Parte 4 — Capítulo VI: Final Fortunata y Jacinta · Capítulo 31 de 32
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Parte 4 — Capítulo VI: Final

Parte 4 — Capítulo VI: Final

i

Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se

puede?».--«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la

botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de

persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con

chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!--pensaba Ballester al

saludarla, apretándole mucho la mano--. ¡Lástima de mujer!».

«Ayer no pasó usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no sabía

quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las

noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...».

A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido

personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo

con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la

carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.

«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--.

Tiene a quien salir por una y otra banda.

--Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted

qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo

viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho.

Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.

--Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo

prometió la última vez que nos vimos.

--Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.

--Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy

inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?

--Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.

--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no

paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.

Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho,

y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más

hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos--pensaba--; pero de amistad,

de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que

quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar

noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran

curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos

los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el

muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto

físico...».

--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--. Si es una preciosidad. Más

perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para

que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de

venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!

Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó

así: «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan

mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce».

--¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.

--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil

de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. _Doña

Desdémona_, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros,

le llama, y lo que él dice, se hace.

--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice.

Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni

supiera que estoy viva.

--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.

--¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe

usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de

tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester;

mire que estoy temblando de miedo.

--¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas

sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo

mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un

disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el

sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se

puede llamar sentimiento.

--No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las

tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día...

La conversación pasó de Maximiliano a las Samaniegas, mostrando

Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una

mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se

viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar

una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me

duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce».

Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora

la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema:

«¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos

hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues

verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle

guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta

que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.

Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha

evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es

de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba

de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde,

mal y nunca, él tan conforme en su sacerdocio; lo toma en serio, y le

parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha

hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado.

¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está

enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las

medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole

que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque

no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la

compra. Yo le digo que abandone el sacerdocio y que deje a los

autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme

conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo

tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La

noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto

y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la

obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es

magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de

que en los círculos literarios se habla mucho, etc... Le digo a usted que

me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En

bálsamo tranquilo le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el

extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá

es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale

cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy

hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce!

Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción

estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi

vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy

con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la

crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más

debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos

se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo

de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con

qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de

familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que,

según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos

largamente en la botica, que llamamos el círculo literario, y le voy

engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le

digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete osos, y

lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi

protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!».

--¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen

chico, y usted empeñado en darle la morcilla.

--¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para

otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién

es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya

zampado, porque se la tiene que comer, como este es día.

En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó

considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras:

envido a la chica, órdago a los pares.

«Es mi tío José--dijo Fortunata--, que está jugando al mus con su amigo.

Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama,

porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan

una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle

compañía».

Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No

conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era

nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no

recordaba dónde ni cuándo.

ii

La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo,

no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero

a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos,

ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles

a los tres con apretado lazo.

Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las

ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a Platón y a Ido del

Sagrario, a quien solía llamar maestro. Siempre que iba por las noches

el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos

lo indecible.

Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el

corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en

tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros

y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora

de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser

puros y desinteresados sus actos de caridad, y habrían sido lo mismo aun

en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo

atractivo personal.

Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus

pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se

atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.

Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era

forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se

le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora

sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo

soy madre del único hijo de la casa, madre soy, bien claro está, y no

hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo

aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley

ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos,

yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La

verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la

Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la mona del Cielo

el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver

delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué

envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a

poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto...

Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella

debajo, la perdono; yo soy así».

«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de

cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que

es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y

cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara

le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve

loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca

podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy

requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una

servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían

nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace

tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el

pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es

porque yo sea interesada.

Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo

que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi

suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte

por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto».

Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes

afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a

cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dormía,

continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas

noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su

idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el bilboquet.

Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien,

ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo

prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le

ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era

muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el

pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría

delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se

ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le

tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más

de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le

echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara,

chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera

estancia. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca,

encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la

calle!'».

--Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven

sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del

Cielo.

Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana,

gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer

todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le

decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de

Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por

las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas...

Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos

respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y

Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso

instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía

los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con

mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza,

Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es,

saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y

su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el

hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, talmente

clavado...».

«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?--dijo la madre, radiante de

gozo--. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo?

Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me

parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?».

El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como

indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con

Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y

se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por

conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que

ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme».

Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a

doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de

sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel

día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las

orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de

este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá?

Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que

quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo

que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verídico

nieto natural_ de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la

otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo

digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios

me dijo a mí: tú pitarás; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña

Bárbara se chifló por el Pituso falso, ¡cómo no se dislocará por el de

oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y

de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa

primero de todos es mi amiga la obispa. ¿Apostamos a que viene a

verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene

preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene

razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones».

Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar

réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura

estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era

ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la

mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.

iii

El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana

de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo

y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a

Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó

mucho al maestro a que tomara un biftec; pero D. José lo rehusó,

aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la

sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se

trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y

otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y

también les hizo escrúpulos el profesor; no así el modelo, que se

llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se

perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras

comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como

él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se

fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y

ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por

una grande de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de

dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y

cuentan las crónicas platónicas, que antes de llegar a la mitad del

segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había

levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el

sofá de Vitoria y dormía como un verídico bruto, el sombrero sobre los

ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se

llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido

fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana

ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a

reparar lo que de reparación era susceptible.

Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse.

Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama,

pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo

Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y

satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la

familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su

madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota

más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable Platón, cual

monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún

monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o

invocaciones poéticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulación

febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de

un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D.

José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la

plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta.

¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron

estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano.

Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción

que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue

echarle los brazos al nene, decidida a comerse a bocados a quien

intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin

dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de

ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad

se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero

sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su

expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y

le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío--dijo

alzando la voz--. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada

respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se

paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.

«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me

acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni

el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban.

«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fría

bondad--. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de

malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea

estúpida voló... por fortuna de todos».

Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso

sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía

mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó.

«Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosiguió Rubín--, sé todo lo que

te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y

a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero

luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan

completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la

familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a

decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué,

¿no lo crees?».

Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y

esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas

y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en

actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el

niño. Con gran serenidad habló así:

«Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la

mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad

tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio

imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me

volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los

enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar».

Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán

no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.

«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si

lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo

sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme

contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la

he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y

observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me

las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a

anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que

vienen de arriba sanan, curan y fortalecen».

--Pero este hombre--se decía Fortunata--, ¿está cuerdo o está más loco

que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le

puede aguantar.

Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si

trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna

de sus partes, pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo

estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en

realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido

a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el

convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé

que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía.

Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me

falta--decía yo--, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de

otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu

pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la

cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la

liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el

asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el

pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué

malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan

ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los

disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las

novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo

cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?».

Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos,

siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar

preparada a cualquier agresión.

«Después me atacó lo que yo llamo la Mesianitis... Era también una

modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un

padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte

a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como

una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel

absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos

fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto

mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre

apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y

limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste».

Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a

inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos

por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario,

señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta,

echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el

aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de

nada.

Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo

aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales

sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi

razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos;

con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi

ser, que había pasado por tantos cataclismos; con ella me penetré bien

de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de

homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de

hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y

conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si

pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo

miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con

que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus

razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho

a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso

de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'».

--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--. ¿Pero este hombre está cuerdo

o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi

vida le he oído...?

--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--. El derecho a nacer, ¿no es

el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner

estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que

viviendo aprenderán.

«Nada, para mí está peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice

podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada».

--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--. No

sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.

--Sí, es verdad; pero...--¿Pero qué...?--Tú dirás que gato escaldado del

agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella

conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo.

Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos

hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo:

«Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar».

--¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te

convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha

entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso?

Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la

tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para

decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto

jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer

daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré

algo que te aprovechará.

Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle,

permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus

manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y

estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha,

ligeramente fruncido el ceño.

«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y

los buenos se aniquilan en la esterilidad».

iv

«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata

gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de

Ido del Sagrario, la joven le dijo: «¿Pero qué hace usted que no

despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no

viene!».

Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor

con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da

mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él

quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo».

Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta

de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido: «Señor D.

José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que

las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana

de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al

canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni

piedra».

Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será

verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas

cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que

se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el

gran susto».

«¡Se parece a tu enemigo!--repitió Maxi, volviendo a la idea que le

había excitado ligeramente--. Es una desgracia para él. Y si en lo moral

saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las

culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo

lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará

muchos disgustos».

A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla.

Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver

si se aburría y se marchaba pronto.

«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--. Su papá es de

oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni

siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten

por cierto que no vendrá».

--¡Quién sabe!...--se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba

la garganta.

--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.

--Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.

--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica.

Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.

Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy

sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con

actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.

«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas

en regenerarte».

La Pitusa tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la

almohada tenía, empezó a abanicarse.

--Es preciso que lo sepas--volvió a decir Maxi con cierta frialdad

implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no

se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.

--¡Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a

la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la

colcha.

--Sí, con otra mujer a quien tú conoces.

El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas,

y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso

sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como

para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le

dijo: «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz».

--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está

enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la

maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte.

Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible

puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me

encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una

lección, una simple lección.

Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.

--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose.

--Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la

medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu

conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo

que tú robaste? Pues te lo voy a decir.

Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la

cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a

los ojos, dijo a su marido:

«Me lo tienes que decir».

--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A.

--¡Aurora, Aurora es!--exclamó la joven dando un salto en su lecho, y

mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido

una bofetada.

--Ella es.--Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy

bajito, y yo no lo quería creer.

--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.

--Tú me engañas, tú me engañas--replicó la joven en actitud de

Dolorosa--. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes

con esta historia.

--Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo--manifestó Rubín con

implacable frialdad.

--¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose

extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe

lo que se dice.

--¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero

tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí

tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora

sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos

hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al

obrador, y a donde va es a...

--Cállate; te digo que te calles--gritó Fortunata retorciéndose los

brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador.

--¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar

a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran?

¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y

mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?

La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre,

que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un

hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo

confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y...

nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo

enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.

«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.

--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y

ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un

tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa

hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de

mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en

el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le

arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero

levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!

--Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he

vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por

todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...

--Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).

--Es que las lecciones me han valido.

--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.

--¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y

tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no

habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado

pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho,

cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí

otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas

de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo...

Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una

consecuencia lógica que un puñal.

--¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--gritó

la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.

--No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la

reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella

aprenda. Y tú has aprendido.

--¡Pues si yo les llego a ver...!

--Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras

y pasas...

--Tú no eres hombre... Tú no eres nada--exclamó la joven con

desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si

la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!

--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.

--¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo

que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más,

mucho más.

--Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia,

cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un

revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.

--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. ¿Por qué no lo hiciste?

Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes

derecho a hacerlo.

--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.

«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en

un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».

--Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho,

cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho,

tapándoselo y sin saber qué hacer).

--¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?

--¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección?

A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.

--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito? Al oír

esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al

chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.

La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en

la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas

semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener

niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la

situación; y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella

boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al

tagarote inútil de don José Ido, el cual, viéndose insultado, a su

parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los

músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro

hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es--decía--, yo no sé lo que

es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue

porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones

tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y

cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo...

profesor en partos... intelectuales».

v

«Cállese usted, so guillati--chillaba Segunda, que por los

movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con

un par de bofetadas la frágil persona del profesor idumeo--. La culpa

la tiene este morral que está aquí durmiéndola».

Obra de romanos fue el despertar a Platón; por fin, su hermana le tiró

de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del

modelo, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el

piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas,

y escupiendo más hostias que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que

ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El

lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por

lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido.

Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así:

«¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un

genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con

la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!,

va solutamente a la calle».

Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata,

que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda

manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este

increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y

fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba

abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos,

mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya

decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los

planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando

ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban

comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente:

«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».

--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?

--Poco menos--replicó el hablador entrando sin pedir permiso y

dirigiéndose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la señora casera.

Mucho orden, señores, mucha formalidad.

Lo mismo fue oír Platón que la señora de Pacheco venía, que el temor

de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó

la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que

la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el

cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no

tendría dónde meterse para evitar su encuentro.

Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que

Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería

hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo

tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si

quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso

de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que

no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve,

acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera

esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue

su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una

vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no

parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni

con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.

«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho,

mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la

boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y

demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de

Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni

el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la

joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra

molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.

Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad

estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya

oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el Pituso legítimo, el de

la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío

José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el

diablo».

--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que

como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.

Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido,

Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como

el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una

moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio

un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así:

«¡Buena la hemos hecho, buena!...».

Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.

--Señora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto

que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdón...

--¡A mí!, perdón... ¿de qué?

--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana

en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me

porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo

guardo a ella, porque...

¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos

está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra,

una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora,

no quedará así...

--No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con

reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que

tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas...

Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y

lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle

el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!».

¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí--pensaba

la Pitusa--, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la

pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella

estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es;

le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su

padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios

al mundo'».

«Cuando usted esté buena, hablaremos--indicó la santa con ánimo ya de

retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas;

sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para

concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure,

le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de

hacerle ascos. Es preciso criarle bien».

--Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!--replicó la otra contrariada--. ¿Qué cree

usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo.

--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y

cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos

de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva...

Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían

y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse:

«Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo...

Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es

usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha

dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también

abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo

que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No

me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos.

¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós,

adiós».

Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la

voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote.

Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que

disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No

comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los

sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más

vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y

todas mis matemáticas se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del

Señor».

Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta,

armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle

muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el

nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un

maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como

dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.

Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera

impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal,

propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con

muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a

su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse

en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con

estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.

vi

Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de

la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se

incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y

calor hubo de negar lo que su amigo contara de la Samaniega.

«Mire, compañero--dijo ella--, mientras más se amontone usted para

negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone

serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se

lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa

no se ríe de mí».

Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin

adelantar nada. «Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que

empleara con Maxi en otra ocasión--, ¿para qué hacemos caso de lo que

diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... semos!

Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso,

está más tocati que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me

sostenía que doña Desdémona es una mujer hermosa. Me parece que si

seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...».

No afectaron a Fortunata estas bromas.

Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y

tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que

aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para

prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que

tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la

semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos

fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le

digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín?

Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi

amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí,

sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y _tutti

contenti_».

Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber

triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al

despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas

de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso.

Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la

sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro,

pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados,

sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a

su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía

declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella

dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido

en su cuna de mimbres. «Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a

salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré

la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el

niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita...

Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a

nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me

llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos

besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se

separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea

cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado

casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa

envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene

le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca.

¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo...

que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me

viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me

gustan refirencias.

Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta

que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y

Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es

mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro

que...».

Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del

movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e

inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí

haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo.

En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al

reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho

Ave María, 18; pero tuvo una idea, y dijo Cabeza, 10, sacando la

suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en

la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa

últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar

de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los

labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el

cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a

Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al

rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo

dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el

tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más

talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto

así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro;

a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la

misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo.

Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego,

entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan

decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del

entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre.

Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la

inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que

llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un plin muy fuerte, y

ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto

pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en

aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de

las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio

Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá,

junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras,

examinando a la luz encajes y telas.

«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con

mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se

quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!...

tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de

sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra

hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes!

¿Has estado mala?».

--Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata

acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no

era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la

víctima antes de devorarla.

--Y tú, ¿dónde te metes?--balbució Aurora muy cortada, sin saber para

dónde volverse.

Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué

decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa

central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué

amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».

Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó:

«Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé

ir a verte... Pero siéntate».

--Estoy bien así... Pronto despacho.

Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le

tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te

quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto

que me da tu compañía...!».

--Tienes razón--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara

de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado--. Todos los días

pensaba ir...

--Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... ¿Pero por qué no te

sientas?

--No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa...

--A traerme una cosa... ¡a mí!

--Sí, verás. Y diciendo verás, hizo con el brazo derecho un raudo y

enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara,

que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al

suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».

Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas

corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que

acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con

la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y

después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y

tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la

calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.

Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que

clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta

de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por

desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor,

venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas

arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando

resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata

continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían

realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el

plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de

engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te

echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las

suelas de las botas».

Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos

de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos

de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios

la que se arma allí.

«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?».

--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--. Una persona

decente...

--Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto?

--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este

serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora.

--Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?...

¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela,

ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja.

La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el

vestido para aflojarle el corsé.

--Quien va a ir a la cárcel es esa--chilló la agresora, frenética,

revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del

pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había

disimulado en ella--. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado...

Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos

las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... Aquella es un ángel, yo

otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la

casa_, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la

tiene que pagar, me la tiene que pagar.

--¡Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegándose a ella con

ademán amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el

polvo ahora mismo.

--¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las

indecencias que hace esta...

--Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!,

llamar a una pareja.

La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que

hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata,

subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando

gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!...

¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?...

¡Ah!, esa mujer...».

--Sí, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían

acorralada--. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera

de las tunanterías de su niña...

Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la

otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía

--dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto

correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a

la prevención...».

--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados.

--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta.

--No, a la cárcel no--dijo la víctima, haciendo gala de

generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.

--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.

--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--. La perdono.

Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.

Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a

la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer

con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las

pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.

vii

La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de

la Pitusa, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de

Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La

señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».

--¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no

quiere recibirme?

--No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos

vueltas.

--¿Y el niño?--Sigue tan dormidito.--Esperaré un rato--dijo la santa

dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto

escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para

pedir limosna--¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a

esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor

algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El

mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que

no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le

faltará quien mire por él.

Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien

al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?--le dijo la

dama--. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se

ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó

la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no

tiene prisa, que ya no puede tardar».

--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y

disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo

excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!

--¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?

--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más

abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en

barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a

primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero,

y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más

ascendiente con esta mujer?».

--Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco

tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.

--No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa...

--Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted?

--Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia);

pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero

decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle

que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y

se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama,

entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella.

Aconséjele usted esto.

--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está

muy entusiasmada con él.

--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a

paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto

tiempo sin mamar...

No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño.

No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa

agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío,

esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un

poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla,

y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu

ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».

Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma

de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta,

cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted

médico?».

--No, señora; soy farmacéutico.

Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que

subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el

que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a

ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina

y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento:

«Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo

que esperan, y la casa está cerrada».

Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para

abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.

«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted

llave?».

--¿Llave yo?--La del campo--indicó Ballester con mal humor, discurriendo

que maldita la falta que hacía Maxi allí--. Más vale que se vaya usted,

amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.

--Esperaré yo también--contestó el otro sentándose debajo de Ballester.

Y volvieron a oírse los desesperados gritos del Pituso, y Guillermina

no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura

tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en

la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».

Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca

había visto tan de cerca.

--Pues estamos lucidos--añadió ella--. Ya somos tres. Y esto va picando

en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta...

Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y

apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó

extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de

cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa

se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo,

señor de Platón... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la

gente. Si somos amigos usted y yo...».

--Señora--dijo el modelo con un gruñido--, cuando el endivido tiene

necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.

--Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está

olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el Pituso!

--¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!

--Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene

alborotado todo el asilo.

--¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía

medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que...

--Ahora está usted como quiere, Sr. de Platón, según he oído, ganando

unos grandes dinerales con la pintura.

--Defendemos el santo garbanzo, señora...

--Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande

no se le ocurrirá engañar a la gente.

Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara

de conversación.

--Si la señora quiere, no miremos pa tras.

--Si esto no es mirar pa tras... Vamos, que ahora, si usted estuviera

mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con

moneda falsa, sino con legítima.

Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la

fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo

pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar,

y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la

paciencia en absoluto...».

Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina

tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile

cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué

soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de

hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y

si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de

haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre

una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe

dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que

fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que

indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que

estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace

como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de

Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos

de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la

calle de Esparteros...».

Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo--repitió

ella--, que vaya una comisión a la calle de Esparteros...

¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?».

--No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el

camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad

Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están

adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar

la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a

otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por

ejemplo...

Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este

chico dice--indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores--,

me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto».

Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un

carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera

Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y

no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada

tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el

lugar más alto, abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de

esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la

escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida!

Pero qué, ¿no está esa diabla?

¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella

anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D.

Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores

sentarse a gusto...».

--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo

la seguridad de que él la encuentra.

Segunda llamó, y Plácido no estaba.

«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».

--Yo iré--dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el

obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con

Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una

llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya

está aquí, ya está aquí».

--¡Ah!, ¡gracias a Dios...!--exclamó Guillermina sin intención de doble

sentido--. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.

--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara arañada, o

trae sangre o quizás piel humana en las uñas.

--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que

continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía

jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara,

y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave

de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en

seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí

desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar...

Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si

me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».

--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujándola--,

callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel

de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda,

tendremos que mirar por él.

viii

Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante,

Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y

Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en

su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de

Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven,

cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!...

¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento

se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».

Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a

aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina

la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al

pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de

satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».

--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo

que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en

mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá

usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le

pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a

las greñas...

--Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.

--Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me

llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba

criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si

no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las

condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa

sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a

mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted

que su cuenta con la Samaniega está ajustada.

--Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda

a su hijo...

--Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu

madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros

guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me

pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya

noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me

alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me

alegro por tener el hijo de la casa, y esto no me lo quita nadie. Ni

con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está

ahora de mi parte. Y ella también está ahora de mi parte, ¿verdad?

--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).

Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro),

porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le

recogeremos para tenerlo con nosotras.

--¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y

desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a

querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien

me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora.

¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada

más.

--Sí... quien te conozca que te compre.

--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi

hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de

las tres, y tendrá tres madres en vez de una...

A la santa le hizo gracia aquella extraña idea.

«Mire usted; después que Dios me ha dado al hijo de la casa, no le

guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos...

Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y

como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener

este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá

segunda, y usted la mamá tercera».

«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice!

(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).

Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...».

Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin

atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y

la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en

busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales

de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: «Está esa mujer

excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?».

--Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta

noche. ¿Dice usted que está excitadísima?

--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted.

Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven:

«Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió

con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le

decía:

--Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí?

¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?

--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.

¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por

eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza,

me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan

atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.

--¿Pero no está...?--preguntó la dama llevándose a la sien su dedo

índice.

--A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual,

quiero decir, con la Fenelona. Yo no me fío de la cordura de este

caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae

algún arma. No me gusta nada verle aquí.

Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos

silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a Platón para contarles lo

que había hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a

Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad.

Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su

talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que

ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le

diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal

o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole

como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le

hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era

una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni

pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación?

Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena

señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y

temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su

vida infatigable.

«Vamos--pensó la fundadora--, ¿a que tirando por la calle de en medio

salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.

Oiga usted, caballerito...».

--Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía

a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino

diciéndole: «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había

tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la

canonizaremos y la pondremos en los altares».

--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--. Y a mí me parece que el

santo es usted.

--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay

una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra

mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección

que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya

estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se

pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para

menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido...

--Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor!

--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio

persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me

creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también

furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron

luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias

de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento...

Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando,

y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y

después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro

hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran

talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar

de todas las cosas...

Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas

razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun

ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las

facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.

«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello,

encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas

las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello--decía yo--que

me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo

lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía

sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una

cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había

echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré

que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad,

matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho

siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su

suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'».

Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter

baza.

«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo

realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será

decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que

la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo

había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer?

Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad.

¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la

lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es

el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A

qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de

los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden

ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo

que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser

razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?».

Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar,

le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la

justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él

da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos

envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es

aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me

humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más

salud tendré allá'».

--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los

he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y

absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien

siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores

ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la

razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni

aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a

los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi

sistema, esta es mi vida.

Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.

Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a

la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de

este modo: «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de

la cordura; pero...».

--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.

ix

Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del

café de Gallo con un grande de limón, ponchera y copas. «La

señora--dijo él queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza

con limón».

--¡Quite usted allá!--replicó la dama--. Yo no bebo esas porquerías. Se

lo agradezco...

A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y

pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación

por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en

que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a

ponerse a sus órdenes.

Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado

muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era

buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía

contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez

concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga

una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole

la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya

qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba

con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla,

al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un

verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares,

ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón

estaba jugando a las damas con Izquierdo.

Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio

que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla

como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó

traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no

tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le

criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad.

Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras

Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y

chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la

joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y

entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al

juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera

allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con

disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los

bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su

disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse

sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo.

Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le

había puesto en cuidado.

Platón se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó

encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando

Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un

hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los

brazos a su hijo--. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto

tan oscuro...».

La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola.

Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño,

y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.

Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y

bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude

hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña

Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está

contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te

quiero comunicar».

--Dímelo, dímelo prontito--indicó ella, que sin saber por qué, esperaba

de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás

consoladoras.

--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirmó Rubín

con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían

de hacer en ella--. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no

conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de

la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos

para mí.

Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al

maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien

queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que

definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una

que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que

padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda

víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un

pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está

escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro

como leemos una noticia en El Imparcial. Yo lo sé todo; nada se me

oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello».

A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la

palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si

gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la

deje de querer...».

--Y ahora la va a querer tanto--agregó Maxi impasible y frío--, la va a

querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos.

La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran

amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con

locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo

con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus

anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos.

Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger

la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano.

«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad

para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita

enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y

aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y

ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo».

La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.

«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre

verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama

ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco,

adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié

todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en

una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de

Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me

ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a

encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a

descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían,

etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es

el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu

víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».

--Cállate, cállate o verás...--dijo Fortunata amenazándole con el puño,

y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido

le inspiraba--. Yo también sé verdades y te voy a decir una.

--Pues dímela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor...

Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y

qué más?» dijo.

--¿Te parece poco?--prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba,

tenía espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doña

Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el

sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte

más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que

estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de

hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque

ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo

iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías?

--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena

de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado

embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del

vicio.

--¡Tiologías!--gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como

una actriz en pasaje de empeño--. Si tú hubieras tenido tanto así de

dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y

otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre,

cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles

secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa

cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las

venas...

Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar

aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea--dijo entrando--, bastante

hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar

soleta...».

Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo

aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones

de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual

movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho,

echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro

de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con

los ojos, le gritó de este modo: «Marido mío, ¿quieres que te quiera

yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres...

Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me

portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...».

Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.

«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos

hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me

volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere

por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías

tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas

de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a

ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas

a mí...».

Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía

deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por

instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.

«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--. Déjate

de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado

nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una

condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina,

matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora

mismo...».

Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el

portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más?

Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y

plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los

celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos,

¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con

salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro

mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que

es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que

lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti...

¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te

crees?...».

Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se

deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.

«Sí... quererte a ti--añadió ella--. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me

conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de tiologías... ¡El

amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más

rica...!».

--Vamos, ¿qué yeciones son estas?--clamó Izquierdo, tirando a Rubín de

un brazo--. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.

--Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar

juntos... ¡Vaya!...

Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado

inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un

vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote,

estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus

ojos echaron chispas, y cuando dijo matarles, matarles, su voz sonó en

falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que

fue víctima en Cuatro Caminos.

«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--. ¡Hijos

ella!... En el infierno los tendrá...».

Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los

hierros de la cama.

Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la

colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan

Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho

de ver al filósofo otra vez allí.

x

«¡Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar

hasta la puerta al señor de Rubín--. Hay que tener mucho cuidado con él

y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?...

Buena moza, ¿cómo va ese valor?».

La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió

chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en

brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la

luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado

Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción.

«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo

también el percloruro de hierro y la ergotina, por si acaso... Mucho

cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de

hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a

contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la

entrada».

Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus

lengüetazos.

«Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para sí,

contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir--: ¡Qué hermosa

está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del

mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que

valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene

sugestionada... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».

El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como

él.

«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?...

Mi hijo chupa, chupa y no saca...».

--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le

ha dicho a usted alguna tontería?

--Tontería no... verdades...

--¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?

--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.

--Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.

--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo

yo.

Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.

«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted...

Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».

La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la

antiespasmódica.

«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace

por mí!».

--Todo y mucho más se lo merece usted, carambita--replicó el

farmacéutico con efusión de cariño--. Hemos de ser muy amigos.

--Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún

hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.

--¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está

hecho un santo...

--Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!

--Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo

seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia

y comer yerba.

--Cállese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y

se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias.

¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena

moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi

madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como

si fuera mi cara mitad.

--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular

esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.

--Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer _La

Correspondencia_ o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la

veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de

centinela.

Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de

particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si

la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El modelo se

fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había

descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la

señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de

su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y

Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante

y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas

palabras de que los niños deben estarse calladitos.

«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando».

--Pues si te secas--le contestó su tía, que hasta para consolar era

regañona y desapacible--, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos

un ama, y a vivir...

--Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido?

Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y

para qué quieres que venga acá ese tipo?».

--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A

buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica,

¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no

parezca por acá en mil años.

--Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche.

Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería.

«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».

--¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que

había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la

idea del tiempo...

La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego

que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me

recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me

lo creería».

Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello,

porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la

verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se

dormía en pie.

A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia

con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la

noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del artículo de

amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa

María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como

el de una vaca suiza. ¡Género excelente!».

«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque

estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada

en aquel asunto--; y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que

se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad».

Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la

casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de

novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el

rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador

cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que

Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en

la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no

mama?»--«Pues ahora están los dos callados... Paice que

duermen».--«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la

casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar

en la escalera, les deslomo».

Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda,

oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo,

para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el

ama».--«Bien está, bien».--«Yo estaré a la mira; ya las tengo

apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen

pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche,

creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo

yo un ojo... En fin, mucho cuidado».

Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir

cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa

de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda

honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera,

el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo,

cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática

figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial

penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír

de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la

voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre

delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa

reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi

cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo

vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar

a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le

bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de

verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos

intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido

por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la

opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre».

Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había

estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron

dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga:

«¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de

esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo

que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad

que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha

redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero

valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo».

La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar

ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salían por el

patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita,

diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!».

--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!...

Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia...

--Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose...

--Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona

antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la

moderna.

--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira

una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la

humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos

temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa

Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es;

aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada

con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero

cállate, que aquí viene tu señora suegra...

Barbarita y la pareja se encontraron.

«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».

--Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta,

allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde

estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano».

Conque bien puedes darte prisa.

--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--. Que

tenga paciencia, que también la tienen los demás.

--Y vosotras, ¿de dónde venís?

--¿Nosotras? De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo.

--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas.

--¡Qué graciosa estás hoy!...

--Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro

Pituso?

Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro

timo?».

--Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; no tiene hoja,

como el otro, por quien perdiste la chaveta.

--¡Bah!, no quiero oírte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se

separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.

--Oye... mira--dijo Guillermina llamándola...--Cuando salgas, date una

vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande.

Aguarda, oye; te compras una buena cuna...

La dama se reía; todas se reían.

xi

El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre;

pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se

quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que

la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza,

aunque esta fuese bajada del Cielo; insistía en que tenía leche; el niño

berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la

verdad... «En fin, señora--agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda--; que

a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella

quiere es que la criaturita perezca...».

Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala.

«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene

la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a

su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien».

--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora...

Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que

no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada

de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de

amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra

sí, que me temo que en una de estas le ahogue.

--Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de

amansarla.

Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció

alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad,

demostrando un gran interés por ella y por su niño.

«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--. Tenía yo

ganas de que viniera para decirle una cosa...».

--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.

La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza;

pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.

«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo

que usted me diga lo creeré».

--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No

sabía yo que soy bruja...

--No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala

que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho

más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande,

que no creo que me lo perdone Dios.

--¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y

acariciándole la barba).

--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me

riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di

veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a

ese y a esa... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...

Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo

un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es,

sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y

me ha parecido muy razonable».

--La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros,

crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda

aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le

dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me

quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.

--Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más

atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por

haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.

--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.

--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala

intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la

pecadora.

--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!,

¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es

a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza

de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se

pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?

Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante,

no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me

gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría.

Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no

vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».

--¿De modo que a esta tía monstrua no se le da un castigo?... Eso sí

que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.

--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.

Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted

no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no

quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le

cayó la lotería».

--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volviéndole a

coger y estrechándole contra sí.

--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.

--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y

ardor).

--¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones.

También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de

todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin,

estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar.

Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios

manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará

usted?

--Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña,

al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se

me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo

que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin

embargo no ser una mala.

Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se

le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A

que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no

me devuelve esta?».

--¿Qué?--Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien

dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito

y su santificación, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de

en medio?

Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la

respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que

mentir para no darle la razón.

«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--. ¡Jacinta

desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».

--Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela

después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que

yo me muera?...

--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?

(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo,

y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos

aborrecen.

Con un ju ju melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.

«¡Ay!, ¿no lo cree?...».

--¡Que me desea bien a mí!

Tie gracia.

--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...

--Pero de eso a que me mire con buenos ojos...

--Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a

mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que

la perdone debe darse por satisfecha...

--¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?

--¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de

Dios, ni nada, no comprende esto.

--¿Y podría ser mi amiga?...

--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo

contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que

después de lo que ha pasado partan un piñón...

--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--. Por más que

usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y

ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé

vueltas.

Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la

santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una

comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por

cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una

limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la

mañana».

Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra

vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».

--Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!

--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame

(bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?

--¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?

--Con aquel que se murió de repente...

--Cállese, cállese o le pego...

--No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de

Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito

de duda.

--¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...!

--Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la

mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un

ángel.

--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta

faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas...

--No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la

que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole

en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque

le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que

Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di

con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro

que sí...

Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar...

«Quedamos en una cosa--dijo levantándose--; mañana vendrá el Padre Nones

para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice

Estupiñá...».

--Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está

el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta

amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.

--El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que

yo mando--declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los

cuales nadie se podía oponer--. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de

opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y

dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El excelentísimo señor

de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto.

xii

Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano,

a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de

quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de

relaciones con ella. En la sala cuchicheó la ministra con Segismundo

contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un

revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por

una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre

papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de

la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que

le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica

del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, la de los Pavos estaba

aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la

cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no

había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte

a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que

habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará?

Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted

es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si

le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que

no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui

desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso

que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.

Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso

que Ballester le explicase qué traía por allí.

«Pues nada, que la ministra esa quiere meter las narices, y ver a

usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán».

--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la

veo. Y de mi marido, ¿qué dijo?

--No le nombró.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo

mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje

usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí

solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por

Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?

Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en

demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le

dijo que los Rubín grandes y chicos, así los de carne y hueso como los

que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino

pasando sobre su cadáver.

Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos

que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla

iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este

particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas

excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña

Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues

que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D.

Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si

lo necesitara».

--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que

Plácido es todo de la casa, y desde chiquito no hace más que llevar

recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen

hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo

tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de

doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo

ahora a la mona del Cielo, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en

ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere

decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora

seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?

--¿Cómo he de dudar eso, criatura?

--Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye

decir.

--Está usted viendo visiones. Bueno va...

--Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que

decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme...

¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más...

Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora?

--Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada...

¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de

la corte celestial...!

--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?

Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la

conversación a un terreno insignificante; pero Fortunata se las componía

para volver a lo mismo, a que ella y la Delfina iban a ser uña y

carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien

está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester,

yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y

es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar

ningún trabajo. Lo siento yo aquí entre mí».

--Depende también de las personas con quien uno se junta--le dijo su

amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos

que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se

nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí,

ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja.

¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de

Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a

visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el

comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no

vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera

porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted

que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a

mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre pensador,

mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los

ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras.

--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de

generosidad, que en ella era tan común--. Yo tengo guita. Si quiere

mandar a paseo a las Samaniegas, mándelas. Que se fastidien, que se

arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su

madre y para el pensador, hasta que encuentre otra botica. Tenga

confianza conmigo... O semos o no semos.

Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron

los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco

después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los

hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien

fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal

de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que _diese con

la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se

presentara.

Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de

cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó

también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de

la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a

su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién

he visto?, a la tía esa, la de los Pavos. Fue a buscarme al cajón, muy

ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a

caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha

aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice

que las Samaniegas están trinando contigo, y que la viejona aquella,

doña Casta, no parará hasta no verte en el modelo. ¡Qué comedia!

Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, _la

Fenelona_, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que

tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta,

que eso no es más que envidia».

La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían

hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le

fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió

terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el

lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora

mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta

chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan

grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que

quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a

rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir

eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme!

Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».

Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu

estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no

iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la

jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser

imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto,

tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».

Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con

vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su

deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y

saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto

a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin

que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que

viniese conmigo...?». La idea de asociar a Platón a su temeraria

empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea.

«Pues lo que es mañana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, mañana

tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...».

Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es

hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión

ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le

deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me

diga que este no es el hijo de la casa, le saco los ojos. Él no

puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma.

Él no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro

por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en

que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero

aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose

en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a

Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se

cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no

lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no

puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del

revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si

alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo

desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y

quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la

lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me

pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío,

que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien,

porque lo seré, lo seré».

Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el

pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a

cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos

de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de

mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella

te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan

chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y

nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi

niño es de quien es, y no hay otro en la casa, ni le habrá,

¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».

xiii

Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía,

por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas

expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre

y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José

Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le

enderezaba un cañón; pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a

ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha

una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer

funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que

usaba--. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y

el pobrecito no tiene qué mamar?».

Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos

los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con

determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad

un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba

la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo

algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó

con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el

angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos

pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se

hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una

cosa?--le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara--. Tienes

calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras

caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es

tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos la de los Pavos

y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica,

no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las

señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que

tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues

qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y

en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y...

chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo

que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda

cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene

que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...!

Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de

nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es

como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos

familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las

pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera

la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo

como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes.

Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle;

pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te

remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de

decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero,

dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si

es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos

aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas».

Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta;

pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad

pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la

cara anegada en llanto.

«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras

ser títulas; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo

te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué

prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me

paice a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar

cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay

equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se

tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y

libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien

saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae

la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan».

Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad.

Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente

sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco

de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le

nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando

vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo

apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en

sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que

tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las

crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en

brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué

manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque

veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo

ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su

auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta,

y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le

quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla

pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al

fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y

los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los

oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del

tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta,

resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven,

echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el

interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas

sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron,

cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no

eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel

desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos

involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su

parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna

impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como

algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y

oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres

endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la

mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío

confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.

Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y

pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú?

--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--. ¡Ah!, ya

te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que

la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para

el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel

desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las

ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana.

Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición

irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico

infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le

había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad

crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad

física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se

determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba,

como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en

aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y

quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión

clara y enérgica de él. «Si me descuido--pensó con gran ansiedad--, me

cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!...

Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo...

Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le

dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D.

Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba...

Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia,

tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré

mucho».

En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar

a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba

despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró

que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto

como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué

tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?...

¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre...

Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me

muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva

estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea

tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me

lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel

que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al

despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo

mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque

Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».

--Sí, señora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes

más oficiosos del mundo--. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha

encargado...

--Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la

medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje,

que me tiene que escribir una carta.

--¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué

medicamento quiere?

--Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero.

--¡Que se muere! Vamos... no bromee usted.

--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si

pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo...

--No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tardó cinco

minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata

se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que

después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna

de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las

manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo

finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación

que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido--dijo

Fortunata con mucha animación--; hágame el favor de escribir... Aquí no

hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de

medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué

golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al

punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo

le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...».

--Yo...--repitió Plácido.

--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy!

¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y

ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así?

--«Lo mala que he sido...».

--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin

hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D.

Plácido, ese mono del Cielo que su esposo de usted me dio a mí,

equivocadamente...». No, no, borre el equivocadamente; ponga: «que me

lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está

muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada.

Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y

porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos

amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero

Pituso. Este no es falso, es legítimo y natural, como usted verá en

su cara. Le suplico...».

--«Le suplico...».--Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le

doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por

natural suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que

besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo

echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma...

Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la

inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue

encontrado el documento. «Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi

amiga doña Guillermina».

--Pero no vale sin transferencia--replicó el hablador examinando el

papel.

--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mío, y yo

lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi

voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré

muchas firmas debajo, y verá si vale.

Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se

le mandaba.

--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la

palabra--, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra

vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi

tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve

usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no

me moriré tan santamente... como quiero morirme.

No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó

extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para

morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y

cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No

me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--. Pero al mismo tiempo,

si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo

cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y

bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no

muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se

aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara

con cara. «Fortunata... Pitusa» murmuró echando talmente la voz en

el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió

ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo:

«Nene...».

xiv

«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el

crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán

ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito

firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado).

¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es

que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está

pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas;

se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y

no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya

estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le

convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído).

Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan

tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!,

hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense

usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda

y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que

está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión.

Voy a tocar otro registro (con malicia).

Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá...

¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a

su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita.

(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta

el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los

borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que

resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean

qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a

María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia.

Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo

vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva

esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de

una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con

Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una

calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».

Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi

alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué

carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han

robado, nos le han robado...».

--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupiñá

cogiéndola por un brazo--, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos,

y no sea usted mamarracho.

--Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es

esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? Paice que te han dado cien

puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y

tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...

--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--. ¿Dónde vive? Yo le

avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le

falta.

--¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido--exclamó Segunda,

descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a

dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo

atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.

--¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda

le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se

muere?

--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.

--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa

de Socorro.

--A la cárcel... es donde tiene que ir usted.

Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso

incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. Platón vacilaba, no

dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.

«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirmó el

anciano, dando una patada--. El chico está donde debe estar, y bien

saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».

--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina,

que si no era ya cadáver, lo parecía--. Dinos lo que te han hecho,

dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...

--Usted--dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a

ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré

a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.

Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. Platón, comprendiendo

por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran

más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle

del Ave María.

La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido

enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la

santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta

que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto

pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».

Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado.

Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no

acababa de comprender el robo del chiquillo, no se atrevió a mentarlo

ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes

dosis de ergotina; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y

no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso

en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel

eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de

remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas

con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida

no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos

mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con

expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano,

trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo.

Calladas, se hablaron mirándose.

«El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mandé recado al salir de

casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro

Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera

contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza.

«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan

agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».

En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír

aquello del rasgo, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero

este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción.

«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún

rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena

memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar.

Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus

pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija

mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de

todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».

Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que

aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.

«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a

quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».

Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la

diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola

sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el

techo.

«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si

perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio

mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay

que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por

mí, por el mono del Cielo, que debe quedar aquí rodeado de

bendiciones, no de maldiciones».

Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su

respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas

que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar--le dijo la santa--;

basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona

usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría

pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma,

sino una parte de ella afirmase.

«Más, más claro».

Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.

«Así me gusta».

Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que

parecía inspiración poética o religioso éxtasis, y vencida

maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras

para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...».

Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y

en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa

estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.

«¡Ángel!... sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien. Amiga

querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a

venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora

recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es

preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y

verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando

no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera

esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que

semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame

que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la

confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho

por allá».

La Pitusa no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al

ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me

tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le

conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje

aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un

lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al

demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo

por mí, para que yo me quede tranquila».

Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo

de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si

entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la

palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo

ve?...».

--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo

quisiera...

Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por

la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se

llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, maestra» dijo el

anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron

los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la

enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a

sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz

quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que

Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible

sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... _mona

del Cielo_».

Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido...

cabeza trastornada».

Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de

Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el

corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo

a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo

principal es tener un interior puro, un...».

La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse.

Fue sin duda aquello de soy ángel, y luego inclinó la cabeza como

quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz

dijo: «Maestra, maestra, venga usted».

Entró Guillermina y ambos la observaron.

«Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza

trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...».

La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a

escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la

escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto

que vivo.

xv

Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una

actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que

infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía

cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la

santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué

sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía, y llegándose al

cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó

multitud de besos en su frente y mejillas.

«¡Ah!, señora--dijo a la fundadora, secándose las lágrimas--; veo que se

asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es

que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida...

digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien;

yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense

usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta

desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los

disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos

disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan

buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado

la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación

moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de

una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado

aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea

usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de

esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la

tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido

felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a

un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra

vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría

consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede

imaginar».

Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de

aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue

tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos, y sentado a la

cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que

necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.

«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo.

Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...».

--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre. ¿Qué

necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy

bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le

hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al

buen entendedor...

No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina

hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y

sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín,

y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los

preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En

todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en

ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los

Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla,

observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por

suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil,

tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las

cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en

vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas

facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué

le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las

sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la

cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse.

Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.

Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a

Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se

mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara

un escándalo, el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted

nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz,

y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con

el cual quiere fusilar a las pobres Samaniegas y a otra persona que

suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en

un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al

filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra

las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle».

--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque

ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se

ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera,

coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted

dirá que esta ostentación no viene al caso.

--No, yo no digo nada.

--No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es

absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos,

y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y

que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no

debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar,

ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando?

Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con

ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había

llegado doña Bárbara.

Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando

los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba

en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo

hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían

también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero

escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de

un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin

resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para

convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los

afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación

armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella

tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento

de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de

existir aquella mañana, y se maravillaba de notar en su corazón

sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura, pues

entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en

desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor

enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de

la herencia del Pituso, envolvían, sin que la inteligencia pudiera

desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio,

la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que

las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de

darse un abrazo.

Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose

discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición

preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le

llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen

conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las

cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al _mono

del Cielo_.

Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una

escena memorable.

Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en

duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta

redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su

dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era

para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento

ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima,

abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión

y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente

responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor

propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó

admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico

era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con

propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y

legítima esposa.

Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto

con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que

apenas pudo él contestarle, y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y

risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida

consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era

fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna,

cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se

vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la

estimación a su marido, y la ruina de la estimación arrastró consigo

parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras

proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en

que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz, y ante

el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba,

el pobre hombre padecía horriblemente, porque era para él muy triste,

que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie

en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que

periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era

tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo,

experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables

pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud

equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y

marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás,

quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.

Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que

nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus

trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las

pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.

Durante algún tiempo, el Delfinito siguió en casa de Guillermina,

donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y

se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él

en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le

querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía

fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de

aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del

heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la

imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el

artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso

hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al

echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el

discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También

ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y

los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el

tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas,

poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más

allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra

total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su

vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este

ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de

Juan Evaristo; recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas

propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien

podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el

de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella...

Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no

estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese

falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la

tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían

las muchas cosas malas que pasan...».

xvi

En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del

carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo

constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir

solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo

trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur,

Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de

Fortunata, que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo

mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que

había allí elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el

tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas

urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida

pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se

llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas

especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no

participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con

selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas

y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es

cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe

lo que trae entre manos.

En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín,

delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran

Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de

las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas

corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba

fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta

imagen--dijo a su amigo--, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá

borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción

de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que

lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber

muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos

nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo

digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también

eliminación».

Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no

desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es

un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida);

porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por

esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a

dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por

hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para

mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en

la cabeza la idea de que era un ángel, sí, ángel disfrazado, como si

dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me

habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la

tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí

dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por

causa de la muerte, probarme que es verdadera...

Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con

la mía».

A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque

doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron

inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a

Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces

que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y

le daban la comida por un tragaluz, no atreviéndose a entrar ni la

señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de

agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en

la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un

ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el

rostro y las ropas en desorden.

«¿Qué?--le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle--.

¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le

quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo

el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la

tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y

no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester,

y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados».

--Ballester--dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un

letargo.

--El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues

prométame tener juicio.

--¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna

vez ni tanto así del juicio?

--¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va...

--Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubín con relativa

serenidad levantándose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo,

más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por

qué, por qué fue?

--Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque semos

muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo,

cuando de repente le dio por comprar un revólver...

--¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio

palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye

usted?, como ella sabe querer.

--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.

--Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de

mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel

estado de virtud en que me hallaba.

--¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al

bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.

--Volveré--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la

promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor

inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en

cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos

ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.

--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede

realizarse, porque falta una de las partes.

--¿Qué parte?--La que ponía el amor, ese amor tan sublime y...

delirante.

Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos

ni atenuaciones, concluyó así:

--Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace

hoy ocho días.

Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi

prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra

vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos

a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya

siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento

vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea

Dios, bendito sea!».

Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su

oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena

de su sobrino, y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y

atisbadora.

«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--. Ya está bien. Pasó el

arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como

la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».

--Y ahora también, y ahora también--afirmó Rubín con maniática

insistencia--. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de

cálculo.

--Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo

demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la

ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.

--¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).

--Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe

esta alhaja?

--Mi ropa, tía, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores

tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.

Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En

el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe: «Mire

usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he

hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido

darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la

difunta y una corona de rosas...».

--¡Corona de rosas!--exclamó la de los Pavos, que con toda su

diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.

--De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene

usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay

posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de

una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted

se ría.

--No, si no me he reído. Pues no faltaba más.

--Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha

de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse

de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora,

para que lo vea.

Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón.

Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le

imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del

morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y

llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de

mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos;

pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién

ocupadas, y paráronse delante de una en la cual estaban aún los

albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas.

«Aquí es--dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda,

en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien

tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del

fallecimiento--¿Qué dice ahí?».

Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien

claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía

de Rubín. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y

difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto

tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio,

brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas

de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas

mis penas me están saliendo por los ojos».

Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí

más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un

entierro con bastante acompañamiento.

Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su

atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida,

expresó a su amigo estas ideas:

«La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y

ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde

lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se

equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos

estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran

madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.

Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.

Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando

queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella

a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo

Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como

un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que

sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si

alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de

Dios!, que me la ha de pagar».

--Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.

--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi

vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y

para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi

corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me

hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y

limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento

que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí.

He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de

Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han

sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma?

Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado

de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día

en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como

era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada

de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como

en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de

Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se

transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo

libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le

imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las

fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las

traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se

acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades

de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con

pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.

--Era un ángel--murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le

comunicaba algo de aquella exaltación.

--Era un ángel--gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla--.

¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...!

--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--. Lástima de

mujer... ¡Si viviera!

--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero

muerta...

--Y yo también--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía

contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos

los que se consuelan así!

--¡Dichosos mil veces, amigo mío!--exclamó Rubín con entusiasmo--, los

que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.

Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo

en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran

abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz,

muy feliz.

Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de

mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde

pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui

al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te

tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso

que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en

él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en

Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa

determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa

que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había

entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se

desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente

tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le

preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al

llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si

creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo

acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a

lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas

mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano

Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da».

Madrid.--Junio de 1887.

FIN DE LA NOVELA

* * * * *

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