Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay Don Quijote · Capítulo 109 de 128
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Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay

Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día

llegase al castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde le

tomó la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio

mucha pesadumbre; y así, se apartó del camino con intención de esperar la

mañana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar donde

mejor acomodarse, cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima que

entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se

encomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar hasta el

profundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco más de tres estados

dio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber recebido lisión ni

daño alguno.

Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano o

agujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud,

no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le había

hecho, porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo

con las manos por las paredes de la sima, por ver si sería posible salir

della sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno,

de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se

quejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,

que, a la verdad, no estaba muy bien parado.

— ¡Ay —dijo entonces Sancho Panza—, y cuán no pensados sucesos suelen

suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera

que el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus

sirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin

haber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su

socorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos

morimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no

seré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuando

decendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quien

le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa

puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veré

aquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí, y en qué han

parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielo

sea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buen

rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menos

de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, ni

su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros, que no ha

querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre los

nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara

quien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento nos

cerrara los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus

buenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que

supieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los

dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no

parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin

responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre

se hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables

quejas y lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vio

Sancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser

ayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero

todas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos

no había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por

muerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le puso

en pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que también

habían corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a su

jumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:

— Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él

una persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y,

agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso y

largo, y púdolo ver, porque por lo que se podía llamar techo entraba un

rayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se dilataba y alargaba

por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvió a salir adonde estaba

el jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, de

modo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar el

asno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar por

aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A

veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.

— ¡Válame Dios todopoderoso! —decía entre sí—. Esta que para mí es

desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él sí que

tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por

palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza a

algún florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabado

de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de

abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme. ¡Bien

vengas mal, si vienes solo!

Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco

más de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que

pareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de

tener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida.

Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,

que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había de

hacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien

pensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.

Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que

había de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón

o arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva,

que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.

En fin, le detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse,

miró aquella hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y,

escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:

— ¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero

caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado

desgobernado gobernador?

Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó

suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

— ¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?

— ¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar —respondieron—, sino el

asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala

andanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don

Quijote de la Mancha?

Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el

pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y

que estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:

— Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano,

que me digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga

por ti; que, pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados

deste mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del

otro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.

— Desa manera —respondieron—, vuestra merced que me habla debe de ser mi

señor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro,

sin duda.

— Don Quijote soy —replicó don Quijote—, el que profeso socorrer y ayudar en

sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que

me tienes atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has

muerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de

Dios, estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la

Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y

yo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda

alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres.

— ¡Voto a tal! —respondieron—, y por el nacimiento de quien vuesa merced

quisiere, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero

Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sino

que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más

espacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio

conmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.

Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo,

porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva

retumbaba.

— ¡Famoso testigo! —dijo don Quijote—. El rebuzno conozco como si le

pariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque,

que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados

te deben de haber puesto.

— Vaya vuesa merced —dijo Sancho—, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya

no lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de

miedo.

Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de

Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que

debía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos

inmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el

gobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,

llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,

sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.

Viole un estudiante, y dijo:

— Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos

gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de

hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.

Oyólo Sancho, y dijo:

— Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula

que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en

ellos me han perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; ni

he tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto

así, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el

hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a

cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no

beberé", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me

entiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.

— No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será

nunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es

querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner

puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél que

ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un

mentecato.

— A buen seguro —respondió Sancho— que por esta vez antes me han de tener

por tonto que por ladrón.

En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al

castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa

esperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque

sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque

decía que había pasado muy mala noche en la posada; y luego subió a ver a

sus señores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:

— Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento

mío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y

desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos

he tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas,

sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el

doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano y

gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto en

grande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoria

por el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicen

verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae

consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no

las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de

mi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he querido

yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como la

hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en

ella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque

pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que

no se habían de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí,

como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en

una sima, víneme por ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz del

sol, vi la salida, pero no tan fácil que, a no depararme el cielo a mi

señor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, mis

señores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que ha

granjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no se

le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo el

mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,

imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y dámela tú", doy

un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que,

en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, y

para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que de

perdices.

Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijote

que había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar

con tan pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó a

Sancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto

el gobierno; pero que él haría de suerte que se le diese en su estado otro

oficio de menos carga y de más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, y

mandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peor

parado.

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