Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura Don Quijote · Capítulo 95 de 128
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Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura

Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura

Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso

caballo Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,

pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era

el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno

no osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora

entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que

sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en

el suelo, y uno de los salvajes dijo:

— Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

— Aquí —dijo Sancho— yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguió diciendo:

— Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso

Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra

malicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el

cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende

Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause

váguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será

señal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por

donde habían venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi con

lágrimas dijo a don Quijote:

— Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el

caballo está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con

cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sino

en que subas en él con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo

viaje.

— Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor

talante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme:

tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas

rasas y mondas.

— Eso no haré yo —dijo Sancho—, ni de malo ni de buen talante, en ninguna

manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las

ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas

señoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar

de andar por los aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que su

gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendo

tres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el

gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años, y ya ni

habrá ínsula ni ínsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dice

comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la

vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que

bien se está San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en esta

casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien espero

como es verme gobernador.

A lo que el duque dijo:

— Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:

raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la

arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y, pues vos sabéis que

sé yo que no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no se

granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo

quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote a

dar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volváis sobre

Clavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna

os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón y de venta en

venta, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y

a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que

siempre han tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en esta

verdad, señor Sancho, que sería hacer notorio agravio al deseo que de

serviros tengo.

— No más, señor —dijo Sancho—: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a

cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a

Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a

Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan.

A lo que respondió Trifaldi:

— Sancho, bien podéis encomendaros a Dios o a quien quisiéredes, que

Malambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos

con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.

— ¡Ea, pues —dijo Sancho—, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta!

— Desde la memorable aventura de los batanes —dijo don Quijote—, nunca he

visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como

otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero

llegaos aquí, Sancho, que con licencia destos señores os quiero hablar

aparte dos palabras.

Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas las

manos, le dijo:

— Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios

cuándo volveremos dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los

negocios; así, querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vas

a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas,

te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que estás

obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás, que el comenzar

las cosas es tenerlas medio acabadas.

— ¡Par Dios —dijo Sancho—, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es

como aquello que dicen: "¡en priesa me vees y doncellez me demandas!"

¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que

me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced

razón. Vamos ahora a rapar estas dueñas, que a la vuelta yo le prometo a

vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi

obligación, que vuestra merced se contente, y no le digo más.

Y don Quijote respondió:

— Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás,

porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.

— No soy verde, sino moreno —dijo Sancho—, pero aunque fuera de mezcla,

cumpliera mi palabra.

Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:

— Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía por

nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar

de engañar a quien dél se fía; y, puesto que todo sucediese al revés de lo

que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá

escurecer malicia alguna.

— Vamos, señor —dijo Sancho—, que las barbas y lágrimas destas señoras las

tengo clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta

verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y tápese primero, que si yo

tengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la silla.

— Así es la verdad —replicó don Quijote.

Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le

cubriese muy bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a

descubrir y dijo:

— Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de

Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa

Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la

total ruina de Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en

su estómago.

— No hay para qué —dijo la Dolorida—, que yo le fío y sé que Malambruno no

tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor don Quijote,

suba sin pavor alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.

Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su

seguridad sería poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar,

subió sobre Clavileño y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba; y,

como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de

tapiz flamenco pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y

poco a poco llegó a subir Sancho, y, acomodándose lo mejor que pudo en las

ancas, las halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si

fuese posible, le acomodasen de algún cojín o de alguna almohada, aunque

fuese del estrado de su señora la duquesa, o del lecho de algún paje,

porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.

A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría

sobre sí Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que

así no sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho, y, diciendo ''a Dios'',

se dejó vendar los ojos, y, ya después de vendados, se volvió a descubrir,

y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le

ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías, porque

Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se

viesen. A lo que dijo don Quijote:

— Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de

la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde

criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual decendió,

no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las

historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso

Pierres, que oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete,

cúbrete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes,

a lo menos en presencia mía.

— Tápenme —respondió Sancho—; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni

que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de

diablos que den con nosotros en Peralvillo?

Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó

la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las

dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

— ¡Dios te guíe, valeroso caballero!

— ¡Dios sea contigo, escudero intrépido!

— ¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!

— ¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están

mirando!

— ¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor

tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su

padre!

Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñiéndole con los

brazos, le dijo:

— Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y

no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

— No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van

fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que

quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé

de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de

mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no

nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la

cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

— Así es la verdad —respondió Sancho—, que por este lado me da un viento tan

recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien

trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo,

que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

— Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del

aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los

relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta

manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo

cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,

pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el

calor, dijo:

— Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque

una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por

descubrirme y ver en qué parte estamos.

— No hagas tal —respondió don Quijote—, y acuérdate del verdadero cuento del

licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,

caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y

se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el

fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en

Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo

que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los

abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la

pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no

desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que

nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas

y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya,

como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por más que se

remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del

jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.

— No sé lo que es —respondió Sancho Panza—, sólo sé decir que si la señora

Magallanes o Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy

tierna de carnes.

Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los

del jardín, de que recibían estraordinario contento; y, queriendo dar

remate a la estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le

pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de

cohetes tronadores, voló por los aires, con estraño ruido, y dio con don

Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado

escuadrón de las dueñas y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron

como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron

maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el

mesmo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto

número de gente; y creció más su admiración cuando a un lado del jardín

vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos

cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes

letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura

de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y

compañía, con sólo intentarla.

Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas

de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y

Antonomasia en su prístino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil

vápulo, la blanca paloma se verá libre de los pestíferos girifaltes que la

persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que así está ordenado por

el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.

Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió

que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo

de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su

pasada tez los rostros de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue

adonde el duque y la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de la

mano al duque, le dijo:

— ¡Ea, buen señor, buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada! La aventura es

ya acabada sin daño de barras, como lo muestra claro el escrito que en

aquel padrón está puesto.

El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue

volviendo en sí, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el

jardín estaban caídos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi

se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien

sabían fingir de burlas. Leyó el duque el cartel con los ojos medio

cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote,

diciéndole ser el más buen caballero que en ningún siglo se hubiese visto.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las

barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposición

prometía, pero dijéronle que, así como Clavileño bajó ardiendo por los

aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi,

había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la

duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual

Sancho respondió:

— Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la

región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a

quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no

sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide,

bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto

cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la

tierra, y parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y

los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se

vea cuán altos debíamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

— Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la

tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la

tierra os pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una

avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.

— Así es verdad —respondió Sancho—, pero, con todo eso, la descubrí por un

ladito, y la vi toda.

— Mirad, Sancho —dijo la duquesa—, que por un ladito no se vee el todo de lo

que se mira.

— Yo no sé esas miradas —replicó Sancho—: sólo sé que será bien que vuestra

señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento

podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los

mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo,

descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había

de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy

grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete

cabrillas; y en Dios y en mi ánima que, como yo en mi niñez fui en mi

tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio una gana de entretenerme con

ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo,

pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,

bonita y pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las

cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos

de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

— Y, en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras —preguntó el

duque—, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?

A lo que don Quijote respondió:

— Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural,

no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí

por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas.

Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que

tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues,

estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región

del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que

Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o

Sancho sueña.

— Ni miento ni sueño —respondió Sancho—: si no, pregúntenme las señas de las

tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.

— Dígalas, pues, Sancho —dijo la duquesa.

— Son —respondió Sancho— las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules,

y la una de mezcla.

— Nueva manera de cabras es ésa —dijo el duque—, y por esta nuestra región

del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.

— Bien claro está eso —dijo Sancho—; sí, que diferencia ha de haber de las

cabras del cielo a las del suelo.

— Decidme, Sancho —preguntó el duque—: ¿vistes allá en entre esas cabras

algún cabrón?

— No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los

cuernos de la luna.

No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba

Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá

pasaba, sin haberse movido del jardín.

En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio

que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que

contar a Sancho siglos, si los viviera; y, llegándose don Quijote a Sancho,

al oído le dijo:

— Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo,

yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no

os digo más.

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