Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta Don Quijote · Capítulo 94 de 128
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Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta

Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como

ésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la

curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por

menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los

pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara

las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso

deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh

Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por

sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los

vivientes.

Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,

dijo:

— Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los

Panzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su

pensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,

por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otro

género de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y

no fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad de

las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles

barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

— Así es la verdad, señor —respondió una de las doce—, que no tenemos

hacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras por

remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y

aplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como

fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que

andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros

menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamás

quisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado de

ser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbas

nos llevarán a la sepultura.

— Yo me pelaría las mías —dijo don Quijote— en tierra de moros, si no

remediase las vuestras.

A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:

— El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó

a mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis

sentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,

vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

— Por mí no quedará —respondió don Quijote—: ved, señora, qué es lo que

tengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.

— Es el caso —respondió la Dolorida —que desde aquí al reino de Candaya, si

se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por

el aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es

también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al

caballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto

mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser

aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada

a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en

la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza

que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según es

tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele a

Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como se

ha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejando

embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a

quien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta

ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado

Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus

viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy

está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el

tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por

los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza

llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y

reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera

en él.

A esto dijo Sancho:

— Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;

pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.

Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:

— Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra

desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestra

presencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yo

entendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme el

caballo, donde fuese con comodidad y presteza.

— Y ¿cuántos caben en ese caballo? —preguntó Sancho.

La Dolorida respondió:

— Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor

parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta

alguna robada doncella.

— Querría yo saber, señora Dolorida —dijo Sancho—, qué nombre tiene ese

caballo.

— El nombre —respondió la Dolorida— no es como el caballo de Belorofonte,

que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni

como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,

que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni

Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se

llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de

los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.

— Yo apostaré —dijo Sancho— que, pues no le han dado ninguno desos famosos

nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,

Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

— Así es —respondió la barbada condesa—, pero todavía le cuadra mucho,

porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de

leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que

camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso

Rocinante.

— No me descontenta el nombre —replicó Sancho—, pero ¿con qué freno o con

qué jáquima se gobierna?

— Ya he dicho —respondió la Trifaldi— que con la clavija, que, volviéndola a

una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,

o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el

medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien

ordenadas.

— Ya lo querría ver —respondió Sancho—, pero pensar que tengo de subir en

él, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que

apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la

mesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin

cojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las

barbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo no

pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debo

de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el

desencanto de mi señora Dulcinea.

— Sí sois, amigo —respondió la Trifaldi—, y tanto, que, sin vuestra

presencia, entiendo que no haremos nada.

— ¡Aquí del rey! —dijo Sancho—: ¿qué tienen que ver los escuderos con las

aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,

y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los

historiadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con

ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".

Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabó

la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su

escudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!

Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen

provecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa mi

señora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la

señora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y

desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

— Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,

porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temor

tan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.

— ¡Aquí del rey otra vez! —replicó Sancho—. Cuando esta caridad se hiciera

por algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,

pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por

quitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas con

barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más

repulgada.

— Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo —dijo la duquesa—: mucho os vais

tras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; que

dueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está mi

doña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.

— Mas que la diga vuestra excelencia —dijo Rodríguez—, que Dios sabe la

verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las

dueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues

Dios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,

y no a las barbas de nadie.

— Ahora bien, señora Rodríguez —dijo don Quijote—, y señora Trifaldi y

compañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,

que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viese

con Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase

a vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza de

Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

— ¡Ay! —dijo a esta sazón la Dolorida—, con benignos ojos miren a vuestra

grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,

e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo y

amparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,

murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que

en la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.

¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,

de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros un

vos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh gigante

Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,

envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, que

si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de los

ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso en

su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si

es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.

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