Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Don Quijote · Capítulo 17 de 128
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Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don

Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, así como don Quijote se despidió

de sus huéspedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor

Grisóstomo, él y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieron

que se había entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado más de dos

horas por él, buscándola por todas partes sin poder hallarla, vinieron a

parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo

apacible y fresco; tanto, que convidó y forzó a pasar allí las horas de la

siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.

Apeáronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus

anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las

alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo

comieron lo que en ellas hallaron.

No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le

conocía por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa

de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y

el diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo

una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es

costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel

donde acertó a hallarse don Quijote era muy a propósito de los gallegos.

Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las

señoras facas; y saliendo, así como las olió, de su natural paso y

costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo

y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que

pareció, debían de tener más gana de pacer que de ál, recibiéronle con las

herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le

rompieron las cinchas y quedó, sin silla, en pelota. Pero lo que él debió

más de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se

les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le

derribaron malparado en el suelo.

Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante habían visto,

llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:

— A lo que yo veo, amigo Sancho, éstos no son caballeros, sino gente soez y

de baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida

venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a

Rocinante.

— ¿Qué diablos de venganza hemos de tomar —respondió Sancho—, si éstos son

más de veinte y nosotros no más de dos, y aun, quizá, nosotros sino uno y

medio?

— Yo valgo por ciento —replicó don Quijote.

Y, sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a los

gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su

amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abrió

un sayo de cuero de que venía vestido, con gran parte de la espalda.

Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo

ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio,

comenzaron a menudear sobre ellos con grande ahínco y vehemencia. Verdad es

que al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino a

don Quijote, sin que le valiese su destreza y buen ánimo; y quiso su

ventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que aún no se había

levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas

en manos rústicas y enojadas.

Viendo, pues, los gallegos el mal recado que habían hecho, con la mayor

presteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando a

los dos aventureros de mala traza y de peor talante.

El primero que se resintió fue Sancho Panza; y, hallándose junto a su

señor, con voz enferma y lastimada, dijo:

— ¡Señor don Quijote! ¡Ah, señor don Quijote!

— ¿Qué quieres, Sancho hermano? —respondió don Quijote con el mesmo tono

afeminado y doliente que Sancho.

— Querría, si fuese posible —respondió Sancho Panza—, que vuestra merced me

diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra

merced ahí a mano. Quizá será de provecho para los quebrantamientos de

huesos como lo es para las feridas.

— Pues, a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba? —respondió don

Quijote—. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, que

antes que pasen dos días, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de

tener en mi poder, o mal me han de andar las manos.

— Pues, ¿en cuántos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies?

— replicó Sancho Panza.

— De mí sé decir —dijo el molido caballero don Quijote— que no sabré poner

término a esos días. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no había de

poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como

yo; y así, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballería, ha

permitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo

cual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré,

porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas que

semejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo ponga mano

al espada para ellos, porque no lo haré en ninguna manera, sino pon tú mano

a tu espada y castígalos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensa

acudieren caballeros, yo te sabré defender y ofendellos con todo mi poder;

que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiende

el valor de este mi fuerte brazo.

Tal quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valiente

vizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que

dejase de responder, diciendo:

— Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé disimilar cualquiera

injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. Así que, séale a

vuestra merced también aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna

manera pondré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y

que, desde aquí para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho

y han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta

o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condición

alguna.

Lo cual oído por su amo, le respondió:

— Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el

dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a

entender, Panza, en el error en que estás. Ven acá, pecador; si el viento

de la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve,

llevándonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste alguno

tomemos puerto en alguna de las ínsulas que te tengo prometida, ¿qué sería

de ti si, ganándola yo, te hiciese señor della? Pues ¿lo vendrás a

imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor ni

intención de vengar tus injurias y defender tu señorío? Porque has de saber

que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca están tan

quietos los ánimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo señor que no

se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo

las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y así, es menester que

el nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para

ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.

— En este que ahora nos ha acontecido —respondió Sancho—, quisiera yo tener

ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe

de pobre hombre, que más estoy para bizmas que para pláticas. Mire vuestra

merced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece,

porque él fue la causa principal de todo este molimiento. Jamás tal creí de

Rocinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como yo. En fin,

bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas,

y que no hay cosa segura en esta vida. ¿Quién dijera que tras de aquellas

tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado

caballero andante, había de venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta

tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas?

— Aun las tuyas, Sancho —replicó don Quijote—, deben de estar hechas a

semejantes nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y holandas,

claro está que sentirán más el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque

imagino..., ¿qué digo imagino?, sé muy cierto, que todas estas

incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aquí me dejaría

morir de puro enojo.

A esto replicó el escudero:

— Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballería, dígame

vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados

en que acaecen; porque me parece a mí que a dos cosechas quedaremos

inútiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos

socorre.

— Sábete, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que la vida de los

caballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni más ni

menos, está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y

emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversos

caballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudiérate contar

agora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, sólo por el valor de su

brazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos se

vieron antes y después en diversas calamidades y miserias. Porque el

valeroso Amadís de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcaláus el

encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teniéndole

preso, más de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una

coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco crédito, que

dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que

se le hundió debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se halló

en una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y allí le

echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo

que llegó muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un

sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ansí que,

bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son las

que éstos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero

hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los

instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley del

duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la

horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por

eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porque

no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos

afrentados; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos

machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me

acuerda, tenía estoque, espada ni puñal.

— No me dieron a mí lugar —respondió Sancho— a que mirase en tanto; porque,

apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus

pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los

pies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el

pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de

los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las

espaldas.

— Con todo eso, te hago saber, hermano Panza —replicó don Quijote—, que no

hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.

— Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser —replicó Panza— de aquella que aguarda

al tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestra

desgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan

malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de un

hospital para ponerlas en buen término siquiera.

— Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho —respondió don Quijote—,

que así haré yo, y veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, no

le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.

— No hay de qué maravillarse deso —respondió Sancho—, siendo él tan buen

caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya

quedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.

— Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar

remedio a ellas —dijo don Quijote—. Dígolo porque esa bestezuela podrá

suplir ahora la falta de Rocinante, llevándome a mí desde aquí a algún

castillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a deshonra

la tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejo

Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en la

ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy

hermoso asno.

— Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice

— respondió Sancho—, pero hay grande diferencia del ir caballero al ir

atravesado como costal de basura.

A lo cual respondió don Quijote:

— Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.

Así que, Panza amigo, no me repliques más, sino, como ya te he dicho,

levántate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que más te agradare

encima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y nos saltee

en este despoblado.

— Pues yo he oído decir a vuestra merced —dijo Panza— que es muy de

caballeros andantes el dormir en los páramos y desiertos lo más del año, y

que lo tienen a mucha ventura.

— Eso es —dijo don Quijote— cuando no pueden más, o cuando están enamorados;

y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una

peña, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos años, sin

que lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando, llamándose

Beltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,

que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendo

penitencia, por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana. Pero

dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia al

jumento, como a Rocinante.

— Aun ahí sería el diablo —dijo Sancho.

Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes

y reniegos de quien allí le había traído, se levantó, quedándose agobiado

en la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar de

enderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también había

andado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luego

a Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que

Sancho ni su amo no le fueran en zaga.

En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata a

Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,

hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que sus

cosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua,

cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesar

suyo y gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que era

venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieron

lugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entró, sin más

averiguación, con toda su recua.

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