Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de Don Quijote · Capítulo 21 de 128
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Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de

Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de

la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos

famosos

— Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras que estos días nos han

sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra

merced contra la orden de su caballería, no habiendo cumplido el juramento

que hizo de no comer pan a manteles ni con la reina folgar, con todo

aquello que a esto se sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta quitar

aquel almete de Malandrino, o como se llama el moro, que no me acuerdo

bien.

— Tienes mucha razón, Sancho —dijo don Quijote—; mas, para decirte verdad,

ello se me había pasado de la memoria; y también puedes tener por cierto

que por la culpa de no habérmelo tú acordado en tiempo te sucedió aquello

de la manta; pero yo haré la enmienda, que modos hay de composición en la

orden de la caballería para todo.

— Pues, ¿juré yo algo, por dicha? —respondió Sancho.

— No importa que no hayas jurado —dijo don Quijote—: basta que yo entiendo

que de participantes no estás muy seguro, y, por sí o por no, no será malo

proveernos de remedio.

— Pues si ello es así —dijo Sancho—, mire vuestra merced no se le torne a

olvidar esto, como lo del juramento; quizá les volverá la gana a las

fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced si le ven

tan pertinaz.

En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener

ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no había de bueno

en ello era que perecían de hambre; que, con la falta de las alforjas, les

faltó toda la despensa y matalotaje. Y, para acabar de confirmar esta

desgracia, les sucedió una aventura que, sin artificio alguno,

verdaderamente lo parecía. Y fue que la noche cerró con alguna escuridad;

pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era

real, a una o dos leguas, de buena razón, hallaría en él alguna venta.

Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo

con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia

ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se

movían. Pasmóse Sancho en viéndolas, y don Quijote no las tuvo todas

consigo; tiró el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su

rocino, y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que podía ser aquello,

y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras más se

llegaban, mayores parecían; a cuya vista Sancho comenzó a temblar como un

azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote; el cual,

animándose un poco, dijo:

— Ésta, sin duda, Sancho, debe de ser grandísima y peligrosísima aventura,

donde será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo.

— ¡Desdichado de mí! —respondió Sancho—; si acaso esta aventura fuese de

fantasmas, como me lo va pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran?

— Por más fantasmas que sean —dijo don Quijote—, no consentiré yo que te

toque en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue

porque no pude yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en

campo raso, donde podré yo como quisiere esgremir mi espada.

— Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron —dijo Sancho—,

¿qué aprovechará estar en campo abierto o no?

— Con todo eso —replicó don Quijote—, te ruego, Sancho, que tengas buen

ánimo, que la experiencia te dará a entender el que yo tengo.

— Sí tendré, si a Dios place —respondió Sancho.

Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente

lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser; y de allí a muy

poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto

remató el ánimo de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente,

como quien tiene frío de cuartana; y creció más el batir y dentellear

cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte

encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos;

detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto, a la cual seguían

otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien

vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los

encamisados murmurando entre sí, con una voz baja y compasiva. Esta estraña

visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en

el corazón de Sancho, y aun en el de su amo; y así fuera en cuanto a don

Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo. Lo

contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su

imaginación al vivo que aquélla era una de las aventuras de sus libros.

Figurósele que la litera eran andas donde debía de ir algún mal ferido o

muerto caballero, cuya venganza a él solo estaba reservada; y, sin hacer

otro discurso, enristró su lanzón, púsose bien en la silla, y con gentil

brío y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados

forzosamente habían de pasar, y cuando los vio cerca alzó la voz y dijo:

— Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién

sois, de dónde venís, adónde vais, qué es lo que en aquellas andas lleváis;

que, según las muestras, o vosotros habéis fecho, o vos han fecho, algún

desaguisado, y conviene y es menester que yo lo sepa, o bien para

castigaros del mal que fecistes, o bien para vengaros del tuerto que vos

ficieron.

— Vamos de priesa —respondió uno de los encamisados— y está la venta lejos,

y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como pedís.

Y, picando la mula, pasó adelante. Sintióse desta respuesta grandemente don

Quijote, y, trabando del freno, dijo:

— Deteneos y sed más bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado;

si no, conmigo sois todos en batalla.

Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espantó de manera que,

alzándose en los pies, dio con su dueño por las ancas en el suelo. Un mozo

que iba a pie, viendo caer al encamisado, comenzó a denostar a don Quijote,

el cual, ya encolerizado, sin esperar más, enristrando su lanzón, arremetió

a uno de los enlutados, y, mal ferido, dio con él en tierra; y,

revolviéndose por los demás, era cosa de ver con la presteza que los

acometía y desbarataba; que no parecía sino que en aquel instante le habían

nacido alas a Rocinante, según andaba de ligero y orgulloso.

Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y así, con facilidad,

en un momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo con

las hachas encendidas, que no parecían sino a los de las máscaras que en

noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados, asimesmo, revueltos y

envueltos en sus faldamentos y lobas, no se podían mover; así que, muy a su

salvo, don Quijote los apaleó a todos y les hizo dejar el sitio mal de su

grado, porque todos pensaron que aquél no era hombre, sino diablo del

infierno que les salía a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban.

Todo lo miraba Sancho, admirado del ardimiento de su señor, y decía entre

sí:

— Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como él dice.

Estaba una hacha ardiendo en el suelo, junto al primero que derribó la

mula, a cuya luz le pudo ver don Quijote; y, llegándose a él, le puso la

punta del lanzón en el rostro, diciéndole que se rindiese; si no, que le

mataría. A lo cual respondió el caído:

— Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna

quebrada; suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me

mate; que cometerá un gran sacrilegio, que soy licenciado y tengo las

primeras órdenes.

— Pues, ¿quién diablos os ha traído aquí —dijo don Quijote—, siendo hombre

de Iglesia?

— ¿Quién, señor? —replicó el caído—: mi desventura.

— Pues otra mayor os amenaza —dijo don Quijote—, si no me satisfacéis a todo

cuanto primero os pregunté.

— Con facilidad será vuestra merced satisfecho —respondió el licenciado—; y

así, sabrá vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado,

no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas;

vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que

huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo

muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en

Baeza, donde fue depositado; y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su

sepultura, que está en Segovia, de donde es natural.

— ¿Y quién le mató? —preguntó don Quijote.

— Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron —respondió el

bachiller.

— Desa suerte —dijo don Quijote—, quitado me ha Nuestro Señor del trabajo

que había de tomar en vengar su muerte si otro alguno le hubiera muerto;

pero, habiéndole muerto quien le mató, no hay sino callar y encoger los

hombros, porque lo mesmo hiciera si a mí mismo me matara. Y quiero que sepa

vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don

Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos

y desfaciendo agravios.

— No sé cómo pueda ser eso de enderezar tuertos —dijo el bachiller—, pues a

mí de derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la

cual no se verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en

mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré

agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais

buscando aventuras.

— No todas las cosas —respondió don Quijote— suceden de un mismo modo. El

daño estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir, como veníades, de

noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas,

rezando, cubiertos de luto, que propiamente semejábades cosa mala y del

otro mundo; y así, yo no pude dejar de cumplir con mi obligación

acometiéndoos, y os acometiera aunque verdaderamente supiera que érades los

memos satanases del infierno, que por tales os juzgué y tuve siempre.

— Ya que así lo ha querido mi suerte —dijo el bachiller—, suplico a vuestra

merced, señor caballero andante (que tan mala andanza me ha dado), me ayude

a salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el

estribo y la silla.

— ¡Hablara yo para mañana! —dijo don Quijote—. Y ¿hasta cuándo aguardábades

a decirme vuestro afán?

Dio luego voces a Sancho Panza que viniese; pero él no se curó de venir,

porque andaba ocupado desvalijando una acémila de repuesto que traían

aquellos buenos señores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho

costal de su gabán, y, recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego,

cargó su jumento, y luego acudió a las voces de su amo y ayudó a sacar al

señor bachiller de la opresión de la mula; y, poniéndole encima della, le

dio la hacha, y don Quijote le dijo que siguiese la derrota de sus

compañeros, a quien de su parte pidiese perdón del agravio, que no había

sido en su mano dejar de haberle hecho. Díjole también Sancho:

— Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso que tales

los puso, diráles vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha,

que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura.

Con esto, se fue el bachiller; y don Quijote preguntó a Sancho que qué le

había movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura, más entonces que

nunca.

— Yo se lo diré —respondió Sancho—: porque le he estado mirando un rato a la

luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene

vuestra merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y

débelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de

las muelas y dientes.

— No es eso —respondió don Quijote—, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de

estar el escribir la historia de mis hazañas, le habrá parecido que será

bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los

caballeros pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del

Unicornio; aquel, de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el

Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e

insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que

el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora

que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme

desde hoy en adelante; y, para que mejor me cuadre tal nombre, determino de

hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura.

— No hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura —dijo Sancho—,

sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé

rostro a los que le miraren; que, sin más ni más, y sin otra imagen ni

escudo, le llamarán el de la Triste Figura; y créame que le digo verdad,

porque le prometo a vuestra merced, señor, y esto sea dicho en burlas, que

le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya

tengo dicho, se podrá muy bien escusar la triste pintura.

Rióse don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso de

llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como había

imaginado.

En esto volvió el bachiller y le dijo a don Quijote:

— Olvidábaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado

por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si

quis suadente diabolo, etc.

— No entiendo ese latín —respondió don Quijote—, mas yo sé bien que no puse

las manos, sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a

sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico

y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y,

cuando eso así fuese, en la memoria tengo lo que le pasó al Cid Ruy Díaz,

cuando quebró la silla del embajador de aquel rey delante de Su Santidad

del Papa, por lo cual lo descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de

Vivar como muy honrado y valiente caballero.

En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle

palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera

eran huesos o no, pero no lo consintió Sancho, diciéndole:

— Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo

de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada,

podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y,

corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos

diesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la

hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies,

y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual,

pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió. Y,

a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un

espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento,

y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron,

comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus

estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto

— que pocas veces se dejan mal pasar— en la acémila de su repuesto traían.

Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y

fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y,

acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba

colmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.

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