Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de Don Quijote · Capítulo 70 de 128
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Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de

Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha

Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía don Quijote su

jornada, imaginándose por la pasada vitoria ser el caballero andante más

valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice

fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía

en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los

inumerables palos que en el discurso de sus caballerías le habían dado, ni

de la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni del

desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas

de los yangüeses. Finalmente, decía entre sí que si él hallara arte, modo o

manera como desencantar a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayor

ventura que alcanzó o pudo alcanzar el más venturoso caballero andante de

los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho

le dijo:

— ¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre los ojos las desaforadas

narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?

— Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el

bachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial, tu compadre?

— No sé qué me diga a eso —respondió Sancho—; sólo sé que las señas que me

dio de mi casa, mujer y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la

cara, quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he

visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el

tono de la habla era todo uno.

— Estemos a razón, Sancho —replicó don Quijote—. Ven acá: ¿en qué

consideración puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como

caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear

conmigo? ¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión

para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de las armas,

para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?

— Pues, ¿qué diremos, señor —respondió Sancho—, a esto de parecerse tanto

aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero

a Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra merced

ha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien se parecieran?

— Todo es artificio y traza —respondió don Quijote— de los malignos magos

que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor en

la contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro

de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre

los filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de

mi corazón, y desta manera quedase con vida el que con embelecos y falsías

procuraba quitarme la mía. Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!,

por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los

encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de

lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la

hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural

conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con

cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que el perverso

encantador que se atrevió a hacer una transformación tan mala no es mucho

que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la

gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo;

porque, en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de

mi enemigo.

— Dios sabe la verdad de todo —respondió Sancho.

Y como él sabía que la transformación de Dulcinea había sido traza y

embeleco suyo, no le satisfacían las quimeras de su amo; pero no le quiso

replicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste.

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por

el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un

gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera

del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta,

asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho

tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las

espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y

bruñidas que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si

fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludó

cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le

dijo:

— Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no

importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.

— En verdad —respondió el de la yegua— que no me pasara tan de largo, si no

fuera por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese

caballo.

— Bien puede, señor —respondió a esta sazón Sancho—, bien puede tener las

riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el más honesto y bien mirado

del mundo: jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez

que se desmandó a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo

otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la

den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.

Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don

Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el

arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a

don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole

hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas,

y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el

traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.

Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante

manera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura de

su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro,

sus armas, su ademán y compostura: figura y retrato no visto por luengos

tiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que

el caminante le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era tan

cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le

salió al camino, diciéndole:

— Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera

de las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese

maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le

digo, que soy caballero

destos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los

brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise

resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando

aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido

gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y

favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de

caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas

he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo.

Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de

imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.

Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que

yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la

Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso

decir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente

quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza,

ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez

de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante,

habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.

Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en

responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio

le dijo:

— Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no

habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto;

que, puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me lo

podría quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más suspenso y

maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el

mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo

persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare

doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en

vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, que

con esa historia, que vuesa merced dice que está impresa, de sus altas y

verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los

fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en daño de

las buenas costumbres y tan en perjuicio y descrédito de las buenas

historias.

— Hay mucho que decir —respondió don Quijote— en razón de si son fingidas, o

no, las historias de los andantes caballeros.

— Pues, ¿hay quien dude —respondió el Verde— que no son falsas las tales

historias?

— Yo lo dudo —respondió don Quijote—, y quédese esto aquí; que si nuestra

jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho

mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son

verdaderas.

Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don

Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo

confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don

Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su

condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:

— Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un

lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que

medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi

mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza

y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o

algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance

y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de

caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más

los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento,

que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto

que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y

amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y

no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se

murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los

otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer

alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la

hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón

más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy

devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de

Dios nuestro Señor.

Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del

hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer

milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo

derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas

veces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:

— ¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?

— Déjenme besar —respondió Sancho—, porque me parece vuesa merced el primer

santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

— No soy santo —respondió el hidalgo—, sino gran pecador; vos sí, hermano,

que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la

profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego.

Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las

cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del

verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los

de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.

— Yo, señor don Quijote —respondió el hidalgo—, tengo un hijo, que, a no

tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea

malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y

ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina

y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan

embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es

posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara,

ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de su

linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las

virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el

muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en

tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal

epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos

de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los

referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de

los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariño

que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los

pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de

Salamanca, y pienso que son de justa literaria.

A todo lo cual respondió don Quijote:

— Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han

de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan

vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la

virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para

que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su

posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo

tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se

ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que

le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen

seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la

poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar

a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una

doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen

cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son

todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han

de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni

traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por

los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud,

que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio;

hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes

sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera,

si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias

alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del

ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se

encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la

gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y

príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los

requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y

estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que

decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme

a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande

Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en

griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos

escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las

estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así,

razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no

se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el

castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo,

a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance,

sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni

otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y

aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta

nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale

poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni

artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in

nobis..., etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare del

arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte

quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza,

sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte

con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión

de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por

donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de

ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias,

que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las

letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y

espada, y así le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los

obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa

merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y

castíguele, y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio,

donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo,

alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en

sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que no

señale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia,

se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta

fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es

lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren,

tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa

ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran,

los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a

quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie

los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.

Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto,

que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, a

la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había

desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto

estaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática

el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de don

Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por

donde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que

debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que

viniese a darle la celada. El cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los

pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a

quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.

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