Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Don Quijote · Capítulo 23 de 128
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Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de

Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de

Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

En esto, comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el

molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote,

por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y así,

torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían

llevado el día de antes.

De allí a poco, descubrió don Quijote un hombre a caballo, que traía en la

cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aún él apenas le

hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

— Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son

sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas,

especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre".

Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que

buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par

otra, para otra mejor y más cierta aventura; que si yo no acertare a entrar

por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de

batanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me engaño,

hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino,

sobre que yo hice el juramento que sabes.

— Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace —dijo Sancho—,

que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y

aporrear el sentido.

— ¡Válate el diablo por hombre! —replicó don Quijote—. ¿Qué va de yelmo a

batanes?

— No sé nada —respondió Sancho—; mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto

como solía, que quizá diera tales razones que vuestra merced viera que se

engañaba en lo que dice.

— ¿Cómo me puedo engañar en lo que digo, traidor escrupuloso? —dijo don

Quijote—. Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un

caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?

— Lo que yo veo y columbro —respondió Sancho— no es sino un hombre sobre un

asno pardo, como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.

— Pues ése es el yelmo de Mambrino —dijo don Quijote—. Apártate a una parte

y déjame con él a solas: verás cuán sin hablar palabra, por ahorrar del

tiempo, concluyo esta aventura y queda por mío el yelmo que tanto he

deseado.

— Yo me tengo en cuidado el apartarme —replicó Sancho—, mas quiera Dios,

torno a decir, que orégano sea, y no batanes.

— Ya os he dicho, hermano, que no me mentéis, ni por pienso, más eso de los

batanes —dijo don Quijote—; que voto..., y no digo más, que os batanee el

alma.

Calló Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le había

echado, redondo como una bola.

Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote

veía, era esto: que en aquel contorno había dos lugares, el uno tan pequeño

que ni tenía botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, sí; y

así, el barbero del mayor servía al menor, en el cual tuvo necesidad un

enfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el

barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte que, al tiempo que

venía, comenzó a llover, y, porque no se le manchase el sombrero, que debía

de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y, como estaba limpia,

desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo,

y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado, y

caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía, con mucha

facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes

pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin

ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el

lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a

él llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo:

— ¡Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con

tanta razón se me debe!

El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma

sobre sí, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza,

si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando

se levantó más ligero que un gamo y comenzó a correr por aquel llano, que

no le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se

contentó don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto y que

había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se

taraza y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por distinto natural,

sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual,

tomándola en las manos, dijo:

— Por Dios, que la bacía es buena y que vale un real de a ocho como un

maravedí.

Y, dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una

parte y a otra, buscándole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo:

— Sin duda que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa celada,

debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; mas

vínosele a las mientes la cólera de su amo, y calló en la mitad della.

— ¿De qué te ríes, Sancho? —dijo don Quijote.

— Ríome —respondió él— de considerar la gran cabeza que tenía el pagano

dueño deste almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada.

— ¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo,

por algún estraño acidente, debió de venir a manos de quien no supo conocer

ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo,

debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra

mitad hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero, sea lo

que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación; que

yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no

le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de las

herrerías para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traeré

como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más, que bien será

bastante para defenderme de alguna pedrada.

— Eso será —dijo Sancho— si no se tira con honda, como se tiraron en la

pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las

muelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que

me hizo vomitar las asaduras.along

— No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho —dijo don

Quijote—, que yo tengo la receta en la memoria.

— También la tengo yo —respondió Sancho—, pero si yo le hiciere ni le

probare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más, que no pienso ponerme

en ocasión de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco

sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vez

manteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y

si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el

aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos

llevare.

— Mal cristiano eres, Sancho —dijo, oyendo esto, don Quijote—, porque nunca

olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues sábete que es de pechos

nobles y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué

costilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?

Que, bien apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo

ansí, ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza más daño que

el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en este

tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera estar segura que no tuviera

tanta fama de hermosa como tiene.

Y aquí dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:

— Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo sé de

qué calidad fueron las veras y las burlas, y sé también que no se me caerán

de la memoria, como nunca se quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto

aparte, dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado, que

parece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martino que vuestra

merced derribó; que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de

Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás; y ¡para mis barbas,

si no es bueno el rucio!

— Nunca yo acostumbro —dijo don Quijote— despojar a los que venzo, ni es uso

de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que

el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso,

lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que,

Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú quisieres que sea, que, como

su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él.

— Dios sabe si quisiera llevarle —replicó Sancho—, o, por lo menos, trocalle

con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas

las leyes de caballería, pues no se estienden a dejar trocar un asno por

otro; y querría saber si podría trocar los aparejos siquiera.

— En eso no estoy muy cierto —respondió don Quijote—; y, en caso de duda,

hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos

necesidad estrema.

— Tan estrema es —respondió Sancho— que si fueran para mi misma persona, no

los hubiera menester más.

Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su

jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.

Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron,

bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos:

tal era el aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían

puesto.

Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sin

tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar

ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante

quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre

le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo

esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro

disignio alguno.

Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:

— Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él?

Que, después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han

podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en

el pico de la lengua no querría que se mal lograse.

— Dila —dijo don Quijote—, y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay

gustoso si es largo.

— Digo, pues, señor —respondió Sancho—, que, de algunos días a esta parte,

he considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas

aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de

caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más eligrosas, no hay quien

las vea ni sepa; y así, se han de quedar en perpetuo silencio, y en

perjuicio de la intención de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Y

así, me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced,

que nos fuésemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande que

tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su

persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del

señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual

según sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de

vuestra merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no

han de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en

la caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de

quedar las mías entre renglones.

— No dices mal, Sancho —respondió don Quijote—; mas, antes que se llegue a

ese término, es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando

las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que,

cuando se fuere a la corte de algún gran monarca, ya sea el caballero

conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos

por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces,

diciendo: ''Éste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra

insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas. ''Éste

es —dirán— el que venció en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la

Gran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del largo

encantamento en que había estado casi novecientos años''. Así que, de mano

en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos

y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey de

aquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o por

la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis

caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de la

caballería, que allí viene!'' A cuyo mandamiento saldrán todos, y él

llegará hasta la mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y

le dará paz besándole en el rostro; y luego le llevará por la mano al

aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta,

su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que, en

gran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar.

Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el

caballero y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que

humana; y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en

la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber

cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde allí

le llevarán, sin duda, a algún cuarto del palacio, ricamente aderezado,

donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un rico manto de escarlata

con que se cubra; y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer

en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta, donde

nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y ella

hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy

discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la

puerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que, entre

dos gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por un

antiquísimo sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero

del mundo. Mandará luego el rey que todos los que están presentes la

prueben, y ninguno le dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho

pro de su fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y se tendrá por

contenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus pensamientos en

tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o príncipe, o lo que es, tiene

una muy reñida guerra con otro tan poderoso como él, y el caballero huésped

le pide (al cabo de algunos días que ha estado en su corte) licencia para

ir a servirle en aquella guerra dicha. Darásela el rey de muy buen talante,

y el caballero le besará cortésmente las manos por la merced que le face. Y

aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas de un

jardín, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras

muchas veces la había fablado, siendo medianera y sabidora de todo una

doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él, desmayaráse

ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la mañana, y

no querría que fuesen descubiertos, por la honra de su señora. Finalmente,

la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al caballero,

el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas. Quedará

concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o

malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere;

prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos, y

despídese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida. Vase

desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor

de la partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina

y de la infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora

infanta está mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el

caballero que es de pena de su partida, traspásasele el corazón, y falta

poco de no dar indicio manifiesto de su pena. Está la doncella medianera

delante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual la recibe

con lágrimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber

quién sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; asegúrala la

doncella que no puede caber tanta cortesía, gentileza y valentía como la de

su caballero sino en subjeto real y grave; consuélase con esto la cuitada;

procura consolarse, por no dar mal indicio de sí a sus padres, y, a cabo de

dos días, sale en público. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra,

vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas,

vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele, conciértase que la pida

a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey,

porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier

suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a

tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es

hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de

estar en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el

caballero en dos palabras. Aquí entra luego el hacer mercedes a su escudero

y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su

escudero con una doncella de la infanta, que será, sin duda, la que fue

tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.

— Eso pido, y barras derechas —dijo Sancho—; a eso me atengo, porque todo,

al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llamándose el

Caballero de la Triste Figura.

— No lo dudes, Sancho —replicó don Quijote—, porque del mesmo y por los

mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes

a ser reyes y emperadores. Sólo falta agora mirar qué rey de los cristianos

o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habrá para

pensar esto, pues, como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama por

otras partes que se acuda a la corte. También me falta otra cosa; que,

puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y que yo haya

cobrado fama increíble por todo el universo, no sé yo cómo se podía hallar

que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador;

porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está primero muy

enterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos hechos. Así que, por

esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdad

que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y de

devengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mi

historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me

hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay

dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su

decendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha

deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros

tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta

llegar a ser grandes señores. De manera que está la diferencia en que unos

fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron; y podría ser yo

déstos que, después de averiguado, hubiese sido mi principio grande y

famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que hubiere de

ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar de su

padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán, me ha de admitir

por señor y por esposo; y si no, aquí entra el roballa y llevalla donde más

gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus

padres.

— Ahí entra bien también —dijo Sancho— lo que algunos desalmados dicen: "No

pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir:

"Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos". Dígolo porque si el

señor rey, suegro de vuestra merced, no se quisiere domeñar a entregalle a

mi señora la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y

trasponella. Pero está el daño que, en tanto que se hagan las paces y se

goce pacíficamente el reino, el pobre escudero se podrá estar a diente en

esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera, que ha de ser su

mujer, se sale con la infanta, y él pasa con ella su mala ventura, hasta

que el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá, creo yo, desde luego

dársela su señor por ligítima esposa.

— Eso no hay quien la quite —dijo don Quijote.

— Pues, como eso sea —respondió Sancho—, no hay sino encomendarnos a Dios, y

dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.

— Hágalo Dios —respondió don Quijote— como yo deseo y tú, Sancho, has

menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.

— Sea par Dios —dijo Sancho—, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde

esto me basta.

— Y aun te sobra —dijo don Quijote—; y cuando no lo fueras, no hacía nada al

caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la

compres ni me sirvas con nada. Porque, en haciéndote conde, cátate ahí

caballero, y digan lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamar

señoría, mal que les pese.

— Y ¡montas que no sabría yo autorizar el litado! —dijo Sancho.

— Dictado has de decir, que no litado —dijo su amo.

— Sea ansí —respondió Sancho Panza—. Digo que le sabría bien acomodar,

porque, por vida mía, que un tiempo fui muñidor de una cofradía, y que me

asentaba tan bien la ropa de muñidor, que decían todos que tenía presencia

para poder ser prioste de la mesma cofradía. Pues, ¿qué será cuando me

ponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso de

conde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a ver de cien leguas.

— Bien parecerás —dijo don Quijote—, pero será menester que te rapes las

barbas a menudo; que, según las tienes de espesas, aborrascadas y mal

puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos días por lo menos, a tiro de

escopeta se echará de ver lo que eres.

— ¿Qué hay más —dijo Sancho—, sino tomar un barbero y tenelle asalariado en

casa? Y aun, si fuere menester, le haré que ande tras mí, como caballerizo

de grande.

— Pues, ¿cómo sabes tú —preguntó don Quijote— que los grandes llevan detrás

de sí a sus caballerizos?

— Yo se lo diré —respondió Sancho—: los años pasados estuve un mes en la

corte, y allí vi que, paseándose un señor muy pequeño, que decían que era

muy grande, un hombre le seguía a caballo a todas las vueltas que daba, que

no parecía sino que era su rabo. Pregunté que cómo aquel hombre no se

juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras dél. Respondiéronme que

era su caballerizo y que era uso de los grandes llevar tras sí a los tales.

Desde entonces lo sé tan bien que nunca se me ha olvidado.

— Digo que tienes razón —dijo don Quijote—, y que así puedes tú llevar a tu

barbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, y

puedes ser tú el primero conde que lleve tras sí su barbero; y aun es de

más confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.

— Quédese eso del barbero a mi cargo —dijo Sancho—, y al de vuestra merced

se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.

— Así será —respondió don Quijote.

Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo.

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