Parte 4 — Capítulo VI: Final
Parte 4 — Capítulo VI: Final
i
Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se
puede?».--«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la
botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de
persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con
chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!--pensaba Ballester al
saludarla, apretándole mucho la mano--. ¡Lástima de mujer!».
«Ayer no pasó usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no sabía
quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las
noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...».
A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido
personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo
con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la
carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.
«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--.
Tiene a quien salir por una y otra banda.
--Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted
qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo
viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho.
Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.
--Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo
prometió la última vez que nos vimos.
--Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.
--Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy
inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?
--Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.
--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no
paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.
Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho,
y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más
hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos--pensaba--; pero de amistad,
de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que
quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar
noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran
curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos
los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el
muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto
físico...».
--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--. Si es una preciosidad. Más
perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para
que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de
venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!
Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó
así: «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan
mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce».
--¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.
--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil
de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. _Doña
Desdémona_, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros,
le llama, y lo que él dice, se hace.
--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice.
Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni
supiera que estoy viva.
--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.
--¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe
usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de
tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester;
mire que estoy temblando de miedo.
--¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas
sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo
mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un
disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el
sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se
puede llamar sentimiento.
--No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las
tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día...
La conversación pasó de Maximiliano a las Samaniegas, mostrando
Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una
mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se
viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar
una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me
duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce».
Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora
la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema:
«¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos
hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues
verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle
guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta
que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.
Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha
evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es
de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba
de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde,
mal y nunca, él tan conforme en su sacerdocio; lo toma en serio, y le
parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha
hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado.
¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está
enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las
medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole
que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque
no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la
compra. Yo le digo que abandone el sacerdocio y que deje a los
autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme
conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo
tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La
noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto
y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la
obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es
magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de
que en los círculos literarios se habla mucho, etc... Le digo a usted que
me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En
bálsamo tranquilo le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el
extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá
es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale
cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy
hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce!
Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción
estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi
vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy
con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la
crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más
debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos
se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo
de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con
qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de
familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que,
según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos
largamente en la botica, que llamamos el círculo literario, y le voy
engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le
digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete osos, y
lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi
protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!».
--¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen
chico, y usted empeñado en darle la morcilla.
--¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para
otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién
es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya
zampado, porque se la tiene que comer, como este es día.
En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó
considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras:
envido a la chica, órdago a los pares.
«Es mi tío José--dijo Fortunata--, que está jugando al mus con su amigo.
Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama,
porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan
una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle
compañía».
Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No
conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era
nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no
recordaba dónde ni cuándo.
ii
La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo,
no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero
a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos,
ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles
a los tres con apretado lazo.
Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las
ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a Platón y a Ido del
Sagrario, a quien solía llamar maestro. Siempre que iba por las noches
el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos
lo indecible.
Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el
corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en
tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros
y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora
de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser
puros y desinteresados sus actos de caridad, y habrían sido lo mismo aun
en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo
atractivo personal.
Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus
pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se
atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.
Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era
forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se
le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora
sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo
soy madre del único hijo de la casa, madre soy, bien claro está, y no
hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo
aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley
ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos,
yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La
verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la
Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la mona del Cielo
el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver
delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué
envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a
poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto...
Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella
debajo, la perdono; yo soy así».
«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de
cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que
es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y
cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara
le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve
loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca
podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy
requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una
servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían
nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace
tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el
pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es
porque yo sea interesada.
Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo
que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi
suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte
por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto».
Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes
afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a
cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dormía,
continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas
noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su
idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el bilboquet.
Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien,
ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo
prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le
ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era
muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el
pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría
delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se
ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le
tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más
de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le
echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara,
chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera
estancia. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca,
encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la
calle!'».
--Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven
sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del
Cielo.
Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana,
gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer
todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le
decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de
Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por
las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas...
Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos
respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y
Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso
instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía
los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con
mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza,
Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es,
saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y
su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el
hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, talmente
clavado...».
«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?--dijo la madre, radiante de
gozo--. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo?
Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me
parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?».
El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como
indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con
Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y
se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por
conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que
ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme».
Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a
doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de
sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel
día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las
orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de
este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá?
Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que
quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo
que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verídico
nieto natural_ de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la
otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo
digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios
me dijo a mí: tú pitarás; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña
Bárbara se chifló por el Pituso falso, ¡cómo no se dislocará por el de
oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y
de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa
primero de todos es mi amiga la obispa. ¿Apostamos a que viene a
verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene
preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene
razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones».
Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar
réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura
estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era
ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la
mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.
iii
El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana
de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo
y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a
Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó
mucho al maestro a que tomara un biftec; pero D. José lo rehusó,
aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la
sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se
trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y
otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y
también les hizo escrúpulos el profesor; no así el modelo, que se
llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se
perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras
comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como
él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se
fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y
ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por
una grande de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de
dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y
cuentan las crónicas platónicas, que antes de llegar a la mitad del
segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había
levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el
sofá de Vitoria y dormía como un verídico bruto, el sombrero sobre los
ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se
llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido
fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana
ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a
reparar lo que de reparación era susceptible.
Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse.
Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama,
pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo
Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y
satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la
familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su
madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota
más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable Platón, cual
monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún
monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o
invocaciones poéticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulación
febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de
un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D.
José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la
plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta.
¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron
estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano.
Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción
que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue
echarle los brazos al nene, decidida a comerse a bocados a quien
intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin
dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de
ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad
se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero
sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su
expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y
le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío--dijo
alzando la voz--. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada
respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se
paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.
«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me
acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni
el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban.
«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fría
bondad--. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de
malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea
estúpida voló... por fortuna de todos».
Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso
sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía
mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó.
«Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosiguió Rubín--, sé todo lo que
te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y
a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero
luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan
completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la
familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a
decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué,
¿no lo crees?».
Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y
esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas
y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en
actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el
niño. Con gran serenidad habló así:
«Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la
mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad
tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio
imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me
volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los
enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar».
Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán
no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.
«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si
lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo
sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme
contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la
he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y
observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me
las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a
anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que
vienen de arriba sanan, curan y fortalecen».
--Pero este hombre--se decía Fortunata--, ¿está cuerdo o está más loco
que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le
puede aguantar.
Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si
trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna
de sus partes, pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo
estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en
realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido
a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el
convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé
que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.
Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me
falta--decía yo--, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de
otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu
pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la
cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la
liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el
asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el
pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué
malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan
ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los
disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las
novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo
cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?».
Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos,
siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar
preparada a cualquier agresión.
«Después me atacó lo que yo llamo la Mesianitis... Era también una
modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un
padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte
a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como
una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel
absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos
fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto
mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre
apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y
limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste».
Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a
inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos
por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario,
señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta,
echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el
aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de
nada.
Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo
aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales
sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi
razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos;
con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi
ser, que había pasado por tantos cataclismos; con ella me penetré bien
de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de
homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de
hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y
conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si
pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo
miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con
que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus
razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho
a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso
de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'».
--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--. ¿Pero este hombre está cuerdo
o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi
vida le he oído...?
--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--. El derecho a nacer, ¿no es
el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner
estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que
viviendo aprenderán.
«Nada, para mí está peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice
podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada».
--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--. No
sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.
--Sí, es verdad; pero...--¿Pero qué...?--Tú dirás que gato escaldado del
agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella
conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo.
Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos
hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo:
«Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar».
--¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te
convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha
entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso?
Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la
tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para
decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto
jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer
daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré
algo que te aprovechará.
Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle,
permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus
manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y
estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha,
ligeramente fruncido el ceño.
«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y
los buenos se aniquilan en la esterilidad».
iv
«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata
gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de
Ido del Sagrario, la joven le dijo: «¿Pero qué hace usted que no
despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no
viene!».
Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor
con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da
mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él
quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo».
Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta
de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido: «Señor D.
José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que
las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana
de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al
canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni
piedra».
Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será
verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas
cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que
se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el
gran susto».
«¡Se parece a tu enemigo!--repitió Maxi, volviendo a la idea que le
había excitado ligeramente--. Es una desgracia para él. Y si en lo moral
saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las
culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo
lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará
muchos disgustos».
A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla.
Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver
si se aburría y se marchaba pronto.
«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--. Su papá es de
oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni
siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten
por cierto que no vendrá».
--¡Quién sabe!...--se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba
la garganta.
--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.
--Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.
--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica.
Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.
Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy
sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con
actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.
«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas
en regenerarte».
La Pitusa tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la
almohada tenía, empezó a abanicarse.
--Es preciso que lo sepas--volvió a decir Maxi con cierta frialdad
implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no
se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.
--¡Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a
la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la
colcha.
--Sí, con otra mujer a quien tú conoces.
El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas,
y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso
sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como
para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le
dijo: «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz».
--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está
enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la
maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte.
Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible
puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me
encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una
lección, una simple lección.
Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.
--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose.
--Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la
medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu
conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo
que tú robaste? Pues te lo voy a decir.
Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la
cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a
los ojos, dijo a su marido:
«Me lo tienes que decir».
--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A.
--¡Aurora, Aurora es!--exclamó la joven dando un salto en su lecho, y
mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido
una bofetada.
--Ella es.--Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy
bajito, y yo no lo quería creer.
--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.
--Tú me engañas, tú me engañas--replicó la joven en actitud de
Dolorosa--. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes
con esta historia.
--Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo--manifestó Rubín con
implacable frialdad.
--¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose
extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe
lo que se dice.
--¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero
tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí
tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora
sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos
hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al
obrador, y a donde va es a...
--Cállate; te digo que te calles--gritó Fortunata retorciéndose los
brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador.
--¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar
a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran?
¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y
mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?
La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre,
que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un
hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo
confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y...
nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo
enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.
«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.
--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y
ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un
tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa
hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de
mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en
el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le
arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero
levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!
--Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he
vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por
todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...
--Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).
--Es que las lecciones me han valido.
--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.
--¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y
tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no
habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado
pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho,
cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí
otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas
de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo...
Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una
consecuencia lógica que un puñal.
--¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--gritó
la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.
--No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la
reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella
aprenda. Y tú has aprendido.
--¡Pues si yo les llego a ver...!
--Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras
y pasas...
--Tú no eres hombre... Tú no eres nada--exclamó la joven con
desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si
la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!
--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.
--¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo
que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más,
mucho más.
--Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia,
cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un
revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.
--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. ¿Por qué no lo hiciste?
Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes
derecho a hacerlo.
--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.
«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en
un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».
--Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho,
cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho,
tapándoselo y sin saber qué hacer).
--¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?
--¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección?
A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.
--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito? Al oír
esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al
chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.
La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en
la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas
semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener
niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la
situación; y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella
boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al
tagarote inútil de don José Ido, el cual, viéndose insultado, a su
parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los
músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro
hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es--decía--, yo no sé lo que
es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue
porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones
tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y
cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo...
profesor en partos... intelectuales».
v
«Cállese usted, so guillati--chillaba Segunda, que por los
movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con
un par de bofetadas la frágil persona del profesor idumeo--. La culpa
la tiene este morral que está aquí durmiéndola».
Obra de romanos fue el despertar a Platón; por fin, su hermana le tiró
de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del
modelo, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el
piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas,
y escupiendo más hostias que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que
ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El
lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por
lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido.
Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así:
«¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un
genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con
la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!,
va solutamente a la calle».
Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata,
que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda
manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este
increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y
fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba
abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos,
mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya
decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los
planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando
ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban
comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente:
«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».
--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?
--Poco menos--replicó el hablador entrando sin pedir permiso y
dirigiéndose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la señora casera.
Mucho orden, señores, mucha formalidad.
Lo mismo fue oír Platón que la señora de Pacheco venía, que el temor
de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó
la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que
la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el
cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no
tendría dónde meterse para evitar su encuentro.
Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que
Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería
hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo
tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si
quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso
de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que
no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve,
acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera
esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue
su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una
vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no
parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni
con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.
«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho,
mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la
boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y
demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de
Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni
el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la
joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra
molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad
estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya
oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el Pituso legítimo, el de
la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío
José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el
diablo».
--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que
como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.
Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido,
Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como
el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una
moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio
un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así:
«¡Buena la hemos hecho, buena!...».
Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.
--Señora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto
que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdón...
--¡A mí!, perdón... ¿de qué?
--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana
en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me
porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo
guardo a ella, porque...
¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos
está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra,
una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora,
no quedará así...
--No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con
reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que
tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas...
Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y
lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle
el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!».
¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí--pensaba
la Pitusa--, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la
pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella
estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es;
le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su
padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios
al mundo'».
«Cuando usted esté buena, hablaremos--indicó la santa con ánimo ya de
retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas;
sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para
concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure,
le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de
hacerle ascos. Es preciso criarle bien».
--Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!--replicó la otra contrariada--. ¿Qué cree
usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo.
--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y
cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos
de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva...
Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían
y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse:
«Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo...
Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es
usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha
dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también
abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo
que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No
me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.
¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós,
adiós».
Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la
voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote.
Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que
disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No
comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los
sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más
vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y
todas mis matemáticas se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del
Señor».
Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta,
armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle
muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el
nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un
maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como
dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera
impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal,
propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con
muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a
su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse
en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con
estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.
vi
Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de
la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se
incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y
calor hubo de negar lo que su amigo contara de la Samaniega.
«Mire, compañero--dijo ella--, mientras más se amontone usted para
negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone
serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se
lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa
no se ríe de mí».
Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin
adelantar nada. «Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que
empleara con Maxi en otra ocasión--, ¿para qué hacemos caso de lo que
diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... semos!
Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso,
está más tocati que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me
sostenía que doña Desdémona es una mujer hermosa. Me parece que si
seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...».
No afectaron a Fortunata estas bromas.
Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y
tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que
aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para
prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que
tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la
semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos
fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le
digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín?
Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi
amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí,
sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y _tutti
contenti_».
Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber
triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al
despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas
de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso.
Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la
sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro,
pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados,
sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a
su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía
declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella
dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido
en su cuna de mimbres. «Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a
salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré
la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el
niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita...
Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a
nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me
llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos
besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se
separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea
cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado
casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa
envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene
le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca.
¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo...
que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me
viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me
gustan refirencias.
Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta
que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y
Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es
mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro
que...».
Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del
movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e
inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí
haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo.
En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al
reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho
Ave María, 18; pero tuvo una idea, y dijo Cabeza, 10, sacando la
suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en
la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa
últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar
de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los
labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el
cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a
Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al
rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo
dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el
tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más
talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto
así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro;
a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la
misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo.
Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego,
entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan
decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del
entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre.
Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la
inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que
llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un plin muy fuerte, y
ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto
pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en
aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de
las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio
Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá,
junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras,
examinando a la luz encajes y telas.
«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con
mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se
quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!...
tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de
sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra
hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes!
¿Has estado mala?».
--Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata
acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no
era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la
víctima antes de devorarla.
--Y tú, ¿dónde te metes?--balbució Aurora muy cortada, sin saber para
dónde volverse.
Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué
decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa
central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué
amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».
Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó:
«Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé
ir a verte... Pero siéntate».
--Estoy bien así... Pronto despacho.
Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le
tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te
quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto
que me da tu compañía...!».
--Tienes razón--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara
de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado--. Todos los días
pensaba ir...
--Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... ¿Pero por qué no te
sientas?
--No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa...
--A traerme una cosa... ¡a mí!
--Sí, verás. Y diciendo verás, hizo con el brazo derecho un raudo y
enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara,
que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al
suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».
Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas
corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que
acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con
la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y
después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y
tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la
calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.
Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que
clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta
de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por
desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor,
venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas
arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando
resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata
continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían
realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el
plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de
engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te
echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las
suelas de las botas».
Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos
de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos
de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios
la que se arma allí.
«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?».
--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--. Una persona
decente...
--Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto?
--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este
serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora.
--Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?...
¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela,
ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja.
La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el
vestido para aflojarle el corsé.
--Quien va a ir a la cárcel es esa--chilló la agresora, frenética,
revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del
pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había
disimulado en ella--. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado...
Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos
las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... Aquella es un ángel, yo
otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la
casa_, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la
tiene que pagar, me la tiene que pagar.
--¡Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegándose a ella con
ademán amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el
polvo ahora mismo.
--¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las
indecencias que hace esta...
--Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!,
llamar a una pareja.
La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que
hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata,
subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando
gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!...
¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?...
¡Ah!, esa mujer...».
--Sí, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían
acorralada--. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera
de las tunanterías de su niña...
Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la
otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía
--dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto
correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a
la prevención...».
--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados.
--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta.
--No, a la cárcel no--dijo la víctima, haciendo gala de
generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.
--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.
--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--. La perdono.
Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.
Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a
la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer
con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las
pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.
vii
La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de
la Pitusa, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de
Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La
señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».
--¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no
quiere recibirme?
--No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos
vueltas.
--¿Y el niño?--Sigue tan dormidito.--Esperaré un rato--dijo la santa
dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto
escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para
pedir limosna--¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a
esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor
algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El
mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que
no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le
faltará quien mire por él.
Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien
al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?--le dijo la
dama--. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se
ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó
la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no
tiene prisa, que ya no puede tardar».
--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y
disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo
excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!
--¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?
--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más
abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en
barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a
primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero,
y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más
ascendiente con esta mujer?».
--Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco
tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.
--No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa...
--Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted?
--Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia);
pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero
decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle
que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y
se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama,
entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella.
Aconséjele usted esto.
--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está
muy entusiasmada con él.
--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a
paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto
tiempo sin mamar...
No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño.
No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa
agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío,
esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un
poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla,
y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu
ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».
Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma
de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta,
cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted
médico?».
--No, señora; soy farmacéutico.
Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que
subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el
que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a
ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina
y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento:
«Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo
que esperan, y la casa está cerrada».
Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para
abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.
«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted
llave?».
--¿Llave yo?--La del campo--indicó Ballester con mal humor, discurriendo
que maldita la falta que hacía Maxi allí--. Más vale que se vaya usted,
amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.
--Esperaré yo también--contestó el otro sentándose debajo de Ballester.
Y volvieron a oírse los desesperados gritos del Pituso, y Guillermina
no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura
tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en
la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».
Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca
había visto tan de cerca.
--Pues estamos lucidos--añadió ella--. Ya somos tres. Y esto va picando
en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta...
Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y
apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó
extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de
cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa
se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo,
señor de Platón... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la
gente. Si somos amigos usted y yo...».
--Señora--dijo el modelo con un gruñido--, cuando el endivido tiene
necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.
--Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está
olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el Pituso!
--¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!
--Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene
alborotado todo el asilo.
--¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía
medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que...
--Ahora está usted como quiere, Sr. de Platón, según he oído, ganando
unos grandes dinerales con la pintura.
--Defendemos el santo garbanzo, señora...
--Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande
no se le ocurrirá engañar a la gente.
Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara
de conversación.
--Si la señora quiere, no miremos pa tras.
--Si esto no es mirar pa tras... Vamos, que ahora, si usted estuviera
mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con
moneda falsa, sino con legítima.
Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la
fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo
pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar,
y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la
paciencia en absoluto...».
Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina
tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile
cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué
soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de
hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y
si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de
haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre
una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe
dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que
fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que
indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que
estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace
como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de
Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos
de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la
calle de Esparteros...».
Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo--repitió
ella--, que vaya una comisión a la calle de Esparteros...
¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?».
--No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el
camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad
Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están
adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar
la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a
otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por
ejemplo...
Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este
chico dice--indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores--,
me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto».
Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un
carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera
Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y
no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada
tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el
lugar más alto, abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de
esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la
escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida!
Pero qué, ¿no está esa diabla?
¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella
anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D.
Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores
sentarse a gusto...».
--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo
la seguridad de que él la encuentra.
Segunda llamó, y Plácido no estaba.
«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».
--Yo iré--dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el
obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con
Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una
llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya
está aquí, ya está aquí».
--¡Ah!, ¡gracias a Dios...!--exclamó Guillermina sin intención de doble
sentido--. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.
--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara arañada, o
trae sangre o quizás piel humana en las uñas.
--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que
continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía
jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara,
y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave
de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en
seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí
desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar...
Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si
me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».
--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujándola--,
callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel
de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda,
tendremos que mirar por él.
viii
Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante,
Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y
Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en
su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de
Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven,
cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!...
¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento
se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».
Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a
aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina
la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al
pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de
satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».
--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo
que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en
mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá
usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le
pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a
las greñas...
--Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.
--Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me
llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba
criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si
no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las
condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa
sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a
mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted
que su cuenta con la Samaniega está ajustada.
--Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda
a su hijo...
--Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu
madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros
guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me
pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya
noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me
alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me
alegro por tener el hijo de la casa, y esto no me lo quita nadie. Ni
con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está
ahora de mi parte. Y ella también está ahora de mi parte, ¿verdad?
--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).
Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro),
porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le
recogeremos para tenerlo con nosotras.
--¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y
desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a
querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien
me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora.
¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada
más.
--Sí... quien te conozca que te compre.
--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi
hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de
las tres, y tendrá tres madres en vez de una...
A la santa le hizo gracia aquella extraña idea.
«Mire usted; después que Dios me ha dado al hijo de la casa, no le
guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos...
Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y
como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener
este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá
segunda, y usted la mamá tercera».
«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice!
(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...».
Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin
atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y
la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en
busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales
de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: «Está esa mujer
excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?».
--Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta
noche. ¿Dice usted que está excitadísima?
--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted.
Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven:
«Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió
con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le
decía:
--Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí?
¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?
--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.
¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por
eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza,
me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan
atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.
--¿Pero no está...?--preguntó la dama llevándose a la sien su dedo
índice.
--A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual,
quiero decir, con la Fenelona. Yo no me fío de la cordura de este
caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae
algún arma. No me gusta nada verle aquí.
Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos
silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a Platón para contarles lo
que había hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a
Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad.
Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su
talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que
ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le
diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal
o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole
como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le
hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era
una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni
pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación?
Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena
señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y
temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su
vida infatigable.
«Vamos--pensó la fundadora--, ¿a que tirando por la calle de en medio
salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.
Oiga usted, caballerito...».
--Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía
a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino
diciéndole: «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había
tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la
canonizaremos y la pondremos en los altares».
--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--. Y a mí me parece que el
santo es usted.
--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay
una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra
mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección
que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya
estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se
pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para
menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido...
--Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor!
--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio
persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me
creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también
furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron
luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias
de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento...
Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando,
y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y
después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro
hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran
talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar
de todas las cosas...
Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas
razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun
ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las
facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.
«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello,
encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas
las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello--decía yo--que
me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo
lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía
sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una
cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había
echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré
que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad,
matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho
siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su
suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'».
Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter
baza.
«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo
realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será
decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que
la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo
había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer?
Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad.
¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la
lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es
el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A
qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de
los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden
ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo
que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser
razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?».
Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar,
le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la
justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él
da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos
envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es
aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me
humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más
salud tendré allá'».
--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los
he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y
absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien
siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores
ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la
razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni
aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a
los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi
sistema, esta es mi vida.
Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.
Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a
la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de
este modo: «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de
la cordura; pero...».
--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.
ix
Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del
café de Gallo con un grande de limón, ponchera y copas. «La
señora--dijo él queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza
con limón».
--¡Quite usted allá!--replicó la dama--. Yo no bebo esas porquerías. Se
lo agradezco...
A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y
pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación
por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en
que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a
ponerse a sus órdenes.
Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado
muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era
buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía
contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez
concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga
una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole
la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya
qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba
con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla,
al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un
verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares,
ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón
estaba jugando a las damas con Izquierdo.
Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio
que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla
como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó
traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no
tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le
criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad.
Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras
Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y
chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la
joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y
entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al
juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera
allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con
disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los
bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su
disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse
sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo.
Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le
había puesto en cuidado.
Platón se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó
encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando
Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un
hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los
brazos a su hijo--. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto
tan oscuro...».
La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola.
Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño,
y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y
bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude
hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña
Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está
contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te
quiero comunicar».
--Dímelo, dímelo prontito--indicó ella, que sin saber por qué, esperaba
de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás
consoladoras.
--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirmó Rubín
con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían
de hacer en ella--. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no
conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de
la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos
para mí.
Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al
maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien
queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que
definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una
que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que
padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda
víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un
pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está
escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro
como leemos una noticia en El Imparcial. Yo lo sé todo; nada se me
oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello».
A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la
palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si
gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la
deje de querer...».
--Y ahora la va a querer tanto--agregó Maxi impasible y frío--, la va a
querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos.
La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran
amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con
locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo
con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus
anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos.
Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger
la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano.
«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad
para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita
enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y
aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y
ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo».
La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.
«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre
verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama
ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco,
adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié
todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en
una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de
Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me
ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a
encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a
descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían,
etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es
el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu
víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».
--Cállate, cállate o verás...--dijo Fortunata amenazándole con el puño,
y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido
le inspiraba--. Yo también sé verdades y te voy a decir una.
--Pues dímela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor...
Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y
qué más?» dijo.
--¿Te parece poco?--prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba,
tenía espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doña
Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el
sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte
más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que
estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de
hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque
ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo
iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías?
--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena
de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado
embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del
vicio.
--¡Tiologías!--gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como
una actriz en pasaje de empeño--. Si tú hubieras tenido tanto así de
dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y
otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre,
cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles
secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa
cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las
venas...
Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar
aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea--dijo entrando--, bastante
hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar
soleta...».
Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo
aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones
de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual
movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho,
echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro
de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con
los ojos, le gritó de este modo: «Marido mío, ¿quieres que te quiera
yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres...
Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me
portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...».
Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.
«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos
hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me
volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere
por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías
tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas
de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a
ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas
a mí...».
Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía
deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por
instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.
«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--. Déjate
de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado
nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una
condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina,
matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora
mismo...».
Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el
portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más?
Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y
plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los
celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos,
¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con
salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro
mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que
es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que
lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti...
¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te
crees?...».
Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se
deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.
«Sí... quererte a ti--añadió ella--. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me
conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de tiologías... ¡El
amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más
rica...!».
--Vamos, ¿qué yeciones son estas?--clamó Izquierdo, tirando a Rubín de
un brazo--. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.
--Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar
juntos... ¡Vaya!...
Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado
inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un
vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote,
estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus
ojos echaron chispas, y cuando dijo matarles, matarles, su voz sonó en
falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que
fue víctima en Cuatro Caminos.
«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--. ¡Hijos
ella!... En el infierno los tendrá...».
Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los
hierros de la cama.
Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la
colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan
Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho
de ver al filósofo otra vez allí.
x
«¡Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar
hasta la puerta al señor de Rubín--. Hay que tener mucho cuidado con él
y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?...
Buena moza, ¿cómo va ese valor?».
La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió
chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en
brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la
luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado
Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.
«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo
también el percloruro de hierro y la ergotina, por si acaso... Mucho
cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de
hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a
contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la
entrada».
Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus
lengüetazos.
«Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para sí,
contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir--: ¡Qué hermosa
está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del
mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que
valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene
sugestionada... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».
El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como
él.
«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?...
Mi hijo chupa, chupa y no saca...».
--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le
ha dicho a usted alguna tontería?
--Tontería no... verdades...
--¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?
--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.
--Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.
--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo
yo.
Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.
«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted...
Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».
La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la
antiespasmódica.
«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace
por mí!».
--Todo y mucho más se lo merece usted, carambita--replicó el
farmacéutico con efusión de cariño--. Hemos de ser muy amigos.
--Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún
hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.
--¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está
hecho un santo...
--Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!
--Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo
seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia
y comer yerba.
--Cállese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y
se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias.
¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena
moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi
madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como
si fuera mi cara mitad.
--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular
esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.
--Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer _La
Correspondencia_ o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la
veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de
centinela.
Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de
particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si
la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El modelo se
fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había
descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la
señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de
su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y
Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante
y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas
palabras de que los niños deben estarse calladitos.
«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando».
--Pues si te secas--le contestó su tía, que hasta para consolar era
regañona y desapacible--, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos
un ama, y a vivir...
--Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido?
Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y
para qué quieres que venga acá ese tipo?».
--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A
buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica,
¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no
parezca por acá en mil años.
--Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche.
Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.
«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».
--¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que
había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la
idea del tiempo...
La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego
que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me
recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me
lo creería».
Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello,
porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la
verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se
dormía en pie.
A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia
con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la
noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del artículo de
amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa
María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como
el de una vaca suiza. ¡Género excelente!».
«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque
estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada
en aquel asunto--; y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que
se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad».
Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la
casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de
novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el
rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador
cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que
Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en
la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no
mama?»--«Pues ahora están los dos callados... Paice que
duermen».--«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la
casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar
en la escalera, les deslomo».
Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda,
oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo,
para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el
ama».--«Bien está, bien».--«Yo estaré a la mira; ya las tengo
apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen
pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche,
creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo
yo un ojo... En fin, mucho cuidado».
Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir
cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa
de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda
honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera,
el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo,
cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática
figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial
penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír
de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la
voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre
delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa
reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi
cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo
vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar
a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le
bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de
verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos
intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido
por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la
opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre».
Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había
estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron
dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga:
«¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de
esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo
que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad
que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha
redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero
valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo».
La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar
ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salían por el
patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita,
diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!».
--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!...
Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia...
--Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose...
--Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona
antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la
moderna.
--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira
una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la
humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos
temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa
Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es;
aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada
con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero
cállate, que aquí viene tu señora suegra...
Barbarita y la pareja se encontraron.
«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».
--Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta,
allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde
estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano».
Conque bien puedes darte prisa.
--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--. Que
tenga paciencia, que también la tienen los demás.
--Y vosotras, ¿de dónde venís?
--¿Nosotras? De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo.
--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas.
--¡Qué graciosa estás hoy!...
--Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro
Pituso?
Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro
timo?».
--Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; no tiene hoja,
como el otro, por quien perdiste la chaveta.
--¡Bah!, no quiero oírte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se
separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.
--Oye... mira--dijo Guillermina llamándola...--Cuando salgas, date una
vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande.
Aguarda, oye; te compras una buena cuna...
La dama se reía; todas se reían.
xi
El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre;
pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se
quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que
la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza,
aunque esta fuese bajada del Cielo; insistía en que tenía leche; el niño
berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la
verdad... «En fin, señora--agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda--; que
a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella
quiere es que la criaturita perezca...».
Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala.
«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene
la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a
su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien».
--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora...
Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que
no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada
de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de
amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra
sí, que me temo que en una de estas le ahogue.
--Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de
amansarla.
Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció
alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad,
demostrando un gran interés por ella y por su niño.
«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--. Tenía yo
ganas de que viniera para decirle una cosa...».
--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.
La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza;
pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.
«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo
que usted me diga lo creeré».
--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No
sabía yo que soy bruja...
--No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala
que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho
más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande,
que no creo que me lo perdone Dios.
--¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y
acariciándole la barba).
--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me
riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di
veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a
ese y a esa... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...
Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo
un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es,
sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y
me ha parecido muy razonable».
--La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros,
crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda
aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le
dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me
quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.
--Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más
atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por
haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.
--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.
--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala
intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la
pecadora.
--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!,
¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es
a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza
de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se
pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?
Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante,
no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me
gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría.
Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no
vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».
--¿De modo que a esta tía monstrua no se le da un castigo?... Eso sí
que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.
--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.
Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted
no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no
quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le
cayó la lotería».
--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volviéndole a
coger y estrechándole contra sí.
--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.
--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y
ardor).
--¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones.
También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de
todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin,
estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar.
Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios
manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará
usted?
--Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña,
al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se
me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo
que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin
embargo no ser una mala.
Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se
le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A
que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no
me devuelve esta?».
--¿Qué?--Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien
dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito
y su santificación, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de
en medio?
Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la
respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que
mentir para no darle la razón.
«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--. ¡Jacinta
desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».
--Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela
después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que
yo me muera?...
--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?
(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo,
y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos
aborrecen.
Con un ju ju melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.
«¡Ay!, ¿no lo cree?...».
--¡Que me desea bien a mí!
Tie gracia.
--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...
--Pero de eso a que me mire con buenos ojos...
--Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a
mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que
la perdone debe darse por satisfecha...
--¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?
--¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de
Dios, ni nada, no comprende esto.
--¿Y podría ser mi amiga?...
--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo
contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que
después de lo que ha pasado partan un piñón...
--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--. Por más que
usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y
ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé
vueltas.
Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la
santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una
comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por
cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una
limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la
mañana».
Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra
vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».
--Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!
--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame
(bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?
--¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?
--Con aquel que se murió de repente...
--Cállese, cállese o le pego...
--No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de
Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito
de duda.
--¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...!
--Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la
mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un
ángel.
--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta
faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas...
--No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la
que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole
en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque
le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que
Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di
con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro
que sí...
Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar...
«Quedamos en una cosa--dijo levantándose--; mañana vendrá el Padre Nones
para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice
Estupiñá...».
--Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está
el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta
amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.
--El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que
yo mando--declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los
cuales nadie se podía oponer--. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de
opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y
dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El excelentísimo señor
de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto.
xii
Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano,
a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de
quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de
relaciones con ella. En la sala cuchicheó la ministra con Segismundo
contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un
revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por
una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre
papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de
la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que
le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica
del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, la de los Pavos estaba
aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la
cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no
había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte
a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que
habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará?
Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted
es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si
le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que
no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui
desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso
que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.
Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso
que Ballester le explicase qué traía por allí.
«Pues nada, que la ministra esa quiere meter las narices, y ver a
usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán».
--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la
veo. Y de mi marido, ¿qué dijo?
--No le nombró.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo
mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje
usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí
solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por
Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?
Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en
demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le
dijo que los Rubín grandes y chicos, así los de carne y hueso como los
que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino
pasando sobre su cadáver.
Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos
que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla
iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este
particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas
excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña
Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues
que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D.
Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si
lo necesitara».
--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que
Plácido es todo de la casa, y desde chiquito no hace más que llevar
recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen
hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo
tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de
doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo
ahora a la mona del Cielo, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en
ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere
decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora
seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?
--¿Cómo he de dudar eso, criatura?
--Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye
decir.
--Está usted viendo visiones. Bueno va...
--Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que
decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme...
¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más...
Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora?
--Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada...
¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de
la corte celestial...!
--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?
Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la
conversación a un terreno insignificante; pero Fortunata se las componía
para volver a lo mismo, a que ella y la Delfina iban a ser uña y
carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien
está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester,
yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y
es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar
ningún trabajo. Lo siento yo aquí entre mí».
--Depende también de las personas con quien uno se junta--le dijo su
amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos
que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se
nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí,
ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja.
¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de
Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a
visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el
comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no
vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera
porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted
que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a
mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre pensador,
mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los
ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras.
--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de
generosidad, que en ella era tan común--. Yo tengo guita. Si quiere
mandar a paseo a las Samaniegas, mándelas. Que se fastidien, que se
arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su
madre y para el pensador, hasta que encuentre otra botica. Tenga
confianza conmigo... O semos o no semos.
Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron
los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco
después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los
hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien
fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal
de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que _diese con
la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se
presentara.
Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de
cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó
también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de
la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a
su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién
he visto?, a la tía esa, la de los Pavos. Fue a buscarme al cajón, muy
ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a
caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha
aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice
que las Samaniegas están trinando contigo, y que la viejona aquella,
doña Casta, no parará hasta no verte en el modelo. ¡Qué comedia!
Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, _la
Fenelona_, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que
tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta,
que eso no es más que envidia».
La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían
hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le
fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió
terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el
lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora
mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta
chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan
grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que
quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a
rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir
eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme!
Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».
Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu
estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no
iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la
jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser
imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto,
tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».
Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con
vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su
deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y
saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto
a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin
que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que
viniese conmigo...?». La idea de asociar a Platón a su temeraria
empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea.
«Pues lo que es mañana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, mañana
tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...».
Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es
hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión
ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le
deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me
diga que este no es el hijo de la casa, le saco los ojos. Él no
puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma.
Él no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro
por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en
que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero
aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose
en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a
Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se
cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no
lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no
puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del
revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si
alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo
desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y
quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la
lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me
pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío,
que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien,
porque lo seré, lo seré».
Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el
pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a
cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos
de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de
mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella
te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan
chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y
nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi
niño es de quien es, y no hay otro en la casa, ni le habrá,
¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».
xiii
Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía,
por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas
expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre
y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José
Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le
enderezaba un cañón; pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a
ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha
una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer
funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que
usaba--. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y
el pobrecito no tiene qué mamar?».
Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos
los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con
determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad
un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba
la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo
algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó
con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el
angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos
pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se
hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una
cosa?--le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara--. Tienes
calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras
caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es
tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos la de los Pavos
y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica,
no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las
señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que
tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues
qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y
en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y...
chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo
que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda
cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene
que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...!
Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de
nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es
como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos
familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las
pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera
la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo
como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes.
Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle;
pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te
remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de
decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero,
dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si
es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos
aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas».
Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta;
pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad
pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la
cara anegada en llanto.
«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras
ser títulas; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo
te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué
prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me
paice a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar
cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay
equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se
tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y
libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien
saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae
la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan».
Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad.
Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente
sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco
de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le
nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando
vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo
apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en
sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que
tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las
crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en
brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué
manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque
veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo
ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su
auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta,
y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le
quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla
pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al
fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y
los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los
oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del
tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta,
resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven,
echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el
interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas
sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron,
cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no
eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel
desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos
involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su
parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna
impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como
algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y
oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres
endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la
mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío
confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.
Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y
pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú?
--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--. ¡Ah!, ya
te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que
la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para
el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel
desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las
ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana.
Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición
irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico
infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le
había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad
crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad
física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se
determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba,
como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en
aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y
quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión
clara y enérgica de él. «Si me descuido--pensó con gran ansiedad--, me
cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!...
Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo...
Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le
dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D.
Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba...
Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia,
tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré
mucho».
En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar
a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba
despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró
que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto
como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué
tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?...
¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre...
Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me
muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva
estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea
tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me
lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel
que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al
despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo
mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque
Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».
--Sí, señora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes
más oficiosos del mundo--. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha
encargado...
--Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la
medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje,
que me tiene que escribir una carta.
--¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué
medicamento quiere?
--Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero.
--¡Que se muere! Vamos... no bromee usted.
--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si
pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo...
--No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tardó cinco
minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata
se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que
después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna
de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las
manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo
finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación
que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido--dijo
Fortunata con mucha animación--; hágame el favor de escribir... Aquí no
hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de
medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué
golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al
punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo
le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...».
--Yo...--repitió Plácido.
--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy!
¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y
ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así?
--«Lo mala que he sido...».
--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin
hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D.
Plácido, ese mono del Cielo que su esposo de usted me dio a mí,
equivocadamente...». No, no, borre el equivocadamente; ponga: «que me
lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está
muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada.
Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y
porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos
amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero
Pituso. Este no es falso, es legítimo y natural, como usted verá en
su cara. Le suplico...».
--«Le suplico...».--Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le
doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por
natural suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que
besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo
echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma...
Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la
inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue
encontrado el documento. «Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi
amiga doña Guillermina».
--Pero no vale sin transferencia--replicó el hablador examinando el
papel.
--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mío, y yo
lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi
voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré
muchas firmas debajo, y verá si vale.
Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se
le mandaba.
--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la
palabra--, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra
vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi
tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve
usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no
me moriré tan santamente... como quiero morirme.
No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó
extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para
morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y
cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No
me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--. Pero al mismo tiempo,
si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo
cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y
bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no
muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se
aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara
con cara. «Fortunata... Pitusa» murmuró echando talmente la voz en
el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió
ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo:
«Nene...».
xiv
«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el
crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán
ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito
firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado).
¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es
que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está
pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas;
se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y
no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya
estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le
convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído).
Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan
tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!,
hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense
usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda
y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que
está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión.
Voy a tocar otro registro (con malicia).
Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá...
¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a
su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita.
(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta
el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los
borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que
resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean
qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a
María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia.
Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo
vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva
esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de
una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con
Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una
calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».
Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi
alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué
carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han
robado, nos le han robado...».
--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupiñá
cogiéndola por un brazo--, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos,
y no sea usted mamarracho.
--Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es
esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? Paice que te han dado cien
puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y
tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...
--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--. ¿Dónde vive? Yo le
avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le
falta.
--¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido--exclamó Segunda,
descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a
dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo
atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.
--¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda
le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se
muere?
--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.
--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa
de Socorro.
--A la cárcel... es donde tiene que ir usted.
Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso
incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. Platón vacilaba, no
dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.
«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirmó el
anciano, dando una patada--. El chico está donde debe estar, y bien
saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».
--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina,
que si no era ya cadáver, lo parecía--. Dinos lo que te han hecho,
dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...
--Usted--dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a
ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré
a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.
Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. Platón, comprendiendo
por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran
más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle
del Ave María.
La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido
enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la
santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta
que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto
pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».
Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado.
Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no
acababa de comprender el robo del chiquillo, no se atrevió a mentarlo
ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes
dosis de ergotina; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y
no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso
en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel
eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de
remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas
con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida
no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos
mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con
expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano,
trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo.
Calladas, se hablaron mirándose.
«El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mandé recado al salir de
casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro
Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera
contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».
Fortunata dijo que sí con la cabeza.
«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan
agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».
En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír
aquello del rasgo, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero
este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción.
«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún
rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena
memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar.
Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus
pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija
mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de
todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».
Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que
aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.
«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a
quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».
Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la
diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola
sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el
techo.
«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si
perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio
mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay
que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por
mí, por el mono del Cielo, que debe quedar aquí rodeado de
bendiciones, no de maldiciones».
Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su
respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas
que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar--le dijo la santa--;
basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona
usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría
pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma,
sino una parte de ella afirmase.
«Más, más claro».
Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.
«Así me gusta».
Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que
parecía inspiración poética o religioso éxtasis, y vencida
maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras
para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...».
Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y
en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa
estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.
«¡Ángel!... sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien. Amiga
querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a
venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora
recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es
preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y
verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando
no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera
esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que
semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame
que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la
confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho
por allá».
La Pitusa no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al
ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me
tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le
conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje
aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un
lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al
demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo
por mí, para que yo me quede tranquila».
Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo
de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si
entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la
palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo
ve?...».
--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo
quisiera...
Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por
la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se
llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, maestra» dijo el
anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron
los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la
enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a
sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz
quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que
Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible
sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... _mona
del Cielo_».
Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido...
cabeza trastornada».
Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de
Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el
corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo
a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo
principal es tener un interior puro, un...».
La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse.
Fue sin duda aquello de soy ángel, y luego inclinó la cabeza como
quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz
dijo: «Maestra, maestra, venga usted».
Entró Guillermina y ambos la observaron.
«Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza
trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...».
La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a
escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la
escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto
que vivo.
xv
Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una
actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que
infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía
cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la
santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué
sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía, y llegándose al
cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó
multitud de besos en su frente y mejillas.
«¡Ah!, señora--dijo a la fundadora, secándose las lágrimas--; veo que se
asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es
que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida...
digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien;
yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense
usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta
desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los
disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos
disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan
buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado
la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación
moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de
una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado
aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea
usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de
esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la
tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido
felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a
un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra
vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría
consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede
imaginar».
Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de
aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue
tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos, y sentado a la
cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que
necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.
«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo.
Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...».
--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre. ¿Qué
necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy
bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le
hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al
buen entendedor...
No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina
hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y
sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín,
y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los
preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En
todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en
ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los
Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla,
observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por
suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil,
tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las
cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en
vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas
facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué
le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las
sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la
cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse.
Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.
Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a
Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se
mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara
un escándalo, el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted
nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz,
y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con
el cual quiere fusilar a las pobres Samaniegas y a otra persona que
suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en
un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al
filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra
las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle».
--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque
ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se
ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera,
coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted
dirá que esta ostentación no viene al caso.
--No, yo no digo nada.
--No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es
absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos,
y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y
que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no
debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar,
ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando?
Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con
ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había
llegado doña Bárbara.
Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando
los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba
en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo
hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían
también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero
escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de
un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin
resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para
convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los
afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación
armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella
tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento
de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de
existir aquella mañana, y se maravillaba de notar en su corazón
sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura, pues
entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en
desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor
enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de
la herencia del Pituso, envolvían, sin que la inteligencia pudiera
desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio,
la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que
las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de
darse un abrazo.
Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose
discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición
preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le
llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen
conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las
cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al _mono
del Cielo_.
Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una
escena memorable.
Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en
duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta
redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su
dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era
para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento
ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima,
abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión
y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente
responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor
propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó
admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico
era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con
propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y
legítima esposa.
Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto
con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que
apenas pudo él contestarle, y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y
risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida
consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era
fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna,
cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se
vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la
estimación a su marido, y la ruina de la estimación arrastró consigo
parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras
proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en
que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz, y ante
el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba,
el pobre hombre padecía horriblemente, porque era para él muy triste,
que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie
en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que
periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era
tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo,
experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables
pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud
equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y
marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás,
quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.
Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que
nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus
trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las
pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.
Durante algún tiempo, el Delfinito siguió en casa de Guillermina,
donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y
se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él
en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le
querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía
fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de
aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del
heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la
imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el
artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso
hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al
echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el
discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También
ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y
los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el
tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas,
poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más
allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra
total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su
vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este
ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de
Juan Evaristo; recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas
propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien
podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el
de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella...
Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no
estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese
falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la
tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían
las muchas cosas malas que pasan...».
xvi
En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del
carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo
constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir
solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo
trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur,
Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de
Fortunata, que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo
mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que
había allí elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el
tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas
urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida
pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se
llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas
especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no
participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con
selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas
y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es
cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe
lo que trae entre manos.
En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín,
delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran
Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de
las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas
corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba
fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta
imagen--dijo a su amigo--, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá
borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción
de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que
lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber
muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos
nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo
digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también
eliminación».
Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no
desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es
un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida);
porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por
esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a
dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por
hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para
mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en
la cabeza la idea de que era un ángel, sí, ángel disfrazado, como si
dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me
habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la
tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí
dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por
causa de la muerte, probarme que es verdadera...
Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con
la mía».
A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque
doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron
inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a
Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces
que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y
le daban la comida por un tragaluz, no atreviéndose a entrar ni la
señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de
agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en
la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un
ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el
rostro y las ropas en desorden.
«¿Qué?--le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle--.
¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le
quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo
el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la
tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y
no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester,
y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados».
--Ballester--dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un
letargo.
--El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues
prométame tener juicio.
--¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna
vez ni tanto así del juicio?
--¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va...
--Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubín con relativa
serenidad levantándose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo,
más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por
qué, por qué fue?
--Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque semos
muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo,
cuando de repente le dio por comprar un revólver...
--¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio
palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye
usted?, como ella sabe querer.
--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.
--Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de
mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel
estado de virtud en que me hallaba.
--¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al
bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.
--Volveré--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la
promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor
inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en
cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos
ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.
--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede
realizarse, porque falta una de las partes.
--¿Qué parte?--La que ponía el amor, ese amor tan sublime y...
delirante.
Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos
ni atenuaciones, concluyó así:
--Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace
hoy ocho días.
Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi
prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra
vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos
a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya
siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento
vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea
Dios, bendito sea!».
Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su
oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena
de su sobrino, y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y
atisbadora.
«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--. Ya está bien. Pasó el
arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como
la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».
--Y ahora también, y ahora también--afirmó Rubín con maniática
insistencia--. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de
cálculo.
--Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo
demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la
ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.
--¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).
--Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe
esta alhaja?
--Mi ropa, tía, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores
tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.
Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En
el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe: «Mire
usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he
hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido
darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la
difunta y una corona de rosas...».
--¡Corona de rosas!--exclamó la de los Pavos, que con toda su
diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.
--De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene
usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay
posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de
una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted
se ría.
--No, si no me he reído. Pues no faltaba más.
--Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha
de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse
de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora,
para que lo vea.
Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón.
Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le
imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del
morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y
llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de
mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos;
pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién
ocupadas, y paráronse delante de una en la cual estaban aún los
albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas.
«Aquí es--dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda,
en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien
tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del
fallecimiento--¿Qué dice ahí?».
Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien
claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía
de Rubín. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y
difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto
tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio,
brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas
de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas
mis penas me están saliendo por los ojos».
Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí
más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un
entierro con bastante acompañamiento.
Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su
atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida,
expresó a su amigo estas ideas:
«La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y
ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde
lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se
equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos
estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran
madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.
Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.
Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando
queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella
a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo
Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como
un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que
sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si
alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de
Dios!, que me la ha de pagar».
--Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.
--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi
vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y
para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi
corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me
hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y
limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento
que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí.
He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de
Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han
sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?
Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado
de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día
en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como
era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada
de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como
en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de
Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se
transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo
libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le
imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las
fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las
traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se
acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades
de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con
pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.
--Era un ángel--murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le
comunicaba algo de aquella exaltación.
--Era un ángel--gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla--.
¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...!
--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--. Lástima de
mujer... ¡Si viviera!
--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero
muerta...
--Y yo también--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía
contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos
los que se consuelan así!
--¡Dichosos mil veces, amigo mío!--exclamó Rubín con entusiasmo--, los
que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.
Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo
en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran
abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz,
muy feliz.
Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de
mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde
pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui
al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te
tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso
que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en
él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en
Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa
determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa
que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había
entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se
desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente
tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le
preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al
llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si
creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo
acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a
lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas
mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano
Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da».
Madrid.--Junio de 1887.
FIN DE LA NOVELA
* * * * *
End of Project Gutenberg's Fortunata y Jacinta, by Benito Pérez Galdós