Parte 1 — Capítulo X: Más escenas de la vida íntima Fortunata y Jacinta · Capítulo 10 de 32
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Parte 1 — Capítulo X: Más escenas de la vida íntima

Parte 1 — Capítulo X: Más escenas de la vida íntima

i

Saliendo por los corredores, decía Guillermina a su amiga:

«Eres una inocentona... tú no sabes tratar con esta gente. Déjame a mí,

y estate tranquila, que el Pituso es tuyo. Yo me entiendo. Si ese

bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los

chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. ¿Qué pensabas tú

ofrecerle? ¿Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la

diferencia es para mi obra».

Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron

escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los

dos patios. A Juanín, por más que Jacinta y Rafaela se desojaban

buscándole, no le vieron por ninguna parte.

Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y

por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta

los medios de su propia reparación. A poco de levantarse tuvo que

volverse a la cama, quejándose de molestias y dolores puramente

ilusorios. Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y

Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación. Pasó la noche

intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la mañana del 23, por lo que

pudo Jacinta dar otro salto, acompañada de Rafaela, a la calle de Mira

el Río. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvió muy

triste a su casa. No vio al Pituso ni al Sr. Izquierdo. Díjole

Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo

parlamento con el endivido, quien tenía al chico montado en el hombro,

ensayándose sin duda para hacer el San Cristóbal. Lo único que sacó

Jacinta en limpio de la excursión de aquel día fue un nuevo testimonio

de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y

mujeres la rodeaban y poco faltó para que la llevaran en volandas. Oyose

una voz que gritaba: «¡viva la simpatía!» y le echaron coplas de gusto

dudoso, pero de muy buena intención. Los de Ido llevaban la voz cantante

en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. José tan elegante,

con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi

nuevo de color café. El primogénito de los claques fue objeto de una

serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por

dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de

hacer el higuí en los Carnavales.

Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar. Era como

una idolatría el cariño de aquella chicuela. Quedábase estática y lela

delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la

cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que

le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que sentía era dar de

cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los

pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un

hueco. Ver partir a doña Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y

Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón. Aquel

día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras

prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un

garbanzo; más grande todavía, del tamaño de una avellana.

Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si

Guillermina había hecho algo. Llamola por el balcón; pero la fundadora

no estaba. Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la

noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las

Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.

Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D.

Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con

la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó

Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de

la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado

en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la

lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en

buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de

fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no

haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista

grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más

particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer

que hay agraciados.

Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor

ni frío. Todos los años compraba un billete entero, por rutina o vicio,

quizás por obligación, como se toma la cédula de vecindad u otro

documento que acredite la condición de español neto, sin que nunca

sacase más que fruslerías, algún reintegro o premios muy pequeños. Aquel

año le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Había dado, como

siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos

duros se repartían entre la multitud de personas de diferente posición y

fortuna; pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres

pellizcaban algo. Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo

mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le

oía como se oye a los niños del Colegio de San Ildefonso que sacan y

cantan los números en el acto de la extracción.

«Los Chicos jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales.

Villalonga un décimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad».

Pepe Samaniego apareció en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba

su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegría y

empezó a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados.

«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio

décimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil

reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han

jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta».

«El carbonero, ¿a ver el carbonero?» dijo Barbarita que se interesaba

por los jugadores de la última escala lotérica.

--El carbonero echó diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera,

veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco

reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos

cincuenta reales.

--¡Qué miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética.

Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la

noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras

personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta,

llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para

oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La

señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y

la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco

reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo

lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los

agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a

Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca

a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada!

Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que

el caso requería.

«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado. No puede disimular su

pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la

cara la hiel que está tragando».

--Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordarás que estuvo con el

medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su

avaricia pudo más que la ambición, y dijo: «Para lo que yo me he de

sacar, más vale que emplee mi escudito en anises...». ¡Toma anises!

--¡Pobrecillo!... ponlo en la lista.

Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad. Aquella infracción

de la aritmética parecíale una cosa muy grave.

«Ponlo, hombre, ¿qué más te da? Que estén todos contentos...».

Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y

sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz: «Rossini, diez reales:

le tocan mil doscientos cincuenta».

Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedándose

él tan parado y suspenso, que creyó que le tomaban el pelo.

«No, si yo no...». Pero Barbarita le echó unas miradas que le cortaron

el hilo de su discurso. Cuando la señora miraba de aquel modo no había

más remedio que callarse.

«¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido--dijo D. Baldomero a su

nuera--, que hasta se saca la lotería sin jugar!».

--Plácido--gritó Jacinta riéndose con mucha gana--, es el que nos ha

traído la suerte.

--Pero si yo...--murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las

nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de

contrabando.

--Pero tonto... cómo tendrás esa cabeza--dijo Barbarita con mucho

fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la

lotería.

--Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda,

talmente, así un poco ida...

Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado

el escudo.

«¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos...!--manifestó D.

Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la

corazonada».

--Como bonito...--agregó Estupiñá--, no hay duda que lo es.

--Si tenía que salir, eso bien lo veía yo--afirmó Samaniego con esa

convicción que es resultado del gozo--. ¡Tres cuatros seguidos,

después un cero, y acabar con un ocho...! Tenía que salir.

El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y

villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los

agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita

prohibió todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a

Eulalia Muñoz y a uno de los Chicos, Ricardo Santa Cruz mandó destapar

media docena de botellas de champagne.

Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo

contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el

milagro del premio de Estupiñá. Lo que se rió con esto no hay para qué

decirlo. La prisión en que tan a disgusto estaba volvíale pronto a su

mal humor y poniéndose muy regañón decía a su mujer: «Eso, eso, déjame

solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. ¡La

lotería!, ¡qué atraso tan grande! Es de las cosas que debieran

suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la

lotería no puede haber prosperidad pública... ¿Qué?, te marchas otra

vez. ¡Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, ¿qué demonios

tienes tú que hacer por esas calles toda la mañana? A ver, explícame,

quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días».

Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar

una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos,

velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria.

«Pues entonces--replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas--, yo

quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la

vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa

Cruz... A ver, que me expliquen esto...».

La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la

llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró

diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento

para mi obra... Si no, Dios y San José les amargarán el premio».

--El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D.

Baldomero--. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.

--¡Hereje!...--replicó la dama haciéndose la enfadada--, herejote...

después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la

Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El

veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento... Y punto en boca.

Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.

--No, hija mía; por mí te lo daré todo...

--Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las

cosas, a fe mía... El ciento de pintón, que estaba la semana pasada a

diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el pardo a

diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes...

Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de

Champagne.

«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!...

¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de

Fraga. No te dejaré vivir».

Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído

indiscreto.

«Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El Pituso es tuyo.

He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con

aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy

blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que

apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será...

¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá

con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar

del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral.

Allá lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios

y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con

seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para

mí, que bien me lo he sabido ganar... Con que mañana, yo iré después de

medio día; ve tú también con los santos cuartos.

Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su

juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus

razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al Pituso

a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que

nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en

casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría

que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni

una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de

tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al

verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las

facciones del pobre niño las de...? Al interés dramático de este lance

sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de

tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el

perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba,

producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o

compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble

podía producirse esta pasión.

ii

Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un

tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los

ánimos estaban más serenos. «Ahora--dijo la mamá--, han pegado la hebra

con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o

trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el

derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había

aceptado la diputación que le ofrecieron...

Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en...

--No dijo eso--saltó Juanito, suspendiendo la bebida.

--Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.

--Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos.

--Pero hijo, si lo he oído yo.

--Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.

--¿Pues qué? --El marqués no pudo decir meterse... yo pongo mi cabeza

a que dijo inmiscuirse... Si sabré yo cómo hablan las personas finas.

Barbarita soltó la carcajada.

--Pues sí... tienes razón, así, así fue... que no quería

inmiscuirse...

--¿Lo ves?... Jacinta. --¿Qué quieres, niño mimoso?

--Mándale un recado a Aparisi. Que venga al momento.

--¿Para qué? ¿Sabes la hora que es?

--En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto.

--¿Pero a qué? --¡Ahí es nada! ¿Crees que va a dejar pasar eso de

inmiscuirse? Yo quiero saber cómo se sacude esa mosca...

Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama.

Guillermina había salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se

fueron marchando los demás. Antes de las doce, todo estaba en silencio,

y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta

que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara. Este

parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el

ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso. No había

transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a

hablar de una manera algo descompuesta. Creyó Jacinta que deliraba, y se

incorporó en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de

impertinencia. Procuró calmarle con palabras cariñosas; pero él no se

daba a partido. «¿Quieres que llame?».--«No; es tarde, y no quiero

alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueño. Ya se ve;

todo el día en este pozo del aburrimiento. Las sábanas arden y mi cuerpo

está frío».

Jacinta se echó la bata, y corrió a sentarse al borde del lecho de su

marido. Pareciole que tenía algo de calentura. Lo peor era que sacaba

los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apuró

todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la

bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche

abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se

durmiera. Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le

gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia

cuando estaba desvelado. ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con

deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba

contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en

aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus

ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía,

si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situación oyó claramente

la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta

del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa. En

la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.

Y cuando pasaba un rato largo sin que él se moviera, Jacinta se

entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro

saca las monedas, cuando nadie le ve, y se ponía a contarlas y a

examinarlas y a mirar si entre ellas había alguna falsa. De repente

acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma

se estremecía con el placer de su pueril venganza. El Pituso se le

metía al instante entre ceja y ceja. ¡Le estaba viendo! La contemplación

ideal de lo que aquellas facciones tenían de desconocido, el trasunto de

las facciones de la madre, era lo que más trastornaba a Jacinta,

enturbiando su piadosa alegría. Entonces sentía las cosquillas, pues no

merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía

acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y

apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que

la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de

turbarle el sueño. Si creía notar que se estremecía con escalofríos,

apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor

posible. Cuando él gemía o respiraba muy fuerte, le arrullaba dándole

suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella

obligación, siempre que quería saber si sudaba o no, acercaba su nariz o

su mejilla a la frente de él.

Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose

completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el

espacio de dos o tres narices. «¡Qué bien me encuentro ahora!--le dijo

con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah!

La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo.

¡Qué buena eres!».

--¿Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he

desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A

ver dime a dónde fuiste esta mañana.

--A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando

mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.

--Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?

Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy

chusco.

«¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».

--Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo

lo quieren saber.

--Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras...

--Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede

ser. Tú no has ido a compras.

--Que sí. --¿Y qué has comprado?

--Tela. --¿Para camisas mías? Si tengo... creo que son veintisiete

docenas.

--Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.

--¡Chiquititas! --Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy

monos.

--¡A mí, baberos a mí!

--Sí, tonto; por si se te cae la baba.

--¡Jacinta! --Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo

que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.

--¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.

--¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te

hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.

--Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!

--Que es verdad. --Pero. --¿Te lo digo? Di si te lo digo.

Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía

una sola, saltando de boca a boca.

--¡Qué pesadez!... di pronto...

--Pues allá va... Voy a tener un niño.

--¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo

Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.

--Eh, formalidad. Si te destapas me callo.

--Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco...

¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los

sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe?

--No, no lo sabe nadie todavía.

--Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.

--Tonto... loco... estate quieto o te pego.

--Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa

tuya? Sí, te lo conozco en los ojos.

--Si no te estás quieto, no te digo más...

--Bueno, pues me estaré quieto... Pero responde, ¿es presunción tuya

o...?

--Es certeza. --¿Estás segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y

le sintiera correr por los pasillos... ¡Es más salado, más pillín...!,

bonito como un ángel, y tan granuja como su papá.

--¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes

que es varón, y que es tan granuja como yo.

La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro,

que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este

sudaba por los poros de las sienes de su mujer.

«¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado!» añadió con

incredulidad.

--¿Te alegras? --¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo

ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá

se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar

un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?

--Pronto. --¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco?

--Más pronto. --¿Dentro de tres?

--Más prontísimo... está al caer, al caer.

--¡Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Con que fuera de

cuenta? Pues nada, no se te conoce.

--Porque lo disimulo. --Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú,

con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el

mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La

Correspondencia_.

--Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te

convencerás.

--¿Pero a quién he de ver?

--Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma.

--Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me

parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan

guardado hasta ahora.

Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso

recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación

acalorada podía hacerle daño.

«Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irás

convenciendo».

--Güeno --replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un

niño a quien arrullan.

--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres?

--Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo

aprietas!

--Si me engañas te cojo y... así, así...

--¡Ay! --Te deshago como un bizcocho. --¡Qué gusto! --Y ahora, a

mimir...

Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez

que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a

ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de

gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de

hombre:

«¿Pero de veras que vas a tener un chico?...».

--Chí... y a mimir... ro... ro...

Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en

la espalda.

«¡Qué gusto ser bebé!--murmuró el Delfín--, ¡sentirse en los brazos de

la mamá, recibir el calor de su aliento y...!».

Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un

tierno infante en edad de lactancia, chilló así:

--Mama... mama... --¿Qué? --Teta. Jacinta sofocó una carcajada.

--Ahola no... teta caca... cosa fea...

Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el

tiempo y de expresar su cariño.

--Toma teta--díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo

chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas,

justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.

--¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!

--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!

--Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al

sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!...

--¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!

--Me parece que de esta me duermo, vida.

--Y yo también, corazón.

Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.

iii

24 de Diciembre.

Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos

que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció

coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado

inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como

tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su

suegra el lío que entre manos traía. Pidiole perdón por no haberle

confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no

se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín. «¿Pero tú sabes lo grave

que es eso?... así, sin más ni más... un hijo llovido. ¿Y qué pruebas

hay de que sea tal hijo?... ¿No será que te han querido estafar? ¿Y

crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?... Porque todo

eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela...».

La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su

mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le

dijo con frialdad: «No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y

escóndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Diré a tu marido que

Benigna está enferma y has ido a visitarla». Después de esta

conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió

su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que

Juan y D. Baldomero lo supieran. «Veremos cómo lo toman» añadió dando un

gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al Pituso

como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de

poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que

ella.

Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la

calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres,

y algunas chucherías, entre ellas la sortija que la señorita había

prometido a Adoración. Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana

por Rafaela en los bazares de _Liquidación por saldo, a real y medio la

pieza_, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo

Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricación

de esta soberbia piedra había sido empleado el casco más valioso de un

fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio,

viéronse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar

piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quién

cogía la peseta, quién el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana,

que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica

lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con

un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que

recibían. A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche.

Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no habían

podido traer más que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche

de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi

todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los

almireces. Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro

tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: «¡Aire, aire, a la

plaza!». Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda.

Había quien preparaba su banquete con un hocico con carrilleras, una

libra de tapa del cencerro, u otras despreciadas partes de la res

vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios

aún peores. Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del

que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen

cuidado de que la vieran. Pero ningún habitante de aquellas regiones de

miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre

las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el

puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales.

Aun las pequeñas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de

doña Jacinta, los habrían cambiado por aquella monstruosa y

relumbrante piedra. La poseedora de ella, después que recorrió ambos

corredores enseñándola, se pegó otra vez a la señorita, frotándose el

lomo contra ella como los gatos.

«No me olvidaré de ti, Adoración» le dijo la señorita, que con esta

frase parecía anunciar que no volvería pronto.

En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la

voz para hacerse oír. Cuando a los tamborazos se unía el estrépito de

las latas de petróleo, parecía que se desplomaban las frágiles casas. En

los breves momentos que la tocata cesaba, oíase el canto de un mirlo

silbando la frase del himno de Riego, lo único que del tal himno queda

ya. En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la

calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical,

como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las

uñas de sus notas. Eran una polka y un andante patético, enzarzados como

dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que

vendía higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa

de los chicos, y el ladrar de los perros pusiéronle a Jacinta la cabeza

como una grillera.

Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina,

impaciente por su tardanza. Izquierdo y el Pituso estaban también; el

primero fingiéndose muy apenado de la separación del chico. Ya la

fundadora había entregado el triste estipendio.

«Vaya, abreviemos» dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como

asustado.

--¿Quieres venirte conmigo? --Mela pa ti... --replicó el Pituso con

brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia.

Las tres mujeres se rieron mucho también de aquella salida tan fina, e

Izquierdo, rascándose la noble frente, dijo así:

«La señorita... a cuenta que ahora le enseñará a no soltar

exprisiones».

--Buena falta le hace... En fin, vámonos.

Juanín hizo alguna resistencia; pero al fin se dejó llevar, seducido con

la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas

para que se las comiera todas.

«Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le

procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para

que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está

pintando ahora un magnífico Buen Ladrón. Vaya... quédese con Dios».

Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era

posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de

Diciembre son tan cortos los días, cuando salieron de la casa ya se

echaba la noche encima. El frío era intenso, penetrante y traicionero

como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las

estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían

escalofríos. En la calle del Bastero se insurreccionó el Pituso. Su

bellísima frente ceñuda indicaba esta idea: «¿Pero a dónde me llevan

estas tías?». Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _«Pae

Pepe...»._ --¿Qué te importa a ti tu papá Pepe? ¿Quieres un rabel? Di lo

que quieres.

--Quelo citunas --replicó alargando la jeta--. No, citunas no; un

pez.

--¿Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mamá, que estaba

nerviosísima, sintiendo toda aquella vibración glacial de las estrellas

dentro de su alma.

En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y también

allí se engarfiñaron las dos piezas, una tonadilla de la Mascota y la

sinfonía de Semíramis. Estuvieron batiéndose con ferocidad, a

distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose

dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios

sonidos. Al fin venció Semíramis, que resonaba orgullosa marcando sus

nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo

cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.

Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que

venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar

próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres

algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas

enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad

prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a

la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en

toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de

vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas

de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de

panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran.

En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando

las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los

calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta:

«¡Al vivo de hoy, al vivito!»... Enorme farolón con los cristales muy

limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las

canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda

trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar,

hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de

misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de

poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para

detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales

y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de

barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos

con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados

con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con

poéticas inscripciones que decían: el _Diluvio en mazapán, o Turrón del

Paraíso terrenal... Más allá Mantecadas de Astorga bendecidas por

Su Santidad Pío IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos

ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara

tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a

probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había

discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los

orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que

el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en

el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía:

Turrón higiénico. Con que ya lo veía el público... El otro turrón

sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era higiénico.

--Quelo un pez... --gruñó el Pituso frotándose con mal humor los

ojos.

--Mira--le decía Rafaela--, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.

--Pae Pepe... --repitió el chico llorando.

--¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho.

Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que

ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una

naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito

se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando

a cada instante con la gente que la invadía.

«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!--le decía Jacinta para

calmarle--¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de

mazapán, para que te lo comas entero».

--¡Gande, gande! A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba

el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una

mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de

los brazos, diciendo:

«Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se

ha dicho...».

El Pituso le dio un porrazo en la cabeza.

«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué

gordo está el tunante!, parece mentira...».

--Quelo un batón... ¡hostia!

--¿Un bastón?... también te lo compramos, hijo, si te estás calladito...

A ver, dónde encontraremos bastones ahora...

--Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que

escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.

De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya

cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se

dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al

Pituso le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que

contenía... ¡mil onzas!

iv

Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en

las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de

Banco, sujetos con un elástico. Otro contaba sobre una mesa pesetas

gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas.

Manejaban el género con absoluta indiferencia, cual si los sacos de

monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de

estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con

cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de

llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía

nerviosa.

Ramón Villuendas no estaba; pero Benigna bajó al momento, y lo primero

que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que

su hermana le traía.

«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada.

--La verdad, hija... no sé qué te diga...

--Es el vivo retrato--afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con

una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.

--Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le

cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis

de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la

Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros».

En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró

sonriendo.

«Son falsas... tienen hoja».

--Usted sí que tiene hoja --replicó la santa con gracia, y los demás se

reían--. Una peseta de premio por cada una.

--¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.

--Lo que merecéis, publicanos.

Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los

billetes del cambio.

«Vaya... para que no diga...».

--Gracias... Ya sabía yo que usted...

--A ver, doña Guillermina, espere un ratito--añadió Ramón--. ¿Es cierto

lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la

suscrición para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo

para que busque cuartos?

--El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace

siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ahí les queda ese

caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se

le ablande la mugre.

Ramón miró al Pituso. Su semblante no expresaba tampoco una convicción

muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido

por consideración a su querida hermana, habría dicho del Pituso lo que

de las monedas que no sonaban bien: Es falso, o por lo menos, _tiene

hoja_.

«Lo primero es que le lavemos».

--No se va a dejar--indicó Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua.

Vamos, arriba.

Subiéronle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que

vestía y trajeron un gran barreño de agua. Jacinta mojaba sus dedos en

ella diciendo con temor: «¿estará muy fría?, ¿estará muy caliente?

¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!». Benigna no se andaba en tantos

reparos, y ¡pataplum!, le zambulló dentro, sujetándole brazos y piernas.

¡Cristo! Los chillidos del Pituso se oían desde la Plaza Mayor.

Enjabonáronle y restregáronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso

de sus berridos como si fueran expresiones de alegría. Sólo Jacinta, más

piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy

divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana

de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que

estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos,

cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó

la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la

infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos

torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante

exclamaciones de admiración. «¡Es un niño Jesús... es una divinidad este

muñeco!».

Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba

una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal

humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor

propio y la presunción acallaban su displicencia.

«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?».

El Pituso abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la

medida aproximada de su gana de comer.

«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás... Vas a comer cosas ricas...».

--¡Patata!--gritó con ardor famélico.

--¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra...

--¡Patata, hostia! --repitió él pataleando.

--Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.

Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla

usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de

Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su

nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se

alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y

suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco

cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y

los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.

Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera

manifestación que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la

propiedad colectiva consistió en meter mano a las velas de colores. Una

de las niñas llevó tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos

chillidos tan fuertes que por poco se arma allí la de San Quintín.

«¡Ay Dios mío! --exclamó Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este

salvajito...».

--Yo le compraré a él muchas velas--afirmó Jacinta--. ¿Verdad, hijo, que

tú quieres velas?

Lo que él quería principalmente era que le llenaran la barriga, porque

volvió a dar aquellos bostezos que partían el alma. «A comer, a comer»

dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llevó por delante

como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los niños, porque

los papás cenarían aquella noche en casa del tío Cayetano.

Jacinta se había olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no

supo apreciar el tiempo mientras duró la operación de lavar y vestir al

Pituso. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, púsose

precipitadamente el manto, y se despidió del Pituso, a quien dio

muchos besos. «¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo.

Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para

echarse a llorar.

Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24? Veámoslo.

Desde que entró en San Ginés, corrió hacia ella Estupiñá como perro de

presa que embiste, y le dijo frotándose las manos: «Llegaron las ostras

gallegas. ¡Buen susto me ha dado el salmón! Anoche no he dormido. Pero

con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy».

Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con

devoción, yo no lo creo. Es más; se puede asegurar que ni cuando el

sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan

edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio

retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax. El pensamiento se

le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareció

larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza,

que se menease más. Por fin salieron la señora y su amigo. Él se

esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de

un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. «Se

me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir

al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia--, que los pavos de la

escalerilla no están todo lo bien cebados que debíamos suponer. Al

salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi

parecer es que se los compremos a González. Los capones de este son muy

ricos... También les tomé el peso. En fin, usted lo verá».

Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando

animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la

baqueta. Echábaselas él de tener un pulso tan fino para apreciar el

peso, que ni un adarme se le escapaba. Después de dejarse allí bastante

dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir

algunas culebras del legítimo mazapán de Labrador, y aún tuvieron tela

para una hora más. «Lo que la señora debía haber hecho hoy--dijo

Estupiñá sofocado, y fingiéndose más sofocado de lo que estaba--, es

traerse una lista de cosas, y así no se nos olvidaba nada».

Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quería

enterarse de cómo había pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando

Jacinta reveló lo del Pituso a su mamá política, quedándose esta tan

sorprendida como poco entusiasmada, según antes se ha dicho. Sin cuidado

ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara

volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller. Aún faltaban

algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos

de la familia. Del pensamiento de la gran señora no se apartaba lo que

su nuera le había dicho. ¿Qué casta de nieto era aquel? Porque la cosa

era grave... ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad? Virgen Santísima, ¡qué

novedad tan estupenda! ¡Un nietecito por detrás de la Iglesia! ¡Ah!,

las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo temía... Pero ¿y si

todo era hechura de la imaginación exaltada de Jacinta y de su angelical

corazón? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le había de

contar todo a Baldomero.

Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana,

y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en

la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los

nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la

señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los

chicos de la parentela de Santa Cruz surtidos de aquel artículo.

Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar

como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló

los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para

quién es este Belén, señora?».

La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando

Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio:

«Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no

lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos?

¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo

contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora

lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas

precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto

con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.

Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá

saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos

con que se había olvidado lo más importante. Llegada la noche, inquietó

a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima,

el vestido mojado y toda hecha una lástima, se encerró un instante con

ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad:

«Hija, pareces loca... Vaya por dónde te ha dado... por traerme nietos a

casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero

tu calaverada; pero no me atreví... Ya debes suponer si la cosa me

parece grave...».

Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar

que allá se iban compras con compras y manías con manías. Y no paró aquí

el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó

helada a la infeliz Jacinta: «Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto.

Pues bien: ¿no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo

y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?».

--¿Cómo lo ha de reclamar si lo abandonó?--contestó la otra sofocada,

queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades.

--Sí, fíate de eso... Eres una inocente.

--Pues si lo reclama, no se lo daré--manifestó Jacinta con una

resolución que tenía algo de fiereza--. Diré que es hijo mío, que le he

parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben.

Exaltada y fuera de sí, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa,

soltó la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita

quiso ponerse seria; pero no pudo.

«No, tú eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no

pienses locuras, y tranquilízate ahora, que mañana hablaremos».

--¡Ay, mamá!--dijo la nuera enterneciéndose--. ¡Si usted le viera...!

Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para

marcharse, volvió junto a su nuera para decirle: «¿Pero se parece?...

¿Estás segura de que se parece?...».

--¿Quiere usted verlo?, sí o no.

--Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito

pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fío yo de un parecido que

puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré

creyendo que a donde debe ir tu Pituso es a la Inclusa.

v

¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos

señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues

no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la

jurisdicción de la vigilia más rigurosa. Los pavos y capones eran para

los días siguientes, y aquella noche cuanto se sirvió en la mesa

pertenecía a los reinos de Neptuno. Sólo se sirvió carne a Juan, que

estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festín de cardenales,

con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar,

todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.

Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto

de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases

sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado allí sus

vástagos más diversos. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la

aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de

Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo.

Resultaba no sé qué irónica armonía de la conjunción aquella de los dos

nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual

Muñoz, dignísimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos

encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de

Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento,

Aparisi el Municipio, Joaquín Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba

muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica

musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la

Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de

paño fino, ¿qué representaba? El comercio antiguo, sin duda, las

tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizás _la religión

de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel

Moreno Isla no fue aquella noche; pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo

Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus

tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido

muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. También

Barbarita tenía buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa,

Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en

boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de

pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin

tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado

y otro su perfil de cotorra.

Nada ocurrió en la cena digno de contarse. Todo fue alegría sin nubes, y

buen apetito sin ninguna desazón. El pícaro del Delfín hacía beber a

Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino

muy divertido, y al fin consiguió con el Champagne lo que con el

Jerez no había conseguido. Aparisi, siempre que se ponía peneque,

mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus

jumeras eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas,

porque todo lo decía llorando. Allí brindó por _los héroes de

Trafalgar, por los héroes del Callao_ y por otros muchos héroes

marítimos; pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios

tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus

papás y que olían muy mal. A Ruiz también le daba por el patriotismo y

por los héroes; pero inclinándose a lo terrestre y empleando un cierto

tono de fiereza. Allí sacó a Tetuán y a Zaragoza poniendo al extranjero

como chupa de dómine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir está en

África_, y que el Estrecho es un arroyo español. De repente levantose

Estupiñá el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la

expectación y solemnísimo silencio que precedieron a su breve discurso.

Conmovido y casi llorando, aunque no estaba ajumao, brindó por la

noble compañía, por los nobles señores de la casa y por... aquí una

pausa de emoción y una cariñosa mirada a Jacinta... y porque la noble

familia tuviera pronto sucesión, como él esperaba... y sospechaba... y

creía.

Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el

Delfín, celebraron mucho la gracia. Después hubo gran tertulia en el

salón; pero poco después de las doce se habían retirado todos. Durmió

Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había

despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue

a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los

sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron

entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había

hecho Juanín!... ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles

la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se reía al

hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un

sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel,

Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la

indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la

palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los

pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara

inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se

arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y

conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crímenes.

¡Arrancar la cabeza a las figuras!... Escondía el

Pituso la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz... La

mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las

acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más

execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.

«Tiita, ¿no sabes? --decía Ramona riendo--. Se come las cáscaras de

naranja...».

--¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que

había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo

cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.

Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.

«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si

hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba

igualmente sucia.

--Tiita--le dijo Isabelita haciéndose la ofendida--.

Si vieras... No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces

como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para

echárnosla por la cara...

Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias,

aunque con tono indulgente.

«Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre

qué gentes se ha criado».

--Mejor... Así le domesticaremos.

--¡Qué palabrotas dice!... ¡Ramón se ha reído más...! No sabes la gracia

que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque

llamaba a su Pae Pepe y se acordaba de la pocilga en que ha vivido...

¡Pobrecito! Esta mañana se me orinó en la sala. Llegué yo y me lo

encontré con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antojó

hacerlo sobre el puff... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar

la sala, porque me destrozaba todo. ¿Has visto cómo ha puesto el

nacimiento? A Ramón le hizo muchísima gracia... y salió a comprar más

figuras; porque si no, ¿quién aguanta a esta patulea? No puedes

figurarte la que se armó aquí anoche. Todos llorando en coro, y el otro

cogiendo figuras y estrellándolas contra el suelo.

--¡Pobrecillo!--exclamó Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y

a todos los demás, para evitar una tempestad de celos--. ¿Pero no veis

que él se ha criado de otra manera que vosotros? Ya irá aprendiendo a

ser fino. ¿Verdad, hijo mío? (Juan decía que sí con la cabeza y

examinaba un pendiente de Jacinta)... Sí; pero no me arranques la

oreja... Es preciso que todos seáis buenos amiguitos, y que os llevéis

como hermanos. ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?...

¿Verdad que no? Vaya, él es formal. Ramoncita, tú que eres la mayor,

enséñale en vez de reñirle.

--Es muy fresco: también se quería comer una vela--dijo Ramoncita

implacable.

--Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veréis qué pronto

aprende él todas las cosas... Si creeréis que no tiene talento.

--No hay medio de hacerle comer más que con las manos--apuntó Benigna

riendo.

--Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto él un

tenedor... Pero ya aprenderá... ¿No observas lo listo que es?

Villuendas entró con las figuras.

«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina».

Mirábalas el Pituso sonriendo con malicia, y los demás niños se

apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas

de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre

adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los

animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella

mientras en la casa estaba...

Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las

personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia.

Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas,

estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma. Verdad que

era hijo de otra. Pero esta idea, que se interponía entre su dicha y

Juanín, iba perdiendo gradualmente su valor. ¿Qué le importaba que fuera

hijo de otra? Esa otra quizá había muerto, y si vivía lo mismo daba,

porque le había abandonado. Bastábale a Jacinta que fuera hijo de su

marido para quererle ciegamente. ¿No quería Benigna a los hijos de la

primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quería

a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas. ¡Y no había más que

hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitación

de su cariño, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. «Con

ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado

este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar.

Ella lo arreglará, y se hará un documento en toda regla... Seremos

falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude».

Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese

porquerías. Apenas se vio Juanín en el suelo, agarró el bastón de

Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más

alarmante. Villuendas se reía sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi

dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!».

Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita

pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.

«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle.

Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a

ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo

su movimiento de ataque.

«Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de

veras... Ya, ya le educaré yo como es debido».

Lo más particular fue que cuando se despidió, el Pituso quería irse

con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?,

¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo,

no le quiero yo...».

vi

No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo

aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este

apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en

cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para

salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta

exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado

sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba

tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido

esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo

que has obrado muy de ligero...».

Cuando entró en la casa y vio al Pituso, la severidad, lejos de

disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra

al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba

en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y

cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela

lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así:

«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».

Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el Pituso no pudo menos

de protestar con un chillido.

«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un

beso a tu abuelita».

--¿Se parece?--preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se

le caía la baba, como vulgarmente se dice.

--¡Que si se parece! --observó Barbarita tragándole con los ojos--.

Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy

mirando a Juan cuando tenía cuatro años.

Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...--agregó

la señora examinando más las facciones del chico--, bien se le conoce en

este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».

Y vuelta a abrazarle y a darle besos.

«Pues nada, hija --añadió después con resolución--, a casa con él».

Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su

propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que

hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me

encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero

clavado...».

--¡Y usted que dudaba! --Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas

cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro.

¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que

hacía compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no

sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.

--Bien sabía yo que usted cuando le viera...

--¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!--exclamó Barbarita en tono de

consternación--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un

vestidito de marinero con su gorra en que diga: Numancia. ¡Qué bien le

estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero

mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el

camello del Rey negro. Bien, vida mía, bien roto está. Ya le compraré yo

a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos

los colores.

Jacinta tenía ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no

quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de

esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena

que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de

informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juanín.

Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando

cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo

que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de

la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!»

clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se había quitado su

propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con

las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las

medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole

muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito...

Luego se había subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la

lámpara... «¡Ay, qué rico!».

«¡Cuidado que es desgracia!--repitió la señora de Santa Cruz dando un

gran suspiro--, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso

comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de

colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ángel,

ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has

hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo».

--Ya lo creo...--indicó Jacinta con orgullo--. Pero no; él es bueno

¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?

Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo

dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos

maridos.

Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano

de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a

decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado

todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor

tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el

cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron

allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en

el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de

Barbarita no tenían nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos

presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú,

probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que

dice Juan».

Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la

alcoba por ver si pescaban alguna sílaba de lo que el padre y el hijo

hablaban. Pero no se percibía nada. La conversación era sosegada, y a

veces parecía que Juan se reía. Pero estaba de Dios que no pudieran

salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el

mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del

cuarto de su hijo, he aquí que se presentan en el despacho Villalonga y

Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los

préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el

ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el

cuarto del Delfín. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió

mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que

su marido le echó.

Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que

nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de

bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico

Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se

interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la

demencia de los castillos; estaba haciendo averiguaciones sobre todos

los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran

obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque

estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con

sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares

o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el

castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los

del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese país es un

asombro». Luego resultaba que la tal riqueza era de muros

despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a

piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la

altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de

Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...».

Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la

Corte Celestial. «Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le

estaba haciendo daño el almuerzo--. Me gustaría de veras si sirviera

para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».

Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los

entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más

sustancia.

«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en

consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor

nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...».

--Es escandaloso... ¡Pobre país!...

Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse

cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada;

pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en

tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?».

Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y

vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el

pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con

seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en

la cuenta. Después la conversación recayó en la política. Jacinta estaba

desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su

suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal

negocio, hija, mal negocio».

Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta

las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.

Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles

con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y

ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus

ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento.

¡Solos en la alcoba! Al fin...

Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:

«Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas

nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo».

--Por Dios, no me digas eso --murmuró Jacinta, después de una pausa en

que quiso hablar y no pudo.

--Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--añadió el Delfín

muy cariñoso--. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las

mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que

imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su

composicioncita.

Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir: «Ese José

Izquierdo...».

--Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que

eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que

me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto;

pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta

clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió

él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un

novelista que se alimenta con judías.

--El pobre Ido es incapaz... --De engañar a sabiendas, eso sí. Pero no

te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser

suya. La concebiría como sospecha, como inspiración

artístico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquí hay un

negocio». Lo que es a Platón no se le ocurre; de eso estoy seguro.

Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance. «Juanín es tu

hijo, no me lo niegues» replicó llorando.

--Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mío!,

ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra

de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente

chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que

tendría el mío si viviese.

--¡Si viviese! --Si viviese... sí... Ya ves cómo te canto claro. Esto

quiere decir que no vive.

--No me has hablado nunca de eso --declaró severamente Jacinta--. Lo

último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas

cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no

supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver,

¿fue esto lo que me dijiste?

--Sí, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro

episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no había para qué.

Cuando ocurrió, hacía ya un año que estábamos casados; vivíamos en la

mejor armonía... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa.

Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre

alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni

se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo

firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para

mí. Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha

llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sí

puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el

último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se

acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mía, nos acostaremos,

dormiremos y mañana...

vii

«No, no, no--gritó Jacinta más bien airada que impaciente--. Ahora

mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».

--Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfín,

disponiéndose a hacerlo--. Si creerás tú que te voy a revelar algo que

pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la

prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues

si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te

rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por la

plancha, hija. Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado

buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por

la tierra sin dar un traspié a cada paso.

Se había acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a

Juanín, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo

arrancado de sí por una prueba, por un argumento en que intervenía la

aborrecida mujer aquella cuyo nombre quería olvidar. Lo más particular

era que seguía queriendo al Pituso, y que su cariño y su amor propio

se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonaría

ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la

tuvieran por loca y ridícula.

«Y ahora--siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas--,

despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del

Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije

fue...».

--Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a

dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.

--¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de

repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta.

--¿Yo? --Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un

poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del

pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo

mi sombrero y a la calle.

--¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!...--observó Jacinta,

sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.

--Es decir, hacía que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe...

«Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido

iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la

resurrección de una cosa que creía muerta y desaparecida para siempre.

«¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decía también:

«De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero

en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras

escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de

huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz

había venido a Madrid con su hijo, con el mío: ¿por qué no decirlo

claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no

tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo

uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era

natural: a mí. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra

era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que

cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mí... pues

sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decía al

verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro,

yo habría llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si

le hubiéramos salvado.

Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.

«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.

--Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en

casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero

te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza

agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabías nada.

--Y... --Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que había en la

tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos

caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y

el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo

que son las casualidades, me encontré a mamá... Díjome: «¡Qué pálido

estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado

hoy la pierna». En efecto, le habían cortado la pierna, a consecuencia

de la caída del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de

la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos

a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrían sobrevenido mil

disgustos, celos y cuestiones?

--Quizás no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Según lo que venga

detrás. ¿Qué pasó después?

--Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo,

yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes

creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentía era compasión por

sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote

grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer!

Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con

este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que

esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa

vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta

desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mía... Bueno, pues

sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El

tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias,

pretendía una plaza de contador de la depositaría de un pueblo.

¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y

no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero. La pobre

Fortunata no me decía nada. Aquel bestia no le permitía que me viera y

hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del

suelo los ojos; tan aterrorizada la tenía. Una noche, según me contó la

patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me había

mirado. Así lo decía él... Me puedes creer, como esta es noche, que

Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se había desmejorado mucho de

físico, y en lo espiritual no había ganado nada. Estaba flaca, sucia,

vestía de pingos que olían mal, y la pobreza, la vida de perros y la

compañía de aquel salvaje habíanle quitado gran parte de sus atractivos.

A los tres días se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera,

y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye,

puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el

sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habían

de ir inmediatamente. Y aquí paz y después gloria. Y se acabó mi cuento,

niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel

respetable tronco, lo que me llena de contento.

Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido

le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decía más que «¡Pobre

Pituso, pobre Juanín!». De repente una idea hirió su mente como un

latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la

convicción última que se revolvía furiosa en las agonías del

vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás

lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve

amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de

plancha, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para

prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas

sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con

brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más. «Todo lo que has dicho

será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y

el parecido?».

Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.

«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en

tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere

el que los mira. Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con

imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si

después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujería en

ello».

Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan

recomendada, y... la verdad... el parecido subsistía... aunque un

poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su

inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento.

«Tu mamá también le encontró un gran parecido».

--Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas

maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín.

También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no

se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de

la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela,

no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita

novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso

es falso, como novela es cursi. Si no, fíjate en las personas que te han

ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José

Izquierdo, un loco de la clase de cabellerías; Guillermina, una loca

santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada,

se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque

sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rías;

a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que

no hay más remedio que atarlas.

Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias,

afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin

accedió a ello.

«Mañana--dijo ella--, irás conmigo a verle».

--A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo!

--Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra

que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no

querrías verle?

--Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podría,

que este encierro me va cargando ya.

Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo

dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué

cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También

pensó mucho en el Pituso. «Se me figura que ahora le quiero más.

¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me

confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión?

No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando

se ríe... aquel entrecejo...». Y así estuvo hasta muy tarde.

El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba

del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el

enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una

vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín

tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón

Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar

subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que

esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que

Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna

demostración de cariño paternal.

«Hola, barbián--dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas

manos--. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te

apures, mujer, ya vendrá el verdadero Pituso, el legítimo, de los

propios cosecheros o de la propia tía Javiera».

Benigna y Ramón miraban a Jacinta.

«Vamos a ver--prosiguió el otro constituyéndose en tribunal--. Vengan

ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de

juicio, si este chico se parece a mí».

Silencio. Lo rompió Benigna para decir:

«Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido».

--¿Y tú?--preguntó Juan a Ramón.

--Yo... pues digo lo mismo que Benigna.

Jacinta no sabía disimular su turbación.

«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y

en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».

--¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien

salir. Su padre fue primero empleado en el gas; después punto figurado

en la casa de juego del pulpitillo.

--¡Punto figurado! ¿Y qué es eso?

--¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe

de estar ahora tomando aires en Ceuta.

--Eso, eso no--indicó Jacinta con rabia--. ¿También quieres tú infamar a

mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?

Todos se echaron a reír. Consolábase ella de su desairada situación

besándole y diciendo:

«Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo

mande. Es mío».

--Como que te ha costado tu dinero.

viii

El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor,

como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su

estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le

hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que no

debía darle tan fuerte.

«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa».

--¿Estás loca? --insinuó el Delfín con severidad.

--No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discreción... No digo yo

tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien

recomendado, no lo pasaría mal.

--¡En el Hospicio! --exclamó Jacinta con la cara muy encendida--, ¡para

que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas

bazofias...!

--¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que así se

toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo.

Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que

aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.

«Pero si yo también le quiero proteger--afirmó Juan apreciando los

sentimientos de su mujer y disculpando su exageración--. Ha sido una

suerte para él haber caído en nuestras manos librándose de las de

Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra

llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi

padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad,

Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es

menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en

la tontería de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo,

¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el

criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como

mi mujer, se llevara a la práctica, la vida sería imposible,

absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas

generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se

debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonía

del mundo, ¡pues bueno estaría!... a la armonía del mundo, que es...

para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones,

admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido,

¿sí o no?

--Así, así --replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las

paradojas de su marido. Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de

las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante

ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios

independientes que la modestia y la subordinación no le permitían

manifestar. No habían transcurrido diez segundos después de aquel _así,

así_, cuando se oyó una gran chillería. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué había

de ser sino alguna barbaridad de Juanín! Así lo comprendió Benigna,

corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venía.

--¡Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramón

Villuendas se despedía para bajar al escritorio. Jacinta corrió al

comedor y a poco volvió aterrada.

«¿No sabes lo que ha hecho? Había en el comedor una bandeja de arroz con

leche. Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con

leche a puñados... así, así, y después de hartarse, lo tira por el suelo

y se limpia las manos en las cortinas».

Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar...

¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta

les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba

haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después

reíros y armar estos alborotos?».

--Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de

tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. ¡Virgen del Carmen, mi

bandeja de arroz con leche!

Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.

«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» díjoles la

tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado.

«Tú le tienes que lavar --manifestó Benigna, sin cejar en su cólera--,

tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!».

--Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.

--Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos... Y

nada más.

--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.

Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un

adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.

«Bien, bien por los hombres bravos--gritó Juan en presencia de la

fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho».

--Te voy a matar, pillo--le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante

él y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... verás que jabonadura

te vas a llevar.

Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en

torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los

brazos para contarle las grandes cochinadas que hacía el bruto de

Juanín. No sólo se comía las velas, sino que lamía los platos, y

dimpués... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le

reprendía, le enseñaba la lengua, diciendo hostias y otras

isprisiones feas, y dimpués... hacía una cosa muy indecente, ¡vaya!,

que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a

reír y enseñar el culito.

Santa Cruz no podía permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de

la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró

Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo

con la mayor severidad: «¿Tienes ahí un duro? No tengo suelto». Juan se

apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la

mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz

cayó de su burro.

«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes.

Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del

dinero no hubiera suelto».

--Tomad--dijo Benigna a los niños--; vuestro tiito os convida a dulces.

--Para inocentadas--indicó Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi

mujer.

--A mí no--replicó Benigna--. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la

verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la

encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la

familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de

casa. Bastantes jaquecas me dan las mías.

Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más.

Ya decidirían.

Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó

nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras

que Barbarita le dijo al oído:

«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay

tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en

cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada,

pero nada».

Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.

«Pero usted... ¡por la Virgen santísima! también...--atreviose a decir

cuando el espanto se lo permitió--, también usted creyó...».

--Es que se me pegaron tus ilusiones --replicó la suegra esforzándose en

disculpar su error--. Dice Juan que es manía; yo lo llamo ilusión, y las

ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas.

Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto

tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mí y se

pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos

de imitación... Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las

dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y

ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquí. Baldomero no

lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le

he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué

ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella

boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo.

Ven acá y verás el nacimiento que le compré.

Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el

nacimiento, le dijo: «Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a

las tiendas, y... aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul,

a estilo inglés. Mira la gorra que dice Numancia. Este es un capricho

que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el

letrero en la frente, voy a tener un disgusto».

Jacinta oyó y vio esto con melancolía.

«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del

arroz con leche.

--¡Ay, Dios mío, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la

verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les

gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir

sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una

gran desgracia para todos que tú no nos des algo.

A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un

rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se

han clavado bien.

«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que

chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados.

Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le

conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies,

con los chicos a la pela».

--Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible

tampoco tenerle aquí, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré

un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga

pesada...

--Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las

gatas paridas, escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá.

--¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no

lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le

han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia

y el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe entre

ataúdes... Sí, está fresco.

--Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria--dijo

Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están

concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle

una camita. ¿A ti qué te parece?

Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta

conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales.

Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el próximo cortase el

vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para

echarle el siguiente sermón:

«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué

hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará.

Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez,

bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de

carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes...

Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales

trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no

nos podremos aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas...

Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero

no vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de ninguna

persona de la familia, porque parecería tapujo».

No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre

político le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de

expresar lo mucho y bueno que se le ocurría.

«Por consiguiente --prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera

las dos manos--, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo

de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allí estará como en la

gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé

educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe,

quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme

que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás

que no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido, bien

abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino

para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que

no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los

cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos

niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí,

estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina».

Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para

oponerse a las razones de aquel excelente hombre.

«Sí; aquí donde me ves--agregó Santa Cruz con jovialidad--, yo también

le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del

contagio de vuestra manía de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara

me lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo también

me lo tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían tales

pruebas, perdí la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel día

haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni

dejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y no

chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en

confianza, salí a la calle, me reía solo, y sin saber lo que me hacía,

me metí en el Bazar de la Unión y...».

Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de

su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.

«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais

a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces...

veinticuatro reales».

Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a

encogerlo, haciendo flin flan repetidas veces. Jacinta se reía y al

propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso

Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».

--Nada, querida--declaró el buen señor acusándose francamente--. Que a

mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me

saliste con que lo del nieto era una novela, flin flan, me dio la idea

de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se

compró para él, flin flan, que la disfrute... ¿no os parece?

--A ver, dame acá--indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el

pueril instrumento--. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios.

Dámelo... lo tocaré yo... flin flan... ¡Ay!, no sé qué tiene esto...

¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.

Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito

juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a

llevárselo, flin flan...».

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