Capítulo VI. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y Don Quijote · Capítulo 60 de 128
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Capítulo VI. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y

Capítulo VI. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y

es uno de los importantes capítulos de toda la historia

En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente

referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote,

que por mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse

la vez tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante

caballería: procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal

pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con

todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama:

— En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está

quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como

ánima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo

llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey,

que pongan remedio en ello.

A lo que respondió don Quijote:

— Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de

responder Su Majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey, me escusara

de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le

dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros

muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y

así, no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre.

A lo que dijo el ama:

— Díganos, señor: en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?

— Sí —respondió don Quijote—, y muchos; y es razón que los haya, para adorno

de la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.

— Pues, ¿no sería vuesa merced —replicó ella— uno de los que a pie quedo

sirviesen a su rey y señor, estándose en la corte?

— Mira, amiga —respondió don Quijote—: no todos los caballeros pueden ser

cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros

andantes: de todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos

caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los

cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se

pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer

calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes

verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de

noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros

mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su

mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en

niñerías, ni en las leyes de los desafíos; si lleva, o no lleva, más corta

la lanza, o la espada; si trae sobre sí reliquias, o algún engaño

encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras

ceremonias deste jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona

a persona, que tú no sabes y yo sí. Y has de saber más: que el buen

caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no sólo

tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos

grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos

navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo que un

horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil

continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y, si

fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque

viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son más

duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos

tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas asimismo de

acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto he dicho, ama mía,

porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y sería razón

que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por mejor

decir, primera especie de caballeros andantes, que, según leemos en sus

historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un

reino, sino de muchos.

— ¡Ah, señor mío! —dijo a esta sazón la sobrina—; advierta vuestra merced

que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus

historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un

sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora

de las buenas costumbres.

— Por el Dios que me sustenta —dijo don Quijote—, que si no fueras mi

sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un

tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el

mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce

palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de

los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero

a buen seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y cortés

caballero de su tiempo, y, demás, grande amparador de las doncellas; mas,

tal te pudiera haber oído que no te fuera bien dello, que no todos son

corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los

que se llaman caballeros lo son de todo en todo: que unos son de oro, otros

de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al

toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por

parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por

parecer hombres bajos; aquéllos se llevantan o con la ambición o con la

virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester

aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras

de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las

acciones.

— ¡Válame Dios! —dijo la sobrina—. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor

tío, que, si fuese menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e

irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera

tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es

valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza

tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no

lo siendo; porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!

— Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices —respondió don Quijote—, y

cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por

no mezclar lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro

suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay

en el mundo, que son éstas: unos, que tuvieron principios humildes, y se

fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que

tuvieron principios grandes, y los fueron conservando y los conservan y

mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios

grandes, acabaron en punta, como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado

su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirámide, que

respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los más,

que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y así tendrán el fin,

sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los

primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora

conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de un humilde y bajo

pastor que le dio principio, está en la cumbre que le vemos. Del segundo

linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, serán

ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella,

sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados

pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay

millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los

Césares de Roma, con toda la caterva, si es que se le puede dar este

nombre, de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas,

griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y

en nonada, así ellos como los que les dieron principio, pues no será

posible hallar agora ninguno de sus decendientes, y si le hallásemos, sería

en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo qué decir, sino que

sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra

fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infiráis,

bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes, y que

solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud, y

en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y

liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el

rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no

le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas

comoquiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda

otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo

afable, bien criado, cortés y comedido, y oficioso; no soberbio, no

arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; que con dos maravedís

que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará tan liberal como el que a

campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las

referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle

por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza fue

premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos

caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y

honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más

armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la

influencia del planeta Marte; así que, casi me es forzoso seguir por su

camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde

cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la

fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea. Pues con

saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante

caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé

que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y

espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del

vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto

y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no

tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que

Por estas asperezas se camina

de la inmortalidad al alto asiento,

do nunca arriba quien de allí declina.

— ¡Ay, desdichada de mí —dijo la sobrina—, que también mi señor es poeta!.

Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que

supiera fabricar una casa como una jaula.

Yo te prometo, sobrina —respondió don Quijote—, que si estos pensamientos

caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa

que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente

jaulas y palillos de dientes.

A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando quién llamaba,

respondió Sancho Panza que él era; y, apenas le hubo conocido el ama,

cuando corrió a esconderse por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la

sobrina, salió a recebirle con los brazos abiertos su señor don Quijote, y

encerráronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no

le hace ventaja el pasado.

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