Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el Don Quijote · Capítulo 4 de 128
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Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el

Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en

efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía

en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer,

tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y

deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su

intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno

de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre

Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su

lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo

contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su

buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento

terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue

que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley

de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y,

puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero,

sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos

pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su

locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del

primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según

él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas,

pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un

armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que

aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de

las aventuras.

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo

mesmo y diciendo:

— ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la

verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere

no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana,

desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la

ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y

apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían

saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que,

dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del

manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero

don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso

caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de

Montiel».

Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:

— Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas

hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y

pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador,

quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina

historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno

mío en todos mis caminos y carreras!

Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:

— ¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me

habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de

mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de

membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor

padece.

Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus

libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto,

caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que

fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.

Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo

cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer

experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la

primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la

de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso,

y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo

todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y

muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría

algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese

remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde

iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales,

sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar,

y llegó a ella a tiempo que anochecía.

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido,

las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche

acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto

pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que

había leído, luego que vio la venta, se le representó que era un castillo

con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su

puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes

castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía

castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando

que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna

trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se

tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se

llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí

estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas

damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto,

sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una

manada de puercos —que, sin perdón, así se llaman— tocó un cuerno, a cuya

señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que

deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y así, con

estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron

venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de

miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su

huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y

polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:

— No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden

de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a

tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.

Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la

mala visera le encubría; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan

fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don

Quijote vino a correrse y a decirles:

— Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa

que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni

mostredes mal talante; que el mío non es de ál que de serviros.

El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro

caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy

adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy

gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada

de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no

estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento.

Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de

hablarle comedidamente; y así, le dijo:

— Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque

en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha

abundancia.

Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le

pareció a él el ventero y la venta, respondió:

-Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque

mis arreos son las armas,

mi descanso el pelear, etc.

Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle

parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la

playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que

estudiantado paje; y así, le respondió:

— Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir,

siempre velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar

en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más

en una noche.

Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con

mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había

desayunado.

Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque

era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le

pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole

en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban

desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales,

aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron

desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada

con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los

ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda

aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y estraña

figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como él se imaginaba que

aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales

señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:

-Nunca fuera caballero

de damas tan bien servido

como fuera don Quijote

cuando de su aldea vino:

doncellas curaban dél;

princesas, del su rocino,

o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don

Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta

que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza

de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido

causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que

las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo

descubra el deseo que tengo de serviros.

Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían

palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.

— Cualquiera yantaría yo —respondió don Quijote—, porque, a lo que entiendo,

me haría mucho al caso.

A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino

unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía

bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle

si por ventura comería su merced truchuela, que no había otro pescado que

dalle a comer.

— Como haya muchas truchuelas —respondió don Quijote—, podrán servir de una

trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una

pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas

como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón.

Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no

se puede llevar sin el gobierno de las tripas.

Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el

huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan

negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle

comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía

poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía; y ansí,

una de aquellas señoras servía deste menester. Mas, al darle de beber, no

fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un

cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebía

en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.

Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así

como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual

acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que

le servían con música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y

las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba

por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era

el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner

legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería.

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