Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y Don Quijote · Capítulo 99 de 128
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Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y

Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar

¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo,

meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá,

médico acullá, padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre

sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya

ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y

alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus

puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo

me siento tibio, desmazalado y confuso.

Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta

mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender

que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba

Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al

llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del

pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron

muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia

mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridículas ceremonias, le

entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador

de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía

admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos

los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia,

le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo

del duque le dijo:

— Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a

tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta

que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta

el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o

se alegra o se entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas

grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban

escritas; y, como él no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas

que en aquella pared estaban. Fuele respondido:

— Señor, allí esta escrito y notado el día en que Vuestra Señoría tomó

posesión desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y

de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que

muchos años la goce.

— Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? —preguntó Sancho.

— A vuestra señoría —respondió el mayordomo—, que en esta ínsula no ha

entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.

— Pues advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en todo mi

linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi

padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones

ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que

piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me

dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben

de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor

mayordomo, que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no

se entristezca el pueblo.

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de

labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el

sastre dijo:

— Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en

razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de

los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome

un pedazo de paño en las manos, me preguntó: ''Señor, ¿habría en esto

paño harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el paño, le respondí

que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que

sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su

malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si

habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero

en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo

síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de

venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me

pide que le pague o vuelva su paño.

— ¿Es todo esto así, hermano? —preguntó Sancho.

— Sí, señor —respondió el hombre—, pero hágale vuestra merced que muestre

las cinco caperuzas que me ha hecho.

— De buena gana —respondió el sastre.

Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco

caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

— He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en

mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista

de veedores del oficio.

Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo

pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:

— Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar

luego a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre

pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los

presos de la cárcel, y no haya más.

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los

circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó

el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno

traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:

— Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro,

por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando

se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en

mayor necesidad de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté;

pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y

muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que

nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los

ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no

me los ha vuelto; querría que vuestra merced le tomase juramento, y si

jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de

Dios.

— ¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? —dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

— Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y,

pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado

real y verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo

al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara

mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad

que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que

él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se

los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador,

preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su contrario; y dijo que

sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre

de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo

y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pidiría

nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del

juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo

también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y,

poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,

estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó

que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y,

en viéndole Sancho, le dijo:

— Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

— De muy buena gana —respondió el viejo—: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:

— Andad con Dios, que ya vais pagado.

— ¿Yo, señor? —respondió el viejo—. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos

de oro?

— Sí —dijo el gobernador—; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora

se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose

así, y en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos

admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.

Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban

aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que

juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y

jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de

jurar, le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél

estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que

gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus

juicios; y más, que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su

lugar, y que él tenía tan gran memoria, que, a no olvidársele todo aquello

de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula.

Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los

presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y

movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría

por tonto o por discreto.

Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente

de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces,

diciendo:

— ¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la

iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha

cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si

fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo

tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y

cristianos, de naturales y estranjeros; y yo, siempre dura como un

alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego, o como

la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus

manos limpias a manosearme.

— Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galán

— dijo Sancho.

Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de

aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió:

— Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía

deste lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me

llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían;

volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que

todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo

soficiente, y ella, mal contenta, asió de mí, y no me ha dejado hasta

traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que

hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin faltar meaja.

Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata;

él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero.

Mandó que la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante;

él lo hizo temblando; tomóla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y

rogando a Dios por la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por

las huérfanas menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado,

llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de

plata la moneda que llevaba dentro.

Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las

lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:

— Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera,

y volved aquí con ella.

Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a

lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el

fin de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más

asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el

regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era

posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:

— ¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la

poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y

en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced

mandó darme.

— Y ¿háosla quitado? —preguntó el gobernador.

— ¿Cómo quitar? —respondió la mujer—. Antes me dejara yo quitar la vida que

me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las

barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y

escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de

leones: antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!

— Ella tiene razón —dijo el hombre—, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,

y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

— Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.

Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la

esforzada y no forzada:

— Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender

esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro

cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y

mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la

redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera,

desvergonzada y embaidora!

Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo

al hombre:

— Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí

adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de

yogar con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes

quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo

gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al

duque, que con gran deseo lo estaba esperando.

Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,

alborozado con la música de Altisidora.

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