Parte 4 — Capítulo II: Insomnio
Parte 4 — Capítulo II: Insomnio
i
A las doce de un hermoso día de Octubre, D. Manuel Moreno-Isla
regresaba a su casa, de vuelta de un paseíto por Hide Park ... digo,
por el Retiro. Responde la equivocación del narrador al quid pro quo
del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que
por aquel entonces tenía su espíritu, solía confundir las impresiones
positivas con los recuerdos. Aquel día, no obstante, el cansancio que
experimentaba, determinando en él un trabajo mental comparativo,
permitíale apreciar bien la situación efectiva y el escenario en que
estaba. «Muy mal debe andar la máquina, cuando a mitad de la calle de
Alcalá ya estoy rendido. Y no he hecho más que dar la vuelta al
estanque. ¡Demonio de neurosis o lo que sea! Yo, que después de darle la
vuelta a la Serpentine me iba del tirón a Cromwell road... friolera;
como diez veces el paseo de hoy... yo que llegaba a mi casa dispuesto a
andar otro tanto, ahora me siento fatigado a la mitad de esta condenada
calle de Alcalá... ¡Tal vez consista en estos endiablados pisos, en
este repecho insoportable!... Esta es la capital de las setecientas
colinas. ¡Ah!, ya están regando esos brutos, y tengo que pasarme a la
otra acera para que no me atice una ducha este salvaje con su manga de
riego. 'Eso es, bestias, encharcad bien para que haya fango y
paludismo...'. Pues por aquí, los barrenderos me echan encima una nube
de polvo... 'Animales, respetad a la gente...'. Prefiero las duchas...
En fin, que este salvajismo es lo que me tiene a mí enfermo. No se puede
vivir aquí... Pues digo; otro pobre. No se puede dar un paso sin que le
acosen a uno estas hordas de mendigos. ¡Y algunos son tan insolentes!...
'Toma, toma tú también'. Como me olvide algún día de traer un bolsillo
lleno de cobre, me divierto. ¡Aquí no hay policía, ni beneficencia, ni
formas, ni civilización!... Gracias a Dios que he subido el repecho.
Parece la subida al Calvario, y con esta cruz que llevo a cuestas,
más... ¡Qué hermosos nardos vende esta mujer! Le compraré uno... 'Deme
usted un nardo. Una varita sola... Vaya, deme usted tres varitas.
¿Cuánto? Tome usted... Abur'. Me ha robado. Aquí todos roban... Debo de
parecer un San José; pero no importa... 'Yo no juego a la lotería;
déjeme usted en paz'. ¿Qué me importará a mí que sea mañana último día
de billetes, ni que el número sea bonito o feo...? Se me ocurre comprar
un billete, y dárselo a Guillermina. De seguro que le toca. ¡Es la
mujer de más suerte!... 'Venga ese décimo, niña... Sí, es bonito número.
¿Y tú por qué andas tan sucia?'. ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo
que yo le decía anteayer a D. Alfonso: 'Desengáñese Vuestra Majestad,
han de pasar siglos antes de que esta nación sea presentable. A no ser
que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aquí
madres sajonas'. Ya poco me falta. Francamente, es cosa de tomar un
coche; pero no, aguántate, que pronto llegarás... Un entierro por la
Puerta del Sol. No, lo que es aquí no me he de morir yo, para que no me
lleven en esas horribles carrozas... Dan las doce. Allá están los
cesantes mirando caer la bola. Buena bola os daría yo. Ahí viene
Casa-Muñoz. ¿Pero qué veo? ¿Es él? Ya no se tiñe. Ha comprendido que es
absurdo llevar el pelo blanco y las patillas negras. No me mira, no
quiere que le salude. Realmente es muy ridícula la situación de un
hombre que se tiñe, el día en que se decide a renunciar a la pintura,
porque la edad lo exige o porque se convence de que nadie cree en el
engaño... Allí va en un coche la duquesa de Gravelinas... No me ha
visto... 'Abur Feijoo...'. ¡Qué bajón ha dado ese hombre!... Vamos, ya
entro por mi calle de Correos. Si habrá venido a almorzar mi primo... Lo
que es hoy me tiene que hacer un reconocimiento en toda regla, porque me
siento muy mal... Que me ausculte bien, porque este corazón parece un
fuelle roto. ¿Será esto un fenómeno puramente moral? Puede ser. Ya veo
yo el remedio... ¡Pero qué verdes están las uvas, qué verdes! Los
balcones tan tristes como siempre. ¡Ah!... sale al mirador Barbarita
para hablar con la rata eclesiástica... 'Adiós, adiós... vengo de dar
mi paseíto... Estoy muy bien, hoy no me he cansado nada...'. ¡Qué
mentira tan grande he dicho! Me canso como nunca. Ahora, escalera de mi
casa, sé benévola conmigo. Subamos... ¡Ay, qué corazón, maldito fuelle!
Despacito, tiempo hay de llegar arriba. Si no llego hoy, llegaré mañana.
Seis escalones a la espalda. ¡Dios mío, lo que falta todavía!».
Cuando llegó al principal, su hermana le esperaba en la puerta. «¿Te has
cansado mucho?».--Así, así. ¿Dónde está Tom? Que venga.
Moreno entró en su habitación, seguido del criado. Este era inglés y le
acompañaba en todos su viajes. Decía el anti-patriota que los sirvientes
españoles son tan torpes que no saben ni cerrar una puerta. El suyo era
de esos que hacen de la servidumbre una profesión inteligente, y se
adelantan a los más insignificantes deseos de sus amos para
satisfacerlos. En inglés le dijo Moreno que echase agua en uno de los
búcaros que en la estancia había, para poner los nardos; y sin soltar
estos de la mano se dejó caer en el sofá. Vestía el caballero americana
oscura y pantalón de cuadros, sombrero de copa, y los indispensables
botines blancos cubriendo las botas holgadísimas, con suelas de un dedo
de grueso. «¿Ha venido mi primo?» preguntó a Tom dándole las flores.
--El señor doctor está en la habitación de miss Guillermina.
--Dígale usted que estoy aquí.
La fatiga del paseo y de la escalera le duraba aún cuando vio entrar al
más simpático de los doctores, Moreno Rubio, despidiendo tufo de
alegría, como un preservativo contra las tristezas de la medicina.
Médico de gran saber y aplicación, había alcanzado mucha fama y tenía
una clientela brillantísima.
«Hoy me vas a examinar bien...--le dijo su primo--. Figúrate que soy un
desconocido que se te presenta en tu consulta. Déjate de bromas conmigo,
y no me ocultes la verdad. Mira que te desacredito, si no lo haces así».
--Bueno, hombre, descuida; te registraremos en toda regla--replicó el
médico sonriendo y sentándose junto a él--. ¿Te has cansado mucho?
--¿No me ves? También es gana de hacer preguntas. En cuanto almorcemos,
me entrego a ti, como un cadáver de la sala de disección.
--Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillándola).
--Bueno, pues ya puedes empezar. (Quitándose la americana). ¿Me echo en
la cama? Es mejor, sí; aquí me tienes como un muerto, con las manos
cruzadas.
--No, extiende los brazos. Así...
El doctor abrió la camisa y aplicó un extremo de la trompeta,
inclinándose para poner su oído en el otro. «No te muevas... Ahora,
respira fuerte... da un suspiro, pero un suspiro grande, como los de los
enamorados».
--Me parece que tú estás de guasa. Pepe, por Dios, mira que esto es
serio, muy serio. Llevo más de diez noches sin pegar los ojos, y tu
dichoso digital no me alivia nada.
--Cállate, y déjame oír...
--¿Qué notas?... ¿qué?
--Pero ten paciencia. Aguarda... Pues esto está muy malo. Hay aquí
dentro un zipizape de mil demonios.
--¿Qué clase de ruido sientes? La sístole es demasiado fuerte y...
--Algo de eso.--El empuje de la corriente sanguínea...
--Sí; pero prevalece un síntoma muy perro, un síntoma...
--¿Cuál es?, dímelo. ¿Cómo se llama?
--Amor.--¡Vaya! Llamaré otro médico. Tú no me sirves... con tus guasitas
de mal gusto. ¡Ni qué tendrá que ver...!
--¡Pues no ha de tener que ver!--dijo Moreno Rubio poniéndose serio y
guardando su instrumento--.
No sé qué te figuras tú. ¿Quieres romper de un golpe la armonía del
mundo espiritual con el mundo físico? Ya lo sabes; te lo he dicho mil
veces. No necesito auscultarle más. Tienes desórdenes en la circulación,
los cuales podrán ser muy graves si no cambias de vida.
--No parece sino que hago yo la vida del perdido (levantándose y
volviéndose a poner su ropa).
--Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una
tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las
cavilaciones que la no satisfacción de ellos te produce; viajar menos,
ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los
excitantes malsanos; no me refiero solamente al café y al té, sino más
principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las
emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intención de no
dejártela crecer más; trazar una raya en tu vida y decir: «ni Cristo
pasó de la Cruz, ni yo paso de aquí». Si tuvieras treinta o treinta y
cinco años, te aconsejaría que te casaras; pero más vale que te hagas la
cuenta de que por reciente providencia judicial... o divina, han
desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y
viudas...
--¡Bah!, ¡bah! Siempre la misma historia--dijo Moreno-Isla, tomándolo a
broma--. ¿Pero tú eres un médico o un confesor?
--Las dos cosas--afirmó el otro con serenidad y energía--. Si no haces
lo que te he dicho, Manolo, si no lo haces, te mueres, y pronto. De modo
que ya sabes mi opinión. No vuelvas a consultarme. No sé más. He agotado
mi ciencia contigo. Si hay algún colega que encuentre el medio de poner
de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana función
vascular, llámalo, y entiéndete con él.
El criado anunció que el almuerzo estaba servido. «Vamos en
seguida--dijo el enfermo, cogiendo a su primo por el brazo--. Espérate
un poco, que te quiero consultar otra cosa».
Detuviéronse un instante en la habitación, y D. Manuel, poniéndole una
cara muy seria, hizo a su primo esta pregunta: «Vamos a ver, sin guasa.
En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fíjate bien,
tal como ahora estoy, ¿podría yo tener hijos?».
Moreno Rubio soltó la carcajada.
«Hombre, no digo que no. Podrías tener una escuela de párvulos».
--Quiero decir... pero respóndeme en serio... quiero decir, si tal como
estoy, con la tubería descompuesta...
--Ya lo creo, por poder...--Eso te lo digo, porque después de eso, me
decidiría a aceptar lo que propones, el retraimiento, cortar la coleta,
etc...
--Mira, inocente, no te cuides de aumentar la especie. Mientras menos
seres humanos nazcan, mejor. Para lo que vale esta vida...
--Creo lo mismo... pero a mí me gustaría tener la seguridad de que... Es
un ejemplo, un por si acaso nada más. No creas que me parece mal tu plan
de vida vegetativa. Yo lo adoptaría, sí señor; pero a su tiempo.
--Primo--le dijo el otro mirándole con socarronería--; si quieres hijos,
haberlo pensado antes.
--No, tonto, si no es que yo los quiera; ni maldita la falta que me
hacen a mí chiquillos. Si esto te lo pregunto hipotéticamente. Me basta
con tener conciencia de mi aptitud... Curiosidades de enfermo...
--¿Que no vienen?--dijo, presentándose en la puerta, la hermana de
Moreno-Isla.
--Vaya unas prisas. Ya vamos. ¡Para la gana que uno tiene...!
--Pero la tengo yo, canastos--dijo el médico.
ii
Por la tarde pidió Moreno su coche y estuvo haciendo visitas hasta
las siete. Comió en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron
sombrío, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo,
que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos
extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a
relucir algún tema de entretenida polémica sobre este punto. Algo dijo,
sin embargo, que animó la desmayada conversación de aquella noche.
«¿Saben ustedes cuál es una de las cosas que me cargan más en España? La
costumbre que tienen las criadas de ponerse a cantar cuando trabajan.
Parecía natural que en mi casa me viera yo libre de este tormento. Pues
no señor. Tiene mi tía Guillermina una criadita cuya boca vale por dos
murgas. No vale mandarla callar. Obedece durante diez minutos, y de
repente vuelve otra vez con el señor alcalde mayor. Dice que se
olvida, Creánmelo ustedes. Le rompería la cabeza».
--¡Y me quieres hacer creer que en el extranjero...! Pero Manolo...
--¡Ah!, no, señora... esté usted segura de que si en Londres una criada
se permitiera cantar, pronto la pondrían de patitas en la calle. Es que
ni se les ocurre tal disparate.
--Lo creo; tan sosas son.--Es que esta pícara raza, que no conoce el
valor del tiempo, tampoco conoce el del silencio. No podrá usted meterle
en la cabeza a esta gente la idea de que la persona que se pone a pegar
gritos cuando yo escribo, o cuando pienso, o cuando duermo, me roba. Es
una falta de civilización como otra cualquiera. Apoderarse del silencio
ajeno es como quitarle a uno una moneda del bolsillo.
Estas cosas hacían gracia, y aquella noche las rieron más, para
animarle. Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehusó. Había en la
casa muy poca gente, Guillermina en su rincón, D. Valeriano Ruiz Ochoa y
Barbarita II. Barbarita I había concebido el loco proyecto de casar a
Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el
pensamiento a Jacinta, esta lo encontró de lo más insensato que se le
podría ocurrir a nadie. «¡Pero mamá, si mi hermana no tiene más que
dieciocho años, y Moreno anda ya cerca de los cincuenta, y además está
enfermo!».
--Cierto que hay diferencia de edades--decía la señora riendo--, pero es
un gran partido. Ándate con repulgos y verás cómo le cae a tu hermana un
subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotería semejante.
Este hombre es un buenazo muy rico, y eso que padece no es sino
aburrimiento, mal de soltería, lo que los ingleses llaman esplín.
Cásale, y se le quitan diez años de encima.
Jacinta no se convencía, y en cuanto a la enfermedad, su opinión era muy
distinta de la de su suegra. Aquella noche le cogió por su cuenta para
echarle un buen réspice. Estaban en el despacho apartados de los dos
grupos de tresillistas (D. Baldomero, Ruiz Ochoa, su señora, Pepe
Samaniego y otros). Barbarita II y su hermana tenían delante a Moreno,
que en los primeros momentos de aquella situación, decía de dientes
para adentro: «Creo que si no estuviera presente la polla, le diría
algo. Me enfada esta niña con su inocencia y su cara bonita. Parece que
se la pone al lado como un escudo contra mí... Es fatalidad esta; las
pocas veces que la cojo sola, no adelanto nada. Si le digo cualquier
reticencia delicada, se hace la tonta. Evita el encontrarse sola
conmigo, y ahora trae siempre a rastras al espantajo angelical de su
hermana para asustarme».
--Pero qué callado está usted...--observó Jacinta sonriendo--. ¿Qué?,
¿se siente usted peor? Dice mamá, que si usted se casa se le quitarán
diez años de encima. Conque, decidirse...
La fisonomía del misántropo se iluminó al oír esta peregrina receta.
«También yo lo creo--dijo--. Vea usted; un remedio que parece tan fácil,
es imposible».
--Justo; como se ha concluido el género femenino... Tiene usted razón,
ya no hay mujeres.
--Para mí como si no las hubiera... ¿Qué le dije a usted ayer? Ya no se
acuerda. Si ya se sabe: cosa que yo le diga a usted es como si la
escribiera en el agua.
--De veras que se me ha olvidado. ¿Te acuerdas tú, Bárbara?
--No, si Bárbara no estaba presente.
--No importa. Todo lo que usted me dice a mí, al instante voy a
contárselo a mi hermana.
--Sí, es usted muy cuentera. ¿Y por qué se lo cuenta usted a su hermana?
--Porque le hace gracia. Moreno no pudo disimular la profunda tristeza
que se apoderaba de él.
«¿Pero qué tiene usted?... Esta noche le encuentro más esplinado que
nunca».
--¿No nos contaba ayer que dejó tres novias en Londres?--apuntó
Barbarita, que gustaba de buscarle la lengua.
--Sí; pero a esas no las quiero--replicó Moreno con la ingenuidad de un
niño. Y luego, revolcándose en aquella tristeza contra la cual nada
podía su dominio de hombre de sociedad, se espetó otro monólogo--: Ya
estoy entrando en el periodo pueril... La tontería y la incapacidad me
invaden... Esta mujer con su frialdad y su ironía me ha puesto el pie
sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la
serpiente... Ya empiezo a estar ridículo...
--¿Por qué no le repite usted esta noche a mi hermana lo que le dijo la
semana pasada?--dijo Barbarita II al melancólico caballero.
--¿Yo... que...? (asustado, como quien despierta de un sueño). Yo... no
le he dicho nada.
--Sí, la semana pasada, cuando fuimos a la Casa de Campo, y se puso
usted a contar el cuento de aquella inglesona que le quiso pegar un tiro
porque le dijo no sé qué, en un tren.
--No me acuerdo--dijo el misántropo con todas las apariencias de un
estúpido.
--Este hombre--indicó Jacinta--, cuando tocan a olvidarse, no hay quien
le gane. Me dijo usted que se casaba si yo me comprometía a buscarle la
novia...
--¡Ah!... Pues no; me desdigo, recojo la proposición. Si ha empezado
usted sus trabajos, delos por inútiles. Pagaré indemnización, si es
preciso.
--Ya lo creo que es preciso... Poquito que había yo hecho ya. ¡Vaya que
la formalidad de usted...!
Ambas se pusieron muy serias. Notaban en Moreno palidez mortal, gran
abatimiento, y un cierto olvido, extraño en él, de la atención constante
que se debe prestar a las señoras cuando se platica con ellas. Jacinta
se inclinó un poco hacia él, abriendo su abanico sobre las rodillas, y
le dijo en tono muy cariñoso: «Amigo mío, es preciso que usted se cuide,
y mire más por su salud. Esta tarde nos encontramos a Moreno Rubio en
casa de Amalia, y me dijo que lo que usted padece no es nada; pero que
si se descuida y no hace lo que él le manda, lo va a pasar mal. Usted no
es un niño, y debe comprenderlo. ¿Por qué no hace caso de lo que le
dicen las personas que le quieren bien y que se interesan por usted?».
Moreno la miraba estático. Algunos monosílabos salieron de su boca;
pero aquellos pedazos rotos de su pensamiento más bien parecían de
aquiescencia que de protesta. Jacinta siguió hablándole en un tono
dulce, tiernísimo, y más bien parecía una madre que una amiga.
«¡Cuánto nos alegraríamos de verle a usted bueno y sano, y qué fácil
sería con buena voluntad!... Porque lo que usted tiene no es más que
malas ideas. Así me lo dijo su primo, y viene bien esta opinión con lo
que yo creía. Es lástima que teniendo todos los medios de ser feliz no
lo sea. ¿Qué le falta a usted?...».
Moreno sentía que el corazón se le hacía pedazos. «¿Pues no dice que qué
me falta?... Si me falta todo, absolutamente todo. ¡Ay, qué mujer!, si
sigue en esta cuerda, creo que me pongo más en ridículo».
--¿Qué le falta a usted? Nada. Si no se le pusieran en la cabeza cosas
imposibles, estaría tan campante. Lo que tiene usted es mucho mimo. Es
como los chiquillos.
«¡Ya lo creo; soy como los chiquillos!» pensaba el infeliz caballero.
--Moreno Rubio lo ha dicho y tiene razón: usted tiene en su mano su
salud y su vida. Si las pierde es porque quiere. Parece mentira que un
hombre de su edad no sepa ponerse a las órdenes de la razón.
«¡La razón! Buena tía indecente está» observó D. Manuel dentro de su
pensamiento.
--Y sacudir las malas ideas y atemperar el espíritu; no desear lo que no
se puede tener, y hacer vida ramplona, sin empeñarse en que todas las
cosas se desquicien para acomodarse a su gusto y satisfacción. ¿Qué es
el esplín más que soberbia? Sí, lo que usted tiene es soberbia, el
usted satánico. Estos inglesotes se figuran que el mundo se ha hecho
para ellos... No, señor mío, hay que ponerse en fila y ser como los
demás... ¿Conque se cuidará usted, hará lo que le manda su primo y lo
que le mande yo?... porque yo también soy médica... Otra cosa; aquí en
España está usted siempre renegando y echando pestes. Esto no le gusta,
¿pues para qué vive aquí? ¿Por qué no se va a Inglaterra?
--Ya me quiere echar... ¿ve usted...?--dijo Moreno mirando a Barbarita y
esforzándose en sonreír para ocultar su turbación--. Y luego quieren que
no viaje.
--No, no le conviene andar siempre de ceca en meca, como un viajante de
comercio que va enseñando muestras. Márchese a su Londres, estese allí
quietecito, muy quietecito, y si se le presenta una inglesa fresca y de
buen genio, cásese, apechugue con ella, aunque sea protestante... ¡Ay,
Dios!, que no me oiga Guillermina; sí, cásese, y verá cómo se le pasan
todas las murrias, tendrá niños... Me comprometo a ser madrina del
primero... digo, si es que le bautizan. Y hasta madre me comprometo a
ser si me le dan... le tomo, aunque esté sin cristianar. Yo le
bautizaré. Pero no hay que hablar de esto. Me contento con ser madrina
del primer Morenito que nazca, y le diré a mi marido que me lleve a
Londres para el bautizo...
Moreno se levantó. Se sentía muy mal, y las palabras de la Delfina le
excitaban extraordinariamente.
«¿Pero se va usted...? ¿Se ha puesto malo? ¿Es que no le gustan mis
sermones?».
«Si no me voy, la entrego--pensaba el misántropo, apretando los
labios...--. Esta pícara me está asesinando».
--¿Te vas, Manolo?--le preguntó D. Baldomero desde el otro extremo de la
habitación.
--¡Si me echan, padrino...! Su hijita de usted me quiere desterrar.
--¡Ay, qué pillo!... Si es todo lo contrario.
Barbarita I se adelantó, diciendo: «Extravagante, coge del brazo a la
polla, y paséate un momento de aquí a mi gabinete, y de mi gabinete
aquí. ¿Te sientes mal? Eso no es más que nervios. Distráete un poquito.
Bárbara, anda».
Moreno le dio el brazo a Barbarita II, y empezaron los paseos. De su
conversación insustancial cogió al vuelo Jacinta algunas cláusulas,
cuando la pareja, en aquel ir y venir de su estancia a otra, pasaba
junto a ella. «¿Yo?, no... me lo puedo creer...». «¡Ay, qué cosas se le
ocurren!... ¡Pero qué malo es usted...!». «En cuanto vaya allá me voy a
convertir al judaísmo». «¡Jesús!...». «¿Que yo tengo novio? ¿De dónde ha
sacado eso?...». «Lo apuntaré para que no se me olvide...». «No, si a mí
no me gustan los pollos...».
«Si ésta fuera más lista--dijo la señora de Santa Cruz a su nuera--,
creo que le cazaba».
Pero Jacinta era muy incrédula en este particular, y miraba tristemente
a la pareja cuando pasaba. Al retirase, Moreno pudo hablarle un instante
sin testigos.
«Se hará lo que usted desea... Se ha de cumplir todo el programa...
todo, hasta en lo que se refiere el nene. Tendrá usted su Morenito».
Jacinta observó en su mirada una expresión tan tétrica, que no pudo
menos de decirse: «Está ya completamente trastornado».
Moreno salió con paso inseguro... La cabeza se le desvanecía, y al bajar
la escalera tuvo que agarrarse al barandal para no caerse... «Cuando
digo que me he vuelto tonto, pero tonto de remate... Ya no sé pensar. No
sé adónde diablos se me ha ido la razón... Esta mujer me ha embrujado...
Nada, enteramente imbécil».
iii
En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre más dueño de sí
mismo, habiendo vencido aquella turbación inexplicable con que saliera
de la casa de Santa Cruz. Despidió a su criado, después de quitarse la
ropa, y envuelto en su bata se tendió en el sofá. En aquellas tristes
horas engañaba el insomnio paseándose a ratos por la habitación, a ratos
echado y descabezando un ligero intranquilo sueño. Acudían entonces a su
memoria las acciones e imágenes de aquel día o de los anteriores, a
veces las de fechas muy remotas y que no tenían relación alguna con su
situación presente. Aquella noche, cosa rara, apenas salió el ayuda de
cámara, Moreno se quedó profundamente dormido en el sofá, sin soñar
nada; pero despertó a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que
su letargo durara. Al despertar huyó de tal modo el sueño de su cerebro
y hallábase tan inquieto, que ni siquiera admitía como probable la idea
de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las
va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, así fue
sacando sus ideas. Tenía por pareja a sí mismo en aquel juego...
«Adelante un peón».
«¡Te has lucido! ¡Campaña como esta...! ¿Cuánto tiempo hace que estás en
España? A poco más, año completo. ¿Y para qué? Para nada. ¡Pobre hombre!
Lo que me pareció fácil, resulta no ya difícil, sino imposible... Para
más contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto
en el más insípido de los colegiales. ¿Por qué es esto? Y dime otra
cosa, idiota, ¿qué tiene esa mona para que de este modo te hayas
embrutecido por ella? Otras son más guapas, otras tienen más ingenio,
otras hay más elegantes; y sin embargo, es el número uno, el número
único. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en mí lo que no había
notado nunca, una alegría, una tristeza... ganas de llorar, de reír, y
aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho
años me sale el sarampión y la edad del pavo. Tampoco me había pasado
nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y
no puedo. Le voy a decir una galantería intencionada, y me sale una
simpleza. Me infunde un respeto que jamás conocí. La sigo a Biarritz, la
acompaño a París; y cuanto más la trato, más atado me veo por este
maldecido respeto... Me cortaría yo este respeto como se corta una mano
gangrenada. ¿A qué viene tal respeto? ¿Qué quiere decir esto? Sea lo que
quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna,
y es que si fuera soltera, me casaría con ella...».
Se agitó tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. «Vaya que
este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada,
porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos
desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que
es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud... Me parece que la
estoy viendo cuando le dije aquello... ¡Qué risita, qué serenidad, y qué
contestación tan admirable! Me dejó pegado a la pared. Tan pegado estoy,
que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decírselo, ¡anda
valiente!... le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estúpido,
es cosa que no me cabía en la cabeza. ¡Ay! Dios, si me muero, y el
pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad
esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y
risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta
gracia... esta boca, que no habla sin que me duela el alma. ¡Pobre
ángel!, su única pasión es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo
inmenso. Su pasión se me comunica y me abrasa; yo también quiero tener
un hijo, yo también. ¡Si me parece que le estoy viendo!, si está aquí,
en los linderos de la vida, mirándome, diciéndome que le traiga, y no
falta más que traerlo. Vendría si ella quisiera. Tengo la seguridad de
que vendría; es una idea que se me ha clavado aquí. Y yo le digo: 'Por
un niño, bien se podría dar la virtud...'. ¡Ah!, no tener valor para
decirle esto... ¿Pero cómo?, ¡si no hay palabra que se preste a
decirlo!...».
La palpitación que sentía era tan fuerte que tuvo que sentarse. Se
ahogaba. En la región cardiaca, o cerca de ella, más al centro, sentía
el golpe de sangre, con duro y contundente compás. Era como si un
herrero martillase junto al mismo corazón, remachando a fuego una pieza
nueva que se acababa de echar.
«Esto es horrible. Si rompe, que rompa de una vez. ¡Ay de mí!... Si me
quisiera, el corazón se me curaría; como que no es enfermedad lo que
tiene, sino impaciencia... hormiguilla... ¿Qué habré hecho yo para ser
tan desgraciado? Ahora caigo en la cuenta de que no me he divertido
nunca. Todas mis aventuras han sido el deseo corriendo detrás del
fastidio. ¡Y cree la gente que yo he sido un hombre feliz, que yo estoy
enfermo de congestión de goces! ¡Estúpidos!».
Sin saber cómo ni por qué, ciertas impresiones de aquel día se
reprodujeron en su mente. Entre ellas la menos fugaz fue esta: Por la
mañana, entrando en el Retiro, se le puso delante uno de esos pobres
asquerosos que suelen pedir en los extremos de la población, y que a
veces se corren hasta el centro. Era un hombre cubierto de andrajos, y
que andaba con un pie y una muleta; la otra pierna era un miembro
repugnante, el muslo hinchado y cubierto de costras, el pie colgando,
seco, informe y sanguinolento. Mostraba aquello para excitar la
compasión. Era la pierna para él su modo de vivir, su finca, su oficio,
lo que para los mendigos músicos es la guitarra o el violín. Tales
espectáculos indignaban a Moreno, que al verse acosado por estos
industriales de la miseria humana, trinaba de ira. Pues cuando se volvía
para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su ágil muleta, se le
ponía otra vez delante, mostrándole la pierna. Al aburrido caballero se
le quitaban las ganas de dar limosna, y por fin la dio para librarse de
persecución tan terrorífica. Alejose del pordiosero, renegando. «¡Ni
esto es país, ni esto es capital, ni aquí hay civilización!... ¡Qué
ganas tengo de pasar el Pirineo!».
Pues bien, aquella noche, se le representó el pobre paralítico con tanta
viveza, que casi casi creía verle en su alcoba. Hubo un instante en que
la alucinación de Moreno llegó a ser tan efectiva, que se incorporó, y
cogiendo un libro que en la próxima silla estaba... «Mira, si no te
marchas con tu pierna podrida...». Después cayó otra vez su cabeza en el
sofá y se puso la mano sobre los ojos. «El infeliz se ha de buscar la
vida de alguna manera. No tiene él la culpa de que no haya en esta
tierra maldita establecimientos de beneficencia. Si le veo mañana, le
doy un duro... Vaya si se lo doy... ¡Qué envidia le va a tener mi tía
Guillermina! Volvámonos ahora para la pared, a ver si me duermo un poco.
Así; cerraré los ojos. No, mejor será que los abra, y que me figure que
quiero despabilarme.
Lo que se desea no se tiene nunca. Ea, figurémonos que hago esfuerzos
para no dormirme. ¿Y para qué quiero yo dormir? Mejor es estar así,
pensando uno en sus cosas. Estas rayas de papel, azules y verdes, se
quiebran a distancia de veinticinco centímetros; no, de veinte. La flor
gris alterna con la flor azul. Bonito dibujo. ¡Cómo se le quedaría la
cabeza al que lo inventó!... Y aquí hay una pequeña mancha... Creo que
si me pusiera a mirar la luz, me dormiría más pronto, Vuelta otra vez».
Miró la luz puesta sobre la mesa central, grande, redonda y cubierta con
rico tapete. La lámpara era de aceite, compuesta de dos candilones de
bronce unidos por un vástago. Ambas luces tenían pantallas verdes, con
añadidura de raso del mismo color, al modo de faldones que caían por una
sola parte de las dos circunferencias. La claridad se esparcía por la
mesa, y el resto de la habitación estaba en penumbra manchada, con
verdosa pátina de tapiz viejo. Sobre la mesa había unos guantes, varios
libros, dos retratos en bonitos marcos, uno de ellos del gordo Arnaiz,
una papelera, juego de té de finísima porcelana, una cajita de marfil y
otros objetos muy lindos. «Aquel guante--dijo Moreno--, que monta sobre
la papelera, parece exactamente un lebrel que corre tras la caza... ¡Qué
silencio tan solemne hay ahora! El chorrear de la fuente de Pontejos, es
lo que se siente siempre, y alguno que otro coche que pasa por la
Puerta del Sol... Son los trasnochadores, que se retiran. Así iba yo en
mi cab al salir del club de Picadilly... sólo que mi cab corría como
una exhalación y estos carruajes andan poco y parece que se deshacen
sobre los adoquines. ¡Y cómo se me refrescan las memorias...! Parece que
estoy mirando a aquella prójima que se me apareció una noche en
Haymarket, al salir de aquel Bar... ¡No me ha ocurrido otra...! ¡Y cómo
se parecía a esta tonta de Aurora Fenelón! Todo pasó, todo va cayendo
atrás revolviéndose en la estela que deja el barco...».
De repente dio un salto, y levantándose se puso a dar paseos.
«Mañana mismo me voy--dijo--, sí, me voy para siempre. ¡Morirme yo aquí,
para que me lleven en esos carros tan cursis! No; gracias a Dios que
tomo una resolución; y lo que es esta viene fuertecilla. Me ha entrado
de repente y con un empuje... No veo la hora de que amanezca para
mandarle a Tom que haga el equipaje. Mañana haré mis compras. No puede
uno ir de España sin llevar los regalitos de abanicos y panderetas...
¡Ay, qué feliz me siento con esta idea que me ha dado! ¡Irme!... ¡Si
esto debiste resolverlo hace tiempo! ¿Para qué estás aquí, para
consumirte más? Vamos, no dirá ella que no la obedezco; sus deseos son
órdenes. Me ha dicho: 'Amigo mío, vete', y me voy.
¿Me querrá cuando me vaya? ¿Pensará en mí...? Bien podría ser... ¡Si se
convenciera de que el amor que tiene a su marido es como echar rosas a
un burro para que se las coma, si se convenciera de esto...! Pero vaya
usted a esperar que se convenza. No puede ser. Quiere locamente a ese
mico, y se morirá queriéndole. A mí se me figura que le desprecia y le
ama: hay estos dualismos en el corazón humano. Pero yo digo: ¿no pasará
por su mente alguna vez la idea de quererme a mí? Me contentaría con
esto, con que la idea hubiera pasado una vez; vamos, dos veces. Bien
puede haber dicho: '¡qué bueno es este Moreno!, si yo fuera su mujer, no
me daría disgustos, y habríamos tenido un chiquillo, dos o más'. Quién
sabe... ¿Habrá dicho esto alguna vez? No sé por qué me figuro que sí lo
ha dicho. Qué sé yo... dentro de mí anida este convencimiento como un
germen de esperanza, como una semilla que está dentro de la tierra y que
no ha brotado pero que vive... Si me constara que ella se ha dicho esto,
yo al verla tan religiosa, me volvería el hombre más católico del
mundo... Por agradarle, ¡cuántas funciones y misas había de costear yo!
Y no haría esto con hipocresía, porque amándola, vendría la fe, la fe,
sí, que se ha ido yo no sé adónde... Creo que ya amanece. No tengo
sueño, ni lo tendré más. Mañana me voy, y me iría esta tarde, si tuviera
tiempo de arreglar el viaje... Y otra cosa.
¿Iré a despedirme de ella? No sé qué determinar. Si la veo no me voy.
¿Pues por qué no? Me iré. Ella me ha dicho que me vaya, desea que me
vaya. De lejos la querré lo mismo que de cerca, y ella me querrá tal
vez. Seré para ella como un sueño, y los sueños suelen herir el corazón
más que la realidad».
Volvió a echarse, y se entretuvo contemplando con errante mirada las
paredes de la habitación. Había allí un San José, cuadro grande, de
familia, que como pintura valía poco, pero Moreno lo tenía en gran
estima, porque estuvo muchos años en la alcoba donde él nació. Se
asociaba a las impresiones de su niñez aquel santo tan guapote,
reclinado sobre nubes, con su vara, su niño, y aquella capa amarilla
cuyos pliegues hacían competencia al celaje. Se le refrescó de tal modo
al buen caballero en aquel momento la memoria de su padre, que parecía
que le estaba viendo, y oyéndole el metal de voz. A su madre no la había
conocido, porque murió siendo él muy niño. También se acordó de cuando
su hermana y él (aquella misma hermana viuda que allí vivía), iban a la
casa del abuelito, en la Concepción Jerónima, cogidos de la mano. Y una
tarde, al revolver la calle Imperial, se perdieron, es decir, se perdió
ella, y él por poco se muere del susto. Pues un día que iba por la Plaza
de Provincia, vio el burro de un aguador, suelto: el dueño estaba en la
taberna próxima. Entráronle ganas a Manolito de montarse en el pollino,
y como lo pensó lo hizo. Pero el condenado animal, en cuanto sintió el
jinete salió escapado, y aunque el chico hacía esfuerzos por detenerlo,
no podía... Total, que llegó hasta la calle de Segovia, muy cerca del
puente. Y no fue que el burro se parara, sino que el jinete se cayó,
abriéndose la cabeza. Todavía tenía la señal. Por suerte, los hermanos
García, boteros, que tenían su taller de corambres debajo del
Sacramento, y le vieron caer, le conocían, y recogiéndole, le llevaron a
casa de su abuelito. ¡La que se armó allí! Acordábase D. Manuel de aquel
lance como si hubiera ocurrido el día anterior; veía a su abuelito, D.
Antonio Moreno, que todavía usaba chorreras, corbatín de suela y casaca
a todas las horas del día. Hasta en el almacén (droguería al por mayor),
estaba de frac. Pues luego vino el papá y estuvo dudando si pegarle o
no... Lo peor de todo, fue que al asno no se le vio más el pelo, y la
familia tuvo que pagar por él una fuerte indemnización. «Si parece que
fue ayer» decía Moreno, tocándose la frente, en el sitio donde estaba la
cicatriz.
Cuando ya clareaba el día, sintió ruido en la casa; mas al punto
comprendió lo que era. «Ya está en pie la rata eclesiástica. Ahora se
va a oír siete misas lo menos... y a tratar de tú a la Santísima
Trinidad. ¡Pobrecilla, qué sacará de eso!... Pero en fin, saque o no
saque, es una felicidad ser así...».
iv
Guillermina dio dos golpecitos en la puerta, y abriéndola un poco,
asomó por ella su cara sonrosada y sus ojos vivos. «Hijo, al ver la luz
en tu alcoba, dije: ese pobrecillo estará en vela todavía. Veo que
acerté. ¿Qué es eso?, ¿has pasado otra mala noche?».
--Ya lo ves. Pasa. No he dormido nada. ¿Y tú?
--¿Yo?, del lado que me acuesto, amanezco. No duermo más que cuatro
horas; pero van de un tirón. ¿No ves que llego a casa rendida? Y lo que
tengo que cavilar lo cavilo por el día.
--¡Qué felicidad! ¿Te vas ahora a misa?
--Sí, para lo que gustes mandar--replicó la santa; y su semblante recién
lavado despedía tanta frescura como regocijo.
--¡Y tan tranquila...!, porque tú estás muy tranquila... con tus misas
por la mañana, y el resto del día dando cada sablazo que tiembla el
misterio. ¿Sabes una cosa?, te tengo envidia... me cambiaría por ti...
--Pues tonto (avanzando hacia él), lo que yo hago es lo fácil, ¿qué más
tienes que... hacerlo?
--Siéntate un ratito--dijo Moreno, haciéndolo en el sofá y dando una
palmada en el asiento--. Más santidad que en oír siete misas, hay en
practicar las obras de misericordia, acompañando a los enfermos y dando
un ratito de conversación a quien se ha pasado toda la noche en vela.
Dime una cosa. ¿Cómo llevas las obras de tu asilo?
--¿Pues no lo sabes? (sentándose). Bien. Gracias a las almas
caritativas, la construcción va echado chispas. Jacinta lo ha tomado con
tanto calor, que hoy trabaja más que yo, y maneja el sable con un garbo
que me deja tamañita.
--Tienes unas amigas que valen cualquier cosa. Esta noche he pensado en
ti y en tus devociones. Te asombrarás si te digo que desde la madrugada
se me ha metido aquí un sentimiento desconocido, algo como ganas de
hacerme religioso, de pensar en Dios, de dedicarme a obras de piedad...
--¡Manolo!... (poniéndose muy seria). Si empiezas con tus bromitas, me
voy.
--No, no es broma--replicó él; y tenía en su cara tal expresión de
abatimiento, que la santa se quedó como lela mirándole...
--¿Pero estás de chanza o...? Manolo, ¿en qué piensas?... ¿Qué te pasa?
--Hay horas en la vida, que parecen siglos por las mudanzas que traen.
Hace un rato, verás ¡qué cosa tan extraña! Me acordé de un pobre que me
pidió limosna esta mañana... Era un infeliz que tiene una pierna
deforme y repugnante, llena de úlceras... Me pidió limosna y le arrojé
una moneda de cobre, diciéndole con horror: «Quítese usted de delante de
mí, so pillete». Pues esta noche he tenido aquí la visita de aquel
hombre... Le he visto, como te estoy viendo a ti, y primero me inspiraba
repugnancia, después compasión, y acabé por decirle: «¿Quieres cambiarte
conmigo?». Porque con su pierna podrida, su muleta y su libertad,
disfruta él de una tranquilidad que yo no tengo. Su conciencia está como
un charco empozado en el cual no cae jamás la piedra más pequeña. ¡Pobre
de mí!, cambiaría con él; cambiaría mi riqueza por su mendicidad, mi
corazón enfermo por su pierna inerte, y mi desasosiego por su paz. ¿Qué
crees tú?
--Creo que Dios te toca en el corazón--dijo la dama guiñando los ojos, y
poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la
cual tenía el libro de misa y el rosario--. No tienes tú cara de bromas.
Alguna procesión muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da
la vena por decirme herejías y hacerme rabiar, no creas que te he tenido
por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te
pasaras la vida entre protestantes y ateos, tú serías otro.
--¿Pero no sabes que me voy mañana?
--¿Te vas?, ¿de veras?--con vivo desconsuelo--.
Mal negocio. Buscando siempre la frialdad; huyendo siempre del calor de
la familia.
--No, si aquí es donde no me quieren--manifestó Moreno con aire sombrío.
--¿Que no te queremos? Vaya con lo que sales... Tontín, no digas
disparates.
--Mi vida está completamente truncada y rota. No hay manera de soldarla
ya... Cree que si me quisieran yo me quedaría aquí, yo sería bueno, y
por darte gusto a ti y a tus amigas, me haría muy religioso, muy amigo
de Dios y de la Virgen; emplearía todo mi dinero en obras de caridad,
protegería la devoción...
El asombro de la santa era tan grande, que no lo podía expresar. Abría
la boca, maravillada, cual si presenciara un milagro.
«Pero de veras que tú... Mira, hijo, si quieres que yo crea en ese
estado de tu espíritu, es preciso que me lo pruebes...».
--¿Cómo he de probártelo?
--Vamos a ver--dijo la virgen y fundadora, con resolución--. ¿A que no
haces una cosa?
--¿A que sí la hago?--¿A que no te vienes conmigo a San Ginés?
--A que sí. Levantose para tirar de la campanilla.
«Necesito verlo para creerlo--dijo Guillermina, echando de sus ojos
chispazos de alegría--. Deja, yo llamaré a Tomás. El pobre chico no se
habrá levantado todavía».
--Creo que sí... ¡Tom!...
--Yo te haré el té... Vamos, vete vistiendo.
Aquella salida matinal le agradaba, porque rompía las tediosas rutinas
de su existencia.
«Vaya que si voy a la iglesia... (disponiéndose con actividad febril). Y
oiré todas las misas que quieras, y rezaré contigo... Dime, ¿no va
Jacinta a esta hora a San Ginés?».
--Hombre, tan temprano no. Un poco más tarde que yo, suele ir Bárbara.
--Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los más
madrugadores, los más impacientes por cumplir y santificarnos... ¡Tom!
El inglés entró, y a poco, cuando ya su amo estaba vestido, le trajo el
té. Guillermina, sirviéndole el desayuno, le decía: «Abrígate bien, que
las mañanas están frescas. No sea cosa que por empezar tu vida nueva,
vayas a coger una pulmonía».
--Mejor... me he convencido de que vivir es la mayor de las sandeces--le
dijo él, bajando la escalera--. ¿Para qué vive uno? Para padecer. El
pobre de la pierna es el que lo pasa regularmente. Porque aquello no
duele. Lleva su pierna por delante como si fuera una cosa bonita que el
público desea conocer.
--Hay mucha miseria--observó la dama, tomando el tema por otro lado--, y
los que tenemos qué comer nos quejamos de vicio. Mientras más padezcamos
aquí, más gozaremos allá.
(El misántropo no dijo nada a esto. Seguía tan pensativo.)
«El mendigo de la pierna se irá al Cielo derechito, con su muleta, y
muchos de los ricos que andan por ahí en carretela, irán tan muellemente
en ella a pasearse por los infiernos. Yo le pido a Dios que me dé la más
asquerosa de las enfermedades, y... no me quiere hacer caso; siempre tan
sana. Paciencia; Él nos da siempre lo que nos conviene».
Tampoco a esto dijo nada Moreno. Entraron en San Ginés, y Guillermina se
fue derecha a la capilla de la Soledad, a punto que empezaba la primera
misa. Mientras esta duró, la ilustre dama, aunque no apartaba su
atención del Oficio, pudo advertir que su sobrino estaba tras ella,
cumpliendo con todo el ritual como cualquier devoto, arrodillándose y
levantándose en las ocasiones convenientes. Pero a la segunda misa
observole distraído e inquieto. Iba de un lado para otro, examinaba los
altares y las imágenes como si estuviera en un museo. Esto la disgustó,
y tal fue su incomodidad, que no se atrevió a comulgar aquel día, porque
no se encontraba con el espíritu absolutamente sereno y limpio. Ya en la
cuarta misa, el caballero aquel, no sólo se distraía sino que perturbaba
la devoción de los fieles, pasando delante de los altares, donde se
decía misa, sin hacer la más ligera genuflexión ni reverencia. «Tendré
que decirle que se vaya--pensaba la santa--. Esa no es manera de estar
en la iglesia».
Hallábase Moreno contemplando una imagen yacente, encerrada en lujosa
urna de cristal, cuando sintió a su lado este susurro:
«Bonita efigie ¿verdad? Es el Cristo que sacamos en la procesión del
Santo Entierro».
Volviose y vio a su lado a Estupiñá, calado hasta las orejas el gorro
negro de punto, señalando la imagen con gesto de cicerone.
«La mortaja de fina holanda la bordaron las señoras Micaelas, y es
regalo de doña Bárbara. Escultura soberbia... y es de movimiento, porque
le clavamos en la cruz o le descendemos según conviene».
Y como el caballero no le dijese nada, Plácido se alejó rezando entre
dientes. Sentose en un banco, y desde entonces, sin dejar de atender a
sus devociones, no le quitaba ojo al señor de Moreno, sin poder
explicarse su presencia en la parroquia. «Es lo que me quedaba que
ver--decía--, D. Manolo aquí... ¡él, que no tiene religión! Es que gusta
de ver las buenas imágenes... Por ahí empecé yo».
Menudo réspice le echó la fundadora a su sobrino cuando salieron. «Pero,
hijo, me has quitado la devoción con tus paseos por la iglesia. Ya decía
yo que te habías de cansar».
--Pues tía, para primer día de curso, no puedes quejarte. Todo es
empezar. Ya ves que oí una misita. ¿Qué querías? ¿Que fuera como tú? Te
aseguro que me satisfizo el ensayo. Pasé un rato muy agradable, en un
estado de tranquilidad que me ha hecho mucho bien. ¿Te quejas de que me
paseaba por la iglesia?... Es que cuando uno va a hacer vida nueva, le
gusta enterarse... Quería yo mirar bien las imágenes. Créelo; si
siguiera en Madrid, me haría amigo de todas ellas. Me gusta verlas tan
hermosas, con sus ropas de lujo y sus miradas fijas en un punto. Parece
que están viendo venir algo que no acaba de venir. Las que nos miran
parece que nos dicen algo cuando las miramos, y que efectivamente nos
han de consolar si les pedimos algo. Comprendo el misticismo; lo veo
claro... ¡Ay!, si yo me quedara aquí...
--¿Por qué no te quedas?... ¡Qué tonto!--le dijo la santa con
desconsuelo.
--¡Imposible!... me tengo que marchar... Y allá voy a estar muy triste;
como si lo viera...
--Entonces... quédate. ¿Quieres que te dé una ocupación? Buena falta te
hace. Te nombro sobrestante de mis obras, administrador de mis colectas
y sacristán mayor de mi capilla nueva, cuando esté concluida.
Moreno se echó a reír con gana.
«¡Monaguillo mayor...! Lo aceptaría. Te juro que lo aceptaría... Me
estoy volviendo enteramente infantil. ¡Monaguillo en jefe! Y yo
encendería las velas, yo quitaría el polvo a las imágenes y las pondría
tan guapas; ¡yo charlaría con las beatas...! No lo creerás; pero dentro
de mí está naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio
humilde».
--Si eres tú un buenazo. La ociosidad, lo mucho que te has divertido y
el esplín inglés te ponen así. Y yo te juro que te aburrirás más si no
vuelves a Dios tus miradas. Haz lo que yo, Manolo; dale un puntapié al
mundo; hazte chiquito para ser grande; bájate para subir. Tú ya no eres
pollo; tú no te has de casar ya. Ni te conviene el andar siempre de
viaje, como una carta con el sobre mal puesto, que recorre todas las
estafetas del mundo. Mujeres, ¿para qué sirven sino de perdición? Ten un
cuarto de hora de arrojo, y ofrécele a Dios lo que te queda de vida. No
es esto decir que te metas fraile: hay mil maneras de ganarse la dicha
eterna. Oye lo que se me ocurre. ¿Por qué no dedicas tu dinero, tu
actividad y todo tu espíritu a una obra grande y santa, no a una obra
pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de
Dios? Levanta de nueva planta un buen edificio, un asilo para este o el
otro fin, por ejemplo, un gran manicomio en que se recoja y cuide a los
pobrecitos que han perdido la razón...
--Tú tienes la manía de los edificios, y quieres pegármela a mí...
--Es lo primero que se me ha ocurrido. ¿Te parece mala idea? Un
manicomio modelo, como los que habrás visto en el extranjero. Aquí
estamos en eso muy atrasados. Harías una inmensa obra de caridad, y
Madrid y España te bendecirán.
--¡Un manicomio!--dijo Moreno, sonriendo de un modo que le heló la
sangre a su generosa tía--. Sí, no me parece mal. Y lo estrenaríamos tú
y yo...
v
Despidiose Guillermina a la puerta de la casa, para ir al asilo, y
él subió. ¡Cosa más rara! Apenas se cansaba al acometer la escalera.
Sentíase muy bien aquella mañana, el espíritu confortado, la palpitación
muy adormecida, el apetito despierto. Al entrar en su casa, pidió más
té, y mientras Tom se lo servía, le dijo en español:
«Mañana nos vamos. Haz el equipaje. Avisarás a Estupiñá... Que me haga
el favor de venir, para que me traiga de las tiendas algunas cosillas.
No puede uno ir de España a Inglaterra sin llevar a los amigos alguna
chuchería que tenga color local».
Luego siguió hablando consigo mismo: «Es un mareo. Si no lleva usted
panderetas con figuras de toros, chulos u otras porquerías así, se lo
comen vivo. Veremos si encuentro algunas acuarelas. También necesito
mantas, moñas de toros, y trataré de encontrar algún cacharro de
carácter. No hay peor calamidad que ser amigo de coleccionistas».
Estupiñá, que en aquella temporada frecuentaba el trato de Moreno, por
haberle este confiado la administración de su casa de la Cava, se
presentó dispuesto a llevarle todo el contenido de las tiendas de Madrid
para que escogiese. Panderetas de las más abigarradas, abanicos y
algunos cuadritos fueron llegando sucesivamente en todo el transcurso
del día, y D. Manuel escogía y pagaba. Aquello le entretuvo
agradablemente, y se reía pensando en la felicidad que iba a repartir
entre sus amistades londonenses. «Esta suerte de picas con el caballo
pisándose las tripas está pintiparada para las de Simpson, que son tan
marimachos. Esta pandereta, con la chula tocando la guitarra, para
miss Newton. Si ella viera los originales, ¡qué desilusión! Esta
pareja del andaluz a caballo y la maja en la reja pelando la pava, para
la sentimental y romancesca mistress Mitchell, que pone los ojos en
blanco al hablar de España, el país del amor, del naranjo y de las
aventuras increíbles... ¡Ah!, este D. Quijote reventando a cuchilladas
los cueros de vino, para el amigo Davidson, que llama a D. Quijote _don
Cuiste_, y se las tira de hispanófilo... Bien, bien. De cacharros
estamos tal cual. Estos botijos son horribles. Toda la cerámica moderna
española no vale dos cuartos. A ver, Plácido, ¿serías tú capaz de
buscarme un vestido de torero completo?... Lo quiero para un amigo que
sueña con ponérselo en un baile de trajes... Estará hecho un mamarracho.
Pero a nosotros no nos importa. ¿Podrás buscármelo?».
--Pues ya lo creo--dijo Plácido, para quien no había nunca dificultades
tratándose de compras--. ¿Usado o sin usar?
--Hombre, sin usar... En fin, como le encuentres...
Salió Estupiñá como si Mercurio le hubiera prestado sus alados
borceguíes, y a poco entró el doméstico, a quien su amo tenía también
ocupado en la busca de ciertos encargos. Tom se había aficionado mucho a
los toros; no perdía corrida, y entre sus amigos contaba a varias
eminencias del arte del cuerno. Por esto le dio Moreno el encargo de
buscarle alguna moña, de las que guardan los aficionados como veneradas
reliquias, y convenía que tuviesen manchas de sangre y muchos pisotones,
con señales de la trágica brega. Muy desconsolado entró el inglés,
diciendo que no encontraba moñas ni aun ofreciendo por ellas un ojo de
la cara.
«Mira, chico--le dijo su amo--, no te apures. Puesto que no se
encuentran moñas, llevaremos otra cosa. ¿Has visto por ahí, en el Prado
y Recoletos, a un tío muy feo que lleva una cesta y en ella, puestos en
cañas, formando como un gran árbol, multitud de molinillos de papel
dorado y plateado y de todos los colores...? ¿sabes?, ¿molinillos que
dan vueltas con el viento, y que los niños compran por dos o tres
peniques? Pues tráete una docena, los llevamos y decimos que esas son
las moñas que se les ponen a los toros cuando salen a la plaza, brrrr...
reventando al mundo entero con aquellos cuernos tan afilados... Y se lo
creen... Si conoceré yo a mi gente».
Tom se reía; pero en su interior rechazaba aquella superchería por dos
móviles de conciencia, el móvil de la rectitud inglesa y el de la
formalidad del aficionado a toros. Con el fraude propuesto por su amo se
cometían dos graves faltas, engañar a una nación y ultrajar el
respetable arte de la Tauromaquia, el verdadero sport trágico. No sé
qué se decidió de esto. En tanto Rossini llenaba la casa de abanicos y
panderetas, y Moreno escogía y pagaba, entreteniéndose luego en
envolverlos en papeles y en ponerles rótulos con el nombre del
destinatario.
Había resuelto hacer muy pocas visitas de despedida, pretextando el mal
estado de su salud. Después de almorzar, bajó al escritorio, y se ocupó
de liquidar y poner en claro su cuenta personal. No intervenía en ningún
negocio; y el trabajo de banca, que en otro tiempo le había gustado
tanto, aburríale ya. Pero aquel día pareció que se le despertaban las
aficiones, porque habló largamente de negocios con Ruiz Ochoa,
recomendándole no dejase de interesarse en alguna subasta de pastas de
oro para el Banco. «Me parece que este año he de comprar algún oro...
Bien podéis andar aquí con mucho pulso en eso de acuñar tanta plata,
porque este metal va para abajo y ha de ir mucho más. Al precio que
tienen aquí las libras, vale más expedir oro, y por mi parte, me he de
llevar todo el que pueda». En esto entró Ramón Villuendas, preguntando a
cómo tomaban las libras, y la conversación vino a recaer sobre el mismo
tema. Él estaba mandando oro y más oro...
«Este pico, dádselo a Guillermina» dijo Moreno al ver, en la cuenta de
alquileres de sus casas, un sobrante con que no contaba.
Entraron otras personas y se habló de muy diferentes cosas. Mientras
duró aquella conversación, pensaba Moreno si iría o no a despedirse de
los de Santa Cruz. Si no iba, se ofendería quizás su padrino, y yendo,
podían sobrevenirle contrariedades mayores, incluso la de arrepentirse
del viaje y aplazarlo... No había más remedio que ir. ¿Pero a qué hora?
¿A la de comer? Titubeaba, y de vuelta a su casa, estuvo discurriendo un
largo rato sobre aquel problema de la hora. «Adoptado un partido--se
dijo--, lo mejor será que no la vea más en carne y hueso, porque lo que
es en idea, viéndola estoy a todas horas. ¡Qué chiquillo me he
vuelto!... En fin, tengo tiempo de pensarlo de aquí a mañana, porque lo
que es hoy, no iré».
A eso de las cinco fue el misántropo a una tienda de la Plaza Mayor a
ver las mantas granadinas con que quería obsequiar a sus amigos
ingleses. Allí estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso
mandarle con Plácido lo mejor que tenía, para que escogiese. Ya era casi
de noche, y valía más que el señor examinase de día el género. Así se
convino y volviose a su casa. Al entrar en el portal sintió un golpecito
en el hombro. Era Jacinta que le pegaba un paraguazo. Quedose el buen
señor como si le hubieran dado un tiro. Quiso hablar y no pudo. Jacinta
le cogió del brazo, y rebasados los primeros escalones, empezó el
diálogo.
«¿Con que al fin se va usted?».
--Al fin me arranco. Ya era tiempo...
--Pero qué, ¿se cansa usted mucho hoy...? Pues vamos despacio, más
despacio si usted quiere... ¡Ah!, ya me ha contado Guillermina que hoy
estuvo usted muy santito... Así me gusta a mí la gente.
--¿Por qué no fue usted a verme?... ¡Estaba yo más salado...!
--Si no lo sabía. ¿Vuelve usted mañana?
--¿De veras que va usted a ir a verme?... ¡Cómo se reirá de mí!
--¡Reírme! ¡Qué cosas se le ocurren! Iré a tomar ejemplo.
--¿A que no va?--¿A que sí?--Pues allí me tendrá, haciéndole la
competencia a Estupiñá... Verá usted, verá usted... cada día más.
--¡Cada día! ¿Pero no se va usted mañana?
--Es verdad, no me acordaba... Bueno, pues no me iré.
--Eso no; le conviene a usted marcharse, y allí seguirá haciendo su
noviciado.
--Allá no vale.--¿Cómo que no vale?--Porque allá me cogen por su cuenta
unas amigas protestantes que tengo, y que quiera que no, me hacen
renegar... Usted tendrá la culpa; sobre su conciencia va. ¿Conque me
quedo o me voy?
--Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle.
Haga usted lo que le parezca mejor... Vaya, por fin llegamos. ¿Se ha
cansado usted mucho?
--Un poquitito... pero con usted siempre contento. ¿Quiere usted volver
a bajar?
--¿Otra vez?--Sí, para volver a subir... Como si quisiera usted ir al
cuarto piso.
--No me lo perdonaría, si usted me acompañaba, fatigándose tanto.
Entraron, y Jacinta se metió en el cuarto de la santa. Moreno fuese al
suyo y se dejó caer en el sofá, echándose el sombrero para atrás.
Pensaba descansar un ratito y pasar luego a la habitación de
Guillermina. «No, no paso; no quiero verla más. ¿Para qué atormentarme?
Se acabó. Pongámosle encima una losa». Al poco rato, sintiendo que
Jacinta salía, acercose a la puerta con ánimo de verla. Pero no puedo
ver nada. Como aún no habían encendido la luz del recibimiento, sólo
columbró un bulto, una sobra y pudo oír dos o tres palabras que se
dijeron, al despedirse, Jacinta y la rata eclesiástica. Esta fue
entonces al cuarto de su sobrino, y hallole dando vueltas en él. «¿Qué
tal te encuentras, catecúmeno?» le dijo con mucho cariño.
--Regular, casi bien... Espero dormir esta noche.
--Recógete temprano.--Eso pienso hacer... y mañana... Oye una cosa: ¿no
te ha dicho Jacinta que mañana pienso volver a San Ginés?
--No, no me lo ha dicho.--¿No te ha dicho que ella iría a verme tan
devoto?
--No... no hemos hablado una palabra de ti.
--¿Ni dijo que había subido conmigo y que...?
--No... nada. Moreno sintió que la horrible pulsación de su pecho era
anegada por una onda glacial. En aquel punto tuvo que sentarse, porque
le flaqueaban las piernas, y se le desvanecía la cabeza.
«Pues si quieres volver mañana, yo vendré a llamarte. Se entiende, si
pasas buena noche».
--Iremos a pasar un rato--dijo Moreno de una manera lúgubre--, y a
echarle a mi desesperación una hora de esparcimiento, como se le echa
carne a una fiera para que no muerda.
--Si tú le pidieras al Señor... pero bien pedido... que te curara esos
esplines, te los curaría... Pídeselo, hijo; ¡pero si sabré yo lo que
me digo!
--¿Qué has de saber tú?... ¿Qué has de saber lo que hay del lado de allá
de la puerta negra?
--¿Ahora sales con eso?... Tú podrás haber perdido parte de la fe; pero
toda no se pierde nunca. Esas cosas se dicen sin creer en ellas, por
fatuidad. Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente...
--No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada--le dijo Moreno con
énfasis, complaciéndose en mortificarla.
--Todo sea por Dios... Entonces, ¿para qué vienes conmigo a la iglesia?
--Toma, por distraerme un rato, por verte a ti, por ver a Estupiñá,
figuras raras de la humanidad, excentricidades, tipos, como todo esto
que yo llevo a Londres para los aficionados a lo característico y al
color local.
Guillermina daba suspiros. No quería incomodarse.
«Para rarezas tú...--dijo al fin echándose a reír--. A ti sí que te
debían enseñar por las ferias... _a dos reales, un real los niños y
soldados_. Cree que ganaba dinero el que te expusiera».
--Con un cartelón que dijese: «se enseña aquí el hombre más desgraciado
del mundo».
--Por su culpa, por su culpa; hay que añadir eso. Ser desgraciado y no
volver los ojos a Dios es lo último que me quedaba que ver. Eso es,
bruto, encenágate más; hazte más materialista y más gozón, a ver si te
sale la felicidad... Eres un soberbio, un tonto... Mira, sobrino, me
voy, porque si no me voy te pego con tu propio bastón.
Y él estaba tan abstraído que ni siquiera la sintió salir.
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Comió con regular apetito en compañía de su hermana y de
Guillermina. Cuando concluyeron, dijo a esta que había dado orden en el
escritorio de que le entregaran el sobrante de su cuenta personal, con
cuya noticia su puso la fundadora como unas castañuelas, y no pudiendo
contener su alegría, se fue derecha a él, y le dijo: «¡Cuánto tengo que
agradecer a mi querido ateo de mi alma! Sigue, sigue dándome esas
pruebas de tu ateísmo, y los pobres te bendecirán... ¿Ateo tú? ¡Ni
aunque me lo jures lo he de creer!». Moreno se sonreía tristemente. Tal
entusiasmo le entró a la santa, que le dio un beso... «Toma, perdido,
masón, luterano y anabaptista; ahí tienes el pago de tu limosna».
Sentíase él tan propenso a la emoción, que cuando los labios de la santa
tocaron su frente, le entró una leve congoja y a punto estuvo de darlo a
conocer. Estrechó suavemente a la santa contra su pecho, diciéndole: «Es
que lo uno no quita lo otro, y aunque yo sea incrédulo, quiero tener
contenta a mi rata eclesiástica, por lo que pudiera tronar. Supongamos
que hay lo que yo creo que no hay... Podría ser... Entonces mi querida
rata se pondría a roer en un rincón del cielo para hacer un agujerito,
por el cual me colaría yo...».
--Y nos colaríamos todos--indicó la hermana de Moreno, gozosa, pues le
hacían mucha gracia aquellas bromas.
--¡Vaya si le haré el agujerito!--dijo Guillermina--. Roe que te roe me
estaré yo un rato de eternidad, y si Dios me descubre y me echa una
peluca, le diré: «Señor, es para que entre mi sobrino, que era muy
ateo... de jarabe de pico, se entiende; y me daba para los pobres». El
Señor se quedará pensando un rato, y dirá: «Vaya, pues que entre sin
decir nada a nadie».
A las diez estaba el misántropo en su habitación, disponiéndose para
acostarse. «¿Se te ofrece algo?» le dijo su hermana.
--No. Trataré de dormir... Mañana a estas horas estaré oyendo cantar el
botijo e leche. ¡Qué aburrimiento!
--Pero, hombre, ¿qué más te da? Con no comprárselo si no te gusta... Si
esa gente vive de eso, déjales vivir.
--No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran--replicó Moreno
con energía--. Lo que no quita que me cargue mucho, pero mucho, oír el
tal pregón...
--Vaya por Dios... Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia.
Después llegó Tom, y la hermana de Moreno se retiró a punto que entraba
Guillermina con la misma cantinela: «¿Quieres algo?... A ver si te
duermes, que no es mal ajetreo el que vas a llevar mañana. Mira; de
París telegrafías, para que sepamos si vas bien...».
Daba algunos pasos hacia fuera y volvía: «Lo que es mañana no te llamo.
Necesitas descanso. Tiempo tienes, hijo, tiempo tienes de darte golpes
de pecho. Lo primero es la salud».
--Esta noche sí que voy a dormir bien--anunció D. Manuel con esa
esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancolía--. No tengo
sueño aún; pero siento dentro de mí un cierto presagio de que voy a
dormir.
--Y yo voy a rezar porque descanses. Verás, verás tú. Mientras estés
allá, rezaré tanto por ti, que te has de curar, sin saber de dónde te
viene el remedio. Lo que menos pensarás tú, tontín, es que la _rata
eclesiástica_ te ha tomado por su cuenta y te está salvando sin que lo
adviertas. Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te
encuentres de la noche a la mañana con todas esas máculas ateas bien
curadas, dirás «¡milagro, milagro!» y no hay tal milagro, sino que
tienes el padre alcalde, como se suele decir. En fin, no te quiero
marear, que es tarde... Acuéstate prontito, y duérmete de un tirón siete
horas.
Le dio varios palmetazos en los hombros, y él la vio salir con
desconsuelo. Habría deseado que le acompañase algún tiempo más, pues sus
palabras le producían mucho bien.
«Oye una cosa... Si quieres llamarme temprano, hazlo... Yo te prometo
que mañana estaré más formal que hoy».
--Si estás despierto, entraré. Si no, no--dijo Guillermina volviendo--.
Más te conviene dormir que rezar. ¿Necesitas algo? ¿Quieres agua con
azúcar?
--Ya está aquí. Retírate, que tú también has de dormir. Pobrecilla, no
sé cómo resistes... ¡Vaya un trabajo que te tomas!...
Iba a decir «¿y todo para qué?» pero se contuvo. Nunca le había sido tan
grata la persona de su tía como aquella noche, y se sintió atraído hacia
ella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa, y a poco, Moreno
ordenó a su criado que se retirara. «Me acostaré dentro de un
ratito--dijo el caballero--; pues aunque creo que he de dormir, todavía
no tengo ni pizca de sueño. Me sentaré aquí y revisaré la lista de
regalos, a ver si se me queda alguno. ¡Ah!, conviene no olvidar las
mantas. La hermana de Morris se enfadará si no le llevo algo de mucho
carácter...». La idea de las mantas llevó a su mente, por
encadenamiento, el recuerdo de algo que había visto aquella tarde. Al ir
a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo,
tropezó con una ciega que pedía limosna. Era una muchacha, acompañada
por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestría, que
Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente
fea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del casco
los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tenía la cara
llena de cicatrices de viruelas. Sólo dos cosas bonitas había en ella:
los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina, con
vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de
punzadora nostalgia. «Esto sí que tiene carácter» pensaba Moreno
oyéndola, y durante un rato tuviéronle encantado las cadencias
graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del
teatro. La letra era tan poética como la música.
Moreno había echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero le
pareció mucho, y sacó dos peniques (digo, dos piezas del perro), y se
fue.
Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su
fealdad y su canto bonito, que creía estarla viendo y oyendo. La popular
música revivió en su cerebro de tal modo, que la ilusión mejoraba la
realidad. Y la jota esparcía por todo su ser tristeza infinita, pero que
al propio tiempo era tristeza consoladora, bálsamo que se extendía
suavemente untado por una mano celestial. «Debí darle la peseta» pensó,
y esta idea le produjo un remordimiento indecible. Era tan grande su
susceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que recibía eran
intensísimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvían lo
más hondo de sus entrañas. Sintió como deseos de llorar... Aquella
música vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de
cuerdas armoniosas. Después alzó la cabeza y se dijo: «¿Pero estoy
dormido o despierto? De veras que debí darle la peseta... ¡Pobrecilla!
Si mañana tuviera tiempo, la buscaría para dársela».
El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Después Moreno advirtió el
profundísimo silencio que le envolvía, y la idea de la soledad sucedió
en su mente a las impresiones musicales. Figurábase que no existía nadie
a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid
desierto. Miró un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas le
asaltaron. Eran las ideas principales, como si dijéramos las ideas
inquilinas, palomas que regresaban al palomar después de pasearse un
poco por los aires. «Ella se lo pierde...--se dijo con cierta convicción
enfática--. Y en el desdén se lleva la penitencia, porque no tendrá
nunca el consuelo que desea... Yo me consolaré con mi soledad, que es el
mejor de los amigos. ¿Y quién me asegura que el año que viene, cuando
vuelva, no la encontraré en otra disposición? Vamos a ver... ¿por qué no
había de ser así? Se habrá convencido de que amar a un marido como el
que tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios, aquel buen Señor que
está acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima,
aquel mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera.
¡Oh!, sí, el año que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para acá.
Ya verá mi tía si me hago yo místico, y tan místico, que dejaré
tamañitos a los de aquí... ¡Oh!... mi niña adorada bien vale una misa. Y
entonces gastaré un millón, dos millones, seis millones, en construir un
asilo benéfico. ¿Para qué dijo Guillermina? ¡Ah!, para locos; sí, es lo
que hace más falta... y me llamarán la _Providencia de los
desgraciados_, y pasmaré al mundo con mi devoción... Tendremos uno, dos,
muchos hijos, y seré el más feliz de los hombres... Le compraré al
Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y...».
Se levantó, y después de dar dos o tres paseos, volvió a sentarse junto
a la mesa donde estaba la luz, porque había sentido una opresión
molestísima. Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con
fuerza abrumadora, acompañadas de un sentimiento de plenitud torácica.
«¡Qué mal estoy ahora!... pero esto pasará, y me dormiré. Esta noche voy
a dormir muy bien... Ya va pasando la opresión. Pues sí, en Abril
vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que...».
Tuvo que ponerse rígido, porque desde el centro del cuerpo le subía por
el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiración.
Alargó el brazo como quien acompaña del gesto un vocablo; pero el
vocablo, expresión de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo
salir de sus labios. La onda crecía, la sintió pasar por la garganta y
subir, subir siempre. Dejó de ver la luz. Puso ambas manos sobre el
borde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoyó la frente en ellas
exhalando un sordo gemido. Dejose estar así, inmóvil, mudo. Y en aquella
actitud de recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre.
La vida cesó en él, a consecuencia del estallido y desbordamiento
vascular, produciéndole conmoción instantánea, tan pronto iniciada como
extinguida. Se desprendió de la humanidad, cayó del gran árbol la hoja
completamente seca, sólo sostenida por fibra imperceptible. El árbol no
sintió nada en sus inmensas ramas. Por aquí y por allí caían en el mismo
instante hojas y más hojas inútiles; pero la mañana próxima había de
alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos.
Ya de día, Guillermina se acercó a la puerta y aplicó su oído. No sentía
ningún rumor. No había luz. «Duerme como un bendito... Buen disparate
haría si le despertara». Y se alejó de puntillas.