Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo Don Quijote · Capítulo 52 de 128
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Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo

Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

— ¡Bueno está eso! —respondió don Quijote—. Los libros que están impresos

con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se

remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes

y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e

ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo género de

personas, de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser

mentira?; y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el

padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas,

punto por punto y día por día, que el tal caballero hizo, o caballeros

hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y créame que le

aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos, y verá

el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que

ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran

lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él

muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales

feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que

dice: ''Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás

mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se

encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su

negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver

las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de

las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y que, apenas el

caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más en

cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun

sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios

y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata

ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien

los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo

es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele a

los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta,

que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y no

aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por

los intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas

frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas

y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee

una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá vee

otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con

las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden

desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de

contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte,

imitando a la naturaleza, parece que allí la vence. Acullá de improviso se

le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de

macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente,

él es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que está

formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de

oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más que ver,

después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un

buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese

ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; y

tomar luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido

caballero que se arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle

palabra, dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su

madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con

olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda

olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los

hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun

más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a

otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda

suspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos, toda de ámbar y de

olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una silla de

marfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso

silencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente

guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano? ¿Cuál será

oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta ni

adónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas,

quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los

dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra

mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado

del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de

cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero

y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme

más en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea,

de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla

a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced créame, y, como otra vez le he

dicho, lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que

tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir

que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal,

bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de

trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi

encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,

favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días

verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y

liberalidad que mi pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está

inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque

en sumo grado la posea; y el agradecimiento que sólo consiste en el deseo

es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la

fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por

mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de

Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querría

darle un condado que le tengo muchos días ha prometido, sino que temo que

no ha de tener habilidad para gobernar su estado.

Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:

— Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan

prometido de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no

me falte a mí habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oído

decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de

los señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del

gobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le

dan, sin curarse de otra cosa;

y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me

desistiré de todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.

— Eso, hermano Sancho —dijo el canónigo—, entiéndese en cuanto al gozar la

renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado,

y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena

intención de acertar; que si ésta falta en los principios, siempre irán

errados los medios y los fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo del

simple como desfavorecer al malo del discreto.

— No sé esas filosofías —respondió Sancho Panza—; mas sólo sé que tan presto

tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como

otro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como

cada uno del suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que

quisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en

estando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más que

desear, acabóse; y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego

a otro.

— No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso,

hay mucho que decir sobre esta materia de condados.

A lo cual replicó don Quijote:

— Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da el

grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; y

así, puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que

es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote

había dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del

Lago, de la impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los

libros que había leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho,

que con tanto ahínco deseaba alcanzar el condado que su amo le había

prometido.

Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por

la acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde

yerba del prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí,

porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho.

Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de

esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban

sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una

hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella

venía un cabrero dándole voces, y diciéndole palabras a su uso, para que se

detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida,

se vino a la gente, como a favorecerse della, y allí se detuvo. Llegó el

cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y

entendimiento, le dijo:

— ¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días de

pie cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa?

Mas ¡qué puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que

mal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved,

volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en

vuestro aprisco, o con vuestras compañeras; que si vos que las habéis de

guardar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán

parar ellas?

Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron,

especialmente al canónigo, que le dijo:

— Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis en

volver tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vos

decís, ha de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a

estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templaréis la

cólera, y en tanto, descansará la cabra.

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo

fiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, y

luego dijo:

— No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, me

tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen

de misterio las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que no

entienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.

— Eso creo yo muy bien —dijo el cura—, que ya yo sé de esperiencia que los

montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.

— A lo menos, señor —replicó el cabrero—, acogen hombres escarmentados; y

para que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que

sin ser rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, un

breve espacio prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite lo

que ese señor (señalando al cura) ha dicho, y la mía.

A esto respondió don Quijote:

— Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de

caballería, yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo

harán todos estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser

amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los

sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento.

Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.

— Saco la mía —dijo Sancho—; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,

donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don

Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le

ofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar

acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis

días; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí se

podrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.

— Tú estás en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—: vete adonde quisieres, y

come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al

alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.

— Así las daremos todos a las nuestras —dijo el canónigo.

Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El

cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos

tenía, diciéndole:

— Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver a

nuestro apero.

Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió

ella junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender

que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su

historia desta manera:

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