Parte 1 — Capítulo IV: Perdición y salvamento del Delfín
Parte 1 — Capítulo IV: Perdición y salvamento del Delfín
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Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido
aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones
nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya
edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil
alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí
las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable
cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y
lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy
particulares de su voz y lenguaje. Daba a la elle el tono arrastrado
que la gente baja da a la y consonante; y se le habían pegado modismos
pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita
gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con
qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se
conocía.
Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó a
manifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavina
corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por las
noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se
peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentó
en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen
ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no le
dejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombre
fuera rodando por las escaleras. «¿Es posible--dijo a su niño, sin
disimular la ira--, que se te antoje también ponerte esos pantalones
ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de
cigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusaciones
contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él se
reía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá le
cortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por las
noches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, lo
cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto
también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no
aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico
de Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete
años, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía que
Rivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito
hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal
o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué
pasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y en
tratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella época
del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros,
que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces
se plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad,
y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de un
individuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan,
creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a
uno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita de
caña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba
y ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir con
risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque
Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.
Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de
Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a
Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole
cuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en la
pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe la
señora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un
tipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa con
esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un randa que por un
señorito disfrazado».
--¿Mujeres...?--preguntó con ansiedad Barbarita.
--Dos, señora, dos--dijo Plácido corroborando con igual número de dedos
muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas.
Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a la
cabeza... en fin, un par de reses muy bravas.
A la semana siguiente, otra delación:
«Señora, señora...».
--¿Qué? --Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción
Jerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de
cría...
--¿Y qué? --Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé
por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado
que esté con mucho ojo.
--¿Tienda de filigranas y de corales?
--Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienen
no vale seis duros.
No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto de
pobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada del
portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en
regalos para amas_... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, que
murió de miserere.
De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvía
preguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Y
cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el
mayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua el
tener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía que
sus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdad
antes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en un
simón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel...
Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacía
gracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas,
subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o si
sabía no quería decirlo por no disgustar a la señora.
Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, y
este no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayo
del 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros que
tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente,
notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de
la vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para
qué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que
Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los
desvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues,
recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche que
entró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanza
pareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página de
la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de mal
gusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con
tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de
las edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estos
tiempos--decía--. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.
Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o
esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso
de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de
que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo
inquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parece
querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando de
esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo
autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que
mereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy
mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá una
pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas
trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza».
Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Tenían
tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la
fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con
aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta
las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a
primeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia».
Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó el
Delfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos o
tres días. Tengo que arreglar varios asuntos...».
--¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengas
alguno, créeme, vale más que lo dejes como está.
Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro.
Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el
camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me
escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un
palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables
que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en
reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de
sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y
en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como
persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso
aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy
dispuesto a la resistencia.
«Pues sí--dijo ella, después de una conversación preparada con gracia--.
Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un
chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en
que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías,
no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el
botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de
toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en
la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a
callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las
madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos
infalibles como el Papa».
La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la
tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día
siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban
en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva
menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.
Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo
pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y
madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un
verdadero caso de infalibilidad.
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Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada,
cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la
sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.
Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba;
teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y
miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera
sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que los
señores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicas
de Casa-Muñoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada.
Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D.
Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido
lo mismo.
Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin duda
la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en
los casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernaba
más que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, el
simulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecía
como que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y se
engañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estas
cosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín.
Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le
aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y
filosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre este
problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la
verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted
dispuesto a complacerla».
Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madre
había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de
las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los
reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia,
descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y
la voluntad de su madre.
Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse
con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima.
Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él)
habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose
mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella
arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él.
Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y
Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan
para que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas,
hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, que
Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que
toca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola al
camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa».
«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les
prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacinta
iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de
Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a
su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo
moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban
en la edad del pavo, muy lejos de sospechar que su destino les
aproximaría cuando menos lo pensasen.
El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía al
joven Santa Cruz cosa fácil. Él, que tan atrevido era lejos del hogar
paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su
propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,
se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para la
muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis,
que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a él
le parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de la
fraternidad al enamoramiento se hacía como una seda. La primita,
haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun la
vergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos para
creer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello
es que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarles
nada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa más
que estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eran
propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con
caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,
helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos
que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas
azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de
pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un
día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su
humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable
fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un
ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban
cumpliendo.
Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se
llama en lenguaje corriente una mujer mona. Su tez finísima y sus ojos
que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente
agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba
callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresión
variadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía la
numerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabía
triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba
en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.
Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas,
revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco
tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera
pena de la vida o la maternidad.
Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas
morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces
el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su
elección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eran
un defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que
las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de
energía para ciertas ocasiones difíciles.
La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como una
bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y
dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna,
por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del
cielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo y
aún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los novios
bastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos y
que debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vuelta
ya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente su
empobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquel
matrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años,
ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se había
atrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecer
excesivamente ambiciosa y atrevida.
Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del feliz
suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin
fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos
bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de
boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas
inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no
cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si
me parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento,
por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría
inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí
quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero,
hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida
de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella
misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos.
No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía,
ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de
un pajarito. Decían los vecinos y amigos que había _reventado de
gusto_. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y
siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y
sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas
célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia
la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D.
Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.