Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no Don Quijote · Capítulo 124 de 128
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Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no

Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas para la claridad desta historia

Durmió Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don

Quijote, cosa que él quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabía que

su amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se

hallaba en disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios

pasados los tenía presentes, y no le dejaban libre la lengua, y viniérale

más a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia

acompañado. Salióle su temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que,

apenas hubo entrado su señor en el lecho, cuando dijo:

— ¿Qué te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la

fuerza del desdén desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a

Altisidora, no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro

instrumento bélico, ni con venenos mortíferos, sino con la consideración

del rigor y el desdén con que yo siempre la he tratado.

— Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera —respondió

Sancho—, y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en

mi vida. Yo no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora,

doncella más antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he

dicho, con los martirios de Sancho Panza. Agora sí que vengo a conocer

clara y distintamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien

Dios me libre, pues yo no me sé librar; con todo esto, suplico a vuestra

merced me deje dormir y no me pregunte más, si no quiere que me arroje por

una ventana abajo.

— Duerme, Sancho amigo —respondió don Quijote—, si es que te dan lugar los

alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.

— Ningún dolor —replicó Sancho— llegó a la afrenta de las mamonas, no por

otra cosa que por habérmelas hecho dueña, que confundidas sean; y torno a

suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las

miserias de los que las tienen despiertas.

Sea así —dijo don Quijote—, y Dios te acompañe.

Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide

Hamete, autor desta grande historia, qué les movió a los duques a levantar

el edificio de la máquina referida. Y dice que, no habiéndosele olvidado al

bachiller Sansón Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y

derribado por don Quijote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos

sus designios, quiso volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el

pasado; y así, informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa

Panza, mujer de Sancho, adónde don Quijote quedaba, buscó nuevas armas y

caballo, y puso en el escudo la blanca luna, llevándolo todo sobre un

macho, a quien guiaba un labrador, y no Tomé Cecial, su antiguo escudero,

porque no fuese conocido de Sancho ni de don Quijote.

Llegó, pues, al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que

don Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza.

Díjole asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto

de Dulcinea, que había de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin,

dio cuenta de la burla que Sancho había hecho a su amo, dándole a entender

que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y cómo la

duquesa su mujer había dado a entender a Sancho que él era el que se

engañaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea; de que no poco

se rió y admiró el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de

Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote.

Pidióle el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por

allí a darle cuenta del suceso. Hízolo así el bachiller; partióse en su

busca, no le halló en Zaragoza, pasó adelante y sucedióle lo que queda

referido.

Volvióse por el castillo del duque y contóselo todo, con las condiciones de

la batalla, y que ya don Quijote volvía a cumplir, como buen caballero

andante, la palabra de retirarse un año en su aldea, en el cual tiempo

podía ser, dijo el bachiller, que sanase de su locura; que ésta era la

intención que le había movido a hacer aquellas transformaciones, por ser

cosa de lástima que un hidalgo tan bien entendido como don Quijote fuese

loco. Con esto, se despidió del duque, y se volvió a su lugar, esperando en

él a don Quijote, que tras él venía.

De aquí tomó ocasión el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que

gustaba de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendo tomar los

caminos cerca y lejos del castillo por todas las partes que imaginó que

podría volver don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a

caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le

hallasen. Halláronle, dieron aviso al duque, el cual, ya prevenido de todo

lo que había de hacer, así como tuvo noticia de su llegada, mandó encender

las hachas y las luminarias del patio y poner a Altisidora sobre el túmulo,

con todos los aparatos que se han contado, tan al vivo, y tan bien hechos,

que de la verdad a ellos había bien poca diferencia.

Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como

los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues

tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos.

Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro velando a

pensamientos desatados, les tomó el día y la gana de levantarse; que las

ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a don Quijote.

Altisidora —en la opinión de don Quijote, vuelta de muerte a vida—,

siguiendo el humor de sus señores, coronada con la misma guirnalda que en

el túmulo tenía, y vestida una tunicela de tafetán blanco, sembrada de

flores de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas, arrimada a un

báculo de negro y finísimo ébano, entró en el aposento de don Quijote, con

cuya presencia turbado y confuso, se encogió y cubrió casi todo con las

sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle

cortesía ninguna. Sentóse Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y,

después de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:

— Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la

honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando

noticia en público de los secretos que su corazón encierra, en estrecho

término se hallan. Yo, señor don Quijote de la Mancha, soy una déstas,

apretada, vencida y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta;

tanto que, por serlo tanto, reventó mi alma por mi silencio y perdí la

vida. Dos días ha que con la consideración del rigor con que me has

tratado,

¡Oh más duro que mármol a mis quejas,

empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de

los que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condoliéndose de mí,

depositó mi remedio en los martirios deste buen escudero, allá me quedara

en el otro mundo.

— Bien pudiera el Amor —dijo Sancho— depositarlos en los de mi asno, que yo

se lo agradeciera. Pero dígame, señora, así el cielo la acomode con otro

más blando amante que mi amo: ¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué hay

en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener

aquel paradero.

— La verdad que os diga —respondió Altisidora—, yo no debí de morir del

todo, pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no

pudiera salir dél, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta,

adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en

calzas y en jubón, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas,

y con unas vueltas de lo mismo, que les servían de puños, con cuatro dedos

de brazo de fuera, porque pareciesen las manos más largas, en las cuales

tenían unas palas de fuego; y lo que más me admiró fue que les servían, en

lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra, cosa

maravillosa y nueva; pero esto no me admiró tanto como el ver que, siendo

natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los

que pierden, allí en aquel juego todos gruñían, todos regañaban y todos se

maldecían.

— Eso no es maravilla —respondió Sancho—, porque los diablos, jueguen o no

jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.

— Así debe de ser —respondió Altisidora—; mas hay otra cosa que también me

admira, quiero decir me admiró entonces, y fue que al primer voleo no

quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y así,

menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos,

nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron

las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: ''Mirad qué

libro es ése''. Y el diablo le respondió: ''Ésta es la Segunda parte de la

historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su

primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de

Tordesillas''. ''Quitádmele de ahí —respondió el otro diablo—, y metedle en

los abismos del infierno: no le vean más mis ojos''. ''¿Tan malo es?'',

respondió el otro. ''Tan malo —replicó el primero—, que si de propósito yo

mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. Prosiguieron su juego,

peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don Quijote, a

quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta

visión.

— Visión debió de ser, sin duda —dijo don Quijote—, porque no hay otro yo en

el mundo, y ya esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en

ninguna, porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en oír que ando

como cuerpo fantástico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de

la tierra, porque no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere

buena, fiel y verdadera, tendrá siglos de vida; pero si fuere mala, de su

parto a la sepultura no será muy largo el camino.

Iba Altisidora a proseguir en quejarse de don Quijote, cuando le dijo don

Quijote:

— Muchas veces os he dicho, señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado

en mí vuestros pensamientos, pues de los míos antes pueden ser agradecidos

que remediados; yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si

los hubiera, me dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha

de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente

desengaño es éste para que os retiréis en los límites de vuestra

honestidad, pues nadie se puede obligar a lo imposible.

Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:

— ¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco

y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si

arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don

vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que

habéis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por

semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña,

cuanto más morirme.

— Eso creo yo muy bien —dijo Sancho—, que esto del morirse los enamorados es

cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas.

Estando en estas pláticas, entró el músico, cantor y poeta que había

cantado las dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran

reverencia a don Quijote, dijo:

— Vuestra merced, señor caballero, me cuente y tenga en el número de sus

mayores servidores, porque ha muchos días que le soy muy aficionado, así

por su fama como por sus hazañas.

Don Quijote le respondió:

— Vuestra merced me diga quién es, porque mi cortesía responda a sus

merecimientos.

El mozo respondió que era el músico y panegírico de la noche antes.

— Por cierto —replicó don Quijote—, que vuestra merced tiene estremada voz,

pero lo que cantó no me parece que fue muy a propósito; porque, ¿qué tienen

que ver las estancias de Garcilaso con la muerte desta señora?

— No se maraville vuestra merced deso —respondió el músico—, que ya entre

los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como

quisiere, y hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento,

y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia

poética.

Responder quisiera don Quijote, pero estorbáronlo el duque y la duquesa,

que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce plática,

en la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de

nuevo admirados a los duques, así con su simplicidad como con su agudeza.

Don Quijote les suplicó le diesen licencia para partirse aquel mismo día,

pues a los vencidos caballeros, como él, más les convenía habitar una

zahúrda que no reales palacios. Diéronsela de muy buena gana, y la duquesa

le preguntó si quedaba en su gracia Altisidora. Él le respondió:

— Señora mía, sepa Vuestra Señoría que todo el mal desta doncella nace de

ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua. Ella me ha

dicho aquí que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de

saber hacer, no las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos,

no se menearán en su imaginación la imagen o imágines de lo que bien

quiere; y ésta es la verdad, éste mi parecer y éste es mi consejo.

— Y el mío —añadió Sancho—, pues no he visto en toda mi vida randera que por

amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos

en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por mí lo digo, pues,

mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi oíslo; digo, de mi Teresa

Panza, a quien quiero más que a las pestañas de mis ojos.

— Vos decís muy bien, Sancho —dijo la duquesa—, y yo haré que mi Altisidora

se ocupe de aquí adelante en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer

por estremo.

— No hay para qué, señora —respondió Altisidora—, usar dese remedio, pues la

consideración de las crueldades que conmigo ha usado este malandrín

mostrenco me le borrarán de la memoria sin otro artificio alguno. Y, con

licencia de vuestra grandeza, me quiero quitar de aquí, por no ver delante

de mis ojos ya no su triste figura, sino su fea y abominable catadura.

— Eso me parece —dijo el duque— a lo que suele decirse:

Porque aquel que dice injurias,

cerca está de perdonar.

Hizo Altisidora muestra de limpiarse las lágrimas con un pañuelo, y,

haciendo reverencia a sus señores, se salió del aposento.

— Mándote yo —dijo Sancho—, pobre doncella, mándote, digo, mala ventura,

pues las has habido con una alma de esparto y con un corazón de encina. ¡A

fee que si las hubieras conmigo, que otro gallo te cantara!

Acabóse la plática, vistióse don Quijote, comió con los duques, y partióse

aquella tarde.

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