Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla Don Quijote · Capítulo 34 de 128
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Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla

Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote

Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa

digna de contar, llegaron otro día a la venta, espanto y asombro de Sancho

Panza; y, aunque él quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La

ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a

Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él las

recibió con grave continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otro

mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondió la huéspeda que como

la pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes. Don

Quijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismo

caramanchón de marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado y

falto de juicio.

No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero, y,

asiéndole de la barba, dijo:

— Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su

barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos

suelos, que es vergüenza; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena

cola.

No se la quería dar el barbero, aunque ella más tiraba, hasta que el

licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester más usar de

aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y

dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se

habían venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero

de la princesa, le dirían que ella le había enviado adelante a dar aviso a

los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con

esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le

volvieron todos los adherentes que había prestado para la libertad de don

Quijote. Espantáronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y

aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de

comer de lo que en la venta hubiese, y el huésped, con esperanza de mejor

paga, con diligencia les aderezó una razonable comida; y a todo esto dormía

don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque más provecho le

haría por entonces el dormir que el comer.

Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija,

Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y del

modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el

arriero les había acontecido, y, mirando si acaso estaba allí Sancho, como

no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto

recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don

Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:

— No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no

hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros

papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros

muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,

muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno

destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle

escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé

decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los

caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar

oyéndolos noches y días.

— Y yo ni más ni menos —dijo la ventera—, porque nunca tengo buen rato en mi

casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado,

que no os acordáis de reñir por entonces.

— Así es la verdad —dijo Maritornes—, y a buena fe que yo también gusto

mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan que

se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y

que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho

sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.

— Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? —dijo el cura, hablando con la

hija del ventero.

— No sé, señor, en mi ánima —respondió ella—; también yo lo escucho, y en

verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto

yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los

caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad que

algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.

— Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella —dijo Dorotea—, si por

vos lloraran?

— No sé lo que me hiciera —respondió la moza—; sólo sé que hay algunas

señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y

leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla

tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,

le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no sé para qué es tanto

melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellos no desean

otra cosa.

— Calla, niña —dijo la ventera—, que parece que sabes mucho destas cosas, y

no está bien a las doncellas saber ni hablar tanto.

— Como me lo pregunta este señor —respondió ella—, no pude dejar de

respondelle.

— Ahora bien —dijo el cura—, traedme, señor huésped, aquesos libros, que los

quiero ver.

— Que me place —respondió él.

Y, entrando en su aposento, sacó dél una maletilla vieja, cerrada con una

cadenilla, y, abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles

de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abrió vio que era

Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro,

la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba, con la vida de

Diego García de Paredes. Así como el cura leyó los dos títulos primeros,

volvió el rostro al barbero y dijo:

— Falta nos hacen aquí ahora el ama de mi amigo y su sobrina.

— No hacen —respondió el barbero—, que también sé yo llevallos al corral o a

la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.

— Luego, ¿quiere vuestra merced quemar más libros? —dijo el ventero.

— No más —dijo el cura— que estos dos: el de Don Cirongilio y el de

Felixmarte.

— Pues, ¿por ventura —dijo el ventero— mis libros son herejes o flemáticos,

que los quiere quemar?

— Cismáticos queréis decir, amigo —dijo el barbero—, que no flemáticos.

— Así es —replicó el ventero—; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran

Capitán y dese Diego García, que antes dejaré quemar un hijo que dejar

quemar ninguno desotros.

— Hermano mío —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos y están llenos

de disparates y devaneos; y este del Gran Capitán es historia verdadera, y

tiene los hechos de Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual, por sus muchas y

grandes hazañas, mereció ser llamado de todo el mundo Gran Capitán,

renombre famoso y claro, y dél sólo merecido. Y este Diego García de

Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en

Estremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales que detenía

con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un

montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable

ejército, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si él

las cuenta y las escribe él asimismo, con la modestia de caballero y de

coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en

su olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes.

— ¡Tomaos con mi padre! —dijo el dicho ventero—. ¡Mirad de qué se espanta:

de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de

leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco

gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los

frailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y

poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil

soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a

todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno de

don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el

libro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió de la mitad del

agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y

se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó con

ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la

iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río,

llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando

llegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos

que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le

dijo tantas de cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyese

esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para

ese Diego García que dice!

Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:

— Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don

Quijote.

— Así me parece a mí —respondió Cardenio—, porque, según da indicio, él

tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos

que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.

— Mirad, hermano —tornó a decir el cura—, que no hubo en el mundo Felixmarte

de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes

que los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficción

de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de

entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores;

porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni

tales hazañas ni disparates acontecieron en él.

— ¡A otro perro con ese hueso! —respondió el ventero—. ¡Como si yo no

supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra

merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que

quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos

libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los

señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar

imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que

quitan el juicio!

— Ya os he dicho, amigo —replicó el cura—, que esto se hace para entretener

nuestros ociosos pensamientos; y, así como se consiente en las repúblicas

bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para

entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, así se

consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que

no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera

ninguna destos libros. Y si me fuera lícito agora, y el auditorio lo

requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de

caballerías para ser buenos, que quizá fueran de provecho y aun de gusto

para algunos; pero yo espero que vendrá tiempo en que lo pueda comunicar

con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, señor ventero, lo

que os he dicho, y tomad vuestros libros, y allá os avenid con sus verdades

o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no cojeéis del pie

que cojea vuestro huésped don Quijote.

— Eso no —respondió el ventero—, que no seré yo tan loco que me haga

caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en

aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos

caballeros.

A la mitad desta plática se halló Sancho presente, y quedó muy confuso y

pensativo de lo que había oído decir que ahora no se usaban caballeros

andantes, y que todos los libros de caballerías eran necedades y mentiras,

y propuso en su corazón de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo,

y que si no salía con la felicidad que él pensaba, determinaba de dejalle y

volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.

Llevábase la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo:

— Esperad, que quiero ver qué papeles son esos que de tan buena letra están

escritos.

Sacólos el huésped, y, dándoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos

escritos de mano, y al principio tenían un título grande que decía: Novela

del curioso impertinente. Leyó el cura para sí tres o cuatro renglones y

dijo:

— Cierto que no me parece mal el título desta novela, y que me viene

voluntad de leella toda.

A lo que respondió el ventero:

— Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos

huéspedes que aquí la han leído les ha contentado mucho, y me la han pedido

con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volvérsela a

quien aquí dejó esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que

bien puede ser que vuelva su dueño por aquí algún tiempo, y, aunque sé que

me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque

ventero, todavía soy cristiano.

— Vos tenéis mucha razón, amigo —dijo el cura—, mas, con todo eso, si la

novela me contenta, me la habéis de dejar trasladar.

— De muy buena gana —respondió el ventero.

Mientras los dos esto decían, había tomado Cardenio la novela y comenzado a

leer en ella; y, pareciéndole lo mismo que al cura, le rogó que la leyese

de modo que todos la oyesen.

— Sí leyera —dijo el cura—, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir

que en leer.

— Harto reposo será para mí —dijo Dorotea— entretener el tiempo oyendo algún

cuento, pues aún no tengo el espíritu tan sosegado que me conceda dormir

cuando fuera razón.

— Pues desa manera —dijo el cura—, quiero leerla, por curiosidad siquiera;

quizá tendrá alguna de gusto.

Acudió maese Nicolás a rogarle lo mesmo, y Sancho también; lo cual visto

del cura, y entendiendo que a todos daría gusto y él le recibiría, dijo:

— Pues así es, esténme todos atentos, que la novela comienza desta manera:

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