Parte 3 — Capítulo II: La restauración vencedora Fortunata y Jacinta · Capítulo 20 de 32
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Parte 3 — Capítulo II: La restauración vencedora

Parte 3 — Capítulo II: La restauración vencedora

i

Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación

por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada

reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos

la máscara de tranquilidad que ante sus suegros se ponía. Porque la peor

de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer

venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad

de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura. Ya

no le quedaba duda de que su marido entretenía, como se dice ahora, a

una mujer, y de estos entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas

los bienaventurados papás. Sabía que la tarasca que le robaba su marido

era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del

Pituso muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas

jaquecas. Deseaba verla... pero no; más valía que no la viera jamás,

porque si la veía, de fijo se le iba el santo al Cielo.

La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche

tristísima para ella por haber adquirido recientemente noticias

fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran

regocijo. Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D.

Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos.

Barbarita también reventaba de gozo y decía: «¡Pero qué chico más salado

y más simpático!». Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de

aquella procesión que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a

todos los que entraron felicitándose del suceso. El marqués de

Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino. Había tenido la dicha

inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y

el Rey habló con él... Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien

el tono familiar con que se había expresado S. M. «Hola, marqués, ¿cómo

va?». Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida.

Aparisi sostuvo poco después que él había previsto todo lo que estaba

pasando. Él no era partidario de la Restauración; pero había que

respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar:

«Veremos a ver si ahora, ¡qué dianches!, hacemos algo; si esta nación

entra por el aro...». Jacinta se indignaba en su interior. Tenía un

volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba. Por su

gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunión; mas érale

forzoso contenerse y sonreír cuando su suegro la miraba. Retorciendo en

su corazón la cuerda con que a sí propia se ahogaba, se decía: «Pero a

este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?... ¡qué les

importa!... Yo estoy volada, y aquí mismo me pondría a dar chillidos, si

no temiera escandalizar. ¡Esto es horrible!...».

Don Alfonso érale antipático, porque su imagen estaba asociada a la

horrible pena que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a

casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del

Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta, y la estuvo adulando antes

de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón de la

alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad

del Rey, cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo. «Tu marido

entretiene a una mujer, a una tal Fortunata, guapísima... de pelo

negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, número tantos...

En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tú también lo sepas».

Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con

tales detalles, como el pelo negro, el número de la casa, era un

jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enteró de lo

que en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio confusa y

vagamente, entre la agitación de la multitud y el tururú de tantas

cornetas y músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder

que ella agitara el suyo sin saber lo que hacía... Todo el resto del día

estuvo como una sonámbula.

Entró Guillermina, que también hubo de llevar sus notas de alegría al

concierto general. «Ya era tiempo--dijo antes de meterse en el rincón en

que solía estar--. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a

echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo

hará, porque le hemos traído con esa condición: que favorezca la

beneficencia y la religión. Dios le conserve».

Jacinta la siguió al gabinete próximo, y allí estuvieron las dos de

cháchara por espacio de una hora larga. Guillermina decía: «Paciencia,

hija, paciencia, y todo se arreglará; yo te lo prometo». Ya cerca de las

doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada...

«Es que te voy a aborrecer--pensó--, como no te enmiendes. Pues no

faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusarás

con tus zalamerías».

Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre

y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era

demasiado fuerte para luchar con él. Hasta los últimos días del 74 había

defendido la Restauración. Después de hecha, encontró mal que la

hicieran los militares, y en esto fundó sus críticas del suceso

consumado.

«Aquí siempre se han hecho las mudanzas de esa manera--dijo el señor de

Santa Cruz con patriarcal buena fe--. Es nuestra manera de matar pulgas.

Pues qué, ¿querías tú que las Cortes...? Estás fresco».

Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que

ninguna Restauración había prevalecido; mas todos se negaron a seguirle

por los vericuetos históricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos,

dijo una cosa muy sensata, producto de su observación de tanto tiempo:

«Yo no sé lo que sucederá dentro de viente, dentro de cincuenta años. En

la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo. Lo único que

sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes

de revolución y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya

mucha autoridad. ¡Venga leña! Pero nos cansamos de ella y todos queremos

echar el pie fuera del plato. Vuelven los días de jarana, y ya estamos

suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. Así somos, y así creo

que seremos hasta que se afeiten las ranas».

--Es la condición humana. Así viven y se educan las sociedades--dijo el

Delfín--. Lo que a mí no me gusta es que esto se haga por otra vía que

la de la Ley.

«¡Pillo, tunante!--pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las

palabras la hiel que se le quería salir--. ¿Qué sabes tú lo que es ley?

¡Farsante, demagogo, anarquista! Cómo se hace el purito... Quien no te

conoce...».

Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su

furor; quería cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama,

arrojando en ella más combustible. «Esta noche me le como. Quisiera

estar más furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso

que lo estoy bastante. Pero aún me vendría bien un poquito más de ira.

Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de

Dios».

En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura... «Quítate,

déjame...--gritó ella--. Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy

muy incomodada?».

Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. «Perdone uste, señora»

replicó bromeando.

Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el lo sé todo; pero se acordó

de que noches antes su marido y ella se habían reído mucho de esta

frase, observándola repetida en todas las comedias de intriga. La

irritada esposa creyó más del caso decir: «Te aborreceré, ya te estoy

aborreciendo». Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con buena

sombra otra frase de las comedias: «Ahora lo comprendo todo. Pero la

verdad, chica, es que no comprendo nada».

Turbada en sus propósitos de pelea por el buen genio y los cariñosos

modos que el pérfido traía aquella noche, Jacinta rompió a llorar como

un niño. Juan le hizo muchas caricias, besos por aquí y allí, en el

cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo

y en la barba, acompañados del lenguaje más finamente tierno que se

podría imaginar.

«No aguanto más, no puedo aguantar más» era lo único que ella decía con

angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta

lágrima. No podía tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de

tantísimos días, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni

siquera ¡ay! «Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer más

desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborreceré de veras, porque

yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quería más que a mi vida.

¡Qué tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideración...

Ya no más, ya no más... Estoy volada, y lo que es esta no te la

perdono... digo que no te la perdono».

Algún trabajo le costó a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le

había dicho una amiga aquella mañana. Y cuando él lo negaba, la ofendida

esposa, que sentía en su alma la convicción profundísima de la

autenticidad del hecho, irritábase más: «No lo niegues, no me lo

niegues, pues yo sé que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido».

--¿En qué...?--En muchas cosas.--Dímelas--indicó él poniéndose serio.

--Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más.

--Si no pienso engañarte...--Lo que Amalia me ha dicho--afirmó Jacinta

con súbita ira, llena de dignidad, poniéndose en pie y afianzando con un

gesto admirable su aseveración--, es verdad. Yo digo que es verdad y

basta.

Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro:

«Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad».

ii

Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a

su marido, hizo un ademán de salir. Él la cogió por una mano, y quiso

abrazarla. Ella no se dejó. En medio del estrujón frustrado, sólo pudo

articular la esposa muy vagamente estas palabras: «Me voy». Lo que más

la irritaba era que el tunante, después de lo que había dicho, tuviera

todavía humor de bromas y pusiera aquella cara de pillín, como si se

tratara de una cosa de juego. Porque se sonreía, y tranquilo en

apariencia, díjole en tono de seriedad cómica:

«Señora, acuéstese usted».

--¿Yo...?--Se lo mando a usted... Acuéstese usted al momento.

No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en

aquel segundo estrujón, oyó estas cariñosas palabras:

«¿No vale más que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma,

si te enfurruñas, no llegaremos a entendernos».

Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los

cuentos de niños, a quien por obra de magia se le convierte la espada en

alfiler y el escudo en dedal.

El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo

sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos. En realidad no era

aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y

regular del orden, sino el hastío de la revolución. Verificábase en él

lo que D. Baldomero había dicho del país; que padecía fiebres

alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las más

graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito

que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favorecía este

movimiento centrípeto, que se había determinado por quinta o sexta vez

desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que

la vuelta a los deberes conyugales sería definitiva; pero se equivocó,

porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad,

cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza

centrífuga. Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado,

que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para

emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios. También esto

concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que decía: «Cuando el

país remite, y fortalece con su opinión la autoridad, no es que ame

verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre

para saciar después con mejor gusto el apetito de las trifulcas».

Quedó, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no podía ser más. Pero

creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colérica, dijo todas las

palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: «Me acostaré o no me

acostaré, según me acomode. ¿A ti qué te importa? No parece si no que...

Conmigo no se juega, ¿estamos?... ¿Pues qué se ha figurado este tonto?

Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque

quiero, no porque tú me lo mandes... ¡Vaya!...».

Poco después se oía en la alcoba lo siguiente: «Que te estés quieto...

No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me

engatusas... ni hay tilín que valga. Ya van quince y raya. No están

los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No

quiero verte, no quiero oírte, ni me importa que me quieras o no. Si me

quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reiré viéndote padecer. Con que lo

dicho, déjame en paz. Tengo un sueño espantoso... ¿No ves cómo se me

cierran los ojos?».

Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y

nerviosa.

«Tú no tienes sueño; ¿a que no lo tienes?--le decía él--. ¿A que te

despabilo y te pongo como un lucero?».

--¿A que no? ¿Cómo?

--Contándote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una

confesión general para que veas que no soy tan malo como crees.

--¡Ah!, sí; ven, ven, hijito--exclamó ella alargando sus brazos

desnudos--. Confiésame todo; pero con nobleza. Nada de comedias...

porque tú eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las

marrullerías, y algunas bolas me trago; pero otras no. ¿De veras que vas

a contármelo todo?

La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, poniéndola tan nerviosa que

echaba chispas. No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del

perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le

ofrecía.

Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se

apartó de ella para ir hacia la suya... «¿Pero qué?--pensó--, ¿se

arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... ¿Es que no quiere contarme

nada?...».

«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho.

--Si vuelvo, si voy allá en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo.

--Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme.

No estoy yo aquí esperando a que al señorito le dé la gana de tenerme en

vela toda la noche.

--Cállese usted, so tía...--Diciendo esto, volvió hacia ella,

sentándose en el lecho y haciéndole mil ternezas.

--¡Ah!, esto está perdido--murmuró Jacinta en los respiros que las

caricias de su marido le dejaban, ahogándola...--. Mira, estate quieto y

no me sofoques. No tengo yo gana de bromas.

--Vamos al caso, niñita mía. Para que yo te cuente lo que deseas saber,

es preciso que tú me cuentes antes a mí otra cosa. Dices que tú

sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. ¿En qué te

fundabas tú para adivinarlo?... ¿qué observaste y qué supiste?

--¡Ay!... ¡con lo que sale ahora este bobo...! ¿Crees que una mujer

celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se

lo dice el corazón.

--El corazón no dice nada. Eso es una frase.

--Cuando te vuelves faltón, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me

sirven para leerte los pensamientos. ¿Y te parece que es poco dato el

ver cómo me tratas a mí? Hasta la manera de entrar aquí es un dato.

Hasta una ternura, una palabra cariñosa te venden, porque al punto se ve

que son sobras de otra parte, traídas aquí por deber y para cubrir el

expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas.

--¡Cuánto sabes!--Más sabes tú... No, no, más sé yo. En la desgracia se

aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro

siento algo que me está rallando así, así... muele que te muele... ¡Pues

tengo yo un olfato...! Cuando estás faltoncito, si no lo conociera por

otras cosas, lo conocería por el perfume que traes algunas veces en la

ropa... Otro dato: Una noche traías en el pañuelo de seda del cuello,

¿qué crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqué con las puntas de

los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera

encontrado en la sopa. No chisté. Otra noche dijiste en sueños palabras

de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asusté. Fue

aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve

que ponerte árnica. Me contaste que viniendo no sé por dónde te salió un

borracho, y tuviste que andar a trompazos con él. Traías tierra en la

americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, ¿no te acuerdas?

--Me acuerdo, sí--dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con

Maximiliano.

--Pues verás. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cayó al suelo un

botón. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Parecía que me miraba. Era

de níquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me eché de

la cama y lo cogí. Era un botón de mujer, de los que se usan ahora en

las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en

su día sacarlas y decir: ¿me negarás esto?... ¡Y tú siempre tan

comediante! ¡Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al

espionaje. Se me ocurrió preguntar al cochero. Con una buena propinilla,

Manuel no me habría ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a

mí misma y a la familia, no hice nada. ¡Contarle a tu mamá mis

sospechas!... ¿Para qué?, ¿para disgustarla sin ventaja ninguna?...

Guillermina, con quien únicamente me clareaba, decíame siempre:

«paciencia, hija, paciencia». Y por fin llegaba yo a tenerla, y el

molinillo que me daba vueltas en el corazón, molía, haciéndomelo polvo,

y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y

tragando hiel, tragando hiel. Esta mañana, cuando Amalia me dijo lo que

me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse

aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte

aunque te me pusieras delante de rodillas. ¡Pero es una tan débil...!

¡Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser así,

tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que

de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no

alborotemos...

iii

Esta última queja puso al señorito de Santa Cruz un tanto

pensativo y desconcertado. No desconocía él la situación poco airosa en

que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos

para darle la medida de su pequeñez. Era muy soberbio, y el amor propio

descollaba en él sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de

manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a

su mujer. Cuando, media hora antes, prometió confesar sus faltas, hízolo

movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del

fatuo que se da tono con una cruz. La confesión de la culpa ennoblece

siempre, y como demasiado sabía él que todo lo noble hallaba eco en el

gran corazón de Jacinta, se dijo: «aquí me viene bien un rasgo». Pero

el momento de la confesión se acercaba, y el pecador estaba algo

confuso, sin saber cómo iba a salir de ella. Lo que él quería era quedar

bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando

sus faltas como méritos, y retocando toda la historia de modo que

pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y

el cabello era negro y deshonroso. No tenía que calentarse mucho los

sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tenía su

entendimiento una aptitud particular. Su imaginación despiertísima se

pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que él

no podía sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de

tantos. Hasta las acciones más triviales y comunes, si eran suyas,

quería que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se

parecían a lo que hace todo el mundo. Rápidamente, con aquella presteza

de juicio del artista improvisador, hizo su composición, y allá te van

las confidencias... Jacinta se había de quedar tamañita. Ya vería ella

qué marido tenía, qué ser superior, qué persona tan extraordinaria. Hay

una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los niños y

las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo:

es la que sólo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos allá.

«Preparémonos a oír tus papas» dijo ella.

--De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable,

un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva

contigo, porque creí que no me comprenderías. Veremos si me comprendes

ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontré otra vez a...

--Haz el favor de no nombrarla--suplicó Jacinta con viveza--. Ese nombre

me hace el efecto de la picadura de una víbora.

--Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada.

--¡Casada!--Sí, con un simple. La metieron en un convento, la casaron

después como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias

y atrocidades que horroriza.

--¡Pobre mujer!--exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que

empezaba por hacer a la otra digna de lástima--. Pero bien merecido le

está por su mala conducta.

--Espérate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.

--Ni más mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo

que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca más que

malos ejemplos; ¡si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su

lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía. No, no es lo que

crees. Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte

cargo: después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta,

la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser

marido de nadie...

Jacinta abrió la boca; tan grande era su pasmo.

«Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer día de

matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a

una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a

la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide

amparo».

Jacinta no había cerrado todavía la boca.

«En tal situación--prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su

tesis y con los cubiletes en la mano--, yo te planteo el problema a

ti... vamos a ver... Figúrate que eres hombre; figúrate que te

encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una

defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, tú te

reconoces autor de todas sus desdichas, porque tú la perdiste, porque de

ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qué

harías, qué harías tú en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya

de asombro y contéstame».

--Pues yo... ¿qué haría? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco

duros, y marcharme a mi casa.

--Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, señora mía--dijo Santa

Cruz triunfante--, no se saldan con cuatro ni con cinco duros.

--Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.

--Tampoco. Yo pensé que debía poner a aquella infeliz en camino de

adquirir una posición decente y estable. Buscarle un marido, no podía

ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y

honradez... ¡ah!, esto es muy difícil. No tiene educación; no sabe

trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella más recurso que

comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de

ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que

tomarlas como son; otra cosa es empeñarse en sostener una filosofía

cursi. Yo le dije: «bueno, pues te pongo una casa, y arréglatelas como

puedas...». No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay

que ponerse en la realidad, niñita. No mires esto con ojos de mujer;

ponte en mi caso; figúrate que eres hombre...

--Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien

que te las compones para hacer pasar por protección desinteresada lo que

en realidad es amor que tenías o tienes a esa maldita.

--Pues a eso voy ahora. Aquí te quiero ver... Atención. Yo te juro que

no despertaba en mí ni el amor más insignificante, ni tan siquiera un

capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo

sentía ante ella. Bien me lo puedes creer. No sólo no me inspiraba

pasión, sino que hasta me repugnaba.

--Eso--dijo la esposa--, que te lo crea otro, que lo que es yo...

--¡Qué tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes

de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como

una de esas que, sin tener pizca de educación ni ningún atractivo moral,

poseen un sin fin de artimañas para enloquecer a los hombres y

esclavizarles volviéndoles estúpidos. Esta casta de perdidas que en

Francia tanto abunda, como si hubiera allí escuela para formarlas,

apenas existe en España, donde son contadas... todavía, se entiende,

porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles...

Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee más educación que la

cara bonita; por lo demás, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna

picardía de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no

hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conocí. No

aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una

especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que

pensar, no sirve absolutamente para diablo, ¿me entiendes? Si todas

fueran como ella, apenas habría escándalos en el mundo, y los

matrimonios vivirían en paz, y tendríamos muchísima moralidad. En una

palabra, chiquilla, no hay en ella complexión viciosa; tiene todo el

corte de mujer honrada; nació para la vida oscura, para hacer calceta y

cuidar muchachos.

Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la

lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no

tenía complexión viciosa, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de

él por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tardó en

manifestárselo. Pero el prestidigitador acudió a defender la suerte con

la presteza de su flexible ingenio.

«Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos. No tenía más

remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habría hecho por otra.

Ponte tú en mi caso, figúrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo

que me ha pasado a mí. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que

yo sufriría teniendo que considerar y proteger, por escrúpulo de

conciencia, a una mujer que no me inspira ningún afecto, ninguno, y que

últimamente me inspiraba antipatía, porque Fortunata, créelo como el

Evangelio, es de tal condición, que el hombre más enamorado no la

resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr...».

Jacinta había empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredón que

a los pies tenía. Era su manera de expresar la alegría bulliciosa cuando

estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan decía, la temida rival

era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ríen hasta

los pájaros cuando los examinan de cerca. Pero aún le quedaba una duda,

¿Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito.

--¿Y ella te quiere todavía?--preguntó con la picardía de un juez de

instrucción.

El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la

respuesta, que debía ser muy pensada.

--Pues te diré... que sí. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de

complexión viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como

inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusión como

de moda. Esta no.

--Esta no--repitió Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de

como ella se la figuraba.

--No. Ha dado en la tontería de quererme siempre lo mismo, como antes,

como la primera vez. Aquí tienes otra cosa que me anonada, que me obliga

a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que

coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la

apee de una fidelidad que no viene al caso. ¡Fiel a mí! ¿a santo de qué?

¡Te aseguro que me ha hecho cavilar más esa sosona! Ha pasado por

tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se está

donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta

manía. ¿No te parece a ti que es manía?

A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál

quedarse, y estaba perpleja y muda.

«¡Hay tantos--exclamó Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy

filosóficas--, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de

las mujeres, y a mí me hace padecer una fidelidad que no solicito, que

no me hace falta, que no me importa para nada!».

Jacinta dio un gran suspiro.--Pero al tener conciencia, el tener un

sentido moral muy elevado--añadió el Delfín dominando la suerte--, como

lo tengo yo, me ha puesto en una situación equívoca frente a ti. Yo

necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrás

visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece,

sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. ¿Con que

te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... ¡Cuántas veces

pensamos mal de un sujeto, fundándonos en hablillas del vulgo o en

cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botón!... y

después de mirar bien el hecho, ¿qué resulta?, que no basta para

muestra un botón, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una

palabra, niña mía, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que

la realidad, en vez de arrojar vergüenza sobre el sujeto, lo que hace es

enaltecerlo y quizás honrarle.

--Poco a poco--dijo la esposa prontamente--, que para mí sigue siendo

turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada

composición. No me fío yo, no me fío, porque para fabricar estos arcos

triunfales de frases y entrar por ellos dándote mucho tono, te pintas tú

solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has

divertido en grande con ella. ¡Vaya una conciencia la tuya, vaya una

manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a

mí!... ¿Qué moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una

bribona, y tú serías un simple si no fueras también un solemnísimo

pillo.

--Párese usted un poco, camaraíta--replicó Santa Cruz algo

desconcertado--. ¿Qué palabras usaré yo para pintarte la situación en

que me encontraba? Es que el caso es de los más raros que se pueden

ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te diré que hubo en mí

algo de flaqueza, sí, flaqueza que nacía de la compasión. No tuve valor

para resistir a las... ¿cómo diré?... a las sugestiones apasionadas de

quien tiene por mí una idolatría que yo no merezco.

Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple

un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca

tenía, y deseando que aquella comedia concluyera.

Ambos estuvieron callados un mediano rato. ¿Creía Jacinta aquellas

cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le

contó de la cueva de Montesinos? Lo último que Juan dijo fue esto:

«Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y

compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también. Yo me

entrego a ti».

--Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad

es lo que importa--manifestó la Delfina inquietísima, dando vueltas en

el lecho--. Que no la veas más, que ni siquiera la saludes si te la

encuentras por la calle... ¡Oh, qué mujer!, es mi pesadilla.

--Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto

como tú; me lo puedes creer.

Lo decía con tal expresión de ingenuidad, que Jacinta sintió grande

alegría.

«Sí, hija, no aguanto más. Que se vaya con su constancia a los quintos

infiernos».

--¿Y si da en perseguirte?--Seré capaz hasta de recurrir a la policía.

--¿De modo que no vuelves más a esa casa?... Di que no vuelves, dime que

no la quieres.

--¡Bah! Demasiado lo sabes. No volveré más que a despedirme.

--No; escríbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para

romper.

--Haré lo que tú quieras, lo que tú me mandes, niñita de mi alma,

monísima... más salada que el terrón de los mares.

iv

A la siguiente mañana, Jacinta se levantó muy gozosa, con los

espíritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de reír sin motivo

aparente. Barbarita, que entró de la calle a las diez, le dijo: «¡Qué

retozona estás hoy!... Oye. Al volver de San Ginés, me encontré con

Manolo Moreno, que llegó ayer de Londres. Le he convidado a almorzar».

Jacinta fue a su tocador. Aún dormía su marido, y ella se empezó a

arreglar. A poco entró una visita, que Jacinta recibió en su gabinete.

Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoración a que la

viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al

Pituso y tomarlo por hijo, y sintiendo más fuerte e imperioso en su

alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciosísima y

cariñosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no había goce más grande

y puro que acariciar un pequeñuelo, darle calor y comunicarle aquel

sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradábale tanto la

niña aquella, que se la habría llevado consigo si sus suegros y su

marido lo permitieran; pero no siendo posible esto, se consolaba

vistiéndola como una señorita, pagándole el colegio y pasando un ratito

con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su

inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos.

«Hola, ven acá, mujer, dame un beso y un abrazo» le dijo la señorita,

atrayéndola a sí con maternal cariño.

Adoración se frotó bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de

su protectora.

«Dice que lo que le pide a la Virgen--declaró Severiana con esa

adulación de los humildes muy favorecidos y que aún quieren serlo más--,

es no separarse nunca, nunca de la señorita... para estarla mirando

siempre».

--Ya sé que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y

estudia. ¡Qué elegante estás!... No te había visto el vestido nuevo.

--Anoche soñaba con la ropa nueva--dijo Severiana--, y ayer, cuando se

la puso, no hacía más que mirarse al espejo. Si la tocábamos ¡ay!, nos

quería pegar... Lo que ella deseaba era que la señorita la viera tan

maja, ¿verdad, rica?

--No me gusta tanto afán por las composturas. Ahora lo que yo quiero es

ver qué tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer

preguntas; pero otro día, el jueves, veremos cómo está ese catecismo.

--¡Ah!, señorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que

hicieron aquellos que se comían el maná y lo de Noé en el arca, con

tantos animales como metió en ella. ¿Pues y leer? Lee mejor que mi

marido.

--Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna.

Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos

modales... su poquito de francés, su poquito de piano... Quiero educarla

para maestrita o institutriz, ¿verdad?

Adoración la miraba como en éxtasis.

«¿Y esa mujer?» preguntó luego Jacinta a Severiana, refiriéndose a la

madre de Adoración.

«Señora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, parecía algo

enmendada. Volvió a correr pañuelos de Manila y algunas prendas; estaba

en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el

maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la

Comadre... ¡Qué vergüenza...!».

Jacinta hizo un gesto de pena. «¡Pobrecita mía!» exclamó abrazando más

estrechamente a su protegida.

--Por esto--añadió la otra--, yo quería hablar a la señorita para ver si

doña Guillermina tenía proporción de meterla en cualquier parte donde la

sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que allí la

tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podrían poner, si a

mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera

malos ejemplos.

--Veremos...--dijo distraída Jacinta levantándose, porque había oído el

repique del timbre con que su marido llamaba.

Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera. Su protectora le daba

siempre una golosina, y aquel día hubo de olvidarse. Quedose parada la

niña en medio del gabinete aun después de los últimos besos de la

despedida. Jacinta cayó en la cuenta de su distracción. «Espérate un

momento». A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la

recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la

puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salían, entraba Moreno-Isla, y

Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Subía despacio y

jadeante, a causa de la afección al corazón que padecía. Estaba muy

envejecido, de mal color, y con más aire extranjero que antes.

«¡Oh, puerta del paraíso!, ¡qué manos te abren...! Dispense usted... Me

canso horriblemente» dijo Moreno, saludándola con tanta urbanidad como

afecto.

Estupiñá, que entraba detrás, le echó también un gran saludo a D.

Manuel, permitiéndose abrazarle, porque eran antiguos amigos.

«Estás hecho un pollo» le dijo Moreno, palmoteándole en los hombros.

--Vamos tirando... ¿Y usted...?

--Así, así.--¡Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, también

es gusto, teniendo aquí tantos que le quieren bien...

El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben

emplear los superiores bien educados. Separáronse en el pasillo, porque

Estupiñá tenía que ir hacia el comedor. Moreno siguió a Jacinta hasta el

salón y de allí al gabinete.

«No me había dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy

por mamá» dijo ella por decir algo.

--¿Guillermina? ¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de

anunciarme! ¿Sabe usted que cada vez que vengo a España me la encuentro

más tocada? Ayer, cuando entré en casa, lo primero que hizo, mientras me

saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me

desplumó. Lo que yo decía: «apenas se pone el pie en España, no se da un

paso sin tropezar con bandoleros». Ahora pretende que entre todos los

parientes le hagamos un piso... friolera.

--¡Pobrecilla! Es una santa. Llegó entonces D. Baldomero, anunciándose

antes de entrar con estas alegres voces: «¿En dónde está ese

anti-patriota?». Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos,

fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.

«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho».

--¿Y tú, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado.

--Me canso horriblemente--replicó el forastero, tocándose el corazón--.

Algo aquí... Pero dicen que es nervioso.

--Sí, sí, nervioso--afirmó Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda

la medicina.

--Nervioso, claro--repitió Jacinta; y Barbarita, que a la sazón entraba,

también dijo: «¿Qué ha de ser sino nervioso...?».

--Vaya, vaya con este perdis--decía D. Baldomero mirando mucho a su

amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy

desmejorado--. Siempre tan extranjerote.

--No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinándole la ropa--.

Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo,

¡qué zapatones usan por allá! Esos guantes pasarían aquí por guantes de

cochero.

Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le

viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan

por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando

hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie

española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos

vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de

Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo,

salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la

buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que

cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando

padrino a D. Baldomero II.

--Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--.

Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me

atrevo a decir más.

Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria

mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero,

que defendía todo lo del Reino con sincero entusiasmo. A veces perdía

los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo de fuera hay

mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en

España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de

albillo y el Museo del Prado.

«Vamos a ver--dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la

cara--. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a

estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».

--Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos

en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj... Es muy

despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije:

«Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra

Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo

que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que

le dejen.

En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de

ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.

«¿Pero qué?--dijo el Delfín--, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora

vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la

Gobernación, y estará todavía en la cama».

Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que

quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o

si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos.

Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su

terquedad se encerraba.

«Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad--dijo, después de

apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura

general--. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde

que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a

usted una pulga». (Risas).

«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas...!».

--¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?

--No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del

aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted

a San Sebastián. Se lo comen vivo...

--Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!...

Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al

lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy

alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.

«Indulgencia, señora. He venido volando por no hacerme esperar».

--Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea. ¡Qué

caro se cotiza!

--Es que no me dejan vivir. Anoche duró el jubileo hasta las tres.

Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada...

--Preparando las elecciones, ¿eh?

--¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...--indicó Moreno.

--No, no pases--replicó Santa Cruz--. En ese terreno concedo, concedo...

Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del

Reino son también muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno

calificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo vive en la calle».

«Pues mire usted--dijo Villalonga--: las casas serán todo lo malas que

usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita

la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y

ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede

usted pegar los ojos».

--¿Pero usted cree que por allá hay alguien que se esté durmiendo hasta

el medio día?

Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas.

«Yo de mí sé decir que cuando paso la frontera para acá recibo las más

tristes impresiones. Habrá algo que admirar; a mí se me esconde, y no

veo más que la grosería, los malos modos, la pobreza, hombres que

parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que más me

choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachón

robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza está mal

alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos...

Mi país me es bastante antipático, y desde que me meto en el express

de Irún ya estoy renegando. Por la mañana, cuando despierto en la Sierra

y oigo pregonar el botijo e leche, me siento mal; créanlo ustedes...

Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones,

las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como

esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar».

--¡Hombre, en qué tonterías te fijas!--observó D. Baldomero, continuando

la apología de la patria en términos calurosos que el otro oía con

benevolencia.

Cuando tomaban el café, notaron todos que Moreno se sentía mal; pero él

disimulaba, y llevándose la mano al corazón, decía otra vez: «Algo

aquí... No es nada. Nervioso quizás. Lo que más me molesta es el ruido

de la circulación de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el

ruido del tren, no oigo el mío».

Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pasó, y

siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le hacía telégrafos

desde la puerta, alzando un poco el cortinón. Salió: era Guillermina.

«No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con

secreteo--. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversación

como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos».

--Moreno ayudará--díjole su amiguita, llevándola a otra pieza para

hablar con más libertad.

--No sé... está incomodado conmigo... Esta mañana hemos reñido... La

verdad... me enfadé, me tuve que enfadar. Figúrate que esta vez viene

más hereje que nunca. Cada uno es dueño de condenarse; ¿pero a qué viene

decirme a mí cosas contra la religión?

--¡Qué malo!--Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo

perdone... me incomodé. Le dije que no me hacía falta su dinero para

nada, y que tendría miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de

Satanás. Pero esto es un dicho, ¿sabes?

--Claro.--¿Y aquí no ha hablado de religión?

--No; ni jota. Mamá no se lo toleraría. Ha hablado de que en España hay

más pulgas que en Francia.

--¡Dale! ¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad!

Las cosas que dicen estos herejotes nos indignarían si no las tomáramos

a risa. Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me

horripilé oyéndole. Pero en fin, allá se entenderá con Dios; y entre

tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le

ha de valer para su alma, aunque él no quiera... Con que a ver si me le

catequizas.

--Haré lo que pueda... Veremos, le diré algo...

--No vayas a olvidarte... Adiós, hija de mi alma. Me voy; esta noche me

contarás lo que te diga. Creo que no nos dejará mal, porque en el fondo

es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella

pasta de ángel de otros tiempos. Quédate con Dios.

Volvió Jacinta al comedor. Si cumplió o no el encargo de Guillermina,

lo veremos a su tiempo. Más que reunir dinero para el asilo, preocupaba

a la dama el ver resuelto según su deseo lo que ella y su marido habían

tratado la noche anterior. Movida de este afán, así que se marcharon

Moreno y Villalonga, cogió por su cuenta al Delfín, y otra vez trataron

ambos la cuestión de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal,

discrepando sólo en el procedimiento más adecuado, pues ella opinaba por

una carta y él por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa

discusión, prevaleció este criterio, como verá el que siga leyendo.

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