capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros Don Quijote · Capítulo 2 de 128
Obra Menu

capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros

capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros

hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en

vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra famosa

anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas;

tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar océano, besando los

muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinión que tiene las arenas de

oro, etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco, que la

sé de coro; si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os

prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de

crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras,

Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el

mesmo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os

dará mil Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de

la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y

si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a

Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más

ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino

que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la

vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las

anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y

de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.

»Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen,

que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque

no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde

la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en

vuestro libro; que, puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca

necesidad que vos teníades de aprovecharos dellos, no importa nada; y quizá

alguno habrá tan simple, que crea que de todos os habéis aprovechado en la

simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no sirva de otra cosa, por lo

menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad

al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguistes o

no los seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en

la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de

aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra

los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo

nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen debajo de la cuenta de sus

fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones

de la astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la

confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica; ni tiene para

qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género

de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo

tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que,

cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y,

pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y

cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no

hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la

Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de

santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas

y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo;

pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención,

dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos.

Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a

risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se

admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de

alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal

fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de

muchos más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.

Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal

manera se imprimieron en mí sus razones que, sin ponerlas en disputa, las

aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo; en el cual

verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en

hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar

tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la

Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del

campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente

caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo

no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble

y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas el conocimiento que

tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te

doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros

vanos de caballerías están esparcidas.

Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale.

AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Urganda la desconocida

Si de llegarte a los bue-,

libro, fueres con letu-,

no te dirá el boquirru-

que no pones bien los de-.

Mas si el pan no se te cue-

por ir a manos de idio-,

verás de manos a bo-,

aun no dar una en el cla-,

si bien se comen las ma-

por mostrar que son curio-.

Y, pues la expiriencia ense-

que el que a buen árbol se arri-

buena sombra le cobi-,

en Béjar tu buena estre-

un árbol real te ofre-

que da príncipes por fru-,

en el cual floreció un du-

que es nuevo Alejandro Ma-:

llega a su sombra, que a osa-

favorece la fortu-.

De un noble hidalgo manche-

contarás las aventu-,

a quien ociosas letu-,

trastornaron la cabe-:

damas, armas, caballe-,

le provocaron de mo-,

que, cual Orlando furio-,

templado a lo enamora-,

alcanzó a fuerza de bra-

a Dulcinea del Tobo-.

No indiscretos hieroglí-

estampes en el escu-,

que, cuando es todo figu-,

con ruines puntos se envi-.

Si en la dirección te humi-,

no dirá, mofante, algu-:

''¡Qué don Álvaro de Lu-,

qué Anibal el de Carta-,

qué rey Francisco en Espa-

se queja de la Fortu-!''

Pues al cielo no le plu-

que salieses tan ladi-

como el negro Juan Lati-,

hablar latines rehú-.

No me despuntes de agu-,

ni me alegues con filó-,

porque, torciendo la bo-,

dirá el que entiende la le-,

no un palmo de las ore-:

''¿Para qué conmigo flo-?''

No te metas en dibu-,

ni en saber vidas aje-,

que, en lo que no va ni vie-,

pasar de largo es cordu-.

Que suelen en caperu-

darles a los que grace-;

mas tú quémate las ce-

sólo en cobrar buena fa-;

que el que imprime neceda-

dalas a censo perpe-.

Advierte que es desati-,

siendo de vidrio el teja-,

tomar piedras en las ma-

para tirar al veci-.

Deja que el hombre de jui-,

en las obras que compo-,

se vaya con pies de plo-;

que el que saca a luz pape-

para entretener donce-

escribe a tontas y a lo-.

AMADÍS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

Tú, que imitaste la llorosa vida

que tuve, ausente y desdeñado sobre

el gran ribazo de la Peña Pobre,

de alegre a penitencia reducida;

tú, a quien los ojos dieron la bebida

de abundante licor, aunque salobre,

y alzándote la plata, estaño y cobre,

te dio la tierra en tierra la comida,

vive seguro de que eternamente,

en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,

sus caballos aguije el rubio Apolo,

tendrás claro renombre de valiente;

tu patria será en todas la primera;

tu sabio autor, al mundo único y solo.

DON BELIANÍS DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

Rompí, corté, abollé, y dije y hice

más que en el orbe caballero andante;

fui diestro, fui valiente, fui arrogante;

mil agravios vengué, cien mil deshice.

Hazañas di a la Fama que eternice;

fui comedido y regalado amante;

fue enano para mí todo gigante,

y al duelo en cualquier punto satisfice.

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,

y trajo del copete mi cordura

a la calva Ocasión al estricote.

Más, aunque sobre el cuerno de la luna

siempre se vio encumbrada mi ventura,

tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!

LA SEÑORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO

Soneto

¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,

por más comodidad y más reposo,

a Miraflores puesto en el Toboso,

y trocara sus Londres con tu aldea!

¡Oh, quién de tus deseos y librea

alma y cuerpo adornara, y del famoso

caballero que hiciste venturoso

mirara alguna desigual pelea!

¡Oh, quién tan castamente se escapara

del señor Amadís como tú hiciste

del comedido hidalgo don Quijote!

Que así envidiada fuera, y no envidiara,

y fuera alegre el tiempo que fue triste,

y gozara los gustos sin escote.

GANDALÍN, ESCUDERO DE AMADÍS DE GAULA, A SANCHO PANZA, ESCUDERO DE DON QUIJOTE

Soneto

Salve, varón famoso, a quien Fortuna,

cuando en el trato escuderil te puso,

tan blanda y cuerdamente lo dispuso,

que lo pasaste sin desgracia alguna.

Ya la azada o la hoz poco repugna

al andante ejercicio; ya está en uso

la llaneza escudera, con que acuso

al soberbio que intenta hollar la luna.

Envidio a tu jumento y a tu nombre,

y a tus alforjas igualmente invidio,

que mostraron tu cuerda providencia.

Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,

que a solo tú nuestro español Ovidio

con buzcorona te hace reverencia.

DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y ROCINANTE

Soy Sancho Panza, escude-

del manchego don Quijo-.

Puse pies en polvoro-,

por vivir a lo discre-;

que el tácito Villadie-

toda su razón de esta-

cifró en una retira-,

según siente Celesti-,

libro, en mi opinión, divi-

si encubriera más lo huma-.

A Rocinante

Soy Rocinante, el famo-

bisnieto del gran Babie-.

Por pecados de flaque-,

fui a poder de un don Quijo-.

Parejas corrí a lo flo-;

mas, por uña de caba-,

no se me escapó ceba-;

que esto saqué a Lazari-

cuando, para hurtar el vi-

al ciego, le di la pa-.

ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

Si no eres par, tampoco le has tenido:

que par pudieras ser entre mil pares;

ni puede haberle donde tú te hallares,

invito vencedor, jamás vencido.

Orlando soy, Quijote, que, perdido

por Angélica, vi remotos mares,

ofreciendo a la Fama en sus altares

aquel valor que respetó el olvido.

No puedo ser tu igual; que este decoro

se debe a tus proezas y a tu fama,

puesto que, como yo, perdiste el seso.

Mas serlo has mío, si al soberbio moro

y cita fiero domas, que hoy nos llama

iguales en amor con mal suceso.

EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

A vuestra espada no igualó la mía,

Febo español, curioso cortesano,

ni a la alta gloria de valor mi mano,

que rayo fue do nace y muere el día.

Imperios desprecié; la monarquía

que me ofreció el Oriente rojo en vano

dejé, por ver el rostro soberano

de Claridiana, aurora hermosa mía.

Améla por milagro único y raro,

y, ausente en su desgracia, el propio infierno

temió mi brazo, que domó su rabia.

Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,

por Dulcinea sois al mundo eterno,

y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

DE SOLISDÁN A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

Maguer, señor Quijote, que sandeces

vos tengan el cerbelo derrumbado,

nunca seréis de alguno reprochado

por home de obras viles y soeces.

Serán vuesas fazañas los joeces,

pues tuertos desfaciendo habéis andado,

siendo vegadas mil apaleado

por follones cautivos y raheces.

Y si la vuesa linda Dulcinea

desaguisado contra vos comete,

ni a vuesas cuitas muestra buen talante,

en tal desmán, vueso conorte sea

que Sancho Panza fue mal alcagüete,

necio él, dura ella, y vos no amante.

DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE

Soneto

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque nunca se come, y se trabaja.

B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,

pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis. R. Es que no como.

B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,

si el amo y escudero o mayordomo

son tan rocines como Rocinante?

Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

1/1
Menu

Fazer anotação