Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, le
pareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de
caballería que profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba
ganar el arnés que en las tales fiestas se conquista.
Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de
la gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los
pies a la cabeza, y la una dellas, llegándose a don Quijote, se le echó a
los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don
Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,
que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y, aunque los
duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a don
Quijote, todavía, viendo con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la
levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la
faz llorosa.
Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque
descubrió el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada
era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos
aquellos que la conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la
tenían por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:
— Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco
con este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en
que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.
El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don
Quijote, dijo:
— Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y
alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que
es esta desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de
volver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha
llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las
buenas venturas que Dios os depare; y así, querría que, antes que os
escurriésedes por esos caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le
hiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar
que el duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por
la ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,
Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.
A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:
— Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra
hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de
prometer y muy pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor,
yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le
desafiaré, y le mataré cada y cuando que se escusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesión es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los
miserables y destruir a los rigurosos.
— No es menester —respondió el duque— que vuesa merced se ponga en trabajo
de buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le
doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que
le acete, y venga a responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos
daré campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como
están obligados a guardarla todos aquellos príncipes que dan campo franco a
los que se combaten en los términos de sus señoríos.
— Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza —replicó don
Quijote—, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me
allano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él,
habilitándole para poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le
desafío y repto, en razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra
que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda.
Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque
le alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en
nombre de su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo,
en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los
caballeros: lanza y escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas,
sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas por los
jueces del campo.
— Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote;
que de otra manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal
desafío.
— Yo sí pongo —respondió la dueña.
— Y yo también —añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal
talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había
de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de
allí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras
aventureras que venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto
aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas, que no sabían en qué había de parar la sandez y desenvoltura de
doña Rodríguez y de su malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la
comida, veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y
presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya
llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le
había sucedido en su viaje; y, preguntándoselo, respondió el paje que no lo
podía decir tan en público ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen
con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la
duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi señora la duquesa
tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la
ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le cocía el
pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola y
leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y
los circunstantes la oyesen, leyó desta manera:
Carta de Teresa Panza a la Duquesa
Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió,
que en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena,
y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría
haya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo
este lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase
Nicolás el barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me da
nada; que, como ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere;
aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco
yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,
y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qué
gobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo han
menester sus hijos.
Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de
meter este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche,
para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la
carne, la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere que
no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por
ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi
hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi
marido por mí más que yo por él, siendo forzoso que pregunten muchos:
''—¿Quién son estas señoras deste coche?'' Y un criado mío responder: ''—La
mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria''; y
desta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada, y a Roma por todo.
Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en
este pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que
una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más
mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.
No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado
de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar
deste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza,
y a mí no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las
manos.
La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, su
criada,
Teresa Panza.
Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote si
sería bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía
de ser bonísima. Don Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y así
lo hizo, y vio que decía desta manera:
Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido
Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como
católica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de
contento. Mira, hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me
pensé allí caer muerta de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así mata
la alegría súbita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron
las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste tenía
delante, y los corales que me envió mi señora la duquesa al cuello, y las
cartas en las manos, y el portador dellas allí presente, y, con todo eso,
creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y lo que tocaba; porque,
¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de venir a ser gobernador
de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que era menester vivir
mucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo más; porque no
pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,
aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a la
corte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.
El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que
eres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,
como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a
buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de
los cascos; yo no hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del
vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.
Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.
Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de
mala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el
Concejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,
pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de
los cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;
volvió el dinero, y, con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdad
es que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo como
gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,
con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla, la nieta de Mingo
Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;
malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo niega a
pies juntillas.
Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este
pueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no
faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.
Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, que
los va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es
hija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La
fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den
todas.
Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto,
Dios te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sin
mí en este mundo.
Tu mujer,
Teresa Panza.
Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, para
acabar de echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sancho
enviaba a don Quijote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en
duda la sandez del gobernador.
Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en el
lugar de Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejar
circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y más un queso que
Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronchón
Recibiólo la duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos, por
contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de
todos los insulanos gobernadores.