Parte 1 — Capítulo V: Viaje de novios Fortunata y Jacinta · Capítulo 5 de 32
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Parte 1 — Capítulo V: Viaje de novios

Parte 1 — Capítulo V: Viaje de novios

i

La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen

juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de

recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de

rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos

lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a

Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el

único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.

¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que

tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de

Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó

enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial,

verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,

sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá,

cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con

sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la

estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a

las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y

de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no

excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus

sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta

escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de

ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella

pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería

a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su

marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que

se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se

acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la

ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella,

pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía

Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de

amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la

vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No

le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así,

clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si

era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría

hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a

ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba

Chí, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El

Chí se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,

también en estilo mimoso, ¿me quieles?, y otras tonterías y

chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la

misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que

les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos

aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,

frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua

yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un

atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las

consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que

Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del

que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del

arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de

cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que

les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;

si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la

señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de

esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del

mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier

tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de

estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez,

divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su

memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen

gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los

enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las

fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para

averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.

Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor

aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente

victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando

los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y

hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,

Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado

de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado

antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves

indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los

mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va

adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las

revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la

curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido

un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.

Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.

Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la

primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de

inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido Nene

(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.

Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,

como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si

lo que la nena anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas

de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser

completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo

a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las

pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor,

porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca

hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No

dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor,

quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber

siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós

paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas

paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas

historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de

memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se

deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de

Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía

que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la

indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso

sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo

que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá

estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito;

eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se

enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación

impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría

puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba

su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y

diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:

«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con

un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al

mugir de la máquina humeante, gritaba:

«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.

¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar,

para que me quieras más».

--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --¿Ahora mismo?

--Chí.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuéntala y luego veremos.

--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año

pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer...

Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una

vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado

Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a

verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró

una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...

ii

--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una

salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que

come huevos crudos?...

--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...

--No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra

vez.

--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos,

suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de

peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del

gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a

relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar...

¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su

tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!

¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la Melaera, ¡qué basilisco!...

¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se

dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que

entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de

granito, llorando».

--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los

tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la

pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

--¡Qué poca vergüenza!

--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era

confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo

bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré

en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro

palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la

tía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón de

banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y

llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y

yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No

tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella

gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a

aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo

por la sobrina de Segunda.

--¿Y cuál era más guapa?

--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de

su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no

sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y

luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la

culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que

poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a

veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz

chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón...

¡pobre nena!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan

espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la

aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de

una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y

expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para

ser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como

pasaron... Basta ya, basta de cuentos».

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que

considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un

episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los

pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor

puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero

olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que

hoy poseo, tú, niña mía?

--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa

Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas

expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo

imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de

casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo;

pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la

curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en

Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la

Seo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando

vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás

de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para

reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a

enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus

calaveradas. Tienen un chic. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un

poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No,

si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa

aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el

pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la

historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo

admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los

dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no

era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el

nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo

así:

«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es

que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

--Sigue con tu conquista. Pues señor...

--Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son

breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije:

«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé

que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

--La respuesta fue coger el mantón, y decirme vamos. No podía salir

por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de

azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y

enemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo

mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las

palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos

por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y

aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para

hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su

marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio

un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una

burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa

tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido

yo...».

--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes

más.

--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas

conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que

al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de

cumplir la palabra de casamiento que le di?

--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente

cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te

daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de

pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la

plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos

esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos

caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas

gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas

aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y

tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.

Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas

entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el

sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se

entere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no

me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el

desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella

coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un

sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,

sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra

plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin

decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,

besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las

palabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía

uno...».

--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en

verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se

quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no

ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por

estas paredes una mirada humana...

--Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin

poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del

suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un

sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron

afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les

miró mucho.

«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y

pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara».

--¿Qué nos ha conocido?

--Que estábamos... tonteando.

--Psch... ¿y a mí, qué?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me

cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la

causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si

le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la

cabeza, una nuera que dice diquiá luego y no sabe leer».

iii

«Quedamos en que no hay más cuentos».

--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí

que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo

figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y

la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué

resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como

si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El

pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito,

siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo

mismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los

elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a

ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre

el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa

era esa de la Concepción Jerónima...?».

--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de

particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal,

hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más

grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,

presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y

tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y

le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda

de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja

valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se

entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se

emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga;

él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se

armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo

que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo

popular.

--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia,

verdad?

--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las

callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la

deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la

pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.

¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de

moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la

Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.

«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y

yo, que oíamos estos jollines desde el entresuelo, no hacíamos más que

reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo

tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante

chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió

allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo

Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era

cosa de alquilar balcones.

--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que

volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,

fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de

entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú

no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo

conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas

que no puedo juntar.

--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un

poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te

sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta

bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre

Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se

acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

--Sí que es particular. ¡Qué gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el

interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para juergas y

cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto

llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la

guitarra, venga de ahí, comer magras. Era una orgía continua. En la

tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día

que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.

La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo

como dos insensatos...

--¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha

caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos

mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no

cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la

lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del

Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el

gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los

estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían

sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los

campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las

locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las

plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua,

pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros

tuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía

llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los

recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y

tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que

habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les

dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la

animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.

Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y

de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas

armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante

tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la

familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente

olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en

el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles

juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación

de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa

estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en

cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver

una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de

decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el

algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro

una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más

raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que

de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de

los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo

pasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo

instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en

sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara

los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al

salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas

que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para

vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan

tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan

tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan

seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale

más ser mujer mala que máquina buena'».

--Filosófica está mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di

si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa

ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro

resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del lado

de su marido y le dijo:

«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que

deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el

pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!

Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que

sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había

pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura;

mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden

de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi

marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien

podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la

palabra difícil de pronunciar, ¡chiquillo!, Jacinta no se atrevía, y

aunque intentó sustituirla con familia, sucesión, tampoco salía.

--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

--Era una tontería; no hagas caso.

--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a

preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y

haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.

Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le

adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su

sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra

que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la

esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza,

y hablaremos... y sabré si hay o no algún hueverito por ahí».

iv

Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos

libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía

artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera

mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a

Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía,

colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el

paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas

lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las

embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados

puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las

construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y

naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han

leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las

barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.

Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta

no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las

Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de

Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar,

Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los

piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la

rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o

parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan

desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido

que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?

Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre,

tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se

desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la

maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de

algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro

del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se

acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se

alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero,

para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al

escondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,

mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del

cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta

se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en

fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes

pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de

música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están

grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que

se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa

bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;

tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,

me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a

una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o

pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un

beso, que las hambres con amor son menos.

--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si

descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con

naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál

apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores,

rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?

«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--.

Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,

poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de

cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre

les daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy

gordito».

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él,

y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más

le supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer

con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,

viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino

el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros

nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este

almuerzo.

--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la

digestión.

--¿El ácido qué...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están

riquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya

no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué

casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la

ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el

brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre

todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que

ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,

y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:

«No me has dicho cómo se llamaba».

--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque

supongo que vivirá.

--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de

repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un

arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a

saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé

de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de

equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me

pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya

sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.

¿Con que, nenito, desembuchas eso, sí o no?

--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres.

--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el

secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.

Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.

No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el

bolsillo con saber un nombre más?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero

olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes?

--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener

celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo

ni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje

era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba

los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o

sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores

olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las

más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana

está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas

los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas

encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las

hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes

semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el

arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por

todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias

gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con

zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres

frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de

pelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las

chufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían

las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas

personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el

mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el

cielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras

nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos

los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones

más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las

ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la

aparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah!

Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero

habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo

con calma. ¿A qué viene tanto ¡ah!, ¡oh!...? Todo porque aquellos

brutos...».

--¿Chica, qué estás ahí diciendo?

--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás...

hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra

esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las

cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio

Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes,

que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el

de los higos chumbos?».

--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta

de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por

fruto las sogas.

--Y el esparto, ¿dónde está?

--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran

masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de

árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en

Valencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo

observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los

esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles

angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si

esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda

sin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de

haber paseado por las calles y oído media Africana en el teatro de la

Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la

picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita

disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando

razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero

olvidar eso...».

--Pero el nombre, nene, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la

boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo,

la falda, el polisón, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas

y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar

con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando

ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le

desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su

mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre

las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas

palabras:

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más...

en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor

alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le

ayudaba.

--Se llama For...

--For... narina.

--No. For... tuna...

--Fortunata.

--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.

v

«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días

después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos

tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a

casa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas,

a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco

aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así,

llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas

jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de

azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal

aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de

viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo

que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo

triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche

tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad,

palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad

horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el

humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el

horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre,

que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y

las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...

Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un

narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche,

muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate,

y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la

Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío

muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a

Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día

para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla...

Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron

dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso

y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo

que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,

viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando

del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las

miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a

Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en

los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las

teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta

ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su

flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos

cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito

que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo

pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que

recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en

tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez

convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas

cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a

Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda

la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla

y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a

pero de Ronda que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que

en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios

eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz

fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un

poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que

chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,

como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de

tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!,

sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los

cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más

remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de

sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente curdela tienes tú».

Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo

malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su

boquita cerrada que tuvieran fundamenta. Nadie necesitaba tanto como

él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía

era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un

embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita,

tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a

tomarle el pelo al inglés.

«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las

escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque

no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus

dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si

sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la

sangre a la cabeza...».

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato

recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos

que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De

repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía.

Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la

silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el

mister con sus finuras, le pego... Yo también sé boxear».

Hizo el ademán del box, y ya entonces su mujer le miró muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de

tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara

mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy

esclavo del deber...

Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre

sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el

caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de

que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba

su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la

silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por

la habitación.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada nena--decía sin

mirarla--. Te amo con delirio como se dice en los dramas. Bendita sea

mi madrecita... que me casó contigo...

Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención

recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa

Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:

«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando

todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y

me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado;

era yo muy cañí... esto quiere decir gitano, vida mía. El vicio y la

grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle

garlochín... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura

verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas

las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado...

tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy

a hacer un altar de oro para adorarte».

«¡Jesús, qué fino está el tiempo!--exclamó la esposa que ya no podía

ocultar su disgusto--. ¿Por qué no te acuestas?».

--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas,

chavala!--añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas,

había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--.

Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte

ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una

urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás

cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los

pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma

mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la

humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas...

sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme...

Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato,

los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:

«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas,

muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo

Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo

dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el

corazón lleno de inocencia...

Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas

letras y otras las equivocaba. Decía indilugencias, golver, asín. Pasó

su niñez cuidando el ganado. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas.

Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino

del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú

qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los

palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche

de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la

boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos

pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les

hacía rorrooó... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre

Fortunata, pobre Pitusa!... ¿Te he dicho que la llamaban la Pitusa?

¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que

conste también; es preciso que cada cual cargue con su

responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice

creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!...

Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las

tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo

cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le

garfiñé su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos,

somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es

cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes

razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás,

una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que

me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles...

justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».

vi

Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía

qué hacer ni qué decir. «Hijo mío--exclamó limpiando el sudor de la

frente de su marido--, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima.

Estás delirando».

--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--añadió Santa Cruz,

quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el

suelo--. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese

disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la

cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio...

Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para

que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde

vas? ¿No ves mi aflicción?

--Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no

digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té.

--¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...--dijo el otro en un tono

tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas--. ¡Té...!,

lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he

ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en

la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno

debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la,

la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me

digas que no, no me lo digas...

Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o

era broma?

«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».

--No, niña de mi alma --replicó él sentado en el suelo sin descubrir el

rostro, que tenía entre las manos--. ¿No ves que lloro? Compadécete de

este infeliz... He sido un perverso... Porque la Pitusa me

idolatraba... Seamos francos.

Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.

--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no

era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la

decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza,

qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no,

y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué

humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le

da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo

pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo,

después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado

encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la

Pitusa fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por

esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por

mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa

en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien

llaman Platón porque comía en un plato como un barreño, arrojaba

chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les

reconciliábamos cuando nos convenía... La Pitusa temblaba de verlos

alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No

volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos

Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se

armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos

todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras:

«¡indecente, cabrón, najabao, randa, murcia...! No era posible

semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma

Pitusa me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije

vuelvo, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo

sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia

allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite.

Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me

cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día

subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la Pitusa

estaba cambrí de cinco meses... ¡Cambrí de cinco meses...! Alcé los

hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y

plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y

plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo...

Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el

suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la

silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con

diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua,

contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a

preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas

que revelaba.

«¡Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cariño y del

miedo--, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures

dormirte. Cállate ya».

--¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada,

ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di

que sí.

Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida

vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los

ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta

fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla

a los niños cuando se les quiere dormir.

Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en

estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse,

luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en

él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se

quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco

trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un

pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable

recuerdo de lo que había visto y oído.

Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia

vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor

propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se

atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma

prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y

cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el

afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de

zalamerías, le dijo:

«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche...

Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado

otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me

acuerdo».

--¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público

que yo.

--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.

--Tú lo has dicho... --Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he

cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la

culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué

dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que

no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué...

--Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La

palabra horrible negábase a salir de su boca.

--Dilo, hija. Di ajumao, que es más bonito y atenúa un poco la

gravedad de la falta.

--Pues como estabas ajumaíto, no eras responsable de lo que decías.

--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?

--No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta

sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado

clarito. Lloraste por tu Pitusa de tu alma, y te llamabas miserable

por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde

cogerte.

--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos

palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.

Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario

banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería

comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que

las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran

sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran

una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le

permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de

Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber

qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto

tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y

el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. Platón estaba fuera

de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde

diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la

huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la

escalerilla, una covacha a que daba el nombre de establecimiento. En

aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la

gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el

ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del

pulpitillo. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico,

que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.

«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba.

vii

Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en

el suelo con el bastón. Por fin se expresó así:

«Supe que en efecto había...».

Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración,

diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima.

«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué,

¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de

tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa,

y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la

conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer

diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la Pitusa se había

marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he

sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he

tenido noticias de ella».

La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su

alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la

responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin

duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono,

aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal,

y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más

en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era

preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada

población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la

actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas,

se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos,

que por la tarde ya estos se habían desvanecido.

Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el

gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas

misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se

acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento

de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería

que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las _bocas de la

Isla_? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las

bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.

Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya

en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos,

deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque

picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal

asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo

borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió

algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues

señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés

de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles

muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres

de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de

tener ocasión de darle el par de galletas que se tenía ganadas. «Este

danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y

de que te contara aquellos horrores...».

Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el

punto negro. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea

que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.

«¡Pobres mujeres! --exclamó--. Siempre la peor parte para ellas».

--Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las

circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando

todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se

prueba todo lo que se quiere.

Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu

ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se

barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente.

Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese

despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y

existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento

procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le

inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la

desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la

humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su

amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria

había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la

vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el

altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.

Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su

esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para

esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de

su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en

someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay

dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna

con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como

parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de

clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las

relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La

conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas;

pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo

duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que

hubiera cumplido mis compromisos con la Pitusa... No te quiero decir

más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una

locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto

de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido

son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que

hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo

salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que

lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay

alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también

mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que

ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer.

Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la

buscaba».

Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil

y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una

bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal

y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un

emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía

dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a

salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad

de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de

colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo

lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en

aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una

levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.

Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes

seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas

dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer

cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por

convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los

cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había

que pensar en la besadera), y cuando vino la noche sobre España, cuyo

radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con

lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea

placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar

todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y

de repartir los regalos.

A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una

cotorra.

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