Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y Don Quijote · Capítulo 71 de 128
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Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y

Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y

pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada

aventura de los leones

Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le

trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le

vendían; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos,

ni en qué traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó

de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver

lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

— Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí

descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis

armas.

El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no

descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres

banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer

moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio

crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de

ser aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo:

— Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me

aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,

y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de

acometer.

Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de

sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don

Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se

la encajó en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron,

comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo

que recibió tal susto, que dijo a Sancho:

— ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me

derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo,

en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que

agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso

sudor me ciega los ojos.

Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor

no hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada por

ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo

aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en

oliéndolas dijo:

— Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí

me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.

A lo que, con gran flema y disimulación, respondió Sancho:

— Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero

cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener

atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el

atrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo

de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa

merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia

y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta

vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor,

que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa

que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en

la celada.

— Todo puede ser —dijo don Quijote.

Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,

después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada,

se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y

asiendo la lanza, dijo:

— Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el

mesmo Satanás en persona.

Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que

el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don

Quijote delante y dijo:

— ¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué

banderas son aquéstas?

A lo que respondió el carretero:

— El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el

general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas

son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.

— Y ¿son grandes los leones? —preguntó don Quijote.

— Tan grandes —respondió el hombre que iba a la puerta del carro—, que no

han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el

leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho;

el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van

hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es

menester llegar presto donde les demos de comer.

A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:

— ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han

de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de

leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y

echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer

quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores

que a mí los envían.

— ¡Ta, ta! —dijo a esta sazón entre sí el hidalgo—, dado ha señal de quién

es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los

cascos y madurado los sesos.

Llegóse en esto a él Sancho y díjole:

— Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don

Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer

pedazos a todos.

— Pues, ¿tan loco es vuestro amo —respondió el hidalgo—, que teméis, y

creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?

— No es loco —respondió Sancho—, sino atrevido.

— Yo haré que no lo sea —replicó el hidalgo.

Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese

las jaulas, le dijo:

— Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que

prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la

quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad,

más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no

vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y

no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

— Váyase vuesa merced, señor hidalgo —respondió don Quijote—, a entender con

su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su

oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.

Y, volviéndose al leonero, le dijo:

— ¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con

esta lanza os he de coser con el carro!

El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:

— Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las

mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones,

porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo

otra hacienda sino este carro y estas mulas.

— ¡Oh hombre de poca fe! —respondió don Quijote—, apéate y desunce, y haz lo

que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras

ahorrar desta diligencia.

Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes

voces:

— Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro

las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el

mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más

mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro

antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.

Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era

tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él

sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él

entendía que se engañaba.

— Ahora, señor —replicó don Quijote—, si vuesa merced no quiere ser oyente

desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en

salvo.

Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de

tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los

molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las

hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.

— Mire, señor —decía Sancho—, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga;

que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de

león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal

uña, es mayor que una montaña.

— El miedo, a lo menos —respondió don Quijote—, te le hará parecer mayor

que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya

sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había

de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán

oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura

tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote;

el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio

ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero

a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen,

antes que los leones se desembanastasen.

Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que

llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamaba

menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no

por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del

carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien

desviados, tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había

requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de

más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se

diese priesa.

En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo

considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a

caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante

se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo,

arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante

paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante

del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora

Dulcinea.

Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera

historia exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso

don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes

del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de

los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa

hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué

alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre

todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con

sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de

muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más

fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos

sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto

por faltarme palabras con que encarecerlos''.

Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el

hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a

don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer

en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la

primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de

grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo

fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y

desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi

dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el

rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes

con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma

temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya

del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle

pedazos.

Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso

león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de

bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho,

volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran

flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote,

mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

— Eso no haré yo —respondió el leonero—, porque si yo le instigo, el primero

a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se

contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de

valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la

puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta

ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya

está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está

obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el

contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la

corona del vencimiento.

— Así es verdad —respondió don Quijote—: cierra, amigo, la puerta, y dame

por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto

hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no

salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo

más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la

verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a

los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el

lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones,

comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada

paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a

ver la señal del blanco paño, dijo:

— Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos

llama.

Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era don

Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron

acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los

llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote

al carretero:

— Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú,

Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa

de lo que por mí se han detenido.

— Ésos daré yo de muy buena gana —respondió Sancho—; pero, ¿qué se han hecho

los leones? ¿Son muertos, o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la

contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote,

de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula,

puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y

que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al

león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su

grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.

— ¿Qué te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan

contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la

ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.

Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don

Quijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa

hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

— Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el

Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se

trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de

la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes

caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a

cuento.

Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán

prosiguieron el suyo.

En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo

atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole

que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado

a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído,

cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya

supiera el género de su locura; pero, como no la sabía, ya le tenía por

cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien

dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre sí:

— ¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y

darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y ¿qué

mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?

Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:

— ¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en

su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así

fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con

todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan

menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero,

a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con

felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de

resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las

damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios

militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir,

honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un

caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las

encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas

aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por

alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero

andante, socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesano

caballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros

tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano;

autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con

el espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y

muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano, sobre todo, y

desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante

caballero busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricados

laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramos

despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el

invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren

leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar

éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales y

verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número

de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí

me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el

acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que

conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es

una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la

cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y

suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde;

que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro, así

es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir

a la verdadera valentía; y, en esto de acometer aventuras, créame vuesa

merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de

menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen "el tal

caballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero es tímido y

cobarde".

— Digo, señor don Quijote —respondió don Diego—, que todo lo que vuesa

merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que

entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se

perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo

depósito y archivo. Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi

aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no

ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en

cansancio del cuerpo.

— Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego— respondió

don Quijote.

Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde

cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote

llamaba el Caballero del Verde Gabán.

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