Parte 3 — Capítulo VI: Naturalismo espiritual Fortunata y Jacinta · Capítulo 24 de 32
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Parte 3 — Capítulo VI: Naturalismo espiritual

Parte 3 — Capítulo VI: Naturalismo espiritual

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Al entrar en la calle de Mira el Río, encontraron a Severiana, a

quien doña Lupe había visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina,

tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doña Lupe la interrogó,

y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de

introductora, guiándolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa

escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de

Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su

capacidad y arreglo bien podía pasar por lujosa en semejante vecindad.

Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un

comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues

constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la

calle. Entre la puerta y la sala primera había un pasillo, en el cual se

veía la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al

corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando

Guillermina, comprendiendo el fin próximo de Mauricia, indujo a

Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa,

la señora viuda del comandante cedió su cuarto para tan benéfico objeto,

trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues,

instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tenía su cama en

la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir

visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de

Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule,

el cuadrito de los dos corazones amantes, el de la Numancia en mar

de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de

esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y

en fin, las laminotas que recientemente habían sido adquiridas en el

Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el

papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y

representaban asuntos que nada tenían de español, por cierto, las

batallas de Napoleón I, reproducidas de los un tiempo célebres retratos

de Horacio Vernet y el barón Gros. ¿Quién no ha visto el _Napoleón en

Eylau, y en Jena, el Bonaparte en Arcola, la apoteosis de

Austerlitz y la Despedida de Fontainebleau_?

Doña Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento

de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le habían cortado el

pelo días antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil

romano se había acentuado; era más fina la nariz, la quijada inferior

abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos. Las curvas airosas

de la boca eran más rasgueadas, y la decomisura de los labios, que

parecía obra de un agudo punzón, dábale cierto aspecto de grandeza caída

o de humillación sublimemente resignada. Las cárdenas ojeras le cogían

media cara; el superciliar salía como una visera; los ojos, hermosos y

ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada

relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas

negras formaban una sola línea recta. La frente era espaciosa, con un

mechón de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia

aquella expuesta en las paredes: era el Napoleón en Santa Helena.

Cuando doña Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato,

como si tardara en reconocerlas. Después las nombró. ¡Qué voz! Siempre

fue ronca la voz de Mauricia; pero había bajado ya a lo más grave del

diapasón. «¡Dios mío!--se dijo Fortunata, oyéndola después de mirarla--,

¡si parece un hombre...!». Doña Lupe, en tanto, sentándose en una de las

sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la

ocasión, añadiendo: «Eso para que aprendas... y tengas formalidad.

A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento».

Mauricia se volvió para Fortunata, que se había sentado junto a la

cabecera; la miró mucho, sin decir nada; después clavó sus ojos en el

techo, rezongando: «Sí... bien mala he sido, bien re-mala...». Y vuelta

otra vez hacia su amiga, le dirigió estas palabras:

«Oye tú, arrepiéntete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para

última hora, porque... eso no vale. Tú tampoco eres trigo limpio, y el

día que hagas sábado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y

jabón, mucha escoba y mucho estropajo...».

Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podía ofenderse. A doña Lupe

le pareció la amonestación muy impertinente y descortés, porque ¿a santo

de qué venía el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qué

ocuparse? Verdad que su sobrina política no había sido un modelo; pero

ya estaba corregida y no había que volver sobre lo pasado. «Ya sabemos

que te tratan muy bien» dijo, para variar la conversación.

--Gracias a la madre de los pobres--declaró Severiana, que estaba en pie

arreglando la cama--, no le falta nada. ¡Qué señora esa!

--¡Una santa!--exclamó doña Lupe en el tono más encomiástico--. No le dé

usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien...

--Pero esta se ha cerrado a no comer--dijo la hermana mirándola--, y sin

comer no viven más que los camaleones.

--Pero ayunas, ¿de verdad?....

--Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez... y por la mañana,

para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de

cepa, y por la noche otro dedito...

--¿Pero de veras le dais... esa perdición?--preguntó alarmadísima doña

Lupe.

--Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello de _al

revés te lo digo_.

--¡Qué cosas!... ¿Y no te comerías tú--le propuso Fortunata--, un

muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita?

Sólo de oír hablar de comida se ponía peor Mauricia. Le temblaban mucho

las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su

respiración muy difícil, y quejándose de irresistible calor. Hallándose

presentes la de Jáuregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como

quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con

pena, lamentándose de no saber aliviarle aquel ahogo... «Bebe un poco de

agua» le dijo Fortunata incorporándose. Pero aquello pasó, y la infeliz

volvió a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada

palabra.

«Ayer me trajeron a la niña... ¡qué guapa y qué señorita está!...».

--¿Pero no la tienes contigo?--preguntó la de Rubín.

--No, señora. Si está en el colegio...--replicó Severiana--; interna en

el colegio de señoritas de doña Visitación.

--Sí... más vale que esté... allá... desapartada de mí. Ayer... ¡qué

pena!... no me conoció... ¡Tanto tiempo sin verme!... me tenía miedo...

¡pobrecita de mi alma!... miedo, así como se dice... Ni que su madre

fuera el coco...

En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doña Guillermina,

que entró, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su

perdurable mantón oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doña Lupe y

Fortunata se levantaron, y la fundadora saludó con aquella gracia y

amabilidad que eran iguales para el Rey y para el último de los

mendigos. Doña Lupe creyó que no la reconocería, pues sólo se habían

hablado una vez en la función del Asilo; pero sí la reconoció, y aun la

nombró, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen

memoria felicísima de nombres y fisonomías, y soldado con quien hablan

una vez, no se les despinta. «Mi sobrina» dijo la viuda presentándola, y

Guillermina la miró sonriendo. «No me es desconocida su cara... la he

visto en las Micaelas... Por muchos años». En seguida dirigiose a

Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. «¿Y qué tal te encuentras

hoy? ¿Comerías algo?... Nada, este chubasco te pasará pronto. Mañana

recibirás a Dios. ¿Cómo va esa conciencia? Buen limpión te vamos a dar.

Eso te conviene más que nada. Yo te quería coger por mi cuenta y hacerte

confesar, porque diciéndole tú misma al Señor lo buena pieza que eres,

el Señor te daría su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volverá el

padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que aún

tendrás algunas heces que sacar, ¿eh?».

Mauricia se sonreía, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que sí.

--Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio

se agarra de cualquier cosa--dijo la santa, acariciándole la barba--.

Con que ya sabes... mañana tenemos aquí gran fiesta... ¿Te parece? Viene

a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecerá a ti que

no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, él viene, y sabido se

tendrá por qué.

La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina decía estas

cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oían. Severiana

soltaba dos lagrimones. Fortunata sentía en su alma tanta admiración por

aquella mujer, que le habría besado la orla del vestido. «Luego dicen

que ya no hay gente buena en el mundo--pensaba--. ¿Pues y esta?...

¡Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y

sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!».

Asustábase de medir con el pensamiento la distancia que había entre ella

y la ilustre señora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna

podía acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera

muchas obras de caridad, las dos almas no llegarían jamás a verse

próximas.

La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo ponía, dictó a

Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba.

«Aquí pondrás la mesilla que está en la otra sala, y se hará el altar.

Yo te mandaré un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama

hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se

pueda...».

Luego pasó a la sala, seguida de doña Lupe, que quería meter baza a todo

trance: «Tendremos sumo gusto en venir mañana. Aprecio mucho a Mauricia,

que a no ser por el maldito vicio, sería una buena mujer, trabajadora,

fiel... Y dígame usted: de noche habrá que velarla. Yo no tendría

inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina...».

--Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Póngase usted de

acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se

necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y

ayuda sujetarla.

--Verdaderamente--manifestó doña Lupe con adulación--; los ejemplos que

usted da, señora, hacen que todas las demás seamos mejores de lo que

seríamos si usted no existiera.

La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se echó a reír,

agradeciendo la flor, pero no queriéndola tomar.

«¡Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendría bien que alguien me los diese a

mí. ¡Ay, hija! Estoy para que me enseñen, no para enseñar».

--¿Usted qué ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de

todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos.

--Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. ¡Sabe Dios las

misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con

esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a mí.

--¡Yo!... ¡Jesús! No digo que no tenga yo también algunas buenas obras

en mi cuentecita del cielo; ¡pero compararme con usted...! Calle por

Dios, señora.

--En fin, no es cosa de que nos pongamos a reñir por quién peca menos...

¿le parece a usted?--dijo la fundadora, uniendo la cortesía a la

modestia, y permitiéndose el característico guiñar de ojos, un tanto

picaresco--. Mi lema es este: «haga cada uno lo que pueda y lo que sepa,

y Dios verá».

--Eso mismo pienso yo...--Conque, usted me dispensará... tengo mucho que

hacer. Hasta mañana; no faltar...

Entre tanto, la de Rubín estaba sola con la enferma, porque Severiana se

fue a la cocina. Le arregló las almohadas, y después ambas se estuvieron

mirando. Fortunata pensaba en la simpatía inexplicable que aquella mujer

le había inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. ¿Sería

tal simpatía un parentesco de perversidad? Ejercía sobre ella una

atracción querenciosa, y como le dijera algún concepto lisonjero a su

corazón, sentíalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada

por sobrenatural labio. Mil veces analizó la joven este poder fascinador

de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. ¡Cosas del

espíritu, que no las entiende más que Dios!

Mauricia parecía melancólica y sosegada. «¡Qué señora esa!--exclamó

Fortunata--. ¿Habrá nacido de madre como nosotras?».

--Apuesto a que no--replicó la Dura--. ¡Qué mujer!... El día que me

quiso sacar de esos indinos protestantes, me entró el toque y la

insulté... ¡Qué mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo,

porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas,

siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de

términos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran niña

bonita...

No has visto otra. ¡Mia que traerme aquí y cuidarme como me cuida!,

¡re...! No sé cómo hablar... ¡Mia que esto que hace conmigo!... Es

prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza...

Figúrate lo que suponemos nosotras al compás de ella... ¡nosotras que

hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para

descalzarle el zapato. Pues déjate que venga la otra... también aquella

es de la piel de Cristo...

--¿Quién?--La amiguita, la que protege a mi niña...

Fortunata vio delante de sí, súbitamente, una oscura niebla que se le

iba encima... El corazón le dio un salto... «Jacinta--dijo--; pues qué,

¿también viene aquí esa?».

--Ayer estuvo... Ella misma traía mi niña. Mira; créetelo porque te lo

digo yo: cuando entró paicía que entraba una luz en el cuarto.

Fortunata sentía ganas de echar a correr.

«¿Pero todavía le tienes tirria?... ¡Ay, qué mala eres! Perdónala, que

bien lo merece. Te quitó tu hombre; pero ella no tenía culpa. ¡Qué

roña!... ¡ay!, se me escapó. Palabra fea, vuélvete para adentro; no,

quédate fuera... Pues chica, no seas pava... ¿crees tú, que el mejor día

no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va

a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una,

y yo te digo que tu señor volverá contigo.

Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te diré que

a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada...

Estas casadas ricas, como viven con tantismo regalo, no quieren a sus

maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque

sabe Dios lo que hará, lo cual no quita que sea mayormente un ángel y

que reparta muchas caridades».

Fortunata no decía nada. La enferma se inclinó hacia ella, y dándose

unos aires evangélicos, en el tono que podría emplear un pastor de

almas, le amonestó así: «Arrepiéntete, chica, y no lo dejes para luego.

Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale de _entre

ti, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, no ajumarse_,

no decir mentiras; pero en el querer, ¡aire, aire!, y caiga el que

caiga. Siempre y cuando lo hagas así, tu miajita de cielo no te la quita

nadie».

Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entró doña Lupe

dándole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenían que ir a otra

parte antes de regresar a casa. Despidiéronse con promesa de volver al

día siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de

quien dijo la de Jáuregui: «Es una mujer esa que electriza; y cuando se

la trata, sin querer se vuelve una también algo santa... Cincuenta y

tres reales me debía Mauricia.

Yo, de todas maneras, se los había perdonado; pero ahora, créelo, me

alegraría de que me debiera lo menos doscientos, para perdonárselos

también».

ii

Dos horas antes de la señalada para que Mauricia recibiera a Dios,

ya estaba allí la fundadora. «Pero Severiana, ¿en qué estás

pensando?--fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo--. Quita de

aquí esta artesa. ¡Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabón...».

--Señorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que

las dos láminas de Napoleón que caen al lado del altar deben quitarse,

porque era muy protestante, masónico y...

--Déjate de tonterías... ¿Y cómo está esta pájara hoy? ¿Qué tal, hija?

Aquel día estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas,

respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia

a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared

de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.

Enterose la dama minuciosamente de cómo había pasado la noche, de

quiénes se quedaron a velarla, de lo que había dicho el médico en la

visita de la mañana. A todo contestó Severiana: el doctor había mandado

que se le diera doble dosis de la nuez cómica, seguir con las

cucharadas por la noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el

Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de oír esto, empezaba a poner

su atención en otra cosa. Frente a la ventana y formando ángulo recto

con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba

de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared

todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración

proyectada.

«No clavetee usted más, por Dios... Parece que va a derribar la casa...

Y que el ruido la molestará... ¿Pero qué van a poner ustedes ahí?».

La comandanta entró con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que

habían sido cortinas cuarenta años antes, pasando después por distintos

usos. Con aquella tela se forraría la pared, formando la bandera

española, y en el centro se pondría una lámina del Cristo del Gran

Poder, propiedad de la portera. «No me parece mal--dijo Guillermina,

sacando del estuche sus anteojos y calándoselos--. A ver, Juan Antonio,

si se luce usted. ¿Y flores, no tenemos?».

«De trapo... verá usted--replicó Severiana llevando a la señora a su

alcoba y mostrándole un montón de flores de papel dorado, tul y talco

extendidas sobre la cama. Había también allí cintas de cigarros, y esas

rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San

Isidro. «Esto es muy feo--opinó la santa--, ¿pero no hay naturales, o

siquiera ramaje?».

--Sí señora... El vecino del 6, que es no sé qué de la Villa, me ha

prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondrá Juan Antonio por

arriba haciendo cenefas...

--Buscar algún bonito tiesto de bonibus, hija; no se os ocurre

nada--dijo Guillermina, volviendo a la sala--, y en las ramas verdes

atáis flores de trapo, y resulta muy bonito--. Vaya, Juan Antonio, no

más clavazón; ya están bien sujetas las cortinas. Ahora, cuélgueme usted

la Virgen de las Angustias debajo del Señor, y a los lados...

La comandanta entró trayendo un cuadrote que representaba a Pío IX

echando la bendición a las tropas españolas en Gaeta. Para hacer juego,

propuso Juan Antonio poner al otro lado la Numancia. Guillermina

vaciló en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guiño

resolvieron la duda. «Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar

es de Dios».

Salió luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba

barrida aún, llamó a la portera. «¿Pero usted en qué está pensando? ¿No

le han dicho que hoy viene el Señor a esta casa? ¡Y está ese portal que

da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la cogeré yo. Qué,

¿se cree usted que no lo hago como lo digo?».

La portera vio que doña Guillermina se quitaba el manto... «No,

señorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya verá lo que

tarda esta granujería en volver a ensuciarlo».

--Pues lo vuelve usted a barrer. Bajó la señora al patio, donde había

entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos

jugando a los toros. «Eh, niños, hoy es preciso que tengamos mucha

formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la

escalera. Estas eneas y juncos que habéis esparcido en el patio, me los

vais a recoger y entregárselos a su dueño».

Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se había

establecido un sillero que hacía fondos de junco y tenía montones de

ellos arrimados a la pared, los unos teñidos de rojo y puestos a secar,

los otros sin teñir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este

industrial los chavales de la vecindad, que bonitamente le robaban los

juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con

ellos, salió de su tenducho y encarándose con la infantil cuadrilla, les

dijo:

«Ya veis, gateras, lo que vus dice la señorita. Que vus estéis

quietos, que vus estéis callados, que si no, vus llevará a todos a

la cárcel».

--Tiene razón el maestro Curtis--dijo la fundadora, poniendo la cara más

severa que le fue posible--. A la cárcel van atados codo con codo, si no

se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el...

La interrumpió un sacerdote anciano que entró y fue derecho hacia ella.

Era el Padre Nones. «Buenos días, maestra. Ya está usted en planta,

oficiando de capitana generala».

--Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de enseñar a esta gente la

buena crianza, vendría usted luego con el Santísimo y tendría que entrar

pisando lodo, y cuanta inmundicia hay.

--¿Y qué importa?--observó Nones riendo.

--Claro que no importa; pero ¿por qué no hemos de tener limpieza y

decoro delante del Señor, siquiera por estimación de nosotros mismos? Se

limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el médico del

Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando

viene el... Pero cállese usted hombre, por amor de Dios--esto se lo

decía al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia

de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que

al fin parecía querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al

propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgañitarse...

«Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos--dijo la

santa sacando su portamonedas--.

Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aquí fandangos. ¿Me

entiende?».

Marchose el porfiado ciego, y la fundadora siguió hablando con el Padre

Nones: «Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la última pasadita.

Paréceme que no está muy bien dispuesta. La encuentro peor de la

enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos.

¡Qué ideas tan extrañas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy

ya de la casa hasta que se acabe todo».

Subió Nones, y la dama, después de recomendar al sillero y a otros

vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a

subir también; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban.

Era el uno don José Ido del Sagrario, a quien no conocerían los testigos

de sus románticas hazañas al principio de esta historia, según estaba ya

de bien trajeado y limpio. Visto por detrás, parecía otra persona; mas

de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su

cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idéntico a

sí mismo. El que le acompañaba era un infeliz músico, habitante en el

segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo

primero que se notaba en él era la gran bufanda que le envolvía el

cuello subiendo en sus vueltas hasta más arriba de las orejas, y

descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galón, y de la bufanda

para abajo toda la ropa era de purísimo verano, y además adelgazada por

el uso. Temblaba de frío, y con el brazo derecho oprimía los aros

broncíneos de un trombón, dirigiendo la abollada boca hacia adelante

como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia.

«Este amigo--dijo Ido, en son de presentación--, este amigo mío... un

italiano, señora... se llama el señor de Leopardi, un artista

desgraciado. Pues me ha dicho que si la señora quiere, naturalmente, se

pondrá en la escalera cuando pase el Santísimo y tocará la marcha

real...».

El otro infeliz murmuró algo, con marcado acento extranjero, llevándose

a la gorra la temblorosa mano.

«¡Pero qué cosas se le ocurren a este hombre! Ave María

Purísima--exclamó Guillermina con benevolencia--. Déjese usted de

marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar.

Caballeros, aquí, y durante la ceremonia, mientras menos música, mejor».

Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observación de la señora

no se ocultó lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que

se fuera a su cuarto, que tocara allí el trombón todo lo que quisiese y

por fin que... «Yo veré si encuentro por ahí unos pantalones».

Subió al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de

mujeres que allí estaban peinándose. «A las doce... que no vea yo aquí

estos corrillos, ¿estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que

tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los

lleve allá... Y todos estos pingajos que aquí veo colgados, están ahora

demás».

«¿Sirven estos ramos de caracoles?» dijo la del guarda de consumos,

mostrándolos en la puerta de su casa.

--Ya lo creo. Llévalos. Y tú, Rita, recógete esas melenas, mujer, que

pareces una cómica. Es preciso que estéis todas muy decentes.

La mujer del sereno se disponía a encender el farol de su marido y a

ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si

valía el quinqué de petróleo. A las niñas que debían salir al portal con

velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la

que tenía botas nuevas se las calzaba; la que no, salía como estaba, con

las alpargatas llenas de agujeros. «No se quiere lujo, sino decencia»

repetía Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los

vecinos y vecinas de la casa. Cuando volvía al cuarto de Severiana,

encontró al Padre Nones que salía. «Le he enderezado las ideas, maestra;

ahora está bien preparada--le dijo el clérigo que, por su alta estatura,

tenía que encorvarse para hablar con ella--. Voy a la iglesia. Dentro de

tres cuartos de hora estamos aquí».

Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan

Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de

damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy

simpático, y así lo declaró la señora, echándole sus gafas. Luego

cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de

gran habilidad, había hecho para rifarla. Era de cuadros de malla,

combinados con otros cuadros de peluche carmesí. Encima se puso un

paño de altar traído de la parroquia, que tenía un hermoso encaje.

Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso

improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan

Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados. Era papelista,

y en su arte, con paciencia y engrudo, hacía maravillas. Se colocaron

los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los

retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón

rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las

ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al

enemigo.

Poco después apareció Estupiñá, de capa verde, trayendo bajo los

pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto.

Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante

peso, y que Plácido no quiso entregar a nadie sino a la misma dueña de

él. Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada

imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvía, entró con ella

en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa

escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar,

que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del

pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijándose mucho con la

admiración que producía el bronce en los circunstantes, y después salió

a dar órdenes a Estupiñá. «Vaya usted a la parroquia para que acompañe

al Santísimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir

aquí».

En esto, ya habían entrado Fortunata y su tía, ambas de negro, muy

decentes, y mientras la de Jáuregui metía su cucharada en el corro de

Guillermina, la otra pasó a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida,

sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, respondía con

la mayor concisión, porque el temor de decir alguna palabra fea

enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan sólo la tercera parte

de los vocablos que emplear solía, y aún no se le quitaban los

escrúpulos, sospechando que tuviese en algún eco infernal las voces más

comunes. Lo que Fortunata le oyó claramente fue esto: «¡Ay, qué gusto

salvarse!»...

Pero al punto frunció Mauricia el ceño. Le había entrado la sospecha de

que la palabra gusto fuese mala. Comunicó estos temores a su amiga,

quien la tranquilizó sonriendo, y por fin le dijo que siendo su

intención limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer

algún término sucio. Creyolo así la enferma; pero no las tenía todas

consigo y estaba como bajo la presión de un gran temor. En un momento

que cogió a Fortunata sola, le dijo temblorosa: «Arrepiéntete de todo,

chica, pero de todo... Somos muy malas... tú no sabes bien lo malas que

somos».

iii

Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emoción

teatral que acompaña a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el

sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se cabía, y

todos los chicos del barrio se habían dado cita allí, cual si creyeran

que sin ellos no podía tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina

recorría toda la carrera, desde la puerta del cuarto de Severiana

hasta la de la calle, dando órdenes, inspeccionando el público y

mandando que se pusieran en última fila las individualidades de uno y

otro sexo que no tenían buen ver. Había venido de la parroquia un hombre

asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo.

En la parte del corredor que había de recorrer el Viático, mandó que se

pusieran las niñas que lucían pañuelo de talle, y como no tuvieran

velas, ordenó que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un

edecán de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal,

se había puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, y _la

canción de la Lola_; que esto era una irreverencia y no se podía

consentir. A lo que replicó la santa que no debían ocuparse de lo que

pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento

molestaba mucho y estorbaba la edificación del vecindario, por el

apetito que algunos sentían de ponerse a bailar, bajó al portal y habló

con el de Orden Público que allí estaba. Todos los individuos de este

cuerpo que conocían a Guillermina, la obedecían como al mismo

gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y

trinos se oían después perdidos y revueltos, como si alguien estuviera

barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo.

Llegó el momento hermoso y solemne. Oíase desde arriba el rumor popular;

y luego, en el seno de aquel silencio que cayó súbitamente sobre la casa

como una nube, la campanilla vibrante marcó el paso de la comitiva del

Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantísima luz, que

reflejaba en el talco de las flores. Había sido entornada la ventana, y

todos de rodillas esperaban. El tilín sonaba cada vez más cerca; se le

sentía subir la escalera entre un traqueteo de pasos; después llegaba a

la puerta; vibraba más fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los

latines que venía murmurando el acólito. Apareció por fin el Padre

Nones, tan alto que parecía llegaba al techo, un poco encorvado, la

cabeza blanca como el vellón del Cordero Pascual, llevando agasajado el

porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el

altar y allí estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante

blanca, diáfana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al

sacerdote y lo que entre manos traía. Guillermina se le puso al lado y

acercó su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa

susurró al oído de la enferma, como secreto de ángeles, estas palabras:

«Abre la boca». El cura dijo: «Corpus Domini Nostri, etc.» y todo

quedó en silencio, y los párpados de Mauricia se abatieron, proyectando

sobre las ojeras la sombra de sus largas pestañas.

Poco después salió la comitiva, precedida de la campanilla, entre la

calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sintió

que bajaba, que salía y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oía más

el tilín, Guillermina, cesando de rezar, acercó su cara a la de

Mauricia y empezó a darle besos. Todas las demás, lloriqueando, la

felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de

mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la

enferma se afectaba mucho, y podría resultarle algún retroceso

peligroso. Mas por efecto de la excitación, Mauricia no sentía dolor ni

molestia alguna; estaba como bajo la acción de fortísimo anestésico, de

los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de

doce años, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no había

vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresión recibida

retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse

por breves momentos en la ilusión de que era niña inocente y pura, y de

que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos.

También mandó Guillermina despejar la habitación y que se apagaran las

luces. Entre la mucha gente que había entrado, veíanse dos mujeres muy

bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal

azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado

rematado en quiquiriquí con peina de bolas, el calzado de la más

perfecta hechura y ajuste. Parecían deseosas de hablar a Mauricia; pero

no se atrevían a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la

ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvió darles el quién vive.

«Señoras mías--les dijo--, ¿qué bueno traen ustedes por aquí? Si han

venido por devoción, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear,

siento tener que decirles que tomen la puerta y que aquí no hacen falta

para nada».

Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera

abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos

momentos antes se habían oído en el propio sitio. Todas las que

presenciaron la indirecta que les echó la señora, la celebraron mucho,

diciéndole doña Lupe al pasar a la sala: «Vaya unas despachaderas que

tiene usted, amiga mía. Eso se llama carácter».

--Una de ellas--dijo Severiana--, es Pepa la Lagarta... mujer de

historia, ¿sabe?... la que dicen mató a su marido con una aguja de coser

serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y

no se los puede sacar... ¿Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya

quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado costeó, en San

Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que había

que ver...

--¿Novena?--Sí, porque sanara el Clavelero, un chulito que tiene muy

guapín, el cual recibió un achuchón en la plaza de Leganés... como que

le entró el pitón por salva la parte... Pues el Clavelero sanó. ¿Y

eso...? Vea usted, señora, ¡qué cosas hace la Virgen!

--Ella se sabrá lo que le conviene, tonta.

Poco después se retiró Guillermina. La casa volvió a tomar su aspecto

ordinario. La comandanta y doña Lupe estaban en la sala hablando de la

rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y

Severiana acompañaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no

había dormido nada la noche anterior. Doña Fuensanta, deseosa de mostrar

a la señora de Jáuregui sus habilidades, la invitó a pasar a la casa

inmediata. Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo

desilusionada, pues había creído que Guillermina iba siempre a sus

visitas benéficas con un regimiento de señoras. «¿Pero dónde están esas

damas distinguidas de que hablan los periódicos? Por lo que voy

viendo, aquí no viene más dama que yo».

Viendo Fortunata que Mauricia se dormía profundamente, salió a la sala.

No había nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los

cristales, y allí estuvo un largo rato con la atención vagabunda y el

pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sacó de su

abstracción. Al volverse, se quedó atónita, viendo a Jacinta que,

detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quién estaba allí.

Traía de la mano una niña, vestida a la moda, pero con sencillez y sin

pizca de afectación de elegancia. Avanzó hacia Fortunata; interrogándola

con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se podía olvidar.

Sentía la de Rubín una gran turbación, mezcla increíble de cortedad de

genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, después

como la cera. Debió Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acertó

a responderle. La señora de Santa Cruz se acercó a la puerta que

comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrás,

dijo: «Se ha quedado dormida».

Volviéndose hacia ella, otra vez le echó Jacinta aquella mirada y

aquella sonrisa que la asesinaban. «En ese caso, esperaremos un poco»,

indicó en voz casi imperceptible, sentándose en una de las sillas de

paja. Fortunata no sabía qué hacer. No tuvo valor para marcharse, y se

sentó en el sofá. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar

en su asiento, porque la silla estaba inválida, y se pasó al sofá.

Halláronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no

mirar a su rival, miraba a la niña, a quien aquella tenía en pie delante

de sí, cogiéndola de las manos. Observó la de Rubín el trajecito azul de

Adoración, sus botas, todo su decente atavío, y en aquella inspección

fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna

vez. «¡Oh, si tú supieras al lado de quién estás!» pensaba Fortunata, y

aquí su temor se desvanecía un tanto, para dejar revivir la ira. «Si yo

te dijera ahora quién soy, padecerías quizás más de lo que yo padezco».

Adoración quería decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a

la de Rubín se sonreía con esa ingenuidad que indica ganas de trabar

conversación. Comprendiolo la otra, diciendo para sí: «No, pues yo no he

de buscarte la lengua». La niña, aquel dato vivo de la bondad de la

Delfina, no podía menos de determinar en Fortunata un pensamiento

distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de

envenenar la admiración: «¡Oh!, sí, señora--pensaba--. Ya sabemos que

tiene usted un sin fin de perfecciones. ¿A qué cacarearlo tanto...? Poco

falta para que lo canten los ciegos. Si estuviéramos como usted, entre

personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y

teniendo todas las necesidades satisfechas, seríamos lo mismo. Sí,

señora; yo sería lo que es usted si estuviera donde usted está... Vaya,

que el mérito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo

y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde

que me engañó aquel, y entonces veríamos las perfecciones que nos

sacaba la mona esta».

Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un

comentario que con los ojos ponía a la tontería o pueril gracia que

Adoración acababa de decirle. Sin saber cómo, aquel nuevo flechazo trajo

a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba

con la presencia de la niña. Acordose de que Jacinta había querido

recoger a otro niño, creyéndolo hijo de su marido... «¡Y mío...!

¡creyéndolo el mío!». Desde la altura de esta idea, se despeñó en un

verdadero abismo de confusiones y contradicciones... ¿Habría hecho ella

lo mismo? «Vamos, que no... que sí... que no, y otra vez que sí...». ¡Y

si el Pituso no hubiera sido una falsificación de Izquierdo; si en

aquel instante, en vez de mirar allí a la niña de Mauricia, viera a su

pobre Juanín...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que

para contenerse evocó su coraje, tocando el registro de los agravios,

segura de que le sacarían del laberinto en que estaba. «Porque tú me

quitaste lo que era mío... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te

pondrías donde yo estoy, y yo donde tú estás, grandísima ladrona...». No

siguió, porque Jacinta, no pudiendo resistir más las ganas de entablar

conversación, la miró otra vez y le hizo esta preguntita: «¿Qué tal

estuvo la Comunión? Y Mauricia, ¿qué tal?...». He aquí a la prójima otra

vez turbada y sin saber lo que le pasaba. «Muy bien... pero muy bien...

Mauricia contenta...».

Agradeció mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la

puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue

corriendo Adoración. «Chitito--le dijo su tía, entrando pasito a paso--.

No hagas ruido, que tu mamá está dormida. Tiempo hace que no ha cogido

un sueño tan largo. ¡Ay, señorita, lo que se perdió usted! Ha estado

todo tan bien, que daba gusto».

Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba

sentada, examinó con curiosidad a la esposa de aquel, fijándose

detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le parecía

propio venir de sombrero; pero por lo demás, no había nada que criticar.

El abrigo era perfecto. La de Rubín hizo propósito de encargarse el suyo

exactamente igual. Y la falda, ¡qué elegante! ¿Dónde se encontraría

aquella tela? Seguramente era de París.

Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entró corriendo, y Jacinta

miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvió a la

sala, la señorita dijo: «Yo no entro. Pase usted con la pequeña. Yo me

quedo aquí». A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades,

Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de

Jacinta a presentarse con la niña. Era un sentimiento de modestia y

delicadeza. Quería sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la

pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situación

como madre.

«¿Será por eso por lo que no quiere entrar?--se preguntó mirándola de

espaldas--. ¡Qué remilgos estos! Cuando digo que me cargan a mí estas

perfecciones... ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sí entro».

Severiana se acercó a la cama, llevando de la mano a la chiquilla.

«Mira, mira lo que te traigo... ¿Cuál visita te gusta más? ¿Esta o la

que estuvo antes?».

Mauricia le echó los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco

asustada, la nena besó también a su madre, sin efusión de cariño, y como

besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la

maestra. «¡Ay, qué mala he sido!--exclamó la enferma, también sin

efusión, como quien cumple un trámite...--. Niña de mi alma, bien haces

en querer a la señorita más que a mí, porque yo he sido más mala que

arrancada, ¡re...!». Atravesósele el vocablo, y ella hizo como que

escupía algo. Luego revolvió a todos lados sus miradas anhelantes,

diciendo: «Severiana, o tú, o cualquiera, ¡si quisierais darme!...».

Doña Lupe y la comandanta habían entrado también. «¿Qué tal, Mauricia?

Hoy es para ti día feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. ¡Oh, qué maja

está!».

Pero la Dura tenía todo su ser embargado por la ardentísima ansiedad

física que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana

que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor

brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. «¡Cómo lo miras,

bribona!--pensó la escéptica y observadora doña Lupe--. Esa es la

Eucaristía que a ti te gusta, el Pajarete...». Y viéndoselo tomar, decía

la muy picarona: «Eso, saboréate bien, y relámete. No lo hacías así

cuando recibías a Dios...».

Después del trinquis, Mauricia pareció como si resucitara, y su cara

resplandecía de animación y contento. Entonces sí demostró que en el

fondo de su ser existían instintos y sentimientos maternales; entonces

sí que abrazó y besó con efusión tiernísima a la hija que había llevado

en sus entrañas... Y tanto se excitó, que temiendo le diera un síncope,

quitáronle de los brazos a la nena. «Sí, que te lleven, que te quiten de

mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que

cuando seas mañosa, no te dirán 'que viene el coco', sino 'que viene tu

madre'. ¡Ay, qué pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que

salvar... ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con la

señorita que conmigo en el Cielo... Y nada más».

Adoración rompió a llorar entre afligida y espantada. Total, que

tuvieron que llevársela, porque aquel espectáculo no podía prolongarse.

Mauricia seguía dando besos al aire y diciendo cosas que enternecían a

las demás... «Sí, sí--pensó doña Lupe, que también estaba conmovida--.

¡Cuánto quieres a tu hija!... ¡Te la beberías!».

Fortunata no aguardó al fin de la escena. Sentía en su interior un

trastorno tan grande, que una de dos, o rompía en llanto o reventaba.

Refugiose en el cuarto interior, y echándose sobre un baúl, se echó a

llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eran

únicamente los producidos por la situación del momento; eran algo

antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el

despecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderlo

conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree».

Muchas lágrimas había derramado cuando sintió el ruido del coche de

Jacinta que partía, y entonces salió a la sala. Doña Lupe se despedía de

la comandanta, ofreciéndole tomar diez papeletas de la rifa de la

colcha, y hacía una seña a su sobrina indicándole que era hora de

retirarse. Dieron un vistazo y un apretón de manos a la enferma, y

salieron. Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuánto

había impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de Santa

Cruz, intentó dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un

sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua.

iv

En el portal de su casa se separaron; doña Lupe subió y Fortunata

fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole

su mujer lo que había visto aquel día, recordando con feliz memoria

todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al

farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes

de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos

cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda

serían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas y

diversiones.

A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doña Lupe la

solemnidad conmovedora del acto de aquel día. Discutiose si debían

volver por la noche a la calle de Mira el Río o irse a Variedades a ver

una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones

teatrales, prevaleció lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella

aplicación a las obras de piedad, prometió que las acompañaría y que

iría a recogerlas a las once. «Y como no haya esta noche quien se quede

a velar, me quedaré yo» dijo la viuda, a quien no se le cocía el pan

hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegación.

Opusiéronse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno

era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Jáuregui decía con deliciosa

modestia: «¡Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el

menor asomo de mérito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y

hasta dos y tres. De modo que...».

Las nueve sería, cuando los tres entraban por el portal de la casa de

corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de

hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a

la escena temeroso y fantástico aspecto. ¿Qué era aquello? Que los

granujas de la vecindad habían pegado fuego a un montón de paja que en

mitad del patio había, y después robaron al maestro Curtis todas las

eneas que pudieron, y encendiéndolas por un cabo empezaron a _jugar al

Viático_, el cual juego consistía en formarse de dos en dos, llevando

los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente echando latines

al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de

cornetas que tocaban todos. La diversión consistía en romper filas

inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el

copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas

más atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero,

poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento

mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea

de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los

chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a

ver aquello; pero doña Lupe dirigió a la infantil tropa miradas y

expresiones de desdén, diciendo que la culpa la tenían los padres que

tal sacrilegio consentían.

Subieron, y cuando Fortunata pasó a la alcoba de Mauricia, que estaba

sola, retirose Maxi, diciendo que volvería a las once. Estaba aquella

noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un

modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas parecía

haberse desvanecido en ella, porque escupió de sus labios algunas que

ardían. La memoria no debía de estar muy firme, porque cuando su amiga

le dijo: «Sosiégate y acuérdate de lo de esta mañana» replicó: «¡Lo de

esta mañana...!, ¿qué ha sido...?». Y mirando con extraviados ojos al

techo, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las

ideas como si fueran moscas. Más presente que la administración del

Sacramento tenía el paso con su hija; ¡ay, qué paso!... «¿No vistes a

la Jacinta?--preguntó a Fortunata, volviéndose de un costado y

poniéndole la mano en el hombro...--. ¿Habló contigo?... Tú eres una

sosona y no tienes genio... Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasado

a ti con esa pastelera; si el hombre mío me lo quita una mona golosa, y

se me pone delante, ¡ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la

veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolíticas... la trinco

por el moño y así, así, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto...».

Uniendo la acción a la palabra, Mauricia hacía contorsiones violentas,

se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata,

llamó a Severiana: «¡Ay, venga usted! Está diciendo mil disparates...

por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme,

aguardiente...».

«A mí no me puede nadie--gritó la infeliz con frenesí, los ojos

desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían

sujetar--. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el casco

a aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moño

a la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina la protestanta...

Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara.

¡Persona decente tú!... tú, que dejas un soldado pa tomar otro... tú que

tienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como ha

entrado por él... Ja, ja, ja... Loba, más que loba, so asquerosa, judía,

con más babas que un perro tiñoso... cara de escupidera, zurrón, celemín

de peinetas... verás qué recorrido te doy... así, así, y te arranco la

nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo...». Por fin no

eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salían, sino

rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de

los vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabia

epiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana y

la colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, las

contorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapso

profundísimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte se

parecía.

La señora de Rubín estaba aterrada. Severiana le dijo: «ya ha tenido

esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera

el médico la aplacaría dándole esos pinchacitos que llaman yeciones...

¿sabe?, una gotita de morfina». Sin duda por esta frecuencia de los

accesos veíalos Severiana con relativa calma, como los que se

acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clínicas. A poco de

tranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara que

debía arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa

encima.

Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueños

retazos de palabras y fragmentos de cláusulas groseras, como retumban en

lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despertó luego, y

con voz sosegada dijo a su amiga: «¿Estás aquí?... ¡qué gusto me da

verte! De todas las personas que veo aquí, la que me gusta más eres tú.

Te quiero más que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Señor

cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dándote lo que es muy

re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo,

si quiere...».

A Fortunata no se le ocurría nada que responder a estos disparates.

«Porque tú has padecido... ¡pobrecita! Buenas perradas te han jugado en

esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas pateándole la cara. Pero

déjate estar, que el Señor te arreglará, haciendo justicia y dándote lo

que te quitaron. Lo sé, lo he soñado ahora, cuando me dormí pensando que

me moría y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos...

¡tan monos...! Créetelo, porque yo te lo digo... Y yo, mismamente le

he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se

acuerden de las amarguras que has pasado».

Callose un instante, y después de los dos o tres suspiros que Fortunata

echó de su seno, volvió a hablar la enferma de este modo: «¿Has visto a

Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi niña. Es un serafín esa

mujer... Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima de

una nube con un velo blanco... Estaba allí, entremedio de aquellos

grandes corros de ángeles. ¿Será que se va a morir? Lo sentiré por mi

niña. Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?, y lo que él hace, bien

sabido se lo tiene... Pero dime, ¿te habló ella? ¿Le soltaste alguna

patochada? Harías mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdónala, chica,

perdónala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y

otra. Mírame a mí, que no hago más que lo que me manda el Padre Nones, y

he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doña

Malvina la protestanta y a todo el género mundano... ¡re...! Párate

boca que ya ibas a soltarlo... Pues sí, perdonar; créetelo porque yo te

lo digo. ¿Ves qué tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estarás

tú, y Dios te dará lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por

la santidad que tengo entre mí, te digo que si el marido de la señorita

se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas...».

Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se

armonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga.

--Me parece--le dijo--, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de

reprender... porque ya ves... quien manda manda, y está dispuesto que no

sean las cosas así.

--¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo

malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. ¿Qué más quieren? Esto

que te cuento es, como quien dice, una idea. ¿No puede una tener una

idea?... Cuando me muera, veremos, créetelo... el Santísimo me dirá que

tengo razón...

Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose

una brusca sacudida en su espíritu, y tomándole la mano a su querida

amiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror:

«¿Qué te parece a ti, me salvaré yo?».

--¿Pues qué duda tiene?--replicó la otra tranquilizándola--Dicen que

aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar...

figúrate tú la cantidad de arenas que habrá en todita la mar...

--¡Oh!... ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales!--repitió

Mauricia con voz patética.

--Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los

perdona cuando una se arrepiente de verdad.

--¿Y crees tú que una idea, pongo por caso, es también pecado?

--Según y conforme. Pero tú no tienes malas ideas. Estate tranquila.

--Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un

hombre que no quieres... ¡qué traspaso! Chavala querida, muérete, y

vente conmigo. Verás qué bien vamos a estar las dos allá. ¡Porque te

quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y muérete conmigo.

--No lo digas mucho--balbució Fortunata conmovidísima, acariciando a su

amiga--. Bien podría ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en

este mundo... no sé... valdría más... ¡Ay, qué desgraciada soy!

--¡Re...! ¡Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Señor, lo

juro por estas cruces, es que te mueras.

Las dos se echaron a llorar. En tanto doña Lupe sostenía una gallarda

disputa con Severiana. «Ya lo he dicho y no hay más que hablar. Yo me

quedo esta noche para que usted descanse un poco».--«Señora, no lo

consiento. Hay vecinas que se quieren quedar».--«¡Vecinas!... Aviada

está la enferma con las vecinas. ¡Son tan torpes y tan descuidadas...!

Verá usted cómo trabucan las medicinas y le encajan una por

otra».--«¡Oh!, no señora, no consiento que usted se moleste».--«Repito

que me quedo, ¡vaya! Si no hay en ello mérito alguno, ni sacrificio. No

me cuesta ningún trabajo estar en vela toda la noche. Y además, hija,

hay que hacer algo por el prójimo. Velaremos, pues, y no me hable usted

de gratitud que es ridículo hacer tanto aspaviento por lo que no vale

tres cominos».

La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estaba

calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que

Guillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a las

apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe

pensó de esta suerte: «Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no

va conmigo, porque en todo el día de mañana no aparezco por aquí, ni a

media legua a la redonda».

Severiana explicó minuciosamente a la señora cuanto había que hacer,

advirtiéndole que la llamase si ocurría algo extraordinario. Otra vecina

se quedaba también, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se

retiró a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo

recorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de su

domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y

poniendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sin

dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo

cortesías aunque se encontrase en visita.

A la mañana siguiente, determinó la esposa ir a enterarse de la noche

toledana que habría pasado doña Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello.

Cumplidas las sabias órdenes que había dado la directora de la casa,

Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra,

indicándole algunas cosas que debía tomar, separose de ella en la

plazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el Río. Encontró a

su tía en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente

aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las

bromas.

«¡Bien por las valentías!...--le dijo Fortunata--. ¿Y qué tal se ha

portado la enferma?».

--No me hables, hija; noche más perra no la he pasado en mi vida. No me

ha dejado ni siquiera descabezar un sueño de diez minutos. La maldita

parecía que lo hacía a propósito y por vengarse de lo muy derecha que la

he obligado a andar cuando me corría mantones... Figúrate; en un puro

delirio hasta que Dios amaneció. Juraría que todo el aguardiente que ha

bebido en su vida se le subió a la cabeza esta noche. Ya se levantaba,

ya se revolvía, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como

aspas de molino... ¡Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el

diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que

acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalando

para la mesa en que está el altar y la lamparilla, decía: «Mírenlo,

mírenlo; allí está». ¡A mí me daba un miedo...! Prefería oírla gritar...

Créete que me horripilaba cuando le veía señalar a la luz y al altarito.

Doña Lupe empezó a tomar el chocolate que le trajo doña Fuensanta, y a

renglón seguido continuó la relación, imitando la voz y la actitud de la

delirante.

«Y se ponía así: 'Allí está, mírenlo... el señor de Sor Natividad...

La bribona lo tiene preso... Bribona, más que loba...'. ¿Sabes tú quién

es el señor... con retintín, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija,

el Santísimo... Y seguía: 'Ahora voy allá, te cojo, te saco y te echo al

pozo...'. ¡Al pozo!, ¿has visto?, ¡arrojar la custodia al pozo! Mira tú

si tendrá malas ideas... Luego dice que se salva. ¡Como no se salve

esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale

con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su

baúl, o qué sé yo qué. Verás: soltaba una risa que a mí me ponía los

pelos de punta, y decía muy callandito: «¡Qué guapo estás con tu cara

blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... ¡Oh,

qué reguapo estás! No creas que te robo las piedras... Para nada las

quiero... Me gustas... ¡te comería! No me digas que no te coja, porque

te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te

falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin,

hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque

me ardería la boca».

Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y

con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo

quedaba, y conseguido esto al fin, acabó así: «Con estos disparates

sacrílegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómago

revuelto, y deseando que el día llegara».

--Me lo figuraba--dijo Fortunata, y después le dio cuenta de lo que

había dispuesto y de lo que le indicó a Papitos que comprase.

«¡Ay! Me parece que he estado un año fuera de mi casa. Me ocurría que no

sabríais desenvolveros y que la mona se declararía en cantón, haciendo

lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido.

Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de

heroísmo; pero algo es algo...».

Vieron entonces que Guillermina pasaba en dirección al cuarto de

Severiana, y doña Lupe corrió a recibir de su boca augusta los plácemes

que merecía. «¡Oh, qué buena es usted!--le dijo la santa, estrechándole

las manos--. ¡Quedarse aquí cuidando a esta pobre...! No, no diga usted

que esto no vale nada. Vaya si vale. ¡Dejar las comodidades de su casa

para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo sé es que no

lo hacen todas... Dios se lo pagará. Más de agradecer es esto que los

donativos que hacen otras... quedándose muy abrigaditas en sus camas...

porque esta es la verdadera caridad que sale del corazón... En fin, veo

que su modestia se ofende, amiga mía, y no quiero sacarle a usted los

colores a la cara. Gracias, gracias».

Doña Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a

sacar el temido guante, se despidió con prisa. «Amiga de mi alma, la

obligación me llama a mi choza...».

--Sí, sí--le dijo Guillermina--. La obligación antes que nada. Hasta

luego.

Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su tía le dijo: «Tú te

quedarás aquí un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal

lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por mí. Es bastante.

Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero sé

cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por

ti y otro por mí; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos más.

Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se

le dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de

merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro

paredes...».

v

Cuando Fortunata, después de un ratito de palique con la

comandanta, penetró en la otra casa, vio cosas que la pasmaron.

Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sofá,

desempeñaba junto a Mauricia las obligaciones más penosas del arte de

cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas más

repugnantes, como persona que tiene la obligación y la costumbre de

hacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no cedía.

«Déjame tú... si a mí esto no me cuesta ningún trabajo... Vete a ver lo

que quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato». La pobre

menestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo.

«Hombre, ten consideración. ¿Cómo quieres que deje a la señora en...?».

Al ver la de Rubín este tráfago y la poca gente que había para tan

diversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que hacía Guillermina

era para asustar a cualquiera. Fortunata no se creía con valor para

tanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrática humillarse

de aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacando

fuerzas de flaqueza, ofreció su ayuda. Como hija del pueblo, no quería

ser menos que la señora de la grandeza en aquellos bajísimos

menesteres... «Quite usted allá, por Díos, hija...--replicó la santa--.

No faltaba más; no lo consiento... de ninguna manera. ¿Es que quiere

usted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a

venir el médico».

Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entró Severiana, y que quieras

que no, se la quitó de las manos. «No faltaba más... señorita. Se va

usted a poner perdida...».

--Por Dios, déjeme usted que la ayude. ¿Quiere que le haga el almuerzo a

su marido?

--¡Qué cosas tiene...!

--¡Ay qué gracia!... ¿Cree usted que no sé?... La tortillita en la

fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mi

vida más almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza...

--Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. Allá está doña

Fuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor...

Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la

comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que

tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas

respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel

encargo. «Váyase usted a la compra--le dijo--, que de las tortillas se

encarga una servidora...». Mucho agradeció esto doña Fuensanta, y

poniéndose su toquilla encarnada, quedándose con la bata de tartán y las

gruesas zapatillas de orillo, cogió el cesto y el portamonedas y fue a

pedir órdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de

polvo. «Tráigame usted un codillo como el del otro día, para ponerlo en

sal... un cuarterón de agujas cortas... Tocino hay en casa... ¡Ah!, no

olvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para usted

sesada de carnero, cómpreme otra a mí...

Oiga, oiga; si ve una buena lengua, tráigamela descargada, y la

salaremos para las dos...».

Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y

a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos

de comida en la mano. La señora de Rubín había desempeñado su cometido

con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose

llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo

en ella. «¡Si es lo que a mí me gusta, ser obrera, mujer de un

trabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblo

naciste y pueblo serás toda tu vida. La cabra tira al monte, y se te

despega el señorío, créetelo, se te despega...».

Cuando pasó a decir a Severiana que estaba servida, esta había concluido

de limpiar la sala. Como había tan mal olor allí, trajeron una paletada

de carbones encendidos, y echando un puñado de espliego, la pasearon por

toda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Después del sahumerio,

Fortunata entró a ver a Mauricia, a quien encontró muy mal, en un estado

de decaimiento y postración muy visibles. El médico, que llegó entonces,

la examinó detenidamente, observando hinchazón en las piernas y en el

vientre. La parálisis agitante crecía de una manera aterradora. Antes de

partir, el doctor habló con Guillermina en la sala, diciéndole que

aquello no podía menos de acabar mal, y que a todo tirar, tiraría dos

días... Acercábase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrar

inesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de una

descarga eléctrica.

«¡Jesús, esa mona otra vez...!, yo me voy».

Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el médico, que se despidió

luego. «Entraré un ratito a verla--dijo la Delfina a su amiga,

sentándose en el sofá--. ¿Va usted a estar aquí mucho tiempo?».

--Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, no

ha querido ir al hospital. Yo no había visto nunca un caso de hidropesía

semejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya le

han dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le

sacaron más que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la

friolera de catorce litros... ¡Qué humanidad, Dios mío!

Fortunata pasó a la otra sala, y a poco volvió diciendo que Mauricia

dormía profundamente. La fundadora hizo entonces una observación

humorística. Dirigiéndose a las dos, les dijo: «¿Oyen ustedes ese

trombón que toca la marcha real?». En efecto, se oía bien clara, aunque

lejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que en

la repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.

«Pues ese pobre hombre--añadió la santa conteniendo la risa--, desde que

se entera de que estoy aquí, se pone a tocar como un descosido. Es la

manera de recordarme que le prometí vestirle, porque el desventurado

está mejor de pulmones que de ropa. Mira--propuso a Jacinta, cogiéndole

un brazo--; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu marido

algunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ¡ya

hemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!».

--No sé, no sé--dijo la señora de Santa Cruz, procurando recordar...--me

parece.

--Si no--manifestó prontamente la de Rubín--, yo traeré unos del mío...

--Dios se lo pagará a usted... porque verdaderamente parte el corazón

ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de

los que traen los soldados de Cuba...

Salió Guillermina para ir al almacén de maderas de la Ronda, y Jacinta

la acompañó hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sofá, creyendo

que las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, después de hablar con

su amiga de varias cosas, le dijo: «Aquí la espero a usted. Lleve mi

coche, y luego me recogerá y nos iremos juntas». Entró inmediatamente,

sentándose también en el sofá.

¡Ponerse a su lado! ¡No conocerle en la cara que las dos no podían estar

juntas en parte alguna!...

Esto pensaba la mujer de Maxi, que sintió deseos de huir, y luego

vergüenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendría más

remedio que responderle. «Pues si yo le dijera quién soy, la haría

temblar. Veríamos entonces quién temblaba más».

Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidad

hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de

aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos

presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto,

sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.

«Según ha dicho el médico--indicó la Delfina decidida a pegar la

hebra--, la pobre Mauricia no saldrá de esta».

--No saldrá la pobre--opinó Fortunata algo cortada, porque le asaltaba

la idea de que su lenguaje no sería bastante fino.

--Si sigue así, traeré esta tarde a la niña, para que la vea... De todos

modos, debo traerla ¿no le parece a usted?

--Sí, tráigala. Jacinta sabía que aquella desconocida no era soltera,

porque había ofrecido unos pantalones de su marido. Hízole, pues, la

pregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando se

encontraba delante de una casada: «¿Tiene usted niños?».

--No señora--replicó la de Rubín con alguna sequedad.

--Yo tampoco. Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera manía

por ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos... y, créalo

usted, no tendría escrúpulo de conciencia en robar uno, si pudiera...

--Pues yo también, si pudiera...--declaró Fortunata, que no quería ser

menos que su rival en aquello de la manía materna.

--¿Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido?

--Tuve uno, sí señora... va para cuatro años...

--¿Y en cuatro años no ha tenido usted más que uno? ¿Qué tiempo lleva

usted de matrimonio? Perdone mi indiscreción.

--¿Yo?...--murmuró la otra vacilando--. Cinco años. Yo me casé antes que

usted...

--¡Antes que yo!--Sí, señora... pues decía que tuve un niño y se me

murió, sí señora, y si me viviera, le digo a usted que...

Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y

movilidad singularísimas, sospechó si aquella mujer padecería

enajenación mental. Su tono y su mirar eran muy extraños, impropios del

lugar y de la sosegada conversación que ambas sostenían. «A esta mujer

hay que dejarla--pensó Jacinta--; me callaré».

Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nada

importante; Fortunata sí, y por la mente le pasó toda su historia como

envuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duras

para increpar a aquella mona del Cielo, que le había quitado lo suyo.

¿Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvían en

el seno, saliéndole a los labios en esa forma descomedida y grosera de

las hijas del pueblo, cuando se ponen a reñir. «¡La cojo y la...!--decía

para sí clavándose las uñas en sus propios brazos--. ¿Que es un ángel?

Pues que lo sea... ¿Que es una santa? ¿Y a mí qué?...». Pero de los

labios para fuera, nada... «¡Qué cobarde soy! Con una palabra la haré

caer redonda, y me tendrá un miedo tan grande que no le darán ganas de

volverme a hacer preguntitas...».

En esto la mona del Cielo, impaciente porque no venía Guillermina,

salió un instante al corredor. Al verse sola, creyó sentirse la otra con

más valor para dar un escándalo... Toda la rudeza, toda la pasión gozosa

de mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, hervía en su alma, y

una sugestión increíble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era,

sin disimulo hipócrita. «¡Si no volverá!...» se dijo mirando al

corredor, y al decir esto su espíritu volvía sobre sí, penetrándose del

sentido lógico de las cosas... «Ella es una mujer de mérito y yo he sido

una perdida... Pero yo tengo razón, y perdida o no, la justicia está de

mi parte... porque ella sería yo, si estuviera en mi lugar...».

En esto vio que la mona volvía... Verla y cegarse fue todo uno. No

podía darse cuenta de lo que le pasó. Obedecía a un empuje superior a su

voluntad, cuando se lanzó hacia ella con la rapidez y el salto de un

perro de presa. Juntáronse, chocando en mitad del angosto pasillo. La

prójima le clavó sus dedos en los brazos, y Jacinta la miró aterrada,

como quien está delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa de

brutal ironía en los labios de la desconocida, y oyó una voz asesina que

le dijo claramente: «Soy Fortunata».

Jacinta se quedó sin habla... después lanzó un ¡ay! agudísimo, como la

persona que recibe la picada de una víbora. En tanto Fortunata movía la

cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: «Soy... soy...

soy la...». Pero tan sofocada estaba, que no articuló las últimas

palabras. La Delfina bajó los ojos, y dando un tirón se soltó. Quiso

decir algo, no pudo. La otra se apartó, echando llamas de sus ojos y

resoplidos de su pecho, y andando hacia atrás siguió diciendo, sin que

las palabras llegaran a articularse: «Te cojo y te revuelco... porque si

yo estuviera donde tú estás, sería...». Aquí recobró el aliento, y pudo

decir: «¡Mejor que tú, mejor que tú...!».

La de Santa Cruz recobró la serenidad, y entrando en la sala, volvió a

ponerse en el sofá. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia.

Era la agredida, y no sólo podía serenarse más pronto, sino responder a

la ofensa con desdén soberano y aun con el perdón mismo. La otra sintió,

por el contrario, tremendo peso dentro de sí. ¡Ay, su acción

descompuesta y brutal le gravitó en el alma como si la casa se le

hubiera desplomado encima! No tuvo ánimo para entrar también; tembló de

pensar lo que diría Severiana si se enteraba; pues ¿y doña

Guillermina?... Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde había

dejado velo y manguito. La cobardía que sintió impulsábala a correr

hacia la calle. Huir, sí, y no volver a poner los pies en aquella casa

ni en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Salió sin

hacer ruido, deslizándose, y al pasar frente a la puerta, miró y la vio

allá dentro, al extremo del largo pasillo, que parecía un anteojo. La

veía de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no la

veía a ella. Bajó y se puso en la calle, acordándose de una de las

principales recomendaciones que le había hecho Feijoo: «No descomponerse

nunca». Pues bien se había descompuesto aquel día... «Pero

verdaderamente--discurrió tratando de serenarse--. Yo ¿qué le he hecho?,

nada... Únicamente decirle quién soy, para que me conozca...».

¡Cosa extraña!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Púsose de

centinela en la calle del Bastero, y cinco minutos después vio a la

fundadora entrar en la casa. «Han de subir por la calle de

Toledo--pensó--; desde allí las veré sin que me vean. Siguió a la calle

de Toledo, poniéndose en acecho en la acera de enfrente, junto a la

puerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareció por la

boca-calle la berlina con las dos damas. «Hablan de mí, y le está

contando cómo pasó el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuando

la cogí por los brazos... ¿Qué dirán, Dios mío, qué dirán? Me parece

oírlas... Que soy un trasto y que me debían mandar a presidio».

vi

Cuando subía la escalera de su casa, se iniciaba en la conciencia

de la joven una reprobación clara de lo que había hecho. «...Hubiera

sido mucho mejor--pensó deteniendo el paso y tardando un minuto de

escalón a escalón--, decirle aquello de yo soy Fortunata, con calma,

reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tan

fresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatro

chinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su marido

es un tunante... a ver por dónde la tomaba».

Al entrar en la casa, halló a doña Lupe muy incomodada con Papitos,

sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela

le produjo. Cuanto se había hecho en su ausencia le parecía mal,

dejándose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad podía salir

de casa, pues en cuanto volvía la espalda, era todo un desbarajuste.

Fortunata comprendió que también quería meterse con ella; mas no

teniendo ganas de reñir, dejaba sin contestación sus refunfuños. «Mira

que es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni para

el gato. Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo me

descuido, ya no das pie con bola».

Fortunata empezaba a sentirse mal. Tenía escalofríos, dolor de cabeza y

ganas de bostezar a cada momento. Conociole doña Lupe en la cara la

desazón, y le preguntó con gran interés: «¿Tienes ascos, mareos...?».

--No sé lo que tengo; pero me acostaría de buena gana.

Doña Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos síntomas

podrían anunciar tal vez la probable reproducción del tipo de Rubín en

la especie humana; pero bien sabía la otra que no era nada de esto, y

sin más explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sofá de

su cuarto. Después que se le aplacara el frío, sintió somnolencia, que

la llevó a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena

aquella con varias adiciones de importancia. ¿Eran estas algo que con la

prisa no pudo decir, pero que debió haber dicho, o eran simplemente

desvaríos de su cerebro encendido por la calentura?... «¡Si creerá esta

señora que no hay en el mundo más mujeres honradas que ella!... Que se

le quite a usted eso de la cabeza. ¡Vaya con el modelo!... ¡A buena

parte viene usted...! ¿Sabe usted, niña, que como a mí se me meta en la

cabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que no

quiera más? Porque eso es cuestión de decir: '¡Ea!'... Sí, y si me atufo

no hay quien me tosa. ¿Pues qué cree usted, que a mí me costaría trabajo

cuidar enfermos y dármelas de muy católica? Pues si a mano viene me

pondré el mejor día a cuidar y limpiar y revolver los enfermos más

podridos, y me vestiré una saya, y recogeré niños que no tengan padres,

que de eso y de mucho más soy yo capaz... ¡Vaya con la mona del Cielo!

Ea... no venga acá vendiendo mérito... ¡Y ángel me soy! Pues para que lo

sepa, también yo, si me da la gana de ser ángel, lo seré, y más que

usted, mucho más. Todas tenemos nuestro ángel en el cuerpo...».

Después de esto, tornó a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus

miradas por la habitación solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo,

pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditación,

lo que descollaba, después de vueltas mil, era un vivo deseo de ser no

sólo igual, sino superior a la otra. El cómo era lo difícil. «Porque lo

primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para

que se olviden las maldades que he hecho...».

El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosas

más sutiles a las más triviales. «Me tengo que hacer una falda

enteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aquel

tableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la mona

un aire de señorío y de... de... ¿de qué?, de majestad, sí... ¡Bah!,

esto es idea, idea nada más de los que la miran, porque con aquello de

que es ángel... A saber si lo es realmente, que las apariencias

engañan...».

Sacola de esta cavilación doña Lupe, que entró con pisadas de gato, y le

dijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna,

y dijo que lo único que apetecía era una naranja para chuparla.

«¿Antojitos ya?» murmuró la tía sonriendo, y mandó a Papitos por la

naranja.

Mientras la chupaba, haciéndole un agujerito y apretándola como aprietan

los chicos la teta, a la señora de Rubín le pasó por el cerebro otra

ráfaga de aquel furor que determinó el acto de la mañana: «Tu marido es

mío y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te diré yo

si eres ángel o lo que eres... Tu marido es mío; me lo has robado...

como se puede robar un pañuelo. Dios es testigo, y si no, pregúntale...

Ahora mismo lo sueltas o verás, verás quién soy...».

Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despertó al sentir

sobre su frente la mano de su amante esposo, que había subido a comer, y

enterado de que estaba indispuesta, se asustó mucho, Doña Lupe quiso

hacerle concebir esperanzas de sucesión; pero él, moviendo la cabeza con

expresión escéptica y desconsolada, entró en la alcoba y le palpó la

frente a su mujer.

«Hija de mi vida, ¿qué tienes?».

Al oír esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sintió

fuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esas

que se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, así se

presentó en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosión de

pólvora, la aversión que su marido le había inspirado en otro tiempo. Lo

primero que pensó fue cómo había retoñado tan de repente la infame

planta del odio que ella creía seca y muerta, o al menos moribunda. Le

miraba, y mientras más le miraba, peor... Se volvió del otro lado

respondiendo con sequedad: «Nada».

--¿Sabes lo que dice la tía?... oye...

La opinión de la tía aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivo

deseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invocó a Dios y

a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella

insana antipatía; pero ni por esas... «Si no le puedo ver; ¡si me iría

al fin del mundo por no verle...! ¡Y yo creí que le iba tomando cariño!

¡Buen cariño nos dé Dios! Ni sé yo en qué estaba pensando Feijoo...

Tonto él, y yo más tonta en hacerle caso».

Maxi, al tomarle el pulso, echó por aquella boca una retahíla de frases

de medicina, concluyendo por decir: «Subiré esta noche un

antiespasmódico, jarabe de azahar con bromuro, y quizás, quizás unas

pildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio de

un fuerte catarro. Tú te has enfriado en aquella maldita casa de

corredor... o te habrás atufado con algún brasero».

Fortunata pensó que, en efecto, se había atufado, pero no con brasero.

Cediendo a los ruegos de su marido y de doña Lupe, se acostó, y a prima

noche estaba más tranquila, desvelada, sin ningún apetito, oyendo con

desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor venía a la

hora de cenar. Nicolás hablaba por los codos. «Mejor es que no tomes

nada, si no tienes gana--le dijo Maxi, que entró mascando el postre y

con un higo pasado en la mano--. Por si acaso, no bajaré esta noche a la

botica, y te acompañaré». La peor de las medicinas era esta, pues

gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizo

por dormirse; su marido le ató fuertemente un pañuelo a la cabeza, y

después se puso junto a la cama. Después de un breve sueño, vio ella la

escueta figura de Maxi dando paseos en la habitación. Tan pronto miraba

su persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa,

doblándose en las esquinas del muro. «¡Ah!... Jacinta, yo te quisiera

ver casada con este... Entonces me reiría, me estaría riendo tres años

seguidos».

Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salían

de las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tiene

nada que comer. Luego, los pantalones echaron de sí aquellas piernas

como bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban con

trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le había hecho tan

ralo, que su cabeza ofrecía una de esas calvas sin dignidad que suelen

verse en jóvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirar

los huesos, exhalaba un ¡ah! que no se sabía si era de dolor o de

gusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvió para el otro lado y a

media noche dormía de veras.

A la madrugada abrió los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad.

Oyó la respiración de su marido, áspera a ratos, a ratos silbante y con

diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho

obstrucciones gelatinosas y lengüetas metálicas. Incorporose Fortunata,

cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determinó

cuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por demás peregrino.

El disparate que se le había ocurrido, porque disparate era y de los

gordos, fue que debía echarse del lecho muy callandito, buscar a tientas

su ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponérsela. El

mantón, ¿dónde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscaría, a tientas

también; y una vez hallado, saldría de la alcoba, cogería el llavín que

estaba colgado de un clavo en el recibimiento, y ¡aire!... ¡a la calle!

La idea de la evasión estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como una

luz de alcohol, sin que pudiera entender cómo se había encendido

semejante idea. En el bolsillo de la bata tenía medio duro, una peseta,

y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le

trajera... no recordaba qué. Pues con aquel dinero tenía bastante. ¿Para

qué más? ¿Y a dónde iría? A una casa de huéspedes. No... a casa de D.

Evaristo... No, porque D. Evaristo la reñiría. Esta idea de que la

reñiría su padrino fue el golpe que le aclaró el sentido, porque la

idea de la fuga era un rastro del sueño. «¿Estoy despierta o dormida?»

se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en la

cama, con la mano en la mejilla. El pañuelo se le había desatado de la

cabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caían sobre los

hombros. «¡Qué marido este!--pensaba, recogiéndose el cabello--, ¡ni

atar un pañuelo sabe!». Después creyó ver ojos, que en aquella profunda

oscuridad la miraban. «Debo de estar soñando todavía. ¿Qué me miras tú?

¿Qué dices? ¿Que estoy guapa? Ya lo creo. Más que tu mujer».

Y se volvió a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio un

encontronazo con un omoplato. «¡Ay!, me ha hecho ver las estrellas» dijo

para sí Fortunata, recogiéndose más en su lado.

«¿Duermes, vidita?» murmuró el otro despertándose, y rechupando luego

como si tuviera una pastilla en la boca.

Pero sin oír la respuesta, se volvió a dormir.

vii

Al día siguiente Fortunata se sentía mejor; pero aún estaba en la

cama cuando su marido, después de dar una vuelta por la botica, subió a

verla. «¿Qué tal?--le dijo inclinándose sobre ella y besándola en

frente--. Te puedes levantar.

El día está bueno. ¡Ay!, yo tengo menos salud que tú, y no me quejo

tanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo.

Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como si

estuviera vacía, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala señal,

porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no sé lo que me pasa. A

ratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saber

dónde estoy ni lo que hago... Pues digo, ¿y cuándo pierdo la memoria y

se me va de ella lo que más sé?... Tú estarás buena mañana; pero yo no

sé a dónde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome mucho

hierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glóbulos en la sangre,

y así debe de ser... Esta máquina mía nunca ha sido muy famosa, y ahora

está que no vale dos cuartos...».

Fortunata le miraba y sentía una lástima profunda. Quizás esta lástima

refrescaba el cariño fraternal que había empezado a marchitarse. Pero no

estaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquella

planta raquítica del cariño se agostaba, debía hacer ella esfuerzos

colosales por impedirlo.

Poco después, hallándose en el gabinete sentada junto al balcón, por

donde entraba el sol, sintió en los pasillos ruidos de voces que al

pronto no se podía saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo

de asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo,

el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dio

un fuerte abrazo:

«Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino

justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que...».

--¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile--dijo doña Lupe,

que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba tras

él, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera

boca--. ¿Y de dónde?

--De Orihuela, tía--replicó el clérigo frotándose las manos--. Mala

catedral; pero ya veremos si sale una permuta.

--Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.

--¡Cuánto me alegro!--dijo Fortunata por decir algo, y miró a la calle

al través de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los

pensamientos que la canonjía de su cuñado le sugería.

«¡Lo que es el mundo!--pensaba--. Razón tenía D. Evaristo. Hay dos

sociedades, la que se ve y la que está escondida. Si no hubiera sido por

mi maldad, ¡cuándo habría sido canónigo este tonto de capirote,

ordinario y hediondo! ¡Y él tan satisfecho!».

--Me voy mañana mismo a que me den la colación... Pero antes convido a

todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todavía. ¡Que rabie!...

Ayer me apostaba que no me la darían. Ese Villalonga es una gran

persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro también...

¿Sabéis quién me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que está ahora en

Gracia y Justicia. Corrí allá, y cuando el jefe del personal de

catedrales me dijo que eran ciertos los toros, creí que me daba un

desmayo. La credencial estaba allí, y no me la habían mandado por no

saber mis señas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que

quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doña Casta y

sus simpáticas hijas...

--Para, hijo, para--dijo doña Lupe amoscándose--, que para esas

convidadas no te va a bastar el sueldo de un año; y si piensas que yo

cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas...

Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con

el cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producían

la ira o el contento. «Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que me

lo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en el

confesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he de

llevar bien con mis compañeros de cabildo... esta es la cosa. A mí me

gusta la paz y concordia entre príncipes cristianos. Una vida

descansada, mi misita por las mañanas con la fresca, mi corito mañana y

tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseíto por las tardes, y

vengan penas».

Cuando estaban almorzando, Fortunata no podía alejar de sí este

comentario: «Si fue un bien que me adecentaras, estúpido, ya te lo he

pagado y no te debo nada».

«Yo tengo que ir al Monte--le dijo más tarde doña Lupe--, que hoy

empiezan las subastas. Ten cuidado con Papitos, que estos días anda muy

salida. Tú la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta por

la cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo o

ponlo tú. Y que cuando yo venga esté lavada toda la ropa».

Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porque

toda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doña Casta

Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas

o que se lo creían ellas. La mamá pertenecía a la familia de los

Morenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandes

ramas, los Morenos ricos y los Morenos pobres; pero habiendo nacido

en la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Casó con

Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo

hacerse rico. Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con

Barbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niñez, apenas se trataban

ya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las habían alejado

considerablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. A

veces se veían y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchas

personas que se han tratado en la infancia y que después están años y

más años sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse o

no, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera.

Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, el

cual, a pesar de ser Moreno rico, mantenía cierta comunicación de

familia con aquella Moreno pobre, visitándola alguna vez. Se tuteaban

por resabio de la niñez; pero sus relaciones eran frías, lo

absolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama de

los Moreno-Isla establecía además un enlace remoto entre doña Casta y

Guillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge un

galgo. Guillermina y la viuda de Samaniego no se habían tratado nunca.

Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. La

mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francés, era mujer de mucha

disposición para el trabajo. Había vivido algún tiempo en Francia,

dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tenía hábitos

independientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, había estado

asistiendo al Conservatorio siete años seguidos, y obtenido muchos

premios de piano. Su mamá quería que fuese profesora consumada, y para

demostrarlo en los exámenes y obtener buena nota, la hacía estudiar una

pieza, con la cual mortificaba a la vecindad día y noche, durante meses

y aun años. Contaba esta niña la serie de sus novios por los dedos de

las manos; pero lo que es a casarse no habían tocado todavía.

Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y con

Olimpia. Temía que se burlasen de ella, por su falta de educación, y que

la estimaran en poco, sabedoras de su pasado. Reconociendo que le eran

las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras

finas, a veces quedábase a oscuras de lo que hablaban, y sólo asentía

con movimientos de cabeza. Siempre era de la opinión de ellas, pues

aunque pensara de distinta manera, no se atrevía a expresar su

disentimiento. Aquella tarde, por causa de su situación de espíritu,

estaba la de Rubín más cohibida que nunca y deseando que se marchasen.

Pero desgraciadamente nunca estuvo doña Casta más habladora. Sentía

mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor

trascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de

ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en París y Londres.

¿Qué tal?

Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le

causaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones de

pasmo y asentimiento. «Mi hija--añadió la viuda de Samaniego--, estará

encargada de la dirección de los trousseaux, canastillas de bautizo y

demás género elegante, y tendrá sueldo y participación en los

beneficios. El dueño de este gran establecimiento, que tanto ha de

llamar la atención, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero

para montarlo mi primo D. Manuel Moreno-Isla, el hombre más bueno y

más generoso del mundo, y con un capital... ¡qué capital! Y vea usted,

es soltero... y se pasa la vida en Londres aburriéndose... Lo que yo

digo; podría haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en la

familia... Siempre que viene a verme, le largo un espich como él dice,

él se ríe, se ríe...».

--¡Pero qué me importarán a mí todas estas cosas!--pensaba Fortunata,

que ya no podía sostener más tiempo el papel, ni sabía de dónde sacar

los monosílabos y las sonrisas.

Por fin quiso Dios misericordioso que las Samaniegas se marcharan;

pero no habían pasado diez minutos cuando entró D. Evaristo, con su

criado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujo

hasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente.

«¿Doña Lupe...?».

--No hay nadie--dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede usted

hablar con libertad.

--¡Ah!, sola... ¿y qué tal...? Me dijeron que estabas... que estaba

usted algo mala...

Después de decirle que su enfermedad no había sido nada, la chulita se

sentó junto a él, haciendo propósito de contarle la verdadera dolencia

que sufría, que era puramente moral, y con los más graves caracteres.

Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qué todo aquel

desorden se había manifestado a consecuencia de las breves palabras que

cruzó con Jacinta. ¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta y

con sus sentimientos? Sobre esto le diría algo sustancioso aquel sagaz

conocedor del corazón humano y del mundo, porque ella se devanaba los

sesos y no podía dar con la razón de que la mona le trastornase su

espíritu. Si era ángel, ¿por qué la hacía mala? ¿Por qué era con ella lo

que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el

mal? Luego no era ángel. Otro punto oscuro quería consultarle, y era que

sentía deseos vivísimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si no

mejor, lo mismo que ella. Luego Jacinta no era demonio.

Lo difícil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese,

porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabras

que en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales y

enrevesadas.

viii

Lo peor del caso fue que aún no había empezado la consulta

cuando entró doña Lupe, quien invitó al Sr. de Feijoo a tomar chocolate.

No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Jáuregui se

lo sirvió. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que tía y sobrina

hacían a la calle de Mira el Río. «Yo--declaraba doña Lupe--, reconozco

que no tengo valor ni estómago para practicar la caridad en ese grado.

Admiro mucho a la amiga Guillermina; pero no la puedo imitar». Feijoo

expuso sobre aquel tema de la filantropía algunas consideraciones muy

sesudas, y despidiose, dando a cada una de las señoras un fuerte apretón

de manos.

Aquella noche notó Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado.

Durante la comida no había dicho una palabra; tenía el color arrebatado,

estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos. Cuando

subió a acostarse no tenía ya el rostro encendido, sino de color de

cola. «¿Tienes jaqueca?» le preguntó su mujer, viéndole desplomarse en

una silla y apoyar la cabeza en las manos. Contestó Maxi que no, que la

cabeza no le dolía nada, y que lo que le aterraba era sentir el cráneo

vacío, desalquilado, como una casa con papeles.

«Hace poco--dijo con desaliento amargo--, perdí la memoria de tal

modo... que... no sabía cómo te llamas tú. Venía subiendo la escalera, y

me entró tal rabia, que me pregunté a gritos: '¿Pero cómo se llama, cómo

se llama?...'. Me acordé al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo una

medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de atropina

puse el de eserina, que es la indicación contraria. Si no lo advierte

Ballester... ¡qué atrocidad!, dejo ciego al enfermo... No puedo

trabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figúrate que a ratos...».

Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimular

bien el terror que aquellos ojos le causaban.

«Figúrate que a ratos me siento tan estúpido, pero tan estúpido, que

creo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aquí una idea

aunque me dé con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo el

hombre de más seso del mundo, ¡y se me ocurren unas cosas...! De tan

sublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me la

muerdo y escupo sangre... Después me quedo como el que sale de un

desmayo».

--Acuéstate y descansa--le propuso su mujer compadecida y asustada--.

Eso no es más que cansancio de tanto discurrir.

Maximiliano empezó a desnudarse, deteniéndose a cada momento.

«En cuanto muevo un brazo--decía con terror--, me aumentan de tal modo

las palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso,

una hiperquinesia del corazón, producida por la dispepsia... gases...

Pero yo digo que no, que no, que esto es más grave. Es la aorta... Yo

tengo una aneurisma, y el mejor día, plaf... revienta...».

--No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se te

ocurrirían esos disparates--opinó ella sacándole los pantalones.

Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su

mujer le quitara también las botas. «Dios te lo pague, hija de mi vida.

Ayúdame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hay

Dios».

Fortunata le cogió gallardamente en brazos y le metió en la cama. Aún

podía ella más. Ambos se reían; pero después de la risa, Maximiliano dio

un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo:

«¡Qué fuerza tienes!... ¡Y yo qué débil! ¡Y a este llaman sexo fuerte!

¡Valiente sexo el mío!».

«Duérmete y no pienses en tonterías» indicó ella que, movida de piedad,

creyó oportuno y caritativo hacerle algunas caricias.

--Si no fuera por ti--dijo él, como un niño mimoso--, no se me

importaría que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino por

el amor. Es lo único efectivo y real; lo demás es figurado.

Acostose también ella, y estuvo dándole conversación hasta que le entró

sueño. ¡Pobre chico! La lástima que Fortunata sentía, apagaba en su

espíritu la aversión, o al menos la escondía, como en un repliegue, no

permitiéndole manifestarse. Y la compasión hacía que brotaran en su

voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgían como flor

de un minuto, criada por la emulación. La emulación o la manía imitativa

eran lo que determinaba la idea de que si su marido se ponía muy malo,

muy malo, ella sería la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y

cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi

le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestífera, de esas que

ahuyentan hasta a los más allegados. Ella, entonces, daría pruebas de

ser tan ángel como otra cualquiera, y tendría alma, paciencia, valor y

estómago para todo. «Y entonces vería esa si aquí hay perfecciones o

no hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sería que no

lo viese, porque acá no ha de venir...».

Maximiliano la distrajo de esta meditación, dando quejidos profundos. Ya

conocía aquello su mujer y sabía el remedio, que era volverlo suavemente

del otro lado...

«¡Qué sueño!--murmuró Maxi medio despierto--. Soñaba que te habías

marchado... y yo te había cogido de un pie, y tú tirabas, y yo tiraba

más, y tirando se me rompía la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto se

llenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo...».

Le arrulló para que se durmiera, y ella se durmió también. Levantose

temprano porque tenía que trabajar. Después de las nueve, cuando entró

en la alcoba a ver si a su marido se le ofrecía alguna cosa, este se

estaba vistiendo, y en una disposición de ánimo muy distinta de la que

tuviera la noche anterior. No sólo parecía recobrado de su debilidad,

sino que estaba inquieto, ágil y como si acabara de tomar un excitante

muy enérgico. En cuanto entró su mujer, se fue derecho a ella,

abotonándose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo:

«Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas del

señor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvidó... Ya

lo sabes... Sé que ayer tarde estuvo aquí otra vez y le dieron chocolate

con mojicón. Me lo contó mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando

él salía, y hablaron».

Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y más aún del tono. Por las

mañanas, solía estar Maximiliano algo regañón y displicente; pero nunca

como aquel día. Volviéndose hacia el espejo para ponerse la corbata,

prosiguió diciendo: «Es que parece que hacen las cosas a propósito para

molestarme, para que rabie... Y no eres tú sola... mi tía también. Se

han propuesto sin duda hacerme perder la salud».

En el espejo pudo ver Fortunata la cara pálida y contraída de Maxi, cuya

susceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio de

cabeza, la cual parecía querer arrancarse por sí misma del tronco.

Disculpose ella como pudo; pero él, en vez de calmarse, siguió

quejándose de que le mortificaban adrede, de que se proponían acabar con

él. La esposa callaba, sospechando que su marido no tenía la cabeza

buena, y que sería peor llevarle la contraria. Desde entonces pudo

observar que por las mañanas se repetía en Maxi la misma excitación, y

la terquedad de que todas las personas de la familia se confabulaban

contra él para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna falta

advertida en la ropa, botón caído, ojal roto, o cosa semejante. Otras,

era que le ponían un chocolate muy malo para que reventara... ¡como que

le quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertas

abiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas manías

iban de mal en peor, poniendo a doña Lupe de un humor acerbísimo y

haciéndole presagiar alguna desgracia. Llegó día en que Maxi se

expresaba con una violencia muy opuesta a su carácter pacífico, y cuando

no le contradecían, se contestaba él, echando leña por sí propio en la

hoguera de su ira; y por fin se iba refunfuñando, cerraba con golpe

formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaños.

Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creeríase que la fuerte

inervación de la mañana se iba gastando con los actos y movimientos de

la persona en el curso del día, y que esta llegaba a la noche en el

estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunata

se había acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de las

extravagancias de su marido la cogía por sorpresa. Por las mañanas lo

mejor era no hacerle caso, aparentando sumisión a sus exigencias; por

las noches no había más remedio que halagarle y mimarle un poco; que

otra cosa habría sido cruel.

Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano

había expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no

tienen hijos. Fortunata no gustaba de este tópico; pero no tenía más

remedio que aceptarlo. Una noche lo acogió con verdadero entusiasmo,

porque llevaba a él una felicísima idea que aquel día había tenido.

«Mira tú--dijo a su esposo--; si Dios no quiere darnos una criatura, él

se sabrá por qué lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanito

y traérnosle a casa. A mí me gustaría mucho, y a los dos nos

distraería. ¿Por qué no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacen

las señoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sin

chiquitín».

A Maximiliano le pareció bien la idea; pero doña Lupe, aunque no la

contradijo abiertamente, no pareció entusiasmarse con ella. Los

chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes

disgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideas

con mucha discreción, Fortunata se entristeció, porque se le había

metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un niño

huérfano, y encariñada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla.

¡Manía de imitación!

ix

Doña Lupe la invitó, dos días después de la tarde del choque con

Jacinta, a volver a visitar a Mauricia. ¡Qué diría doña Guillermina si

no volvían! Negose Fortunata no sé con qué pretexto, a ir allá, y fue

sola doña Lupe. Era el día de San Isidro y no había ventas en el Monte

de Piedad. A eso de las diez regresó muy afectada, y entrando en el

gabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: «Hija, rézale un

Padre nuestro a la pobre Mauricia».

--¡Se ha muerto!--exclamó Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en su

alma.

--Sí, a las diez y media. Parecía que estaba esperando a que llegara yo

para morirse... ¡pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo sé, no parezco

por allá. Estos cuadros no son para mí. Cuando llegué estaba en su sano

juicio. ¡Preguntome por ti con un interés...! Dijo que te quería más que

a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al

Señor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al oír esto, vi que estaba

fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que

se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le

acababa la respiración... Noté también que su voz parecía salir del

hueco de un cántaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la tenía

muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina

estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos,

diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a

nosotros... De repente, se descompuso, hija; ¡pero de qué manera...! se

quedó amoratada, empezó a dar manotazos y a echar por aquella boca unas

flores, ¡unas berzas...! Era un horror. En esto llegó el Padre Nones, a

quien Guillermina había mandado llamar para que la auxiliase; pero todo

inútil. Ni la pobre enferma podía oír lo que le decían, ni estaba su

cabeza para cosas de religión. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a

beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los

dientes; pero al fin, debió darle en la nariz el olorcillo, porque

abriendo la bocaza, se lo atizó de un trago. ¡Cómo se relamía la

infeliz! Se calmó y ¡pum!, la cabeza en la almohada. Entonces

Guillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creía

en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales y

cuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza...

El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una

vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel

espectáculo me levantaron el estómago y me han puesto los nervios como

cuerdas de guitarra. Yo no quería mirar; pero la curiosidad... eso es lo

que tiene... me hacía mirar. Los ojos de Mauricia se le habían hundido

hasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le

afiló como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decíale que se

abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por

irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a una

llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego la

vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera

relamerse... Dejó oír una voz que parecía venir, por un tubo, del sótano

de la casa. A mí me pareció que dijo: más, más... Otras personas

que allí había aseguran que dijo: ya. Como quien dice: «Ya veo

la gloria y los ángeles». Bobería; no dijo sino más... a saber,

más Jerez. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la

cara y lo tuvieron un ratito... Después todos empezaron a hablar en

alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se había quedado de un

color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonomía estaba

tan variada, que si la ves no la conoces.

«Pero Guillermina... ¡Qué mujer esa!--prosiguió la de Jáuregui, después

de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco--. ¿Creerás que la

amortajó con sus propias manos? No haría más si fuera su hija. Ella la

lavó... ella la vistió... ella le puso el hábito... y tan tranquila. Yo

habría querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Me

parecía natural el ofrecerme. Bien sabía yo que la santa no había de

ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operación: lo ha tomado por

oficio. Pero me ofrecí, me ofrecí. Hay que estar en todo y quedar

siempre en buen lugar. Y créete que lo poco que hice tiene mérito,

porque en mí es un sacrificio cualquier niñería de este género, mientras

que en esa señora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverse

entre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habías de

verla. Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y

vivaracho. Cuando concluyó, echamos las dos un largo párrafo en la

salita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en este

Madrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, se

remediaban muchos males. «¿Y la sobrinita, no ha venido?--me preguntó--.

El otro día me prometió unos pantalones de su marido».

--¡Ah!, sí--recordó Fortunata--. No crea usted que lo he olvidado. Ya

los aparté. Son para un hombre que toca la corneta, el trombón o qué sé

yo qué. Se los mandaremos a Severiana.

--Yo me encargo de eso--replicó doña Lupe, dando a entender que pensaba

volver allá.

--No, los llevaré yo, bien envueltitos en un pañuelo--dijo la sobrina, a

quien de súbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria--. Llevaremos

cada una nuestro duro, por si piden para el entierro.

--Eso no está mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillermina

que es la que sabe agradecer. ¡Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Me

invitó a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invitó a las dos.

Iremos. Ese día estrenaré mi abrigo nuevo y tú la falda que te piensas

hacer. Habrá que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otros

petitorios me enfadan a mí; que a los cepillos no les temo.

Papitos entró, y su ama le dijo que hiciera una taza de té, porque tenía

el estómago revuelto. La señora no se había quitado el manto ni los

guantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su

espíritu tenía, pensó en mudarse de ropa. En la mano traía un lío. Eran

varias cosillas que de paso compró para engolosinar a Maxi. Ballester

había recomendado que se le diera carne cruda; pero como él se negaba a

comerla, doña Lupe discurrió el darle menudillos, corazones de aves, y

suprimir para él el cocido y los feculentos. Para postre le trajo

bruños de Portugal.

A nada de esto atendía Fortunata, por tener el pensamiento enteramente

ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doña Guillermina. De

allí sacaría el huerfanito que quería prohijar. Pues digo... si estaba

todavía en el establecimiento aquel mismo nene que su tío Pepe Izquierdo

quiso venderle a Jacinta, ¡qué ocasión, Cristo!, ¡qué golpe! Que vieran,

sí, que vieran cómo también ella...

Pero pronto había de ocurrir algo que desconcertó por completo el plan

de adoptar un huerfanito. Al día siguiente, resistiendo al empeño de

Maxi que quería llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado,

a la calle de Mira el Río. Temía Fortunata aquella visita por diferentes

motivos, no siendo el menor la pena que le causaría, ver los restos de

Mauricia. Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba

doña Fuensanta con un pañuelo negro por los hombros. Severiana entraba y

salía. Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantón

negro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba la

sala primera con la cámara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura

en el ataúd, y no tuvo ánimo para acercarse a ver más. Dábale pena y

terror, y no podía olvidar las últimas palabras que le dijo su infeliz

amiga: «Lo primerito que le he de pedir al Señor es que te mueras tú

también, y estaremos juntas en el Cielo». Aunque se tenía por

desgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida. Lo

que dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, y

nada más. Doña Lupe, que pasó a ver a la difunta, se afectó tanto, que

no pudo permanecer allí. «Hija mía--dijo a su sobrina secreteándose--,

yo no puedo ver estas cosas fúnebres. Creo que me va a dar algo. La

muerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espanto

ninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... En

fin, que yo me voy de aquí al Monte. Necesito que me dé el aire. Quédate

tú por el buen parecer; ahí dentro está la santa. Toma mi duro, por si

hay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas a

casa. Abur».

Cuando se fue la de Jáuregui, dejando sola a su sobrina, esta mudó de

sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de

caña clara; pies preciosísimos que no darían ya un solo paso, Doña

Fuensanta salió y le dijo algunas palabras. Un ratito después, abriose

la puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimiento

nervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que aparecía...

Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala,

fijáronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa iba

derecha a ella, mirándola como no la había mirado nunca.

Tocándole suavemente un brazo, le dijo: «Tengo que hablar con usted».

«¡Conmigo!...».--Sí, con usted--y al decir esto le volvió a tocar. La

impresión de este contacto corríale por el brazo arriba hasta llegar al

corazón.

«Dos palabritas--añadió la santa; y luego se corrigió así--: Algunas más

serán».

Advertía Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo;

pero la otra no le dio tiempo, y tomándole el brazo, como se toma el de

los hombres, le dijo:

«Venga usted por aquí. ¿Tiene prisa?».

--No señora...--Yo no me había marchado por esperar a ver si usted

venía. Anoche también la esperé a usted, y no quiso venir.

Condújola a la casa próxima, donde doña Fuensanta vivía, y entraron en

una salita bastante desordenada, en la cual había más baúles que sillas,

y dos cómodas. Guillermina cerró la puerta, e invitando a Fortunata a

ocupar una silla, sentose ella en un cofre.

x

Fortunata no sabía qué decir, ni qué cara poner, ni para dónde

mirar; tanto la asustaba y sobrecogía la presencia de la respetable dama

y la presunción del grave negocio que en aquella conferencia se iba a

tratar. Guillermina, que no gustaba de perder el tiempo, abordó al

instante la cuestión de esta manera: «Yo tengo una amiga a quien quiero

mucho... la quiero tanto que daría mi vida por ella; y esta amiga tiene

un marido que... En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con

ciertas... tonterías de su esposo... el cual es una excelente persona

también... entendámonos, y yo le quiero mucho... Pero en fin, los

hombres...».

La señora de Rubín miraba los trastos que obstruían el cuarto. Sin duda

buscaba algún mueble debajo del cual se pudiera meter.

«Vamos al caso--prosiguió la otra, dando un castañetazo con los

labios--. Yo soy muy clara en todas mis cosas; no me gustan comedias. Me

he comprometido a hablar con usted.

Primero se convino en acudir a la señora de Jáuregui; pero luego creí

mejor embestirla a usted directamente, y apelar a su conciencia, porque

me parecía a mí que llamando a esa puerta, alguien me respondería desde

dentro. Yo no creo que haya nadie malo, malo de todas veras. ¡Me he

llevado tantos chascos!... tantas veces me ha pasado ver que una persona

con fama de perversa salía de buenas a primeras con un acto de los más

cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos

se piensa. Que usted ha tenido sus extravíos, todo el mundo lo sabe.

¿Para qué hemos de decir otra cosa?».

--¡Claro!...--murmuró Fortunata sin enterarse del verdadero sentido de

las palabras.

--Yo no tenía el gusto de conocer a usted... Le confieso que me quedé

pasmada cuando mi amiguita me dijo ayer quién era usted. Ni remota

sospecha tenía yo... ¡Si esto parece comedia! ¡Encontrarse aquí, en un

acto de caridad dos personas tan... no se me ofenda si digo tan opuestas

por sus antecedentes, por su manera de ser...! Y no quiero rebajar a

nadie. Todo lo contrario: se me figura, no sé por qué... esto es cosa de

presentimiento, de adivinación, de corazonada... se me figura que usted,

si la sacuden bien, así como otros cuando los apalean sueltan bellotas,

si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor.

Fortunata dijo que sí con la cabeza, y el dogal que en el cuello sentía

empezó a aflojarse.

«Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano

puesta en el corazón, si esta temporada, en estos días, tiene algún

trato con el esposo de mi amiga... Porque esta es la idea que se le ha

metido ahora en la cabeza. Con que a ver, dígame usted si...».

--¡Yo!--exclamó Fortunata, que casi perdió el miedo con el empuje de la

verdad que quería salir--. Yo... ¿ahora? ¿Está usted soñando? ¡Si hace

un siglo que ni siquiera le he visto...!

--¿De veras?--preguntó la santa, guiñando los ojos. Aquel modo de mirar

extraía la verdad como con tenazas; y ciertamente, la pecadora sentía

que la mirada aquella la penetraba hasta lo más profundo, trincando todo

lo que encontraba.

--¿Pero no lo cree?... ¿Pero lo duda?--añadió; y olvidándose de los

buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besárselos jurando

por esta.

El deseo de ser creída resplandecía de tal modo en sus ojos, que

Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia. Pero

como disimulaba esto, permaneciendo fría y observadora, la otra se

impacientaba y enardecía, no sabiendo ya qué decir para convencerla.

«¿Por qué quiere usted que se lo jure?...

¡Vamos, que dudar esto!... Ni verle, ni saber de él tan siquiera...».

--No diga usted más--manifestó Guillermina con cierta solemnidad--. Me

basta. Lo creo. Si usted me hubiera dicho lo contrario, yo le habría

pedido que hiciese todo lo posible por devolver a esa pobrecilla la

tranquilidad, eso es. Pero si no hay nada, me guardo mi súplica por

ahora; únicamente me permito hacerla de un modo condicional, ¿qué le

parece a usted?, mirando a lo futuro, y para el caso de que lo que ahora

no sucede, sucediera mañana o pasado.

La señora de Rubín miraba al suelo. Tenía el pañuelo metido en el puño y

este en la barba.

«Pero ahora--agregó la santa mujer--, se me ocurre hacer otra

preguntita... Usted tenga mucha paciencia; buena jaqueca le ha caído

encima. Vamos a ver: si ya no hay nada absolutamente entre usted y el

marido de mi amiga, si todo pasó, ¿por qué guardamos ese rencor a una

persona que no nos hace ningún daño?... ¿Por qué el otro día, ahí en ese

pasillo, la trató usted de una manera tan descompuesta y le dijo... no

sé qué? Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extraño, porque

usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos así lo parece. Si

aquellas diabluras se acabaron, ¿a qué venía maltratar de palabra y

hasta de obra a la pobre Jacinta, cuando lo que procedía era pedirle

perdón?».

--Eso fue que...--murmuró Fortunata, haciendo del pañuelo una perfecta

pelota--, eso fue... pues fue que...

Y no había medio de pasar de aquí. Las lágrimas salían a sus ojos, y el

nudo de la garganta volvió a apretársele de un modo horrible. En toda su

vida, en tiempo alguno, habíase visto la infeliz en trance semejante. La

persona que familiar y cariñosamente llamaban algunos la _rata

eclesiástica_, infundíale más respeto que un confesor, más que un

obispo, más que el Papa. Y la rata guiñaba más los ojos, y en su

bondad quiso abrir camino a la confesión.

«Es que usted, como si lo viera, conserva resentimientos y quizá

pretensiones que son un gran pecado; es que usted no está curada de su

enfermedad del ánimo; es que usted, si no tiene ahora trato con aquel

sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener. Las cosas claritas».

Fortunata no contestó. «¿He acertado? ¿He puesto el dedo en la parte más

sensible de la llaga? Franqueza, señora mía; que esto no ha de salir de

aquí. Yo me tomo estas libertades, porque sé que usted no se ha de

enfadar. Bien sé que abuso y que me pongo insoportable y machacona; pero

aguánteme usted por un momento; no hay más remedio... Con que a ver...».

Tampoco dijo nada. Por fin, desliando el pañuelo y expresándose a

tropezones, quiso escapar por la tangente en esta forma: «Aquel día...

cuando le dije a esa señora... aquello... después me pesó».

--¿Y por qué no le pidió usted perdón?

--Digo que me pesó mucho.--Estamos en ello... corriente... pero conteste

claro, ¿por qué no le dio excusas?

--Porque me marché a mi casa.

--Bueno. ¿Y si ahora la viera usted?

Silencio completo. Guillermina no tuvo paciencia para esperar más la

respuesta, y acalorándose expresó lo que sigue: «¿Pero usted no sabe que

esa señora es mujer legítima... mujer legítima de aquel caballero?

¿Usted no sabe que Dios les casó y su unión es sagrada? ¿No sabe que es

pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa

ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras

que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende

con sólo mirarla? Pero vamos a ver, ¿usted qué se ha llegado a figurar,

que estamos aquí entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da

la gana, y que no hay ley, ni religión, ni nada? Pues estaríamos lucidos

con esas ideítas, sí señor... No extrañe usted que me enfade un poco, y

dispense».

Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el cráneo una cesta

de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro.

En aquel momento, cogido el pañuelo por las dos puntas hacía con él una

soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien

reflexión deliberada estas palabras suyas:

«Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy».

--Sí, sí; ya voy viendo que no somos una perfección--indicó la santa

irguiéndose en el asiento como para mirarla más de lejos--. Cuando hay

arrepentimiento el Señor perdona. ¡Pero usted, por lo visto, tiene una

frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le

envidio. Usted está casada: ya que la conciencia no le remuerde por un

lado, ¿cómo no le escuece por el otro?

--Me casé sin saber lo que hacía.

--¡Qué angelito!... ¡sin saber lo que hacía! Pues qué, ¿casarse es un

acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? ¿Puede

alguien casarse sin saber que se casa?... Hija mía, ese argumento

guárdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale.

--Me casaron--agregó Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el

pañuelo--me casaron sin que pueda decir cómo. Creí que me convenía y que

podría querer a mi marido.

--¡Ay, qué gracioso!... ¡Qué monísima es la criatura!--exclamó la

fundadora con amable ironía y gracejo--. Estas... hartas de pecados son

muy saladas cuando se hacen las inocentes. ¡Creyó que le podría querer!

¿Y qué hizo usted para conseguirlo?... ¡Ah! Lo que usted quería, digamos

las cosas claras, lo que usted quería era casarse para tener un nombre,

independencia y poder corretear libremente. ¿Más clarito todavía? Pues

lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con

apariencias de legalidad. ¡Desdichado hombre el que cargó con usted! De

veras que le cayó la lotería. Y dígame, ¿al fin no saltó por alguna

parte ese cariño que usted quería tener?

--No señora--replicó Fortunata, rompiendo a llorar--. Pero si me habla

usted de esa manera, no podré seguir; tendré que retirarme.

La santa se corrió en el cofre que le servía de asiento para aproximarse

a la silla en que estaba la otra.

«Vamos, no llore usted--le dijo con bondad, poniéndole la mano en el

hombro--. No se ofenda por lo que he dicho. Ya le recomendé a usted que

me llevara con paciencia. Hay que tomarme o dejarme. Cuando me pongo a

sacar pecados no se me puede aguantar... Pues es claro, les duele; pero

luego sienten alivio. Y hasta ahora, nada me ha dicho usted en su

descargo».

--¿Pero qué culpa tengo yo de no querer a mi marido?--manifestó la

pecadora de la manera sofocada e intermitente que el llanto le

permitía--. Yo no lo puedo remediar. Yo no me casé por lo que la señora

dice, sino porque estaba equivocada, porque veía las cosas de otro modo

que como son. A mi marido no le quiero, ni le querré nunca, aunque me lo

manden todos los santos de la Corte celestial. Por eso digo que soy muy

mala, muy mala.

Guillermina dio un gran suspiro. En presencia de aquel terrible

antagonismo entre el corazón y las leyes divinas y humanas, problema

insoluble, su gran piedad inspirole una idea sublime. «Bien sé que es

difícil mandar al corazón. Pero eso mismo le da a usted motivo para

dejar de ser mala, como dice, y adquirir méritos inmensos. Pero, hija,

¿en qué ha estado pensando que no se le ha ocurrido esto? Cumplir

ciertos deberes, cuando el amor no facilita el cumplimiento, es la mayor

hermosura del alma. Hacer esto bastaría para que todas las culpas de

usted fueran lavadas. ¿Cuál es la mayor de las virtudes? La abnegación,

la renuncia de la felicidad. ¿Qué es lo que más purifica a la criatura?,

el sacrificio. Pues no le digo a usted más. Abra esos ojos, por amor de

Dios; abra ese corazón de par en par. Llénese usted de paciencia, cumpla

todos sus deberes, confórmese, sacrifíquese, y Dios la tendrá por suya,

pero por muy suya. Haga usted eso, pero claro, que se vea, que se palpe,

y el día en que usted sea como le propongo, yo... yo...».

Al decir yo, Guillermina se ponía la mano en el pecho y daba a sus

ojos la expresión más hermosa.

«Yo, yo... ese día, iré a confesarme con usted como usted se confiesa

ahora conmigo».

Esto dejó a Fortunata tan desconcertada, que sus lágrimas se secaron de

improviso. Miraba con verdadero espanto a la rata eclesiástica.

«No se asombre usted ni ponga esos ojazos--prosiguió esta--. Yo no he

tenido ocasión de tirar por el balcón a la calle una felicidad, ni una

ilusión, ni nada. Yo no he tenido lucha. Entré en este terreno en que

estoy como se pasa de una habitación a otra. No ha habido sacrificio, o

es tan insignificante, que no merece se hable de él. Ríase usted de mí,

si quiere; pero sepa que cuando veo a alguna persona que tiene la

posibilidad de sacrificar algo, de arrancarse algo que duele, le tengo

envidia... Sí; yo envidio a los malos, porque envidio la ocasión, que me

falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: 'Necios,

tenéis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovecháis...'».

Esta idea, a pesar de ser tan alta, fue muy inteligible para Fortunata,

a quien se acercó Guillermina, y echándole el brazo por los hombros, la

apretó suavemente contra sí. Nunca, en tiempo alguno, ni en el

confesionario, había sentido la prójima su corazón con tantas ganas de

desbordarse, arrojando fuera cuanto en él existía. La mirada sola de la

virgen y fundadora parecía extraerle la representación ideal que de sus

propias acciones y sentimientos tenía aquella infeliz en su espíritu,

como la tenemos todos, representación que se aclara o se oscurece, según

los casos, y que en aquel resplandecía como un foco de luz.

xi

Abriose la puerta y entró Severiana llorando a gritos. Había

llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto

tristísimo se conoció en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que

en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron,

ya el ataúd era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el

carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar

el último adiós a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera...

Alcanzó a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta

de la escalera; pero fue un segundo no más. Después se asomó al balcón,

y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este

sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan

Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de

llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo.

Y no era sólo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona

hacia la cual sentía amor, afición, querencia increíble; era además una

necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no

estaban bien lloradas todavía.

Pronto desapareció el carro, y de Mauricia no quedó más que un recuerdo,

todavía fresco; pero que se había de secar rápidamente. A los diez

minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos

hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se

ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de

limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.

--¡Pobre Mauricia!--dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a

toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase--. Mire

usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que

era muy mala, yo la quería... me era simpática, no lo podía remediar. Y

cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no sé... me

alegraba de oírla... y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá

para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en

aconsejármelas. ¿Cómo me explica usted esto?

--¿Yo?... ¿que le explique yo?...--repuso la fundadora con cierto

aturdimiento--. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que

toca a la simpatía, misterios de misterios... ¡Pobre mujer! Y si viera

usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres.

¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de

lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y

hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y

efectivamente...

Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también,

reconociendo el parecido. Después la santa se despidió de Severiana,

diciéndole que volvería al día siguiente. Le recomendó la paciencia, y

tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y la

comandanta las escoltaron hasta el portal.

«Tenemos mucho que hablar--le dijo Guillermina en la calle--; pero

mucho. Lo de hoy no ha sido más que desflorar el asunto. Me ha sabido a

nada. Y usted, ¿tendrá un poco más de paciencia para aguantarme? Porque

si no ha quedado harta de mí, le he de rogar que me dé otra audiencia.

¿Será usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?».

--Todos los que usted quiera--replicó la señora de Rubín, encantada con

la indulgencia y cortesía de la ilustre dama.

--Bueno; ya fijaremos cuándo y cómo. ¿Va usted hacia su casa? Pues

iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un

réspice a mi herrero, y no hará usted nada demás si me acompaña un poco.

Pronto despacho, y la dejaré a usted en la puerta de su casa.

Aceptada con sumo agrado la proposición, anduvieron juntas el torcido y

desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de

Lavapiés. Hablaban de cosas que nada tenían de espirituales, de lo caro

que se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, ¡quién lo había de

decir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez y

seis, y de las casas no dijéramos; un cuarto que antes costaba ocho

reales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por fin a la calle de

Zurita y se metieron en una herrería, grande, negra, el piso cubierto de

carbón, toda llena de humo y de ruido. El dueño del establecimiento

avanzó a recibir a la señora, con su mandil de cuero ennegrecido, la

cara sudorosa y tiznada, y quitándose la porra, le dio sus excusas por

no haber entregado los clavos bellotes.

«¿Pero y los gatillos, que es lo que hace más falta?--dijo la dama

amoscándose--. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos

embustes como dice. ¿No me prometió que estarían por ayer? ¿Qué palabras

son esas? Vaya, que ni Job tendría paciencia para aguantarle a usted.

Están parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra.

No me extraña que esté usted tan gordo, Sr. Pepe... Y póngase la gorra,

que está sudando y se puede constipar».

El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de

dar los gatillos para el jueves, sí, para el jueves, con toda

seguridad... Había tenido un encargo con muchas prisas... pero en

seguida se pondría con los gatillos de la señora, y los tendría, los

tendría por encima de la cabeza de Cristo para el día señalado. Volvió

la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se

despidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar con

ellos. Salió el Sr. Pepe, haciendo cortesías, hasta media calle, y las

dos señoras subieron despacio hacia la del Ave-María.

«Bueno--dijo Guillermina--; antes de separarnos, quedaremos en algo.

¿Quiere usted ir a mi casa? ¿Sabe usted dónde vivo?».

Fortunata dijo que sí. Santa Cruz le había dicho varias veces que la

rata eclesiástica vivía en la casa inmediata a la suya, y que ella y

Barbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el día, tuvo que

pensarlo porque no quería dar cuenta a doña Lupe de tal visita, temerosa

de que metiera en ella su cucharada, y discurrió que era preciso escoger

un día en que la de los pavos fuera al Monte de Piedad.

«El viernes... ¿le parece a usted bien?, de diez a once de la mañana».

--Perfectamente... Adiós, hija, conservarse.

(Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no me

dé un plantón.

--¡Quia!... No faltaba más.

Quedose un rato Fortunata en la puerta mirándola subir, calle arriba, y

después entró despacio, meditabunda. En todo el resto del día no la pudo

apartar de su mente. ¡Qué extraordinaria mujer aquella! Sentíala dentro

de sí, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado en

comunión. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior

como sustancias perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi se

durmió, y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueño,

vínole a la imaginación una idea que la hizo estremecer. Con tal

claridad veía a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro no

era esto, sino que se le parecía también a Napoleón, como Mauricia la

Dura. ¿Y la voz?... La voz era enteramente igual a la de su difunta

amiga. ¿Cómo así, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo que

fuese, la simpatía misteriosa que le había inspirado Mauricia, se pasaba

a Guillermina. ¿Cómo, pues, se podían confundir la que se señaló por sus

vergonzosas maldades y la santa señora que era la admiración del mundo?

«Yo no sé cómo es esto--discurría Fortunata--; pero que se parecen no

tiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Señor, ¡qué será

esto!».

Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el

sentido de tal fenómeno, y llegó a figurarse que de los restos fríos de

Mauricia salía volando una mariposita, la cual mariposita se metía

dentro de la rata eclesiástica y la transformaba... ¡Cosa más rara!

¡El mal extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro!...

¿Pero no podría ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y

absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan

pura como la misma santa fundadora... o más, o más? «¡Qué confusión,

Dios mío! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas...».

Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia...

En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, veía las botas elegantes

y pequeñas de la difunta... Los pies se movían, el cuerpo se levantaba,

daba algunos pasos, iba hacia ella y le decía: «Fortunata, querida amiga

de mi alma, ¿no me conoces? ¡Re...! Si no me he muerto, chica, si estoy

en el mundo, créetelo porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doña

Guillermina, la rata eclesiástica. Mírame bien, mírame la cara, los

pies... las manos, el mantón negro... Estoy loca con este asilo

pastelero, y no hago más que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba.

Sr. Pepe, ¿me hace usted esos gatillos o no?... ¡peinetas se debían

volver!».

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