Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el Don Quijote · Capítulo 11 de 128
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Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el

Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron

Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaíno y al famoso

don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos

furibundos fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos

se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada; y

que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa

historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que

della faltaba.

Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se

volvía en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo

mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento. Parecióme cosa

imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le

hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas

hazañas, cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes,

de los que dicen las gentes

que van a sus aventuras,

porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios, como de molde, que no

solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos

pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen; y no había de ser

tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a él lo que sobró a

Platir y a otros semejantes. Y así, no podía inclinarme a creer que tan

gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada; y echaba la culpa a

la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el

cual, o la tenía oculta o consumida.

Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan

modernos como Desengaño de celos y Ninfas y Pastores de Henares, que

también su historia debía de ser moderna; y que, ya que no estuviese

escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella

circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber, real y

verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso español don

Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero

que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y

ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas,

amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y

con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle;

que, si no era que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o

algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos

que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de

tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había

parido. Digo, pues, que, por estos y otros muchos respetos, es digno

nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas; y aun a mí no

se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin

desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la

fortuna no me ayudan, el mundo quedará falto y sin el pasatiempo y gusto

que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere. Pasó,

pues, el hallarla en esta manera:

Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos

cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer,

aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural

inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con

caracteres que conocí ser arábigos. Y, puesto que, aunque los conocía, no

los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado

que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues,

aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin,

la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en

las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.

Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía

aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese; y

él, sin dejar la risa, dijo:

— Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del

Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor

mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha".

Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso", quedé atónito y suspenso, porque

luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de

don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y,

haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que

decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete

Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para

disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del

libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y

cartapacios por medio real; que, si él tuviera discreción y supiera lo que

yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la

compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor,

y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don

Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada,

ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y

dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con

mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la

mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y

medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.

Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don

Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia

cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la

almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de

alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título

que decía: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y

a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba

Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y

flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al

descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el

nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro

a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas,

y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande,

el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debió de poner nombre

de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces

la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son

de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la

historia; que ninguna es mala como sea verdadera.

Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá

ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de

aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes

se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me

parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las

alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en

silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los

historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el

interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del

camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito

de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente,

advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que se

acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para

mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del

sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la tradución, comenzaba desta

manera:

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y

enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a

la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el

primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue

dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no volvérsele la espada en el

camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa

contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena

suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su

contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo

otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte

de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina

vino al suelo, dejándole muy maltrecho.

¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia

que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella

manera! No se diga más, sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los

estribos, y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia

descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre

la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él

una montaña, comenzó a echar sangre por las narices, y por la boca y por

los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin

duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de

los estribos y luego soltó los brazos; y la mula, espantada del terrible

golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueño en

tierra.

Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer,

saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la

punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le

cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder

palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras

del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia,

no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese

tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual

don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:

— Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me

pedís; mas ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero

me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante

la sin par doña Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su

voluntad.

La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don

Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometió que el

escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.

— Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía

bien merecido.

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