Parte 1 — Capítulo VIII: Escenas de la vida íntima Fortunata y Jacinta · Capítulo 8 de 32
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Parte 1 — Capítulo VIII: Escenas de la vida íntima

Parte 1 — Capítulo VIII: Escenas de la vida íntima

i

A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente.

Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó

que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin

articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de

una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las

conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta.

¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D.

Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel

ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que

Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la

sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El

pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía _en

familia_ que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a

su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado.

Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas;

sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que

el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era

el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su

suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría:

«Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo

digo, bien sabido me lo tendré».

Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos,

como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna

afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que

digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan

había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero

muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que

le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido

encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de

Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al

verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de

estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba

pegando.

De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía

arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para

estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena

de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo,

traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy

particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por

cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial,

le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano

y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora,

prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las

inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando

más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como

los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el

trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas

trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse

coger!

Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de

miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo

es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en

sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan

más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las

palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una

manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales

componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado.

¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que

pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un

negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa...

En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su

actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría

nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así.

No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus

expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el

desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal

que no saltara algo más fuerte.

Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo

Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan

pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras

palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no

es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto

eres tú».

La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le

tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a

razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero

qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón

era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír

después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce

y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas,

Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.

Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la

vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para

sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo

los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito

que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el

fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social,

una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos.

Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de

sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba

como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se

convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar

cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula.

Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que

no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín

una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil

borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y

tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.

En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.

Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó

de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía

tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos

excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la

religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las

virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían

mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de

confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por

delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o

pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y

hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con

bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía

contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el

donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no

precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza

misma tenía para él su picante.

ii

Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre

enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don

Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya

jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven,

mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en

negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no

había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los

padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel

buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su

obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las

manos con que la ha hecho.

Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba,

sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando

empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la

virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto

ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no

era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el

desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al

contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un

peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía

emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi

mercantil. Ninguno sabía como él sacar el jugo a un billete de cinco

duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se

proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.

A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo

exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a

ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una

de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a

ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los

hijos de familia en estos depravados tiempos.

Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus

eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente

descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política!

¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve

habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a

D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él

tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir,

que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy

buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a

todos los que van a la política a hacer chanchullos.

Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim,

manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es

el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las

cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el

Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es

imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está

preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se

pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el

agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia

enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia,

ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues

señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo

iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo

que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos

meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo.

«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el

Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté

siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito

llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo--decía D.

Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los

jamases de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y

como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas

las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados

del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D.

Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón.

Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.

Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.

«Porque yo--decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia--, no

soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a

mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus

atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en

sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay

otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo

mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y

en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión

que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no

sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su

imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse.

La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener

delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo

sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca

parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones

intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia

declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero

viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de

tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como

aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?».

Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para

aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la

obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener

chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando --decía--, menos eso.

Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en

ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones

y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía

sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los

lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión

de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía

desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».--«Sí, hijo,

un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan

lo tomara a risa.

Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba

en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones

inservibles destinadas a la chiquillería, cuando la hubiera,

infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la

manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la

calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de

Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no

podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que

hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están

perdiendo!».

Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día

y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña

pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase

pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga,

música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a

ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no

había más música que la italiana, mientras más clarita y más de

organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la

última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea,

estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y

de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno.

Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió

aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde

estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner,

inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que

oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante

al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las

noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño

profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro

finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La

impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos

queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos.

Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo

estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había

visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un puff

y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le

cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita...

eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el

muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima

holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su

mamá. Era una bata color azul gendarme que semanas antes había

regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita...

caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería

desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno.

Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio

que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos,

expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad

cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que

perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le

clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el

niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de

ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en

sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero

la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera

el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas,

con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón,

el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la

tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede

que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad

sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el

muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera

una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del

muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca...

Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara

parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan

delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de

superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le

produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo

cargo de que estaban allí sus hermanas; vio los cortinones pintados de

la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del

paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los

disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento

de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos,

y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano,

con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y

gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con

sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado

más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro

éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había

concluido el cuarto acto y Juan no parecía.

iii

Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una

efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano,

correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día

tantos: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de

salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba

sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta

que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la

mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos

periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él,

hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la

cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos, le sacudió la

cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego

muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos

o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a

puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no

fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas

cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué

guasoncita se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a

dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas

de...».

Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de

seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te

puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del

tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme

a mí por modelo».

--Mariquita date tono--replicó Jacinta secándose las lágrimas que la

risa y las cosquillas le habían hecho derramar--. Ya sé que hay otros

peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno.

Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su

alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas.

«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no

le tuviese por el más perfecto de los seres creados.

Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el

cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque

saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín

hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.

«Bueno--indicó ella--. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?».

--Eso mismo venía yo a saber --dijo doña Bárbara apareciendo en la

puerta--. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para

tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. Divinidades,

como dice Estupiñá.

--Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de

escuela.

Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer,

formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él

de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días

precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o

mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las

aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida

ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco

tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se

hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún

más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra

vez ganado--pensaba--. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de

una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las

cantonales...!».

Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es

eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y

Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del

Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi.

Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos

desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las

acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a

almorzar con nosotros».

El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.

--¿Qué periódicos has leído?--preguntó el papá calándose los quevedos,

que sólo usaba para leer--. Toma La Época y dame El Imparcial...

Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el

consolidado a 13.

--¿Qué 13?... Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--. Anoche

lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio.

Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una

cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto

él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que _día por

día_ había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D.

Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días.

«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se

racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al

cabecilla cual, y después de racionarse...».

«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqués

no viene. Ya no se le espera más».

En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que

había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo

platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo:

«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea

filantrópica a la parroquia de la chinche_, porque anda en busca de

ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del

edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros

de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas,

ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué

tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las

mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto...

Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era factible,

voy viendo...

«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.

--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--. ¿Almuerzas

aquí o allá?

--¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te

estoy mimando mucho.

--Toma, golosa--le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el

tenedor.

Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió

riendo.

«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la

boquita, nena».

La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a

reír.

--¡Qué alegre está el tiempo!

--Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa

empezaron Aparisi y él a tirotearse.

--¿Qué han dicho? --Aparisi afirmó que la Monarquía no era factible, y

después largó un ipso facto, y otras cosas muy finas.

Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso».

--Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra.

¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?

--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.

Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.

«Hijo de mi vida, le mató».

--¿Quién?

--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.

--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intención soltole a su enemigo un

delirium tremens a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de

respirar, un mane tegel fare. El otro se ha quedado como atontado por

el golpe. Veremos con lo que sale.

--¡Qué célebre! Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto

para acá. ¡Qué coloradita estás!

--Es de tanto reírme. --Cuando digo que me estás haciendo tilín...

--Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está

indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque

no ha seguido sus consejos...

--¡Los consejos de Aparisi! --Sí, y al marqués lo que le tiene con el

alma en un hilo es que se levante la masa obrera.

Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este:

«Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha

rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está

contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el

fusil Berdan... No dice agujeros, sino orificios. Todo se vuelve

orificios, y el marqués no sabe lo que le pasa...».

No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al

enfermo.

«Hola, Juanín... ¿Estamos exclaustrados?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso

es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin,

yo me...». Iba a decir me largo; pero al ver entrar a Aparisi (tal

creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento».

A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el

sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo

desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un

hombre que quería hablar con el señor joven.

--Ya sabes que no recibe--dijo la señorita, y tomando de manos de Blas

una tarjeta que este traía leyó: _José Ido del Sagrario, corredor de

publicaciones nacionales y extranjeras_.

--Que entre, que entre al instante --ordenó Santa Cruz, saltando en su

asiento--. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos

reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más

célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.

Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza

y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos,

como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata

roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el

sombrero que era un claque del año en que esta prenda se inventó, el

primogénito de los claques sin género de duda, y en la otra un lío de

carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales

estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la

pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de

miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio

saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato

social.

«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con

fingida seriedad--. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».

--Con permiso... ¿Quiere usted Mujeres célebres?

Jacinta y su marido se miraron. --O Mujeres de la Biblia--prosiguió

Ido, enseñando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día

en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las

casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted

_Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo,

Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...?

iv

Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le

dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas,

y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga

prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una

copita?

--Muchísimas gracias. Nunca bebo.

--¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía

este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre...

--Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replicó Ido avergonzado--. Yo no me

embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni

por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como

echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy.

Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado

izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve

usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede

vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor.

Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me

retiro...

--Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de

agua?

Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre

aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.

Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo

bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre».

--A ver, Sr. de Ido--indicó la dama--, ¿se comería usted una chuletita?

Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad

profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el

temblor del párpado y la mejilla.

--Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme

cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una...

--Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de

olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?--añadió

llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la

memoria y le entraba la electricidad--. ¿Por ventura, lo que usted

llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de

hueso?

--Justo. Llamaré para que se la traigan.

--No se moleste, señora. Yo llamaré.

--Que le traigan dos--dijo el señorito gozando con la idea de ver comer

a un hambriento.

Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.

«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he

sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena

literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un

pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en

Francia, ya tendría hotel...».

--Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos

que leen no tienen dinero?...

--Naturalmente--decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en

redondo por ver si aparecía la chuleta.

Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo

velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta,

panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor

famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa

nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que

llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y

miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en

el suelo las carteras y el claque, que no se cerraba nunca, y cayó

sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su

boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente,

habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito,

naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar?

Agradecidísimo...».

--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz.

--¿Qué? --Que no masca usted lo que come. --¡Oh!, ¿le interesa a usted

que masque?

--No, a mí no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos.

Naturalmente... así me sienta mejor.

--¿Y no bebe usted? --Media copita nada más... El vino no me hace

provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba

comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya

completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo

estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

«Aquí donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres más

guapas de Madrid».

Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo

bueno».

--¿Es de veras? --Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.

--Mi mujer... Nicanora... --murmuró Ido sordamente, ya en el último

bocado--, la Venus de Médicis... carnes de raso...

--¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!--afirmó Juan.

Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después

exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar

con bronca voz estas palabras:

--La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno

de víboras.

Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su

marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato,

hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.

«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si

es una santa?».

--¡Una santa!, ¡una santa! --repitió Ido, con la barba pegada al pecho y

echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz--. Muy

bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?

--La voz pública lo dice. --Pues la voz pública se engaña--gritó Ido

alargando el cuello y accionando con energía--. La voz pública no sabe

lo que se pesca.

--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--. A

nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.

--¡Que no les importa!... --replicó Ido con entonación trágica de actor

de la legua--. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí,

al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de

todas las cosas.

--Es claro que a él le importa principalmente--dijo Santa Cruz

hostigándole más--. Y que tiene el genio blando este señor Ido.

--Y para que usted, señora --añadió el desgraciado mirando a Jacinta de

un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignación de

un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera!

Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y

extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando

echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía

resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que

acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan,

queriendo divertirse más, procuraba calmarle.

«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas

con paciencia».

--¡Con paciencia, con paciencia! --exclamó Ido, que en su estado

eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la

mascase, a pesar de no tener muelas.

--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan

un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va jaciendo.

--¡Se va jaciendo! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...

Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio

escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que

bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le

inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata.

Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le

convierte en animal feroz.

--El honor--expresó Juan--. ¡Bah!, el honor es un sentimiento

convencional...

Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy

suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga

pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle

de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si

secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera

estentórea: «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la

de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual

estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con

frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta

a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de

España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal».

--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirmó Juan, poniéndose más

serio que un juez--. ¿Está usted seguro de lo que dice?

--¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.

Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.

--Y usted, Sr. D. José de mi alma--dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya

serio sino consternado--, ¿qué hace que no pide una satisfacción al

duque?

--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--. Eso es para los

tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.

Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos:

«Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos in fraganti

otra vez, in fraganti, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos

cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta

es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal

cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre

de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender

vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y

vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos,

porque hay tantos, tantísimos...».

Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no

tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado

para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de

respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas

de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El

criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen

poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas;

y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose

conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni

despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los

claques, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros

que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el

pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo.

--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--. Me da miedo. ¡Pobre

hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así.

--Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de

Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es

que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es

razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío?

Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de

novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se

le reblandeció el cerebro.

Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que

conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su

amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia

del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se

interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos

parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy

patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La

esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición,

humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco,

casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y

la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora.

Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el

recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar

con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar

ya estaba abriendo su portamonedas.

--Señora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidísimo

a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero

decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las

carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos

desechados del señor D. Juan...

--¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted.

--Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con

bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como

bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y

la suya puesta sobre las sábanas...

--Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en

buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.

--Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se

lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de

niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que

mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora,

naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo,

para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños

abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.

--Yo no tengo niños--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir

«no tengo camisa».

Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de

obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.

«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--. Dios no sabe

lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para

quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio

que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas».

Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al

primer filósofo del mundo; y le dio más limosna.

«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los

tienen...».

--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo,

como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis

vecinos, no nos vendrían mal.

--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!,

descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.

Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza.

Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la

señorita:

«Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras

cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá

Joaquina y para el Pitusín, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese

chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de

bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al Pitusín la

preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la

familia.

--¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?--indicó Jacinta

sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de

temblor en el párpado.

«El Pitusín--prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la

voz--, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal

Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez

sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo...

Pues como decía, el pobre Pitusín es muy salado... ¡más listo que

Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le

quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su

madre le quería tirar...».

Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en

la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas

terminantes. ¡Fortunata, el Pitusín!... ¿No sería esto una nueva

extravagancia de aquel cerebro novelador?

«Pero, vamos a ver...--dijo la señorita al fin, comenzando a

serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de

usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que

por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».

--Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo

Evangelio--replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho--. José

Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo

platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento...

especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el

Pitusín; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de

usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.

--Usted está loco --exclamó la dama con arranque de enojo y despecho--.

Usted es un embustero... Márchese usted.

Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el

recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No

había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque

le llamaran loco.

«Si la señora no me cree --se limitó a decir--, puede enterarse en la

vecindad...».

Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más.

«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase

usted».

Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a

punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante

a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que

al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado

tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un

animal dañino. «No, no abro... --pensó--. Es una serpiente... ¡Qué

hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero».

Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más

explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá

cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y

huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le

conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre

había producido en su alma.

v

¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían,

no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física.

La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro,

le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le

estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al

verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las

reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando

aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un

embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha

gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a

la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí,

sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las

novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta

para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa,

también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La

culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros

anillos.

Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era

el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía

que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no

le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa,

hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y

pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez.

Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un

esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para

soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le

venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.

Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con

estrépito y cólera.

«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--. Si fuera una enfermedad

grave, ¿qué harías?».

--Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me

sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas.

¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como

una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo

paciencia. Mañana me echo a la calle.

--Falta que te dejemos. --Al menos ríanse, cuéntenme algo,

distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame.

--Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la

cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates...

--Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si

no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como

una confitería. Mamá...

--¿Qué? --¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí,

háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me

desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta,

distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.

Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus

pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba.

«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco,

con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas

adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia

del Pitusín era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre

todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una

rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear.

Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle

del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué

rabia tengo! --pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes--, por

haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo

así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones.

Aquel Pitusín desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido,

sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera

culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el

pobre niño...? --pensó después transformándose por la piedad--. ¡Este,

este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle

una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos,

tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a

las personas.

«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?--murmuró él sin volver la

cabeza--. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija».

--¿Qué quieres? --Niña de mi vida, hazme un favorcito.

Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de

coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.

«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado

algo».

Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó

que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió

mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he

de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a

esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen

en mí le nacen en otra...».

Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se

le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el

acento mimoso:

«Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no

haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».

--Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres?

--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no

se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes?

Tengo sed.

Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.

«¿Crees que tengo calentura?».

--De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los

chiquillos.

--Mira, hijita, cordera; cuando venga La Correspondencia, me la

leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me

leerás La Época. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira

que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite

esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...!

--¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará...

Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama.

Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».

--Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que

obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde

se mete este condenado hombre?

María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era

que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la

garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú

no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las

dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!».

Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido La Correspondencia?».

--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los

brazos.

--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se

empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta,

quita jierro, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más

arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo,

hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se

van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas?

--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.

Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no

comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí

no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando

siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un

esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela,

echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida,

si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro

vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame

que te chupe el dedo...».

Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.

«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas

acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser obvio... obvio por

arriba, obvio por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas».

--Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en

seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina.

--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente

chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que

si sacó las maderas de seis a treinta y ocho reales, y las _carreras

de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de

pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa

saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de

centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para

que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter

contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el

zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata».

--¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta

entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana.

Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño

muy pesado.

--Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de

fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona

que me divierte.

--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.

--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.

Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no

poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa

de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían

contado, decíale:

«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste

delante del sereno, creyendo que era el Viático...».

Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.

Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa

paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú

no has tenido nunca novia?».

--Vaya, vaya, este Juanito --decía Estupiñá levantándose para

marcharse--, tiene hoy ganas de comedia.

Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele

decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te

pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo

hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».

Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio

a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano

Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de

terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita

y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media

con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del

plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira

el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la

familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a

usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen

cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.

«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te

separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».

«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!--gritó el

Delfín cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a

uno. Nada... Lo mismo que a un perro».

--Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya

estoy aquí.

Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho

y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño

de tres años.

--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes...

Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu

parienta...

--¡Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me

quiere nada eres tú.

--Nada en gracia de Dios. --¿Cuánto me quieres?

--Tanto así. --Es poco. --Pues como de aquí a la Cibeles... no al

Cielo... ¿Estás satisfecho?

--Chí.

Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».

--¿Así? --No, más alta. --¿Estás bien? --No, más bajita... Magnífico.

Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.

--¿Aquí? --Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de

mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...

«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás

todas juntas».

--Sí, soy un pillo... Pégame.

--Toma, toma. --Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado...

--¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...

--Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados--observó Jacinta

riéndose con cierta melancolía.

--Estas simplezas no son para que las vea nadie...

--¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró...

--Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa

maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por

completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando

que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el

palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar

aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.

--Bueno, hombre, bueno; me estaré.

Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que

vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se

durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de

Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.

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