Parte 4 — Capítulo IV: Vida nueva Fortunata y Jacinta · Capítulo 29 de 32
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Parte 4 — Capítulo IV: Vida nueva

Parte 4 — Capítulo IV: Vida nueva

i

El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a

abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro

con agujeros (estilo primitivo). Era Estupiñá, que miraba a los tales

agujeritos del modo más autoritario. Abrió la joven, y el gran Plácido,

con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano

el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de

Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que

tenía un sello. «El recibo del mes» dijo en tono de déspota asiático que

dicta una orden de pena de muerte.

--Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle.

--Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversación.

¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el

mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el

liviano apetito.

«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre!

Si le voy a dar la guita. No tendrá usted mejores inquilinas que

nosotras».

--Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea

majadera.

--Quiero que vea usted cómo está la casa, para que se convenza de que

aquí no pueden vivir cristianos.

--Pues mudarse.--Pero, hijo, ¡qué tiranístico se ha vuelto! No he

visto casero más malo... ¿Pero ni siquiera me blanqueará la cocina, que

parece una carbonería? ¡Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre

tanta suciedad. ¿Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las

obras, las haré yo por mi cuenta... ¡vaya!

--Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y...

--Pase, pase y verá... Al fin Plácido se dignó entrar por el pasillo

adelante. Fue a la cocina, echó un vistazo a la alcoba interior que

estaba llena de grietas...

«No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque

sería el cuento de nunca acabar. Mañana, si a mano viene, se mudan

ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide más

obras. No podemos. El mes pasado me gasté más de veinte mil reales en

reparaciones. Conque, despácheme, que tengo prisa».

--¿Pero se ha vuelto usted cohete? Siéntese un momento. Dígame una

cosa...

--No tengo que decir cosas. Que me voy...

--¡Ay qué pólvora de hombre! Mire que así va a vivir poco.

--Mejor. Bastante he vivido ya.--Siéntese. En seguidita le doy el

dinero. Pero dígame una cosa que quiero saber. ¿De quién es ahora esta

casa?

--Eso a usted no le importa. ¿Cree que estoy yo para perder el tiempo?

La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversación. ¿Es

que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avío... Ya sabe que soy

hombre de pocas palabras.

--¿De pocas?, ¡digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el día

que nació estaba charlando por siete. Dígame... ¿de quién es la casa?

--De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca

es magnífica; está tasada en treinta y cinco mil duros. Sólo el pedernal

de los cimientos y la berroqueña de la escalera valen un dineral. ¿Pues

y las paredes? El otro día, al abrir un hueco, los albañiles no le

podían meter el pico, Nada, que talmente se rompen las herramientas en

este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no

tengo ganas de conversación. Cuando se abrió el testamento del señor D.

Manuel Moreno-Isla, que en gloria esté, testamento hecho tres años ha,

se encontró que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a

doña Guillermina Pacheco, su tía... La señora ha hipotecado ambas fincas

para acabar el asilo, y por eso verá usted que este va echando chispas.

Lo acabarán este año... Conque...

Extendió la mano, y con la otra mostraba el bastón, como si fuera un

bastón de autoridad.

«¡Doña Guillermina mi casera!--dijo Fortunata, pensativa, entregando el

dinero--. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga

mía».

--¡Qué ha de ser amiga de usted... qué ha de ser!--replicó Estupiñá con

sarcasmo--. Y si quiere usted verla furiosa, háblele de obras que no

sean las del asilo. Adiós; que haya salud... ¡Ah!, me olvidaba: cuidado

con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a

usted; cuente que la echo... ¡María Santísima, y cuánta planta tiene

usted aquí! Es un jardín... Me parece mucho peso... ¡Qué vistas tan

hermosas! Mal año ha sido este para los puestos de Navidad. Están los

pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me

parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan

frío como este. ¿Sabe usted que se murió el sordo, el del puesto de

carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer,

y... ¡qué vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del

segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. ¡Ay qué gente! Si la

señora me dejara, ya les habría puesto los trastos en la calle; pero mi

ama es así, no quiere desahucios.--«Por Dios Plácido, no les eches...

los pobrecitos ya pagarán; es que no pueden».--«Pero señora, con que me

dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelería

de Botín...». Total, que con caseras como la mía, estos bribones de

inquilinos están como quieren.

Tanto charló aquel hombre, que Fortunata, después de haberle rogado para

que entrara, le tuvo que echar con buen modo: «Pero don Plácido, mire

que se le va a hacer tarde...».

--¡Ah!, sí... ¡la culpa la tiene usted que es lo más habladora...! Abur,

abur...

Fortunata no salía nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida,

y Segunda, que tenía puesto en la plazuela, le traía la compra.

En los días que siguieron a la primera visita del administrador de la

casa, no pudo la prójima apartar de su pensamiento a la que por tan

breve espacio de tiempo fue su amiga. «¡Quién le había de decir a ella y

quién me había de decir que viviría en su casa! ¡Qué vueltas da el

mundo! En aquellos días, ni a mí se me pasaba por la cabeza venirme

aquí, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plácido le cuente

que soy su inquilina, ¿qué dirá? ¿Se pondrá furiosa y querrá echarme a

la calle? Tal vez no, tal vez no...». Cuando esta idea u otra semejante

le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el

gabinete de la santa, sentía la pobre mujer que la conciencia se le

alborotaba, y no podía aplacarla ni aun arguyéndose que _la otra la

había provocado_. «Me cegué, no supe lo que hice. De veras digo que si

tuviera ocasión, le habría de decir a doña Guillermina que me

perdonara».

La soledad en que vivía, favoreciendo en ella esta resurrección mental

de lo pasado, inspirábale juicios muy claros de sus acciones y

sentimientos. Todo lo veía entonces transparentado por la luz de la

razón, a la distancia que permite apreciar bien el tamaño y forma de los

objetos, así como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo

ver los errores y maldades que cometieron en él. «¿Y a Jacinta, le

pediría yo perdón?» se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan

pronto se le ocurría que sí como que no. La Delfina la había ofendido y

ultrajado, cuando ella no hacía más que contarle a la santa sus penas y

el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello,

amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empezó a

prevalecer la afirmativa. Cierto que debía pedirle perdón por el intento

que tuvo de arañarle la cara, ¡qué barbaridad!, y por las palabras que

se dejó decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba

aclarar el siguiente punto:

¿Había faltado Jacinta con el señor de Moreno?

Porque si había faltado, allá se iba la una con la otra, y tan buena era

Juana como Petra. Nunca pudo la señora de Rubín llegar en sus

cavilaciones a una solución terminante en este punto oscurísimo. Ya

afirmaba la culpabilidad de la mona del Padre Eterno, ya la negaba.

«Daría yo cualquier cosa--exclamaba invocando al Cielo--, por saber esa

verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la

sabía se ha muerto. Lo sabrá también el confesor de Jacinta, si es que

lo ha confesado. Pero nadie más, nadie más. Pues no sé qué daría yo por

salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla

diferencia va de una cosa a otra... Si pecó, todo varía en mí, y no me

rebajo yo a pedirle perdón; pero si no faltó... ¡ay!, la dichosa mona

me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo».

De aquí pasaba a otro eslabón de ideas: «Y ahora estamos las dos de un

color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos

podríamos consolar... porque en mi terreno, yo soy también virtuosa,

quiere decirse que yo no le he faltado con nadie; y si ella se hace

cargo de esto, bien podría venir a mí, y entre las dos buscaríamos a la

pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondríamos que no habría

por donde cogerla... Vamos a ver, ¿por qué Jacinta y yo, ahora que

estamos iguales, no habíamos de tratarnos? Por más que digan, yo me he

afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se

me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las

señoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doña Lupe me pasaron la

piedra pómez, sacándome un poco de lustre. ¿Por qué no nos habíamos de

tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de

que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de

honradez».

Pasaba sin pensarlo a otro eslabón. «Pero ella no querrá... Tiene mucho

orgullo y mucho tupé, mayormente ahora que se la comerá la envidia.

¡Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... ¿Qué derechos ni

qué pamplinas? Esto que yo tengo aquí entre mí, no es humo, no. ¡Qué

contenta estoy!... El día en que esa lo sepa, va a rabiar tanto, que

se va a morir del berrinchín. Dirá que es mujer legítima... ¡Humo! Todo

queda reducido a unos cuantos latines que le echó el cura, y a la

ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, señora mía, es algo

más que latines; fastídiese usted... Los curas y los abogados, ¡mala

peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale... Yo digo que sí vale;

es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la

boca».

Y su convicción era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para

soportar aquella vida solitaria y tristísima.

ii

Una mañana, al levantarse, vio que había caído durante la noche

una gran nevada. El espectáculo que ofrecía la plaza era precioso; los

techos enteramente blancos; todas las líneas horizontales de la

arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con purísimas

líneas de nieve; los árboles ostentando cuajarones que parecían de

algodón, y el Rey Felipe III con pelliza de armiño y gorro de dormir.

Después de arreglarse volvió a mirar la plaza, entretenida en ver cómo

se deshacía el mágico encanto de la nieve; cómo se abrían surcos en la

blancura de los techos; cómo se sacudían los pinos su desusada

vestimenta; cómo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se

desleían los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo,

a la mañana tan puro y albo, era ya al mediodía charca cenagosa, en la

cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la

nieve con los chorros de agua y revolviéndola con el fango para echarlo

todo a la alcantarilla. Divertido era este espectáculo, sobre todo

cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los

chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba

esto Fortunata, cuando de repente... ¡ay, Dios mío!, vio a su marido;

era él, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de

Julio, y tuvo que retroceder saltando más que de prisa, porque el chorro

de agua le cortó el paso. Instintivamente se quitó la joven de su

ventana; pero después se volvió a asomar, diciéndose: «Si aquí no puede

verme... Lo que menos piensa él es que está tan cerca de mí... Vamos; da

la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al café de

Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. ¿Pero

cómo es que le dejan salir solo? ¿Se habrá puesto bueno? ¿Estará mejor?

¡Pobre chico!...».

Y no se volvió a acordar más de él hasta la noche, cuando estaba

acostada, sola en la casa, pues su tía no había entrado aún.

«Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor día hace

cualquier desavío y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto,

voy a tener miedo, y me pondré a discurrir si se meterá aquí el mejor

día... La suerte es que no sabrá dónde estoy; buen cuidado tengo yo de

que no lo sepa. ¿Pero quién está segura de ningún secreto en estos

tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca

para rato... ¡Como no le dé por venir a matarme!... Eso tendrá que ver.

Pero muy descuidada habría de cogerme, porque le deshago yo de un par de

porrazos... Pero, ¿y si entra, se esconde, me acecha, y ¡pim!, me pega

un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le

abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi tía que necesito tomar una

criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, así como Papitos, me

vendría muy bien. ¡Sola todo el día en esta jaula!... ¡Ah!, gracias a

Dios; ya siento el llavín de mi tía, que entra. ¿Será ella o será alguno

que le ha quitado el llavín y viene a matarme?... Tía, tía, ¿es usted?».

--Yo soy, ¿qué se te ocurre?...

--Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me

parece que entran ladrones, asesinos y qué sé yo...

Ninguna noche conciliaba el sueño antes de que diera las doce el reloj

de la Casa-Panadería. Oía claramente algunas campanadas; después el

sonido se apagaba alejándose, como si se balanceara en la atmósfera,

para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el

estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el

viento venía a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a

darla, el viento la cogía en sus brazos y se la llevaba lejos, muy

lejos... Después volvía para acá, describiendo una onda grandísima, y

retumbaba ¡plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de

la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza

Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la

hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: «Aquí tenéis las

doce, tan guapas». Y luego tornaba para acá, ¡plam!... ¡ay!, era la

última. El viento entonces se largaba refunfuñando. Otras noches se

entretenía la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la

hora de la Panadería se enzarzaban. Empezaba esta, y le respondía la

otra. De tal modo se confundían los toques, que no conociera aquella

hora ni la misma noche que la inventó. Las doce de acá y las doce de

allá eran una disputa o guirigay de campanadas. «Vamos, que también se

oye la Merced... Tantísima hora, tantísima hora, y no sabe una si son

las doce o qué...».

Para tener compañía y servicio, tomó por criada a una niña, hija de una

de las placeras amigas de Segunda. Llamábase Encarnación y parecía muy

formalita. Su ama le leyó la cartilla el primer día, diciéndole: «Mira,

si algún sujeto que tú no conoces, por ejemplo, un señorito flaco, de

mal color, así un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo

aquí, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no

sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Señorita, es un hombre

o una mujer de estas y estas señas'. Conque fíjate bien en lo que te

mando. Tu tía te habrá hecho la misma recomendación. Si no nos obedeces,

¿sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la cárcel. Y no creas

que te van a sacar: allí te estarás lo menos, lo menos, tres años y

medio».

La chica cumplía estas órdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron.

«Señorita, ahí está un hombre con barbas largas, muy aseñorado... y

tiene la voz así, como respetosa». Miró Fortunata por los agujeros de

la chapa. Era Ballester. «Dile que pase». Se alegraba de verle para

saber lo que ocurría en la familia, y para que le contara por qué

demonios andaba suelto Maxi por esas calles.

De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacéutico. Venía vestido

con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya

muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras

chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy

lustroso. «¡Qué deseos tenía de verla a usted...! No me atrevía a

venir... Pero doña Lupe me ha instado tanto para que venga, que al

fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dónde usted está. Hay

mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera

usted, ha recobrado la razón; parece que está juiciosísimo; habla de

todo con tino, y no hace ningún disparate».

Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que

hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no

poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín. Se

puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: «Doña Lupe me ha dado

un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a

D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligación; muy

cuidadoso y muy hábil...».

--No sé, veremos... lo pensaré... todavía...--balbució ella cortadísima,

bajando los ojos.

--¿Cómo todavía? Me ha dicho doña Lupe que será en Marzo. Estamos a 20

de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podría verse

sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo.

Tomando una actitud galante, añadió: «Porque yo me intereso vivamente

por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el

mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y

callado, acuérdese de mí...».

Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto:

«No me vuelvo atrás de nada de lo que he dicho a usted en otras

ocasiones». Como ella aparentase no interesarse en este giro de la

conversación, volvió Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera.

«Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le diré

que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe él que no

tiene que decir nada al amigo Rubín».

Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interés

que mostraba hacia ella, según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui.

«Yo no sé lo que es, amiga mía; pero la ministra, de unos días a esta

parte me ha preguntado como unas seis veces si la había visto a usted...

'Yo no voy--me dijo--; pero hay que mirar algo por ella, y no

abandonarla como a un perro'. Por esto me decidí a venir, y ahora me

alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo

buenos amigos. Quedamos en que vendrá Quevedo. Sí; preparémonos, porque

estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltará a

usted nada. ¡Qué caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... ¡Oh!,

¡qué cabeza ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? (metiéndose la mano

en el bolsillo). La ministra me ha dado para usted este paquetito de

dinero. Por fuera está escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y

dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos de

algún dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna

cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: '¿A quién

acudiré yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un

recadito... Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos que

tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de

muy poquito tiempo. Si pudiera, vendría mañana y tarde todos los días,

contando con su permiso. Pero en este pícaro mundo, se llega hasta donde

se puede, y el que, impulsado por el querer, va más allá del poder, cae

y se estrella».

Repitió sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresión de

que no estaba tan sola como creía, y de que el tal Segismundo era, en

medio de sus tonterías y extravagancias, un corazón generoso y leal.

Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla,

y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a

este por las Samaniegas. Pero ya se lo preguntaría cuando volviese.

Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas

relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de

notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar

con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial

parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata

encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que

nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de

aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante.

El bueno de Platón, encontrando al fin el descanso de su vida

vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de

frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le

disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid

un modelo mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo

acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le

desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al

arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no

era trabajar ¡qué demonio!, era retratarse, y el que trabajaba era el

pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una

novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con

su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no

acababa. En tal estudio hacía de Pae Eterno, en el momento de estar

fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en

Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un _tío

en pelota que le llaman Eneas, con su padre a la pela_. «Pero lo mejor

que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando de lo fino..., es

aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías

naves...». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y

la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y

copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su

sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran

compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún

mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras.

Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes

para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la

descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que

propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una

cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y

si razones tenía la Samaniega para retraerse, también ella las tenía

para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no».

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