Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del Don Quijote · Capítulo 12 de 128
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Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del

Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses

Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los

mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don

Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria y que

en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo

había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volvía

a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo; y antes que subiese se

hincó de rodillas delante dél, y, asiéndole de la mano, se la besó y le

dijo:

— Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de

la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que

sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro

que haya gobernado ínsulas en el mundo.

A lo cual respondió don Quijote:

— Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no

son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana

otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que

aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino

más adelante.

Agradecióselo mucho Sancho, y, besándole otra vez la mano y la falda de la

loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante; y él subió sobre su asno y

comenzó a seguir a su señor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar

más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba.

Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto

Rocinante que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que

se aguardase. Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante

hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:

— Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia; que,

según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den

noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo

hacen, que primero que salgamos de la cárcel que nos ha de sudar el hopo.

— Calla —dijo don Quijote—. Y ¿dónde has visto tú, o leído jamás, que

caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que

hubiese cometido?

— Yo no sé nada de omecillos —respondió Sancho—, ni en mi vida le caté a

ninguno; sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en

el campo, y en esotro no me entremeto.

— Pues no tengas pena, amigo —respondió don Quijote—, que yo te sacaré de

las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime, por

tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de

la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío

en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más

maña en el derribar?

— La verdad sea —respondió Sancho— que yo no he leído ninguna historia

jamás, porque ni sé leer ni escrebir; mas lo que osaré apostar es que más

atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi

vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo

dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha

sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco en

las alforjas.

— Todo eso fuera bien escusado —respondió don Quijote— si a mí se me

acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una

gota se ahorraran tiempo y medicinas.

— ¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? —dijo Sancho Panza.

— Es un bálsamo —respondió don Quijote— de quien tengo la receta en la

memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar

morir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más

que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por

medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte

del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que

la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla,

advirtiendo de encajallo igualmente y al justo; luego me darás a beber

solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que

una manzana.

— Si eso hay —dijo Panza—, yo renuncio desde aquí el gobierno de la

prometida ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos

servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor;

que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no

he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es

de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.

— Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres —respondió don

Quijote.

— ¡Pecador de mí! —replicó Sancho—. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a

hacelle y a enseñármele?

— Calla, amigo —respondió don Quijote—, que mayores secretos pienso

enseñarte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, curémonos, que la oreja

me duele más de lo que yo quisiera.

Sacó Sancho de las alforjas hilas y ungüento. Mas, cuando don Quijote llegó

a ver rota su celada, pensó perder el juicio, y, puesta la mano en la

espada y alzando los ojos al cielo, dijo:

— Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro

Evangelios, donde más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo

el grande marqués de Mantua cuando juró de vengar la muerte de su sobrino

Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y

otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquí por expresadas,

hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.

Oyendo esto Sancho, le dijo:

— Advierta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo

que se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del

Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no

comete nuevo delito.

— Has hablado y apuntado muy bien —respondió don Quijote—; y así, anulo el

juramento en cuanto lo que toca a tomar dél nueva venganza; pero hágole y

confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite

por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero. Y no

pienses, Sancho, que así a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien

imitar en ello; que esto mesmo pasó, al pie de la letra, sobre el yelmo de

Mambrino, que tan caro le costó a Sacripante.

— Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, señor mío —replicó

Sancho—; que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la

conciencia. Si no, dígame ahora: si acaso en muchos días no topamos hombre

armado con celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento, a

despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el dormir

vestido, y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el

juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua, que vuestra merced

quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos

caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no sólo

no traen celadas, pero quizá no las han oído nombrar en todos los días de

su vida.

— Engáñaste en eso —dijo don Quijote—, porque no habremos estado dos horas

por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron

sobre Albraca a la conquista de Angélica la Bella.

— Alto, pues; sea ansí —dijo Sancho—, y a Dios prazga que nos suceda bien, y

que se llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y

muérame yo luego.

— Ya te he dicho, Sancho, que no te dé eso cuidado alguno; que, cuando

faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te

vendrán como anillo al dedo; y más, que, por ser en tierra firme, te debes

más alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas

alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún castillo donde

alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he dicho; porque yo te voto

a Dios que me va doliendo mucho la oreja.

— Aquí trayo una cebolla, y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de

pan —dijo Sancho—, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente

caballero como vuestra merced.

— ¡Qué mal lo entiendes! —respondió don Quijote—. Hágote saber, Sancho, que

es honra de los caballeros andantes no comer en un mes; y, ya que coman,

sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si

hubieras leído tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas, en

todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes

comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían,

y los demás días se los pasaban en flores. Y, aunque se deja entender que

no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales,

porque, en efeto, eran hombres como nosotros, hase de entender también que,

andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin

cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como

las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a

mí me da gusto. Ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería

andante de sus quicios.

— Perdóneme vuestra merced —dijo Sancho—; que, como yo no sé leer ni

escrebir, como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la

profesión caballeresca; y, de aquí adelante, yo proveeré las alforjas de

todo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí

las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia.

— No digo yo, Sancho —replicó don Quijote—, que sea forzoso a los caballeros

andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más

ordinario sustento debía de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban

por los campos, que ellos conocían y yo también conozco.

— Virtud es —respondió Sancho— conocer esas yerbas; que, según yo me voy

imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.

Y, sacando, en esto, lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y

compaña. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con

mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo, y diéronse

priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltóles el sol, y

la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos

cabreros, y así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre

para Sancho no llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla al

cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer

un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballería.

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