Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y
socarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se
burlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio,
que, como se acabó el secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar
en la sala:
— Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de
ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los
negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es
aquél el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y
murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.
Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazón y
coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,
que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que
naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, merced
al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a
él y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de
los buenos, palmas y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y
cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el
doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella
noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto
quedó contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche
y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,
sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él el tanto deseado, donde
le dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en días. Entregóse en todo con más gusto que si le
hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morón, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviéndose al
doctor, le dijo:
— Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los
recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas
son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él
quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún
día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos
y comamos en buena paz compaña, pues, cuando Dios amanece, para todos
amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y
todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han de
ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
— Por cierto, señor gobernador —dijo el maestresala—, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en
estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar
cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.
— Yo lo creo —respondió Sancho—, y serían ellos unos necios si otra cosa
hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y
con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al
caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta
ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal
entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y
perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que
se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los
labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos
y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos.
¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o quiébrome la cabeza?
— Dice tanto vuesa merced, señor gobernador —dijo el mayordomo—, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias
y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen
cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores
se hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y
el coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del
lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran
dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia,
se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:
— ¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado
en este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?
— Sosegaos, hombre de bien —dijo Sancho—, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
— Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que
este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí
frontero más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente,
juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me
dictaba la conciencia; alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me
había de dar algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y
mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su
dinero y se salió de la casa. Yo vine despechado tras él, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe
que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis
padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el socarrón, que no es más
ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no quería darme más de
cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca
vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con
cuántas entraba la romana.
— ¿Qué decís vos a esto? —preguntó Sancho.
Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había
querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los
que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para
señal que él era hombre de bien y no ladrón, como decía, ninguna había
mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son
tributarios de los mirones que los conocen.
— Así es —dijo el mayordomo—. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es
lo que se ha de hacer destos hombres.
— Lo que se ha de hacer es esto —respondió Sancho—: vos, ganancioso, bueno,
o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y
más, habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que
no tenéis oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego
esos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por
diez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,
colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y
ninguno me replique, que le asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se
fue a su casa, y el gobernador quedó diciendo:
— Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me
trasluce que son muy perjudiciales.
— Ésta, a lo menos —dijo un escribano—, no la podrá vuesa merced quitar,
porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él
pierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor
cantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más daño
hacen y más insolencias encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar de
sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común,
mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algún oficial,
donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.
— Agora, escribano —dijo Sancho—, yo sé que hay mucho que decir en eso.
Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:
— Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró
la justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que
debe de ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque
tropezó y cayó, no le alcanzara jamás.
— ¿Por qué huías, hombre? —preguntó Sancho.
A lo que el mozo respondió:
— Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias
hacen.
— ¿Qué oficio tienes?
— Tejedor.
— ¿Y qué tejes?
— Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.
— ¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde
íbades ahora?
— Señor, a tomar el aire.
— Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
— Adonde sopla.
— ¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
cárcel. ¡Asilde, hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire
esta noche!
— ¡Par Dios —dijo el mozo—, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel
como hacerme rey!
— Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? —respondió Sancho—. ¿No
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
— Por más poder que vuestra merced tenga —dijo el mozo—, no será bastante
para hacerme dormir en la cárcel.
— ¿Cómo que no? —replicó Sancho—. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal
liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la cárcel.
— Todo eso es cosa de risa —respondió el mozo—. El caso es que no me harán
dormir en la cárcel cuantos hoy viven.
— Dime, demonio —dijo Sancho—, ¿tienes algún ángel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?
— Ahora, señor gobernador —respondió el mozo con muy buen donaire—, estemos
a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
— No, por cierto —dijo el secretario—, y el hombre ha salido con su
intención.
— De modo —dijo Sancho— que no dejaréis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.
— No, señor —dijo el mozo—, ni por pienso.
— Pues andad con Dios —dijo Sancho—; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí
adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco
vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:
— Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,
sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho
fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía
ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.
Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era,
adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
— No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
— Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:
— «Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
— Eso no lleva camino —dijo el mayordomo—, señora, porque yo conozco muy
bien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y
más, que decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.
— Ya yo había dado en ello —dijo Sancho.
— Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo —respondió la
doncella—; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.
— Aún eso lleva camino —respondió el mayordomo—, que yo conozco a Diego de
la Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.
— Así es la verdad —respondió la doncella—, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me
habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
llegó al oído del maestresala y le dijo muy paso:
— Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.
— No hay dudar en eso —respondió el maestresala—; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin
temor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían
remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.
— «Es el caso, señores —respondió ella—, que mi padre me ha tenido encerrada
diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí
mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que
yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no he
visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...»
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
— Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.
— Pocas me quedan por decir —respondió la doncella—, aunque muchas lágrimas
sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.
Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran
lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las
subía de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la
moza en dilatar su historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
— «No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este
vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,
debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que
nos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el
sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.»
— ¿En efecto, señora —dijo Sancho—, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?
— No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver
mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó
de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y
él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había
contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:
— Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lágrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.
— Así es la verdad —respondió la doncella—, pero sepan vuesas mercedes que
la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
término que debía.
— No se ha perdido nada —respondió Sancho—. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí
adelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo
de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de
volverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenían de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría,
por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a
su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido
se le podía negar.
Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
verá adelante.