Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Don Quijote · Capítulo 72 de 128
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Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del

Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del

Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea;

las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle;

la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la

redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada

y transformada Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que decía, ni delante

de quién estaba, dijo:

— ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda

de mi mayor amargura!

Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre

había salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la

estraña figura de don Quijote; el cual, apeándose de Rocinante, fue con

mucha cortesía a pedirle las manos para besárselas, y don Diego dijo:

— Recebid, señora, con vuestro sólito agrado al señor don Quijote de la

Mancha, que es el que tenéis delante, andante caballero y el más valiente y

el más discreto que tiene el mundo.

La señora, que doña Cristina se llamaba, le recibió con muestras de mucho

amor y de mucha cortesía, y don Quijote se le ofreció con asaz de discretas

y comedidas razones. Casi los mismos comedimientos pasó con el estudiante,

que, en oyéndole hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.

Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego,

pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y

rico; pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras

semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito

principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en

las frías digresiones.

Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó en valones y en

jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era

valona a lo estudiantil, sin almidón y sin randas; los borceguíes eran

datilados, y encerados los zapatos. Ciñóse su buena espada, que pendía de

un tahalí de lobos marinos; que es opinión que muchos años fue enfermo de

los riñones; cubrióse un herreruelo de buen paño pardo; pero antes de todo,

con cinco calderos, o seis, de agua, que en la cantidad de los calderos hay

alguna diferencia, se lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua

de color de suero, merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus

negros requesones, que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos

atavíos, y con gentil donaire y gallardía, salió don Quijote a otra sala,

donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto que las

mesas se ponían; que, por la venida de tan noble huésped, quería la señora

doña Cristina mostrar que sabía y podía regalar a los que a su casa

llegasen.

En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que

así se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:

— ¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuesa merced nos ha

traído a casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero

andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos.

— No sé lo que te diga, hijo —respondió don Diego—; sólo te sabré decir que

le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan

discretas que borran y deshacen sus hechos: háblale tú, y toma el pulso a

lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga de su discreción o tontería lo

que más puesto en razón estuviere; aunque, para decir verdad, antes le

tengo por loco que por cuerdo.

Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho,

y, entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a don

Lorenzo:

— El señor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia

de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre

todo, que es vuesa merced un gran poeta.

— Poeta, bien podrá ser —respondió don Lorenzo—, pero grande, ni por

pensamiento. Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la poesía y a

leer los buenos poetas, pero no de manera que se me pueda dar el nombre de

grande que mi padre dice.

— No me parece mal esa humildad —respondió don Quijote—, porque no hay poeta

que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.

— No hay regla sin excepción —respondió don Lorenzo—, y alguno habrá que lo

sea y no lo piense.

— Pocos —respondió don Quijote—; pero dígame vuesa merced: ¿qué versos son

los que agora trae entre manos, que me ha dicho el señor su padre que le

traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me entiende

algo de achaque de glosas, y holgaría saberlos; y si es que son de justa

literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero

siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le

lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a

esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las

universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.

— Hasta ahora —dijo entre sí don Lorenzo—, no os podré yo juzgar por loco;

vamos adelante.

Y díjole:

— Paréceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?

— La de la caballería andante —respondió don Quijote—, que es tan buena como

la de la poesía, y aun dos deditos más.

— No sé qué ciencia sea ésa —replicó don Lorenzo—, y hasta ahora no ha

llegado a mi noticia.

— Es una ciencia —replicó don Quijote— que encierra en sí todas o las más

ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y

saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada

uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber dar

razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera

que le fuere pedido; ha de ser médico y principalmente herbolario, para

conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen

virtud de sanar las heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada

triquete buscando quien se las cure; ha de ser astrólogo, para conocer por

las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche, y en qué parte y en

qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas, porque a cada

paso se le ofrecerá tener necesidad dellas; y, dejando aparte que ha de

estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, decendiendo a

otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje

Nicolás o Nicolao; ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el

freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama;

ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en

las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con

los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste

la vida el defenderla. De todas estas grandes y mínimas partes se compone

un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, señor don Lorenzo, si

es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa,

y si se puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y escuelas se

enseñan.

— Si eso es así —replicó don Lorenzo—, yo digo que se aventaja esa ciencia a

todas.

— ¿Cómo si es así? —respondió don Quijote.

Lo que yo quiero decir —dijo don Lorenzo— es que dudo que haya habido, ni

que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.

— Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora —respondió don Quijote—:

que la mayor parte de la gente del mundo está de parecer de que no ha

habido en él caballeros andantes; y, por parecerme a mí que si el cielo

milagrosamente no les da a entender la verdad de que los hubo y de que los

hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como muchas veces me

lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme agora en sacar a vuesa

merced del error que con los muchos tiene; lo que pienso hacer es el rogar

al cielo le saque dél, y le dé a entender cuán provechosos y cuán

necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y

cuán útiles fueran en el presente si se usaran; pero triunfan ahora, por

pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.

— Escapado se nos ha nuestro huésped —dijo a esta sazón entre sí don

Lorenzo—, pero, con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato

flojo si así no lo creyese.

Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don

Diego a su hijo qué había sacado en limpio del ingenio del huésped. A lo

que él respondió:

— No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos

escribanos tiene el mundo: él es un entreverado loco, lleno de lúcidos

intervalos.

Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el

camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero

de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en

toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados,

pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don

Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa

literaria; a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que

cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los

vomitan,...

— ...yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que sólo por

ejercitar el ingenio la he hecho.

— Un amigo y discreto —respondió don Quijote— era de parecer que no se había

de cansar nadie en glosar versos; y la razón, decía él, era que jamás la

glosa podía llegar al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa

fuera de la intención y propósito de lo que pedía lo que se glosaba; y más,

que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas: que no sufrían

interrogantes, ni dijo, ni diré, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el

sentido, con otras ataduras y estrechezas con que van atados los que

glosan, como vuestra merced debe de saber.

— Verdaderamente, señor don Quijote —dijo don Lorenzo—, que deseo coger a

vuestra merced en un mal latín continuado, y no puedo, porque se me desliza

de entre las manos como anguila.

— No entiendo —respondió don Quijote— lo que vuestra merced dice ni quiere

decir en eso del deslizarme.

— Yo me daré a entender —respondió don Lorenzo—; y por ahora esté vuesa

merced atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen desta manera:

¡Si mi fue tornase a es,

sin esperar más será,

o viniese el tiempo ya

de lo que será después...!

Glosa

Al fin, como todo pasa,

se pasó el bien que me dio

Fortuna, un tiempo no escasa,

y nunca me le volvió,

ni abundante, ni por tasa.

Siglos ha ya que me vees,

Fortuna, puesto a tus pies;

vuélveme a ser venturoso,

que será mi ser dichoso

si mi fue tornase a es.

No quiero otro gusto o gloria,

otra palma o vencimiento,

otro triunfo, otra vitoria,

sino volver al contento

que es pesar en mi memoria.

Si tú me vuelves allá,

Fortuna, templado está

todo el rigor de mi fuego,

y más si este bien es luego,

sin esperar más será.

Cosas imposibles pido,

pues volver el tiempo a ser

después que una vez ha sido,

no hay en la tierra poder

que a tanto se haya estendido.

Corre el tiempo, vuela y va

ligero, y no volverá,

y erraría el que pidiese,

o que el tiempo ya se fuese,

o volviese el tiempo ya.

Vivo en perpleja vida,

ya esperando, ya temiendo:

es muerte muy conocida,

y es mucho mejor muriendo

buscar al dolor salida.

A mí me fuera interés

acabar, mas no lo es,

pues, con discurso mejor,

me da la vida el temor

de lo que será después.

En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote,

y, en voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de

don Lorenzo, dijo:

— ¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el

mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por

Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de

Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y

Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero,

Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas.

Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores, que quiero tomar

de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.

¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don

Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te

estiendes, y cuán dilatados límites son los de tu juridición agradable!

Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues concedió con la demanda y deseo de

don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia de Píramo y

Tisbe:

Soneto

El muro rompe la doncella hermosa

que de Píramo abrió el gallardo pecho:

parte el Amor de Chipre, y va derecho

a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.

Habla el silencio allí, porque no osa

la voz entrar por tan estrecho estrecho;

las almas sí, que amor suele de hecho

facilitar la más difícil cosa.

Salió el deseo de compás, y el paso

de la imprudente virgen solicita

por su gusto su muerte; ved qué historia:

que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,

los mata, los encubre y resucita

una espada, un sepulcro, una memoria.

— ¡Bendito sea Dios! —dijo don Quijote habiendo oído el soneto a don

Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un

consumado poeta, como lo es vuesa merced, señor mío; que así me lo da a

entender el artificio deste soneto.

Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo en la casa de don Diego, al

cabo de los cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que le agradecía

la merced y buen tratamiento que en su casa había recebido; pero que, por

no parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al

regalo, se quería ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de

quien tenía noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener

el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza, que era el de

su derecha derrota; y que primero había de entrar en la cueva de

Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se

contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos

manantiales de las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera.

Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinación, y le dijeron que

tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese, que le

servirían con la voluntad posible; que a ello les obligaba el valor de su

persona y la honrosa profesión suya.

Llegóse, en fin, el día de su partida, tan alegre para don Quijote como

triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la

abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre que se

usa en las florestas, despoblados, y a la estrecheza de sus mal proveídas

alforjas. Con todo esto, las llenó y colmó de lo más necesario que le

pareció; y al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:

— No sé si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo vuelvo a

decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para

llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer

otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y

tomar la estrechísima de la andante caballería, bastante para hacerle

emperador en daca las pajas.

Con estas razones acabó don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y

más con las que añadió, diciendo:

— Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don Lorenzo, para enseñarle

cómo se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear los soberbios,

virtudes anejas a la profesión que yo profeso; pero, pues no lo pide su

poca edad, ni lo querrán consentir sus loables ejercicios, sólo me contento

con advertirle a vuesa merced que, siendo poeta, podrá ser famoso si se

guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni

madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del

entendimiento corre más este engaño.

De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don

Quijote, ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tesón que llevaba de

acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las

tenía por fin y blanco de sus deseos. Reiteráronse los ofrecimientos y

comedimientos, y, con la buena licencia de la señora del castillo, don

Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.

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