Capítulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote Don Quijote · Capítulo 55 de 128
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Capítulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote

Capítulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad

Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera

salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes

sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero

no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas

tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y

apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen

discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían, y lo

harían, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su

señor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo

cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habían acertado

en haberle traído encantado en el carro de los bueyes, como se contó en la

primera parte desta tan grande como puntual historia, en su último

capítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su

mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no

tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligro

de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.

Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla

de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y

amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien

recebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con

mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática

vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno,

enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y

desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un

Licurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la

república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacado

otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas

las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron

indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.

Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar

gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,

mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,

quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era

falsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas

que habían venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por cierto

que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio,

ni adónde había de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que

casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y

Su Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla

de Malta. A esto respondió don Quijote:

— Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con

tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi

consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual Su

Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.

Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:

— ¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te

despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu

simplicidad!

Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura,

preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía

era bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de

los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.

— El mío, señor rapador —dijo don Quijote—, no será impertinente, sino

perteneciente.

— No lo digo por tanto —replicó el barbero—, sino porque tiene mostrado la

esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son

imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.

— Pues el mío —respondió don Quijote— ni es imposible ni disparatado, sino

el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en

pensamiento de arbitrante alguno.

— Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote —dijo el cura.

— No querría —dijo don Quijote— que le dijese yo aquí agora, y amaneciese

mañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las

gracias y el premio de mi trabajo.

— Por mí —dijo el barbero—, doy la palabra, para aquí y para delante de

Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a

hombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en el

prefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y la

su mula la andariega.

— No sé historias —dijo don Quijote—, pero sé que es bueno ese juramento, en

fee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.

— Cuando no lo fuera —dijo el cura—, yo le abono y salgo por él, que en este

caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.

— Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? —dijo don Quijote.

— Mi profesión —respondió el cura—, que es de guardar secreto.

— ¡Cuerpo de tal! —dijo a esta sazón don Quijote—. ¿Hay más, sino mandar Su

Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado

todos los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesen

sino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a

destruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y

vayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero

andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran

una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas

historias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que

no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de

los del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy

viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!

Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo como

los pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en el

ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.

— ¡Ay! —dijo a este punto la sobrina—; ¡que me maten si no quiere mi señor

volver a ser caballero andante!

A lo que dijo don Quijote:

— Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y

cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.

A esta sazón dijo el barbero:

— Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento

breve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana

de contarle.

Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y

él comenzó desta manera:

— «En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes

habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna,

pero, aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de

ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se

dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta

imaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy

concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues

por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero que

sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, a

pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.

»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó

a un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que

aquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si

le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así

el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que,

puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al

cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a

sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole.

Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora

y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni

disparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado a

creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo

fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus

parientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos

intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha

hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la

merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre.

Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y

desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán se

determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la

mano la verdad de aquel negocio.

»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los

vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor

que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se

estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y

advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor,

viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que

eran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de

loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a

despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería

acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y con

ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una

jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le

dijo: ''Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya

Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo

merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del

poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza

en Él, que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá

a él si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que

coma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha

pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos

vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el

descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.

»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra

jaula, frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera vieja

donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era

el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ''Yo soy, hermano, el

que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy

infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.

''Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo —replicó el loco—;

sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta''.

''Yo sé que estoy bueno —replicó el licenciado—, y no habrá para qué tornar

a andar estaciones''. ''¿Vos bueno? —dijo el loco—: agora bien, ello dirá;

andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en

la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros

desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,

que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabes

tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy

Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo

y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero

castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su

distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el

día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú

sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover

como pensar ahorcarme''.

»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,

pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las

manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de

lo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo,

que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces

que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondió el capellán:

''Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter:

vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidad

y más espacio, volveremos por vuestra merced''. Rióse el retor y los

presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al

licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»

— Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero —dijo don Quijote—, que, por venir

aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor

rapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible

que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a

ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje

son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el

dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;

sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no

renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante

caballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto

bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a

su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo

de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los

soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora

se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de

que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que

duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas

desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los

estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el

sueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,

saliendo deste bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril

y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallando

en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia

alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las

implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan

al abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos

se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se

embarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas

dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya

triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de

la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las

armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los

andantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que

el famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín de

Inglaterra?; ¿quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quién

más galán que Lisuarte de Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchillador

que don Belianís?; ¿quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién más

acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero que

Esplandián?; ¿quién mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; ¿quién más

bravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que el rey Sobrino?; ¿quién más

atrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que Roldán?; y ¿quién más

gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques de

Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otros

muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y

gloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran

los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y

ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con

esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si

su Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que

lloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que le

entiendo.

— En verdad, señor don Quijote —dijo el barbero—, que no lo dije por tanto,

y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra

merced sentirse.

— Si puedo sentirme o no —respondió don Quijote—, yo me lo sé.

A esto dijo el cura:

— Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera

quedar con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo

que aquí el señor don Quijote ha dicho.

— Para otras cosas más —respondió don Quijote— tiene licencia el señor cura;

y así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la

conciencia escrupulosa.

— Pues con ese beneplácito —respondió el cura—, digo que mi escrúpulo es que

no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros

andantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sido

real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino

que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres

despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.

— Ése es otro error —respondió don Quijote— en que han caído muchos, que no

creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,

con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad

este casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y

otras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es

tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de

Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de

barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,

tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a

Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros

andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión que

tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas que

hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía

sus faciones, sus colores y estaturas.

— ¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote —preguntó

el barbero—, debía de ser el gigante Morgante?

— En esto de gigantes —respondió don Quijote— hay diferentes opiniones, si

los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede

faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la

historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de

altura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se

han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que

fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que la

geometría saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabré decir con

certidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser

muy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace

mención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo de

techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no era

desmesurada su grandeza.

— Así es —dijo el cura.

El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que

qué sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán,

y de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros

andantes.

— De Reinaldos —respondió don Quijote— me atrevo a decir que era ancho de

rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y

colérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o

Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,

soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,

algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de

vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.

— Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho —replicó el

cura—, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y

dejase por la gala, brío y donaire que debía de tener el morillo

barbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo discreta de adamar antes la

blandura de Medoro que la aspereza de Roldán.

— Esa Angélica —respondió don Quijote—, señor cura, fue una doncella

destraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus

impertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil

valientes y mil discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sin

otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que

guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no

atreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió después

de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la

dejó donde dijo:

Y como del Catay recibió el cetro,

quizá otro cantará con mejor plectro.

Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman

vates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después

acá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y

único poeta castellano cantó su hermosura.

— Dígame, señor don Quijote —dijo a esta sazón el barbero—, ¿no ha habido

algún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre

tantos como la han alabado?

— Bien creo yo —respondió don Quijote— que si Sacripante o Roldán fueran

poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y

natural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas —o

fingidas, en efeto, de aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de sus

pensamientos—, vengarse con sátiras y libelos (venganza, por cierto,

indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia

ningún verso infamatorio contra la señora Angélica, que trujo revuelto el

mundo.

— ¡Milagro! —dijo el cura.

Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la

conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.

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