Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado Don Quijote · Capítulo 83 de 128
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Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado

Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado

Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la

alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran

gusto a don Quijote, porque contempló y miró en él la amenidad de sus

riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia

de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en su memoria mil

amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que había visto en la

cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le había dicho

que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, él se atenía más a

las verdaderas que a las mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las

tenía por la mesma mentira.

Yendo, pues, desta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco sin

remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco

de un árbol que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes, y no

vio persona alguna; y luego, sin más ni más, se apeó de Rocinante y mandó a

Sancho que lo mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase

muy bien, juntas, al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntóle

Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió

don Quijote:

— Has de saber, Sancho, que este barco que aquí está, derechamente y sin

poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y convidando a que entre

en él, y vaya en él a dar socorro a algún caballero, o a otra necesitada y

principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque

éste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los

encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando algún caballero

está puesto en algún trabajo, que no puede ser librado dél sino por la mano

de otro caballero, puesto que estén distantes el uno del otro dos o tres

mil leguas, y aun más, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco

donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por

los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; así

que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para el mesmo efecto; y esto

es tan verdad como es ahora de día; y antes que éste se pase, ata juntos al

rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos guíe, que no dejaré de

embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.

— Pues así es —respondió Sancho—, y vuestra merced quiere dar a cada paso en

estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la

cabeza, atendiendo al refrán "haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él

a la mesa"; pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi

conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a mí me parece que este

tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores deste río,

porque en él se pescan las mejores sabogas del mundo.

Esto decía, mientras ataba las bestias, Sancho, dejándolas a la proteción y

amparo de los encantadores, con harto dolor de su ánima. Don Quijote le

dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los

llevaría a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de

sustentarlos.

— No entiendo eso de logicuos —dijo Sancho—, ni he oído tal vocablo en todos

los días de mi vida.

— Longincuos —respondió don Quijote— quiere decir apartados; y no es

maravilla que no lo entiendas, que no estás tú obligado a saber latín, como

algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.

— Ya están atados —replicó Sancho—. ¿Qué hemos de hacer ahora?

— ¿Qué? —respondió don Quijote—. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir,

embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado.

Y, dando un salto en él, siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el barco se

fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos

varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero

ninguna cosa le dio más pena que el oír roznar al rucio y el ver que

Rocinante pugnaba por desatarse, y díjole a su señor:

— El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura

ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos,

quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en

desengaño, nos vuelva a vuestra presencia!

Y, en esto, comenzó a llorar tan amargamente que don Quijote, mohíno y

colérico, le dijo:

— ¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas?

¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te

falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha

vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una

tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable río, de donde

en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber

salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo

tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera

las que hemos caminado; aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado, o

pasaremos presto, por la línea equinocial, que divide y corta los dos

contrapuestos polos en igual distancia.

— Y cuando lleguemos a esa leña que vuestra merced dice —preguntó Sancho—,

¿cuánto habremos caminado?

— Mucho —replicó don Quijote—, porque de trecientos y sesenta grados que

contiene el globo, del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo,

que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado,

llegando a la línea que he dicho.

— Por Dios —dijo Sancho—, que vuesa merced me trae por testigo de lo que

dice a una gentil persona, puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o

no sé cómo.

Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al

cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole:

— Sabrás, Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a

las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han

pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el

navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el

bajel le hallarán, si le pesan a oro; y así, puedes, Sancho, pasear una

mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no,

pasado habemos.

— Yo no creo nada deso —respondió Sancho—, pero, con todo, haré lo que vuesa

merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas

experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado

de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas

dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los

dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos

movemos ni andamos al paso de una hormiga.

— Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra, que

tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, clíticas,

polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se

compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o

parte dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de

signos visto y qué de imágines hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y

tórnote a decir que te tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás

más limpio que un pliego de papel liso y blanco.

Tentóse Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la

corva izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:

— O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni

con muchas leguas.

— Pues ¿qué? —preguntó don Quijote—, ¿has topado algo?

— ¡Y aun algos! —respondió Sancho.

Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual

sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le

moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el

mismo curso del agua, blando entonces y suave.

En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban;

y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:

— ¿Vees? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde

debe de estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa

malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.

— ¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor?

— dijo Sancho—. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río,

donde se muele el trigo?

— Calla, Sancho —dijo don Quijote—; que, aunque parecen aceñas, no lo son; y

ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural

los encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser

realmente, sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la

transformación de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.

En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a

caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que

vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal

de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a

detenerle, y, como salían enharinados, y cubiertos los rostros y los

vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces

grandes, diciendo:

— ¡Demonios de hombres! ¿Dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué queréis,

ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

— ¿No te dije yo, Sancho —dijo a esta sazón don Quijote—, que habíamos

llegado donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de

malandrines y follones me salen al encuentro, mira cuántos vestiglos se me

oponen, mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos... Pues ¡ahora lo

veréis, bellacos!

Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los

molineros, diciéndoles:

— Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a

la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o

baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la

Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien está

reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.

Y, diciendo esto, echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire

contra los molineros; los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas

sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando

en el raudal y canal de las ruedas.

Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan

manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los

molineros, que, oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no

de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con

Sancho al través en el agua; pero vínole bien a don Quijote, que sabía

nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos

veces; y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los

sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos.

Puestos, pues, en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de

rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios con

una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos

deseos y acometimientos de su señor.

Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien habían hecho

pedazos las ruedas de las aceñas; y, viéndole roto, acometieron a desnudar

a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego,

como si no hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores

que él pagaría el barco de bonísima gana, con condición que le diesen libre

y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban

oprimidas.

— ¿Qué personas o qué castillo dice —respondió uno de los molineros—, hombre

sin juicio? ¿Quiéreste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a

estas aceñas?

— ¡Basta! —dijo entre sí don Quijote—. Aquí será predicar en desierto

querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en

esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el

uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro

dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquinas y

trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más.

Y, alzando la voz, prosiguió diciendo, y mirando a las aceñas:

— Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados,

perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de

vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta

aventura.

En diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó por el barco

cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:

— A dos barcadas como éstas, daremos con todo el caudal al fondo.

Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras

tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de

entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les

decía; y, teniéndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas,

y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias,

don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.

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