Parte 3 — Capítulo I: Costumbres turcas Fortunata y Jacinta · Capítulo 19 de 32
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Parte 3 — Capítulo I: Costumbres turcas

Parte 3 — Capítulo I: Costumbres turcas

i

Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del

día o casi todas ellas en el café. Amoldada su naturaleza a este género

de vida, habríase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le

obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente

del tiempo, y el único goce de su alma consistía en ver cómo expiraban

las horas dando boqueadas, y cómo iban cayendo los periodos de fastidio

para no volver a levantarse más. Iba al café al medio día, después de

almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volvía después de

comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta más de media noche o hasta

la madrugada, según los casos. Como sus amigos no eran tan constantes,

pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de política

religión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar las

escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de

hierro y las mediascañas doradas. Aquel recinto y aquella atmósfera

éranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que sólo

allí se sentía en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le

faltaba fuera del café, y como a veces se olvidara súbitamente en la

calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por

recordar, y decía muy tranquilo: «En el café me acordaré». En efecto,

apenas tomaba asiento en el diván, la influencia estimulante del local

dejábase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se

iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le

refrescaba y el entendimiento se le desentumecía. Proporcionábale el

café las sensaciones íntimas que son propias del hogar doméstico, y al

entrar le sonreían todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas

que allí viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos

parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a él

por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta

fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual.

Pero aunque Juan Pablo se encariñaba de este modo con el local, había

cambiado de café bastantes veces en el espacio de cinco años.

Equivalía esto a mudar de vivienda, y como todos los cafés de Madrid se

parecen, lo mismo que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en sí

propio su domesticidad, y a los dos días de frecuentar un café, ya se

encontraba en él como en familia. Los cambios eran determinados por

ciertas corrientes de emigración que hay en la sociedad de los vagos y

que no se sabe a qué obedecen. Unas veces el impulso partía de algunos

amigos inconstantes, tocados de la manía de la variedad; otras la

emigración era motivada por una cuestión muy desagradable con _aquel

señor de la mesa próxima. Ya provenía de que el amo del café se portó

cochinamente_ cobrando a la tertulia unas copas, que se habían roto al

discutir las verdaderas causas de la muerte de Concha en Montemuru; ya,

por fin, de un desmejoramiento progresivo e intolerable del género,

razón por la cual desearan muchos estrenar los establecimientos nuevos o

renovados. Juan Pablo no gustaba de iniciar ninguna corriente de

emigración; pero las seguía casi siempre. En estas corrientes es fácil

que se pierda alguno de la partida, o por rebelde a las mudanzas o

porque las deudas le cautivan en el antiguo local y allí le hipotecan la

asistencia, pero en cambio siempre se gana algún tertulio nuevo que

viene a refrescar las ideas y las bromas.

Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubín desde

el 69 al 74, le habría visto parroquiano del café de San Antonio en la

Corredera de San Pablo, después del Suizo Nuevo, luego de Platerías, del

Siglo y de Levante; le vería, en cierta ocasión, prefiriendo los cafés

cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al

de la Concepción Jerónima cuando quería hacerse el invisible, y por fin,

sentar sus reales en uno de los más concurridos y bulliciosos de la

Puerta del Sol.

Al medio día era siempre de los retrasados, porque se levantaba tarde;

por la noche era infaliblemente el primero. Rara vez, al entrar,

encontraba ya allí a D. Evaristo González Feijoo o a Leopoldo Montes. La

tertulia de la noche tenía su personal distinto de la del día, y eran

pocos los que asistían a una y otra. Sólo Rubín era punto fijo en ambas.

La peña aquella ocupaba tres mesas, y antes de que los parroquianos

llegaran, el mozo les ponía a todos el servicio. Juan Pablo entraba a

las ocho, cuando aún no había en el local más que tres o cuatro

personas, y los mozos estaban de conversación sentados junto al

mostrador. En este, el amo o encargado preparaba los servicios, poniendo

pilas de platillos de azúcar. Cada instante se abría la puerta de

cristales para dar paso a algún parroquiano (que entraba quitándose la

bufanda o desembozándose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para

volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos.

Era un estribillo abrumador... Chirris... entrada del individuo con su

puro de estanco en la boca... después pum y otra vez chirris...

El amo saludaba desde el mostrador a algún parroquiano que le caía

cerca. Los más gustaban de que se les sirviera el café sin ninguna

tardanza, y daban palmadas si el chico no venía pronto. Juan Pablo

entraba despacio y muy serio, como hombre que va a cumplir una

obligación sagrada. Dirigía el paso gravemente hacia las mesas de la

derecha y se sentaba siempre en el propio sitio con matemática

exactitud. El mozo le saludaba en el momento de dar un restregón con el

paño a la mesa, y él, contestando con cierta dignidad, frotábase las

manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los

hombros; después acercaba el vaso, poniendo a la derecha, a la discreta

distancia a que se pone el tintero para escribir, el platillo del

azúcar, y luego atendía a la operación de verter en el vaso la leche y

el café, poniendo mucho cuidado en que las proporciones de ambos

líquidos fueran convenientes y en que el vaso se llenara sin rebosar.

Esto era elemental. Después cogía la cuchara con la mano izquierda y con

la derecha iba echando pausadamente los terrones, dirigiendo miradas

indulgentes a todo el local y a las personas que entraban. Como

veterano del café sabía tomarlo con aquella lentitud y arte que

corresponden a todo acto importante.

Imposible que la historia siga a este hombre en todos sus periodos

cafeteros. Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la

Puerta del Sol, en que Rubín tenía por tertulios y amigos a D. Evaristo

González Feijoo, a don Basilio Andrés de la Caña; a Melchor de Relimpio

y a Leopoldo Montes, personas todas muy dadas a la política, y que

hablaban del país como de cosa propia. Teniendo todos la misma manía,

cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un

día y otro infaliblemente, noticias de crisis; D. Basilio descendía

siempre a menudencias de personal; Relimpio era procaz y malicioso en

sus juicios; Rubín descollaba por suponerse que todo lo sabía y que se

anticipaba a los sucesos viéndolos venir, y por último, Feijoo era

profundamente escéptico, y tomaba a broma todas las cosas de la

política.

Allí brillaba espléndidamente esa fraternidad española en cuyo seno se

dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza

dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en

público, estábanlo también en las relaciones privadas; pero el progreso

de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones

personales, y por fin la suavidad se trocó en blandura. Algunos creen

que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio

conveniente, y ven en esta fraternidad una relajación de los caracteres.

Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es

síntoma de que las ideas van siendo tan sólo un pretexto para conquistar

o defender el pan. Existe una confabulación tácita (no tan escondida que

no se encuentre a poco que se rasque en los políticos), por la cual se

establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay

aspiración, por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en

esto consiste la inseguridad, única cosa que es constante entre

nosotros, la ayuda masónica que se prestan todos los partidos desde el

clerical al anarquista, lo mismo dándose una credencial vergonzante en

tiempo de paces, que otorgándose perdones e indultos en las guerras y

revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razón por la

cual se miran los hechos de fuerza como la cosa más natural del mundo.

La moral política es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe

ya cuál es el paño primitivo.

Hablando de esto, Feijoo y Rubín achacaban la relajación de los

caracteres a los desengaños. «Yo--decía Feijoo--, soy progresista

desengañado, y usted tradicionalista arrepentido. Tenemos algo de común:

el creer que todo esto es una comedia y que sólo se trata de saber a

quién le toca mamar y a quién no».

ii

Don Evaristo González Feijoo merece algo más que una mención en

este relato. Era hombre de edad, solterón, y vivía desahogadamente de

sus rentas y de su retiro de coronel del ejército. A poco de la guerra

de África, abandonó el servicio activo. Era el único individuo de la

tertulia que no tenía trampas ni apuros de dinero. Su existencia plácida

y ordenada, reflejábase en su persona pulcra, robusta y simpática. Su

facha denunciaba su profesión militar y su natural hidalgo; tenía bigote

blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa

entre picaresca y bondadosa; vestía con mucho esmero y limpieza, y su

palabra era sumamente instructiva, porque había viajado y servido en

Cuba y en Filipinas; había tenido muchas aventuras y visto muchas y muy

extrañas cosas. No se alteraba cuando oía expresar las ideas más

exageradas y disolventes. Lo mismo al partidario de la inquisición que

al petrolero más rabioso, les escuchaba Feijoo con frialdad benévola.

Era indulgente con los entusiasmos, sin duda porque él también los había

padecido. Cuando alguno se expresaba ante él con fe y calor, oíale con

la paciencia compasiva con que se oye a los locos. También él había

sido loco; pero ya había recobrado la razón, y la razón en política era,

según él, la ausencia completa de fe.

En las tertulias de los cafés hay siempre dos categorías de individuos,

una es la de los que ponen la broza en la conversación, llevando

noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas;

otra es la de los que dan la última palabra sobre lo que se debate,

soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas

y los dicharachos. Donde quiera que hay hombres, hay autoridad, y estas

autoridades de café, definiendo a veces, a veces profetizando y siempre

influyendo, por la sensatez aparente de sus juicios, sobre la vulgar

multitud, constituyen una especie de opinión, que suele traslucirse a la

prensa, allí donde no existe otra de mejor ley.

Bueno. Los que ejercen autoridad en los círculos o tertulias de café

suelen sentarse en el diván, esto es, de espaldas a la pared, como si

presidieran o constituyesen tribunal. Juan Pablo y Feijoo pertenecían a

esta categoría; pero el segundo no se sentaba nunca en el diván, porque

le daba calor la pana, sino en una de las sillas de fuera, tomando café

en un ángulo de la mesa y volviendo la espalda a los individuos de la

mesa inmediata.

En cambio, D. Basilio Andrés de la Caña, que era vulgo, se sentaba

siempre en el diván. Gustaba de ocupar posiciones superiores a las que

merecía, y recostaba en el marco de los espejos su cabeza calva y

lustrosa. Usaba gafas, y su nariz pequeña podría pasar por signo o

emblema de agudeza. Entornaba los ojos cuando daba una respuesta

difícil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas. Su frente

era espaciosísima y su fisonomía de esas que parecen revelar un

entendimiento profundo y sintético. Tenía algún parecido con Cavour, de

lo que provenían las bromas un tanto pesadas que le daban. Para juzgar

su talento, acudiremos a un dicho de Melchor de Relimpio: «El mejor

negocio que se podría hacer en estos tiempos, ¿a que no saben ustedes

cuál es? Pues abrirle la cabeza a D. Basilio y sacarle toda la paja que

hay dentro para venderla».

Y don Basilio, que tenía ciertas marrullerías de asno viejo, sacaba

partido de su fisonomía engañosa y de aquel aire de hombre conspicuo

que le daban su calva de calabaza, su frente abovedada, sus anteojos y

su nariz chiquita y prismática. Más de una vez, los ministros a quienes

se presentó experimentaron los efectos de fascinación que aquella

carátula ejercía sobre el vulgo, y le tomaron por una eminencia no

comprendida. Cráneo y entrecejo eran un timo frenopático. Siempre que

discutía tomaba un tono tan solemne, que muchos incautos le miraban con

respeto. Consideraba la risa como un acto impropio de la dignidad

humana, y habíala desterrado casi en absoluto de su cara, tomando por

modelo una página del Nomenclátor o de la Memoria de la Deuda Pública.

Dos fases tenía la vida de este hombre: el periodismo y la empleomanía.

En la prensa, siempre estuvo encargado de la parte extranjera y de las

cuestiones de Hacienda. Ni para una ni para otra cosa se necesitaba en

el periodismo antiguo saber escribir. Pero la Caña tomaba tan en serio

estas dos ramas del conocimiento humano, que cuando trabajaba parecía

que estaba escribiendo la Crítica de la razón pura. Su sueldo en las

redacciones no pasó nunca de treinta duros, cuando le pagaban. De las

redacciones pasaba a las oficinas, y de las oficinas a las redacciones;

de modo que cuando estaba cesante y la familia pereciendo, alegrábanse

las Musas de la política extranjera y de la ciencia fiscal. Siempre fue

mi hombre arrimado a la cola, como decían sus amigos; es decir, muy

moderado, porque siempre le colocaban los doctrinarios. Su primer

destino se lo dio Mon, y estuvo en Hacienda con ciertas alternativas

hasta el periodo largo de la Unión Liberal. Esta época fue su crujía

funesta, y vivió míseramente de la pluma, preguntando todos los días a

la conclusión del artículo: «¿qué hará la Rusia?» y respondiéndose con

la más deliciosa buena fe: «no lo sabemos». A Inglaterra la llamaba

siempre el Gabinete de Saint-James, y a Francia el _Gabinete de las

Tullerías_.

Durante el periodo revolucionario, pasó el pobre D. Basilio una

trinquetada horrible, porque no quiso venderse ni abdicar sus ideas.

Únicamente consintió en trabajar en un periódico liberal templado;

pero... bien claro se lo dijo al director... nada más que para tratar de

las cuestiones financieras, con exclusión absoluta de toda idea

política. Dicho y hecho: la Caña se largaba todos los días un articulazo

que no leía nadie, criticando la gestión de la Hacienda; pero no así

como se quiera, sino con números. «Con los números no se juega» decía

él, y le metía mano al presupuesto y lo desmenuzaba como si fuera la

cuenta de la lavandera. «Si esta gente no comprende--decía en el café

inflado de autoridad--, que sin presupuesto no hay política posible, ni

hay país, ni nada. Estoy harto de decírselo todos los días. Y nada; como

si se lo dijera a este mármol. Señores, yo les juro que he examinado una

por una todas las cifras, y créanmelo, parece mentira que ese buñuelo

haya salido de las oficinas de Hacienda. Pero si es lo que yo digo: ese

señor (el Ministro del ramo) no sabe por dónde anda, ni en su vida las

ha visto más gordas... ¡Cuidado que lo vengo demostrando como tres y dos

son cinco! Pero nada... no lo quieren entender».

Después de expresar con un gran suspiro la lástima que tenía de este

pobre país, seguía tomando su café con indolencia, pero con apetito,

porque para D. Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en

vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo

después frío al vaso. En los últimos años de la Revolución, D. Manuel

Pez diole un destinillo en el Gobierno civil, y él lo aceptó como ayuda

hasta que vinieran tiempos mejores; pero estaba descontento, no sólo por

lo mezquino del sueldo, sino por razones de dignidad. Los amigos que le

oían quejarse, comparando la exigüidad de la paga con la muchedumbre de

bocas que constituían su familia, le consolaban cada cual a su manera;

pero él decía invariablemente: «y sobre todo, me lo pueden creer, lo que

más me contrista es no estar en mi ramo». Su ramo era la Hacienda.

La conversación del círculo, que empezaba casi siempre con el tema de la

guerra, pasaba insensiblemente al de los empleos. Leopoldo Montes,

cesante eterno, Relimpio, y otros que tenían entre los dientes alguna

piltrafa del presupuesto, se arrojaban con deleite famélico sobre aquel

tema picante. «Usted, ¿cuánto tiene?».

--Yo catorce; pero me corresponden dieciséis; Fulano, que estaba por

debajo de mí en la Ordenación de pagos, tiene ya veinte, y yo llevo

diez años con catorce.

--Pues yo--decía D. Basilio--, cuando estaba en mi ramo, llegué a

veinticuatro por mis pasos contados. Con este desbarajuste que hay

ahora, no se sabe ya por dónde anda uno. El día que vuelva a mi ramo,

no admito credencial que sea inferior a treinta.

--Pero como aquí se hacen mangas y capirotes de los _derechos

adquiridos... ¡qué país! Yo entré en Penales con ocho_, después me

pasaron a Instrucción Pública con diez, luego cesante, y al fin, para

no morirme de hambre, tuve que aceptar seis en Loterías.

--Pues yo--murmuraba una voz que parecía salida de una botella, voz

correspondiente a una cara escuálida y cadavérica, en la cual estaban

impresas todas las tristezas de la Administración española--, sólo pido

dos meses, dos meses más de activo para poderme jubilar por Ultramar. He

pasado el charco siete veces, estoy sin sangre, y ya me corresponde

retirarme a descansar con doce. ¡Maldita sea mi suerte!

El cesante más digno de conmiseración es aquel que sólo pide unos

cuantos días más de empleo para poder reclinar sobre la almohada de las

Clases Pasivas una frente cargada de años, de sustos y de servicios.

iii

De ocho a diez estaba el café completamente lleno, y los

alientos, el vapor y el humo hacían un potaje atmosférico que

indigestaba los pulmones. A las nueve, cuando aparecían _La

Correspondencia_ y los demás periódicos de la noche, aumentaba el

bullicio. La jorobada y un su hermano, también algo cargado de espaldas,

entraban con las manos de papel, y dando brazadas por entre las mesas

del centro, iban alargando periódicos a todo el que los pedía. Poco

después empezaba a clarear la concurrencia; algunos se iban al teatro, y

las peñas de estudiantes se disolvían, porque hay muchos que se van a

estudiar temprano. En todos los cafés son bastantes los parroquianos que

se retiran entre diez y once. A las doce vuelve a animarse el local con

la gente que regresa del teatro y que tiene costumbre de tomar chocolate

o de cenar antes de irse a la cama. Después de la una sólo quedan los

enviciados con la conversación, los adheridos al diván o a las sillas

por una especie de solidificación calcárea, las verdaderas ostras del

café.

Juan Pablo no se iba hasta que cerraban las puertas, y de todos sus

amigos el único que tan a deshora le acompañaba era Melchor de Relimpio.

Iban juntos hacia su barrio y a veces el uno dejaba al otro en la

puerta de su casa, sin cesar de charlar hasta el momento en que venía el

sereno a abrir. Si la noche estaba buena, solían darse una hora más de

palique vagando por las calles.

¿De qué hablaban aquellos hombres durante tantas y tantas horas? El

español es el ser más charlatán que existe sobre la tierra, y cuando no

tiene asunto de conversación, habla de sí mismo; dicho se está que ha de

hablar mal. En nuestros cafés se habla de cuanto cae bajo la ley de la

palabra humana desde el gran día de Babel, en que Dios hizo las

opiniones. Óyense en tales sitios vulgaridades groseras, y también

conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no sólo van al café

los perdidos y maldicientes; también van personas ilustradas y de buena

conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y

estudiantes son las que más abundan, y los provincianos forasteros

llenan los huecos que aquellos dejan. En un café se oyen las cosas más

necias y también las más sublimes. Hay quien ha aprendido todo lo que

sabe de filosofía en la mesa de un café, de lo que se deduce que hay

quien en la misma mesa pone cátedra amena de los sistemas filosóficos.

Hay notabilidades de la tribuna o de la prensa, que han aprendido en los

cafés todo lo que saben. Hombres de poderosa asimilación ostentan cierto

caudal de conocimientos, sin haber abierto un libro, y es que se han

apropiado ideas vertidas en esos círculos nocturnos por los estudiosos

que se permiten una hora de esparcimiento en tertulias tan amenas y

fraternales. También van sabios a los cafés; también se oyen allí

observaciones elocuentes y llenas de sustancia, exposiciones sintéticas

de profundas doctrinas. No es todo frivolidad, anécdotas callejeras y

mentiras. El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos

productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero

entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable

precio.

La mesa presidida por Juan Pablo Rubín era la segunda, entrando, a mano

derecha. La inmediata pertenecía al mismo círculo de amigos; después

seguía la de los curas de tropa, llamada así porque a ella se

arrimaban tres o cuatro sacerdotes, de estos que podríamos llamar

sueltos, y que durante la noche y parte del día hacían vida laica. A

esta mesa solía ir Nicolás Rubín, vestido de seglar como los otros,

sirviendo de transición entre aquel círculo y el próximo, donde su

hermano estaba. Las dos tertulias vecinas vivían en excelentes

relaciones, y a veces se entremezclaban los apreciables sujetos que las

componían. A la mesa de los presbíteros seguían dos de escritores,

periodistas y autores dramáticos. Federico Ruiz iba por allí muy a

menudo, y como era hombre tan comunicativo, metía baza con los curas, de

lo que resultó que estos se familiarizaran por una banda con la gente de

pluma, y por otra con los amigos de Rubín y Feijoo. A los escritores

seguían los chicos de caminos, que ocupaban las tres mesas del ángulo.

Allí empezaba lo que llamaban el martillo, o sea el crucero del

vastísimo local. Dicho crucero era como un segundo departamento del

café, y estaba invadido por estudiantes, en su mayoría gallegos y

leoneses, que metían una bulla infernal.

Como todo esto que cuento se refiere al año 74, natural es que en el

café se hablara principalmente de la guerra civil. En aquel año

ocurrieron sucesos y lances muy notables, como el sitio de Bilbao, la

muerte de Concha, y por fin, el pronunciamiento de Sagunto. Raro era el

día que no echaban los periódicos un extraordinario anunciando batallas,

desembarcos de armas, movimientos de tropas, cambios de generales y

otras cosas que por lo común daban pie a inacabables comentarios.

«¿Se ha enterado usted, Rubín?--decía Feijoo al tomar asiento junto al

ángulo de la mesa, y quitando de la boca del vaso el platillo del

azúcar--. Parece que Mendiry se ha corrido hacia Viana».

--Descuide usted--replicaba Juan Pablo con suficiencia. No saldrán del

circulito de las Provincias Vascongadas y Navarra. Les conozco bien...

Todos los jefes no van más que a hacer su pella... El día en que haya un

gobierno que les quiera comprar, se acabó la guerra.

--¡Pero, hombre...!--No hay más que hablar. Pillería aquí, pillería

allá, y todo una gran pillería.

--Aquí no hay más que mucha hambre--decía uno de los curas de tropa

alzando la voz en la mesa inmediata--. La guerra no se acaba porque los

militares van muy a gusto en el machito. Los de acá y los de allá no

están por la paz. ¿Pero qué me dicen ustedes a mí que he visto aquello?

Yo he servido en el cuarto montado, he visto de cerca la guerra... y

esta seguirá jorobándonos mientras unos y otros mamen de ella.

--¡Qué fuerte está el señor capellán!--dijo Feijoo sonriendo, y no dijo

más porque entró D. Basilio y en tono de gran misterio se expresó de

este modo:

«Cuando digo que hay novedades...».

Después que le sirvieron el café, agachó la cabeza, y en el círculo que

formaban las cuatro o cinco cabezas de sus amigos que se alargaron para

oírle, hizo la confidencia:

«Se lo digo a ustedes en gran reserva».

--¿Pero qué es?--¡Misterios!... Sagasta está disgustado. Me lo ha

dicho su secretario particular.

--¡Ah!, yo también lo oí--indicó Relimpio--. Es cierto... como que tiene

dolor de muelas.

--El motivo--añadió la Caña radiante--, no lo sé. Cada uno piense como

quiera. Yo lo único que me permito decir es que esto está muy malo...

pero muy malo, y que hay mar de fondo.

--¿Pero no sabe usted más?--le preguntó Feijoo de una manera

apremiante--. Yo creí que nos iba usted a dar noticia de la conferencia

del Duque con Elduayen... Y ahora sale con que Sagasta está

malhumorado... Dios nos asista... Pero lo de la conferencia, ¿es cierto

o no?

Don Basilio solía llevar en la boca un palillo de dientes, y tomándolo

entre los dedos lo mostraba, accionando con él, como si formara parte

del argumento.

«Lo que yo sé--afirmó con acento patético, ofreciendo el palillo a la

admiración de sus amigos--, lo que yo sé es que esto está muy malo. Digo

con Lorenzana: Meditemos».

El círculo de cabezas volvió a formarse, y en él echó D. Basilio su

aliento, como los saludadores, antes de echar sus palabras. Era el tal

aliento poco grato a la nariz de Feijoo, por lo cual este se retiró

discretamente.

Don Basilio estuvo vacilando entre su conciencia, que le exigía callar,

y el deseo de satisfacer la curiosidad de sus amigos. Por fin se

violentó un poco para decir:

«Esta tarde Romero Ortiz salió del ministerio a las cuatro, y al pasar

en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, paró el coche,

el amigo entró, y fueron...».

--¿Pero quién era el amigo?

--Todo no se ha de decir... Pues bien; allá va: era el pollo Romero.

Fueron... esta sí que es gorda... a casa de D. Antonio Cánovas... Madera

Baja, 1.

Dicho esto, la Caña se quedó muy serio, saboreando el efecto que debían

causar sus palabras. Volvió a poner el palillo entre los dientes y

miraba a sus amigos con cierta lástima.

«¿Y qué?--dijo Rubín con desabrimiento--. No veo la tostada».

--Pues, amigo mío--replicó D. Basilio en el tono de un hombre superior

que no quiere incomodarse--, si usted no quiere ver la tostada, ¿yo qué

le voy a hacer?

--¿Y qué más da que vayan o no a casa de Cánovas?

--Nada, nada... la cosa no tiene malicia. Flojilla cosa es... ¿De qué

pan hago las migas, compadre? Del tuyo que con el viento no se oye.

Después se permitió echarse a reír, cosa en él extrañísima y desusada.

«Este D. Basilio...».--Amigo--manifestó Feijoo con su franqueza

habitual--. Confiese usted que la noticia que nos ha traído podría ser

una sandez.

--Bueno, mi Sr. D. Evaristo, usted crea lo que quiera. Yo me lavo las

manos.

Esto de lavarse las manos lo repetía mucho la Caña; pero los hechos no

correspondían a las palabras como lo demostraba la simple observación.

«Ustedes podrán creer lo que les acomode--repetía el escritor de

Hacienda, intentando elevar su dignidad de noticiero sobre la chacota de

sus amigos--, pero lo que yo sostengo es que antes de un mes está el

Príncipe Alfonso en el trono».

Risa general. D. Basilio se ponía colorado y después palidecía. Sus

labios temblaban al aplicarse al borde del vaso.

--¿A que no?--dijo con rabia Juan Pablo--. Eso, nunca. Antes que eso,

que vuelvan los cantonales. ¡Ni que fuéramos bobos en España! Señores,

¿a ustedes les cabe en la cabeza que venga aquí el Príncipe Alfonso? Y

detrás doña Isabel. ¡Bonito porvenir!... Otra vez el moderantismo.

Pero yo pregunto--añadió con exaltación, dejando caer la capa y echando

atrás el sombrero--, yo pregunto: ¿qué gente tiene a su lado el

Príncipe? A ver; responderme.

Don Basilio, no se atrevía a responder. Contentábase con tomar aires de

hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le

zumban en el cerebro.

--Responderme.--Nadie... cuatro gatos--dijo Montes.

--Los que no supieron defender a su madre cuando la echamos, señores...

Y ahora... Si quiere D. Basilio, pasaremos revista a todos los

personajes del alfonsismo. Vamos, vengan ratas.

Don Basilio, por su gusto, se habría metido debajo de la mesa. No hacía

más que morder el palillo y gruñir como un mastín que no se decide a

ladrar ni quiere tampoco callarse.

«El alfonsismo es un crimen» afirmó con la mayor suficiencia Leopoldo

Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinión.

--Pero un crimen de lesa nación--agregó Rubín--. Es lo que yo le decía

anoche a Relimpio, que también se va cayendo de ese lado. ¡En estos

momentos, cuando no se sabe lo que saldrá de la guerra...! Pues qué, si

D. Carlos no fuera un necio, ¿no estaría ya en Madrid?

--Pero, y eso ¿qué prueba?--arguyó al fin D. Basilio, viendo una salida

favorable de la confusión en que su contrincante le metía--; ¿qué tiene

que ver...? Lógica, señores, lógica.

--Nada, hombre, que no viene acá el niño ese... que no viene... Yo pongo

mi cabeza.

--Pero...--No hay pero... Que no viene, y no le dé usted vueltas, Sr. de

la Caña.

--Deme usted razones.--Que no viene... Usted se convencerá, usted lo

verá... Al tiempo...

--Pues al tiempo.

--Que no, hombre, que no. Si hasta que venga el Príncipe no le llevan a

usted a su ramo, menudo pelo va usted a echar...

--Si no se trata aquí de que yo eche pelo ni de que no eche

pelo--manifestó D. Basilio incomodándose un poco y mostrando el palillo

deshilachado.

Pero Rubín se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel

inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada. Don Basilio

pegó la hebra con los curas de tropa y con Nicolás Rubín. En aquel

círculo le hacían más caso que en el suyo, y se despachaba más a su

gusto. Divididas las opiniones, el capellán del cuarto montado votaba

por el Príncipe; pero el cura Rubín y otros dos que allí había bufaban

sólo de oír hablar del alfonsismo. D. Basilio, inclinándose de aquel

lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchísima reserva.

Ya no faltaba más que dar algunos perfiles a la cosa. Todo dispuesto, y

el primerito que estaba en el ajo era Serrano.

«Lo que ustedes oyen... Al tiempo... Ustedes lo han de ver... y pronto,

muy pronto».

Después se incautaba con disimulo de todos los terrones de azúcar que

podía, y se marchaba a su casa, despidiéndose de cada uno

particularmente con apretón de manos a espaldarazo.

iv

Rubín, después de su fracaso en el campo y corte de D. Carlos,

había tomado en aborrecimiento a los hombres del bando absolutista; pero

conservaba las ideas autoritarias y la opinión de que no se puede

gobernar bien sino dando muchos palos. Toda la parte religiosa del

programa carlista la descartaba, quedándose tan sólo con la política,

porque ya había visto prácticamente que los curas lo echan todo a

perder. Decía que su ideal era un gobierno de leña, que hiciera las

leyes y nos las aplicara sin contemplaciones, mirando siempre a la

justicia, con una tranca muy grande y siempre alzada en la mano. Este

sistema autocrático comprendía las maneras de gobernar más que las ideas

y soluciones teóricas, porque entre las que profesaba Rubín habíalas

marcadamente avanzadas, populares y aun socialistas. Uno de sus temas

era este: «Conviene que todo el mundo coma... porque el hambre y la

pobretería son lo que más estorba la acción de los gobiernos, lo que da

calor a las revoluciones, manteniendo a la nación en la intranquilidad y

el desbarajuste». Este socialismo sin libertad, combinado con el

absolutismo sin religión, formaba en la cabeza de aquel buen hombre un

revoltijo de mil demonios.

Otro de sus temas era: No más pillos y pena de muerte al ladrón. O más

claro: castigo inmediato y cruel a todos los que van al gobierno con el

único fin de hacer chanchullos. La ráfaga de ambición que pasa por la

mente de todo español con más o menos frecuencia haciéndole decir _si yo

fuera poder_, le soplaba a Rubín dos o tres veces cada día, más bien

como sueño que como esperanza; pero en sus horas de soledad se adormecía

con aquella idea y la trabajaba, batiéndola, como se bate la clara de

huevo para que crezca y se abulte y forme espumarajos. La conclusión de

este meneo mental era que «aquí lo que hace falta es un hombre de

riñones, un tío de mucho talento con cada riñón como la cúpula del

Escorial».

Su prisión por sospechas de conspiración acentuole la soberbia y la

murria soñadora, revolviendo más al propio tiempo el pisto manchego de

su programa político-social. Salió de la cárcel con la cabeza más

aturullada y los ánimos más encendidos. Entrole entonces cierto afán por

las lecturas, porque reconocía su ignorancia y la necesidad de entender

las ideas de los grandes hombres y los sucesos notables que habían

pasado en el mundo. Durante un par de semanas leyó mucho, devorando

obras diferentes, y como tenía facilidad de asimilación y mucha labia,

lo que leía por las mañanas lo desembuchaba por las noches en el café

convertido en pajaritas. Pajaritas eran sus conceptos; pero no por

serlo, dejaban de cautivar a D. Basilio, a Leopoldo Montes y al mismo

Feijoo.

Un día se despertó pensando que debía empollar algo de sistemas

filosóficos y de historia de las religiones. El móvil de esto no era

simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos

con qué apabullar a los curas de la mesa próxima, que sólo por ser

curas, aunque sueltos, le eran antipáticos, pues odiaba a la clase

entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte.

Poco a poco, a medida que iba acopiando argumentos, fue Rubín

corriéndose a lo largo del diván, hasta que llegó a presidir la mesa de

los capellanes. Eran estos tres, cuatro cuando iba Nicolás Rubín, todos

de buena sombra y muy echados para adelante. Ninguno de ellos se mordía

la lengua fuera cual fuese el tema de que se tratara. El más calificado

era un viejo catarroso, andaluz, gran narrador de anécdotas, mal

hablado, y en el fondo buena persona. Retirábase a las once y decía sus

misitas por la mañana. El segundo era cura de tropa, echado del servicio

por no sé qué desafueros, y el tercero ex-capellán de un vapor correo

expulsado porque le cogieron contrabando de tabaco. Estos dos eran

buenos peines; habían corrido mucho mundo, y estaban sin licencias,

ladrando de hambre, echados de todas las iglesias y sin encontrar

amparo en parte alguna. Tal situación les agriaba el carácter,

haciéndoles parecer peores de lo que eran. Jamás se vestían de hábitos;

pero conservaban la cara afeitada, como para estar disponibles en el

caso de que los admitiesen otra vez en el oficio.

No sé cómo se llamaba el viejo catarroso, porque todos allí le nombraban

Pater; hasta el mozo que le servía, dábale este apodo. El ex-castrense

se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado

de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que daría

espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario.

Bebía aguardiente aquel clérigo como si fuera agua, y su lenguaje era un

ceceo con gargarismos. Contaba hechos de armas y aventuras de cuartel

con una gracia burda y una sinceridad zafia que levantaban ampolla. El

otro se llamaba Pedernero y era del propio Ceuta, hijo de una oficiala

del Fijo, joven y simpático, de modales mucho más finos que sus colegas,

listo como un chorro de pólvora, y con un pico de oro que daba gusto.

Para él no tenían secretos la vida humana ni la juventud: Su compañero

Quevedo solía envolverse en formas hipócritas; Pedernero no. Se

presentaba sin máscara, tal como era, empezando por decir que el

Superior había hecho muy bien en quitarle las licencias.

El llamado Pater afectaba cierto magisterio episcopal con los otros

dos; les reprendía cuando decían alguna barbaridad y les daba buenos

consejos, profesando el principio de que todo era tolerable cuando se

trataba en broma. Él, por ejemplo, hablaba y oía, sobre todo oía, muchas

cosas malas; pero su vida permanecía pura. Tenía la cara redonda, blanca

y risueña, y cuando estaba sin sombrero parecía una mujer cincuentona,

ama de canónigo. No gustaba de que le armasen en la mesa disputas

violentas, sino que se mantuviera la tertulia en el terreno de las

hablillas sabrosas y de las chirigotas picantes, aunque fuesen sucias.

Pues bien; en este círculo fue donde se coló Juan Pablo, con su

clerofobia y su pegadizo saber de teología y filosofía católica.

Empezó dando puntadas. Como al principio era su charla frívola y de

gacetilla, todos se reían y el Pater estaba en sus glorias. Pero poco

a poco iba sacando Rubín proposiciones serias. El poder temporal del

Papa fue puesto por los suelos, sin que ninguno de los tonsurados

hiciese una defensa formal. El Pater y Quevedo tomaban la cuestión con

calma, oponiendo a los ataques de Rubín argumentos evasivos en estilo

joco-serio. Pedernero lo echaba todo a chacota; pero una noche que llevó

Rubín, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de

mundos habitados, Pedernero empezó a despabilarse. Era doctor en

Teología, y aunque había ahorcado los libros hacía mucho tiempo, algo

recordaba, y tenía además grandes dotes de polemista. Rubín salió un

tanto contuso; pero en retirada se defendía bien con su flexibilidad y

agudeza. Más adelante llevó un arsenal de argumentos contra la

revelación. «Esto no lo creen ya más que los adoquines...». Todo el

Viejo Testamento no era más que un fraude, una imitación de las

teogonías india y persa. Bien se veía la reproducción de los mismos

mitos y símbolos. El pecado original, la expulsión del paraíso, la

encarnación, la redención, eran una serie de representaciones poéticas y

naturalistas que se reproducían al través de los siglos, «lo mismo a

orillas del Éufrates que del Nilo que del Jordán».

«¿Sí?, pues ahora lo verás». Esto se dijo Pedernero, cuyo amor propio de

teólogo contrabandista se picó extraordinariamente. En dos o tres días

refrescó sus lecturas, rehízo su erudición descompuesta en los viajes y

en la vida de libertino, y bien preparado acudió al torneo a que el otro

le retaba con sabidurías de tercera mano, aprendidas en los libritos

franceses de ciencia popular a treinta céntimos el tomo. Pues amigo, una

noche el ex-capellán del vapor-correo se lió la manta y le dio tal

paliza a Rubín, que este hubo de salir con las manos en la cabeza. Había

que ver a Pedernero transfigurado, hecho un orador ardiente y lleno de

arrogante facundia. El auditorio se estrechaba, y de las mesas próximas

y de los veladores del centro acudía gente, apelmazándose en torno a los

bravos contrincantes. Rubín era agudo, ágil, guerrillero de la

discusión; el otro dominaba el asunto y era firme y sobrio de palabras,

seguro en la dialéctica.

No pararon aquí las cosas. Rubín, lleno de despecho, resobaba sus

libritos de a treinta céntimos para buscar armas contra la Iglesia.

Apenas las esgrimía, Pedernero le reventaba. Su argumentación era la

maza de Fraga. El Pater no cabía en sí de gozo y bailaba en el

asiento; Quevedo alargaba el hocico, y hasta se atrevía a decir mu,

repitiendo las admirables razones de su amigo. Los demás tertulios se

envalentonaban adhiriéndose algunos al bando de Pedernero, otros al de

Rubín, no por convicción, sino por divertirse y aumentar la jarana.

Además de los tres curas, eran parroquianos de aquella mesa las

siguientes personas: un agente de Bolsa riquísimo que, con el Pater,

llevaba diez años de concurrir todas las noches a aquel mismo sitio, un

bajo de ópera retirado, un funcionario de poco sueldo y el dueño de un

acreditado molino de chocolate. Los curas y estos cuatro señores

formaban la partida más fraternal que puede imaginarse. Llevando cada

cual un bocado sabroso al festín de la murmuración pasaban dulcemente

las horas, amigos allí, distantes unos de otros en el comercio de la

vida ordinaria.

Rubín, al verse vencido, pues hasta el agente de Bolsa, que era el más

libre-pensador de todos, se cayó del lado de Pedernero, buscaba camorra,

empleando argumentos de mala fe y personalizando la disputa. El bajo de

ópera se creía en el deber de apoyar la idea religiosa, por haberla

expresado tantas veces con su sábana por la cabeza, haciendo el

respetable papel de sumo sacerdote; y el del molino de chocolate azuzaba

a los dos por ver si la cosa se enfurruñaba y no quedaban más que los

rabos. Oíanse en aquella parte del café cláusulas furibundas,

proposiciones que parecían dichas en un púlpito, y descollaba sobre el

tumulto la valiente voz de Pedernero gritando:

«Yo le digo a usted que ningún Santo Padre ha podido sostener ese

disparate. No jorobar. Yo le reto a usted a que me traiga el texto, y si

no lo trae, es prueba de que lo inventa usted».

Aquella noche quedó la cosa mal, y el tono de los contendientes, así

como la atmósfera caldeada que en la tertulia reinó, hacían temer una

escena desagradable. La catástrofe tuvo lugar a la noche siguiente, pues

habiéndose permitido Rubín algunas reticencias desfavorables a la

reputación de la Virgen María, saltó Pedernero de su asiento, trémulo y

descompuesto, en estado de horrible agitación, y lanzó a su contrario

anatema tan furibundo que los amigos tuvieron que sujetarles.

«Porque yo soy un lipendi. Yo reconozco--gritaba el capellán

ahogándose--, que soy un mal sacerdote; pero delante de mí no hay un

judío sin vergüenza que se atreva a hablar mal de la Virgen. O se traga

usted esas infamias o le rompo el alma... ahora mismo».

No puede describirse lo que allí pasó. Voces, gritos, patadas, capas

rotas, vasos volcados, terrones por el suelo. Trincando una botella,

Rubín apuntó al cura con tal desacierto que quedó descalabrado... el

infeliz bajo de ópera. El zipizape fue de lo más célebre... D. Basilio

tiró de los faldones a Rubín y por poco se queda con ellos en la mano.

Todo el café se alborotó. El amo intervino...

Emigración. Desde el día siguiente Juan Pablo trasladó sus reales a otro

café.

v

El primero que hubo de seguirle fue don Evaristo González Feijoo, a

quien era indiferente este o el otro establecimiento. Instaláronse por

el pronto en Fornos, y allí esperaron. A la segunda noche fue Leopoldo

Montes, y a la tercera D. Basilio, que les encontró discutiendo de qué

café se posesionarían definitivamente.

El escritor de Hacienda se apresuró a dar su opinión favorable al café

de Santo Tomás, porque allí daban más azúcar que en ninguna parte.

Replicó a esto Montes que no había que mirar el caso _bajo el prisma

exclusivo_ del azúcar y que el género que más importaba era el café. El

de la Aduana estuvo a punto de triunfar; pero lo desecharon por no estar

siempre entre franceses, así como se excluyó el Imperial por los

toreros, y otro por las cursis que lo invadían. Feijoo se habría quedado

allí; pero a Rubín le eran antipáticos los alumnos de escuelas

preparatorias militares que iban a Fornos a primera hora. Molestábale

también la costumbre que allí había de quitar gas a las diez de la noche

cuando se iban los tales alumnos. El local se quedaba medio a oscuras,

no volviendo a ser bien alumbrado hasta las doce, hora en que venían a

cenar los bolsistas. A Rubín le cargaban también los dichosos bolsistas,

que no hablaban más que de dinero.

Decidieron por fin establecerse en el Siglo de la calle Mayor, donde se

encontraron bastantes personas conocidas. Rubín necesitaba algunos días

para la aclimatación en nuevo local. Al principio cambiaba

frecuentemente de mesa, bien porque el sitio era expuesto a las

corrientes de aire, bien por ciertas vecindades un poco molestas. Una de

las primeras noches, cuando aún no habían llegado los amigos, Rubín

estaba solo en la mesa, y ponía su atención en dos grupos inmediatos a

él. En ambos era vivo y animado el diálogo. En el de la derecha decían:

«Hoy he hecho yo unas cincuenta arrobas a veinticinco reales. Pero está

la plaza perdida. Los paletos van aprendiendo mucho. Hoy han dicho que

no traen más escarola si no se la ponemos a diez». En el grupo de la

izquierda, compuesto de tres individuos, oyó Rubín lo siguiente: «Te

aseguro que yo admito la metempsícosis, según la entendían los egipcios

y los caldeos». Comprendió Rubín que los de la derecha eran asentadores

de víveres y los de la izquierda filósofos de café. En el del Siglo

había una gran reunión de espiritistas, a la que concurría por aquella

fecha Federico Ruiz. Viole Rubín, y se acercó a la tertulia, teniendo el

gusto de discutir con los individuos más entusiastas de aquella secta.

Entendía Juan Pablo que esto de ir corriéndola de mundo en mundo después

que uno se muere es muy aceptable; pero lo del periespíritu no lo

tragaba, ni la guasa de que vengan Sócrates y Cervantes a ponerse de

cháchara con nosotros cuando nos place. Vamos; esto es para bobos. Uno

de los más chiflados de la escuela se esforzaba en convencer a Rubín,

tomando ese tonillo de unción y ese amaneramiento de cuello torcido y

ojos bajos en que cae todo propagandista de doctrina religiosa,

cualquiera que sea. Feijoo aparentaba creer, por darles cuerda y oírles

desatinar. A aquel círculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el

tiempo tasado, porque a tal hora tenía que asistir a una junta para

tratar de la erección del monumento a Jovellanos; después a otra para

ocuparse del banquete que se había de dar a los pescadores de provincias

que vendrían al Congreso de piscicultura. Hombre más atareado no se vio

jamás en nuestro país, y como tenía tantas cosas en el caletre, para no

olvidar muchas de ellas se veía obligado a apuntárselas con lápiz en los

puños de la camisa. Cuando no tenía que ir a la Sociedad Económica a

defender su voto particular como individuo de la comisión informadora de

reformas sociales, iba al Fomento de las Ciencias a dar su conferencia

sobre la utilidad de elevar a estudio serio el arte de la panificación.

Entre col y col, Ruiz pasaba un rato con sus amigos los espiritistas, y

les alentaba a organizarse, a establecerse, a alquilar un local, y sobre

todo a fundar un órgano en la prensa. Nada adelantarían sin órgano.

Iba también a aquel corrillo Aparisi el concejal, a quien tenían ya

medio trastornado los apóstoles, Pepe Samaniego, que no se dejaba

embaucar, y Dámaso Trujillo, el dueño de la zapatería titulada _Al ramo

de azucenas_, que todo se lo creía como un bendito, y a solas en su casa

hacía experimentos con una banqueta de zapatero. En la mesa próxima

había empleados de Hacienda, Gobernación y Ultramar, y una tanda de

cesantes. Entre ellos vio Rubín al individuo a quien sólo faltaban dos

meses de empleo para poder pedir su jubilación. Tenía pintada en su cara

la ansiedad más terrible; su piel era como la cáscara de un limón

podrido, sus ojos de espectro, y cuando se acercaba a la mesa de los

espiritistas, parecía uno de aquellos seres muertos hace miles de años,

que vienen ahora por estos barrios, llamados por el toque de la pata de

un velador. El clima de Cuba y Filipinas le había dejado en los huesos,

y como era todo él una pura mojama, relumbraban en su cara las miradas

de tal modo que parecía que se iba a comer a la gente. A un guasón se le

ocurrió llamarle Ramsés II, y cayó tan en gracia el mote, que Ramsés II

se quedó. Pasando con desdén por junto a los espiritistas, se sentaba en

el círculo de los empleados, oyendo más bien que hablando, y

permitiéndose hacer tal cual observación con voz de ultratumba, que

salía de su garganta como un eco de las frías cavernas de una pirámide

egipcia. «Dos meses, nada más que dos meses me faltan, y todo se vuelve

promesas, que hoy, que mañana, que veremos, que no hay vacante...».

Feijoo se arrimaba a él y le daba conversación, por lástima, animándole

y procurando distraerle de su tema; pero Ramsés II, cuyo verdadero

nombre era Villaamil, no tenía más consuelo que aplicar su oreja seca y

amarilla a la conversación, por si escuchaba algo de crisis o de

trifulca próxima que diese patas arriba con todo. Lo que él quería era

que se armase gorda, pero muy gorda, a ver si...

«¿Pero a usted quién le recomienda?» le preguntó una noche Juan Pablo.

--A mí D. Claudio Moyano.--Pues entonces ya está usted fresco.

--Dicen que traen al Príncipe...--indicó Ramsés II con timidez.

--Sí; lo traerán los rusos... por las ventas de Alcorcón. Aviado está

usted si espera a que venga el Príncipe... Aquí lo que viene es la

liquidación social... y después, sabe Dios. Saldrá el hombre que hace

falta, un tío con un garrote muy grande y con cada riñón... así.

Ramsés II bajaba la cabeza. D. Basilio era su único amigo, porque

también allí ponía el paño al púlpito para anunciar la venida del

Príncipe... «Por supuesto--añadía--, tiene que venir con la estaca de

que habla el amigo Juan Pablo».

Rubín se encontraba bien en aquel círculo, pero una noche acertó a ver

en las mesas de enfrente a un hombre que le desconcertó por completo.

Era un amigo suyo que le había prestado dinero. La secreta antipatía que

inspira el acreedor manifestábase en el alma de Rubín en forma de un

odio recóndito, nacido quizás del sentimiento de humillación que

producen las deudas a toda persona de amor propio muy susceptible. El

tal era Cándido Samaniego, hombre medio curial y medio negociante, en su

trato afable, en sus negocios duro. Muchas veces renovó a Juan Pablo sus

pagarés, y últimamente le había apremiado con cierta acritud. Rubín

condensaba sus sentimientos respecto al prestamista en esta frase:

«Pagarle y después romperle la cabeza». Desde que le veía en las mesas

de enfrente, sentía una desazón profundísima, mal de estómago y como

ganas de enfadarse. Poníase tan nervioso, que le habría tirado un

botellazo al primer espiritista que hablase de llamar a Epaminondas para

consultarle sobre la marcha de los carlistas por el Baztán.

Y el pérfido inglés se dejaba caer hacia aquellas mesas pretextando

tener que hablar a su primo Pepe; pero con intención de aproximarse a

Juan Pablo, ver lo que hacía y cruzar con él algunas palabras. El

infeliz deudor hacía de tripas corazón, y poniéndole cara risueña,

convidábale a tomar algo; mas el usurero le daba las gracias, y si tenía

ocasión le soltaba indirectas tan suaves como esta: «Mire usted que no

puedo más. Siempre me está usted diciendo que la semana que entra, y

francamente... sentiré verme obligado a dar un paso que...».

A Rubín se le hacía acíbar el café y la tertulia un infierno. Érale

insoportable la presencia de aquel hombre a quien no podía mandar a

paseo, imagen viva del desorden de su vida, que se le aparecía como el

espectro de una víctima cuando más contento estaba. La única delicia de

su triste existencia era el café. Aquel sueño plácido, Samaniego se lo

trocaba en angustiosa pesadilla. No pudo más, y una noche, sin decir

nada, levantó el vuelo hacia otras regiones.

vi

En esta nueva emigración, deseando estar lo más lejos posible del

Siglo, se fue a San Joaquín, en la calle de Fuencarral, y no se corrió

más al Norte porque no había cafés en las latitudes altas de Madrid.

Pero en esta deserción, ya no le acompañaron ni D. Basilio Andrés de la

Caña, ni Montes; éste porque San Joaquín estaba _donde Cristo dio las

tres voces_, aquél porque ya se iba cargando de la pertinencia con que

Rubín se burlaba de sus profecías sobre la proximidad de la

Restauración. El mismo D. Evaristo Feijoo le siguió de mal humor,

diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y

que el género y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas

alturas. Estuvieron solos algunos días. No veían por allí caras de

amigos, hasta que una noche se apareció en el local una pareja conocida.

Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no

vivían juntos, porque Olmedo había dado un cambiazo en sus costumbres

volviéndose aplicadísimo a cara descubierta. No se recataba ya para

estudiar, y hacía público alarde, con la mayor desvergüenza, de su

decidida inclinación a tomar el grado aquel mismo año, llegando hasta la

audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e

ilusionándose con la idea de hacer oposición a una cátedra. Pero no se

había encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convidó a tomar

un café en aquel apartado establecimiento. Más de dos horas estuvieron

charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo

los malos tratos que le daba el hombre que a la sazón era su dueño.

Volvieron dos noches después a la misma mesa, y Rubín trabó conversación

con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increíbles

sucesos que después vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuñadita era

una buena pieza.

«Pero, hombre--dijo Feijoo a su amigo--. Y usted, ¿para qué dejó casar a

su hermano?».

--A mi hermano le falta un tornillo...

--¡Ah!, como guapa, ya lo es--agregó D. Evaristo con cierto

entusiasmo--. La he visto ayer... mejor dicho, la he visto varias

veces.

--¿Dónde?--En su casa. Es largo de contar... dejémoslo para otra noche.

Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran:

Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos solía

agregarse a aquella plácida tertulia, y una señora jamona, fiel

parroquiana del café de nueve a doce. La llamaban doña María de las

Nieves, y era una de las figuras más notables que presenta Madrid en la

variadísima serie de los tipos de café. Iba algunas veces sola, otras

con una mujer de mantón borrego que parecía verdulera acomodada. Llevaba

toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le

armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes

personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del

Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado

del servicio, y dos individuos que tenían puesto de carne y frutas en la

plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doña Nieves como en un

salón, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y

chispeantes sobre el suceso del día, y los otros los que las reían.

Corríase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a última

hora, cuando sus amigos, gente que tenía que madrugar, empezaba a

desertar del local. Entonces se formaba una segunda peña. Doña Nieves,

bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo,

Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro. El mozo

mismo, que había llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se

agregaba también, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y

aplaudir. Doña Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y

los arrendaba; por esto, así como por sus muchas relaciones, los

diferentes tratos en que andaba y los anticipos que hacía a las

placeras, ejercía cierto caciquismo en la plazuela. Se hacía respetar de

los guindillas, protegiendo al débil contra el fuerte y los

contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tiranía municipal.

Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el día

se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de

ópera y de zarzuelas francesas como una máquina, con ejecución fácil,

aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos

pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o _las campanadas

de incendios_ que da cada parroquia, le aplaudía mucho el público, y a

última hora le pedían siempre habaneras.

La verdad es que todo esto, doña Nieves y las placeras sus amigas, las

mujeres de equívoca decencia que iban allí acompañadas de madres

postizas, el mozo y sus familiaridades, el pianista y sus habaneras,

aburrían a Juan Pablo soberanamente. Para colmo de hastío, Feijoo no era

puntual y faltaba muchas noches. En cambio, Feliciana y Olmedo iban con

más frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San

Juan de Dios.

En las últimas semanas del 74, Rubín volvió a sentir comezón de

lecturas. Quería instruirse a todo trance, labor inmensa y difícil por

carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le

estorba el latín, no le permitió aprender más que las cuatro reglas y un

poco de francés. No tenía biblioteca, y un amigo le proporcionaba

libros. Fue a verle, escogió los que más despertaron su curiosidad por

los títulos, y consagró a la lectura todo el tiempo que le dejaban libre

el café y el sueño. Tantas ideas adquirió que se sentía con vivas ansias

de devolverlas por medio de la propaganda. O predicaba o reventaba.

Lástima grande no volver a la tertulia de Pedernero para ponerle verde,

porque ya sabía lo bastante para pasarse a todos los teólogos por la

nariz.

Las lecturas de Rubín fueron como un descubrimiento. Ya sospechaba él

aquello; pero no se atrevía a expresarlo. El hallazgo era negativo, es

decir, había descubierto que la mejor organización de los estados es la

desorganización; la mejor de las leyes la que las anula todas, y el

único gobierno serio el que tiene por misión no gobernar nada,

dejando que las energías sociales se manifiesten como les da la gana. La

anarquía absoluta produce el orden verdadero, el orden racional y

propiamente humano. Las sociedades, claro, tienen sus edades como las

personas: hay sociedades que están mamando, sociedades que andan a

gatas, sociedades pollas, sociedades jóvenes, y por fin, las maduras y

dueñas de sí; sociedades con barbas, en una palabra, y también con

algunas canas. Tocante a religiones y prácticas sociales que de ellas se

derivan, Juan Pablo iba muy lejos, pero muy lejos; como que no le

costaba nada el billete para tan largo viaje. Sólo en la edad pueril,

cuando a la sociedad se le cae la baba y vive bajo la férula del dómine,

se comprende que exista y tenga prosélitos la institución llamada

matrimonio, unión perpetua de los sexos, contraviniendo la ley de

Naturaleza... ¿y a santo de qué?, vamos a ver... Eso sí, por encima de

todo la Naturaleza. Estudiando bien la vida total, el entendimiento se

limpia de las telarañas que en él han tejido los siglos. La Naturaleza

es la verdadera luz de las almas, el Verbo, el legítimo Mesías, no el

que ha de venir sino el que está siempre viniendo. Ella se hizo a sí

propia, y en sus devoluciones eternas, concibiendo y naciendo sin cesar,

es siempre hija y madre de sí misma. ¿Qué tal? Toma canela fina.

Encontrábase mi hombre con fuerza dialéctica y entusiasmo bastantes para

predicar y extender por todo el mundo aquellas verdades. Pero como no

tenía más público que la tertulia del café, con ese inocente auditorio

tuvo que contentarse. ¿Y qué? ¡Cuánto mejor no era sembrar la nueva

doctrina en entendimientos sencillos y absolutamente incultivados! Pues

el mismo Jesucristo ¿no escogió por discípulos a unos infelices

pescadores, hombres rudos que no conocían ninguna letra, y a mujeres de

mala vida? Ved aquí por dónde doña Nieves y las placeras sus amigas,

Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista

fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera

simiente de aquel Evangelio al natural. Por espacio de muchas noches

hizo propaganda acalorada. A veces se tenía que incomodar, porque le

hacían observaciones estúpidas o socarronas. Como se expresaba muy bien,

oíanle todos con gran atención, y las chicas del partido le ponían

buenos ojos. El mozo era el más entusiasmado y decía: «¡Qué pico tiene

este señor de Rubín!».

Pasaba lo de la anarquía y aun lo del matrimonio; pero en llegando a que

todo es Naturaleza, reinaba gran confusión en el auditorio, y doña

Nieves, tomando el caso a broma, pedía mayor claridad.

«Pero a ver, D. Juan Pablo, explíquese mejor... porque eso de que todos

seamos todo no lo calo yo bien...».

--Lo primero, hijas mías--decía con unción el expositor--, es limpiar el

intellectus de errores adquiridos en la infancia, de prejuicios y

muletillas; lo primero es querer entender. No admito argumentos que no

sean racionales.

--Y cuando nos morimos--preguntó una de las samaritanas--, ¿qué pasa?

--Hija, cuando nos morimos, pasamos a fundirnos en el grandioso conjunto

universal...

--Mia ésta... ¿Pues qué querías tú, seguir gozando y divirtiéndote por

allá?

--¿Y Dios?--¡Dios!... francamente, no me gusta, por consideraciones que

se deben a toda gran idea histórica, no me gusta, digo, hablar mal de

Él... Me concreto, pues, a negarle... respetuosamente.

--¡Otra!, ¡qué cosas se le ocurren! De modo que la misa no es nada

tampoco...

--¡María Santísima!, con lo que sale usted ahora. La misa... es un rito,

uno de tantos ritos.

--¿Y lo mismo da oírla que no? ¿Y para qué son los funerales?

--Otro rito... La que no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es

de la Naturaleza y a la historia lo que es de la historia, que se

calle... No hay tal muerte, hijas mías: la que tenga oídos, oiga... Esta

es la verdad; morirse es cumplir una ley de armonía.

--¡Vaya un lío que me arman ustedes!

Una de las placeras que presentes estaban tenía muy abultado el seno. En

cierta ocasión, estando confesándose, le dijo el cura: «sea usted

modesta en el vestir y no haga ostentación de esas

naturalezas...».--«¿Qué, señor?».--«Eso, la delantera». Por esto, al

oír hablar de Naturaleza y de pecado, creyó que se referían a aquellas

partes que debe cubrir el recato, y dijo escandalizada:

«¡Vaya unas conversaciones indecentes que sacan ustedes!».

«Indecentes no, hija».

--Lo que yo dijo y sostengo--manifestó una de las samaritanas, tirando

por la calle de enmedio--, es que este D. Juan Pablo está guillado.

Loco, tal vez no; pero fatigado sí de sus inútiles esfuerzos. Ni

abriendo con martillo un boquete en aquellas cabezas de piedra, lograría

meter la luz de la verdad. Corriéndose al velador inmediato, donde

estaba cenando el ciego, mandó al mozo que le pusiese allí su chocolate.

El ciego volvió hacia él sus ojos vacíos y muertos, su cara que parecía

un quinqué sin encender, y le dijo con profundísima tristeza:

«¿Pero es verdad, D. Juan Pablo, lo que usted nos cuenta? ¿Lo cree usted

así, o es que quiere entretenerse y divertirse con nosotros, ignorantes?

Me ha llenado usted de dudas.

¿Será verdad que cuando uno se muere se convierte en escarola?».

Juan Pablo miró al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con

que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofía. Era Rubín hombre de

buen corazón, y le pareció poco humano aumentar las tinieblas de aquella

triste y miserable vida. Pero al propio tiempo su conciencia no le

permitía desmentir lo que acababa de sostener. La dignidad por delante.

Estuvo luchando un rato entre la piedad y el deber, y como el ciego

volviese a preguntarle con insistente afán: «¿pero es cierto que al

morir nos convertimos en berzas...?» le replicó el apóstol:

«Le diré a usted... hay opiniones... No haga caso. Si no fuera por estas

bromas, ¿cómo se pasaba el rato?».

No siguieron estas conversaciones filosóficas, porque sobrevino lo de

Sagunto, y este suceso absorbió la atención general en todos los cafés,

desde el más grande al más chico. Rubín estaba furioso, y sostenía que

el Gobierno no tenía vergüenza si no fusilaba en el acto... pero en el

acto... a Martínez Campos, a Jovellar y todos los demás que habían

andado en aquel lío. Cuando sus amigos no le querían oír sobre este

particular, hablaba solo. Desmentía categóricamente cuantas noticias

llegaban al café. Todo era falso. Antes que el Príncipe viniera, habría

un levantamiento general, y los carlistas harían el último esfuerzo.

Negaba que D. Alfonso hubiera llegado a Marsella, que se embarcase para

Barcelona en la Navas de Tolosa, y viéndolo entrar en Madrid habría de

negar que estaba entre nosotros. Pero una noche, después de largas

ausencias, llegó Feijoo al café, y sentándose los dos aparte, le dijo:

«Hombre, he visto a Jacinto Villalonga; he hablado largamente con él. Ya

sabe usted que es de la situación y muy amigo mío. Por supuesto, no

acepta la Dirección que se le ha ofrecido, porque prefiere andar suelto.

Es uña y carne de Romero Robledo. Y voy a lo que iba... Le he hablado de

usted...».

--¡De mí!--Sí; es preciso colocarse. Usted no puede continuar así.

--Mire usted, amigo Feijoo--dijo Rubín masticando las palabras para

salir de aquel atolladero--. Yo no puedo admitir... ¿Y el decoro de los

hombres? ¡Yo he profesado toda mi vida...!

--Música, música.--Yo no soy de esos que hablan mal de una situación, y

luego van a quitarles motas al que antes desollaron.

--Música, música.--En fin, que yo agradezco... pero no puede ser... Me

ofendería, sí señor, me ofendería.

--De modo--exclamó Feijoo en voz alta, abriendo los brazos y tomando un

tono que no se podría decir si era de indignación o de burla--, de modo

que ya no hay patriotismo.

--¡Otra!... Patriotismo sí hay; pero yo...

--Usted hará lo que yo le mande, y tendremos credencial.

Rubín siguió toda la noche afectando mal humor, una severidad torva, el

malestar de la persona a quien ponen un puñal al pecho para que consume

un acto contrario a sus convicciones. Al retirarse a casa, se comparaba

con Wamba y decía para su sayo: «Cómo ha de ser... paciencia. Tengo que

ser alfonsino... a la fuerza. ¡Vaya un compromiso... Re-Dios, qué

compromiso...!».

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