Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la Don Quijote · Capítulo 56 de 128
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Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la

Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la

sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos

Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el

barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza,

que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendían la puerta:

— ¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que

vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor, y le lleva por

esos andurriales.

A lo que Sancho respondió:

— Ama de Satanás, el sonsacado, y el destraído, y el llevado por esos

andurriales soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras

os engañáis en la mitad del justo precio: él me sacó de mi casa con

engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora la espero.

— Malas ínsulas te ahoguen —respondió la sobrina—, Sancho maldito. Y ¿qué

son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?

— No es de comer —replicó Sancho—, sino de gobernar y regir mejor que cuatro

ciudades y que cuatro alcaldes de corte.

— Con todo eso —dijo el ama—, no entraréis acá, saco de maldades y costal de

malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y

dejaos de pretender ínsulas ni ínsulos.

Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres;

pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún

montón de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarían bien

a su crédito, le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.

Entró Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya

salud desesperaron, viendo cuán puesto estaba en sus desvariados

pensamientos, y cuán embebido en la simplicidad de sus malandantes

caballerías; y así, dijo el cura al barbero:

— Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale

otra vez a volar la ribera.

No pongo yo duda en eso —respondió el barbero—, pero no me maravillo tanto

de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan

creído tiene aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco

cuantos desengaños pueden imaginarse.

— Dios los remedie —dijo el cura—, y estemos a la mira: veremos en lo que

para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que

parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras

del señor, sin las necedades del criado, no valían un ardite.

— Así es —dijo el barbero—, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los

dos.

— Yo seguro —respondió el cura— que la sobrina o el ama nos lo cuenta

después, que no son de condición que dejarán de escucharlo.

En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento; y, estando

solos, le dijo:

— Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué

de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos,

juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte

ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido

ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.

— Eso estaba puesto en razón —respondió Sancho—, porque, según vuestra

merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a

sus escuderos.

— Engáñaste, Sancho —dijo don Quijote—; según aquello, quando caput

dolet..., etcétera.

— No entiendo otra lengua que la mía —respondió Sancho.

— Quiero decir —dijo don Quijote— que, cuando la cabeza duele, todos los

miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi

parte, pues eres mi criado; y, por esta razón, el mal que a mí me toca, o

tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.

— Así había de ser —dijo Sancho—, pero cuando a mí me manteaban como a

miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los

aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados a

dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse

dellos.

— ¿Querrás tú decir agora, Sancho —respondió don Quijote—, que no me dolía

yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses;

pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero

dejemos esto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y

pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por

ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué

los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi

cortesía? ¿Qué se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver

al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me

digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos; y esto me has de decir

sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales

es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la

adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que

sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad

desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras

edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que,

de las que ahora se usan, es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho,

para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de

las cosas que supieres de lo que te he preguntado.

— Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió Sancho—, con condición

que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo

diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a

mi noticia.

— En ninguna manera me enojaré —respondió don Quijote—. Bien puedes, Sancho,

hablar libremente y sin rodeo alguno.

— Pues lo primero que digo —dijo—, es que el vulgo tiene a vuestra merced

por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que,

no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha

puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de

tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no

querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos

hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las

medias negras con seda verde.

— Eso —dijo don Quijote— no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien

vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las

armas que del tiempo.

— En lo que toca —prosiguió Sancho— a la valentía, cortesía, hazañas y

asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco,

pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cortés, pero

impertinente"; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a

vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano.

— Mira, Sancho —dijo don Quijote—: dondequiera que está la virtud en

eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que

pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo,

prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto

no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus

hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos

puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que

fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura

que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así

que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar

las mías, como no sean más de las que has dicho.

— ¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! —replicó Sancho.

— Pues, ¿hay más? —preguntó don Quijote.

— Aún la cola falta por desollar —dijo Sancho—. Lo de hasta aquí son tortas

y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de

las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las

diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de

Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y,

yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia

de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la

Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho

Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos

nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el

historiador que las escribió.

— Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio

encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre

nada de lo que quieren escribir.

— Y ¡cómo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues (según dice el

bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el

autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

— Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.

— Así será —respondió Sancho—, porque por la mayor parte he oído decir que

los moros son amigos de berenjenas.

— Tú debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de ese

Cide, que en arábigo quiere decir señor.

— Bien podría ser —replicó Sancho—, mas, si vuestra merced gusta que yo le

haga venir aquí, iré por él en volandas.

— Harásme mucho placer, amigo —dijo don Quijote—, que me tiene suspenso lo

que me has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado

de todo.

— Pues yo voy por él —respondió Sancho.

Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de

allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.

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