en su cómoda, esperando una proporción, que D.
Francisco tenía en tratos con un señor comandante. La suma que poseía
Fortunata en acciones del Banco, se conservaba en esta misma forma,
porque así lo había dispuesto D. Evaristo. Guardaba la tía de Maxi el
extracto de la inscripción en un hueco de su vargueño, y no se sacaba
sino al fin de los semestres, para ir al Banco a cobrar el dividendo.
Sobre esta clase de valores no hubo disputa entre las dos mujeres,
porque desde luego pensó Fortunata llevárselos, y la otra no gustaba de
conservar fondos de que no podía disponer para sus ingeniosas
combinaciones financieras. La custodia de la inscripción le molestaba y
la ponía tan en cuidado sin ningún beneficio, que no sintió verla salir
de su casa. Los treinta mil reales quedaron bien agasajaditos en un
rincón de la cómoda. Eran para doña Lupe como un hijo adoptivo a quien
quería como a los hijos propios.
vi
La evasión (pues así debe llamársela) de su mujer, no fue notada
por Maxi en los primeros días. Pero cuando se hizo cargo de ella,
manifestó una inquietud que puso a la pobre doña Lupe en mayor
aburrimiento del que tenía. Pensó seriamente en llevar a su infeliz
sobrino a un manicomio. Mucha pena le daba separarse de él, entregándole
a la asistencia de gentes mercenarias; pero no había otro remedio. Para
tratar de esto y acordar lo más conveniente, llamó a Juan Pablo, que a
la sazón había pasado de Penales a Sanidad, y podría tal vez poner a su
hermano en Leganés, en un departamento de distinguidos, con pago de
media pensión o quizás sin pagar un cuarto.
Entre tanto, Fortunata, al salir de la casa de su marido, y antes de
dirigirse a su nueva morada, encaminó sus pasos a la de D. Evaristo. Era
este la primera persona a quien tenía que consultar sobre la crítica
situación en que se encontraba. Referirle lo ocurrido era ya para ella
un verdadero castigo de su perversidad, porque de sólo pensar que lo
refería, le entraba espanto. ¡Bueno se iba a poner Feijoo, al saber que
la chulita había hecho mangas y capirotes de la doctrina práctica
expuesta con tanto ardor y cariño por el simpático anciano, cuando
dispuso la separación! ¡Cuánto mejor no haberse separado de aquel hombre
sin igual! ¡Ella le habría soportado en su vejez caduca, y habría sido
feliz cuidándole como se cuida a un niño inocente! Al llegar a la Plaza
de los Carros, y al ver la calle de Don Pedro, pensó que no tendría
valor para contarle a su amigo sus últimas calaveradas. Subió temblando
por la ancha escalera, que estaba aquel día alfombrada y con muchos
tiestos, porque la noche antes se había celebrado en la legación, con
gran comistraje y mucha fiesta, el aniversario del Emperador.
Así se lo dijo doña Paca a Fortunata, cuando esta le preguntó por su
amo. «Anoche ha estado muy inquieto, porque hemos tenido convite y
recepción en el principal y los coches no cesaron de alborotar en la
calle hasta la madrugada. Esta casa es ordinariamente muy silenciosa;
pero cuando hay ruido, parece que se hunde el mundo. ¡Figúrese usted qué
nos importará a nosotros que cumpla no sé cuántos años ese señor
Emperador, a quien parta un rayo! ¡Valiente jaqueca nos dio anoche!...
Pase usted. Hoy le encontrará un poco aturdido a consecuencia de la mala
noche».
Don Evaristo se hallaba ya en lastimoso estado. Las piernas las tenía
casi completamente paralizadas, y salía a paseo en un cochecillo o
sillón de ruedas, que empujaba su criado. Iba a las Vistillas a tomar el
sol, y a veces se extendía hasta la Plaza de Oriente por el Viaducto. Al
centro de la Villa no venía nunca, y para las relaciones y amistades que
en las partes más animadas de Madrid tenía, aquella existencia
paralítica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio
extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal
como le conocimos, no quedaba ya más que una sombra. Estaba
completamente sordo, teniendo que auxiliarse de una trompetilla para
recoger algunos sonidos; su inteligencia sufría eclipses, y la memoria
se le perdía en ocasiones casi por completo, quedándose en la tristeza
del instante presente, sin ayer, sin historia, como si cayera de una
nube en mitad de la vida, a la manera de un bólido. Sus distracciones
eran ya puramente pueriles. Se pasaba las horas muertas haciendo el
juego del bilboquet, o bien entretenido en enredar con los muchos
gatos que había en la casa. Todas las crías de la hermosa menina de
doña Paca se conservaban, al menos mientras les duraba el donaire de la
infancia gatesca. Sentado al sol junto al balcón en su sillón muy
cómodo, Feijoo arrojaba a sus graciosos amigos una pelota atada con un
hilo, y se divertía con las monísimas cabriolas y morisquetas que hacían
los pequeñuelos. Otras veces les tiraba la pelota a lo largo de la
enorme estancia, o ataba al hilo un pedazo de trapo, recogiéndolo como
recoge el pescador su aparejo, para verlos correr tras él. Cuando entró
Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley
de variedad, y D. Evaristo tenía en la mano su bilboquet, saltando la
bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo. Dos o tres
gatitos blancos con manchas grises enredaban sobre el buen señor. Uno se
le subía por la manta que le envolvía las piernas; otro estaba en su
regazo sentado sobre los cuartos traseros, refregándose las patas con la
lengua y el hocico con la pata; y un tercero se le había subido a un
hombro y allí seguía con vivaracha atención los brincos de la bola del
bilboquet, marcándolos con la pata en el aire. Lo que él quería era
meterte mano a la bola aquella tan bonita.
Al ver entrar a su amiga, el inválido puso una cara muy risueña. Todos
los sentimientos los expresaba ya riendo. La mandó sentar a su lado, y
aun quiso seguir en su solaz inocente; pero tuvo que suspenderlo para
coger la trompetilla. Fortunata cogió en sus manos uno de los gatitos
para acariciarlo.
«¿Qué hay?--dijo D. Evaristo mirándola de un modo que parecía indicar
agradecimiento de las caricias que al micho hacía--. ¡Ah!, ese es el más
tunante de todos... ¡Sabe más...!, ¡y tiene más picardías! Conque a ver,
chulita, ¿qué hay?».
Fortunata no sabía cómo empezar. Contrariábala mucho tener que decir las
cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y
hasta el embajador con toda su gente extranjera. ¿Y cómo se podía contar
una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las
horas, o como los pregones de las calles? Algo dijo que llevó al ánimo
de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se veía en un mal
paso. De repente soltó mi hombre la risa infantil y babosa, diciendo:
«¿Apostamos a que ha habido algún rasgo? Precisamente lo que más
prohibí, los dichosos rasgos, que siempre traen alguna desgracia».
La consternada joven no podía asegurar que sus últimas diabluras
mereciesen la denominación y categoría de rasgos; pero indudablemente
eran una cosa muy mala. Sobre todo no había hecho maldito caso de las
sabias recetas de vida social que le diera su amigo. Para hacerle
comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurría,
sacó la inscripción, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en
un papel.
«¿Qué es eso, la inscripción?--dijo el anciano riéndose más--¿Pues
qué... ji ji ji... ha habido rompimiento con ese bendito?...».
Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta.
--Completamente ido de la cabeza... manicomio.
--¡Que no come!--Al manicomio... que le van a poner en Leganés...
--¡Ah! ¿Y doña Lupe?
--Ella y yo... Fortunata hizo con sus dos dedos índices un signo muy
expresivo, poniéndolos punta con punta.
--Habéis reñido... ji ji ji... ¡Qué cosas! Doña Lupe muy lagarta...
El gatito que se había subido en el hombro del señor, estaba muy
preocupado con la trompetilla. Ignoraba sin duda lo que era aquello, y
quería saberlo a todo trance, porque alargaba la pata como para hacer
un reconocimiento de tan misterioso objeto. La curiosidad del animalito
interrumpía la audición, que era ya bastante penosa. Feijoo tomó la
inscripción diciendo: ¿Pero qué ocurre?... ¿doña Lupe...?, ji ji ji...
Todavía sostendrá que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la
cabeza. Y todo porque me solía parar en la esquina de la calle de
Tintoreros, esperando a la mujer de Inza, ji ji ji... el de la tienda de
mantas.
Después de esta brillante ráfaga de memoria, la preciosa facultad se
eclipsó por completo, y el ayer se borró absolutamente del espíritu del
buen caballero. Miraba a su chulita con estupidez y cierta expresión de
duda o sorpresa. Fortunata seguía pegando gritos; pero él no se
enteraba; lo poco que oía era como si oyese el ruido del viento: no le
sacaba sentido. Cansada de inútiles esfuerzos, la joven se calló,
mirando a su amigo con hondísima pena. Y mirándola él también, de
repente volvió a su risa pueril, motivada por las cosquillas que en el
cuello le hacía el gatito... «Si es un granuja este... si no me deja
vivir». Fortunata daba suspiros, sin que el anciano se enterase de esta
expresiva manifestación de disgusto, y al fin, ella, comprendiendo que
era inútil esperar de aquella ruina apuntalada un consuelo y un consejo,
decidió retirarse. Al darle un cariñoso abrazo, el anciano pareció
volver en sí, recobrando su acuerdo, y se le refrescó la memoria.
«Chulita, no te vayas--le dijo, dándole un palmetazo en el muslo--.
¡Ah... qué tiempos aquellos! ¿Te acuerdas? ¡Qué días tan felices!
Lástima que yo no hubiera tenido veinte años menos. Entonces sí que
habríamos sido dichosos». Ella decía que sí con la cabeza. Luego D.
Evaristo pareció instantáneamente asaltado por una idea que le
inquietaba. Después de meditar un instante, aprovechando aquella ráfaga
de inteligencia que cruzaba por su cerebro, cogió el sobre que contenía
la inscripción, y devolviéndoselo, le dijo: «No dejes esto aquí. Puedo
morirme de un momento a otro, y tu dinero corre peligro de extraviarse.
Es mejor que lo guardes tú. No tengas cuidado. Las acciones son
nominativas, y nadie más que tú puede disponer de su importe». Y como si
el despejo de su inteligencia no hubiera tenido más objeto que
permitirle aquella importante advertencia, en cuanto la hizo, la nube
invadió otra vez toda la caja del cerebro, volvió a la risa infantil, y
a preocuparse más de que la bola del bilboquet se pinchase en el
palito que de todo lo que a su desgraciada amiga pudiera referirse.
Salió, pues, Fortunata de la triste visita con la impresión de haber
perdido para siempre aquel grande y útil amigo, el hombre mejor que ella
tratara en su vida y seguramente también el más práctico, el más sabio
y el que mejores consejos daba. Verdad que ella hizo tanto caso de estos
consejos como de las coplas de Calaínos; pero no dejaba de conocer que
eran excelentes, y que debió al pie de la letra seguirlos.
vii
De aquel anciano chocho y que más bien parecía un niño, no podía
la esposa de Rubín esperar ya ninguna protección ni amparo moral. Sólo
en muy contados momentos lúcidos se revelaba en él un recuerdo vago de
lo que había sido. Le lloró por muerto con verdadera efusión de hija
desconsolada, y se aterraba de la orfandad en que iba a quedar cuando
más necesitaba de una persona sesuda y discreta que la dirigiera. La
impresión de vacío y soledad que sacó de la casa, poníala en grandísima
tristeza. En la Cava Baja pasó por junto a un pianito que tocaba aires
de ópera con ritmo picante y amoroso. Esta música le llegaba al alma.
Parose un rato a oírla, y se le saltaron las lágrimas. Lo que sentía era
como si su espíritu se asomara al brocal de la cisterna en que estaba
encerrado, y desde allí divisara regiones desconocidas. La música
aquella le retozaba en la epidermis, haciéndola estremecer con un
sentimiento indefinible que no podía expresarse sino llorando. «Yo debo
de ser muy bruta--pensó, alejándose--, porque me gusta más esta música
de los pianitos de la calle que la pieza que toca Olimpia, y que dicen
que es cosa tan buena. A mí me parece que, cuando la oigo, me aporrean
los oídos con la mano del almirez».
Había resuelto Fortunata, de acuerdo con su tía Segunda, albergarse en
la casa de esta, que vivía otra vez en la Cava. Allá se encaminó desde
la calle de Don Pedro, y antes de entrar en el portal de la pollería, el
mismo portal y el mismo edificio donde tuvo principio la historia de sus
desdichas, una vecina le dijo que Segunda estaba en el puesto de la
plazuela, comiendo con unas amigas. Fuese allá, y vio a su tía con otras
dos tarascas junto a una mesilla, comiendo un guiso de cordero en platos
de Talavera. Jarro de vino y botijo de agua completaban el servicio. Las
tres damas estaban con los moños al aire, hablando a un tiempo en alta
voz, con ese desparpajo y esa independencia de modales que caracterizan
a los vendedores ambulantes que viven siempre al aire libre, y tienen la
voz hecha a la gritería de los pregones. Segunda Izquierdo era una mujer
corpulenta y con la cara arrebatada, el pelo entrecano. Se parecía
bastante a su hermano José; pero no conservaba tan bien como este la
hermosura de aquella raza de gente guapa, porque las miserias, las
enfermedades y la vida aperreada de los últimos años habían hecho
efectos devastadores en su cara y cuerpo. Los que trataron a Segunda en
su edad de oro, apenas la conocían ya, porque su cara estaba toda llena
de costurones, y en el cuello y quijada inferior llevaba unas rúbricas
que daban fe de otros tantos abcesos tratados quirúrgicamente. El ojo
derecho no estaba ya todo lo abierto que debía, a causa de una rija, y
el párpado inferior del mismo había adquirido notoria semejanza con un
tomate, a consecuencia de la aplicación de un puño cerrado, de lo que
resultó una inflamación que vino a parar en endurecimiento. Ni aun su
hermosa dentadura conservaba Segunda, pues un año hacía que empezaban a
emigrar las piezas unas tras otras. El cuerpo se iba pareciendo al de
una vaca que se pusiera en dos pies.
En cuanto vio venir a su sobrina, cogió de encima de la mesilla una
llave enorme, que parecía la llave de un castillo, y alargándosela le
dijo que subiera a la casa si quería. Las otras dos tiorras miraron a la
joven con descarada curiosidad. A una de ellas la conocía Fortunata, a
la otra no. Sentose un momento en una banqueta que le ofrecieron, porque
estaba cansada; pero sintiéndose molesta por las preguntas impertinentes
de las amigas de su tía, subió al cuarto que debía de ser su albergue...
hasta sabe Dios cuándo. Aquel barrio y los sitios aquellos éranle tan
familiares, que a ojos cerrados andaría por entre los cajones sin
tropezar. ¿Pues y la casa? En ella, desde el portal hasta lo más alto de
la escalera de piedra, veía pintada su infancia, con todos sus episodios
y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasión
y Muerte de Cristo. Cada peldaño tenía su historia, y la pollería y el
cuarto entresuelo y después el segundo tenían ese _revestimiento de una
capa espiritual_ que es propio de los lugares consagrados por la
religión o por la vida. «¡Las vueltas del mundo!--decía dando las de la
escalera y venciendo con fatiga los peldaños--. ¡Quién me había de decir
que pararía aquí otra vez!... Ahora es cuando conozco que, aunque poco,
algo se me ha pegado el señorío. Miro todo esto con cariño; ¡pero me
parece tan ordinario...! Aquellas dos tiburonas... ¡qué tipos!, pues ¿y
mi tía?...».
El cuarto que entonces tenía Segunda en aquella casa era uno de los más
altos. Estaba sobre el de Estupiñá. No había llegado Fortunata al
segundo, cuando vio bajar a este, y le entraron ganas de saludarle. Puso
él una carátula durísima al verla; pero a pesar de esto, la joven sentía
ganas de decirle algo. Érale simpático; conocía sus apetitos
parlamentarios, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz podía
contarle ella en el número de sus enemigos, le miraba ella con buenos
ojos, teniéndole por hombre inofensivo y bondadoso. «Aunque usted no
quiera, D. Plácido, buenos días». El gran Rossini no se dignó volver
hacia ella su perfil de cotorra, y refunfuñando algo que la nueva
inquilina no pudo entender, siguió por la escalera abajo, haciendo sonar
con desusado estrépito los peldaños de piedra.
Fortunata vio el cuarto. ¡Ay, Dios, qué malo era, y qué sucio y qué feo!
Las puertas parecía qué tenían un dedo de mugre, el papel era todo
manchas, los pisos desiguales. La cocina causaba horror. Indudablemente
la joven se había adecentado mucho y adquirido hábitos de señora, porque
la vivienda aquella se le presentaba inferior a su categoría, a sus
hábitos y a sus gustos. Hizo propósito de lavar las puertas y aun de
pintarlas, y de adecentar aquel basurero lo más posible, sin perjuicio
de buscar casa más a la moderna, quisiera o no Segunda vivir en su
compañía. El gabinetito que ella había de ocupar tenía, como la sala,
una gran reja para la Plaza Mayor. Estuvo un rato ocupada en hacer
mentalmente la colocación de sus muebles, la cama, la cómoda, una mesa y
dos sillas. Por cierto que todo esto tenía que comprarlo, pues de la
casa matrimonial no había de sacar nada. Recorriendo el cuarto, pensó
que si el casero se conformaba a hacer algunas reparaciones, no quedaría
mal. Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros
y enormes grietas que por todas partes había, empapelar el gabinete, que
iba a ser su alcoba, y pintar las puertas. Ya pensaba en la jaqueca que
le iba a dar al administrador, cuando se acordó (su gozo en un pozo) de
que el administrador era Estupiñá. «De seguro que en cuanto le hable de
obras en la casa, se va a poner hecho un tigre. Claro, me tiene tirria;
¿pues qué es él más que un servilón de los de Santa Cruz? Con todo,
pienso decirle algo, porque en último caso, con dejarle el cuarto hemos
concluido. Y ahora que recuerdo, esta casa era de D. Manuel
Moreno-Isla, que el año pasado le dio la administración a D. Plácido.
Me lo contó mi tía, y D. Plácido es tan tirano, que no da una paletada
de yeso aunque le fusilen. Falta saber de quién es ahora la casa... ¿La
habrá heredado doña Guillermina?...». Quedose meditando en que su
destino no le permitía salir de aquel círculo de personas que en los
últimos tiempos la había rodeado. Era como una red que la envolvía, y
como pensara escabullirse por algún lado, se encontraba otra vez cogida.
«No; habrán heredado la casa los señores de Ruiz Ochoa, o la mujer de
Zalamero... Y después de todo, ¿a mí qué me importa que herede la finca
Juan o Pedro? Yo no la he de heredar».
Si tuviera agua en abundancia, se pondría al instante a lavar toda la
casa; pero desde el siguiente empezaría. Vio que la reja daba a un
balconcillo o terraza, y al punto determinó poner allí todos los tiestos
de flores que cupiesen. La vista del cuadrilátero de la plaza era
bonita, despejada y alegre. El jardín lucía muy bien desde arriba, con
sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata veía los
cuartos traseros, como los de un cebón, y el Rey aquel encima, con su
canuto en la mano. Acercábase Navidad, y ya estaban preparando los
puestos de Noche--Buena. Distinguió también a su tía y a las otras dos
matronas que, ayudadas de un jayán, estaban claveteando tablas y armando
un toldo. Poco después, mirando para la acera de la Casa-Panadería,
alcanzó a ver a Juan Pablo, sentado en uno de los puestos de
limpia-botas, y leyendo un periódico mientras le daba lustre al calzado.
Después le vio pasar a la acera de enfrente y seguir hasta el rincón de
la escalerilla, como si fuese al café de Gallo.
viii
Como antes se ha dicho, a los pocos días de la desaparición de
su mujer, Maxi empezó a echarla de menos, mostrándose receloso, y
apeteciendo su compañía con cierta mimosidad impertinente que ponía
furiosa a doña Lupe. Juan Pablo y ella disertaron largamente sobre lo
que se debía hacer, y por fin el primogénito dijo que intentaría
aplicar a su hermano un buen sistema terapéutico, antes de recurrir al
extremo de encerrarle en un manicomio. No se habían probado las duchas,
ni el sacarle de paseo al campo, ni el bromuro de sodio, que estaba
dando tan buen resultado contra la peri-encefalitis difusa y contra la
meningo-encefalitis, etc... y siguió echando términos de medicina por
aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y
con una idea tomada de aquí y otra de allá hacía unos pistos que eran lo
que había que ver.
Dicho y hecho. Todas las mañanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y
unas veces engañado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe
Neri, y allí le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un
muerto. Algunas tardes sacábale a paseo por las afueras, procurando
entretener su imaginación con ideas y relatos placenteros, absolutamente
contrarios al fárrago de disparates que el infeliz chico había tenido
últimamente en su cerebro. A los quince días de este enérgico
tratamiento, mejoró visiblemente, y su hermano y médico estaba muy
satisfecho. Más de una vez se expresó Maxi durante el paseo como la
persona más razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase
en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella,
se le veía caer en sombrías meditaciones y en un mutismo tétrico del
cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar. Una mañana,
al salir de la ducha, y cuando el enfermo parecía entonado por la
reacción, ágil y con la cabeza muy despejada, se paró en la calle, y
cogiendo suavemente las solapas del gabán de su hermano, le dijo: «Pero
vamos a una cosa. ¿Por qué ni tú, ni mi tía, ni nadie queréis decirme
dónde está mi mujer? ¿Qué ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagáis
más misterios conmigo... ¿Es que se ha muerto, y no me lo queréis decir?
¿Teméis que la noticia me altere?».
Juan Pablo no supo qué contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de
su hermano señales de nerviosa inquietud, trató de desviar la
conversación. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y
parándose a cada instante. «Pues mira--le respondió al fin haciendo un
gesto campechano--. Hazte cuenta que se ha muerto... porque lo que yo te
digo... ¿A ti qué más te da que viva o muera? ¿Para qué quieres tú
mujer? Las mujeres no sirven más que para dar disgustos, chico. Ve aquí
por lo que yo no he querido casarme nunca».
--¡Muerta!--dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en
los ojos--. ¡Muerta!... De modo que yo me puedo volver a casar.
Al decir esto, se insubordinaba; no quería ir por la acera, sino por el
empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transeúntes.
Juan Pablo le metió en un coche para llevarle a su casa. Enterada la
tía, apoyó la misma idea respecto a Fortunata, diciéndole: «Hijo, todos
nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la
china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, ¿qué quieres que
hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes... y
yo te aseguro que ya lleva dichas más de cuatro, y consolarnos poco a
poco, como podamos».
Desde que ocurrió esto, la mejoría iniciada con el nuevo tratamiento
pareció desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvió a chapuzarse
en hondísimas abstracciones. Sin duda en su cerebro había aparecido una
nueva idea, o reproducídose alguna de las antiguas, que ya se tenían por
abandonadas o dispersas. Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta
que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y
le dijo: «¿Me quieres hacer creer que se ha muerto?... ¡Qué tontería! En
ese caso, ¿por qué no nos vestimos de luto?».
--¡Qué atrasado de noticias estás! ¿No sabes que hay ahora una ley
prohibiendo el luto?
--¡Una ley prohibiendo el luto! Si creerás que a mí me comulgas con
ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo
más claro que todos vosotros.
Y no se habló más del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante,
que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la
salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado
el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la
causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la
ciencia que llaman financiera. Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un
proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo
éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su
tía. Respecto a la necesidad del empréstito, no cabía la menor duda; era
cuestión de vida o muerte. Lo que restaba era que doña Lupe se prestase
a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes
no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia. Empezó,
pues, el primogénito de Rubín por prestarle en aquel delicado asunto de
la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo
a la casa, y en todo cuanto hablaba con su tía, era de la opinión de
esta, ya fuese de Política, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo
entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explanó acaloradamente la
necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de _año nuevo
vida nueva_, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que
no haría más el primer lord de la Tesorería inglesa. Cuando hallaba
ocasión, echaba una puntadita; pero doña Lupe tenía más conchas que un
galápago, y se hacía la tonta... pero tan tonta que habría que pegarle.
Apretado por el crecimiento aterrador de su deuda flotante, el filósofo
desplegaba un tesón y constancia más que fraternales en el cuidado de
Maxi. En Enero del 76, había conseguido domarle hasta el punto de que le
llevaba consigo a la oficina, teníale allí ocupado en ordenar papeles o
en tomar algún apunte, y por las noches solía llevarle a la tertulia del
café, donde estaba el pobre chico como en misa, oyendo atentamente lo
que se decía, y sin desplegar sus labios. Rara vez sacaba de su cabeza
aquel viejo y maldecido tema de la liberación voluntaria y de _la
muerte de la bestia carcelera_; pero una noche que estaban solos en el
café, lo sacó, como se trae del desván un trasto viejo y se le limpia el
polvo, a ver si lo ha deteriorado el tiempo o lo han roído los ratones.
Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofía, dijo
lo siguiente: «Mira, el dogma de la solidaridad de sustancia ha sido
declarado cursi por todos los sabios de la época, congregados en un
concilio ecuménico, que acaba de celebrarse en... Basilea. Las
conclusiones son tremendas. Como no lees la prensa, no te enteras. Pues
se ha decretado que son mamarrachos netos todos los individuos que creen
en la liberación por el desprendimiento, y en que se debe dar _la
morcilla a la bestia_. A los que sostienen la herejía filosófica de que
va a venir un nuevo Mesías, encarnándose en una buena moza, etc.,
etc..., se les declara memos de capirote y se les condena a comer
virutas».
--Mira, tú--dijo Maximiliano con el acento más grave del mundo y como
quien hace una confidencia importante--. Eso del Mesías, acá para entre
los dos, no lo he creído yo nunca, ni era dogma ni cosa que lo valga. Lo
dije porque tuve un sueño, y al despertar se me quedó parte de él en la
cabeza, y me andaba aquí dentro como un cascabel. Lo que hay es que me
había entrado en aquellos días una idea de lo más estrafalario que te
puedas imaginar, una idea que debía de ser criada aquí en el seno
cerebral donde fermenta eso que llaman celos. ¿Qué creerás que era? Pues
que mi mujer me faltaba y estaba en cinta. ¿Ves qué disparate?
--Ave María Purísima, ¡qué barbaridad!
--Sentía en mí, detrás de aquella idea, una calentura de celos que me
abrasaba. Para averiguar si era fundada aquella pícara idea, fui ¿y qué
hice? Pues saqué la cancamurria del Mesías que iba a venir, diciéndole
que ella lo tenía en su seno y que el papá era el Pensamiento Puro...
En fin, que con esta farsa pensaba yo arrancarle la confesión de lo que
se me había metido entre ceja y ceja. ¿Qué resultó? Nada, porque aquella
noche me puse muy enfermo; pero después he comprendido mi desatino, he
visto claro, muy claro, y... Dios la perdone.
Empezó a tomar su café, y en tanto Juan Pablo se decía con tristeza:
«¡Pero qué malo está esta noche! ¡Dios, qué malo!». Maxi repitió hasta
seis veces el Dios la perdone, y cuando entraron Leopoldo Montes y
otro amigo, se calló. A la hora y media de tertulia, dio en celebrar con
extrema hilaridad los donaires que Montes contaba. Después tomó parte en
la conversación, expresándose con tanta serenidad y con juicios tan
acertados, que se maravillaban de oírle todos los presentes. Juan Pablo
discurría así: «Pues no está tan guillati como pensé, y lo que dijo
antes revela más bien talento agudísimo. ¡Por vida de la santísima uña
del diablo! Si consigo yo ponerte bueno, mi querida tía, alias la
baronesa de Rothschild, no tendrá más remedio que hincar la jeta y darme
lo que necesito».