Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea Don Quijote · Capítulo 126 de 128
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Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón don

Quijote y Sancho: el uno, para acabar en la campaña rasa la tanda de su

diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consistía el de su

deseo. Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatro

criados, uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:

— Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la

posada parece limpia y fresca.

Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:

— Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi

historia, me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro

Tarfe.

— Bien podrá ser —respondió Sancho—. Dejémosle apear, que después se lo

preguntaremos.

El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don Quijote, la huéspeda

le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que

tenía la estancia de don Quijote. Púsose el recién venido caballero a lo de

verano, y, saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, por

el cual se paseaba don Quijote, le preguntó:

— ¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?

Y don Quijote le respondió:

— A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced,

¿dónde camina?

— Yo, señor —respondió el caballero—, voy a Granada, que es mi patria.

— ¡Y buena patria! —replicó don Quijote—. Pero, dígame vuestra merced, por

cortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más de

lo que buenamente podré decir.

— Mi nombre es don Álvaro Tarfe —respondió el huésped.

A lo que replicó don Quijote:

— Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro

Tarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de

la Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.

— El mismo soy —respondió el caballero—, y el tal don Quijote, sujeto

principal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le

sacó de su tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas que

se hacían en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice

muchas amistades, y que le quité de que no le palmease las espaldas el

verdugo, por ser demasiadamente atrevido.

— Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal

don Quijote que vuestra merced dice?

— No, por cierto —respondió el huésped—: en ninguna manera.

— Y ese don Quijote —dijo el nuestro—, ¿traía consigo a un escudero llamado

Sancho Panza?

— Sí traía —respondió don Álvaro—; y, aunque tenía fama de muy gracioso,

nunca le oí decir gracia que la tuviese.

— Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias

no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre,

debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el

verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no,

haga vuestra merced la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos un

año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo

las más veces lo que me digo, hago reír a cuantos me escuchan; y el

verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto,

el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos,

el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por

única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está

presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro

Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.

— ¡Por Dios que lo creo! —respondió don Álvaro—, porque más gracias habéis

dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho

Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas. Más tenía de comilón

que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda

que los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido

perseguirme a mí con don Quijote el malo. Pero no sé qué me diga; que osaré

yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le

curen, y agora remanece aquí otro don Quijote, aunque bien diferente del

mío.

— Yo —dijo don Quijote— no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el

malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don

Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza;

antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en

las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas

del mundo su mentira; y así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la

cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de

los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes

amistades, y, en sitio y en belleza, única. Y, aunque los sucesos que en

ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los

llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe,

yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese

desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis

pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero,

sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de que

vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y

de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho

Panza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.

— Eso haré yo de muy buena gana —respondió don Álvaro—, puesto que cause

admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan

conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir

y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha

pasado.

— Sin duda —dijo Sancho— que vuestra merced debe de estar encantado, como

mi señora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su

desencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como

me doy por ella, que yo me los diera sin interés alguno.

— No entiendo eso de azotes —dijo don Álvaro.

Y Sancho le respondió que era largo de contar, pero que él se lo contaría

si acaso iban un mesmo camino.

Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don Álvaro.

Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el

cual alcalde pidió don Quijote, por una petición, de que a su derecho

convenía de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente,

declarase ante su merced como no conocía a don Quijote de la Mancha, que

asimismo estaba allí presente, y que no era aquél que andaba impreso en una

historia intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta

por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde

proveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que en

tales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy

alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara

claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus

obras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don

Álvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción,

de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual

se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos

tan contrarios don Quijotes.

Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua se

apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don

Quijote, y el otro el que había de llevar don Álvaro. En este poco espacio

le contó don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y el

remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiración a don Álvaro, el

cual, abrazando a don Quijote y a Sancho, siguió su camino, y don Quijote

el suyo, que aquella noche la pasó entre otros árboles, por dar lugar a

Sancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del mismo modo que la

pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más que de sus

espaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes una

mosca, aunque la tuviera encima.

No perdió el engañado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y halló que

con los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que había

madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su

camino, tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bien

acordado había sido tomar su declaración ante la justicia, y tan

auténticamente.

Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,

si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote

contento sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba ya

desencantada a Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer

ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por

infalible no poder mentir las promesas de Merlín.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual

descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas y

dijo:

— Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu

hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu

hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor

de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que

desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, bien

caballero me iba.

— Déjate desas sandeces —dijo don Quijote—, y vamos con pie derecho a entrar

en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza

que en la pastoral vida pensamos ejercitar.

Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.

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