Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de Don Quijote · Capítulo 58 de 128
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Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de

Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de

sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Volvió Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,

dijo:

— A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo

se me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo

de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de la

aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a

Segovia, mi señor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señor

arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas

refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de

pluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que quienquiera que fue

tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los

cuatro lados de la albarda, de manera que me dejó a caballo sobre ella, y

me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.

— Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió a

Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención

le sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado

Brunelo.

— Amaneció —prosiguió Sancho—, y, apenas me hube estremecido, cuando,

faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el

jumento, y no le vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una

lamentación, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer

cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con

la señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que venía sobre él en

hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimo

maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.

— No está en eso el yerro —replicó Sansón—, sino en que, antes de haber

parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo

rucio.

— A eso —dijo Sancho—, no sé qué responder, sino que el historiador se

engañó, o ya sería descuido del impresor.

— Así es, sin duda —dijo Sansón—; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;

¿deshiciéronse?

Respondió Sancho:

— Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y

ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y

carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si, al cabo de

tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura

me esperaba; y si hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al

mismo rey en presona, y nadie tiene para qué meterse en si truje o no

truje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajes

se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedís

cada uno, en otros cien escudos no había para pagarme la mitad; y cada uno

meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo

negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas

veces.

— Yo tendré cuidado —dijo Carrasco— de acusar al autor de la historia que si

otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,

que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está.

— ¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? —preguntó don

Quijote.

— Sí debe de haber —respondió él—, pero ninguna debe de ser de la

importancia de las ya referidas.

— Y por ventura —dijo don Quijote—, ¿promete el autor segunda parte?

— Sí promete —respondió Sansón—, pero dice que no ha hallado ni sabe quién

la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque

algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las

cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber

segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen:

"Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo

que fuere, que con eso nos contentamos".

— Y ¿a qué se atiene el autor?

— A que —respondió Sansón—, en hallando que halle la historia, que él va

buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa,

llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanza

alguna.

A lo que dijo Sancho:

— ¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque

no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las

obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren.

Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor

le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos

diferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de

pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues

ténganos el pie al herrar, y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir es

que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas

deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los

buenos andantes caballeros.

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus

oídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por

felicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra

salida; y, declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué

parte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer que

fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos

días, se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de San

Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros

aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser

honradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que anduviese más

atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de

todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese

en sus desventuras.

— Deso es lo que yo reniego, señor Sansón —dijo a este punto Sancho—, que

así acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media

docena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hay

de acometer y tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo "¡Santiago, y

cierra, España!" Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo,

si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario está el

medio de la valentía; y si esto es así, no quiero que huya sin tener para

qué, ni que acometa cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre todo,

aviso a mi señor que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condición

que él se lo ha de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otra

cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su limpieza y a su

regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero pensar que tengo de

poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y

capellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no pienso granjear

fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a

caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos y

buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merced

dice que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando no

me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de

Dios; y más, que tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgobernado

que siendo gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me tiene

aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las

muelas? Sancho nací, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de

buenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el

cielo alguna ínsula, o otra cosa semejante, no soy tan necio que la

desechase; que también se dice: "Cuando te dieren la vaquilla, corre con la

soguilla"; y "Cuando viene el bien, mételo en tu casa".

— Vos, hermano Sancho —dijo Carrasco—, habéis hablado como un catedrático;

pero, con todo eso, confiad en Dios y en el señor don Quijote, que os ha de

dar un reino, no que una ínsula.

— Tanto es lo de más como lo de menos —respondió Sancho—; aunque sé decir al

señor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto,

que yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir

reinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.

— Mirad, Sancho —dijo Sansón—, que los oficios mudan las costumbres, y

podría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió.

— Eso allá se ha de entender —respondió Sancho— con los que nacieron en las

malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de

cristianos viejos, como yo los tengo. ¡No, sino llegaos a mi condición, que

sabrá usar de desagradecimiento con alguno!

— Dios lo haga —dijo don Quijote—, y ello dirá cuando el gobierno venga; que

ya me parece que le trayo entre los ojos.

Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de

componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su

señora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada

verso había de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de los

versos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.

El bachiller respondió que, puesto que él no era de los famosos poetas que

había en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría

de componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su

composición, a causa que las letras que contenían el nombre eran diez y

siete; y que si hacía cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una

letra; y si de a cinco, a quien llaman décimas o redondillas, faltaban tres

letras; pero, con todo eso, procuraría embeber una letra lo mejor que

pudiese, de manera que en las cuatro castellanas se incluyese el nombre de

Dulcinea del Toboso.

— Ha de ser así en todo caso —dijo don Quijote—; que si allí no va el nombre

patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron

los metros.

Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días. Encargó don

Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese

Nicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y

valerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió,

encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le

avisase, habiendo comodidad; y así, se despidieron, y Sancho fue a poner en

orden lo necesario para su jornada.

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