Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro Don Quijote · Capítulo 7 de 128
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Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro

Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero

Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su

ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su

locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando

Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no

ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todo

esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a

él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, con

muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir

con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del

bosque:

-¿Donde estás, señora mía,

que no te duele mi mal?

O no lo sabes, señora,

o eres falsa y desleal.

Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que

dicen:

-¡Oh noble marqués de Mantua,

mi tío y señor carnal!

Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí

un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga

de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a

él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se

quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua,

su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance,

donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante

con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.

El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la

visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que

le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y

le dijo:

— Señor Quijana —que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no

había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante—, ¿quién ha puesto a

vuestra merced desta suerte?

Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen

hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía

alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del

suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer

caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza,

y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al

asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates

que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y

quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba

unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que

el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el

diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque,

en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez,

cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó

cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a

preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y

razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del

mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de

Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el

labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por

donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al

pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga

arenga. Al cabo de lo cual, dijo:

— Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa

que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho,

hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni

verán en el mundo.

A esto respondió el labrador:

— Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de

Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra

merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor

Quijana.

— Yo sé quién soy —respondió don Quijote—; y sé que puedo ser no sólo los

que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve

de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por

sí hicieron, se aventajarán las mías.

En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que

anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no

viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le

pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló

toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran

grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

— ¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez —que así se

llamaba el cura—, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen

él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de

mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir,

que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de

ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir

muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e

irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y

a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado

entendimiento que había en toda la Mancha.

La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:

— Sepa, señor maese Nicolás —que éste era el nombre del barbero—, que muchas

veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados

libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales,

arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba a

cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había

muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del

cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la

batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y

sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le

había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me

tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates

de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha

llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que

bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.

— Esto digo yo también —dijo el cura—, y a fee que no se pase el día de

mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego,

porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe

de haber hecho.

Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de

entender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a

voces:

— Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua,

que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el

valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.

A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las

otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no

podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:

— Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a

mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate

de mis feridas.

— ¡Mirá, en hora maza —dijo a este punto el ama—, si me decía a mí bien mi

corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora,

que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo,

sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han

parado a vuestra merced!

Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron

ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída

con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más

desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.

— ¡Ta, ta! —dijo el cura—. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que

yo los queme mañana antes que llegue la noche.

Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra

cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le

importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del

modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los

disparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner más

deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su

amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote,

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