Parte 1 — Capítulo III: Estupiñá
Parte 1 — Capítulo III: Estupiñá
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En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San
Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las
cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule
negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla
era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin
tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto
un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en
tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades
secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los
ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas.
Barbarita tiene aún reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos
de su niñez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor
pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y
otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos
mandarines.
Y no sólo se hablaba de asuntos políticos y de la guerra civil, sino de
cosas del comercio. Recuerda la señora haber oído algo acerca de los
primeros fósforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos
visto. Era como una botellita en la cual se metía la cerilla, y salía
echando lumbre. También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta,
de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles,
que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni
asomos de ellos había todavía. Algo se apuntó allí sobre el billete de
Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos años
después, y sólo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca.
Doña Bárbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a
la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era
mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto.
La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el
curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. No
sabemos a qué época fija se referirían estos párrafos sueltos que al
vuelo cogía Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a
descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: «¡Qué hermosotes
iban esta mañana los del tercero de fusileros con sus pompones
nuevos!»... «El Duque ha oído misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje
y con San Miguel»...
«¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses
proyectan construir barcos de fierro».
El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de
tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar:
«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con
exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la
conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en
haber visto toda la historia de España en el presente siglo. Había
venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero
Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una
sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se
aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora».
Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al
duque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Su
contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta
llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que
si vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de ayer...». Para
completar su erudición ocular, hablaba del _aspecto que presentaba
Madrid_ el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana
pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos
que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad;
había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos,
hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de
Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que sacudieran a
los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando
desde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Espartero
abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo,
todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en
fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado
los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los
balcones.
La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era
muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió
muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez
acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente
al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buen
dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si
le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en
volver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso.
La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los
dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza
que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya
podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande
como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías
quisieran, sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que
Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con
los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien,
hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando
por su cuenta.
Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino
que estableció en la Plaza Mayor, junto a la Panadería. No puso
dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su
tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí
el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y la
justificación de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupiñá tenía un vicio
hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás
energías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto más
inofensivo parecía. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el
lujo; era la conversación. Por un rato de palique era Estupiñá capaz de
dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como él
pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le
cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores más
frenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más sabroso de su
charla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se pone
a los que van a dar sablazos. Si el género pedido estaba sobre el
mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la
interrupción; pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia
arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia,
diciendo: «¿Bayeta amarilla? Mírela usted. Me parece que es angosta para
lo que usted la quiere». Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía
lo que le pedían. «¿Gorritas para niño? ¿Las quiere usted de visera de
hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan
ya...».
Si estaba jugando al tute o al mus, únicos juegos que sabía y en los que
era maestro, primero se hundía el mundo que apartar él su atención de
las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo
pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores
a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se
la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor
palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a
armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para
estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la
luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el
aire. Cerraba, y se iba a dar conversación a las mujeres de los puestos.
A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto
ocurriera en la familia de cada una de ellas. Pertenecía, pues, Estupiñá
a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares,
cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males
causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al
consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero. «D. Plácido,
¿tiene usted pana azul?».--«¡Pana azul!, ¿y quién te mete a ti en esos
lujos? Sí que la tengo; pero es cara para ti». --«Enséñemela usted... y
a ver si me la arregla»... Entonces hacía el hombre un desmedido
esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos más
queridos, y bajaba la pieza de tela. «Vaya, aquí está la pana. Si no la
has de comprar, si todo es gana de moler, ¿para qué quieres verla?
¿Crees que yo no tengo nada qué hacer?».--«Lo que dije; estas mujeres
marean a Cristo. Hay otra clase, sí señora. ¿La compras, sí o no? A
veinte y dos reales, ni un cuarto menos».--«Pero déjela ver... ¡ay qué
hombre! ¿Cree que me voy a comer la pieza?»... «A veinte y dos
realetes». --«¡Ande y que lo parta un rayo!».--«Que te parta a ti, mal
criada, respondona, tarasca...».
Era muy fino con las señoras de alto copete. Su afabilidad tenía tonos
como este: «¿La cúbica? Sí que la hay. ¿Ve usted la pieza allá arriba?
Me parece, señora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no
es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no
tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las niñas con
el Sr. D. Cándido. Vaya, que están creciditas. ¿Y cómo sigue el señor
mayor? ¡No le he visto desde que íbamos juntos a la bóveda de San
Ginés!»... Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se
podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el
dintel de la tienda. A los seis años no entraban allí ni las moscas.
Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los
manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el _Diario de
Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su
alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la
paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de
oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida,
el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día
entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú
a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando
con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas
tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y
Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas
de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de
la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería
humana. A todas estas el cajón del dinero no se abría ni una sola vez,
y a la vara de medir, sumida en plácida quietud, le faltaba poco para
reverdecer y echar flores como la vara de San José. Y como pasaban meses
y meses sin que se renovase el género, y allí no había más que maulas y
vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un día le embargaron todo, y
Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad.
ii
Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus
amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su
semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre
dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca.
Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando
religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con
lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era
forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se
dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes?
Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran
pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las
relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid;
todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena
cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella
bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes
le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D.
Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros
almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las
fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por
lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo
en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía
imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas,
aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la
familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido
para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre,
la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar,
cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había
mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a
punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.
Así pasaron algunos años. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no
tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar
saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Además,
muchos comerciantes ricos le protegían. Este, a lo mejor, le regalaba
una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles
y golosinas. Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban
a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión
oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel
esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tenía su
entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa
alguna, y que jamás habló mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir
alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar
sus acusaciones.
Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las
piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón,
valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como
él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa,
figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el
arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de
peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las
principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No
hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del
pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las
defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con
este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía
feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda
llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular,
y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le
pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha
tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no
menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de
infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta
en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa
en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar
un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes.
Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el
don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y
por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador.
Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la
calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los
puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó
para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta
que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa
era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble
familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a
su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones
que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la
Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a
entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas,
donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente
tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan
ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho:
«Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el
infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo.
Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía
corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo
muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente
adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase
y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y
fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como
la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes
que consentir que nadie tocase al Delfín (así le solía llamar) en la
punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando
Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte,
que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se
entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la
salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en
su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje
completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar
ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje,
contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de
Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en
la iglesia de Daganzo de Abajo.
Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás
con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo
que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un
sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurrió
un lance desagradable del cual se acordó y avergonzó toda su vida; y fue
que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró
embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una
piedra. Fue una borrachera estúpida, la primera y última de su vida; y
el recuerdo de la degradación de aquella noche le entristecía siempre
que repuntaba en su memoria. ¡Infames, burlar así a quien era la misma
sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas
copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como
grosería. Pidiéronle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que
la cantó, aunque él lo niega en redondo. En medio del desconcierto de
sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le habían puesto, y el
decoro le sugirió la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando
que el aire de la noche le despejaría la cabeza; pero aunque sintió
algún alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los más
garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio
al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba
hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Creyó que era el Viático,
y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una
corta oración y dijo: «¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!». Las
carcajadas de sus soeces burladores, que le habían seguido, le volvieron
a su acuerdo, y conocido el error, se metió a escape en su casa, que a
dos pasos estaba. Durmió, y al día siguiente como si tal cosa. Pero
sentía un remordimiento vivísimo que por algún tiempo le hacía suspirar
y quedarse meditabundo. Nada afligía tanto su honrado corazón como la
idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Viático.
Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por
entendida.
iii
Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al
ras con los sesenta años; pero los llevaba muy bien. Era de estatura
menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que
quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le
han transmitido las estampas y fotografías del gran músico, y pueden
decir que tienen delante el divino Estupiñá. La forma de la cabeza, la
sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos
picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona,
que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la
imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto
parentesco con el de las cotorras.
En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta
originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz
cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por
repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero
chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una
época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa
de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de
Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno;
pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de
la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al
entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a
Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír
varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las
orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla
en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la
mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y
luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.
En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupiñá pasó muy
malos ratos.
Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de
la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él ponía
viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de
ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la
venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era
porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni
acertaba a explicarse por qué decía su marido que D. Nicolás Rivero era
una gran persona. Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el
suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar,
Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios
que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre
allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que
correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el
sombrero.
Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo
en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en
la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de
lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que
iban a estar en la gloria. ¡Qué sería de los pobrecitos reos si no
tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su
cuello al verdugo!
A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que
podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía
de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y
volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de
tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y
si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para
defender el garbanzo, pues siempre hacía el papel de que trabajaba
como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de
dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo
hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le
preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de
comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias:
«Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo
menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta...».
Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que
forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de
ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura
imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en
que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No
existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso
apechugar con ciento veinte escalones, todos de piedra, como decía
Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El
ser todas de piedra, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las
escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de
castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que
le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su
casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles
peldaños de palo, como cada hijo de vecino.
El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueñas no excluía lo
fatigoso del tránsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas
relaciones para abreviarlo. El dueño de una zapatería de la Plaza,
llamado Dámaso Trujillo, le permitía entrar por su tienda, cuyo rótulo
era Al ramo de azucenas. Tenía puerta para la escalera de la Cava, y
usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.
El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie
había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que D. Plácido no
estaba en su casa sino cuando dormía. Jamás había tenido enfermedad que
le impidiera salir durante el día. Era el hombre más sano del mundo.
Pero la vejez no había de desmentirse, y un día de Diciembre del 69 fue
notada la falta del grande hombre en los círculos a donde solía ir.
Pronto corrió la voz de que estaba malo, y cuantos le conocían sintieron
vivísimo interés por él. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por
aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simpático enfermo,
que padecía de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mandó
en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que
fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.
Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo
de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella
visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso
sí, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela;
pero esta no.
iv
Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y
huevos. Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y
aplastando cascarones. Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y
pollos, y le contestaron, señalando una mampara, que aquella era la
entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en
aquel edificio característico del Madrid primitivo. Y entonces se
explicó Juanito por qué llevaba muchos días Estupiñá, pegadas a las
botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir, como las había
cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que
había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de aquellos
pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza,
conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la
izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio
de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica
a su apetito no sólo las presentes sino las futuras generaciones
gallináceas. A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega,
un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los
pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba
una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra
para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes había por todas partes,
llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre
las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun
allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si tú
sacaste más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el
pescuezo_.
Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que
allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima,
Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y
gastados. Efectivamente, parecía la subida a un castillo o prisión de
Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y este de rayas e
inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la calle,
fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al
pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo,
Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues
todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su
curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó,
una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida de una
curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios
subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía
pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el
momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese
característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las
madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les
da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca
para volver luego a su volumen natural.
Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que
era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas
con ella.
--¿Vive aquí--le preguntó--el Sr. de Estupiñá?
--¿D. Plácido?... en lo más último de arriba --contestó la joven,
dando algunos pasos hacia fuera.
Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»...
Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con
mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se
desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:
--¿Qué come usted, criatura?
--¿No lo ve usted? --replicó mostrándoselo--Un huevo.
--¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por
segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.
--No sé cómo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no
hallando mejor modo de trabar conversación.
--Mejor que guisadas. ¿Quiere usted?--replicó ella ofreciendo al Delfín
lo que en el cascarón quedaba.
Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas
y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no;
le repugnaban los huevos crudos.
--No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el
cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.
Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por
dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo:
¡Fortunaaá! Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un
yia voy con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba
el tímpano. El yia principalmente sonó como la vibración agudísima de
una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido,
digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las
escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio
desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y
creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió
el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a
nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios
pasos.
Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo
de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No
estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le
hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba
liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría
su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de
la iglesia. Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no
tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña
Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas
palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos
para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras
calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar
necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las
sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven
de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg.
Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de
alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí,
busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento
arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado
que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con
respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del _Boletín Eclesiástico de la
Diócesis de Lugo_. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa.
Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando
correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo
le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín
largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales,
sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron
el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó
a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los
echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que
a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo
era de Paul de Kock.
«Es cosa muy buena» dijo Estupiñá, guardando el libro al ver que Juanito
se reía.
Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que
mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si
hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más
amor. Dábale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por
todos los de la familia, desde Barbarita, que era el número uno, hasta
el gato. El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo,
hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que
estaba. «Buena gente--respondió Estupiñá--; sólo hay unos inquilinos que
alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla,
y puede que se la administre yo desde el año que viene. Él lo desea; ya
me habló de ello tu mamá, y he respondido que estoy a sus órdenes...
Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera
de piedra, ya habrás visto; sólo que es un poquito larga. Cuando
vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de
azucenas_, la zapatería que está en la Plaza. Tú conoces a Dámaso
Trujillo. Y si no le conoces, con decir: «voy a ver a Plácido» te dejará
pasar.
Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba
todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre
más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería,
Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el
establecimiento de huevos de la Cava.